30.9.14

El poder de la lengua

El pésimo uso del idioma hace que nuestra realidad y capacidad de pensar sean más pobres, dice. Cada tilde mal puesta debe causar alarma

El escritor español Juan José Millás, durante su visita de esta semana a Bogotá. / Luis Ángel. elespectador.com

Pulcro como es en el manejo del lenguaje, Juan José Millás no perdona una palabra en el lugar equivocado, independientemente de que el soporte para el que fue escrita sea electrónico o un papel tradicional. Le da tedio, piquiña, malestar. Le duele el doble si el gazapo aparece en un medio de comunicación y le resulta inexplicable cuando está en las comunicaciones informales de algún colega, pues el uso correcto del idioma tampoco se limita a la producción literaria de un autor.
Como no anda por el mundo con ínfulas de bienhablado, sino más en condición de observador permanente de los modismos propios de cada región, es capaz de asombrarse con la elocuencia de los latinoamericanos y hasta se dejó descrestar con la sintaxis de un adolescente de las comunas menos favorecidas de Medellín, el día que fue a conocer las escaleras eléctricas de la capital antioqueña. Sabe de los problemas de la zona y que no estaba ante una persona con elevado grado de escolaridad, pero el relato del joven paisa le hizo evocar textos del siglo de oro español. Lo cuenta con hipérboles. Y entre signos de admiración.
Para decirlo al compás de una de las obras de su gran amigo Álex Grijelmo —exdirector de la agencia EFE— Millás ejerce de manera permanente una defensa apasionada del idioma español. Desempeñó mil oficios y nunca escribió para vivir. Vive para escribir, como lo demuestran sus más de 30 libros, traducidos a 23 idiomas. Hace dos décadas trabaja también con éxito en prensa, televisión y radio. ¡En radio! Con esa dicción imperfecta que desnuda una infancia de dificultades mayores para hablar.
El Espectador lo abordó durante su visita de esta semana a Colombia, en donde promociona La mujer loca (Seix Barral), la más reciente de sus creaciones. En ella, una vez más, la gramática, la filología y hasta el psicoanálisis cumplen roles protagónicos.
Vuelve Juan José Millás a las librerías y lo hace con otra obra en donde la palabra es protagonista. ¿De dónde nació esa obsesión por la lengua?
Es mi esencia. Seguramente de niño tuve dificultades para hablar. El lenguaje siempre me ha provocado mucha extrañeza. Es una cosa psicótica, los niños piensan que las palabras forman parte de un objeto y hay casos extremos en los que se confunde la palabra con un objeto, y yo lo hacía. Ese proceso por el que uno va comprendiendo la relación de la palabra con el objeto es arbitrario. Saber que entre la palabra mesa y el objeto no hay más relación que la de consenso, que la que hemos puesto. Suelo contar una anécdota que la gente no comprendía: ¿Por qué, si yo decía “casa” veía dentro de mi cabeza una casa, pero si decía “ca” no veía media casa?
Ese es el argumento de ‘El orden alfabético’, el libro en el que usted plantea un mundo en el que las letras desaparecen y con ellas se van los objetos representados por palabras escritas con esas letras.
Efectivamente. Estoy muy satisfecho de esa novela. Siempre me ha gustado mucho la idea de que si el lenguaje se deterioraba, se deterioraría la realidad también. Esto tiene mucho de verdad. Las sociedades que escriben mal piensan mal. Vivimos en un mundo donde el vocabulario es cada vez más pobre: el vocabulario de la televisión, donde la gente se maneja con 700 palabras. Eso empobrece la lengua, pero empobrece también la realidad.
¿Y por qué cree usted que no le damos a la lengua el cuidado que se merece?
Porque siempre que hay que hacer un ajuste paga el pato la lengua. Siempre se reducen las humanidades. En España están prácticamente descontinuadas. El latín está prácticamente desaparecido, siendo tan importante para comprender el español. No hay nada más interesante que hacer traducciones del latín, que hacer análisis sintácticos y morfológicos, pero nosotros vivimos en un mundo en donde aquello que no se puede cuantificar no existe. Si aprendes a dividir, te vas a la cama diciendo que aprendiste algo. Si lees Madame Bovary no, porque esa sabiduría no es cuantificable.
Lo curioso es que eso ocurre justo cuando la oferta educativa parece haber crecido…
Se aprenden idiomas y, en muchos casos, un inglés de aeropuerto, que sirve sólo para saber dónde están los servicios o la cafetería. Una metáfora del encogimiento del lenguaje, por eso nuestra comunicación es más pobre cada día.
¿Qué opina entonces de la forma como escribe la gente en eso que llaman ‘chats’?
Es un desastre. ¡Y nadie se queja! No hay ortografía ni sintaxis. Eso desordena el pensamiento. Me sorprende que estas licencias se las permitan personas que escriben bien, escritores que uno conoce y que se descuidan absolutamente en un correo electrónico. Empiezas a descuidar las mayúsculas en un mensaje de móvil y no sabes dónde vas a parar. En muchos textos, además, no hay relato. Relato proviene de relación y hacer un relato consiste en relacionar hechos, en articularlos bien. Lo otro son disparates.
En este sentido critica usted muy duro a los diarios de su país.
En España venimos de una tradición de periódicos y revistas muy bien escritos, pero ahora encuentra uno textos en que desde el primer párrafo se nota el disparate. A veces sigo leyendo a ver si en algún momento el autor es capaz de abrochar, pero no, es como el que tira palabras a lo loco. No hay fomento de pensamiento. Por eso dicen que la sociedad de la información no necesariamente es la sociedad del conocimiento. Al despertar escuchamos radio, entramos en internet 10 veces antes de desayunar y en un día hemos recibido más datos que un hombre del siglo XIX en toda su vida. Pero eso no es conocimiento. Los datos se convierten en conocimiento cuando se articulan, cuando se les da sentido. Confundimos los datos con sabiduría, es lo que pasa cuando uno se convierte en un lector de titulares.
 ¿Y cómo debe ser el periódico del futuro para no sucumbir ante ese desafío?
 Hoy sería un éxito un periódico que no te diera los datos. Si me dormí escuchando radio y entré a internet 10 veces antes de comprar el diario es absurdo que el periódico me diga qué pasó. Lo que debe es explicarme por qué pasó. Lo otro ya lo sé.
 ¿En qué terminará esa tensión entre diarios tradicionales y nuevas tecnologías?
 Soy lo suficiente mayor como para no ver cómo acabará esto, pero está claro que, aunque el papel no es el futuro, convivirá mucho tiempo con internet, hablando de libros. En periódico la situación es muy grave, porque los lectores cada vez son menos. No sé si fue The New York Times el que pronosticó que los diarios de papel durarían hasta 2044, basado en conjeturas científicas. Creo que hoy cualquier editor firmaría por llegar al 2044. Es un futuro muy incierto.

Le Clézio: "La literatura es lo contrario del nacionalismo"

El premio Nobel francés está estos días en Córdoba para participar en el Festival Cosmopoética. Escritor nómada, atiende para hablar de su obra y de algunos de los males de Europa. "Los movimientos populistas son una enfermedad pasajera y no mortal", nos dice

Jean-Marie Gustave Le Clézio, Premio Nobel es contrario a los nacionalismos europeos tardíos./elcultural.es
Jean-Marie Gustave Le Clézio (J. M. G Le Clézio, para los lectores) está al otro lado del teléfono. Se ha disculpado: “Mi español es callejero, nada culto”. Pero enseguida parte con dicción más o menos limpia hacia sus conocidos temas recurrentes: la interculturalidad, la diversidad, América Latina, África. El Nobel francés, autor de libros como La música del hambre o El pez dorado, está estos días en España; el fin de semana en el Hay Festival, de Segovia, y ahora en el Cosmopoética, de Córdoba, en donde comparte cartel con Herta Müller. Atiende a El Cultural tras la primera de sus intervenciones en la ciudad andaluza, desde donde viajará a París, y de ahí a China. “Soy un nómada”, dice. Su familia ya lo fue: emigrantes franceses en las Islas Mauricio. “Como todos los isleños, tuvieron que salir de su isla, y yo, desde mi niñez, me sentí preso en esa isla demasiado estrecha”.

Por eso viaja. O más exacto: se desplaza, se muda. “Estoy tres años aquí, cuatro allí, etc.” Y entiende la literatura, también, como un viaje no menos modesto: “Mi vida es un ahondar y un escribir al mismo tiempo; la escritura me permite seguir viajando: no viajo para escribir, es más bien al contrario. Por eso no suelo escribir de lugares en donde estoy”. El jurado del Nobel dijo de él que era el “escritor de la ruptura, de la aventura poética y de la sensualidad extasiada”. “La definición es muy breve, pero estoy de acuerdo”, dice el autor de Urania. Varias veces se referirá, a lo largo de la entrevista, al poco espacio que hay para explicar el mundo. De hecho ha escrito 40 o 50 libros, no recuerda bien, y anuncia más. De joven tuvo sus devaneos experimentales, en la línea de Perec y del Oulipo. Pero pronto se desvinculó. Ocurrió algo: “Aquellas primeras obras se iban acumulando como nubes, y hubo un momento en que me sentí paralizado. No iba a ningún sitio y, de repente, no pude escribir más. Entonces viajé a América Latina y estuve viviendo algo más de tres años en la selva de Panamá. Me instalé con unos indígenas con los que al principio no podía comunicarme. Poco a poco aprendí el idioma local. Allí me ocurrieron cosas que darían para una larga historia, pero quizá la más importante se dio el día en que conocí a una señora de unos 40 años, soltera, que iba de una aldea a otra cantando, con voz muy fina, mitos que ella interpretaba sobre la marcha de un modo muy personal. Tuve la sensación de estar asistiendo al principio de la literatura. Era como un teatro primitivo. Aquella experiencia renovó mi confianza en lo que hacía”.

El escritor se refiere después a lo que llama “el misterio de la literatura”. Aquello que eleva a los poetas a un éxtasis místico -no en vano el misticismo, de distintas raíces, recorre toda su obra- que les hace conectar con los demás. El poder de ciertas ficciones: “En un ambiente muy difícil, la literatura se abre paso entre la gente, y esto ocurre en todas partes, y siempre igual, da lo mismo el lugar del mundo y la condición social de los hombres. Eso me lo han enseñado mis viajes”. Escritor precoz, fueron sus padres -uno inglés, la otra francesa- quienes le iniciaron en la letras. Los libros se los llevaba de un lugar a otro. “La mezcla de culturas es una riqueza para mí, es algo que siempre agradeceré a mis padres. Que mi familia emigrara a las Islas Mauricio fue fundamental en mi formación; allí presencié, por primera vez, lo que era el diálogo entre culturas”.

¿Se siente usted de algún lugar? Porque la crítica, a menudo, ha dado palos de ciego con Le Clézio: “Si uno identifica lengua con cultura, soy francés, no cabe duda. Para mí el idioma es importante, pero la literatura, que es lo que yo hago, trasciende el idioma, en primer lugar gracias a las traducciones. No importa la procedencia de los autores: lo importante es que un niño de cualquier lugar del mundo pueda leer El Quijote en su idioma”. Para el autor de Revoluciones, ganador con 23 años del prestigioso premio Renaudot, la literatura es encuentro, pues trata de lo universal. “Creo que el interculturalismo es el único modo de sobrevivir”, dice. Y da el método: “La educación es la clave, como lo es la literatura, que es el mejor modo que tenemos de encontrar a los demás; precisamente lo contrario al nacionalismo”.

Le Clézio menta el mal que recorre Europa; pero, afirma, no le preocupa demasiado el avance del Frente Nacional -anteayer ultimaron su última conquista: dos escaños en el Senado francés- ni el auge de otros movimientos populistas que amenazan la unidad del viejo continente contra un enemigo común, y extranjero. Es optimista: “Son enfermedades pasajeras. Yo creo que son acontecimientos menores, es como una fiebre, algo que no puede durar. Morirá por su propio exceso. Es una ceguera, una enfermedad pasajera y no mortal. Europa está tan vinculada a otras culturas, está tan hecha de otros, que no puede tolerar movimientos de este tipo”. Pero no hace falta irse al colonialismo para rastrear el racismo europeo. ¿No es, más bien, una enfermedad que se reproduce? “Tenemos precedentes, y lo de ahora es peligroso, no hay duda. Y tampoco hay duda de que existen semejanzas con los años treinta europeos. Semejanzas que en Francia son muy notables. Pero precisamente la memoria de aquella época nos vacuna. Cuando estallaron los movimientos de extrema derecha en el siglo pasado, no había referencias. Por eso me cuesta creer que un partido como el Frente Nacional alcance el poder en Francia o en España, y mucho menos en Alemania”.

Dice Le Clézio que “cualquier nacionalismo es insostenible”. Y aprovecha para valorar el problema catalán, del que, sin embargo, reconoce no poseer “demasiados datos”: “Creo que es bueno respetar las identidades regionales. Es evidente que su identidad [la de Cataluña] no es la misma que la de Castilla, pero esa diferencia debería servir para unir, no para separar; eso sí, siempre teniendo en cuenta la voz de Cataluña en el resto del país”. Repite que la vacuna contra el radicalismo está, cómo dudarlo, en la educación, y hace de portavoz de la extravagante idea de un amigo suyo, el historiador mexicano Luis González: “Eduquemos a nuestros hijos no la historia de las batallas, no en una historia violenta, sino en la historia de los progresos de la humanidad. Enseñémosles cómo se inició la pesca, el cultivo, las técnicas hidráulicas. Solo así podremos evitar que sean seducidos por determinados cantos de sirena”.

26.9.14

Ocho consejos para ser escritor y ser creativo

"El destino normal del lector fanático es transformarse en escritor" Rubem Fonseca

Escritor./Jimmy Brown./libropatas.com
 
El sueño de posiblemente casi todo lector entregado es el de conseguir un día ser un escritor. Todas esas ideas geniales y maravillosas que se te ocurren y que piensas que darían para un libro estupendo merecen ser puestas por escrito. Y por supuesto merecen ser puestas por escrito por ti. (Y no por cualquier escritor famoso estadounidense que se forrará con la obra). Pero escribir es duro, es un trabajo arduo, y por muchas ideas brillantes que tengas es complicado plasmarlas sobre el papel. O, a veces, concretarlas en algo. O encontrarlas. Aquí recogemos varios consejos para ser escritor, o en realidad para ser creativo, que hemos descubierto gracias al libro Steal Like an Artist: 10 Things Nobody Told Me About the Creative Life de Austin Kleon (y que en España ha sido publicado como Roba Como un Artista: Las 10 cosas que nadie te ha dicho acerca de ser creativo).
- Lleva siempre una libreta contigo. Porque será una herramienta genial para robar. Kleon deja claro en su libro que todo está inventado, lo importante es la forma y el enfoque que le damos. Así que hay que estar siempre atentos. Busca en libros pasajes que te gustan, escucha las conversaciones de los demás o dibuja mientras hablas por teléfono. Todo por supuesto en ese cuadernito que te acompañará a todas partes.
-Miente hasta que seas un escritor de verdad. No dejes que te engañen. Todos esos que se dicen escritores en realidad son tan escritores como tú. Di que eres escritor, adopta ‘posturas’ de escritor, deja que los demás lo crean y acabarás creyéndotelo tú.
- Copia a tus ídolos. No, no tienes estilo propio. Estás empezando y los principios son duros, así que no dudes en escribir ejercicios de estilo.
- Separa lo digital de lo analógico. No es que el ordenador sea Satanás (aunque tiene tantas distracciones…) pero crea un área de trabajo analógica que te permita desconectar.
- Abúrrete. Reserva tiempo para hacer cosas que son aburridas. Como nos cuenta Kleon, a él le aburre planchar… pero algunas de sus mejores ideas llegan cuando está aburrido.
- Sal de casa. No solo a dar un paseo, también a vivir lejos de tu domicilio. Porque la lejanía y el choque impulsarán el ser creativo.
- Escribe un diario. No tiene que ser un diario de adolescente, sino más bien un cuaderno de bitácora de lo que haces. Te servirá en el futuro para recordar lo que has hecho cada día y para incentivar tu creatividad.
- Escribe el libro que tú quieres leer. A la hora de escribir lo importante es escribir lo que nos hace felices y el libro que nos gustaría encontrar en una librería, comprarlo y devorarlo.

El arte de contar historias

Alberto Salcedo Ramos y Juan José Hoyos, dos de los principales cronistas del país, hablaron en la Fiesta del Libro de Medellín sobre sus inicios literarios, el ejercicio del periodismo y algunos de sus textos preferidos

 Alberto Salcedo Ramos y Juan José Hoyos, dos de los principales cronistas del país./revistaarcadia.com



Salcedo y Hoyos tienen mucho en común. Ambos han ganados varios premios por sus crónicas de largo aliento y desde pequeños han amado las historias. Pero sobretodo coinciden en un aspecto fundamental: que el periodista debe ser, ante todo, un observador. Y en esa medida, debe ser capaz de callar –para escuchar al otro- y tener paciencia, el primer requisito para contar una historia matizada, que evoluciona, se enreda y está colmada de detalles. En otras palabras, una crónica.
 “Aprendí a leer con los oídos”, aseguró Salcedo en la charla mediada por Luz María Montoya. Su infancia transcurrió en un pequeño pueblo cerca de Barranquilla, donde no había librerías ni libros. Telenovelas venezolanas, narraciones radiales sobre Kid Pambelé y las historias que le contaban los campesinos conformaron su educación literaria. Su timidez –característica que, según Hoyos, comparten todos los buenos escritores– le impedía bailar con niñas en las fiestas o desenvolverse con naturalidad en los deportes. Así que recurrió al arte de narrar para acercarse a la gente. Contaba historias en el parque del pueblo o ponía a otros niños a actuar. “En la costa todo el mundo habla mucho y diría que nos llevamos el premio de ser los más chismosos. Porque en la costa hay tantos virtuosos del chisme que se chismosea en tiempo futuro. Allá te dicen: esa niña va a quedar embarazada”.
 Hoyos, oriundo de Antioquia, creció enamorado de la voz de su padre y las historias de su abuelo, un hombre que recorría a burro los montes del oriente antioqueño. “Un buen lector siempre termina escribiendo, no para publicar, sino por el placer de hacerlo”, dijo en la charla. Aficionado a la literatura desde niño, gracias a las recomendaciones de su padre decidió que no quería una vida sin escritura. Así que en el Bachillerato empezó a hacer crónicas deportivas. La primera fue sobre el jugador de fútbol Gilberto Osorio, uno de sus ídolos. Temeroso, lo buscó en un café y para su sorpresa este le concedió la entrevista. Cuando público el relato en el periódico de su escuela, sus compañeros de clase creyeron que se la había inventado.
 En la charla Hoyos habló, para el deleite del público, de “la guevonada del escritor”. El autor definió a las personas que escriben como seres sensibles, observadores e incluso temerosos. Como individuos que lo sienten todo, en especial el dolor ajeno. Para él, solo aquellos que son capaces de relacionarse con la tragedia de los demás pueden hacer una crónica. Salcedo opinó lo mismo y además valoró la importancia del ego, que no es lo mismo que la vanidad o la egolatría. “La gente ve al ego como algo malo, como ruindad. Pero hay que tener ambición. Cuando un estudiante me dice que está escribiendo una novelita de inmediato pienso que no le va a llegar lejos. No creo que Dostoievski o García Márquez hablaran de hacer novelitas”, aseguró.
 De jóvenes, tanto Ramos como Hoyos trabajaron en medios impresos haciendo reportajes de todo tipo, desde judiciales hasta económicos. Ramos, por ejemplo, aseguró que al comienzo podía hacer una nota sobre cualquier cosa, se sentía “como un cazador en medio de la selva, disparando a cualquier cosa que se moviera”. Pero hoy solo hace los temas que lo impactan de forma profunda, que no le dejan dormir. Un derecho, dice, que se ganó. Pero también resaltó que se puede encontrar una gran historia en cualquier lugar. Como ejempló, habló de una vez que, a los 22 años, tuvo que entrevistar a una reina de belleza. Al comienzo no quería, pero un episodio que vivió cuando almorzó con ella le hizo cambiar de parecer. Durante la comida, le sirvieron un sancocho lleno de grasa, mientras que la reina se comió un plato insípido de verduras. “Ella miraba mi plato con interés, yo miraba el de ella con desdén”. Fue entonces que encontró un ángulo para su crónica: la belleza es una prisión. “Ella estaba en una prisión porque era bonita. Yo soy feo, así que era libre”, dijo.
 “Alberto siempre dice que todo envejece rápido, menos las buenas historias”, afirmó Hoyos, quien también aseguró que en el periodismo narrativo cada tema es único y que el tiempo de escritura varía. Contó que una vez hizo una nota sobre un río que se había desbordado y se llevó a cien personas. Cuando llegó al lugar de los hechos, solo encontró los cuadernos mojados de los niños. Esa escena lo sacudió y esa noche redactó todo el informe. En otros casos, como cuando hizo su famosa crónica El Oro y la Sangre, tardó meses escribiéndola. “Hay que entender que el tiempo de vivir una historia es distinto al tiempo de escribirla. Hay muchas clases de urgencia”, afirmó.
 Ramos, por su lado, relató que se demoró un año en crear el perfil del cabo William Pérez, el soldado que fue rescatado en la operación Jaque y que durante su secuestro fue el médico tanto de la guerrilla como de Ingrid Betancourt. “Cuando sale de atrás ese hombre desgreñado y esquelético en el aeropuerto militar de CATAM, sentí una necesidad profunda de contar su historia. Pero no de inmediato. Así que lo busqué un año después. Las primeras veces que me reuní con él no le hice preguntas”, cuenta. Ramos resaltó que hoy en día hay una obsesión con hacer preguntas en el periodismo. Esa manía, la del entrecomillado, no permite que el entrevistador realmente oiga al entrevistado. Además piensa que una buena crónica por lo general necesita de humildad y de tiempo para que el sujeto evolucione y se muestre con todos sus detalles, como la forma en que respira y se viste.
 La charla, una de las mejores de la fiesta por el humor y la buena relación entre los cronistas, culminó con un detalle extraordinario, ya cuando varia gente salía del auditorio y el público hacía preguntas. Una señora de 80 años se paró frente al micrófono y le dijo a Hoyos que uno de los mayores placeres de su vida había sido poder conocerlo. Enseguida le pidió dos cosas: un abrazo y una foto. El antioqueño, conmovido, accedió y, tras recibir el aplauso del público, dijo con emoción: “Se dice que el periodismo es un oficio mal pago. Pero la verdad es que a uno le pagan con monedas mucho más valiosas que el oro. Monedas como usted, señora”.

24.9.14

La elegante mitad de Bustos Domecq

Fantástico, cómico, surreal: al escritor argentino lo definen de esta manera por ser deudor de la ciencia ficción. Sin embargo, por su cercanía con Borges, ha sido puesto a un lado. ¿Quién era y qué había en su ficción? 

Adolfo Bioy Casares nació el 15 de septiembre de 1914 y falleció en 1999. Esta fotografía, tomada en Francia, es de mayo de 1996./elespectador.com

¿Por qué escribió?
Adolfo Bioy Casares tenía todo en su vida: una familia con residencias y haciendas, que recorría a caballo, extensas tierras que administraban y los proveían de una robusta fortuna. Tuvo una niñez privilegiada, estudió cuanto quiso, se retiró de la universidad por mero tedio. Cuando no había más que hacer, y era menester el ocio, Bioy Casares leía mañanas y tardes a Kipling, Goethe, Hegel, Kant, Shaw, Chesterton. Su vida era, en términos del siglo pasado, burguesa; la palabra carestía no estaba en su lengua.
¿Por qué, entonces, escribió?
Quizá, y sólo quizá, buscaba una verdad. La verdad que de pequeño se le había escapado cuando ganó un perro en una feria, Gabriel, y al día siguiente ya lo había perdido. Sus padres nunca le dijeron qué pasó. Quizá, y sólo quizá, buscaba en la fantasía una hipótesis y una forma de contrarrestar la incertidumbre. El modo de la resistencia: imaginarse, por ejemplo, que es un caballo y comer pasto y darse cuenta de que sus padres lo envían al médico para recetarle alguna medicina.
Su forma de la resistencia viene de arriba, de una clase social adinerada y con ventajas. Esa posición parece contradictoria, pero no lo es en ningún sentido: también desde dentro es posible (y más efectivo) luchar. Cualquiera vería a Bioy Casares, entonces, como un hombre entre los matorrales, atacando a destiempo. La imagen, sin embargo, es errada. Bioy Casares, como todos los hombres, bien podía ser dos cosas al mismo tiempo: elegante y directo, de élite y de pueblo.
Su literatura es tomada en ocasiones, por su cercanía a la ciencia ficción, como un llamado a una tierra nueva y desconocida, un aterrizaje en las costas de una realidad poco probable. La invención de Morel, una de sus obras principales, sería juzgada de ese modo en primer lugar. Pero hay un detalle, que el escritor Patricio Pron indicó en una conversación con Rodrigo Fresán para la revista Letras Libres: “Bioy parece un buen ejemplo de lo que sucede cuando escribes para adherirte a una serie de valores en vez de para transformarlos: cuando murió, los valores de sus personajes se remontaban a un siglo atrás y sólo podían provocar en los lectores una curiosidad, digamos, antropológica
Quizás eso suceda todavía con muchos de sus libros. ¿El futuro de Bioy no es algo del pasado?”.
Esa división de contrarios, que podría resultar inocua, tiene mucho sentido más allá de su propia vida. Bioy Casares encontró que la literatura no se formaba de otro modo más que en una constante pelea de las formas, los tiempos, las personas, los amores. Debían existir un punto de choque y una secuencia temblorosa antes de la explosión. Lo supo en sus libros tempranos, que nunca quiso editar de nuevo, y también en sus obras siguientes: Plan de evasión, El sueño de los héroes, Diario de la guerra del cerdo.
Lo supo cuando escribía en su diario sobre Jorge Luis Borges, a quien conoció en la Villa Ocampo, con quien tuvo paseos nocturnos en los que hablaban de literatura y de posibles argumentos para novelas, cuentos, para su fantasía. Fue su gran amigo y también su gran contradictor: de otro modo no hubieran podido escribir todo cuanto escribieron juntos (bajo los seudónimos de H. Bustos Domecq y Benito Suárez Lynch), ni siquiera su primera colaboración, un folleto sobre leche cuajada.
Bioy Casares pudo ser un hombre de buena vida, entregado a placeres más hedonistas (la literatura es, a su modo, un placer más que hedonista). Fue escritor, sin embargo, porque la tesis de la vida le sabía insuficiente. Y fue así, insuficiente y llevadero, en todo, incluso en el amor: “Cuando llegó el amor yo descarté muchas cosas porque me la pasaba preocupadísimo y muy triste. Tardé en comprender la enseñanza de esos amores hasta que un día comprendí que me convenía tener más de una mujer, engañarlas para que ellas supieran que su situación no era tan segura y se esforzaran por ganarme para ellas. Tenía doce o trece años. Mis intenciones eran un tanto precoces pero las intenciones, no así los actos, siempre son precoces”.

23.9.14

Si vas a renunciar a tu trabajo, hazlo con estilo: mira el ejemplo de Faulkner

"Maldito sea si me pongo a las órdenes y la disposición del primer hideputa itinerante con dos centavos para invertir en una estampilla", escribió el joven William  Faulkner para renunciar a su trabajo como administrador de correos que, de todos modos, distaba mucho de cumplir cabalmente


William Faulkner era un trabajador pésimo de cumplir órdenes/pijamasurf.com
 
Hacia 1921, William Faulkner, entonces con 24 años, comenzó a trabajar en la oficina postal de la Universidad de Mississippi como administrador de correos, puesto en el que continuamente era sorprendido leyendo, escribiendo, ignorando, perdiendo o francamente desechando las cartas que llegaban a sus manos, desdeñando a compañeros y clientes por igual, jugandobridge en horarios laborales, llegando tarde y yéndose temprano y algunas otras conductas con las que parecía empeñado en llegar al muro del antihonor de los empleados postales.
Sorprendentemente, el joven Faulkner se mantuvo en este trabajo durante 3 años, hasta septiembre de 1924 (cerca del día de su cumpleaños 27, pero lejos todavía deSoldiers’ Pay, su primera novela, publicada en 1926), hasta que después de una inspección se vio forzado a renunciar.
Pero, antes de irse, el futuro nobel dejó a sus superiores una singular misiva que, como los adjetivos que caracterizan su estilo literario, parece la puntilla que penetra en el hueco exacto de una situación que de otra forma quedaría ambigua y sin fijar. Aquí la traducción del documento, del cual, en vista de su brevedad, ofrecemos también el original en inglés, tomado del sitio Letters of Note.
[Octubre, 1924]
Mientras viva en el sistema capitalista sé que mi vida estará influenciada por las demandas de la gente adinerada. Pero maldito sea si me pongo a las órdenes y la disposición del primer hideputa itinerante con dos centavos para invertir en una estampilla postal.
Esta, señor, es mi renuncia
(Rúbrica)
[October, 1924]
As long as I live under the capitalistic system, I expect to have my life influenced by the demands of moneyed people. But I will be damned if I propose to be at the beck and call of every itinerant scoundrel who has two cents to invest in a postage stamp.
This, sir, is my resignation.
(Signed)

22.9.14

La siniestra sonrisa del payaso

El escritor y periodista, Segio Ocampo Madrid dice que el tono paródico de su libro nace del modo en que viven los colombianos

Sergio Ocampo Madrid ha publicado también A Larissa no le gustaban los escargots  y  El hombre que murió la víspera. /elespectador.com
Sergio Ocampo Madrid, periodista con una trayectoria en diferentes medios impresos, acaba de publicar su tercer volumen de ficción. Limpieza de oficio, como bien lo señala Juan Gossaín, emplea diversos registros estéticos: a veces parece un reportaje, en otras ocasiones una parodia. En todo caso, Ocampo Madrid aprovecha con acierto anécdotas y hechos esperpénticos, tan comunes en nuestro día a día.
En toda su novela hay escenas de parodia. ¿Dicha conciencia le viene del oficio literario?
Esa extraña conciencia de vivir entre la risa y el miedo no proviene del periodismo ni de la literatura, sino de ser, vivir y sentir como colombiano. La realidad de este país se mueve entre los extremos de la comedia y la tragedia. Así nos organizamos como sociedad, con la informalidad como pretexto y razón, con la violencia como dispositivo central para resolver los conflictos, con la desilusión como un signo de la cultura y de la política. Aunque paródicas, varias de las escenas e imágenes del libro son recreación de realidades colombianas, y menciono sólo una: el impresionante operativo que monta la Policía para detener al titiritero Facundo, recluido en un ancianato de algún pueblo pequeño, inmovilizado en su cama por la artritis y por la vejez, es una evocación de los allanamientos de que fue víctima Luis Vidales, también postrado en una cama y acosado por la autoridad en los tiempos de Julio César Turbay.
La figura de Paco, el cronista de judiciales, recuerda de inmediato a Ximénez. ¿De dónde le vino la idea de construir ese personaje como Paco?
En realidad, Paco está basado en personajes del periodismo colombiano. Uno es Ximénez y los demás son una amalgama de cronistas que sucumben, en mayor o menor escala, a la tentación de añadir detalles y a veces, más que detalles, imaginación a sus historias (con gloriosas excepciones, claro está). Ximénez me parece un personaje fascinante, un mentiroso genial, que vivió en un momento en el cual el periodismo no tenía unos estatutos ni unas cortapisas tan severos como los que existen hoy, al menos en el papel. Mentir en el periodismo actual no es sólo un sinsentido ético sino un suicidio para la reputación y la credibilidad. Ahora bien, Paco tiene algo que lo rescata, a pesar de su ego enorme (condición para ser periodista exitoso) y es que no se detiene en falsear los hechos en la escena de un crimen con el objetivo supremo de construir grandes historias para los próximos días.
¿Qué opina sobre el periodismo escrito en Colombia?
El periodismo nuestro tiene muchas cosas para ser criticadas, en especial la ligereza, la escasa formación de los periodistas en general y la actitud epiléptica y meramente enunciativa de estar saltando detrás de los personajes y los hechos sin concluir, sin profundizar ni hacer un esfuerzo por acercarse a la verdad, más allá de las declaraciones opuestas de las fuentes. No obstante, es un periodismo valiente; oficialista pero no militante (como en Ecuador, Venezuela, Bolivia), que guarda respeto por conservar las formas (contrastar información, apelar a varias fuentes) y que se mantiene en una tradición sana de no meterse en la vida privada de la gente. Llena además algunos de los vacíos que dejan las autoridades, en especial la justicia y los políticos. Sin la prensa no habría habido Proceso 8.000; tampoco el destape de la llamada “parapolítica”.
¿Qué razones tuvo para adoptar el tono de humor negro en su libro?
El tono salió por sí solo. No fue una decisión previa sino una consecuencia natural de la historia y de su hilo narrativo. Es que un periodista que inventa cosas y que va perdiendo los escrúpulos con el fin de fabular grandes historias tiene que derivar en algún momento en situaciones inevitables de humor; lo mismo puede decirse de los payasos que van muriendo en fila por cuenta de un asesino serial. Confieso que disfruté mucho escribir esta novela y me reí varias veces con todas las ganas frente a mi computador. Hubo una decisión consciente de que el humor no asfixiara en ningún momento el eje dramático de la historia, que lo tiene y es fuerte, y que no cayera sólo en el anecdotario sino que pudiera trascender a la crítica ante los absurdos sociales, ante la ineptitud oficial. Me cuidé de no soltarle demasiada pita a la parodia porque no quería hacer una parodia.
Con tres libros de ficción en su haber, ¿qué miedos y esperanzas lo acompañan en su trabajo literario?
Estuve muerto de miedo por muchos años de dar ese salto, no sólo por la incertidumbre de cómo vivir de esto, sino por las dudas de hacerlo bien. Escribir bien en periodismo no soluciona la escritura literaria. Hoy, después de nueve años de tomada la decisión, con tres libros publicados y un pequeño paréntesis de año y medio en que acepté ir a manejar El Heraldo de Barranquilla, las cosas no han sido tan duras como pensé. La academia me acogió, en especial la Universidad Externado de Colombia, y el toque de puertas en las editoriales no ha sido tan frustrante ni tan demorado. Gabriel Iriarte, primero en Norma y ahora en Random, ha sido un apoyo tremendo. Provenir del periodismo genera escepticismo entre los críticos, que hasta ahora se han ocupado poco de mi obra, y esa es una pequeña queja que tengo. Pero en general la vida ha fluido para que las cosas vayan bien en este viaje sin retorno de ser escritor.

20.9.14

Vila-Matas :"Sospecho que fue en mis años de París cuando empecé a volverme argentino"

Ser o no ser literatura: ésa pareció ser la cuestión para Enrique Vila-Matas. Desde Historia abreviada de la literatura portátil (que no es su primer libro, pero representa el hallazgo de un estilo), se volvió sistemática esa dedicación casi entomológica a la vida de los autores, a las peripecias de la escritura y su principal paradoja melancólica: la de ser una patria en la que el creador nunca puede ser profeta

 
Un joven Vila-Matas visita a Salvador Dalí en Cadaqués, en los años setenta. Foto: Gza Vila-Matas.adncultura.com
Kassel no invita a la lógica, su nueva narración, como si la claustrofobia literaria hubiera dado signos de una sutil intoxicación, abre la puerta hacia un universo creativo lindante: el mundo del arte contemporáneo. El escorpión, contra todo, no puede dejar su naturaleza. Kassel... es una novela que es una crónica que es un cuaderno de reflexiones que -cerrando perfectamente el círculo- es una novela. El propio narrador (aunque innominado, todo denota a un doble exacto de Vila-Matas) propone como modelo azaroso del relato el McGuffin. Aquella técnica distractiva que Alfred Hitchcock utilizaba para explicar el suspenso (la bomba debajo del asiento que parece va a explotar y al final no explota) le sirve al escritor catalán para otros fines: para pasearse literal y simbólicamente por una trama de perplejidades varias.
La novela comienza, de hecho, con la invitación a cenar de una supuesta pareja irlandesa que responde a ese nombre: McGuffin. La pareja no es tal, sólo la treta conceptual que una curadora (o una asistente) encuentra para invitar al escritor a participar de la Documenta 13, el famoso encuentro vanguardista que se realiza cada lustro en la ciudad alemana de Kassel. La propuesta consiste en "extraviar" autores en un ámbito inhabitual: para la ocasión, sentar por una semana al protagonista en un restaurante chino de las afueras de la ciudad a cumplir con los rituales de su trabajo. Aunque remiso, tras algunas negociaciones informales, que agregan la promesa de una "conferencia sobre nada", el escritor termina por aceptar esa rara exposición pública. Lo seduce el hecho de que Kassel sea, según informa, un mito de su juventud y la curiosidad de cotejar si en el mundo de las artes -a diferencia de lo que sucede en el terreno literario- hay todavía margen para la innovación.
Los juegos de identidad prosiguen. El escritor decide pasar a llamarse Autre, y más tarde Piniowsky (un nombre que viene de Joseph Roth, pero suena digno de Gombrowicz) y en su periplo, dado que dispone de tiempo, visita algunas de las obras de esa muy real Documenta del año 2012. Untilled, de Pierre Huyghe, un estercolero para la producción de humus en el que coinciden una estatua con una panal en la cabeza y por el que pasean dos perros, uno de ellos con la pata pintada de rosa; una instalación sonora de Janet Cardiff, en medio de un bosque, que reproduce los bombardeos en ese lugar durante la Segunda Guerra; o una representación de Tino Sehgal que sucede en plena oscuridad y no figura siquiera en los catálogos, que le permite intuir que arte y vida van juntos. También puede discurrir sobre la famosa foto de la antigua musa de Man Ray y luego fotoperiodista de guerra, Lee Miller, en la bañera de Hitler o recordar una visita propia a Salvador Dalí.
La sombra de Robert Walser, una figura por la que Vila-Matas tiene predilección, aparece de manera inevitable en estos paseos, pero más todavía la de Raymond Roussel. El protagonista de Kassel ... recuerda a los visitantes de Martial Canterel, a los que el inventor guiaba por los jardines de Locus Solus y les mostraba (y explicaba) las extravagantes máquinas de su invención.
Al escritor catalán le gusta desmarcarse en las respuestas. Qué extraño, se le comenta, que entre tantos anécdotas de autores y artistas no figure Arno Schmidt, el escritor alemán, que vivió apartado en una cabaña y aspiraba a una invisibilidad no muy distinta de la de los personajes de Vila-Matas. No lo leyó nunca, contesta, por miedo "a que me dieran ganas de ponerme a escribir como escribía él". Y cuando se le recuerda que el periodista ya lo había entrevistado en los tiempos de Doctor Pasavento, sugiere que muchas cosas cambiaron desde entonces. ¿Se refiere a cuestiones estéticas o a cuestiones personales?
"No me haga caso -dice-, ocurre que especulo a veces con la idea de que me he convertido en 'otro' y me llamo Piniowsky, por ejemplo. Creo que con estas cosas trato de neutralizar un temor de fondo: que a la larga acabe pareciéndome demasiado a mí mismo."
-Por aquel entonces, en 2006, estaba justamente escribiendo una historia, un proyecto, para que Sophie Calle, la artista francesa, lo llevara a la práctica. En Kassel no invita a la lógica narra en parte su encuentro, pero ¿hizo el proyecto finalmente? ¿Cómo fue esa experiencia?
-Acepté la propuesta que Sophie me hizo de escribirle una historia que ella luego trataría de vivir. Lo pactamos todo en el Café de Flore y, a las pocas horas, ya le estaba escribiendo su vida para los siguientes días: disfrazada de "copia casi idéntica de Sophie Calle", ella iba a viajar a las Azores y fotografiar a un fantasma que yo sabía que habitaba una desierta casa junto al mar.
-¿Y Sophie Calle fue a las Azores?
-No. Se murió su madre y poco después Sophie fue invitada a participar en la Bienal de Venecia. Y yo entretanto sufrí un grave colapso físico en medio de aquel viaje a Buenos Aires, en mayo de 2006. Entre una cosa y otra, todo acabó definitivamente interrumpido, aunque, al salir de mi crisis, escribí un relato sobre el asunto, "Porque ella no lo pidió", donde presenté como ficción lo que me había sucedido en la vida real. ¡Para una vez que tengo una buena historia que me ha ocurrido a mí mismo! Pero quizá sólo quise desmentir que podamos ser autobiográficos cuando en realidad contar lo que nos ha ocurrido es sólo posible si inventamos.
-En Kassel no invita a la lógica, dice que a partir de esas experiencias dio el salto para interesarse más en otras artes que no fueran la literatura.
-Sentí la necesidad urgente de escapar de lo exclusivamente literario, sí, de abandonar de vez en cuando el cerrado gabinete de trabajo. Y en Sophie, primero, y en (la artista) Dominique González-Foerster después, hallé vías de comunicación con el mundo del arte contemporáneo. De hecho, vengo colaborando últimamente con Dominique en sus "instalaciones". Por ejemplo, trabajé en Londres en el gran montaje sobre "el fin del mundo" que ella realizó en la Turbine Hall, de la Tate Modern.
-En algún momento define el libro como reportaje novelado. ¿Cuánto hay de crónica y cuánto de imaginado? ¿Alguna de las muchas obras de vanguardia que se describen en el libro son de su invención?
-Todas esas obras parecen extrañas o incluso inverosímiles pero son reales, menos dos, que, por otra parte, no ocupan apenas espacio en el libro. Y es cierto, hay un momento en que el narrador habla de "reportaje novelado", pero juzgo más apropiado hablar de "semificción".
-¿Hay una voluntad polémica de su parte al tocar el interés estético y vital de la vanguardia, su necesidad, o todo comenzó como una feliz excusa narrativa?
Kassel... lo escribí para levantarme contra ciertas voces agoreras de mi país que consideran que el arte murió hace siglos y que el arte contemporáneo es simplemente ridículo. Mi libro se rebela contra esas voces y narra la historia de un extraordinario entusiasmo por todo lo que pude ver en la Documenta de Kassel de 2012, y de paso propone que arte y literatura sean situados en el centro de la vida pública. Esto último quizá suene disparatado. Pero en los felices años sesenta una sociedad estructurada por la creatividad del arte sonaba como algo normal, la propuesta más urgente y perfecta para crear un mundo nuevo.
-"Cuanto más de vanguardia es un autor menos puede permitirse caer bajo ese calificativo y más ha de vigilar para que no lo encasillen en semejante cliché", se lee en la novela. En las artes plásticas o performativas parece algo más claro, pero ¿a qué considera literatura vanguardista hoy?
-Es posible que la vanguardia haya quedado atrás, que incluso haya quedado atrás la literatura y que, ante semejante estado de cosas, quizá lo mejor sea dejar de pensar en ser vanguardista y tratar de prolongar en el tiempo este aforismo: "Hacer lo negativo aún nos será impuesto, lo positivo ya nos ha sido dado". Es de Kafka. Parece ahí sugerirnos que en el campo de la literatura aún queda trabajo por hacer, porque convendría incidir en la búsqueda del negativo de la escritura y completar así el recorrido hasta ahora sólo positivo de lo escrito en los últimos veinticinco siglos. Dicho de otro modo: la línea clara de la escritura ya no da más de sí, pero la oscura -la que hace posible lo claro- aún está por investigar. Precisamente Godard se quejaba hace poco de que en cine, a causa de los videos y la informática, el negativo ya no existe y no tenemos más que el positivo. "Si nos quedamos sin contradicciones, ¿qué haremos para avanzar?", se preguntaba.
-La Documenta de Kassel surgió en la posguerra en parte contra la idea nazi del arte degenerado. No recuerdo que haya habido antes referencias políticas tan directas en sus libros, en relación con el capitalismo, en relación incluso con el franquismo. ¿Es un tipo nuevo de preocupación?
-Al comentar que Cortázar había sido condenado o aprobado por sus opiniones políticas, Borges escribió: "Fuera de la ética, entiendo que las opiniones de un hombre suelen ser superficiales y efímeras". No puedo estar más de acuerdo. En todos mis libros he tratado básicamente de dejar claro qué clase de ética era la que me regía. Kassel... no ha sido una excepción, sólo que en ella no he querido prescindir del contexto político de los orígenes de la Documenta, creada en 1955 en un intento de recuperación del arte de vanguardia después del colapso nazi.
-Por momentos pareciera que el mundo, o al menos Europa, se están convirtiendo en un parque temático. ¿Hay alguna salida a esa sensación de agotamiento de Europa a la que el libro hace referencia?
-No hay escapatoria. "Para salir del bosque tenemos que salir de Europa, pero para salir de Europa tenemos que salir del bosque", dice una canción que oímos en un momento del libro y que proviene de una película de Raoul Ruiz. Mientras escribía Kassel..., recuerdo que a cada momento fui sintiendo cada vez más fuerte la necesidad de cargar las tintas en la idea de que en realidad el narrador pasea por una Europa amortajada, muerta desde hace ya un siglo, una Europa convertida en un mundo de fantasmas. Este acorde de fondo atraviesa el libro y es básico para darle a éste su verdadera profundidad de campo.
-El protagonista, que tanto se parece a usted, tiene como amuleto Romanticismo, el libro de Rüdiger Safranski. ¿A qué se debe ese interés?
-Los primeros románticos fueron los inventores de la vanguardia, pero si entendemos que ésta consiste en realidad en el simple pero difícil acto de volver a empezar, es decir, de remontarse a las raíces del arte, es probable que los románticos no hayan sido más que un eslabón en la larga cadena de intentos por regresar al origen.
-"No hay literatura sin espectáculo", le dice Jean Echenoz, en un diálogo con usted sobre la impostura incluido en El juego del otro. ¿Hasta qué punto la figura del escritor (que incluye declaraciones, entrevistas) es parte hoy de la obra misma o, incluso, es más importante que la obra misma?
-Lo ideal para mí sería ser un escritor a quien nunca nadie vio, pero que publica una novela y vende un buen número de ejemplares de golpe; tiene unos lectores que no necesitan ni siquiera verle la cara porque a ellos lo que les interesa es el nuevo libro que haya podido escribir...
-Me podría contar algo más de la visita a Dalí que le hizo en su juventud. ¿Qué opina de él como escritor, un aspecto de su obra que suele ser pasado por alto?
-Fue clave en mis años jóvenes mi lectura de El [mito trágico del] Angelus de Millet, el magistral libro de Dalí. Allí descubrí que se podía hablar de todo, es decir, se podía comentar el mundo, poniendo como pretexto cualquier futilidad: un cuadro, por ejemplo, tan absurdo como El Angelus. En cuanto a la visita que le hice a Dalí, sólo puedo decirle que me deslumbró la forma en que me habló de Locus Solus de Raymond Roussel y que muy probablemente, a partir de aquel día, algo cambió en mí. Aunque, bueno, no me haga demasiado caso, ya le dije antes que especulo a veces con la idea de que me convertí en "otro" y me llamo Piniowsky, por ejemplo. ¿Será argentino ese Piniowsky?
-Hablando de eso: a veces uno tiene la impresión de estar leyendo a un escritor cercano a ciertos aspectos de la tradición rioplatense. Más allá de Borges, ¿siente algún vínculo sentimental como lector con la literatura rioplatense?
-Sospecho que fue en mis años de París, en los años setenta, cuando empecé a volverme argentino. [N. del A.: En París no se acaba nunca Vila-Matas cuenta sus experiencias juveniles en la capital francesa, en las que figuran, entre otros, el escritor argentino Raúl Escari.]
En una instancia nombra La sinagoga de los iconoclastas, el libro de Juan Rodolfo Wilcock (libro de un argentino, dicho sea de paso, escrito en italiano y publicado por primera vez en español en Cataluña). ¿Leyó algo más de él? ¿Es un autor que le interese especialmente?
-Leí también El estereoscopio de los solitarios. Pero el primero fue La sinagoga..., lo compré en 1982 cuando lo publicó Anagrama y leerlo influyó en la libertad que mostré dos años después al escribir Historia abreviada de la literatura portátil. Cuando conocí a Roberto Bolaño, La sinagoga... fue uno de los libros de los que primero hablamos, ambos con gran entusiasmo. "Es uno de los mejores que se han escrito en el siglo XX", recuerdo que sentenció Roberto y sentí que iba a resultarme imposible llevarle la contraria. A mí me había quedado muy grabada una frase de ese libro: "Los sueños son en realidad recuerdos de un futuro ya sucedido". La verdad es que es una frase que, aún hoy, me da miedo..

16.9.14

Fo: "No hay conciencia social para sacar adelante el mundo"

Azote del poder político y eclesial, el Nobel italiano Dario Fo rescata la reputación de la hija de Rodrigo Borgia en su primera novela tras toda una vida de puro teatro

Darío Fo, autor italiano ahora estrena novela sobre Lucrecia Borgia./Alberto Cristofari./elpais.com

El juglar de tradición medieval canta y pinta ahora, a sus 88 años, las virtudes de una dama mancillada desde el Renacimiento: Lucrecia Borgia.
Cinco siglos después de aquella época, Dario Fo (Sangiano, 1926) desenreda el entuerto de la infamia alrededor de la hija del papa Alejandro VI y asegura que casi todo ha sido mentira, que ella fue víctima de la corrupción y la ambición de su familia que la usó como una mujer-objeto. Que era casi todo lo contrario de lo que las lenguas viperinas han dicho hasta hoy.
“¿Ahhh?”. Cruces se han hecho algunos, por ella y por quien lo cuenta.
Él se encoge de hombros en su casa rodeada de silencio, en una vera del camino de Sala di Cesenatico, en Bolonia, donde habla de su primera novela: Lucrecia Borgia, la hija del Papa, editada en primavera en Italia y prevista en España en noviembre bajo el sello de Siruela. Está sentado en una mesa de comedor con el eterno gesto al borde de su sonrisa que lo ha acompañado desde niño y que no desapareció ni cuando de joven fue alistado como miembro de la fugaz República de Saló, de Mussolini, y ya siguió como pintor, arquitecto, dramaturgo, comediante, crítico de arte y Nobel de Literatura en 1997.
Quién iba a pensar que Dario Fo se convertiría en salvador y rehabilitador de una persona que representa parte de lo que ha denunciado y fustigado toda su vida. Política e Iglesia. Precisamente él: el Nobel rojo italiano, el creador y ciudadano comprometido con la sociedad, conciencia moral del mundo contemporáneo y eterno invitador a la rebelión ha restituido la reputación de la hija de Rodrigo Borgia. Ha reivindicado su humanidad, cultura, sensibilidad, inteligencia, coraje y desvelado su resquicio revolucionario. Ese es él. A contracorriente para señalar verdades y aquí como una metáfora de su propia vida.
Su voz se ha serenado, pero sigue clara; su mirada se ha ensombrecido tras la muerte el año pasado de Franca Rame, su otra mitad en lo personal y artístico con quien estuvo los últimos 60 años, y su lucidez está intacta. No tiene prisa por contestar. Porque aunque el presente empuje al vértigo, Fo marca su propio ritmo. Cada respuesta la empieza con el origen de todo, hace de ella una pequeña historia de principio a fin. Es un juglar. Fuera de casa, la llovizna revolotea los olores de esta frondosa región italiana donde veranea, escribe y pinta. En él fue antes el pintor que el escritor. Fue su primera vocación. El hijo del ferroviario socialista y un ama de casa que quería ser pintor. Varias veces ha dicho que sus pensamientos pasan siempre por la pintura y que cuando lo cercan las dudas y problemas pinta, pinta…, y se hace la claridad.
 ¿Dice que tenía aquí el cuadro de Lucrecia Borgia?
Aquí teníamos una reproducción del cuadro de Bartolomeo Veneto que ilustra la portada de la novela. Cuatro amigos pintores la hicimos. Si alguien no sabía que era una copia podría pensar que era el original.
La novela se abre con una frase de Maquiavelo, contemporáneo de Lucrecia: “No son tan simples los hombres, y hasta tal punto obedecen a las necesidades del momento que aquel que engaña encontrará siempre alguien dispuesto a dejarse engañar”. Es una verdad. 
Las verdades nunca son absolutas, porque la misma realidad se encarga de desmentirla y contradecirla. Maquiavelo decía que el pueblo que se defiende por sí mismo y no tiene que ser defendido por armas extranjeras es un pueblo libre. Pero se ha demostrado con el tiempo que no basta con tener una armada propia.
¿Cuándo pensó en esa frase para la novela? 
En mitad del proceso de escritura. Soy fanático de Maquiavelo. Tanto que sé de memoria muchas de sus frases célebres. En esta novela ha sido fundamental volver a leer sus ideas sobre la república y las libertades europeas.
Y Dario Fo se adentra en la coincidencia de los Borgia, Maquiavelo y el Renacimiento, hasta llegar a la Lucrecia víctima de la corrupción. Ella en medio de un periodo que Fo reconoce no tan diferente al de ahora. Perplejidad al principio. Eso produjo su novela. Pero él, que siempre ha ido a contracorriente y restituido la dignidad de los marginados, no iba a dejar de hacerlo ahora. Por mucho que fuera alguien en el centro del poder. La gran diferencia es que esta vez no ha cogido el curso de la actualidad, dice que ya ha hablado mucho del berlusconismo, por ejemplo, sino que ha remontado el río de la vida.
Hay situaciones parecidas a las vividas en la época de los Borgia”
Lucrecia es un ejemplo extremo de cómo la difamación, el rumor y la desinformación cambian la imagen de una persona, y cómo a pesar de los siglos el error no solo se mantiene sino que aumenta. 
Sí, especialmente en el último siglo se ha destruido su dimensión humana, se han censurado sus virtudes y propagado una idea falsa sobre todo su comportamiento general.
¿Por qué esa distorsión en los últimos cien años? 
Porque se puso en funcionamiento una investigación despiadada y sin control histórico, sin ningún rigor, con declaraciones y documentación irresponsable. Por ejemplo, su primer marido, Giovanni Sforza, fue acordado por su padre al año siguiente de haber sido elegido Papa para crear una gran alianza con la familia Sforza en Milán. Pero una vez no fue necesaria esa alianza la separó, ante lo cual los Sforza divulgaron la infamia de que Lucrecia mantenía relaciones con su hermano César y su padre. Mucha gente se interesó en esa historia. Incluso autores isabelinos como John Ford dijeron: “¡Qué pena que sea puta!”. Vista así, es una historia estupenda.
En el prólogo usted se pregunta por qué la familia Borgia nos atrae, y se contesta: “Por la impúdica carencia de higiene moral”. 
Antes era despiadada esta forma de ser y vivir, y era aceptada como algo positivo.
¿Cómo ve esa higiene moral en estos tiempos? 
Es un escándalo el que ha producido nuestro ex primer ministro que atesoraba una colección de mujeres y las tenía en una especie de residencia, listas para hacer el amor. Es un proxeneta. Era una organización, un espectáculo como había antes. En el extranjero también hay situaciones parecidas a las vividas en la época de los Borgia.
Usted escribe que Lucrecia era consciente de lo que se decía de ella. 
Y tuvo un valor inmenso de denunciar algunas de las cosas que vivió. Como el descubrir que su padre no es su padre. Ella tenía 16 años cuando Rodrigo Borgia iba ser Papa y decidió revelar la verdad. Lucrecia, entonces, lo recrimina y le dice cosas duras, se siente indignada por una ofensa moral. Esa actitud es importante porque en esa época nadie se permitía insultar a alguien con poder. Queda claro que esa chica tenía una conciencia moral alta. Ya casada con su tercer marido, Alfonso d’Este, y convertida en duquesa de Ferrara en 1505, despliega su pasión por las artes y conocimiento cultural.
Lucrecia recuerda a tantas otras mujeres que han sido maltratadas por la historia, de una u otra manera, desde Cleopatra hasta Ana Bolena, pasando por María Magdalena, y otras más recientes y varias en la vida pública actual. 
Eso es producto de la literatura. Es más importante una puta redimida que una mujer que no da ningún escándalo. Nosotros no hicimos esta historia porque nos gustaran las intrigas, sino porque era una buena historia y vimos que se ha escrito mucho, pero todo tergiversado. Hay incluso telenovelas y series de televisión que han contado cosas obscenas del personaje; aunque lo más obsceno es el éxito que ha tenido todo eso en la gente.
Tuve la suerte de tener una mujer excepcional, llena de coraje”
Lucrecia en español, Lucrècia en valenciano, Lucretia en latín, Lucrezia en italiano. Es la nueva pasión de Dario Fo, en ella terminan y en ella empiezan casi todos sus caminos estos días. Pero cuando tenía unos 26 años, en 1952, escribió su primer libro: Poer Nano e altre storie. El atisbo del humor, la sátira y la crítica de lo que habría de ser aquel niño nacido a orillas del Lago Mayor, en la frontera con Suiza. El que quería ser pintor mientras su cuadro vívido era crecer en cruce de culturas, costumbres, lenguas y ser testigo de diferentes formas de buscarse la vida. Contrabandistas que van y vienen, inmigrantes que con los estragos aún de la I Guerra Mundial entran en Italia en busca de un mejor porvenir o trabajadores que llegan a su pueblo, Sangiano, atraídos por la industria del vidrio. Con aquel primer libro está y se queda Franca Rame (1929-2013), hija de actores, con quien se casa en 1954 y enriquece su espíritu de actor, escritor y activista. Tanto que en 1958 crean la compañía Dario Fo-Franca Rame. La semilla del futuro exitoso. Miles de representaciones, casi un centenar de obras (desde Muerte accidental de un anarquista, que lo convirtió en figura de la izquierda italiana; Aquí no paga nadie, actualizada tantas veces; Misterio bufo, su primer gran éxito internacional, hasta El anómalo bicéfalo, sobre Berlusconi, que podría tener un diccionario suyo de definiciones como la de “trilero de nivel cósmico”) y millares de declaraciones sobre el teatro y el teatro de la vida minado por la mala política.
¿Qué opina de las mujeres que van tomando el liderazgo actual en diferentes países y del panorama que se abre al mundo con ellas en los altos cargos? 
Tuve la suerte de tener una mujer excepcional. Fue mi profesora, mi maestra en el teatro y la vida. Vivimos juntos, superamos dramas graves, ambos vivimos la violencia, la censura por parte del poder y la policía. Estuvimos 16 años fuera de la televisión por temas que abordábamos. Incomodábamos. Franca Rame, sin falsa modestia, fue una mujer con una moral especial en los teatros. Ahora que ha salido esta novela de Lucrecia, muchos me han preguntado si es un homenaje a ella. Me he quedado perplejo, porque poner a Franca a ese nivel… Aunque hizo cosas con mucho coraje, creó un grupo para ayudar a la gente de la cárcel, a sus familias. Quiero decir que Franca luchó y cuando hubo guerra entre árabes e israelíes escribimos juntos, pero quien llevó todo adelante fue ella. Ella sabía de la situación de la mujer. El poder siempre quiso que ella lo pagara. Lo que me hizo a mí el poder y la vida no es nada comparado con lo que le hicieron a ella (en 1973 fue secuestrada y violada por un grupo de extrema derecha). Esa es la verdadera presencia escénica de Franca en mi vida.
Ella luchó por divulgar una cultura que ahora con la crisis económica ha sido la primera damnificada. 
Ahora los gobernantes son pobres de mente.
¿Ve alguna salida para que los Gobiernos o los estamentos privados apoyen la cultura? 
Solo Francia demuestra interés en tener una inteligencia operativa respetando la cultura. Lo que hay aquí es una elección. Nosotros hemos tenido un ministro de Economía, Giulio Tremonti, que dijo que “con la cultura no se come”. Nosotros, los italianos, teníamos un volumen de negocio importante. Cuando un mercader venía a Venecia o Florencia o Roma no pedía el pago en oro, sino que pedía arte, cuadros. Justamente parece que pintar en tela viene de ahí porque resultaba más fácil y cómodo para ellos enrollar la pintura que llevarse una tabla. En cambio, ahora, todo es dinero, oro, aunque la verdad es que los ladrones no entienden de arte.
¿Qué puede hacer la ciudadanía, usted que tantas veces nos ha invitado con sus obras a no dejarnos pisotear? 
Nunca habría que ceder… Incluso se juega el prestigio de los intelectuales. La población, la ciudadanía, está atónita, ebria, borracha de promesas, de programas políticos, de tener esperanza… (“¡Pronto, pronto!”, saluda su hijo Jacopo, que acaba de llegar y se sienta a la izquierda de su padre, en un sillón) … El problema es cómo salir de este impasse. La pregunta es de Premio Oscar… “¡Cómo salir!” … sobre todo porque las cosas están yendo al revés, están yendo de manera espantosa… ¡Hay guerras!… Hemos llegado al punto en el que de un momento a otro podría explotar una guerra mundial, por los intereses económicos de algunos países, como por ejemplo Rusia… Rusia quiere reconstruir otra vez su Imperio… Yo he notado que la gente no toma conciencia de esto, ni los periodistas. Putin, el jefe de la policía secreta roja, está jugando las cartas: la de la economía, la de la energía para, otra vez, obtener las tierras; y si es necesario usa el chantaje, y si no lo intenta con la violencia, con armas, con invasiones. Además, y sobre todo, tenemos los países árabes que se matan unos a otros, y a los niños. Luego está la situación de África que Estados Unidos no fue capaz de resolver. Hay un pequeño país que tiene en jaque al norte de Europa…
Como las siete plagas de Egipto, ¿cuáles podrían ser esas plagas en el mundo contemporáneo? 
En la antigüedad los judíos estaban dominados por los egipcios, entonces Dios les mandó siete plagas, eso tiene un origen de venganza, claro, pero existe la paradoja… Las siete plagas tocaban la riqueza, la higiene moral, la corrupción… Son las mismas claves de la actualidad… La cuestión que más se parece a las siete plagas es el hecho de cómo se produjeron, cómo llegaron, porque todavía ahora hay científicos que investigan y discuten como locos intentando encontrar el porqué… por qué la sociedad se encuentra en medio de estas dificultades. ¿Quién inventó la forma de destruir la economía de los españoles, de los griegos? Los bancos son despiadados, el poder económico internacional, las estafas de los bancos. En realidad, no se sabe quién es el responsable. Se dice: “Es el dinero”. Como ha dicho el Papa, “esta sed de tener, de acumular, de aplastar a los otros, de someter”. También están los cánones de siempre: la corrupción, el hecho de que haya una clase dominante que no paga los impuestos y, sin embargo, los pobres diablos sí tienen que pagar. Pero, sobre todo, existe el interés de llevar a toda la gente a la ignorancia. Intentan llevar el nivel cultural al mínimo porque así es más fácil dominar. Porque la cultura es algo verdadero, la cultura aparta la violencia, la margina, margina la especulación, hace razonar al hombre, le da una moral, le da una conciencia cívica. Pero ahora lo único que parece urgente es ir tirando para vivir.
Dario Fo se gira hacia su izquierda y le pregunta a su hijo, también escritor, director y actor: “Dime qué piensas tú”. Jacopo duda un momento, y contesta: “Yo soy optimista. Nunca se ha visto en la historia del mundo que haya habido quinientas mil asociaciones solidarias. En Italia tenemos cinco millones de voluntarios: una familia italiana de cada cinco trabaja para los otros; una familia italiana de cada cinco ha adoptado a otra familia. Este es el motivo por el que la crisis en Italia se siente menos. Los italianos van por delante de los Gobiernos. Es un momento trágico. Yo he escrito una serie de artículos sobre la matanza de niños, los terroristas islámicos, los terroristas israelíes, Hamás… Cosas que parece que a nadie le importan. Hay un problema: la falta de humanidad. La revolución hoy está en que muchos se plantean cambiar su modelo de vida, un modelo económico y de desarrollo diferente. Espero que seamos capaces de hacerlo”.
–Este es su pensamiento, dice el padre.
–Usted es pesimista, dice que no seremos capaces, responde el hijo.
–No, no, no… Yo estoy de acuerdo con que existe una voluntad de salir adelante. Nosotros mismos, yo y mis compañeros de trabajo, bueno, y todos los que son como nosotros, que piensan como nosotros, luchamos para salir de este impasse. Y no es siguiendo cada día el proceso del Gobierno, de los Gobiernos, y esto vale para toda Europa. Para poder salvarnos es necesario volver al valor del ciudadano, a los valores de la generosidad. Ser capaces de alejarnos de la codicia, escapar de ese poder que quiere agarrar cada vez más y más, sin importarle nada. Es necesario dejar de lado el Gobierno, su cultura, su forma de mentir, sus fábulas… ¡Basta! Empecemos a decir: “No os creemos más”; “no os tenemos ninguna confianza, confianza cero… porque ¡sois unos ladrones, sois corruptos, sois inventores de engaños!”.
Y en su novela desenmascara cosas así, y ha querido contar la verdad de Lucrecia, pero ¿qué es la verdad hoy? 
Esta es una demostración. Orwell decía una cosa, y es justamente esta indignación ante las cosas falsas, mal contadas aposta, la falta de moral en las propuestas, en lo que se dice. Yo digo: tal vez sea la situación, el proponer este libro que escribí porque estaba indignado. Es bonito que en castellano sea una palabra que usáis comúnmente, en italiano no, aunque yo la he usado siempre. Es muy importante que nos volvamos a escuchar, que se nos vuelva a escuchar ante la injusticia. Lo de Lucrecia fue una injusticia infame. Por eso es importante y necesario tener el coraje para decir la verdad. Yo he escrito todo lo que he escrito sobre tantos personajes por indignación, por cómo se cuentan determinadas historias. Me sorprende que esta sociedad no se indigne. No hay una conciencia social para llevar adelante el mundo.
Es la verdad de Dario Fo al escenificar su vida con historias del pasado y del presente, al ejemplificarla en una doble restauración de Lucrecia, en un libro y en un cuadro: Lucrecia Borgia mira una margarita y otras florecillas silvestres que tiene entre sus dedos, alguien la llama, y ella responde solo mirando de soslayo. Su mirada casi severa mira de frente. ¿Indignada? Nos mira.

Puro teatro

Hijo de un ferroviario y un ama de casa, Dario Fo nació el 24 de marzo de 1926 en Sangiano, Bolonia. De niño quería ser pintor, una vocación que ha combinado con el arte de contar. A los 17 años fue alistado como paracaidista en el Ejército nazi-fascista de la fugaz República de Saló, de Mussolini. En 1952 publicó el primero de casi un centenar de libros: Poer Nano e altre storie. En 1954 se casó con Franca Rame, la actriz, escritora y activista política con la que trabajó el resto de su vida, convertidos en referencia de la cultura y la izquierda italianas. Desde el teatro de la sátira, el humor, la irreverencia y la crítica ha denunciado los abusos del poder y la Iglesia. En 1997 obtuvo el Premio Nobel de Literatura.

15.9.14

Adolfo Bioy Casares, o cómo sobrevivir a Borges

Se cumple el centenario del autor de La invención de Morel, un escritor que, a su capacidad literaria, suma el hecho de haber sido el amigo y confidente de Borges durante más de cincuenta años

Adolfo Bioy Casares (1914-1999) de centenario./Gorka Lejarcegi./elcultural.es

Los homenajes a Adolfo Bioy Casares (1914-1999) se suceden en Argentina cien años después de su muerte. Reediciones y tomos conmemorativos celebran a un escritor hoy fundamental, pero cuya obra, a menudo, ha sido eclipsada -o al menos su recepción se ha visto condicionada- por la cercanía al genio de Borges, quien fuera su influencia decisiva y su amigo inseparable durante más de cinco décadas.

Pero antes de conocer a Borges -eso ocurrió en 1932-, Bioy, premio Cervantes en 1990, ya tenía claro cuál era su vocación. Nacido en el seno de una familia acomodada, Bioy Casares gozó siempre de una posición desahogada; así pudo abandonar los estudios: dejar el derecho, después la facultad de filosofía, y dedicarse a un ejercicio tan loable como el de leer. Eran conocidos sus retiros al campo -a donde casi nunca lo acompañaba Borges, reticente a moverse de Buenos Aires- en donde escribía y leía -sobre todo leía- en una casa hoy convertida en museo sobre su figura. Su concienzudo desempeño intelectual -él habría desaprobado el término, pues consideraba, con Borges, un error calificar a los escritores de intelectuales- dejó multitud de novelas y cuentos, artículos y estudios literarios. La invención de Morel, Plan de evasión, El sueño de los héroes, Diario de la guerra del cerdo, Dormir al sol o La aventura de un fotógrafo en La Plata son solo algunos ejemplos de la narrativa de un autor que, entre el serio, erudito rigor cerebral y la más fina e irónica de las parodias, trató de airear los polvorientos espacios en que se movían géneros como el fantástico, el policíaco o la ciencia ficción.

Parece haber un consenso en que La invención de Morel fue su mejor novela. Borges no tuvo reparo en escribir, en el prólogo, que se trataba de una ficción "perfecta". Se trata de la historia de un fugitivo que llega a una isla en donde pronto se desencadenan inquietantes sucesos fantásticos. Y entre ellos, un elemento asombroso: la invención de Morel, una máquina que reproduce imágenes indistinguibles de la realidad. Son imágenes fieles, perfectas, que hunden al protagonista en un estado absoluto de confusión. La cultura popular ha vuelto en varias ocasiones a esta novela. Desde El año pasado en Marienbrad, de Alain Resnais, a la serie Lost o, aún más recientemente, la última ficción de Andrés Ibáñez, Brilla, mar del Edén, muchos escritores y cineastas se han sentido atraídos por esta ficción maestra, ya clásica, de la literatura fantástica, una historia que, bajo la superficie, esconde agudas metáforas sobre la realidad, la escritura o la soledad. Peor fortuna, al menos desde la perspectiva de los lectores, tuvieron algunas de sus obras posteriores, que nunca llegarían a interesar tanto como aquella primera novela.

Borges y Bioy



Borges y Bioy cultivaron una amistad de más de cincuenta años.

Pero ninguna obra le daría a Bioy Casares, decimos, una fama comparable a la que le otorgó su amistad con Borges, con quien escribió no pocas historias bajo los pseudónimos de Honorio Bustos Domecq, Suárez Lynch y B. Lynch Davis. No es posible obviar esta relación fraternal entre escritores: ahí está Bioy como personaje, Bioy como discípulo y después consejero, Bioy como un complemento perfecto, una especie de hilo conductor de toda una vida, del más grande de los escritores argentinos. Incluso hablando de su obra es inevitable hablar de Borges: además de todos los relatos, con él y con Silvina Ocampo, Bioy escribió el fundamental prólogo a La antología de la literatura fantástica (1940), y casi siempre -como se ha hecho aquí- se recuerda, al hablar de La invención de Morel, la opinión que le mereció al autor de Ficciones.

Borges y Bioy Casares se conocieron de jóvenes, en una fiesta organizada por Victoria Ocampo. Aquella noche ambos se apartaron a una esquina y dejaron pasar el tiempo hablando de literatura. Bioy lo contó años después. Pero tuvo que publicarse su monumental Borges (que aspira ya a clásico de un género, el del retrato a través de la conversación, sobre el que reina, triunfante, La vida de Samuel Johnson) para que algunos reconocieran la relación de iguales que los unía. Borges, un hombre tímido y muy retraído con las mujeres -son célebres sus desventuras amorosas-, admiraba el arrojo de Bioy, y sentía que podía confiar en él. "Borges muchas veces me confió sus amores -consigna el escritor en su diario- y me consultó sobre la conducta a seguir; yo a él nunca". El retrato de Bioy no escatima, tampoco, en sutilezas, y dibuja un Borges inestable, inseguro, un hombre profundamente sentimental: "Prorrumpe en gritos de risa -ayes agudos y altos-, de los que baja, todo él, a una suerte de sollozo". Borges se fiaba del criterio de Bioy y en él, en sus largas noches de conversación, depositaba sus dudas. Aquejado de un pesimismo kafkiano, casi enfermizo, el maestro reconocía en el discípulo el impulso vital de la juventud. La omnipresente madre del autor de El Aleph también dio cuenta de esta realidad: "Ante cualquier dificultad, Borges dice: tengo que consultar con Adolfito".

Cuando conoció a Borges, Bioy, a sus 18 años, quedó prendado de aquel sabio de apenas 32 años, aunque, pasado el tiempo, esa relación desigual se transformó en mutuo reconocimiento: discutían argumentos, escribían cuentos y guiones a cuatro manos, gustaban de hacer las mismas travesuras literarias, esto es, adjudicaban obras a autores que no existían o autores que sí existían a obras que nunca se habían escrito, y tenían parecidos juicios -todos tajantes, algunos injustos- sobre aquello que no les gustaba, juicios que en absoluto obedecían no ya a la corriente cultural del momento, si no, más allá, a la noción clásica de lo que merece el ribete de literatura. Así, Borges le dice a Bioy que Goethe es "el mayor bluff de la literatura"; Shakespeare, "un amateur de la literatura, une divine amateur"; Thomas Mann, "un idiota"; Azorín, un escritor con "estilo de pan rallado…"; Sábato, "tan vulgar que su escasa obra nos abruma como una obra copiosa"; y, en fin, podríamos seguir eternamente.

Ante las abrumadoras críticas de Borges, muchas veces espoleadas por el propio Bioy, que le pregunta maliciosamente, éste, sin embargo, suele ser mucho más discreto. Un día incluso apunta en su diario que "Borges tiene aberraciones terribles". Quizás del poliédrico retrato que del gigante argentino hizo su inseparable amigo, cabría pensar que le falta un lado, pues habría que leer lo que Borges decía de Bioy cuando Bioy no estaba.