29.4.15

Preocupa la salud de Ricardo Piglia

El escritor y teórico literario padece esclerosis lateral amiotrófica,ELA. Se puede firmar un petitorio para aprobar un nuevo medicamento para tratar la enfermedad

Ricardo Piglia, autor argentino de El camino de Ida; padece ELA, ayuda solidaria con tu firma./estandarte.com,lavoz.com.ar

En las últimas horas se conoció la noticia de que el escritor argentino Ricardo Piglia padece esclerosis lateral amiotrófica, una enfermedad degenerativa que requiere de un tratamiento  complejo, y que en su momento también afectó al genial humorista Roberto Fontanarrosa.
Fue el sello Ediciones de la Flor el que dio a conocer la información, con un comunicado titulado "Ediciones de la Flor pide tu ayuda para Ricardo Piglia".
"Adjuntamos un link para firmar una petición acerca de un nuevo medicamento diseñado para tratar la Amyotrophic lateral sclerosis (ALS) por sus siglas en inglés -Esclerosis lateral amiotrófica-, ELA y necesita aprobación. Con un millón de firmas se podría presentar esta petición ante FDA (Food and Drug Administration, USA) para acelerar los procesos que conlleva y poder acceder a este nuevo tratamiento. Apoyemos esta oportunidad. Gracias", dice el comunicado de la editorial, acompañado de un link con el petitorio, que ya lleva cerca de 500 mil firmas.
Para firmar, se puede ingresar acá.
El sello independiente argentino Ediciones de la Flor, en el que han publicado Umberto Eco, Liniers, Silvina Ocampo o Quino, ha lanzado en estos días un llamamiento para ayudar al escritor Ricardo Piglia. Piglia, aquejado de esclerosis lateral amiotrófica (ELA). Por una triste casualidad, la enfermedad también afectó al escritor Roberto Fontanarrosa.
Ediciones de la Flor nos conmina a firmar una petición en Change.org, relativa a un nuevo medicamento diseñado para tratar la ELA, pero que todavía necesita la aprobación de la Food and Drug Administration (FDA), en Estados Unidos. Si el proceso se acelerare, los enfermos de ELA podrían acceder a este nuevo y efectivo tratamiento.
La ELA es la misma enfermedad que, meses atrás, tuvo eco gracias al famoso Ice Bucket Challenge, el reto del cubo. Otra vez lejos de la primera plana, los enfermos continúan necesitando nuestro apoyo. Quizá una firma no sea tan viral como un vídeo en Youtube, pero en este caso resulta igualmente necesaria.
Ricardo Emilio Piglia Renzi nació en 1941 y es argentino. Después de la caída de Perón (1955), su padre, que era partidario de este, se fue con su familia de Adrogué y se instaló en Mar del Plata. Piglia estudió Historia en la Universidad Nacional de La Plata, ciudad donde vivió hasta 1965. Después trabajó durante una década en editoriales de Buenos Aires, y dirigió la Serie Negra. Comenzó a escribir en la segunda mitad de los años cincuenta del siglo XX en Mar del Plata su diario, y lo ha continuado durante toda su vida. Recibió una mención especial en el VII concurso Casa de las Américas, Cuba, y ello significó la publicación de su primer libro, los cuentos reunidos en Jaulario.
Pero el reconocimiento internacional lo debe a su primera novela, Respiración artificial, de 1980. Desde entonces Piglia ha escrito pausadamente. Publicó en sus inicios en pequeñas editoriales, y en los últimos años la Editorial Anagrama publica toda su obra, en Argentina, México y España. Piglia es, además, crítico, ensayista y profesor académico. Ha escrito sobre su propia escritura (que está ligada a la crítica) y ha elaborado ensayos sobre escritores argentinos. Entre 1977 y 1990 fue profesor visitante en diversas universidades de Estados Unidos, como las de Princeton y Harvard. En los últimos años ha enseñado en Princeton.
Piglia, autor de obras como Plata quemada y La ciudad ausente, es uno de los escritores y teóricos literarios más respetados de Argentina. Entre sus últimas producciones se destaca la adaptación televisiva de las novelas Los siete locos y Los lanzallamas, de Roberto Arlt, para la Televisión Pública.

Fernández Cubas: "Con el cuento aún no ha podido nadie"

La escritora, una de las cultivadoras más destacadas del género, publica un nuevo volumen de relatos, La habitación de Nona

Cristina Fernández Cubas. /Julián Lineros./elcultural.es
La escritora Cristina Fernández Cubas (Arenys de Mar, Barcelona, 1945), una de las cultivadoras del relato breve más destacadas de nuestra lengua desde hace tres décadas, regresa al género con La habitación de Nona (Tusquets), un volumen de relatos para adultos en los que la realidad se enriquece con los procesos mentales de sus protagonistas, que guían la narración y se revelan mucho más importantes que los hechos objetivos. La identidad, la memoria, la percepción y el paso del tiempo son algunos de los temas centrales de estos seis cuentos, cuyas claves nos da su autora.

-Después de su libro La puerta entreabierta, en el que daba rienda suelta a su parte más desenfadada con el seudónimo de Fernanda Kubbs, ¿con qué actitud ha escrito este nuevo libro de cuentos?
-Con la actitud de siempre. Dispuesta a sorprenderme, a inquietarme, a responder algunas preguntas, a plantearme otras... Y, sobre todo, a pasármelo bien y a pasármelo mal. A veces de algún relato doloroso se sale renacida.

-Si obviamos la novela La puerta entreabierta, la antología Todos los cuentos y su cuento infantil De mayor quiero ser bruja, hacía bastante que no publicaba relatos nuevos. ¿Por qué?
-Vida y escritura van siempre de la mano y hay momentos en que no se tiene la capacidad de concentración necesaria, ni tampoco las ganas. Pero luego todo regresa. Y en eso estoy. De todas formas, mi ritmo de publicación nunca ha sido vertiginoso. Me tomo mi tiempo, convivo con mis relatos, los dejo reposar... No me gusta imponerme fechas u obligaciones. En realidad, la frecuencia de publicación la marcan los propios libros.

-En los cuentos de La habitación de Nona ahonda en los laberintos de la psique y parece más importante lo que sucede en la mente de los protagonistas que la realidad objetiva. ¿Está de acuerdo con esta impresión?
-Desde luego. Para ellos lo que pasa por su mente es sencillamente su realidad. De eso se trata. Y también de que me interesa penetrar en sus pensamientos y moverme en un mundo de claroscuros donde todo, en cualquier momento, puede ponerse en cuestión.

-La identidad (en “La habitación de Nona”) y la memoria (“La nueva vida” y otros) aparecen como algo difuso. ¿Considera realmente que estos dos pilares que constituyen el “yo” son así de frágiles? ¿Qué podemos hacer al respecto?

-Yo no los llamaría “frágiles” ni muchísimo menos. La identidad, natural o adquirida, es el eje precisamente de uno de los relatos, y de la memoria se dice en otro que “no es una tumba de alta seguridad”. De nada sirve, pues, enterrar recuerdos porque ella, al menor estímulo, se encargará de resucitarlos.

-¿Diría que la memoria y la percepción son el hilo conductor de estos cuentos?
-Cada cuento es independiente y ha nacido con voluntad de vivir su vida. Pero hay pasillos muy sutiles entre ellos. Citas, direcciones, objetos y, desde luego, la memoria, la percepción, lo engañoso de ciertas apariencias, los préstamos entre pasado y presente... Por algo cito al principio la frase de Einstein: “La realidad es simplemente una ilusión, aunque muy persistente”.

-Usted siempre ha defendido que no hay que edulcorar los cuentos a los niños. ¿Cree que crecen más sanos o mejor preparados psicológicamente si no les ocultamos las partes más crudas de la vida?
-Bueno, no soy tan drástica ni pretendo tampoco elevar mi experiencia a la categoría de verdad universal… Lo que sí he hecho ha sido recordar los cuentos que me contaban de niña, los libros que leí en mi adolescencia y sorprenderme de lo que está ocurriendo ahora: la progresiva infantilización de las lecturas. La isla del tesoro, por ejemplo: ¿era necesario abreviarla y simplificarla? En los libros que leíamos entonces había un montón de palabras que no podíamos entender pero, o bien las preguntábamos, o bien, a medida que avanzábamos, terminaban por explicarse a sí mismas. Todavía recuerdo algunas especialmente intrigantes como “linterna sorda”... ¿Qué podía ser una linterna o lámpara “sorda”? Y cuando lo averiguabas, te gustaba todavía más. Un farol de mano, de uso común, que permitía ver sin ser visto, algo así como el viejo sueño de la invisibilidad.

-¿Cómo suelen venirle las ideas para sus relatos? ¿Se nutre mucho de experiencias cotidianas y vivencias propias? Por ejemplo, la historia de “Interno con figura” parece inspirada en una experiencia verídica. ¿Es así?
-Sí. “Interno...” nace de una sensación poderosa. El cuadro de Cecioni, que descubrí en la exposición de los Macchiaioli en la Fundación Mapfre, me impresionó. La habitación casi desnuda, la cama descomunal, la extraña niña acurrucada junto a la cama... Era un cuadro con secreto. Con historia. Regresé a Madrid un mes después, volví a visitarlo y supe enseguida que un día u otro lo convertiría en cuento... Pero no siempre el punto de partida viene de una emoción intensa. En la lista de posibles estímulos entran los sueños o, mejor, ciertas imágenes entrevistas en sueños. La curiosidad. El deseo de recuperar escenarios perdidos o todo lo contrario: viajar a lugares donde no has estado nunca. La necesidad de responder a algunas preguntas o por lo menos intentarlo... Y la imaginación pura y dura, no lo olvidemos.

-¿Cómo ve el estado de salud del relato breve actualmente en la literatura en lengua española y en España especialmente?
-En España, a diferencia de algunos países de América Latina, el cuento ha pasado por tiempos adversos. Pero el lector de relatos es un lector muy fiel y los tiempos, además, están cambiando. Hoy existen editoriales dedicadas exclusivamente al género y un montón de excelentes cultivadores. Con el cuento, en definitiva, todavía no ha podido nadie.

-¿Por dónde va a seguir ahora? ¿Veremos más novelas de Fernanda Kubbs o más cuentos infantiles?
-La verdad es que me siento todavía en la habitación de Nona y alguna que otra noche sueño con los Wasi-Wano... Estoy, pues, disfrutando del momento y no tengo un plan concreto, pero sí todos los planes. Es decir, seguir con mis relatos no excluye ninguna otra posibilidad. Al contrario: creo que se complementan.

25.4.15

Houellebecq: "La élite está asesinando a Francia"

El autor dispara su munición contra lo que considera el silencio de los hombres, contra las élites y la pérdida de libertades. Sumisión  retrata una Francia al borde de la guerra

Michel Houellebecq, escritor francés autor de Sumisión./elpais.com

Michel Houellebecq tiene escolta oficial. Después del atentado contra Charlie Hebdo el pasado 7 de enero, el Gobierno francés prefiere no arriesgarse: como otras personalidades locales, el autor de Plataforma va ahora a todas partes flanqueado por dos policías de civil. Bromea con ellos y parece cómodo con la situación. Aunque no deja de resultar algo irreal entrevistarlo en esta brasserie de Saint-Germain, bebiendo vino blanco, mientras Houellebecq (Saint Pierre, Isla Reunión, 1958) habla con entusiasmo de los cuentos de Borges y sus custodios echan discretos vistazos a los edificios cercanos en busca de francotiradores.
Parece una escena de una mala película, pero es sólo uno más en la sucesión de malentendidos que han rodeado la publicación de Sumisión (Anagrama). En la actualidad, Houellebecq es tan importante en su país que el primer ministro habla de su nuevo libro como si fuera un asunto de Estado; un efecto colateral es que nadie lo toma como una novela. Se lo compara con El suicidio francés, de Éric Zemmour, o El gran reemplazo, de Renaud Camus, best sellers estridentes que machacan dos ideas obsesivas: el Occidente judeocristiano está en retirada, los bárbaros musulmanes se aprestan a tomar el poder.
No se trata de negar la dimensión social de Sumisión, que pinta una Francia al borde de la guerra civil. En esta fábula política el conflicto se resuelve con el triunfo electoral de Mohammed Ben Abbes, candidato de la imaginaria Fraternidad Musulmana, y la conversión de Francia en Estado islámico, pero el libro está lejos de presentar el hecho como un desastre. Al contrario: para el protagonista, solitario profesor experto en el escritor decadente Joris-Karl Huysmans, lo urgente es encontrar una fe. “¿Cuánto tiempo puede una sociedad subsistir sin una religión cualquiera?”, se leía ya en Las partículas elementales (1998). Ahora el adjetivo “cualquiera” resulta sugerente: si ya no es posible ser cristiano, ¿por qué no abrazar otra religión más vigorosa?
 Sumisión es una sorpresa para sus lectores. Aunque la inquietud religiosa aparece en todo lo que ha escrito, es la primera vez que describe a un personaje que busca una fe y que, además, la encuentra. ¿Cómo se le ocurrió esta historia?
Jugó un papel el hecho de que mi protagonista, François, sea un profesor experto en Huysmans; en su obra, esa búsqueda que menciona juega un papel crucial. Huysmans tiene novelas enteras dedicadas a su relación con el catolicismo. Ahí tenemos el caso de una conversión religiosa relatada en la ficción.
¿Es usted creyente?
Tiendo a creer cuando voy a misa; pero apenas salgo, se me pasa. Así que ahora lo evito, porque el bajón es desagradable. Pero la misa en sí misma es muy convincente; es una de las cosas más perfectas que conozco. Y mejor todavía son los entierros, porque ahí se habla mucho de la supervivencia después de la muerte, y con una apariencia de convicción total. La verdad es que mi ateísmo no salió indemne de la muerte de mis padres y de mi perro Clément.
Pero entonces, ¿todo es cuestión de querer creer?
Pues sí. Porque, en realidad, la razón no se opone a la fe de una manera tan clara. Si nos fijamos en la comunidad científica, los ateos se cuentan sobre todo entre los biólogos. Los astrónomos, en cambio, son cristianos sin mayor dificultad. Esto tiene una explicación, y es que el universo está bien organizado. Cuando se trata de seres vivos, la cosa es más dudosa. Los seres vivos no están bien organizados, y son un poco repugnantes. Un matemático no tiene mayor dificultad para creer en Dios; al contrario, trabajar con ecuaciones pega bien con la idea de un orden, y por ende un creador de orden.
El islam siempre evitó pronunciarse sobre cuestiones como si la Tierra giraba alrededor del Sol. No había nada en juego en ello”
De todos modos, su cristianismo es selectivo. Le interesa la vida eterna, pero no tanto, digamos, el perdón o la caridad.
Sí, eso me importa menos. Pero san Pablo lo dice con toda claridad: si Cristo no resucitó, nuestra fe es vana. Así que Cristo, mal que mal, vino por eso. Para prometernos que la muerte había sido vencida. La caridad, bueno, no es algo específico del cristianismo. Y en cuanto al perdón de los pecados, es algo que le importa más a los protestantes. Antes, en el catolicismo, el perdón de los pecados era algo casi automático. Ego te absolvo, y ya está.
Su protagonista, François, afirma que tampoco hay oposición entre la ciencia y la fe musulmana.
Yo diría incluso menos. El islam siempre evitó pronunciarse acerca de cuestiones del tipo de: “¿Gira la Tierra alrededor del Sol?”. Evitó meterse en dificultades que el catolicismo, por su parte, podría haber evitado. No había nada en juego para la fe cristiana en el hecho de que la Tierra gire en torno al Sol.
François tiene otro argumento a favor del islam: dice que es la única religión que acepta el mundo tal como es.
Es que es un muy buen argumento. Incluso los yihadistas, que no aceptan el orden político del mundo, aceptan el mundo natural tal como es. Si lees a Darwin te das cuenta de que, en el fondo, lo que lo aleja de Dios —porque Darwin no creía en Dios, aunque haya fingido lo contrario— son las consideraciones morales. Por ejemplo, en una carta analiza el ciclo de vida de no recuerdo qué parásito que vive dentro del ojo, y exclama: ¡No, un Dios de bondad no puede ser el autor de este mundo! Podemos arriesgar un teorema: cuanto más se observa a los ácaros, más disminuye la fe en Dios. En mi caso, desgraciadamente, estudié biología, así que empecé con mal pie.
François busca a Dios a través de ciertas figuras femeninas. Hay dos momentos clave: primero, cuando François pierde a su amante, y después, cuando entra a la iglesia de Rocamadour y parece a punto de recuperar la fe, pero fracasa. La pérdida de su amor y la pérdida de la fe representan una misma clausura en su vida.
Es muy cierto, esos son los dos momentos clave. Mas en general, te diría que la construcción de este libro es bastante simple: pongo en escena a este personaje y progresivamente le quito todo. Empiezo por lo más grave, le quito el amor. Después, y ya es menos importante, le quito a sus padres. Después, en esa escena en la iglesia de Rocamadour, le quito la posibilidad de creer en Dios. Y para terminar le quito su relación con Huysmans, que califico como la más antigua de su vida. Porque es verdad —y yo lo sé por haber dedicado todo un libro a Lovecraft— que escribir de manera profunda acerca de un escritor significa, en la práctica, privarse de releerlo. Pasado cierto punto, no puedes más. Así que a este pobre personaje yo le quito todo, hasta que sólo le queda convertirse.
En su libro, una vez que el régimen islámico se instala en Francia, las mujeres adoptan el velo, dejan de trabajar y se dedican a la familia. ¿No hay en esto algo de expresión de los deseos del protagonista? Después de todo, perdió a su chica porque era demasiado independiente.
El escritor Michel Houellebecq. / Philippe Matsas
Sí, él personalmente no tiene motivo para solidarizarse con el régimen laico. La solución que le proponen, mal que bien, funciona.
Como dice al final: “No tendré nada que lamentar”.
Esa frase puede entenderse como usted dice, pero también al revés: tendrá mucho que lamentar. Haber perdido a Myriam, para empezar. Y también haber perdido a la Virgen de Rocamadour. Aunque cueste creerlo, mi proyecto inicial era que él se convirtiera al catolicismo. Lo cual habría dado lugar a un libro bastante gracioso; mi personaje se habría convertido a un catolicismo que ha cambiado mucho desde la época de Huysmans. Un catolicismo, por decirlo de algún modo, un poco bobo.
¿Y por qué no lo escribió?
Porque no pude. A ver: supongamos que la Virgen de Rocamadour hubiera funcionado, que François hubiera recuperado la fe. Después de eso, yo ¿cómo sigo mi libro? (ríe). En cambio, en Sumisión no hay verdaderos creyentes, ni cristianos ni musulmanes. Incluso para Ben Abbes se trata de una opción política. Esto ya estaba a mi alcance.
Ben Abbes aparece como un salvador, en un momento en que el sistema político ya no funciona…
Esa parte es real. Viví 10 años fuera de Francia, y cuando volví me impresionó el desprecio total de los franceses por sus élites dirigentes y mediáticas. Quizá el periodismo sea la única profesión más despreciada que la de los políticos. Hay que decir que la situación es relativamente alucinante. Ya en 2012, Hollande fue elegido presidente, a pesar de que Francia se había volcado a la derecha. Y ahora no es imposible —como imagino en mi libro— que Hollande sea reelegido en 2017, aunque Francia está aún más a la derecha. La estrategia del Partido Socialista, que es impulsar al Frente Nacional para excluir al centroderecha, ha llevado las cosas a un lugar insalubre. Y el hecho es que la vida en Francia se ha deteriorado. Hay muchos más pobres que antes. Hay cada vez más gente que no cree lo que dicen los medios. Y lo que te muestra que somos un país extraño es que, pese a todo, los franceses se siguen reproduciendo: salvo Irlanda, tenemos la natalidad más alta de Europa.
Es un argumento contra la idea del “suicidio francés”.
Es que no es un suicidio, es un asesinato.
¿Cometido por quién?
Por nuestras clases dirigentes.
Es usted muy duro con los políticos de su país.
Es que se les fue la mano. El caso más impresionante que conocí fue el referéndum de 2005 sobre la Constitución europea. Los franceses votaron claramente por el no. Y semanas más tarde el Gobierno lo hizo aprobar por vía parlamentaria. Es un desprecio muy claro a la democracia. Así que la hostilidad de la gente contra los dirigentes es muy fuerte, y eso en un momento de crisis económica y desempleo alto. Y tenga en cuenta que el paro en Francia es desempleo de verdad: no hay trabajo en negro, como en España o América Latina, y tampoco hay solidaridad familiar, eso desapareció. La gente está totalmente desvalida.
En Occidente la palabra masculina ha desaparecido. Lo que los varones piensan, nadie lo sabe. El varón ya no habla, la mujer sí”
Hablemos del proyecto político de Ben Abbes. ¿Podría funcionar su idea de expandir la Unión Europea hacia el sur, de convertirla en una Unión Mediterránea?
No es ninguna tontería. Para empezar, muchos países mediterráneos lo percibirían como una garantía —aunque quizá se equivoquen— contra sus islamistas radicales. Europa del Norte pasaría a segundo plano. Pero, para ser honestos, la principal interesada en esto sería Francia. La verdad es que Francia nunca aceptó el hecho de perder el liderazgo. Por eso tenemos una relación extraña con Alemania; nos gusta flagelarnos diciendo que somos menos que ellos. Malestar que, dicho sea de paso, es una de las claves del éxito de Marine Le Pen.
Muchas veces ha hablado contra el patriotismo. Pero después del atentado contra Charlie Hebdo, parecería que está dispuesto a defender ciertos valores franceses. Como dicen en Rambo III: esta vez, es personal.
 Es que es personal: han matado a alguien a quien yo quería, a Bernard Maris. Y además está la cuestión de la libertad de expresión, que me concierne. Esa libertad la hemos perdido. Cuando yo era adolescente, en los años setenta, había más cosas permitidas. En la actualidad, el debate de ideas se limita a la detección de los derrapes. Una vez que el derrape ha sido cometido, el responsable puede disculparse; a eso se limitan sus derechos.
Su protagonista se define como machista. ¿Cree que en esto François es representativo?
Lo que pasa es que en Occidente la palabra masculina ha desaparecido. Lo que los varones piensan, nadie más lo sabe. Una hipótesis horrible, pero verosímil, es que no han cambiado; sólo han aceptado cerrar la boca. El varón occidental ya no habla; la mujer sí. La vida mental masculina ahora es algo desconocido, y por eso es verosímil pensar que el varón estaría dispuesto, si se presentara el caso, a una vuelta inmediata al patriarcado.
¿Sus novelas serían las últimas noticias de esa vida mental masculina?
Pues sí, las mujeres pueden leerlas para enterarse de lo que realmente piensan los hombres.
¿Cree realmente que Europa, al perder la religión, la reemplazó con el patriotismo, y que terminará por volver a la religión?
Sí, aunque para mí es absurdo imaginar que el patriotismo pueda reemplazar a la religión. La cristiandad duró más de mil años; el patriotismo, un poco más de cien, desde la Revolución Francesa hasta la Primera Guerra Mundial. También podemos decir las cosas de una manera más siniestra: el patriotismo, para alcanzar la incandescencia, necesita enemigos.
¿Mientras que el único enemigo de la religión es la muerte?
Y es un enemigo más confiable.
Gonzalo Garcés es escritor argentino, autor de la novela Los impacientes (Seix Barral).

Nueve consejos para jóvenes escritores según Charles Baudelaire

Charles Baudelaire fue el más grande poeta del simbolismo. Además de ser considerado uno de los poetas malditos, fue un excelente traductor ,llevó al francés a Edgar Allan Poe y uno de los escritores más influyentes de su tiempo hasta ahora

Charles Baudelaire, poeta francés de Las flores del mal./literalgia.com

Nació en Paris, el 9 de abril de 1821. Estudió Derecho, pero jamás le interesó esa profesión. La Literatura lo absorbió desde el principio. Conoció a varios poetas contemporáneos y vivió una vida bohemia a tal punto que sus padres trataron de enderezarlo, enviándolo lejos, en un barco lleno de militares, pero en medio del camino regresó a Paris y continuó con su vida desordenada.
Cuando en 1857 publicó Las flores del mal, fue criticado y procesado. Sus poemas fueron considerados “ofensas a la moral pública y las buenas costumbres”. En el juicio, el autor fue dijo:
“Todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian las palabras inmoralidad, moralidad en el arte y demás tonterías me recuerdan a Louise Villedieu, una puta de a cinco francos, que una vez me acompañó al Louvre donde ella nunca había estado y empezó a sonrojarse y a taparse la cara. Tirándome a cada momento de la manga, me preguntaba ante las estatuas y cuadros inmortales cómo podían exhibirse públicamente semejantes indecencias”.
Murió el 31 de agosto de 1867.
CONSEJO PARA JÓVENES ESCRITORES
Los preceptos que se van a leer son fruto de la experiencia; la experiencia implica una cierta suma de equivocaciones; y como cada cual las ha cometido –todas o poco menos-, espero que mi experiencia será verificada por la de cada cual.
I
DE LA SUERTE Y DE LA MALA SUERTE EN LOS COMIENZOS
Los jóvenes escritores que hablando de un colega novel dicen con acento matizado de envidia: “¡Ha comenzado bien, ha tenido una suerte loca!”, no reflexionan que todo comienzo está siempre precedido y es el resultado de otros veinte comienzos que no se conocen.
…creo más bien que el éxito es, en una proporción aritmética o geométrica, según la fuerza del escritor, el resultado de éxitos anteriores, a menudo invisibles a simple vista. Hay una lenta agregación de éxitos moleculares; pero generaciones espontáneas y milagrosas jamás.
Los que dicen: “Yo tengo mala suerte”, son los que todavía no han tenido suficientes éxitos y lo ignoran.
***
Libertad y fatalidad son dos contrarios; vistas de cerca y de lejos son una sola voluntad.
Y es por eso que no hay mala suerte. Si hay mala suerte, es que nos falta algo: ese algo hay que conocerlo y estudiar el juego de las voluntades vecinas para desplazar más fácilmente la circunferencia.
***
II
DE LOS SALARIOS
Por hermosa que sea una casa es ante todo -y antes de que su belleza quede demostrada- tantos metros de frente por tantos de fondo. De igual modo la literatura, que es la materia más inapreciable, es ante todo una serie de columnas escritas; y el arquitecto literario, cuyo sólo nombre no es una probabilidad de beneficio, debe vender a cualquier precio.
Hay jóvenes que dicen: “Ya que esto vale tan poco, ¿para qué tomarse tanto trabajo?” Hubieran podido entregar trabajo del mejor; y en ese caso sólo hubieran sido estafados por la necesidad actual, por la ley de la naturaleza; pero se han estafado a sí mismos. Mal pagados, hubieran podido honrarse con ello; mal pagados, se han deshonrado.
Resumo todo lo que podría escribir sobre este asunto en esta máxima suprema, que entrego a la meditación de todos los filósofos, de todos los historiadores y de todos los hombres de negocios: “¡Sólo es con los buenos sentimientos con los que se llega a la fortuna!”
Los que dicen: “¡Para qué devanarse los sesos por tan poco!” son los mismos que más tarde quieren vender sus libros a doscientos francos el pliego, y rechazados, vuelven al día siguiente a ofrecerlo con cien francos de pérdida.
El hombre razonable es el que dice: “Yo creo que esto vale tanto, porque tengo genio; pero si hay que hacer algunas concesiones, las haré, para tener el honor de ser de los vuestros”.
III
DE LAS SIMPATÍAS Y DE LAS ANTIPATÍAS
En amor como en literatura, las simpatías son involuntarias; no obstante, necesitan ser verificadas, y la razón tiene ulteriormente su parte.
Las verdaderas simpatías son excelentes, pues son dos en uno; las falsas son detestables, pues no hacen más que uno, menos la indiferencia primitiva, que vale más que el odio, consecuencia necesaria del engaño y de la desilusión.
Por eso yo admiro y admito la camaradería, siempre que esté fundada en relaciones esenciales de razón y de temperamento. Entonces es una de las santas manifestaciones de la naturaleza, una de las numerosas aplicaciones de ese proverbio sagrado: la unión hace la fuerza.
La misma ley de franqueza y de ingenuidad debe regir las antipatías. Sin embargo, hay gentes que se fabrican así odios como admiraciones, aturdidamente. Y esto es algo muy imprudente; es hacerse de un enemigo, sin beneficio ni provecho. Un golpe fallido no deja por eso de herir al menos en el corazón al rival a quien se le destinaba, sin contar que puede herir a derecha e izquierda a alguno de los testigos del combate.
Un día, durante una lección de esgrima, vino a molestarme un acreedor; yo lo perseguí por la escalera, a golpes de florete. Cuando volví, el maestro de armas, un gigante pacífico que me hubiera tirado al suelo de un soplido, me dijo: “¡Cómo prodiga usted su antipatía! ¡Un poeta! ¡Un filósofo! ¡Ah, que no se diga!” Yo había perdido el tiempo de dos asaltos, estaba sofocado, avergonzado y despreciado por un hombre más, el acreedor, a quien no había podido hacer gran cosa.
En efecto, el odio es un licor precioso, un veneno más caro que el de los Borgia, pues está hecho con nuestra sangre, nuestra salud, nuestro sueño ¡y los dos tercios de nuestro amor! ¡Hay que guardarlo avaramente!
IV
DEL VAPULEO
El vapuleo no debe practicarse más que contra los secuaces del error. Si somos fuertes, nos perdemos atacando a un hombre fuerte; aunque disintamos en algunos puntos, él será siempre de los nuestros en ciertas ocasiones.
Hay dos métodos de vapuleo: en línea curva y en línea recta, que es el camino más corto. (…) La línea curva divierte a la galería, pero no la instruye.
La línea recta… consiste en decir: “El señor X… es un hombre deshonesto y además un imbécil; cosa que voy a probar” -¡y a probarla!-; primero…, segundo…, tercero…etc. Recomiendo este método a quienes tengan fe en la razón y buenos puños.
Un vapuleo fallido es un accidente deplorable, es una flecha que vuelve al punto de partida, o al menos, que nos desgarra la mano al partir; una bala cuyo rebote puede matarnos.
V
DE LOS MÉTODOS DE COMPOSICIÓN
Hoy por hoy hay que producir mucho, de modo que hay que andar de prisa; de modo que hay que apresurarse lentamente; pues es menester que todos los golpes lleguen y que ni un solo toque sea inútil.
Para escribir rápido, hay que haber pensado mucho; haber llevado consigo un tema en el paseo, en el baño, en el restaurante, y casi en casa de la querida. (…)
Cubrir una tela no es cargarla de colores, es esbozar de modo liviano, disponer las masas en tono ligero y transparentes. La tela debe estar cubierta -en espíritu- en el momento en que el escritor toma la pluma para escribir el título.
Se dice que Balzac ennegrece sus manuscritos y sus pruebas de manera fantástica y desordenada. Una novela pasa entonces por una serie de génesis, en los que se dispersa, no sólo la unidad de la frase, sino también la de la obra. Sin duda es este mal método el que da a menudo a su estilo ese no se qué de difuso, de atropellado y de embrollado, que es el único defecto de ese gran historiador.
VI
DEL TRABAJO DIARIO Y DE LA INSPIRACIÓN
(…)
Una alimentación muy sustanciosa, pero regular, es la única cosa necesaria para los escritores fecundos. Decididamente, la inspiración es hermana del trabajo cotidiano. Estos dos contrarios no se excluyen en absoluto, como todos los contrarios que constituyen la naturaleza. La inspiración obedece, como el hombre, como la digestión, como el sueño. (…) Si se consiente en vivir en una contemplación tenaz de la obra futura, el trabajo diario servirá a la inspiración, como una escritura legible sirve para aclarar el pensamiento, y como el pensamiento calmo y poderoso sirve para escribir legiblemente, pues ya pasó el tiempo de la mala letra.
VII
DE LA POESÍA

En cuanto a los que se entregan o se han entregado con éxito a la poesía, yo les aconsejo que no la abandonen jamás. La poesía es una de las artes que más reportan; pero es una especie de colocación cuyos intereses sólo se cobran tarde; en compensación, muy crecidos.
Desafío a los envidiosos a que me citen buenos versos que hayan arruinado a un editor.
(…)
¿Por lo demás, qué tiene de sorprendente, puesto que todo hombre sano puede pasarse dos días sin comer, pero nunca sin poesía?
El arte que satisface la necesidad más imperiosa será siempre el más honrado.
VIII
DE LOS ACREEDORES

(…) Que el desorden haya acompañado a veces al genio, lo único que prueba es que el genio es terriblemente fuerte; por desgracia, para muchos jóvenes, ese título expresaba no un accidente, sino una necesidad.
Yo dudo mucho que Goethe haya tenido acreedores (…). No tengan acreedores jamás; a lo sumo, hagan como si los tuvieran, que es todo lo que puedo permitirles.
IX
DE LAS QUERIDAS
Si quiero acatar la ley de los contrastes, que gobierna el orden moral y el orden físico, me veo obligado a ubicar entre las mujeres peligrosas para los hombres de letras, a la mujer honesta, a la literata y a la actriz; la mujer honesta, porque pertenece necesariamente a dos hombres y es un mediocre pábulo para el alma despótica de un poeta; la literata, porque es un hombre fallido; la actriz, porque está barnizada de literatura y habla en “argot”; en fin, porque no es una mujer en toda la acepción de la palabra, ya que el público le resulta algo más preciosos que el amor.
(…)
Porque todos los verdaderos literatos sienten horror por la literatura en determinados momentos, por eso, yo no admito para ellos -almas libres y orgullosas, espíritus fatigados que siempre necesitan reposar al séptimo día-, más que dos clases posibles de mujeres: las bobas o las mujerzuelas, la olla casera o el amor.
-Hermanos, ¿hay necesidad de exponer las razones?
15 de abril de 1846

16.4.15

Argullol: "El ciudadano está amnésico"

Se publica  La razón del mal, una novela con la que el pensador ganó el Premio Nadal en 1993 y que sorprende por un argumento que parece retratar fielmente nuestra actualidad

Rafael Argullol, autor español de La razón del mal./lavanguardia.com
Portada de La razón del mal.

Acantilado está recuperando las obras de Rafael Argullol, ganador de los premios Cálamo y Ciutat de Barcelona, en 2010, por su monumental Visión desde el fondo del mar. Allí como en ningún otro título encontramos su pensamiento nómada y su escritura transversal, en la que ensayo, narrativa y poesía conviven en un único cuerpo literario. La misma editorial reedita ahora La razón del mal, una novela con la que el barcelonés ganó el Premio Nadal en 1993, y que sorprende por un argumento que parece retratar fielmente nuestra actualidad.
Los dos personajes principales, el psiquiatra David Aldrey y el fotógrafo Víctor Ribera, intentan comprender cómo una ciudad ordenada y segura se ha abocado al abismo. Una suerte de epidemia ha causado que miles de ciudadanos, sin causa aparente, pierden las ganas de vivir, la voluntad. Después de que la sociedad acuda a todo tipo de esoterismos para frenar la plaga, la neurosis colectiva, nadie reconocerá un periodo en el que el miedo abrió las puertas a la superstición. Otro de los personajes, Ángela, restaura un cuadro de Orfeo y Eurídice escapando del infierno. Hay allí una potente metáfora del valor lárico, aquello que une el presente con el pasado.
Mirar atrás no siempre es una condena.
En la novela se aborda la relación entre la memoria y el olvido. Hoy hay un vértigo en la información pero, sin embargo, vivimos en una cultura que lo que produce fundamentalmente es amnesia. Una información atropella a la anterior, en gran parte porque no hay una jerarquía que transforme la información en comprensión.
Los ciudadanos de la novela, cuando todo ha acabado, establecen un perímetro de silencio. Pero sin memoria no hay criterio.
Una sociedad condenada a la amnesia es una sociedad fácilmente manipulable. De eso se habla en La razón del mal. Perdemos la resistencia. Lo estamos viendo en nuestros días. Aunque no nos demos cuenta -lo que ocurre en el presente es difícil de analizar con perspectiva-, estamos siendo constantemente manipulados. Incluso en el lenguaje.
Lo importante es convertir la palabra en una “corteza vacía”. Hay, y eso también aparece en la novela, una colonización política del lenguaje.
Cuando en los titulares de los periódicos se utiliza el lenguaje economicista, como si fuera el lenguaje humano, es porque se ha substituido la consciencia del ser humano por una especie de monstruo con simulación antropomórfica, pero un monstruo.
Ahora son los mercados quienes tienen estrés, no nosotros.
Además se mide el bienestar o la infelicidad de las sociedades de acuerdo con el bienestar o la infelicidad de los mercados.
Los afectados son los exánimes, “hombres sin aliento”. Mucho antes de que La sociedad del cansancio de Byung-Chul Han se convirtiera en un auténtico best seller, usted publicó junto a Eugenio Trías El cansancio de Occidente, en 1992.
Es una de las características de nuestra época. Ya lo anunciamos entonces, sí. La gente está cansada. La frase que más se escucha a lo largo del día es “estoy cansado”. La gente a veces está cansada de trabajar, pero a veces también está cansada del ocio, de ir al gimnasio,… Los transportes, la ciudad, la burocracia, todo lleva al cansancio.
La ciudad dibujada en el libro es próspera porque lo dicen los datos y las cifras. Pero las estadísticas suelen esconder otras complejidades. La educación ahora va bien o mal según lo que diga el informe PISA.
Responde a la falta de sutileza. En la lectura y la mirada, pero también en la capacidad de escuchar. La llamada cultura, o la llamada educación, está en manos de sociólogos. Llevamos siete reformas educativas desde que murió Franco. Y quienes hacen los planes de estudio son pedagogos de despacho. La síntesis la ha dado muy bien el señor Wert, diciendo que se iba a cambiar la lógica filosófica por la lógica del emprendedor. Palabra mágica de nuestra época, que nadie sabe qué quiere decir exactamente.
No definirse con precisión es visto como un mérito.
Hay una pugna por no definirse. La verdad es que el ciudadano no sabe hacia dónde van las nuevas fuerzas emergentes, como Ciutadans o Podemos, pero es algo hecho de manera expresa. Se quiere dar prioridad a la forma sobre el fondo.
Pero en La razón del mal, precisamente, tienen clara la importancia de poner nombre a los afectados. La palabra es aún imprescindible para no convertir un problema en innombrable.
Pasa lo mismo ahora. Por un lado no se nombran las grandes controversias ideológicas pero, por otro lado, sí se nombra, cada vez con siglas más pesadas, cualquier tipo de patología que a alguien la da por descubrir, por ejemplo en los niños. Todos los niños están clasificados por las siglas de supuestas patologías que se han inventado psicólogos de gabinete.
En la novela se multiplican los adivinos. Los templos se llenan. Rubén, el Maestro, es visto como el gran salvador. ¿Por qué el ciudadano contemporáneo cree aún en la figura del salvador?
Es debido a la sensación de amenaza, que es uno de los grandes temas de la novela, y que puede aún incrementarse.
La provisionalidad es la primera consecuencia de la amenaza. Los enfermos pasan a adversarios.
El problema de la falta de memoria la advertimos en la vida cotidiana, más allá de la política. Mientras las cosas van relativamente bien, hay lo que se llama entretenimiento, diversión. Y cuando las cosas van mal, hay un vacío…
La multitud necesita nuevos ídolos donde canalizar el entusiasmo. Desde el 15-M se hablaba de horizontalidad y tranversavilidad y, sin embargo, volvemos al hiperliderazgo.
El ciudadano está cansado y amnésico y, en cierto modo, ha pasado de ciudadano a súbdito.
También hay espacio en su novela para hacer un retrato de los medios de comunicación. El Progreso es el gran diario de la época. Usted entiende la escritura como los matices que recorren el abanico que separa el ruido y el silencio.
Cuando escribí la novela los periódicos aún tenían un papel importante. Un periódico ahora no es un centro de gravedad como lo era entonces, a principios de los noventa. Dicho esto, la intervención del pensamiento crítico en un diario es muy relativa… Ahora la intervención depende de la resonancia en las redes sociales.
Alguna responsabilidad tendremos.
Hay algo en lo que hemos llamado cultura, la cultura de los últimos cincuenta años, que no ha acabado de ser atractivo y seductor para la vida. Ese es un tema muy importante que las llamadas gentes de la cultura, que cada vez dan más pereza, no afrontan. Cuando se dice que hay crisis en la cultura en España, enseguida se apunta que no hay dinero para el cine. Y es verdad. Pero pocas veces se hace autocrítica.
Hemos dejado que establezca qué es arte, y qué no, Sotheby's y Christie's. El precio aparenta ser el único juicio.
Si no hay una conexión real entre la creatividad y el público es que algo sucede.
Desde el periodismo cultural hemos llamado cultura más al objeto que a la experiencia.
El periodismo cultural no existe. No existe, sin contar alguna honrosa excepción, la crítica musical, la crítica literaria, la crítica musical… El periodismo cultural se limita a los epifenómenos, a la sociología. El periodismo cultural ha sido expulsado del periodismo cultural.
La ciudad de la novela es, esencialmente, cosmopolita. ¿Es necesario recuperar algo de magia frente al exceso de racionalismo de la smart city? ¿Cómo ve la actual Barcelona?
Barcelona es una ciudad sin ningún misterio. Si tuviera que encontrar hoy un rincón salvaje, enigmático, no encontraría ni uno. Lo que realmente está pasando es lo que los propios políticos explicitan: se ha pasado de la idea de metrópolis a la marca. Incluso en la lucha de nacionalismos, unos y otros hablan de su marca. La patria romántica, un concepto ultrapasado, no da lugar a la polis en el sentido democrático. España ha llegado a crear una comisión para reivindicar su marca.
Usted quiso ser cirujano y acabó siendo un viajero que disecciona los entresijos de la literatura y la filosofía, convirtiéndose en catedrático de estética. ¿Es aún posible viajar?
Cada vez es más complicado. Encuentras los mismos negocios en todas las ciudades europeas. Es un déjà vu permanente. La figura del flaneur de Baudelaire cada vez es más difícil de ejercitar. La única posibilidad de viajar está vinculada con la calidad de la mirada. Y en ese sentido no hace falta desplazarse kilómetros. Puedes viajar sin moverte del barrio o yendo a la Patagonia.
¿Nos recomienda una forma concreta de viajar, entonces?
Yo le diría a un viajero que si va a un museo, mire como máximo diez cuadros. Quizá uno. Y que en la ciudad aplicará el mismo criterio. Que, como fuera, substituyera lo cuantitativo por lo cualitativo.
Actualmente, con la precariedad acechando por todos sitios, podría parecer poco comprometido hablar de la necesidad de belleza. Sin embargo, también necesitamos una revolución espiritual.
En Italia, por ejemplo, lo bello sigue siendo una expresión muy utilizada. También en Francia. Pero en España la belleza ha sido expulsada, incluso, del lenguaje cotidiano. Para mí un valor decisivo es la libertad. Pero he llegado a la conclusión de que una libertad que no busca la belleza es una fuerza ciega.
Ha sido profesor en diversas universidades. ¿Por qué las humanidades se han alejado tanto de las ciencias?
Es algo grave. Se ha producido un deterioro desde ambos lados. Al ciudadano tampoco le interesa la ciencia como podía interesarle antes. El hiperconsumo de tecnología no lleva al ciudadano a preguntarse por las causas de esa tecnología. No está interesado por la aventura del descubrimiento.
Está, también, contra el dualismo que separa filosofía y cuerpo, sensibilidad e inteligencia.
Estamos en una sociedad demasiado pragmática. Demasiado utilitaria. Se busca la inmediatez, la apariencia. En ese sentido, no interesa el pasado, pero tampoco el futuro. Por eso el utopismo tampoco está presente.
Cada vez parece más urgente recuperar lo mediato frente a la inmediatez del presente continuo. Usted escribe a mano. ¿Es una forma de no caer en la aceleración?
Me interesa mucho el aspecto fisiológico del acto de la escritura. En ese sentido se establece un ritmo entre el pensamiento y la mano. Hay algo mucho más armónico… Lo perfecto sería caminar, pensar y escribir al mismo tiempo.
No se siente demasiado cómodo cuando le denominan filósofo. Dice que le gustaría ser recordado como “un hombre libre”. ¿Qué quiere decir ser libre en el siglo XXI?
Prefiero que me presenten como escritor, es más laico. Lo de filósofo está entre lo sagrado y lo ridículo. Ser libre quiere decir ser capaz de tomar decisiones, desde la propia soledad, independientemente de lo políticamente correcto, del gregarismo y del grito colectivo. Ser libre es como leer. Una combinación entre experiencia y experimento. O como avanzar en un problema matemático en el que vas encontrando encrucijadas.

15.4.15

La relación del autor con su editor

El editor es la persona más importante para un escritor

 
Kur Schwitter./elblogdeguillermoschavelzon.wordpress.com
El editor o la editora es la persona más importante para un escritor, es quien le permitirá concretar en libro su obra, su quehacer literario, llegar a quienes serán sus lectores. Publicar, y en especial si es por primera vez, se asemeja, para el escritor, a un acto de confirmación. En ese editor-publicador están puestas todas las expectativas de trascendencia, todas las fantasías de éxito, y todos los temores al fracaso. Unas expectativas tan excesivas, que por positivo que sea el resultado, nunca alcanzará a satisfacerlas. El editor tiene, desde el primer momento, una pesada carga que sobrellevar.
Cuando el libro ya haya sido publicado, la distancia entre las expectativas y la realidad de los resultados será la inevitable causa de conflicto, a veces de alta tensión. Si así sucede  en los casos de éxito, podemos imaginar lo que pasa cuando se trata de un fracaso.
La relación que establecen autor y editor está basada en expectativas compartidas, en deseos, en una serie de intangibles que la mayoría de las veces no se podrán concretar. Dicho de otra manera: la relación entre el autor y su editor está basada en el deseo, y el deseo (desde Hegel a Lacan, dice Slavoj Zizeck)… siempre es deseo de más deseo, por lo que nunca podrá satisfacerse.
Por eso no existe contrato de edición, por más perfecto que intente ser, capaz de prever lo que no se sabe, lo no previsible de las posibles reclamaciones de un autor. Siempre pensé que esos contratos larguísimos que algunas editoriales proponen –producto de los asesores jurídicos, no de sus editores-,  no funcionan, no son inútiles. No hay forma de prever lo imprevisible.
El auténtico contrato entre el autor y su editor es un acto de fe, que está por encima de cualquier escrito, simplemente porque no es escribible. Por eso la mayoría de los escritores firman el contrato de edición sin leerlo. Es un acto de fe que no está basado en una entrega ciega, sino en una enorme dosis de confianza, algo fundamental en esta relación, que el editor se ha ganado antes, no por su simpatía –muchos no lo son- sino por su trayectoria, su catálogo, su saber hacer, y a veces también por su saber deshacer.
Todos estos proyectos y expectativas compartidas deberían concluir en un romance, sin embargo, es una relación que suele ser conflictiva, donde cada parte tiene sus quejas, sus motivos y sus argumentos. En muchos de los casos ninguno tiene razón, o la tienen los dos, lo que es casi igual.
Algunos altos cargos de las editoriales lo saben. La empresa se construye alrededor de los editores; ellos son el corazón del negocio”. Riccardo Cavallero (en ese momento director general de Mondadori Italia y España), en Juan Cruz, Un oficio de locos, Ivory Press, 2011.
No es igual la visión de Arnaud Nourry, CEO de Hachette Livre: “el objetivo de todos los editores es… equilibrar las cuentas”.
Hay editores que son grandes empresarios, pero mantienen una escuela: ...el editor debe asumir la responsabilidad de elegir todo lo que crea que deben leer las personas, y divulgar los libros necesarios. Una persona que lee es una persona más rica que otra que no lee. Carlo Feltrinelli, en Senior Service, Tusquets.
Hace sesenta años el editor alemán Siegfried Unseld, director de Suhrkamp, decía: Una editorial literaria se define por su relación con el autor. Diez años después agregó: los editores, orgullosos de su antiguo prestigio como creadores de libros, son actualmente esclavos del mecanismo de aumento de ventas.
Esta variedad de pensamiento, en realidad esta diferencia en la concepción del negocio editorial, es el origen del conflicto y la contradicción que se vive  hoy en el mundo de la edición. Es el gran generador del estrés que se vive al interior de cada editorial.

Los tiempos del escritor y los tiempos del editor

El multi-trabajo, ese hacer varias cosas al mismo tiempo desde diferentes lugares, innovación incorporada por las nuevas tecnologías, suele ser el primer enemigo de la relación entre el editor y su autor. Cuando un editor tenía a su cargo uno o dos libros al mes, siempre encontraba tiempo para hablar con sus autores, escucharlos, ayudarlos a pensar. El escritor no es un ejecutivo preparado para llegar a las reuniones con una síntesis sistematizada de sus dudas y problemas, más bien al contrario: es caótico, mezcla sensaciones con realidades, le da al comentario de una amiga en Facebook: “tu libro no se consigue en ninguna librería”, el valor de una información precisa, indiscutible.
Todo está teñido por lo emocional, necesita ser escuchado un largo tiempo, para recién después poder llegar a lo que quería decir. Los escritores no necesariamente tienen la misma capacidad para expresarse, en las negociaciones personales, como la que tienen para escribir. Pero sobre todo, manejan otros tiempos.
El arte es una actividad imposible desde el punto de vista social, porque su tiempo es otro…                        (Ricardo Piglia, Formas Breves).
En mi experiencia, muchas de las cuestiones que más ansiedad generan en un autor –da igual que sea debutante o experimentado, todos sufren por igual- se resuelven escuchando. Muchas veces, cuando quien debe escuchar se puede permitir el tiempo requerido para ello, se produce en quien habló un curioso proceso interno de comprensión.
Esto es justamente lo que no tiene el editor de hoy, tiempo disponible, ya que en lugar de un par de libros al mes, debe cuidar por lo menos diez. “… el editor de hoy en día tiene unas preocupaciones de otro tipo. Entre otras cosas, la preocupación fundamental de que su empresa sea, ante todo, rentable” Jaime Salinas a Juan Cruz, en El oficio de editor, Alfaguara, 2013.

Orphan Authors

La rotación de editores, a veces de un sello a otro dentro de un mismo grupo, a veces a otra empresa, quizás con la que antes competía, es algo muy habitual en Estados Unidos, y cada vez más en Europa y en América Latina. Los estadounidenses inventaron un nombre para los autores a los que se les fue su editor: orphan authors, autores huérfanos, porque esa es la sensación de aquellos cuyo libro sale cuando el editor que apostó por él ya no está. No siempre quien vino en su reemplazo comparte gustos y criterios, a veces cambia los planes porque necesita producir cambios rápidos, para demostrar su capacidad, y en esos casos algún autor siempre queda huérfano. Con el libro al fin en sus manos, se encuentra sin interlocutor, sin quien se ocupe de él, sin quien iba a cuidarlo fuera y dentro de la propia organización, ante el equipo comercial, los de marketing, los de la prensa, los críticos y a veces los libreros. Es una vivencia horrible para un autor, de la que cuesta recuperarse.
Hace más de veinte años me dijo Mario Benedetti: “los editores se quejan cuando se les va un autor, mi experiencia es que a mí siempre se me va el editor” (se refería a Felisa Pinto, su editora en Alfaguara Madrid, cuando se fue a la editorial Destino en Barcelona).
Se hace difícil culpar al editor que se fue,  ya sea por cansancio corporativo, por oportunidades profesionales, o a veces por ser la única manera de mejorar su remuneración.
Cuando un editor se va de una editorial, sus autores se quedan
El contrato de edición no está firmado con el editor, sino con la empresa que lo empleaba en el momento en que se firmó. Esta es una constatación muy habitual cuando un autor se queda sin su editor,  momento en que muchos leen por primera vez el contrato que habían firmado lleno de entusiasmo, sin leer. Aquí suelen venir las más desagradables sorpresas.
Conozco editoriales independientes, con fama de progresistas, con directores glamorosos, que le hicieron firmar al autor contratos por 15 años, y con renovación automática al vencimiento. Como no existe un escritor –ni nadie que yo haya podido conocer- que lleve una agenda a quince años vista, suele suceder que cuando el autor se entera, ya “se renovó” por quince años más. Al final queda atado a una editorial, con la que quizás ya no tenga buena relación ¡por 30 años!
Ese tipo de contrato, sin ninguna “puerta de salida” (así decimos los agentes), por ser casi eterno, o por retener todo tipo de derechos incluso si no se explotan, es lo que más rápido encamina a un autor a buscar un agente literario en el mejor de los casos, o a un abogado cuando el enfrentamiento no tiene solución.
Raymond Chandler destaca entre los atributos más valiosos de un agente ”su distanciamiento emocional respecto a una actividad sumamente emocional…. El agente sabe decir no sin dar portazos”.
“Ya es materialmente imposible tener esas relaciones de amistad íntima, dialéctica, con los autores… Ahora, además, son los agentes los que se ocupan del contacto con los autores, lo hacen todo por ellos”, dice Inge Feltrinelli
Pierre Assouline, crítico literario, ex director de la revista Lire, y biógrafo de Gaston Gallimard, opina: El agente despeja la relación autor-editor de las cuestiones financieras… permite conservar lo mejor de la relación entre editor y autor.
No todas las opiniones sobre los agentes son favorables. En 1980, el escritor Osvaldo Soriano me escribía: El problema de los agentes es más o menos el mismo (yo nunca he recurrido a ellos): un agente se interesa en los “grandes” que dan guita [dinero] rápida; un buen agente aprovechará para vender el “paquete” (un grande y dos chicos: lo toma o lo deja, y el editor, si quiere el grande deberá aceptar a los chicos) y tratar de “hacer” de los chicos un buen negocio en el futuro.

¿Cuánto vale una novela?

Nada más difícil y complejo que ponerle valor a un manuscrito. ¿Quién dice cuánto vale una novela? ¿El tiempo y el esfuerzo que le llevó al autor? ¿Lo que gastó en cigarrillos durante los años que le llevó escribirla, como se preguntó García Márquez? ¿Las expectativas de venta del autor? ¿Las del editor? ¿Lo que se vendió un libro anterior?
“Vamos a recordar a Marx –dice Ricardo Piglia en Formas Breves—, en [la imposibilidad de] medir el tiempo de trabajo necesario en una obra de arte y por lo tanto su dificultad para definir (socialmente) su valor”
La figura del editor oscila entre la del especulador y la del benefactor. ¿Quién explota a quién? La relación autor-editor no es una relación de amo y esclavo, ni en un sentido ni en el otro. Si se trata de dinero, es aún más complejo. Pero cuando se trata de la venerable literatura, las cosas se complican terriblemente” Sylvie Perez, en Un couple infernal. L’ecrivain et son editeur. Broché ed., 2005
Sin embargo, sabiendo por oficio y obligación la importancia del dinero, yo no podría decir que, en mi experiencia, el dinero sea el motivo principal de los conflictos entre editor y autor.
Para hablar claro de dinero nadie como los estadounidenses. Raymond Chandler, en A mis mejores amigos no los he visto nunca, DeBolsillo, 2013, tiene una carta a su editor francés en la que dice: “Siempre he pensado que uno de los encantos de tratar con editores es que si uno empieza a hablar de dinero, ellos se retiran fríamente a su eminencia profesional, y si uno empieza a hablar de literatura, inmediatamente empiezan a agitar el signo dólar”. También Chandler reconoce: “Los escritores… por muy bien que se les pague, jamás pensarán que se les paga suficiente”.
Sylvie Perez –francesa y contemporánea- agrega un matiz: “la relación autor-editor es sobre todo y ante todo una cuestión de dinero. Poder vivir de su escritura, la cuestión en que termina todo, a lo largo de los siglos”
Hay muchos ejemplos a favor del editor. Hay editoriales que gracias a su capacidad financiera están dispuestas a anticipar dinero al autor, e incluso a fijar pagos mensuales para que pueda escribir un libro que les entusiasma. Libros importantes de las últimas décadas no hubieran existido sin estos apoyos. Sin embargo, hay más conflictos que reconocimientos. Yo he escuchado comentarios muy desagradables provenientes de ambos lados: un autor que ve llegar a su editor y dice con mucho malestar “mira el Volvo que se compró”, mientras la mujer del editor, en petit comité habla de “sometimiento a servidumbre” por tener que aceptar los caprichos de sus autores. He visto escritores de cierto prestigio que recorren ferias del libro caminando al ritmo de su editor… siguiéndolo un metro detrás,  en un gesto que parece de sumisión. También supe de un editor que al perder un vuelo interno en México, alquiló una avioneta para llegar a comer con su autor.
En una carta el editor Siegfried Unseld le dice a Thomas Bernhard:
“también un editor es un ser humano. También él necesita su parte de aprecio. Si solo se lo azota como a un perro… solo podrá hacer perrerías”
Es una carta tan patética, que me hace preguntarme: ¿qué está sucediendo aquí?
Un comentario habitual en el mundillo editorial es “cuando un autor tiene éxito todos los méritos son de él, cuando fracasa todo es culpa del editor”. ¿Se trata de una simple ironía?
Los reclamos son cosa de todos los días: “Cuando pienso en el gigantesco esfuerzo publicitario que ha hecho durante tres meses por el libro del Sr.  Walser mientras que por mis “Maestros antiguos” no ha hecho casi nada, aunque sabe que hoy la publicidad lo es casi todo, se me pasan las ganas de seguir colaborando con la editorial.  Bernhard a Unsel, 26 de noviembre de 1985.
Un editor tiene que hacer todo lo que considera conveniente por el libro de cada autor, sin preocuparse por cómo reaccionarán otros autores de su catálogo. Sostener esta independencia, tiene su coste en cada relación.  Lo que sí puedo asegurar es que cuando me toca intervenir como agente, dos tercios de todos los reclamos se pueden resolver sin necesidad de que lleguen al oído del editor.
Hay editores que escribieron sus memorias –que no son “libros de elogios”—, en especial norteamericanos, alemanes y franceses.  Y hay historias que muestran que no hubo conflictos: Julien Green y su editor Jacques Maritain, de la casa Plon, mantuvieron una relación profesional y amistosa durante más de cincuenta años. Jorge Luis Borges publicó su primer libro (venta: 400 ejemplares) en la editorial Emecé, y allí siguió publicando hasta que murió. Julio Cortázar, publicó toda la vida en la editorial Sudamericana. La obra de ambos cambió de editorial, cuando ellos ya no estaban para opinar.
La relación entre autor y editor incluye muchos otros aspectos de gran valor además del dinero. Julio Verne y su editor Pierre-Jules Hertzel tuvieron una relación de colaboración muy intensa, se conservan ochocientas cartas entre ellos. Hertzel aplicó a las novelas de Verne las recetas de éxito de entonces: una dosis de sentimientos, una dosis de exotismo, una dosis de aventura, una dosis de ciencia ficción. Verne siempre le hizo caso. El resultado… se conoce bien. (Sylvie Perez).
En la correspondencia entre Miguel Delibes y su editor Josep Verges fundador de Destino, se habla todo el tiempo de dinero. Sin embargo allí publicó y sigue toda su obra desde 1947, aunque Delibes ya no está.
Gracias a los editores que escribieron sus experiencias, podemos conocer esta parte de la historia de la edición. Es famoso el caso de Maxwell Perkins, poderoso  editor de Hemingway, que no solo se ocupaba de comprar y enviarle los nuevos equipos de pesca, también fue el negociador de cada divorcio del escritor.
Me gustó mucho una anécdota de las memorias de Bennet Cerf, primer editor norteamericano de Joyce en Random. Cuando al fin convenció a Gertrude Stein para que viajara desde París a Nueva York para hacer una gira promocional, Cerf cada mañana salía muy temprano con su chofer, para conseguir croissants para el desayuno de su autora, una exquisitez que los estadounidenses desconocían, y solo se hacían en una panadería francesa de Manhattan.
Una de las más impactantes relación entre editor y autor –por el peso intelectual de sus protagonistas-, es la de Unseld con Thomas Bernhard, publicada por editorial Cómplices en 2012. “La correspondencia, integrada por más de 500 cartas, hace una importante aportación para poder revivir esa peculiar relación editor-autor en todas sus fases. Sin embargo, tratar de comprender los motivos de los dos corresponsales requiere más materiales. Porque la correspondencia se detiene siempre cuando las diferencias de opinión parecen insalvables: antes de llegar a una ruptura, los dos se reúnen… Ambos atribuyen  al intercambio verbal mayores cualidades de entendimiento que la escrita” 
“¿Por qué aguantaron tanto los dos con y contra el otro?”
“No puedo más…” –le escribe Unseld de manera desesperada, después de casi un cuarto de siglo de enfrentarse con su autor, que entonces se acercaba a la muerte. Éste le responde: “Pues bórreme de su memoria y de su editorial…”

 ¿Quiénes serán “los grandes editores” del siglo XXI?

Hoy cuesta encontrar editores como aquellos. No es por razones genéticas, es el avance de la industria que no lo permite. Un editor o editora hoy tiene a su cargo media docena o más de libros cada mes. Cuando un autor dice “mi editor no me responde los mails”, no hace más que mostrar una dura realidad: el editor no tiene tiempo de hacerlo.
Creo que muchos de los editores hoy en día no leen. Están tan inmersos en leer… los informes sobre libros, que ya no leen por placer. Ya no son lectores apasionados. Y el 80% o el 90% de los libros que publican desaparecerá el año que viene” Michael Krüger, editor de enorme prestigio literario, director de Hansel Verlag, también escritor.
“Yo creo –dice José Manuel Lara Bosch, quien fuera presidente del grupo Planeta hasta su muerte reciente— que difícilmente se van a repetir generaciones de editores como la que se produjo en Madrid en los años cincuenta o sesenta, especialmente en el terreno del libro de la enseñanza, y en Barcelona con el libro literario en los años cuarenta y cincuenta, realmente una generación espectacular”, en Conversaciones con editores, Siruela.
Lo mismo opina Inge Feltrinelli: “Los grandes personajes de la edición, Rowolth, Gallimard… ya no existirán más. Era todo otro sistema: no había agentes literarios, se producía mucho menos, el editor era el protagonista. Esos editores de gran personalidad, que trataban a sus escritores como a hijos, ya no existen. Todo eso ya no volverá. Los editores de hoy no conocen a nadie, todos provienen de grandes industrias. Ahora todo se ha mercantilizado en extremo. Todo es marketing cultural”.  Entrevista de El País, 19 de diciembre 2006
Insisto, me resisto a pensar que todo esto sea así. Conocí y conozco editores en activo que trabajan con el autor en un manuscrito durante meses, cuidándolo, haciendo sugerencias. Los autores de más prestigio suelen ser los que más lo reconocen, como puede leerse en los agradecimientos de los libros. Editores comprometidos, meticulosos, capaces incluso de saltearse alguna de las normativas de su empresa para ayudar a un autor. De entre ellos y ellas seguramente saldrán los grandes editores del siglo veintiuno.
El sistema industrial y comercial del libro es muy duro. “la sobreproducción es una estrategia deliberada”, dice Pierre Jourde en Thierry Discepolo, La traición de los editores, Trama 2004. Los libros apenas duran uno o dos meses en las librerías.
Aunque estoy familiarizado con esta estrategia editorial, me resultó doloroso leer el comentario de un editor tan respetable como fue Jaime Salinas, en el libro de conversaciones con Juan Cruz:
“Me basé en lo que Rowohlt intentó enseñarme, si publicas doce libros al año, intenta que funcionen dos y no te preocupes de los otros diez”.
El subrayado es mío, es lo que más me impresionó: ¿qué sucederá con los otros diez?

Ellroy: "Me da igual la gran novela americana; he escrito varias"

El escritor estadounidense habla de su último libro, Perfidia  y de sus ambiciones

James Ellroy este martes en Madrid. / Daniel Mordzinski./elpais.com

James Ellroy (Los Ángeles, 1948) sigue siendo el campeón del mundo del ego, el escritor obsesivo de la América criminal, pero algo ha cambiado, al menos en apariencia. “Dejé de decir que era el mejor. Es una mierda andar diciendo eso. He madurado”, asegura poco después de empezar la entrevista en Madrid, donde ha llegado para presentar Perfidia (Random House), su último libro, el primero de un nuevo Cuarteto de Los Ángeles, el que dará continuidad cronológica a toda su obra y que sitúa a algunos de sus personajes clásicos en 1941.
Estoy lleno de remordimientos y conciencia"
Ellroy se recuesta en la silla, aparentemente indiferente, cara de escritor profesional en ristre, ansioso por empezar para terminar. ¿Por qué una precuela, por qué ir al inicio de todo? “Porque pienso a lo grande y cuanto más viejo me hago más a lo grande pienso. Porque quería crear una historia continua de mi ciudad, de mi tierra, para contar América, mi gran país, desde 1941 hasta 1972. Pero soy un egomaniaco y tengo que reescribirla a mi manera, llena de puñetazos, haciendo el amor a Bette Davis, con personajes que sinceramente sólo existen en mi cabeza. En cualquier caso, y para resumir, escribí este libro porque era la manera de unir literatura y masturbación”, asegura lanzando su primera boutade en voz muy baja, muy ronca.
La inmensidad del reto genera dos preguntas inevitables: ¿Tuvo miedo de fracasar? “Nunca”, responde antes de que termine la pregunta. “Si veo algo, puedo ejecutarlo. Llevo haciéndolo 36 años, así que no me da miedo nada”, remata. ¿Ha escrito ya la gran novela americana? “Me da igual eso de la gran novela americana, me cansa hablar de ello, creo que ya he escrito varias. Hago esto porque en unos años estaré muerto y quiero ser leído y recordado”, lanza haciendo jirones los restos de su pretendida modestia.
El escritor estadounidense James Ellroy, fotografiado ayer en Madrid. / Daniel Mordzinski.
Dudley Smith, que ya protagonizó su propia trilogía, es un policía irlandés emigrado a EE UU, un sargento corrupto, violento, drogadicto y mujeriego, un personaje inmenso y lleno de dobleces, el protagonista perfecto de Perfidia. Cuando se le pregunta por él, el creador de L.A. Confidencial rompe el muro de su indiferencia, incorpora su enorme anatomía, se toca la camisa hawaiana que ha convertido en seña de identidad y, apoyado en la mesa explica: “Dudley es originalmente malo, sin remordimientos y sin empatía. Tengo una buena mano para saber hasta dónde llega lo creíble. Conozco bien a la gente y eso se ve en los personajes. Hice a Dudley así porque le comprendo. Es todo instinto y ejecución, como yo”. ¿Carece de remordimientos como él? “No, estoy lleno de remordimientos y conciencia”, responde con una voz venida del más allá.
Cansado de polémicas, hace tiempo que el autor de la Trilogía de América, ese enorme fresco sobre la corrupción y los bajos fondos de la política de EE UU en los años sesenta, dejó de lado su show de perro rabioso de las letras americanas, de chico malo muy a la derecha del arco político, de provocador profesional. Tampoco habla de temas personales. “¿Que si me influye el asesinato de mi madre? Eso fue algo enorme, de lo que no hablo, acabé con eso. Todo lo que tengo que decir está en Mis rincones oscuros”, responde refiriéndose a aquella despiadada autobiografía en la que se le veía como un niño abandonado, solitario, temible, traumatizado, que asaltaba casas para oler bragas sucias. “Tampoco hablo de política. No me interesa la actualidad de EE UU”, adelanta.
¿Cuál es su mejor novela? “Esta última”. ¿Y si quitamos esta? “La anterior, y así. Soy cada vez mejor”
Perfidia sitúa su compleja trama policial en Los Ángeles, justo tras el bombardeo de Pearl Harbour y la consiguiente locura racista contra los japoneses que vivían en la ciudad. “Su internamiento en campos no fue para tanto. Estuvo mal, pero no tiene nada que ver con lo que hicieron los nazis o los rojos”, defiende Ellroy.
Trabajador obsesivo, en los dos años y medio que le llevó escribir Perfidia no hizo otra cosa, encerrado en su mundo. Ahora reúne notas para la segunda parte. ¿Y cuando termine este Cuarteto, cuando complete su historia? “Seré viejo, seguiré siendo un currante y estaré en forma, así que más me vale inventarme algo”, afirma entre risas.
Soy un gran fan del motor de combustión interna. Odiaría una ciudad sin el ruido de los coches, llena de esos artefactos eléctricos"
La sonrisa no abandona su rostro cuando surge el tema de las mujeres. “Las adoro, pero no hablo de mi vida personal”, insiste antes de explayarse sobre sus creaciones de ficción. “Kay Lake (la otra protagonista de Perfidia) es mi mejor personaje femenino. No se puede medir su coraje, su humor, su libido. Está tocada por lo divino”, concluye Ellroy.
Aunque no hable de su ciudad hoy en día —“tampoco me interesa”— el autor de Sangre vagabunda es el responsable de las mejores odas a Los Ángeles, urbe interminable, paraíso del coche. Cuando surge el tema vuelve el entusiasmo. “Soy un gran fan del motor de combustión interna. Odiaría una ciudad sin el ruido de los coches, llena de esos artefactos eléctricos. Tengo un Porsche Carrera 4s cabriolet y lo adoro. Nunca conduciré un híbrido o un coche eléctrico. Los criminales de verdad, tampoco”, cuenta orgulloso.
¿Cuál es su mejor novela? “Esta última”. ¿Y si quitamos esta? “La anterior, y así sucesivamente. Soy cada vez mejor” resume con una sonrisa antes de hablar de sus influencias. Ellroy asegura que no lee nada actual del género negro, pero reconoce ciertas referencias: Joseph Wambaugh, gran retratista del trabajo policial en L.A.; Libra, de Don DeLillo, y las novelas históricas de Joseph Mallon, especialmente Watergate. Policías, conspiración y bajos fondos de la política. El círculo vicioso del genio incansable de la ficción criminal.

Negra, muy negra

Requiem por Brown (1981).
Sangre en la luna (1983).
La Dalia Negra (1987).
El gran desierto (1988).
L. A. Confidential (1990).
Jazz blanco (1992).
América (1995).
Mis rincones oscuros (1996).
Seis de los grandes (2001).
Noches en Hollywood (2009, escrita originalmente en 1994).
Sangre vagabunda (2010).
A la caza de la mujer (2011).
Perfidia (2015)