14.11.11

La crítica literaria según David Foster Wallace

Entre las notas a pie de página se incluyen dos testimonios de ex alumnos suyos ofrecidos por la revista literaria McSweeney's entre otras remembranzas diversas recopiladas en el mismo texto
Portada de Cómo hacer crítica de David Folley Wallace.foto.fuente:revistadeletra.net

En 2009 la Universidad de Texas adquirió, a través del Harry Ransom Center, el archivo personal del escritor David Foster Wallace. El archivo contiene manuscritos de sus libros, relatos y ensayos, escritos colegiales y juveniles, cartas, poemas, materiales de enseñanza y libros. Los materiales son en su mayoría accesibles previa petición al Centro y reproducibles en estudios, ensayos y artículos periodísticos o de investigación. Sólo hay que acercarse a Austin, Texas, aunque queda algo lejos y el billete de avión es caro.

Sin embargo hay unas pocas muestras disponibles en la web del Harry Ramsom Center, entre las que llaman la atención las de anotaciones en determinados libros que demuestran el nivel de implicación crítica de Wallace. Se lo tomaba bastante en serio. De hecho dio clases de crítica literaria durante años. Este detalle, que podría parecer la clase de anécdota trivial asociada a la típica vida zarrapastrosa e indigente de escritor de culto (que vende poco y que por tanto necesita ingresos adicionales para hacer la compra semanal en el supermercado) parece convertirse en el caso particular de DFW en leitmotiv de su quehacer literario. Otro asunto que se tomaba bastante en serio: la enseñanza.

Ya ofrecimos una traducción de su conferencia en la ceremonia de graduación de 2005 en Kenyon. Ahora ofrecemos dos muestras, refundidas en un único documento, de su forma de enfocar las clases y los trabajos (papers) que debían entregar sus alumnos. Los textos rezuman estilo DFW en casi cada frase, especialmente ese humor tan característico suyo, pero sobre todo su humanidad.

Entre las notas a pie de página se incluyen dos testimonios de ex alumnos suyos ofrecidos por la revista literaria McSweeney's entre otras remembranzas diversas recopiladas en el mismo texto.

Debido a la envergadura del documento resultante —unas 5.000 palabras—, hemos preferido ofrecerlo directamente como pdf accesible a través de dos fuentes distintas: Issuu y descarga directa. Esperamos que lo disfrutéis —y que lo entendáis— como nosotros lo hemos disfrutado, ahora que es inminente la llegada a librerías de la edición en castellano de El rey pálido, su novela inconclusa.

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12.11.11

10.950 días de literatura

Fundado por Isaías Peña en 1981, el taller ha visto pasar por sus aulas a escritores como Jorge Franco, Nahum Montt, Óscar Godoy, Gloria Inés Peláez, Manuel Rincón o Germán Gaviria Álvarez
El fundador del Taller de Escritores de la Universidad Central, Isaías Peña, afirma que las nuevas tecnologías disminuido la pasión de las personas por los libros. foto:archivo.fuente:elespectador.com

A finales de los años 70, con diploma de abogado pero alejado del Derecho, Isaías Peña Gutiérrez ya tenía concebido su ideal de vida: crear un taller de escritores sin costo de matrícula y ajeno a cualquier programa académico. Ya escribía sobre literatura en los periódicos y ejercía la cátedra de historia del arte, pero necesitaba quien apoyara su proyecto. A principios de 1981 apareció el mecenas : el entonces rector de la Universidad Central Jorge Enrique Molina. Desde entonces han transcurrido 30 años en lo que Isaías Peña ha compartido con más de 600 forjadores de la palabra, los pormenores de la escritura como una disciplina creativa.

"Aunque el mundo ya está formado, la creación literaria debe ser motivo para reinventarlo, para volver a contar la historia del hombre y sus locuras, sus sinsalidas o sus libertades", señala hoy con la satisfacción de 10.950 días seleccionando los mejores textos para sus escritores o ideando nuevos esquemas para que la narración fluya en la incesante búsqueda del mejor marco de composición, el diálogo eficaz o la credibilidad de los personajes. Una tarea que con sobrada razón le hizo merecedor del distintivo con que lo reconocen sus amigos: el maestro Isaías. Bien ganado por su desprendimiento a la hora de enseñar lo que sabe sin guardar secretos.

Hace tres décadas, cuando se realizó la primera convocatoria del taller, llegaron más de 200 solicitudes de ingreso. Fueron necesarios dos meses para concretar la lista de 32 escritores. El 23 de junio de 1981, con una conferencia del consagrado novelista Pedro Gómez Valderrama, se dio apertura a la colectiva empresa literaria. Una vez a la semana, de seis a diez de la noche, en un salón de la vieja sede de la Universidad Central situada en la carrera 16 con calle 24, Isaías Peña y sus primeros 32 elegidos probaron que el invento era necesario y que la pelea contra la página en blanco también es producto del intercambio de lecturas y experiencias .

Uno de los integrantes de ese primer grupo fue Óscar Emilio Bustos, catedrático, escritor y periodista, actual director del programa D.C. Cuenta, del Canal Capital. Su testimonio resume lo que significó el taller. "Antes yo tenía interés por la literatura, pero escribía desordenadamente, sin tener una conciencia cabal de mi labor. En el taller de Isaías Peña aprendí a titular, a encabezar, a fluir con los personajes y los detalles de las historias, a poner los signos de puntuación con deleite, a rematar un texto como un artesano que da la puntada final a su obra", expresa satisfecho de haberse convertido en un premiado narrador y reconocido cronista.

Año tras año, nuevos aprendices de escritores fueron renovando la trascendencia del taller y su gestor ganándose el respeto y aprecio de los beneficiarios del mismo. Cargado de libros y revistas nacionales o internacionales que semanalmente le llegaban a su oficina, producto de sus leídas columnas "El correo de los chasquis" en el periódico El Espectador o "Arca de papel" en el diario El Tiempo, Isaías Peña siempre cumplió su cita con la literatura. A su vez, los talleristas no dejaron de conocer en cada reunión a un nuevo autor o un espacio de publicación, y a cada biblioteca personal se sumó un ejemplar obsequiado por el maestro.

Era cuestión de días que el taller se empezara a desdoblar. Cuando concluyó la segunda convocatoria y arrancaba la tercera, un grupo de egresados, con el liderazgo de Isaías, creó el centro de estudios Alejo Carpentier. Empezó con una reunión mensual para compartir la lectura de una novela corta y con el paso de los años se convirtió en un grupo estable que promovió ciclos de conferencias y creó el premio nacional "El cuentista inédito". Con un sistema práctico para renovar sus cuadros: todo ganador era invitado a sumarse a este hijo del taller de escritores. Como sucedió con Phillip Potdevin, o Germán Gaviria, hoy profesionales de la literatura.

Al tiempo que talleristas como Óscar Bustos, Gloria Inés Peláez, Hugo Montero, Carlos Bahamón, Óscar Arcos o José Manuel Rodríguez, le daban forma al centro Alejo Carpentier, otros egresados organizaron sus propias tertulias. El grupo Tinta Fresca que llegó a consolidar su propio impreso o la gente del colectivo Maracuyá azul, de las últimas generaciones enmarcadas en la revolución tecnológica. Unos y otros, reforzaron su vocación literaria en el taller de escritores de la Universidad Central, que también vio pasar por sus salones a los escritores Jorge Franco, Nahum Montt, Óscar Godoy, Juan Álvarez o Miguel Manrique.

En los años 90, el taller conservó su condición gratuita pero modificó sus tiempos. Con duración de tres meses y dos sesiones a la semana, empezó a hacer énfasis en la creación del cuento corto como género determinante para asimilar las claves de la creación narrativa. Y adoptó ese giro, como lo admite el propio Isaías, porque entendió "que para que los aprendices de escritores tuvieran un espectro amplio del complejo universo de la narrativa, era necesario plantear una propuesta integral de autores y a través de textos cortos entender muchos años de procesos experimentales de transformación del lenguaje, la composición y los argumentos". Una metamorfosis del taller.

La visión surgida de su disciplina de estudioso de la narrativa, con ocho libros publicados sobre diversos aspectos de su evolución. Entre ellos, Manual de Literatura Latinoamericana, que se convirtió en guía para asimilar los cambios en el tratamiento de las historias, o La Generación del Bloqueo y el Estado de Sitio, para explicar de qué manera se dio el desarrollo de la literatura colombiana en el contexto de sus conflictos sociales y políticos. Sin embargo, para él su obra predilecta es la biografía de su coterráneo Jose Eustasio Rivera, el celebre autor de La Vorágine. Una creación que también ha desarmado en su estructura como uniendo y ajustando las piezas de un reloj.

Lo ratifican sus escritores. "El taller me dio la oportunidad de entender las herramientas básicas de la creación literaria; me mostró que era posible escribir si se trabajaba con convicción, sinceridad y dedicación y me obsesionó por la disciplina como primer paso para escribir mejor y llegar a convertir en realidad mis cuentos y novelas, que inicialmente solo eran ideas sueltas en mi cabeza", expresa el periodista y escritor Manuel José Rincón, ganador en 2006 del Concurso Nacional de Cuento Ciudad de Bogotá. Y como él, son muchos los que ratifican cómo el taller de escritores cambió su concepción sobre lo que significa hacer literatura.

La prueba es la sucesión de 265 premios y distinciones que han recibido egresados del taller en sus 30 años de existencia. Desde el Concurso Nacional de Cuento 'Testimonio' en Pasto, que tuvo como finalistas a los talleristas Oscar Arcos y Carlos Bahamón, hasta el Premio Nacional de Literatura Novela Inédita del Ministerio de Cultura y el Concurso de Novela Corta de la Universidad Central, que hace apenas dos semanas le fueron otorgados a Germán Gaviria Álvarez. Una demostración de que las técnicas aprendidas, sumadas a la persistencia, constituyen una demostración para los nuevos aprendices del Taller de Escritores de Isaías Peña.

Un escenario que desde finales de los años 90 y entrando el nuevo siglo tuvo una vuelta de tuerca. La Universidad Central empezó a cobrar matricula pero también comenzó a delinear el camino para transformar el taller en un escenario de formación profesional. Con espacios tales como Noche de Narradores para gestar encuentros entre los estudiantes y escritores consagrados, el taller se transformó en diplomado de creación narrativa a partir de 2004, y desde el año pasado en un programa profesional de creación literaria con plan de estudios de ocho semestres, y un objetivo determinante: el aprendizaje de las destrezas que requiere un escritor profesional.

Un largo recorrido de 30 años con un promotor incansable. Un intelectual que un día de mediados de los años 60 salió de su natal municipio de Salado Blanco en el Huila para probar fortuna en Bogotá y hoy, detrás de sus lentes de pasta negra y ancha y su barba entrecana, sin ínfula alguna y palabras exactas, es el mentor de decenas de escritores y periodistas que alguna vez tocaron a la puerta de su taller de la Universidad Central y ávidos de información sobre autores y novelas, terminaron cambiados por el consejo amable y directo de un maestro del idioma que, junto a su hermano Joaquín, no se cansa de enseñar a los demás lo que sabe.

Neuman: "Algunos cuentos son como aceleradores de partículas"

Andrés Neuman compone en Hacerse el muerto un libro de relatos cortos a través de experiencias e imaginaciones vividas en los últimos siete años
El escritor argentino Andrés Neuman. foto:Gorka Lejarcegi. fuente:elpais.com

-Pero entonces, ¿podríamos decir que la relación de un escritor con los cuentos es más promiscua, que se desarrolla más en tono de amante que con una novela?

Y ahí, Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977), un tipo muy listo que siempre piensa bien lo que dice antes de abrir la boca, se levanta del escritorio del despacho de su editor y anuncia que en esta ocasión va a meditar la respuesta mientras visita el baño. La repentina iniciativa amplía su espectro de recursos reflexivos a un escenario y un contexto (unos urinarios en pleno desarrollo de su función), por cierto, que sirve en su recién publicado libro de relatos (Hacerse el muerto, Páginas de Espuma) como pretexto de un rito de seducción homosexual entre dos eruditos semióticos. Una de las piezas más surrealistas y a la vez hermosas del nuevo trabajo del escritor argentino, que venía de publicar un sintético cuaderno de anecdotario sobre el periplo que le llevó de gira por Suramérica presentando El viajero del siglo, la novela que le valió el Premio Alfaguara de 2009.

A la vuelta, claro, ya tiene respuesta. "La maravilla de los cuentos, como el periodismo, es que te permiten empezar de cero cada vez. Todos los días acaba el mundo y al amanecer siguiente vuelve a comenzar. Y mira, el equilibrio entre improvisación y orden es siempre el origen de un libro así", dice, ya más aliviado, sobre un libro por el que desfila una exmonja que solo practica el sexo (y lo practica mucho) sin amor o locos que juegan a psiquiatras con sus terapeutas.

Neuman lleva jugando a los equilibrios con ellos siete años. El tiempo durante el que ha ido incluyendo y descartando piezas en este artefacto tragicómico compuesto de enormes emociones y cortas transiciones. Pero lo hizo sin tener tampoco muy claro a dónde le conducía la pendiente del libro. Aunque fuera breve. "Es que me parece opresor pedirle a un libro de cuentos que el escritor sepa de antemano que va a escribir 12 relatos sobre, por ejemplo, ciclistas en Praga. ¿Y si se me ocurre algo sobre un ciclista en La Paz? ¿Qué hago entonces? Hay una cierta energía que queda reprimida con un punto de partida". Ya, bien... en el libro se entiende. Pero en un relato corto, con tan poco margen de maniobra, ¿puede el escritor dejarse llevar por la historia o hay que salir a jugar con un plan muy concreto? "Para nada. Más corta es la poesía y no tiene problemas para navegar a su antojo. Podríamos sostener lo contrario, avanzar durante 200 páginas sin un plan es abusar del lector. En un número pequeño de páginas se puede llegar a crear una voz; una canción improvisada puede ser una maravilla, pero una sinfonía sería un horror".

Los cuentos son a veces primos de los poemas. Los buenos, claro. Por brevedad, inspiración, melodía. "Es que no es solo la narración de la historia, es cómo se cuenta", señala. "Y además, con los cuentos tienes la posibilidad de aprender a escribir en cada pieza. Ese regreso a cero que hay en la escritura merece preservarse. La variedad dentro del orden permite el cambio de ánimo". Porque el libro es una montaña rusa anímica en la que la muerte se pasea a sus anchas. En el largo proceso de ensamblaje (en realidad él habla de desmontar el mecanismo de un reloj) Neuman tuvo que seguir viviendo tras la muerte de su madre y una peligrosa enfermedad de su padre, pero también después de grandes alegrías profesionales como el Premio Alfaguara que recibió en 2009.

Todo eso se lo llevó puesto, como los viejos zapatos de su padre que le entregaron en un hospital español pensando que el progenitor ya no los iba a necesitar y que dan título y argumento a un espléndido relato del libro. "Sí, esa vez fue la primera que me supe mortal", recuerda. Pero por encima de todo, la construcción de los relatos y todos esos acontecimientos vistos ahora -especialmente los que ponen o quitan límites cruelmente a las biografías- constituyen una reflexión sobre el tiempo y su extraordinaria maleabilidad. A eso, justamente, es a lo que Neuman se refiere cuando habla de desmontar el reloj para construir relatos. "Hay cuentos que comprimen un acontecimiento largo en un pequeño espacio, o al contrario. Algunos son como aceleradores de partículas, otros ralentizan el tiempo. Lo que me gusta a mí es averiar el reloj". Y en este libro, desde luego, la manecillas van como locas por la esfera.

8.11.11

Las elipsis de Shakespeare

En Anatomía de la influencia, el crítico literario Harold Bloom vuelve sobre uno de sus temas preferidos: cómo elaboran los grandes escritores la herencia que reciben de sus predecesores. Aquí, parte de uno de los capítulos principales de esta obra
Harold Bloom nació en Nueva York en 1930. A los 81 años, sigue enseñando en las universidades de Nueva York y Yale. Es autor de dos docenas de ensayos sobre literatura, varios de ellos premiados. foto:Basso Cannarsa. fuente:adncultura.com

Después de Chaucer y Marlowe, el principal precursor de Shakespeare fue la Biblia inglesa: la Biblia de los Obispos hasta 1595 y la Biblia de Ginebra a partir de 1596, el año en que Shylock y Falstaff fueron creados. Al hablar de la influencia de la Biblia sobre Shakespeare, no me refiero a su fe o espiritualidad, sino a las artes del lenguaje: la dicción, la gramática, la sintaxis, las figuras retóricas y la lógica del argumento. Lo supiera Shakespeare o no, eso significaba que su modelo de prosa más influyente era el mártir protestante William Tyndale, cuya descarnada elocuencia constituye aproximadamente el 40 por ciento de la Biblia de Ginebra, un porcentaje mayor en el Pentateuco y el Nuevo Testamento. Puesto que el propio padre de Shakespeare era un disidente católico, muchos estudiosos le atribuyen al poeta dramaturgo simpatías católicas, una opinión que me parece muy dudosa. No sé si Shakespeare el hombre era protestante o católico, escéptico u ocultista, hermético o nihilista (aunque sospecho de esta última posibilidad), pero el dramaturgo se inspiró en la archiprotestante Biblia de Ginebra a lo largo de los últimos diecisiete años de su producción. Milton también era un gran lector de la Biblia de Ginebra, aunque me pregunto cada vez más si el último Milton no era una secta postprotestante de un solo miembro, anticipándose a William Blake y Emily Dickinson.

Entre otros precursores, Ovidio le transmitió a Shakespeare su amor por el flujo y el cambio, las cualidades que Platón más aborrecía. Al principio Marlowe casi apabulló a Shakespeare, incluso en la deliberada parodia que es Tito Andrónico y el maquiavélico Ricardo III . Pero Shakespeare llevó a cabo una lectura errónea tan poderosa de Marlowe, al menos desde Ricardo II en adelante, que todos los rastros de Marlowe se convirtieron en ilusiones férreamente controladas. Chaucer fue un elemento tan fundamental en la creación de personajes ficticios en Shakespeare como lo fue Tyndale en algunos aspectos de su estilo. En otras páginas he seguido el libro de Talbot Donaldson The Swan at the Wall: Shakespeare Reading Chaucer , al describir el efecto de la comadre de Bath sobre sir John Falstaff, y me atengo a mi idea anterior de que Shakespeare sacó de Chaucer la idea de representar a personas que cambian al oírse a sí mismas sin querer. No obstante, incluso Chaucer, el escritor más poderoso en lengua inglesa a excepción de Shakespeare, no fue el definitivo precursor, pues el propio Shakespeare se arrogó ese privilegio a partir de 1596, cuando cumplió treinta y dos años y dio a luz a Shylock y a Falstaff.

¿Podemos hablar de "Shakespeare Agonista"? Creo que ese poeta no existe. Sí podemos hablar de "Chaucer Agonista", que creó autoridades no existentes y no mencionó a Boccaccio. "Milton Agonista" sería sinónimo. Shakespeare, en cambio, subsumió sus influencias: Ovidio y Marlowe en la superficie, William Tyndale y Chaucer mucho más interiorizados.

Caracterizar el contexto de Shakespeare, en su estilo anterior o nuevo, es algo que me agota. Shakespeare y el dramaturgo contemporáneo suyo Philip Massinger parecen el mismo cuando los historiadores de esa época los estudian. No obstante, las obras de Massinger interesan solo a unos cuantos estudiosos especializados. Shakespeare cambió a todo el mundo, Massinger incluido, y sigue cambiándote a ti, a mí y a todos los Historicistas y Cínicos. Lo que Shakespeare deja fuera es más importante que lo que los demás dramaturgos isabelino-jacobinos introducen. Todos los numerosos elementos de la extrañeza de Shakespeare podrían reducirse de manera convincente a su tendencia elíptica en perpetuo incremento, su desarrollo del arte de dejar cosas fuera. Muy seguro de sus poderes mágicos sobre el público corriente y las élites por igual, escribió cada vez más para algo agonístico que había dentro de él.

Aldous Huxley tiene un inteligente ensayo titulado "La tragedia y toda la verdad", en el que argumenta que, en Homero, cuando pierdes a tus compañeros de tripulación te sientas delante de tu carne y tu vino con entusiasmo y te echas una siesta para olvidar tu pérdida.

Esto es todo lo contrario de la tragedia de Sófocles, en la que la pérdida es irrevocable e infinitamente sombría. En la tragedia shakespeariana se fusionan lo homérico y lo sofocleano, mientras que la Biblia inglesa nunca está muy lejos. El género desaparece en Shakespeare porque, contrariamente a lo que afirma Huxley, él quiere darse a sí mismo y a los demás la tragedia y toda la verdad.

Hamlet, por afectado que esté ante lo que parece ser el fantasma de su supuesto padre, no puede dejar de bromear al estilo de Yorick, auténtico padre y madre mezclados, y se dirige irrespetuosamente al fantasma llamándole "topo viejo".

Para acomodar la tragedia y toda la verdad al mismo tiempo, debe dejar fuera todo lo que sea posible, indicando al tiempo cuáles son las ausencias. Ningún lector despierto duda ni de la tragedia ni de toda la verdad de las atroces obras que son Otelo y El rey Lear , ambas campos de inferencia en los que nos perdemos sin comprender lo errático que es nuestro camino. Cuando ante un público o un grupo de discusión de alumnos afirmo que el matrimonio de Otelo y Desdémona probablemente nunca se consumó, casi siempre me encuentro con voces en desacuerdo, cosa que se parece mucho a la actitud con que me enfrento cuando insisto en que el enigmático Edgar es el otro protagonista de El rey Lear , y que es con mucho su personaje más admirable, un héroe de gran entereza aunque con muchos defectos, que comete errores de juicio por culpa de un inmenso amor que no puede aprender a mantener plenamente. Los escépticos que oyen mis palabras objetan de manera comprensible: Si tales interpretaciones son exactas, ¿por qué Shakespeare hace que sea tan difícil llegar a ellas?

Le doy la vuelta a esta objeción: ¿Qué se clarifica en Otelo si el Moro nunca ha conocido cabalmente a su mujer? ¿Qué es todavía más terrible en El rey Lear si su centro pragmático es Edgar y no el destrozado padrino al que ama y venera? La heroica vulnerabilidad del Moro ante el genio demoníaco de Yago se vuelve mucho más comprensible, sobre todo si este sospecha la ambivalente reticencia de Otelo a la hora de poseer a Desdémona. Edgar es la más profunda encarnación del autocastigo de Shakespeare, del espíritu que se desgarra en el proceso defensivo. Si meditamos profundamente sobre Edgar, reajustamos la tragedia de Lear, puesto que solo Edgar y Edmond nos ofrecen perspectivas distintas de la del propio Lear acerca de la caída del gran rey en su abismo. La más elaborada de las tragedias domésticas de Shakespeare se basa, para su coherencia final, en la interactuación entre los sentimientos increíblemente intensos de Lear, la gélida libertad de todo afecto de Edmond, y los tercos sufrimientos de Edgar, incluyendo su apatía, el "cuitado y fingido papel" de Tom O'Bedlam, tal como lo expresa la página del título del Primer Cuarto.

Siempre que busco precedentes -más que fuentes- para Shakespeare, llego más a menudo a Chaucer que a la Biblia inglesa, Ovidio o al Marlowe ovidiano. William Blake, al comentar la comadre de Bath, parece haberla interpretado como la encarnación de todo lo que temía: la Voluntad Femenina. Hoy en día me parece necesario recalcar que Blake descubría la Voluntad Femenina tanto en los hombres como en las mujeres. Chaucer el peregrino se deleita con Alice, la comadre de Bath, y también nosotros. No obstante, aun cuando hubiera despachado a sus primeros tres maridos, bastante débiles, con sus generosamente activos lomos, hay una elipsis justo antes de que su cuarto marido se dirija convenientemente a su funeral y ella lo llore generosamente, liberándola para poder seguir con el amor de su vida, su joven y quinta pareja. Es evidente que fue bastante fácil deshacerse del inconveniente cuarto marido.

A partir de Chaucer, Shakespeare aprendió a ocultar su ironía expandiéndola hasta que hizo falta algo más que la vista para captarla. Con Hamlet ni siquiera podemos oírla. No existe ningún otro personaje literario que tan rara vez diga lo que quiere decir o quiera decir lo que dice. Es un detalle que indujo al clerical T. S. Eliot, que tenía ambivalencias sin resolver hacia su propia madre, a juzgar que Hamlet era J. Alfred Prufrock, y la obra de Shakespeare "sin la menor duda un fracaso artístico!". Con la posible excepción de El rey Lear , Hamlet es sin duda el éxito artístico supremo de la literatura occidental. Eliot, un gran poeta aunque tendencioso, casi con toda seguridad fue uno de los peores críticos literarios del siglo XX. Su absoluto desprecio por Sigmund Freud, el Montaigne de su época, perjudicó al oráculo antisemita, que dominaba el mundo académico en mi juventud.

Richard Ellmann me aseguró que Joyce siempre defendía la brillante lectura de Hamlet que da Stephen en la escena de la Biblioteca Nacional en Ulises . En esa interpretación está implícita la idea de que el amor paternal de Shakespeare por su Hamlet repite la pauta del amor de Falstaff por Hal, una pauta que William Empson y C. L. Barber encontraron presente en los sonetos de amor traicionado de Shakespeare dedicados a Southampton y Pembroke.

La mayor elipsis de Hamlet es todo lo que ocurre con anterioridad a la obra, donde el alma del príncipe ha muerto. Tenemos que conjeturar por qué y cómo, pues la magnitud de su enfermedad mortal tiene que haber precedido con mucho la muerte de su padre y el segundo matrimonio de su madre. La pista más importante es la relación del príncipe con Yorick, que mil veces llevó al muchacho a su espalda e intercambió muchos besos con un niño ávido de afecto. La imagen característica de la obra es el maduro príncipe sujetando con la mano el cráneo de Yorick y formulando preguntas crueles y de imposible respuesta.

Existe una relación oculta entre el prolongado malestar de Hamlet y el singular y deslumbrante enigma de la obra, el vacío que se da en la mimesis desde el acto II, escena dos, hasta el acto III, escena dos. Contemplamos y escuchamos no una imitación de una acción, sino más bien representaciones de representaciones anteriores. El pacto entre el escenario y el público queda abolido en favor de un baile de sombras, donde solo Hamlet el manipulador es real. Al destruir su propio género, la obra nos entrega a un Hamlet que carece de padre. Shakespearelo persigue, pero Hamlet siempre se escapa, un duende locuaz tocado con la guirnalda de Apolo.

¿Cómo puede centrarse una obra teatral en el significado de una autoconciencia apocalíptica y en la trascendencia de una actuación dramática que prácticamente purga la conciencia del yo en el acto V? Eso solo nos lleva a otras cuestiones en este laberinto de elipsis: ¿Por qué Hamlet regresa a Elsinore después de su abortado viaje a Inglaterra? No tiene ningún plan y se niega a concebir ninguno. ¿Por qué se mete en la evidente ratonera del duelo con Laertes? Si en verdad no sabemos absolutamente nada de nada de lo que dejamos tras nosotros, entonces tanto da que partamos en un momento u otro, aunque seguramente Hamlet sepa más que el resto de nosotros acerca del significado y la naturaleza del tiempo. Lo hemos escuchado en siete soliloquios, y aún precisamos muchísimo un octavo, que Shakespeare se niega a darnos.

Otras elipsis abundan en Shakespeare.De las grandes figuras de sus obras -Falstaff, Hamlet, Yago, Cleopatra- solo Hamlet tiene padres, por dudoso que pueda ser uno de ellos. En 1980, R. W. Desai sugirió que Claudio era el padre probable de Hamlet. Pero ni nosotros ni el príncipe sabemos cuándo comenzó la relación sexual entre su tío y su madre. Hamlet, cuya irónica manera de actuar es no decir lo que quiere ni querer decir lo que dice, no expresará su perplejidad, aunque esta debe de dejarle insensible. Una cosa es cargarse a un tío asesino, y otra muy distinta matar al padre.

Hamlet reclama su nombre, no ya el de su padre putativo, tras haber arrojado el Fantasma al Mar del Norte, por así decir. Regresa como Hamlet el danés, concediendo quizá que el sátiro Claudio podría ser su padre fálico. No lo sabemos, ni tampoco él. Yorick, el padre imaginativo que amó y crió al pequeño hasta que tuvo siete años, puede considerarse la mayor elipsis en la elíptica tragedia de Hamlet. Nadie tiene por qué dejarse embaucar por el desagrado de Hamlet mientras contempla el cráneo de Yorick. Incluso al otro lado del afecto, Hamlet en el cementerio compone una elegía a Yorick como su auténtico padre y madre, el autor de su ingenio.

De Falstaff, Shakespeare dice tan solo que el ingenioso gordinflón le sirvió como paje a Juan de Gante, el padre del rey Enrique IV. De Yago, solo conjeturamos que como alférez de Otelo comenzó a venerar a su capitán como si fuera un dios de la guerra. De la Serpiente del Nilo anterior a Antonio solo se nos dice que Pompeyo y César disfrutaron de ella, pero solo César -antes de Antonio- engendró con ello un bastardo. ¿Por qué dar tanta grandeza y sin embargo decirnos tan poco?

Los bastardos de Shakespeare comienzan con el maravilloso Faulconbridge de El rey Juan , y a continuación se ensombrecen con el matón don Juan de Mucho ruido y pocas nueces . El espectacular genio de la bastardía es Edmond, aunque Bruto y Hamlet son posibilidades ambiguas. En la segunda parte de Enrique IV , Suffolk habla orgullosamente antes de que lo lleven a ejecutar: "La mano bastarda de Bruto/ apuñaló a Julio César" (IV, 1, 136-137). Plutarco menciona el escándalo (que saca de Suetonio) de que Bruto era hijo de César, y Shakespeare lo insinúa sin decirlo abiertamente en Julio César. Es evidente que Bruto y César conocen su verdadera relación, y Hamlet y Claudio no pueden eludirla.

El Stephen de Joyce se hace eco del elíptico Shakespeare en la escena de la Biblioteca Nacional, donde se nos dice que la paternidad es siempre una ficción, algo que Joyce astutamente contrapone a su insistencia en la condición judía de Poldy Bloom. Joyce, el propio Bloom y todo Dublín están de acuerdo en esta identificación, pero cuentan muy poco contra el Talmud. El padre de Poldy es el húngaro judío Virag, pero su madre y la madre de esta eran católicas. Esto pone el Talmud patas arriba. Al judaísmo normativo simplemente le da igual quién era tu padre: solo el hijo de una madre judía es judío, y punto.

Se dice que Picasso afirmó que no le importaba quién lo hubiera influido, sino quién no quería que lo influyera. Y no obstante sigo a Paul Valéry en su creencia de que la autoinfluencia denota un logro literario singular, es una forma sublime de ser dueño de ti mismo que solo se encuentra en los más poderosos de los escritores poderosos. El candidato más vital tiene que ser la lectura errónea de Shakespeare por parte de Shakespeare. Al influirse a sí mismo, Shakespeare impone el modelo para la advertencia de Valéry de que debemos aprender a entender la influencia de una mente sobre sí misma. Según cómo se cuenten, Shakespeare escribió treinta y ocho obras de teatro, de las que veinticinco más o menos son totalmente dignas de él. Los gustos varían: como devoto falstaffiano no soporto Las alegres comadres de Windsor , y Los dos caballeros de Verona no es mucho mejor, a pesar de un perro adorable. Tito Andrónico , para mí, es una parodia marlowiana, como si el joven Shakespeare estuviera diciendo: "¡Si queréis sangre, aquí la tenéis!"

El Bastardo Faulconbridge de El rey Juan comienza a ser el verdadero Shakespeare, pero su primer gran triunfo es lo que sigo llamando la Falstaffiada: las dos partes de Enrique IV y la elegía en prosa cockney que dedica la señora Quickly a sir John en Enrique V . El éxito instantáneo de Falstaff transformó la carrera de Shakespeare: terminó el aprendizaje con Marlowe y comenzó una absoluta independencia. Falstaff reemplazó a Marlowe como precursor de Shakespeare.

Esto tampoco supone un rechazo de los demás predecesores: Ovidio, Chaucer, el Nuevo Testamento de Tyndale, Montaigne. Sin embargo, como reconoció Giambattista Vico, solo conocemos lo que nosotros mismos hemos hecho, y Shakespeare conocía a Falstaff. Olvidaos de lo que los estudiosos siguen perorando acerca del inmortal Falstaff, aunque tengan a Hal/Enrique V de su parte. Los espectadores y los lectores de Shakespearese enamoran de Falstaff porque pronuncia la bendición laica: "¡Dadme vida!". Hamlet, Yago, Lear y el Bufón, Edgar y Edmond, Macbeth: estos no son para nosotros los embajadores de la vida. Cleopatra lo es y no lo es; Bernard Shaw la denunció astutamente, y también a Falstaff, cuando expresó que lamentaba que la mente de Shakespeare fuera mucho menos amplia que la del creador de César y Cleopatra .

Falstaff engendró a Hamlet, y el Príncipe Negro posibilitó la existencia de Yago y Macbeth. Lo que los gnósticos denominan el pleroma , la plenitud, siempre acompaña a Falstaff. Hamlet se desvía irónicamente del gigante de la comedia, una desviación a la que Shakespeare responde de manera sintética con el perfeccionamiento del arte escénico en Medida por medida y Otelo . Si leemos juntas las dos obras, resultan una sinécdoque global del arte de Shakespeare como dramaturgo, se interprete como se interprete al duque Vincentio, ya sea como un benevolente entrometido o como un fastidiaobras tipo Yago.

En el esquema revisionista que propongo, El rey Lear y Macbeth juntas son una kenosis radical, la destrucción del pleroma fasltaffiano. Una sublime compensación puede leerse en la respuesta daimónica de Shakespeare, Antonio y Cleopatra, el horizonte más lejano de su carrera, del cual se retira ascéticamente en Coriolano . El cuento de invierno y La tempestad aparecen como un resplandor final, un candor siempre juvenil, lejano y sin embargo familiar cuando llega. Leontes, Hermione, Perdita y Autólico son una versión del final; Próspero, Ariel y Calibán son otra muy distinta. Falstaff le podría haber dicho muchas cosas a Autólico, pero poco o nada a Ariel. La tempestad es una orilla más salvaje que Cuento de invierno , y la obra más sorprendente de su poeta, que no será superada, su última y mejor comedia, y una extraordinaria despedida para el más revisionista de todos los escritores que han existido.

5.11.11

Crack

El escritor mexicano Ignacio Padilla habla de su novela El daño no es de ayer, de los efectos del Manifiesto Crack y de la literatura en español
Ignacio Padilla, premio La Otra Orilla de Editorial Norma. foto:David Campuzano.fuente:elespectador.com

Para este escritor el mundo del lenguaje podría confrontarse con los taxistas. Son ellos, según cree el mexicano Ignacio Padilla, los que delatan qué tan buen uso se hace de la lengua en un país. Por eso, ahora que tiene una apretada agenda de viajes, tras haber recibido el premio de novela La Otra Orilla de la editorial Norma, no hace sino escabullirse por las ciudades, de taxi en taxi, para llevarse una impresión más precisa de los lugares y de las formas como la gente común narra su día a día.

"Frente a eso hay que admitir, y aunque sea muy latinoamericano no reconocer ningún cumplido, que los colombianos tienen una forma de hablar excepcional". Padilla lo dice no por replicar esa fama que parece haber cocinado el español colombiano en el mundo; lo admite más bien porque por estos días, en los que ha estado en Bogotá y en Cali, donde recibió ayer su premio, ha mantenido acaloradas charlas con los conductores y no ha tenido más que sucumbir a esa solemnidad que parece habitar en el "¡Buenas tardes! ¿Cómo está caballero?".

No es extraño que un escritor reconocido con premios como el Debate-Casa de América y el Juan Rulfo ande impresionado con el uso coloquial del español. Al final, es la forma lo que para él como narrador significa todo. Sus cuentos —él mismo lo admite—, hacen siempre alarde de una prosa elaborada, obsesiva y neurótica. Quizás sea esa manera particular de decir las cosas y ese humor irónico que parece habitar en muchos de sus relatos, los que hayan hecho que El daño no es de ayer sea un tratado de teología extraterrestre o, más bien, un western metafísico.

Padilla es el último escritor en recibir este premio que desaparece con el desmantelamiento de las ediciones literarias de Norma, pero ser el último le ha traído ciertas ventajas: un mayor cuidado en la edición, una promoción muy enfática y una negociación de los derechos que a todas luces lo favorecen a él.

Usted fue uno de los autores del Manifiesto Crack...

A más de una década de distancia puedo decir que, en la literatura mexicana en particular, el Crack tuvo menos influencia de la que ha tenido en la literatura en español. En 1996 no sólo se presentó el manifiesto, que era contradictorio, lúdico y riguroso a su manera. También coincidió con la publicación de la antología McOndo de Alberto Fuguet y Sergio Gómez. Ambos son muestras generacionales que contribuyeron de manera significativa, mas no exclusiva, a lo que es evidentemente una renovación radical de la literatura en nuestro idioma.

En sus libros es recurrente la indagación por el mal.

Yo creo que uno no busca los temas. Soy, como la mayoría de escritores, un autor de contadas obsesiones, y una de ellas es sin duda el mal. El mal es un tema que filosófica e, incluso, teológicamente no tiene respuesta, y aquellos temas que no tienen respuesta son óptimos para ser tratados en la literatura, que formula aparentes respuestas y en la apariencia de su respuesta es donde está su belleza.

¿Cómo se indaga el mal?

No soy un autor que esté muy consciente de las indagaciones que realiza al contar una historia. Sé que hay escritores, que yo llamo de mapa, que saben desde el principio, antes de escribir la primera línea, sobre qué van a reflexionar y qué historia van a contar. Yo soy más bien un autor de brújula: yo dejo que los personajes me cuenten sus obsesiones y así surgen reflexiones sobre temas más abstractos.

¿Cómo crea, en El daño no es de ayer, un universo tan extraño y que aún así resulta creíble?

El público conoce el rechazo que sentimos los escritores de mi generación hacia lo que se ha dado en llamar el realismo mágico. Es un oxímoron innecesario, una etiqueta que generó un magiquismo trágico y un afán de presentarle al mundo nuestras iguanas como si fueran dinosaurios. Eso impidió que volviéramos a las grandes lecciones que nos legaron Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Borges. Creo en la literatura fantástica, creo que el remedio para contar las cosas extraordinarias con verosimilitud está en el mismo lugar en donde la encontró Gabriel García Márquez, que fue en La metamorfosis de Kafka.

El daño no es de ayer

"El daño no es de ayer nació, como casi todos mis ensayos y mis obras de teatro, a partir de una obsesión cuentística. Soy un autor de cuentos que escribe novela para descansar entre un cuento y otro, y que escribe novelas que eran cuentos que no cupieron, que me pidieron más espacio, más imperfección y que me pidieron ser traducidos a un terreno que no fuera el cuentístico. Esta novela surge de un cuento que no me gustaba como cuento y que no se gustaba como cuento, de ahí que si bien sigue estructurada en forma de historias fragmentarias se haya generado una trama subterránea. La primera historia del libro es sobre un cura ciego que le cuenta a este narrador ambiguo la historia de los hermanos Ramson y su perro negro gigante, que fueron devorados por un automóvil en el desierto, lo cual es estrambótico, pero no menos estrambótico que las otras tres historias que aparecen en la novela".

Atrevimiento sin errores

El 27 de octubre, en el auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional, se presentó la Asociación Colombiana de Correctores de Estilo, iniciativa impulsada por 16 correctores colombianos
La consabida pluma para escribir bien. foto.fuente:elespectador.com

Narra Jorge Luis Alvis la historia de un monarca español del siglo XVI, quien, desconcertado y furioso por haber encontrado errores en sus libros, hizo llamar a sus editores para conocer la causa y exigir una rectificación. La respuesta que los editores dieron al monarca fue modesta pero tajante: "Hay pocos correctores y muy mal pagados". Quinientos años después, esa situación ha cambiado: hay más correctores.

Un corrector de estilo es un profesional encargado de sugerir modificaciones a un texto para hacerlo mejor. Esa, sin embargo, es una definición entre miles, y esas miles una buena forma de introducir otro de los problemas que aquejan a los correctores: no hay formación académica exclusiva para ellos y eso ha significado una absurda ausencia de titulación, de estándares de calidad, de normas.

Y es absurdo que un corrector de estilo no exista académicamente, pues ha mediado entre la escritura y la edición desde hace varios siglos. Un autor, sin importar lo novel o lo Nobel que sea, precisa de ese individuo ensimismado que leerá en detalle su libro y le recordará que 'solo', desde hace unos meses, no lleva tilde en ningún caso, y le sugerirá que aquella pausa sea, de preferencia, un punto y coma, y le preguntará por qué la pelirroja de la página 5 es rubia en la página 270. Gracias a esa lectura especializada se asegura que un libro, una revista o un diario estén bien escritos. ¿Por qué, entonces, es un oficio tan mal pagado? Por frases como esta: "Yo ya lo leí: está perfecto, solo falta corregir un par de comas". O esta otra, que en los correctores ya no evoca un indignado ceño fruncido, sino una resignada sonrisa: "¿Y cuánto me descuenta si son 500 páginas?".

Esos problemas, que no son pocos y no son todos, circulaban en la mente de Jorge Luis Alvis, el narrador de la historia del monarca, cuando con cinco amigos acometió el que él llama y nosotros llamaremos primer atrevimiento: un conversatorio sobre... ¿corrección de estilo? Era abril, era 2009 y era la oportunidad de reunirse con —eso esperaban— unos 10 más como ellos. ¿O cinco? Al menos uno. Sí, al menos uno más que sintiera esa misma pasión por el idioma. Para su sorpresa, al auditorio fueron más de 10 de estos raros sujetos. ¡Éxito!

Lo que, ese mismo año, los llevaría al segundo atrevimiento: abrir dos cursos de extensión en la Universidad Nacional, uno en corrección de estilo y otro en edición. Pero, ¿qué dictarían? ¡No tenían ni una vaga idea! Y sin embargo se movió... y se mueve. Los cursos, al día de hoy, están vigentes.

Esos cursos, que obraron en contra de todo pronóstico, fueron el nido en el que, con la meticulosidad que los caracteriza, 16 correctores de estilo decidieron, hace un año, tomarse su tercer atrevimiento: la Asociación Colombiana de Correctores de Estilo, Correcta, presentada al público en un evento que se realizó el jueves 27 de octubre, el Día Internacional del Corrector de Estilo. Jorge Luis Alvis, presidente y socio fundador, sabía que no podía arriesgar conjeturas de asistencia: dos veces se había equivocado. En el auditorio León de Greiff, en la Universidad Nacional, hubo quienes no alcanzaron un asiento. Correcta, en su lanzamiento, reunió más correctores de estilo colombianos que cualquier evento previo. Se trata de un buen presagio, por el que sabemos que pronto, muy pronto, tendremos noticias de un cuarto atrevimiento.

3.11.11

Salvo Negro & Grazia Montalbano

Andrea Camilleri y Carlo Lucarelli intercambiaron sus relatos por carta
Portada Por la boca muere el pez. Papel de liar.

Carlo Lucarelli a Lucca Comics & Games 2008

Andrea Camilleri, en una imagen de archivo.fotos.fuente:elmundo.es

Una partida de ajedrez que concluye en tablas. Duelo de ingenios sin ganador final. Un divertimento brillante escrito a dos manos. Andrea Camilleri y Carlo Lucarelli, dos de los grandes de la novela negra italiana, se citaron en 2005 en un estudio de televisión para participar en un documental y de aquella cita nació 'Por la boca muere el pez', un relato protagonizado por Salvo Montalbano y Grazia Negro, que vio la luz en 2010 y acaba de llegar a las librerías españolas de la mano de Ediciones Papel de liar.

Pero ¿cómo conseguir que estos dos grandes detectives trabajaran juntos en un mismo caso sin tener que sentarse sus padres putativos ante la misma máquina de escribir?

Camilleri se sacó un libro de la manga. 'Murder Off Miami' ('A Murder Mistery') de Dennis Wheatly, una obra de 1936 que narra la resolución de un caso mediante cartas, fotos diversas, informes forenses, documentos policiales... No tendría nada de extraño el método literario elegido sino fuera porque aquí los escribanos serían dos y ninguno sabría de antemano lo que iba a escribir el otro hasta que lo recibiera por correo. Y así capítulo a capítulo, sin saber uno lo que va a escribir en el siguiente que le toque hasta que no le llegue lo que ha escrito su rival y ponerse otra vez delante del folio en blanco para continuar el juego.

Talento y sentido del humor a raudales

Duelo de dagas florentinas. Lucarelli/Negro atacó primero; Camilleri/Montalbano replicó como un caballero. Y así hasta el final. Talento y sentido del humor a raudales. Y este es el caso que los une: encuentran un hombre muerto en Bolonia con un solo zapato, que además no es de su número, y una bolsa de plástico embutida en su cabeza mientras tres peces rojos, de nombre Betta Splendens, yacen a su vera; el caso recae en la inspectora Negro que pide ayuda a su colega Montalbano cuando le dicen que el muerto es siciliano y se da cuenta de que le están empezando a tocar los ovarios por la investigación; las primeras averiguaciones llevan a Salvo a ver la mano de los servicios secretos italianos detrás de todo, lo que justifica que a Grazia le hayan prohibido continuar con el caso y que él le eche todas las manos posibles sin que lo sepan ni sus jefes ni sus subordinados.

A partir de entonces, intercambio de correspondencia, también de canolis de requesón rellenos de misteriosas notas, tortelinis hechos a mano siguiendo la más añeja tradición boloñesa y casatinas que no desmerecen nada de los canolis. Toca sumar: más asesinados y algún que otro suicidado se vienen a unir al ya mencionado; algunos ataques de celos, cabreos monumentales de las respectivas jefaturas, muchos interrogantes, algunas respuestas, una exterminadora de lunar inquietante y sobrenombre esclarecedor y hasta un intento de eliminación de la inspectora boloñesa.

Y, por supuesto, peces, muchos más peces hasta el desenlace final, en terreno neutral 'of course', donde por fin se reúnen Grazia y Salvo para llegar y darse cuenta de que no solo los peces mueren por la boca. Todo esto sin olvidarnos de los universos de Montalbano y Negro donde Livia, Ingrid, Fazio, Mimí y Catarella, por una parte; y Simone, Balbo y la hermana, cuñado y sobrina de esta, por la otra, realizan fugaces apariciones que se convierten en estelares, especialmente en el viaje sin retorno del ínclito Catarella, que al final es rescatado con el auxilio de la policía ferroviaria.

Antológico desenlace el que le espera al sorprendido lector, suma de la audacia de sus mentores, del sableado fino de sus descendientes literarios y del gusto por el humor vitriólico y ácido de Montalbano para hacer, al final, lo que él cree que hay que hacerse pero sin que parezca que se ha hecho.

La trama viajó a lomos de correos porque en estas páginas la vida y la historia se tutean. Carta a carta creció la novelita. Así durante los cinco años que fue lo que tardaron Camilleri y Lucarelli en acabar el juego sin haber podido acabar con el contrario. Cinco años intentado poner de rodillas al remitente sin conseguirlo. Puso el primer sello Lucarelli y acusó recibo Camilleri... y así fue creciendo, retándose mutuamente, entre el desconocimiento del contrario y la inteligencia de los dos, esta historia con final acorde a la estocada mortal de tamaños espadachines.