21.11.12

Las razones de Philip Roth: "La lucha con la escritura ha terminado"

Después de 29 novelas y todos los premios de literatura imaginables, salvo el Nobel, Roth ha asegurado que no escribirá más. Sus motivos: ya se le agotó el entusiasmo para una tarea que consiste fundamentalmente, según él, en la frustración

Roth  decidió abandonar la escritura en 2010, pero recién lo confiesa públicamente. /Fred R. Conrad/The New York Times./ Revista Ñ.
El 7 de octubre la revista francesa Les Inrocks publicó una entrevista con el novelista Philip Roth en la cual dijo que se retiraba del oficio. No escribiría más. Toda una declaración para el narrador estadounidense más prolífico y condecorado de su generación. Roth nació  en 1933 y ha escrito 29 novelas en total; la primera, Goodbye, Colombus (1959) y la última Nemesis (2010). Curiosamente, los medios estadounidenses se demoraron casi un mes para mencionar la noticia. Y recién ayer, el domingo 18 de Noviembre, el New York Times, publicó una entrevista con Roth acerca de su decisión (Nota: esta entrevista está unida al final de ésta).
Ese artículo cuenta que Roth ahora tiene pegado un cartelito a la pantalla de su computadora que dice: “La lucha con la escritura ha terminado” (“The struggle with writing is over”) y enfatiza que ese recordatorio diario le da “enorme fortaleza.”
En esa entrevista también aclara que había tomado la decisión de dejar de escribir en el 2010, unos meses después de escribir Nemesis, una breve novela sobre una epidemia de polio en Newark, Nueva Jersey en 1944. “No dije nada sobre el tema, porque quería estar seguro de que era cierto. Pensé: ‘espera un momento. No anuncies tu retiro para después arrepentirte.’ No soy Frank Sinatra. Entonces no le dije nada a nadie, simplemente para ver si era así.”
En la nota de octubre con Les Inrocks había dicho: “Decidí que estaba terminado con la ficción. Ya no la quiero leer, no la quiero escribir y ni siquiera quiero hablar de ella. He dedicado mi vida a la novela: la he estudiado, la he enseñado, la he escrito y la he leído. Basta. Es suficiente. Ya no siento la dedicación a la escritura que he sentido en toda mi vida. La idea de luchar con la escritura una vez más me resulta intolerable.”
Roth tiene 79 años y se encuentra en muy buena salud.
Una cosa que hizo para ayudarse tomar la decisión fue leer una serie de sus novelas favoritas, entre ellas las de Conrad, Dostoievski, Turgenev, Faulkner y Hemingway. Después leyó toda su propia obra novelística en orden cronológico inverso. Salvo que al final se aburrió, por lo tanto omitió los primeros cuatro libros: Goodbye, Colombus (1959), Letting Go (1962), When She Was Good (1967), y Portnoy’s Complaint (1969).
En la entrevista con Les Inrocks dijo que tras este experimento de lectura concluyó que había hecho lo mejor que pudo con lo que tenía a su disposición. Y en la nota con The New York Times agregó que ya sabía que no tendría más una  buena idea para escribir una novela.
En ambas entrevistas el tono de Roth es amargo acerca de la tarea de escribir. Enfatiza que es algo ingrato y sufrido: “Escribir es frustración – es una frustración diaria, sin mencionar que es una humillación”, dijo. Y agregó: “No me puedo enfrentar más con los días en los cuales escribo cinco páginas y las tengo que tirar. Ya no lo puedo hacer más.”
¿Qué hace, entonces, Roth, con su tiempo libre?
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Además trabaja con su biógrafo oficial, Blake Bailey. Bailey, cuya última biografía fue la de John Cheever, hará la biografía oficial de Roth. “Blake me ha sacado el peso de mi espalda,” dijo Roth. “Ya no soy responsable de mi vida y de minarla para mi ficción. Sabes, yo necesitaba mi vida como un trampolín para mi ficción. Necesito tener algo debajo de mis pies cuando escribo… Reboto sobre el trampolín y bajo a las aguas de la ficción. Pero tengo que comenzar desde la vida para que pueda llenar la ficción de vida.”
Curiosamente, en estos mismos días hubo otros abandonos anunciados. El escritor húngaro Imre Kertész , Premio Nobel de Literatura, y superviviente de los campos de exterminio de Auschwitz y Buchenwald, dijo que abandonaba la escritura. Tiene 83 años.
Por otro lado el cineasta estadounidense Quentin Tarantino, de 49 años, dice que tras filmar su décima película (va por la séptima) abandonará su oficio: "Uno se detiene cuando se detiene, pero en un mundo imaginario e ideal, 10 películas para una filmografía como la mía estaría bien. Si me ocurriera algo, un cambio fuerte en el corazón a partir de la aparición de una nueva idea, podría pensar en el regreso. Pero creo que diez es un número suficiente para una declaración artística. Yo ya hice siete."
Y Philip Roth, por su lado, sigue militando silenciosamente contra la profesión de letras. El periódico inglés The Guardian reportó el 16 de noviembre que un joven escritor llamado Julian Tepper se acercó a Roth en un deli de Nueva York para pedirle sus sugerencias sobre cómo seguir su en carrera. Roth le contestó, categóricamente, “Es un campo terrible. Simplemente tortura. Escribes y escribes y tiras la mayoría de lo que haces porque no sirve para nada. Yo te diría para ya de hacerlo. No te quieres hacer esto a ti mismo. Ese es mi consejo para ti.”

Philip Roth: "Releí casi todos mis libros y supe que ya no iba a volver a tener una buena idea"

En la computadora del departamento de Philip Roth en el Upper West Side hay en este momento una nota adhesiva que dice “Se acabó la lucha con la escritura”. De esa manera Roth, que cumplirá 80 años en marzo y que ha gozado de una de las carreras más largas y celebradas de las letras estadounidenses, se recuerda a sí mismo que dejó de escribir ficción: 31 libros desde que comenzó, en 1959. “¡Cada mañana miro esa nota y me da tanta fuerza!”, dijo el otro día. Para sus amigos, la idea de que Roth no escriba es como que Roth no respire. A veces daba la sensación de que lo único que hacía era escribir. Trabajaba solo durante semanas seguidas en su casa de Connecticut, regresando cada mañana a un estudio cercano donde escribía parado y al que solía volver a la noche. A una edad en la cual la mayoría de los novelistas bajan el ritmo, él recobró sus fuerzas y escribió algunos de sus mejores libros: El teatro de Sabbath , Pastoral Americana , La mancha humana y La conjura contra América . Ya tenía 70 años largos y los libros, aunque se volvieron más cortos, se sucedían sin interrupción, a razón de prácticamente uno por año. Sin embargo, en el transcurso de esta entrevista –que duró tres horas y es la última, según dijo– Roth se mostró animado, relajado y en paz consigo mismo y con su decisión, que fue anunciada el mes pasado en la revista francesa Les InRocks. Bromeó y recordó, habló de otros escritores y de la escritura y analizó su carrera con aparente satisfacción y pocos arrepentimientos. La primavera pasada designó a Blake Bailey como biógrafo y desde entonces trabaja con él. En realidad, tomó la decisión de dejar de escribir en 2010, dijo Roth, pocos meses después de terminar su novela Némesis , sobre una epidemia de polio en su ciudad natal, Newark, en 1944.

No dije nada porque quería estar seguro de que era cierto. Pensaba “Bueno, cuidado, no se anuncia el retiro para después volver”. No soy Frank Sinatra. Por eso no se lo dije nada a nadie hasta saber que era un hecho.
En la mesa de su living hay una pila de fotos que acaba de mandarle un primo: en una está su madre, al pie de una escalera en traje de novia, con el velo cayendo sobre una escalinata; en otra, un Roth muy jovencito con sus padres y su hermano mayor, Sandy, frente a su casa de Newark; otra: Roth, un adolescente apuesto, sentado en un sofá con su primera novia en serio; el soldado P. Roth vestido de uniforme y con casco. A su lado hay un I-Phone, que se acaba de comprar.
–¿Por qué lo compré?. Porque soy libre. Cada mañana estudio un capítulo de I-Phone for Dummies (I-Phone para tontos) y ahora ya sé manejarlo. Hace dos meses que no leo una sola palabra. Saco esa cosa y me pongo a jugar. Enseguida se corrige: –No leo nada durante el día. De noche leo. Acabo de terminar un libro de Louise Erdrich, The Round House (La casa redonda). Pero lo que más leo es Historia y biografías del Siglo XX. Yo viví esa época. O era un niño o estaba en la escuela o en el trabajo. Es hora de ponerme al día.
Hasta donde sabe, dice Roth, el único escritor que se retiró cuando todavía tenía alguna posibilidad, por así decirlo, fue E.M. Forster (1878-1970), que dejó de escribir a los 40 años. Son experiencias distintas. Forster dejó de escribir, en gran medida, porque pensó que no podía publicar libros sobre el tema que más le interesaba: el amor homosexual. Roth dejó porque siente que ya dijo lo que tenía para decir.
–Estuve sentado uno o dos meses tratando de pensar en otra cosa y me dije: “Tal vez se acabó, tal vez se acabó”. Me tomé una buena dosis de jugo de ficción releyendo a autores que no había leído en 50 años y que habían significado mucho para mí en su momento. Leí a Dostoievsky, leí a Joseph Conrad –dos o tres libros de cada uno–, leí a Ivan Turgueniev, que es el autor de dos de los mejores cuentos que se han escrito, Primer amor y Aguas de primavera .
También releyó a Faulkner y a Hemingway.
–Y después decidí releer mis propios libros, y empecé de atrás para adelante, analizándolos fríamente. Y pensé: ‘Hiciste las cosas bien’. Pero cuando llegué a Portnoy – El lamento de Portnoy , publicado en 1969– había perdido el interés, y no leí los primeros cuatro libros. De modo que había leído todo ese material excelente y después había leído el mío y supe que no tendría otra buena idea, o que si la tenía, iba a tener que trabajar como un burro.
Roth goza de excelente salud ahora, tras una operación de espalda en abril, y hace ejercicio regularmente. Pero dice: –Sé que no voy a escribir tan bien como antes. Ya no tengo energía suficiente para soportar la frustración. La escritura es frustración, es una frustración cotidiana, ni hablar de humillación. Es como el béisbol: se falla un 75% de las veces. Ya no puedo afrontar más esos días en que escribo cinco páginas y las tiro. Es algo que ya no puedo hacer.
Cuando el sol comienza a ponerse, con su intenso resplandor otoñal, el escritor Philip Roth abre la cortina de uno de los ventanales del living. Si bien esta casa es su base en Nueva York, sigue pasando mucho tiempo en Connecticut, donde escribir menos le ha permitido recibir más gente.
“Este verano, mi casa estuvo llena de gente”, dice. “Tuve invitados prácticamente todos los fines de semana y a veces algunos que se quedaron la semana entera. Ahora tengo alguien que me cocina. Antes, no podía tener gente en la casa todo el tiempo. Cuando venían el fin de semana, yo no podía irme a escribir”.
Sin embargo, hay que decir queRoth no ha dejado de escribir del todo. Está colaborando en una novela breve, por correo electrónico, con la hija de una ex novia, que tiene ocho años. Y ha estado escribiendo largas notas y memos para su biógrafo. “Ahora trabajo para Blake Bailey, pero no es un trabajo bien pago. Y desliza que nunca antes le había sido tan fiel a nadie. Tiene sus motivos.
–Blake me sacó un peso de encima. No soy responsable de mi vida ni de analizarla. Antes necesitaba mi vida como trampolín para mi ficción. Necesito tener algo sólido bajo los pies cuando escribo. No soy fantasioso. Subo y bajo en el trampolín y salto al agua de la ficción. Pero tengo que partir de la vida para poder inyectarle vida.
Las notas que Roth viene preparando llenan cajones, dijo Bailey. “Son elocuentes y completas”, agregó “pero son tantas que no llegaré a leerlas en años”. Hay una cosa que Roth quería poner en claro: siempre se le atribuyó erróneamente haber dicho que la novela está muriendo.
–No creo que la novela esté muriendo. Dije que el público lector está muriendo. Eso es un hecho, y hace 15 años que vengo diciéndolo. Dije que la pantalla mataría al lector, y ya lo hizo. La pantalla de cine es el comienzo, la pantalla de TV y ahora el tiro de gracia, la pantalla de la computadora.
Pero cree que aunque el público lector disminuya, seguirán escribiéndose grandes novelas. Y da ejemplos. “Ed Doctorow”, dice, empezando a enumerar a algunos escritores que admira. “Don DeLillo. Y ahora ese tipo Denis Johnson, que es dinamita. O Jonathan Franzen, que es dinamita. Y Erdrich, una voz poderosa. Y hay otros 20 escritores jóvenes que son muy, muy buenos. Es importante lo que pasa”. Entonces, se formula otra pregunta: –¿Para qué necesitamos más lectores? Las cifras no significan nada. Los libros significan algo.
A la hora de decir esto ya estaba oscureciendo. Philip Roth, se levanta, cruza la habitación descalzo, sólo con medias y enciende algunas luces.
Traducción: Cristina Sardoy

15.11.12

Boyne: "Que el niño de mi libro flote es una metáfora de la homosexualidad"

El escritor irlandés vuelve con El increíble caso de Barnaby Brocket, cuyo protagonista nace sin obedecer a las  leyes de la gravedad 

John Boyne asegura que "escribir una novela hoy para el público joven es todo un desafío"./lavanguardia.com
Escribir una novela que se convirtió en un acontecimiento editorial hizo más sencilla la vida de John Boyne (Dublín, 1971) como escritor. El niño del pijama de rayas / El noi del pitjama de ratlles (Salamandra / Empúries), con más de cinco millones de ejemplares vendidos, no ha logrado convertirse en una carga para el autor irlandés, y ni siquiera lo ha llevado a alterar su cadencia: escribe un libro para adultos y uno para jóvenes. Ahora propone con El increíble caso de Barnaby Brocket (Nube de tinta), una parábola sobre lo extravagante, el rechazo, la orfandad y la valía. Barnaby Brocket es un niño que flota en el aire, algo que horroriza a sus padres, practicantes de la ortodoxia de la normalidad.
¿Es posible hacer literatura juvenil y por ello con enseñanza moral, sin pasar por Dickens?
Seguramente sea posible hacerlo, pero yo soy un fanático de Dickens y me encanta pasar por él. Me gusta mucho ir a colegios y siempre recalco ante los chicos la necesidad volver a los clásicos, sobre todo el asunto de la orfandad. Que lean Oliver Twist, David Copperfield y otros clásicos y que no se sientan intimidados por su tamaño, que superen este rechazo inicial. Yo no soy muy partidario de releer libros, pero David Copperfield me lo he leído cuatro veces. Y no se trata sólo del asunto del abandono, se trata sobre todo de que estos niños descubren un elemento heroico que tienen que poner en práctica rápidamente para sobrevivir. Eso les permite crecer, más rápido quizá de lo que deberían haberlo hecho, y convertirse en otras personas.
Tiene también relación con la estructura de El Principito, qué otras referencias juveniles manejaba.
Curiosamente es usted la segunda persona que me menciona hoy el libro de Saint Exupery, pero no lo he leído. Quizá debería.
Sí debería.
Otra referencia clara era La vuelta al mundo en 80 días, me encantaba la idea de soltar a un niño y que diera la vuelta entera al planeta antes de regresar a su casa. Muchos de mis lectores suelen percibir en mis libros la influencia de Roald Dahl, y me encanta que lo digan porque a mi me gusta mucho. Pero una vez que te pones a escribir se te olvidan esas influencias y te centras en la narración, en adónde te va a llevar esa historia. Porque a menudo no lo sabes. Yo no soy de esos escritores que antes de ponerse a escribir ya sabe por donde va a ir. Suelo tener un plan general. Pero al mismo tiempo, es cierto que soy un lector obsesivo, de modo que no es tan difícil imaginar que todas esas referencias se cuelen de forma inconsciente.
Usa ese esquema clásico, e incrusta en él una lección moral contemporánea: sobre la defensa de lo extravagante, lo raro, lo que se sale de la norma. ¿Tan versátiles son los mecanismos narrativos del siglo XIX?
Soy un escritor contemporáneo y por tanto todos mis temas lo son. Incluso en las novelas de corte histórico siempre intento reflejar el presente. Pero la estructura de la novela clásica ha perdurado tantos siglos porque funciona muy bien.
Eso invita a una conclusión optimista sobre la perdurabilidad de la novela.
Sí, sí, por supuesto. Sigo siendo muy optimista en lo que se refiere al futuro de la novela. Hace sesenta o setenta años ya se auguraba el final de la novela por el surgimiento del cine, por no hablar del libro de bolsillo o la televisión. La novela nunca acaba, es eterna porque como seres humanos nos encanta que nos cuenten historias. Y la mejor forma de contar una buena historia es una novela. Vayas a donde vayas, en tren, en autobús, en el aeropuerto… siempre hay gente leyendo y siempre la habrá. Lo malo con los libros electrónicos es que ya no sabes lo que va leyendo la gente. Y entonces les resulta muy fácil leer 50 sombras de Grey.
Bueno, aquí los lectores de suburbano a menudo forran con papel de periódico o de regalo los libros para que no se sepa qué leían.
¿En serio? Ja, ja, ja.
Hay una convivencia chocante en la novela entre esos elementos argumentales muy contemporáneos, como la pareja de lesbianas mayores, y a la vez, otros de corte decimonónico o casi dieciochesco, como el de los padres que están dispuestos a abandonar un hijo a su suerte. ¿Temió ir demasiado lejos con alguno de los dos?
A mí me interesa y me divierte mucho leer las listas de libros juveniles que, sobre todo en Estados Unidos, han sido prohibidos o censurados, lo cual quiere decir que los escritores están haciendo algo bien. Es deber de la literatura ser subversiva, mucho más si va dirigida a un público juvenil. Los chicos ya no leen Los cinco o Los siete secretos Enid Blyton. Escribir una novela hoy para el público joven es todo un desafío, creo que mucho más que antaño. La novela juvenil ha evolucionado muchísimo desde la época en la que yo la leía hasta ahora.
En todo caso, resulta mucho más inquietante la familia que decide abandonar al pequeño que la aparición de esa pareja gay.
No sé muy bien qué ocurre en España, pero sólo tienes que ir al juzgado de familia en Dublín para descubrir que hay muchos padres dispuestos a abandonar a sus hijos, y hacerles cosas aún peores. Se habla mucho de la familia como una entidad inamovible y esencial para la sociedad, una entidad que lo abarca todo. De hecho, el sábado se celebró en Irlanda un referéndum sobre los derechos de los niños, el derecho de los homosexuales a adoptar y demás. Sin embargo, la integridad de la familia se desmorona. Nada más que tienes que leer los periódicos: los casos de abandono, de abuso o de maltrato son tan numerosos como lo han sido siempre. Esto ha ocurrido siempre y seguirá ocurriendo, por mucho que se empeñen algunos en hablar de la santidad de la familia.
Tanto por la ampliación de la esperanza de vida como por el hecho de que los padres trabajan, hoy los abuelos están más implicados en la crianza de los nietos. ¿Esas jubiladas gay encarnan esa relación de la tercera edad con la infancia?
Con las dos señoras del globo no estaba pensando en ese vínculo entre abuelos y nietos, pero sí quería introducir una pareja homosexual en la novela. El libro partía de ese empeño por hablar sobre una persona que es diferente y, en cierto sentido, el que Barnaby flote puede considerarse una metáfora de la homosexualidad. Cuando quieres hablar en estos términos y con estas metáforas necesitas introducir algo así: una pareja que se quiere, que se comunica muy bien y que resulta que son gays.
El episodio del circo de los monstruos es pues una metáfora sobre la censura moral hacia la diferencia.
Sí, ciertamente. Quizás ahí encontramos las diferencias más exageradas, porque el resto de personajes pueden tener diferencias que cualquiera de nosotros puede tener, como tener la cara quemada y cosas parecidas. En cambio estos monstruos, como les llaman, tienen las diferencias más extravagantes, tan absurdas como la del propio Barnaby, un niño que flota. Hablamos de niños protagonistas que no han sido contaminados por la crueldad de sus padres. Y estos monstruos son personas extraordinarias, son amables, se cuidan unos a otros, son leales, buenos amigos…, lo contrario de los padres de Barnaby que son terribles. Leyendo lo que escribo podría pensar que mi infancia fue horrible…
¿…?
No es el caso, tuve una infancia muy feliz. Me dan pena mis padres. Dirán, "¡qué va a pensar la gente con esos padres que saca en los libros!".
La secuencia más estremecedora de Steven Spielberg no está en ninguna de sus películas sobre guerra o esclavitud, es aquella en que Frances O’Connor abandona a Haley Joel Osment en Inteligencia artificial. La escena más cruel de su libro es en la que la madre de Barnaby rasga la mochila de arena de su hijo para que este se vaya volando. Se puede oír es siseo de ese reloj de arena del abandono.
Sí, lo es, sin duda. No se me ocurre un crimen mayor que abandonar a tu hijo, así que sí, es con mucho la escena más violenta del libro. Sobre todo por el motivo, lo abandonan porque les avergüenza tener un hijo que no es normal.
Estamos hablando de asuntos morales tremendos y me preguntaba si como escritor adopta una postura diferente cuando escribe un libro para jóvenes o adultos.
Un truco para conseguir una diferencia de tono que yo siempre utilizo es que en mis novelas para adultos el narrador escribe en primera persona, mientras que en los libros para jóvenes, escribo en tercera persona, lo cual me permite mantener mayor distancia entre el narrador y el niño protagonista y también que el narrador, y con él el lector, sepan más que el niño protagonista. Por ejemplo, en el caso de las señoras del globo, un lector de una cierta edad se da cuenta de qué relación mantienen entre ellas; Barnaby, no necesariamente. Sin embargo puedes continuar leyendo la historia sin perderte nada por eso. Recuerdo que cuando era niño las novelas que más me interesaban eran aquellas en las que, al acabar, tenía la sensación de que me había perdido algo, que no había extraído todo su significado. Eso me impulsaba a querer saber más, hacerme adulto más rápido, ese ansia de saber, esa curiosidad, es un motor para crecer.
¿Por qué decidió que esa ciudad que los padres consideran "el mejor sitio del mundo" para vivir fuera Sidney?
Conocí Australia durante la promoción internacional de El niño con pijama de rayas, en 2006, y me enamoré inmediatamente como no me había ocurrido con ningún otro lugar. Caí rendido. Desde entonces he vuelto todos los años. Y la idea de escribir una novela cuya acción se desarrollara en Australia viene de ahí. Elegí Sydney como punto de partida de este viaje de Barnaby Brocket, entre otras cosas y quizá la más importante, porque eso me permitiría vivir allí durante varios meses. De hecho, la casa que se describe en la novela, desde la que se ve el puente y la ópera, es la que ocupé esos meses.
¿Qué ventajas y qué inconvenientes tiene para usted como escritor colocar en el centro de la acción a un niño?
Un niño no ha desarrollado todas las puñetas que desarrolla un adulto. No tiene una historia de corazones rotos, decepciones, muertes…, un niño es un personaje feliz, optimista y positivo. Es muy fácil lanzar un personaje así para ponerlo en el centro de la historia. Como desventaja, no se me ocurre ninguna, porque aunque el personaje central sea un niño, si nos adentramos en temas demasiado fuertes para lectores jóvenes siempre tengo la opción de escribir la misma historia para adultos. No veo ninguna desventaja, la verdad.
¿Nunca se ha encontrado poniendo palabras suyas en boca de un niño?
Me pasó con El niño con pijama de rayas. Tuve que aprender a contar la historia a través de los ojos de un niño. A través de los distintos borradores de esa novela, seguía identificando frases o diálogos que parecían más mías que de un niño de esa edad. Al final es mi instinto el que me ha permitido conseguirlo, he aprendido a estructurar la voz narrativa para que no ocurra eso, que tengamos un niño que habla como un treintañero. Recuerdo cuando tenía 20 años que asistí a una clase de escritura creativa en el Reino Unido. Uno de los alumnos escribió una historia muy interesante que estaba narrada desde el punto de vista de un carrito de supermercado. Sin embargo, no sonaba como si fuera un carrito de supermercado. Fue entonces cuando me di cuenta de que los niños de ahora son muy diferentes del niño que yo fui, y en segundo lugar, de que yo ya no soy un niño. Ser consciente de eso es importante para crear la voz narrativa de un niño. Siempre he querido escribir sobre niños y que hablen como tales. Este libro, por ejemplo, cuyo protagonista tiene ocho años, tienen que poder leerlo personas mayores, pero también niños de ocho o nueve años sin que la voz de Barnaby parezca una voz impostada, sino una narración realista.
Pregunta obligada: ¿cómo se sobrevive a un éxito como El niño con pijama de rayas?
Pues estupendamente. Es mucho mejor tener que sobrevivir a un éxito arrollador que tener que hacerlo a un fracaso aplastante.
¿Pero hay que tener una disciplina mental en particular para encajarlo, para que no se convierta en una presión extra al seguir escribiendo?
En primer lugar, era mi quinta novela. Si hubiera sido la primera quizá habría sido más difícil de encajar, pero ya había escrito otras cuatro novelas, conocía la naturaleza del negocio, sabía que el hecho de que vendas muchos ejemplares de un libro no quiere decir que del siguiente logres vender ni siquiera la mitad. Lo que hice fue seguir escribiendo como siempre había hecho. Sí es verdad que en un momento dado me cansé de hablar del libro, me sentí un tanto hastiado de hablar una y otra vez de lo mismo. Pero nunca me sentí abrumado ni por las ventas ni por la película. También me ayudó el hecho de que desde que acabé el manuscrito hasta que se editó pasaron nueve meses y durante ese tiempo hubo mucho interés por parte de editores extranjeros lo que nos sirvió para darnos cuenta, incluso antes de ponerlo en venta, de que el libro era muy probable que tuviera mucho éxito. Estaba listo. No sólo para el éxito de ese libro sino que estaba listo como escritor para tener por fin un éxito.

8.11.12

Viajes de ida y vuelta

Luis Fayad, el autor de Los parientes de Ester y La caída de los puntos cardinales, conversa en Berlín con su sobrino sobre su reciente enfermedad, sus libros, su ascendencia libanesa y la novela urbana

Luis Fayad, autor de Los parientes de Esther./revistaarcadia.com
Como a casi todo el mundo que se recupera de una cirugía, a Luis Fayad le recomendaron guardar reposo. Cuando lo llamo a su apartamento en Berlín, donde media docena de familiares se ha reunido para visitarlo, su voz en el teléfono tiene el tono impaciente de quien ya no quiere sentirse convaleciente. Tratamos de concertar un encuentro, pero –le digo– no quiero alterar su descanso. “Qué va, ¡si descansar es lo único que hago!”. Al fondo se escuchan las risas de parientes que conozco. Pero su queja es genuina, y claramente le conforta la idea de salir de esa rutina de reposo que lo tiene ofuscado.
Luis había viajado a Bogotá días antes de la Feria del Libro para el lanzamiento de Luis Fayad. La madeja desenvuelta, un libro de ensayos sobre su obra editado por Cristo Figueroa y Carmen Elisa Acosta. Pero durante su regreso a Berlín, en pleno vuelo, lo sorprendió un ataque de peritonitis. Cuentan los parientes que ante la emergencia a bordo el avión por poco tiene que dar media vuelta, que hubo una escala en París, y que para la llegada a Berlín la cuestión se había complicado tanto que lo enviaría los dos meses siguientes a cuidados intensivos.
“Estuve totalmente aislado del mundo”, exclama en voz baja sentado frente a una taza de café negro, como casi siempre lo he visto. Sus pasos son todavía cortos y la fuerza vuelve a su cuerpo despacio, pero considerando que fue sometido a varias cirugías en menos de un mes, su recuperación ha sido de una rapidez extraordinaria.
El clima es agradable y caminamos hasta un café a dos calles de donde vive en el barrio Kreuzberg. Allí habla de esos dos meses en el hospital sin aparente preocupación por su estado de salud, sino más bien con el disgusto que le causa una interrupción que entorpece su riguroso ritmo de escritura. “Me preocupaba el hecho de no poder trabajar cuando tenía tantos planes, y sobre todo a una edad en la que ya van pasando los años?”, dice, a los sesenta y siete. “La idea era terminar la nueva novela en estos meses, pero no se pudo. Eso sí –agrega encogiendo los hombros–, no fue por falta de voluntad”.
Esa difusa raíz libanesa
El proyecto literario que da un nuevo impulso a sus días es una novela sobre “la migración hacia dentro, sobre el regreso de la gente que ha salido de Colombia”. Ya en La caída de los puntos cardinales Fayad había tratado el tema de la migración, esa migración tan particular para el país que tuvo su pico en los años veinte y que nos involucra directamente: la de los libaneses a Colombia.
“Siempre creí que la novela de la migración libanesa la iba a escribir una persona que no tuviera ascendientes libaneses –dice–. En Colombia hay muchos escritores que usan personajes de origen libanés aunque ellos mismos no lo tengan. Yo escribí La caída de los puntos cardinales cuando me di cuenta de que conocía las historias que tenían que ver con los libaneses en Colombia por charlas directas, no porque las hubiera leído en libros de historia. Yo podía reproducir detalles y diálogos literales, que están transcritos en mis novelas. Eran las historias que me contaban mis tíos, o los libaneses recién llegados que hablaban mucho de su vida allá”.
Cierto. También he escuchado las anécdotas de parientes lejanos, como personajes de novela, mitos familiares como el de un señor de bigote que bañaba su caballo en champaña y lo paseaba sobre una alfombra roja por las calles de Honda (cuando nuestros antepasados bajaron por el río desde Barranquilla y se instalaron en ese puerto del Magdalena), la confusa leyenda de una fortuna perdida amasada por un comerciante libanés durante la Segunda Guerra Mundial, las alusiones a una rama de la familia a la que en conversaciones he escuchado referir vagamente como “los Fayad de la costa”. Pero le digo a Luis que a pesar de nuestra familiaridad con la comida del Medio Oriente, del apellido y del tamaño de nuestras narices, el antecedente libanés sigue siendo muy difuso. Es un pasado del que tenemos pocas referencias, donde las segundas y terceras generaciones después de la migración ya no hablan árabe ni tienen parientes directos en el Líbano, y no tienen siquiera muy claro de qué parte del país venían o cuál era la religión de esos ancestros que llegaron de Oriente a la costa Caribe.
“Tuve que hacer mucha investigación en aspectos como las religiones, que es algo que no conocemos muy bien nosotros, los descendientes de libaneses. Algunos de los inmigrantes eran musulmanes, pero lo ocultaban para poder entrar con mayor facilidad a la sociedad que los recibía. Cuando estaba escribiendo La caída de los puntos cardinales notaba que muchos de estos aspectos estaban en el aire, y fueron temas que tuve que investigar. Sobre todo el tema de cómo fue exactamente ese desprendimiento del Líbano, qué dejaron, qué costumbres trajeron, cómo se vivía allá antes. Una parte de esa novela transcurre en el Líbano, pero esta parte anterior al viaje hacia Colombia fue escrita con información que adquirí sobre todo a través de la charla con libaneses en Europa. En Colombia no hubo una auténtica colonia libanesa. Para los que llegaron la integración fue inmediata. Los de la segunda generación, los nacidos en Colombia, ya eran colombianos. Todo el que nace en Latinoamérica es de ahí. Es distinto en Europa, donde las segundas y terceras generaciones de inmigrantes todavía no son considerados del país donde nacen, no tienen pasaporte del país que los recibe; siguen siendo del país de donde vinieron sus padres o abuelos”.
Luis fue por primera vez al Líbano en el 2010 al Primer Encuentro de Escritores Iberoamericanos en Beirut, y allí recibió la distinción de Ciudadano Predilecto del Líbano. Cuenta que se sintió honrado también cuando un profesor de literatura le dijo que por más que escribiera en español, Luis era un escritor libanés.
“Me alegró haber ido al Líbano como escritor colombiano invitado. Pero cuando estuve en Beirut, en el barrio donde habían vivido mis abuelos y las calles por donde caminaron, sentí como si ya hubiera estado allí. Una sensación muy extraña. Encontré algunas personas que podían ser parientes, descendientes de mi abuela. Aunque esa fue una búsqueda un poco accidental”.
El ciudadano
Ya para el segundo tinto en el café de Kreuzberg, Luis está animado y habla fuerte, sin relajar su característico ceño fruncido (un gesto de concentración profunda, seguramente el mismo que tiene cuando escribe, en privado). Entonces le pregunto por Los parientes de Ester, la emblemática novela urbana que desde su publicación en 1978 lo puso en el panorama de la historia de la literatura colombiana. Una novela que “relata la vida de una familia de clase media bogotana que sufre las consecuencias económicas y sociales características del período político del Frente Nacional”, según el ensayo de Clara Victoria Mejía Correa sobre la novela en La madeja desenvuelta.
“En el momento de escribirla no pensé que fuera a tener esa caracterización tan marcada como novela urbana dentro de la historia de la literatura colombiana; simplemente esa novela era algo que ya tenía que darse en mi generación”, dice Luis, como si escribirla fuera más una responsabilidad histórica que una hazaña literaria.
“En la gente de mi generación el contacto con las áreas rurales era mínimo, era de paseo, de ir a los pueblos de tierra caliente. El resto de la vida era la del ciudadano: el hombre del café, el hombre del periódico, el hombre de las calles, donde hasta los elementos de la naturaleza juegan un papel diferente. La lluvia en las ciudades es diferente a la del campo, también el viento. Muchas de las personas de mi generación no conocen el campo de verdad, no conocen las gallinas en los corrales, sino cuando se las van a comer en un restaurante. El desprendimiento de lo rural ya era completo. Por eso este salto a la novela urbana tenía que darse. En la novela urbana no hay necesidad de describir la ciudad; lo urbano se nota en el carácter de los personajes. Uno empieza a escribir con mentalidad urbana, y los personajes adquieren también esa mentalidad”.
Le pregunto si después de tantos años viviendo lejos, Bogotá sigue siendo un referente literario. “Sí, todavía, pero hay un gran cambio: en los tiempos de Los parientes de Ester la ciudad era más homogénea. Hoy en día es muy diferente; Bogotá es muchas ciudades. Este cambio en las ciudades latinoamericanas se ha dado también en la literatura, donde ya no hay novelas sobre una ciudad, sino más bien de un barrio o una zona en particular”. Agrega que en la Bogotá de hoy en día sería imposible escribir Los parientes de Ester, pues no solo la ciudad ha cambiado, sino también sus ciudadanos y su mentalidad, la forma en que se concibe la ciudad como un espacio más plural y diverso.
“Sería muy interesante una novela de alguien que conoce bien, digamos, Ciudad Bolívar, porque es un lugar y un tema aún desconocido en la literatura. Lo que se conoce de allá es el reportaje periodístico, la noticia inmediata, pero la novela puede explorar cuál es la mentalidad que el ambiente que se vive allá ha creado en las personas, cómo han llegado allí esas personas y cómo se ha ido creando esa comunidad”.
Aunque lleva ya tres décadas en Berlín, para él esta ciudad no es todavía una fuente de historias. “Lo será solo en el momento en que no viva aquí”, dice. “Me ha pasado lo contrario que con Bogotá. A pesar de tantos años de vivir aquí, no me llama la atención escribir sobre la vida de un inmigrante en Berlín. Yo ya estoy en el tema contrario, el de la gente que regresa a su país”.
No sé si habla únicamente del nuevo rumbo de su obra literaria o si se refiere también a un eventual regreso a establecerse en Bogotá. No se lo pregunto. También vivo hace años fuera del país y me incomoda sentirme presionado a volver. Entonces lo que le pregunto es si será que después de tantos viajes y migraciones se nos están cayendo poco a poco los puntos cardinales. Sonríe un poco, y me fijo por primera vez en lo delgados que son sus labios (quizá porque lo veo poco; o porque en mis primeros recuerdos él tenía bigote). Pero dice que no, que tiene un gran vínculo con el país, que viaja constantemente y que además todas sus novelas transcurren en Colombia. “Para mí, como escritor, es una suerte poder llevar los temas de las novelas conmigo, no tener que buscarlos en el exterior. Siento que vivir en la diáspora me ha servido para ver el país desde afuera, claro, pero sobre todo para ver cómo otras sociedades ven a la nuestra”.
La terapia
De vuelta a su apartamento, entra en su estudio y hojea un ejemplar de Luis Fayad. La madeja desenvuelta. Dice que más que considerarlo importante por ser un libro sobre su propia obra, lo ha dejado admirado por la calidad de sus ensayos. “Además –agrega con humildad– me causó gran asombro que mis libros puedan servir para tantas reflexiones; que puedan tener tantos enfoques literarios diferentes”. Aparte de Los parientes de Ester y La caída de los puntos cardinales, el volumen tiene textos sobre otras novelas como Compañeros de viaje y Testamento de un hombre de negocios, y sobre el libro de relatos cortos Un espejo después.
Cuando lo veo en su silla de trabajo recuerdo que hasta hace poco su rutina de escritura era estrictamente nocturna: Luis se sentaba en su escritorio a la media noche y escribía hasta el amanecer. “Pero ya no trabajo así –me dice–. Me di cuenta de que en un momento de la noche empezaba a aburrirme. Y la verdad es que yo no estoy acostumbrado a aburrirme”. Eso es lo que más lo agobia. Luis no oculta su frustración por el tiempo perdido entre cirugías y salas de cuidados intensivos, donde pasó tantos días aburrido. Me dice que ahora que recupera la salud le alegra poder volver a escribir; pero para los parientes que lo han visto recobrar las fuerzas parece claro que es al contrario: la motivación por terminar su nueva novela ha sido quizá la mejor de las terapias.

6.11.12

Follet:"Siempre debemos estar vigilantes y al acecho de cualquier pérdida de libertad"


Entrevista al bestsellero global Ken Follett

 Ken Follet, que vendió 150 millones, gesticula con énfasis durante la charla./Efe./Revista Ñ.
Mientras el otoño madrileño avanza, Ken Follett ha llegado a España para hablar de El invierno del mundo(Plaza Janes). La cita del escritor galés conClarín es en un lujoso hotel a la vera del Museo del Prado. A espaldas de la estatua de Goya. Follett dará unas cuantas entrevistas y luego irá a firmar libros al Corte Inglés. Todo un espectáculo. Quizá sea su alma de músico la que lo lleva de gira en gira como un rockstar, honrando sus libros y su imagen de autor superventas, como le llaman aquí algunos. Otros aquí, los indignados, preparan un rodeo al Congreso de Diputados, vallado y plagado de policías como en los días más críticos de nuestra Plaza de Mayo. Es un buen contexto para una entrevista sobre un libro centrado en la Segunda Guerra Mundial, que tiene en la Guerra Civil Española un punto de inflexión cuyas consecuencias fácilmente podrían conectarse con lo que pasa allá afuera, apenas cruzando la calle.

Volvamos a Follett. Con más de treinta títulos publicados y casi 150 millones de ejemplares vendidos, conoció el éxito que los libros le reservan a pocos tras su décima novela. Antes había sido periodista y luego subdirector de una pequeña editorial. Ahora es uno de los grandes best sellers globales. Aunque su éxito no llegue a tanto en la Argentina, aquí en España sólo uno de sus títulos, Los pilares de la tierra, lleva vendidos 6 millones de ejemplares. Desde hace unos años, Follett se enfrascó una trilogía monumental, tres volúmenes de mil páginas, sobre el corto Siglo XX, según palabras de Eric Hobsbawm, que va desde la Primera Guerra Mundial, al fin de la Guerra Fría. La caída de los gigantes fue el primero de sus títulos, y ahora llegó El invierno del mundo, sobre la Segunda Guerra, sus antecedentes y sus consecuencias, temas que pertenecen casi a nuestro presente. Es un giro para Follett, que se acostumbró a contar historias de la Edad Media, a contar andanzas de otros tiempos. Ahora debe sopesar su relato con un mundo políticamente agitado. La prueba está allá afuera. Ficción y realidad pueden mezclarse fácilmente.

-La Segunda Guerra Mundial todavía tiene un impacto emocional en muchos de sus lectores, ¿lo tuvo en cuenta a la hora de escribir el libro?

-Sí. Elegí el siglo XX por dos razones. Primero porque es el más dramático de la historia de la humanidad. Donde se produjeron la guerras más terribles, se usaron armas atómicas y murieron millones de personas. En segundo lugar porque es la historia de mi familia. Mi abuelo tenía demasiados años para pelear en la Segunda Guerra, luchó en la primera, y mi padre era demasiado joven. Pero tuvo un efecto tremendo en ellos. Absorbí ese impacto.

-¿Qué le contaron ellos de la guerra?

-Mi abuelo paterno me contó que la primera vez que hubo un ataque aéreo en Cardiff, Gales, el estaba en su negocio. Y mientras volvía a casa veía toda la destrucción, caminaba sin saber si su familia estaba viva, desesperado. Estaban vivos, de otra manera no estaría aquí contigo.

-Estamos en España, en esta tierra que iba a ser la tumba del fascismo, pero que todavía no puede juzgar los crímenes del franquismo. ¿Cree que hubiera cambiado el escenario mundial de haber triunfado la República?

-Es difícil decirlo. Le dediqué un capitulo a la guerra española porque quería mostrar cómo fue la batalla en su conjunto. Quería mostrar las luchas internas contra el fascismo en nuestro países. En Inglaterra lo ilustro con la batalla de Cable Street, en 1936. Pero hay mucha gente que opina que si aquí hubieran derrotado a Franco, Hitler hubiera dudado a la hora de invadir Austria, Checoslovaquia y Polonia.

-El Guernica de Picasso, que está aquí a unas cuadras, quizá muestre esa “preocupación”

-Es un punto interesante. Esa pintura, el Guernica, fue una respuesta del horror frente al bombardeo a una población civil. Pero 5 años después, todos estábamos bombardeando poblaciones civiles. Los británicos, los alemanes, y en 1945 los Estados Unidos bombardearon a la población civil japonesa. En un período de diez años, algo que se consideraba horriblemente inhumano, se convirtió en algo normal.

-Bueno, las nuevas generaciones tratan de explicarse cómo llegaron al nazismo, el Sonderweg, esa palabra alemana bucea en las raíces tratando de entender, y su libro arriesga explicaciones...

-La literatura siempre trata de dar explicaciones. Pensemos en Ana Karenina de Tolstoi. En mi libro, el primer capitulo explica cómo llega Hitler al poder. Es un buen punto porque mucha gente se pregunta cómo los alemanes, un pueblo culto, permitieron que este monstruo llegara a controlar el país. Por eso me esfuerzo en mostrar de manera paulatina cómo ocurrió. Lo hago a través de la lucha que tienen mis personajes para poner freno al nazismo, lucha que finalmente pierden. Busco momentos dramáticos, en los cuales las cosas podrían haber ido por otro camino. El día en el Reichstag (parlamento alemán) en el que Hitler se alza con el poder, mientras la gente buscaba ponerle freno. Es un momento decisivo, porque sentimos que las cosas podrían haber tomado otro rumbo. Siempre busco esos puntos de inflexión, esas batallas.

-Detrás de esa escena, y luego en buena parte del libro, hay mensajes: si la resistencia interna a Hitler hubiese sido más fuerte, pues entonces el nazismo no hubiera sido lo que fue...
-De hecho creo que siempre debemos estar vigilantes y al acecho de cualquier pérdida de las libertades. Porque esto siempre empieza poco a poco. En este caso con una pequeña ley que es fundamental para la seguridad nacional. Pero en mis libros no doy lecciones. Muestro lo que ocurrió, y los lectores sacan sus conclusiones. Los lectores en general son personas inteligentes.

-Aunque no le guste la palabra lecciones, quizá pueda coincidir en el hecho de que la política es el único camino para cambiar las cosas, el mundo...

-En mi vida yo he encontrado dos maneras de ayudar a mejorar el mundo. A través de la política es la primera, y la otra es a través de las organizaciones de beneficencia. Mi mujer y yo trabajamos con varias de esas organizaciones. Obviamente, la forma de producir grandes cambios es la política.

-Supongo que no por casualidad Lloyd Williams, el héroe de esta historia, es galés de nacimiento, del mismo pueblo que usted...

-Yo empatizo con este personaje. El es más guapo. Y además es un boxeador.

-Claro, usted es músico...

-Sí (ríe) En otra vida yo hubiera podido ser un joven como Lloyd. Comparto con él la mayoría de sus opiniones y valores. Algunos de sus hábitos. Pero no soy un héroe, escribo sobre héroes.

-¿Se pregunta como hubiera sido su vida de no haber sido un exitosísimo autor de best sellers?

-Lo hago. Pero es una pregunta difícil. Porque esto se me da bien, y si no me dedicara a esto, seguramente estaría haciendo algo que no se me da tan bien. Podría seguir siendo periodista, no era malo, pero no era el mejor del mundo. Sería menos feliz, me satisface mucho hacer lo que hago.

-¿No añora de una vida más anónima?

-(piensa y ríe) Admito que nada.

-Además Williams participa de la creación del Partido Laborista. Su mujer, Barbara que estuvo en el gobierno de Blair, ¿de qué manera contribuyó con el relato?

-Nos conocimos de hecho en un encuentro del Partido Laborista. Es un comienzo muy romántico para una relación (risas) Pero la política nos unió, y juntos empezamos a trabajar en campañas, y nos enamoramos. Estamos de acuerdo en casi todo lo referido a la política, en otro ámbitos no. Su participación en la política si que fue importante para mí al escribir la trilogía. Durante muchos años, el rumbo del Reino Unido era definido por mis amigos. La gente con la que yo salía de vacaciones, la gente con la que iba a cenar. Todos integraban el gobierno. Me familiaricé muchísimo con la forma en la que hablan y toman decisiones. Y con Bárbara hablábamos de qué hacer con tal o cuál situación política y veía las maneras en las que tomaban decisiones.

-Supongo que allí reforzó su idea de ser escritor...

-Absolutamente (risas).

-El libro combina datos históricos con situaciones inventadas. ¿Cómo hace para balancear estas dos corrientes de información y a la vez mantener en acción a estas cinco familias que transitan la obra? ¿Hace alguna clase de cuadro sinóptico, de árbol genealógico?

-Sí que hago un plan. Pasó mucho tiempo planificándolo, y en el caso de El Invierno del Mundo me llevó 8 meses hacerlo. Me sirve para documentarme e integrar la trama de estos individuos dentro de la historia principal. Pero tengo como norma no violar la historia.

-¿No teme que frente a tantos hechos y lugares la necesidad de remitirse a estas cinco familias vuelva los vínculos forzados, a veces insólitos?

-Es necesario producir coincidencias. Y esto yo lo llevo hasta el extremo posible. Trato de no exagerar ni abusar de ellas. Pero es un equilibrio difícil de alcanzar.

-Aquí, el mundo del best seller se cruza con el real, el del entretenimiento, el libro para todos que vende millones, con las tragedias que se tocan, se recuerdan, y siguen sin cicatrizar. ¿Cómo cree que debe leerse este libro?

-Debe ser entretenido. El lector debe quedar atrapado, no poder parar de leer. Si van leyendo en un largo viaje de avión, quiero que les de pena haber llegado. Porque si esto ocurre, ya están en manos del libro. Porque si no ocurre, tomarán el periódico, prenderán la tele o se irán al bar a tomar un par de copas. Pero ya no uso la palabra entretenimiento. Va más allá. El lector se ve absorbido por el mundo de la novela, que es más interesante y emocionante que el mundo real.

-¿Sigue cómodo con el título de autor de bestseller o le gustaría ser considerado como un autor más literariamente más elevado?

-Yo estoy feliz donde estoy.

-¿Pensó en algún momento que escribiendo este libro tendría que hablar más de política que de sus construcciones narrativas?

-Me gusta la idea de que leer el libro haga a la gente pensar sobre política. Me gustaría que tenga ese efecto en los lectores. Pero sólo quiero darles una visión.

2.11.12

Auster:"Nadie tiene una visión alternativa a la del capitalismo sobre cómo organizar nuestras vidas"

"Se supone que la  tecnología debe unirnos pero en realidad nos separa", afirma en esta entrevista el prestigioso novelista, ferviente defensor de las protestas juveniles

Un progreso que empeora las cosas: Paul Auster y la crisis del mundo desarrollado./Revista Ñ.
El reclamo de los jóvenes es claro. Se paran ante nosotros y nos dicen: ‘Ustedes nos arruinaron, no tenemos futuro; estudiamos, nos capacitamos y no tenemos nada. Estamos retrocediendo, no avanzamos. El capitalismo de consumo sólo puede llegar hasta cierto punto.’” La escena sucede en el patio trasero de un café de Brooklyn, Nueva York, y el hombre que habla es el escritor estadounidense Paul Auster, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006 y uno de los autores más prestigiosos de su país, traducido a “43 o 44 idiomas”.
Auster ha publicado dos libros este año: Diario de invierno (Anagrama), unas memorias escritas en segunda persona y “compuestas como una pieza musical” en las que usa su vida como tema “para reflexionar simplemente, sobre lo que implica estar vivo” y Poesía completa (Seix Barral), que reúne los poemas que escribió mucho antes de su éxito global, en los años 70, mientras sobrevivía como traductor del francés. Acaba de terminar otro texto autobiográfico, Report from the Interior , que saldrá en inglés el año que viene y prepara con su amigo, el Nobel sudafricano John Coetzee, un libro que reúne parte de la correspondencia que sostienen desde hace años. “En las primeras cartas Coetzee y yo hablamos mucho sobre la amistad; sobre qué la distingue del amor”, anticipa. “El amor es la gran pasión pero la amistad es fundamental. Es más cortés, más decorosa y menos tumultuosa que el amor. Existen matrimonios, buenos matrimonios incluso, que pelean todo el tiempo. Con un amigo eso sería imposible; la amistad terminaría”. Los amores de Auster tienen nombres y rostros concretos. Hace 35 años se unió a la escritora de origen noruego Siri Hustvedt. Tiene dos hijos, Daniel (de su matrimonio anterior) y Sophie, cantante y compositora quien actuó además en la película que su padre dirigió en 2007, La vida interior de Martin Frost .
Mientras espera que Obama gane las presidenciales del 6 de noviembre (“si no, estaremos en problemas”), entre copas de vino blanco y el humo de sus infaltables cigarritos holandeses, el autor de La trilogía de Nueva York conversó con Ñ sobre política, cambios culturales, violencia y utopías.
Respiramos la globalización y sus efectos. ¿Qué nuevos rostros han adoptado para Ud. los cambios culturales más importantes de la última década en los Estados Unidos?
Le daré mi visión amplia, no mi visión estrecha. Lo que estoy viendo en los últimos años son insurrecciones espontáneas entre los jóvenes de diferentes países del mundo: Rusia, España, Estados Unidos, los países árabes… Y en ello percibo una declaración de los jóvenes diciéndoles a los adultos que el mundo no funciona, que nos hemos llevado a una situación insostenible y que debemos reinventar nuestras vidas. Es un llamado básico a reformar todo lo que hacemos, todo lo que pensamos.
Los movimientos de los que habla, el de los indignados españoles por ejemplo, suscitan dudas entre distintos intelectuales –Zizek entre ellos– en relación con su posibilidad de persistir, debido a la falta de un programa.
Sí y es entendible, porque no hay ninguna organización política entre ellos y por lo tanto los movimientos estallan intensamente y después decaen. Creo que eso debe leerse en un contexto más amplio y profundo. Uno de los problemas es que desde la muerte del marxismo, desde el fracaso de la experiencia soviética, no hay un argumento filosófico contra el statu quo . Porque Marx tenía razón en un montón de cosas, y aunque otras estaban equivocadas, tenía una posición coherente respecto de cómo analizar las deficiencias del capitalismo y lo que el sistema les hacía a los seres humanos. Especialmente el Marx joven al que encuentro muy interesante, muy conmovedor. Ya no hay ningún argumento filosófico contra el capitalismo. Lo que tenemos son diferentes grados: un libre mercado sin restricciones o un capitalismo regulado de una u otra manera, pero nadie tiene una visión alternativa respecto de cómo organizar nuestras vidas. Y por eso seguimos recorriendo los mismos caminos trillados; estamos estancados.
¿Cómo se expresa ese sentimiento aquí?
En el movimiento Occupy Wall Street con su lema “Somos el 99%” en alusión a que el 1% de la población acapara la mayor parte de la riqueza y toma decisiones políticas y económicas cuyas consecuencias afectan a todos. En Estados Unidos es un fenómeno muy interesante.
Hace poco se cumplió un año de su nacimiento, pero ¿sigue vivo el movimiento?
Vagamente, es cierto. Pero estoy esperando que vuelvan los chicos. Quiero que vuelvan.
¿Cómo cree que ha impactado la tecnología en todo esto?
Tiene sus ventajas y sus desventajas. Se supone que la tecnología debe unirnos, pero en realidad nos separa. ¡Qué deprimente es ver que estando con amigos en una cena, cada uno está mirando su smartphone ! Son aparatos que supuestamente deben unir a las personas, pero en general no lo hacen porque la experiencia pasa a ser demasiado mediada. Esto genera grandes problemas y creo que la tecnología está destruyendo cosas que a mí personalmente me importan muchísimo.
¿Cuáles?
Ya no hay más disquerías, por ejemplo. No puedo explicarle la cantidad de horas felices de mi vida que he pasado en disquerías buscando un tema, un single . Y esa idea de revolver bateas… en la computadora no se puede hacer. No sé si la gente dimensiona esto. La experiencia maravillosa de entrar en un espacio donde había 5.000 piezas de música disponibles. Y con la vista se captaba todo: ahora voy a ver la sección de Mozart, ahora voy a ver la sección del jazz. Y se descubrían cosas, cosas que uno no sabía que existían. Ese cambio tuvo impacto en la industria discográfica; la destruyó. Lo veo por mi hija, Sophie, que es cantante. Eso está llegando también a los libros, libro tras libro. Me asusta la idea de un mundo sin librerías y un mundo donde el escritor sea su propio editor.
Tiene una noción un poco oscura del progreso.
Es que es progreso pero a la vez no es progreso. Empeora las cosas, porque todo está más fragmentado que unificado. Las experiencias colectivas. La gente ya no va tanto al cine. Ve las películas en su casa y esa experiencia fantástica de ir al cine y ver la película con otras 200 personas se está volviendo obsoleta.
Sus ejemplos se centraron en lugares: las disquerías, las librerías, el cine. ¿Es eso lo que nos robó la tecnología, la experiencia básica de la espacialidad?
Sí, y las experiencias humanas no mediadas, los contactos que no requieren de artefactos. Pero hay un costado positivo, claro. Debemos decir –y es todo muy reciente– que por otra parte, ahora todo puede registrarse y por lo tanto la mayor parte de la información que recibimos sobre la situación de Siria, y el caos y el baño de sangre que está ocurriendo allí, por ejemplo, proviene de gente que filma los hechos en sus teléfonos celulares, lo envía a cadenas de noticias o lo pone en Internet y podemos verlo, saber, estar allí. Esto es muy bueno y antes no era posible. No parece disminuir la brutalidad o la sed de matar gente pero por lo menos el mundo se entera y quizá pueda actuar.
Le preguntaba por la tecnología porque tengo entendido que usted prefiere pasar sus originales con una máquina de escribir.
Escribo con pluma y luego tipeo en mi Olympia, cada párrafo.
¿No usa computadora?
Sólo para escribir guiones cinematográficos. Tuve una; ya no. No me gusta. No me gusta cómo es el teclado de la computadora al tacto. Mi vieja máquina de escribir tiene cierta resistencia y todo el tiempo está desarrollando sus músculos mientras que la computadora lastima mis manos porque no hay resistencia en las teclas. Todos esos aparatos mecánicos eran maravillosos y mi máquina de escribir, que compré al volver de Francia en 1974, probablemente fue fabricada en 1960 y sigue funcionando estupendamente. Es mucho tiempo. Más de 50 años.
Hemos hablado de globalización, de tecnología, de los cambios que ambas han introducido en la percepción de la vida. Con este marco ¿por dónde diría Ud. que pasa hoy el conocimiento?
Siri Hustvedt, mi esposa, no sólo es novelista; desde hace años está involucrada en el mundo de la neurociencia. Se ha convertido en una figura destacada de ese mundo. Su argumento es – y creo que es brillante– que necesitamos múltiples modelos para entender y actuar sobre el mundo. El error que han cometido muchas veces científicos y pensadores es buscar un modelo único que lo explique todo. Pero no funciona de ese modo, porque a la larga se encuentra la falla y uno se queda sin nada. Hay que seguir acercándose a la vida humana desde múltiples direcciones –filosofía, economía, arte, neurociencias, etc– . Como con las interpretaciones que coexisten de Bartleby, el escribiente , ese cuento infinito de Melville, que leí por primera vez a los 15 años y que me influyó tanto. Admite varias lecturas, todas ellas convincentes. Para algunos hay una respuesta religiosa: Bartleby, este personaje que ante cada petición responde “Preferiría no hacerlo”, es una figura similar a la de Cristo y la cárcel que debe soportar se compara con la crucifixión. Para otros cabe una lectura autobiográfica: Melville escribía sobre sí mismo y Bartleby lo representaría a él como escritor incomprendido. Y hay una lectura psicológica, otra sociológica. Todas son válidas. Cada una tiene algo que agregar a la comprensión de ese relato. Una sola no basta. Creo por ello que no hay una respuesta única: la ciencia no tiene la respuesta, el arte no tiene la respuesta, la filosofía no tiene la respuesta, pero con todo eso junto, podemos pensar quizá cómo dar un nuevo paso para la raza humana y vivir vidas más coherentes. Aunque no soy muy optimista. Siento que hemos ido para atrás en todos los aspectos en este país.
¿Tiene algo que ver su falta de optimismo con los brotes de violencia recientes en los Estados Unidos? Me refiero a la ola de asesinatos que se inició en Aurora con un loco disparando contra la gente en un cine durante el estreno de “Batman”. ¿Qué reflexión le merece todo eso?
Creo que en los Estados Unidos es una cuestión de armas. Pero no es algo simple. Las estadísticas hablan de 270 millones de armas en un país con 311 millones de habitantes. Hay gente enojada en todas partes del mundo pero si no se tiene acceso a las armas, no se puede hacer lo que hicieron estas personas.
¿La respuesta violenta sería una de las marcas de época de la era global?
No, me parece que los hechos de violencia al azar vienen desde hace largo tiempo. Era 1966 cuando Charles Whitman en Austin, en la Universidad de Texas fue hasta la torre del reloj con un rifle y empezó a matar gente que caminaba por el campus. Quince personas murieron y más de treinta resultaron heridas. Fue el primer brote reciente que recuerdo. Mi amigo John Coetzee, el escritor sudafricano ganador del Nobel 2003, estudiaba el doctorado en la Universidad de Texas, y estaba allí cuando eso ocurrió. Tenía 25 años. ¿Cuántos años hace de eso? Imagínese. Hace mucho tiempo y ha pasado una y otra vez. Una de las cosas que más odio de mi país es esta cultura de las armas que tenemos debido a una mala interpretación de la Constitución. Todos en el área del derecho y dentro de la policía quieren el control de las armas, pero como se incluye el derecho en el Bill of Rights , la gente cree que es legal. Aunque la Constitución no dice eso en realidad. Habla del derecho a armar una milicia si alguien nos invadiera. Para mí es triste; es terrible.
En uno de los articulos de “El arte del hambre”, al hablar de la poeta estadounidense Laura Riding, afirma que ella dejó de escribir poesía porque entre la verdad y la belleza eligió la primera. ¿Por qué dejó de hacerlo Ud.? Y en cualquier caso ¿qué entiende por verdad y qué, por belleza?
Para mí no fue una decisión. Fue algo que simplemente no pude hacer más. Me parecía que me repetía y hacia 1979 volví a la narrativa, un género que había escrito sin convicción entre los 19 y los 23 años. Riding, en cambio, tomó una decisión intelectual. Era inflexible, brillante y loca. Y escogió el silencio. Para mí, verdad y belleza son –en el arte– inseparables y se dan cuando el artista toca algo profundamente humano que nos arrastra con el sentimiento de una verdad ganada. Pero opciones hay siempre. Fíjese: Facing the music el título de uno de los libros incluidos en mi Poesía completa se tradujo en castellano como Aceptando las consecuencias , pero quiere decir, en verdad, las dos cosas: es una expresión muy hermosa que alude a la música, pero también a hacerse cargo de la realidad. Cuando alguien delinque y debe afrontar las consecuencias, por ejemplo, se usa esa expresión: Now you have to face the music . Por eso la poesía no se puede traducir, porque de haber dos sentidos hay que elegir y uno se pierde .
Hablemos de lo real y de lo posible entonces. ¿Cómo cree que le irá al presidente Obama en las elecciones del 6 de noviembre?
Creo que ganará. Es mi corazonada. Pero no puedo garantizarlo. Si no gana, estamos en problemas porque los republicanos son idiotas, hipócritas y mentirosos. Y lo que tienen para ofrecer a los EE.UU. es cero; nada de nada. Han frenado todo lo que Obama trató de hacer estos cuatro años. Después dicen que no ha hecho lo suficiente. Bueno, no se puede avanzar con nada.
Acaba de terminar un libro y está preparando otro. ¿Confía en la capacidad de la ficción para incidir en la realidad? ¿Pueden los libros cambiar el mundo?
El arte no es una aventura solipsista, es compartir. Es algo que expresa nuestra humanidad común, de allí su importancia. De allí que sigamos leyendo libros y viendo películas y escuchando música. Genios como Dante, Cervantes, Shakespeare son monumentos de artistas que siguen hablándonos cientos de años después de crear, porque lograron unir belleza y verdad. Montaigne, el creador del ensayo, por ejemplo, cambió en el siglo XVI la forma de pensarnos a nosotros mismos. Nadie antes había sido tan honesto en la página. Un libro como Diario de invierno, hubiera sido imposible antes de él. El abrió la puerta a una nueva forma de pensar el ser humano: sin jerarquías, sin religión; el individuo en su propio cuerpo, rodeado por el cosmos. No sé si podemos cambiar el mundo al escribir pero podemos imaginar cómo podríamos cambiarlo. Siempre he encontrado muy interesante la noción de utopía. Es algo irrealizable y nunca ocurrirá, pero es muy revelador hablar con las personas para descubrir quiénes son y cómo quieren que sea el mundo. Me gusta conversar con ellas y proponerles el juego de imaginar qué harían, qué modificarían. Es casi un reto: “Ahora tenés el poder, usalo.”

30.10.12

Il capo del policial italiano

El creador del comisario Montalbano habla de La edad de la duda, el nuevo libro traducido al español de la célebre serie policial, que llegará al país en noviembre; evoca sus comienzos como dramaturgo y novelista, opina sobre la actualidad política de Italia

Andrea Camilleri, Il capo y padre de Montalbano/Antonello Nusa./adncultura.com
ROMA.- Huele a alcanfor en el departamento del quinto piso del tradicional y elegante barrio romano de Prati, donde Andrea Camilleri, uno de los máximos escritores italianos de thrillers, "padre" del comisario Montalbano, nos recibe. El departamento -un edificio de principios del siglo XX- queda justo enfrente de una de las oficinas de la RAI, la radiotelevisión italiana, en la que trabajó por más de 25 años. Tapizado de libros, el departamento parece una pequeña biblioteca. Es aquí donde Camilleri, que a los 87 años sigue siendo un fumador empedernido, produce best-sellers. "Aquí escribo y trabajo, pero en realidad vivo con mi mujer en otro departamento que está pegado a éste", dice con voz ronca, al explicar que huele a alcanfor porque destesta ese olor a "humo frío" que, si no, encontraría a la mañana en el ambiente.
Nacido en septiembre de 1925 en Porto Empedocle, Sicilia, Camilleri emigró de joven a Roma, donde tuvo una brillante carrera en el mundo del teatro y de la televisión, como director, guionista y productor. Pero en verdad su gran sueño siempre era ser un escritor. De hecho, volvió a su primer amor, la escritura, recién a los 60 años. Y saltó a la fama mundial en la década del 90 con sus novelas policiales ambientadas en Sicilia, protagonizadas por el comisario Montalbano, personaje que fue llevado con muchísimo éxito a la televisión y que, con sus 19 libros, le hizo vender sólo en Italia más de 22 millones de ejemplares.
En una larga entrevista en la que recordó con gran entusiasmo un viaje que hizo a la Argentina hace muchos años, Camilleri reveló que, en verdad, tiene una relación de amor-odio con su criatura más célebre. Nunca quiso que el comisario Montalbano -cuyo nombre decidió poner en homenaje a su amigo, el escritor español Manuel Vázquez Montalbán- se convirtiera en una serie, sino que su idea era detenerse tras el segundo libro.
Agudo observador de la siempre desconcertante realidad política italiana -afiliado de joven al Partido Comunista Italiano y acérrimo crítico del ex primer ministro Silvio Berlusconi-, simpático e irónico, Camilleri luce más delgado que hace unos años. Por orden médica tuvo que ponerse a dieta, gran sacrificio para un amante de la buena mesa como él, pasión que refleja en sus libros, tan repletos de detalles culinarios que abren el apetito de cualquier lector.
Durante la entrevista confiesa, sin embargo, que sólo sabe cocinar dos cosas: huevos fritos y un plato que inventó su abuela Elvira para la Navidad durante la Segunda Guerra Mundial y que se llama monnezza (basura), una mezcla extraordinaria de todas las verduras posibles e imaginables. "Ahora es tradición que se coma en mi casa para las fiestas -cuenta Camilleri, que tiene tres hijas y cuatro nietos a los que adora-. Por suerte mis hijas viven bastante cerca y mis nietos tienen la lindísima costumbre de pasar varias noches en mi casa."
Camilleri no se lleva mal con la tecnología. En efecto, usa celular -"hasta aprendí a mandar sms de amor a mi nieta cuando estaba enferma hace poco en Grecia", confiesa- y lee los diarios en un iPad que le regalaron sus hijas. Le resulta más fácil leer los diarios en pantalla que en papel, por algunos problemas de visión que padece. En el iPad la pantalla es luminosa y puede agrandar la tipografía. "También tengo computadora, que utilizo como máquina de escribir hiperperfeccionada (me permite cortar y pegar), pero no tengo Internet, ni quiero tener, como tampoco e-mail. En ese sentido sobrevivo gracias a mi asistente Valentina, que trabaja conmigo desde hace once años. Si no fuera por ella, yo sería capaz de tener tres citas el mismo día a la misma hora", dice.
-¿Qué puede decir de La edad de la duda, el libro que sale ahora en la Argentina?

 
Tapizado de libros, el departamento parece una pequeña biblioteca; ''Aquí escribo y trabajo, pero vivo con mi mujer en otro departamento que está pegado a éste'', dice el novelista. Foto: Antonello Nusca
-Es otra investigación del comisario Montalbano. El título es un poco inusual con respecto a otros títulos, pero es el más acertado. La acción tiene lugar justamente en el puerto de Vigàta, entre yates, cruceros y, por supuesto, también entre muertos (el primero aparece desfigurado adentro de un bote hallado mientras vagaba en mar abierto). En esta novela, en medio de una investigación marina, Montalbano se encuentra inmerso en una duda existencial propia que no sabe resolver de ningún modo.
-¿Y entonces?
-La duda será resuelta con valentía por otra persona... Creo que es una de las novelas en las que más intensamente penetré en el interior de lo que podían ser los sentimientos de mi comisario.
-¿Está escribiendo algo en este momento?
-Ahora no estoy escribiendo nada, sino que estoy corrigiendo una novela que acabo de terminar. Es una primera corrección, después habrá una segunda y luego una tercera...
-¿De qué se trata?
-Es una novela histórica que, entre otras cosas, también tiene que ver con España porque está ambientada en la Sicilia de 1676. Entonces hubo un caso muy curioso y poco conocido que me ha apasionado. Usted sabe que en Sicilia había virreyes españoles, que eran nombrados directamente por el rey de España. Al leer las listas de los virreyes españoles, se ve que en 1676, cuando murió don Ángel de Guzmán, lo sucedió en el cargo el cardenal de Puerto Carrasco. Bien, todo normal, si no fuera que en otros libros de historia, al menos dos, se lee en cambio que el virrey de Guzmán designó pro témpore, antes de la llegada del virrey designado por el rey, a su propia esposa, Isabella di Mora, marquesa de Castel Rodrigo, como virreina de Sicilia. Entonces, por primera vez en la historia del mundo, una mujer, a fines del siglo XVII, llegaba al más alto cargo administrativo que se podía concebir. En veintisiete días, esa mujer logra dar vuelta, en positivo, Sicilia. Después, por la guerra que le hace el obispo de Palermo, es vuelta a llamar a su patria con una excusa: el virrey es, además y al mismo tiempo, representante pontificio. "¿Puede un representante pontificio ser una mujer?", pregunta el obispo. No, no puede y entonces el papa le pide al rey Carlos que cambie las cosas...
-¿Todo es parte de la historia?
-Es todo auténtico y yo, sobre la base de los documentos, traté de crear la figura de una mujer española extraordinaria y verdadera. Por ejemplo, ella crea con su dinero un grandísimo instituto para las "vírgenes pericolanti". El nombre hace reír, pero en verdad son las chicas de la mediana burguesía, empobrecidas, que no pueden sobrevivir sino vendiendo su propio cuerpo. Ella logra sacarlas de eso. Otra medida extraordinaria es, por ejemplo, para las viejas prostitutas, que no pueden ejercer más, para ellas crea otro instituto. Además, es la primera que logra hacer bajar a la mitad el precio del pan y otras cosas. Pero dura sólo 27 días y es como la revolución de la luna, que es el título de mi novela, tiene la misma duración. Si hubiera durado un poco más, quizá la historia de Sicilia habría cambiado...
-¿Cuándo sale la novela en Italia?
-El año que viene.
-¿Para escribirla tuvo que hacer investigaciones históricas?
-Hice un poco de investigación histórica y trabajé con la fantasía, porque al ser una novela histórica, no estoy atado estrictamente a la historia. Pero alguna investigación hice y pedí ayuda a una conocedora muy experta del español, porque la marquesa de Castel Rodrigo habla parte en italiano y parte en español.
-De hecho hay otro libro suyo, Il re di Girgenti , ambientado también en el siglo XVII, cuando los españoles estaban en Sicilia, escrito en siciliano y español. ¿Usted habla español?
-No, algo entiendo, puedo leerlo, pero si escribo una novela tengo que estar seguro.
-¿Cómo es su rutina de escritor? ¿Cómo es su día?
-Soy muy sistemático, como un empleado público, muy aburrido [risas]... Me levanto por la mañana, temprano -en verano a las seis, en invierno a las seis y media-. Me preparo a la perfección, como si tuviera que salir e ir a la oficina, porque le tengo mucho respeto a la escritura. No escribo ni en pijama ni en pantuflas, sino afeitado e impecablemente vestido. Y escribo sin interrupciones durante unas tres horas y media.
-¿Antes toma un desayuno?
-No, no desayuno. Para mí es suficiente una taza de café. Y esas horas son las más felices porque nadie me molesta con llamados ni nada. Estoy muy tranquilo. A eso de las once empiezan a llegar llamados, etcétera. Por la tarde, tres veces por semana, vuelvo a ver lo que escribo y tres veces viene Valentina y respondo las cartas que recibo, porque respondo a todos, o a los llamados, citas.
-Escribe en la computadora y con el cigarrillo como compañero fundamental, ¿no?
-Sí, en computadora y con el cigarrillo, siempre. Pero tengo ventiladores, tomas de aire [risas].
-Hay un riquísimo olor a alcanfor.
-Lo pongo porque no me gusta por la mañana oler el humo frío, que es feo, como cuando se fuma en el auto y después uno entra.
-De noche entonces no escribe.
-Cuando era más joven escribía también de noche, ahora ya no, me canso. Dejo a las siete y media de la noche cualquier actividad.
-Usted empezó como hombre de teatro, guionista, y mucho más tarde saltó a la narrativa. ¿Cómo fue ese cambio?
-En verdad empecé a escribir antes de hacer teatro. Entre los 20 y 25 años, publiqué sobre todo poesías y cuentos en revistas italianas. Pensaba que tenía una carrera en la escritura, hasta que hice un examen para ingresar como alumno en la Academia Nacional, donde entré y donde tuve la suerte, o mala suerte, de encontrar a un auténtico maestro de teatro, Orazio Costa, que desvió mi cerebro de la literatura al teatro. Es decir que, por años, no hice otra cosa que teatro y después, cine y televisión. Fue sólo hacia los 60 años cuando decidí volver al antiguo amor por la escritura. Pero en lugar de escribir poesía o cuentitos, sentí la necesidad de escribir una novela, algo que antes, cuando era joven, ni pensaba.
-De joven, entonces, su sueño era ser escritor.
-¡Claro! Hice el concurso en la Academia sólo para obtener una beca y trasladarme a Roma, para frecuentar los ambientes literarios. Pero no fue así. En realidad fui capturado, fascinado, por el teatro. Empecé a hacer teatro en serio, primero como asistente del director y, más tarde, solo. Después, de una cosa nace la otra, me pidieron que fuera a la RAI para hacer dirección de emisiones radiofónicas; después pasé a hacer dirección de televisión, empecé a producir comedias y ficciones y trabajé en la TV durante treinta años.
-Ahora cuando mira televisión, si es que la mira, ¿cómo la ve?

 
Camilleri vive en un edificio de departamentos de comienzos del siglo XX, en el tradicional y elegante barrio de Prati, frente a una de las oficinas de la RAI. Foto: Antonello Nusca
-Miro televisión por la noche, pero me ocupo más de los noticieros y de la política. O la uso impropiamente, porque veo películas y ésa es una fea forma de ver películas: las películas hay que verlas en el cine... Pero sabe, ya no hacen prosa en televisión, ni el gran varieté de mis tiempos. Es un côté un poco pasado. No miro nada de eso, sigo los debates políticos y los noticieros y, de vez en cuando, películas.
-No puedo dejar de preguntarle por el comisario Montalbano, su gran criatura.
-Ante todo estoy contento de haber ganado hace unos años el Premio Internacional de Novela Negra español, sin Montalbano, él no estaba [N. de la R.: en 2008, por La muerte de Amalia Sacerdote]. La verdad es que no tenía muchas ganas de escribir novelas policiales. Yo no sé cómo escriben otros escritores, yo sé cómo escribo yo. Si tengo que escribir una novela, por lo general no sé inventar nada a partir de la nada. Una novela mía nace o de algo histórico que leí, o de un hecho de crónica, que después yo cambio en mi cabeza completamente. Es decir, tengo que tener un input externo para poder escribir. El primer capítulo que escribo nunca es el primer capítulo. Empiezo siempre por el punto que más me ha excitado escribir. No sé después, con la novela terminada, qué lugar ocupará en la novela. Si será el décimo capítulo o el octavo; en suma, tengo un modo un poco desordenado de escribir. Un día me pregunté si era capaz de escribir una novela desde la A hasta la Z, siguiendo el orden temporal, cronológico, lógico... Bueno, para escribir así tengo que ponerme en una jaula y no hay jaula mejor que una novela policial, donde todo tiene que cerrarse lógicamente. Así, casi por un ejercicio de escritura, escribí la primera novela policial: La forma del agua. Estaba un poco indeciso con el nombre del comisario. Tenía dos: "Collura" y "Montalbano". Pero justo cuando estaba terminando y no me convencía cómo había resuelto el final, entre mis manos cayó un libro de Manolo Vázquez Montalbán, El pianista, y me iluminó sobre cómo organizar esa novela. Entonces, por gratitud, llamé el comisario "Montalbano". Esa primera novela fue publicada, pero el personaje todavía no estaba perfectamente definido, se me escapaban algunos detalles. Fue así como escribí la segunda novela, El perro de terracota, y con ésta pensaba que había concluido la serie de Montalbano.
-¿En serio?
-Sí. Pero algunos meses después, la señora Sellerio, dueña de la editorial siciliana que publica mis libros, me dijo: "¿Cuándo me das el tercer Montalbano?". "Nunca", le contesté. "Ahora te cuento cómo andan las ventas de Montalbano y vemos si cambias de opinión", me respondió [risas].
-Montalbano se había convertido en un fenómeno...
-Sí, una cosa increíble. Así fui empujado a escribir un tercer Montalbano, un cuarto... Y entré en este giro infernal, porque me asustaba la serialidad, no ser capaz de tener el aliento largo para una serie... Pero, usted sabe, con cada salida de Montalbano, mis novelas antiguas, las que más quiero, vuelven a ponerse en venta. Montalbano mantiene en catálogo también las viejas novelas. Es decir, es una relación de amor-odio.
-¿Cuántas publicó hasta ahora?
-Ahora publiqué la número 19.
-¿Y hay otra que está por salir?
-Sí, sale ahora una, el 18 de este mes.
-¿Qué opina de Zingaretti, el actor que interpretó en la pantalla chica a Montalbano e hizo crecer aún más el fenómeno?
-Zingaretti ha sido y es un óptimo intérprete de Montalbano, me gusta mucho, aunque no corresponde físicamente a mi personaje, para nada. De todos modos, eso no importa porque él es un óptimo actor, funciona.
-Montalbano seguramente tiene algo de usted, ¿no?
-No, para nada. Montalbano no tiene nada de mí. Aunque en realidad algo de mí tiene, en un sentido, y eso lo descubrió mi mujer, que al llegar a la quinta novela me preguntó: "¿Te das cuenta de que estás haciendo un largo retrato de tu padre?". Y era verdad.
-La comida en sus libros es fundamental. ¿Así era su padre o usted es también un amante de la buena mesa?
-Sí, yo era un amante de la buena comida, como mi padre. Pero ahora ya no puedo comer porque, si no, el médico me fusila. Ya no puedo comer nada -nada de frituras, nada de fiambres, nada de embutidos-, así que lo hago comer a Montalbano. Pero empieza a molestarme que él pueda comer y yo no.
-¿También tuvo que dejar el vino?
-Yo ya no tomo vino sino que tomo cerveza. Mire, en verdad, antes yo bebía whisky, cuando estuve de viaje en la Argentina, marchaba con whisky. Mi whisky era matutino, en ayunas, y nunca me emborraché. Por la tarde y por la noche, no tomo por ninguna razón del mundo. Por eso quien me conoce por la mañana cree que soy un alcohólico, y quien me conoce por la tarde cree que soy abstemio. Ahora ya no tomo whisky, sino que tomo cerveza por la mañana, en ayunas, y sigo sin tomar nada ni a la tarde ni a la noche. Pero me gusta regalar vinos.
-Me imagino que usted se divierte escribiendo. ¿Hay un libro con el cual se haya divertido más?
-El libro en el cual más me empeñé -y para mí el empeño se corresponde con la diversión- es Il re dei Girgenti, del cual hablábamos antes, en español la primera parte. Es una investigación de escritura y por los hechos que cuento, es el libro que más quiero. De los libros de Montalbano el que más quiero es El perro de terracota, el segundo que he escrito. Y quizás, el último...
-En los libros de Montalbano aparecen los grandes males de Italia, la mafia, la corrupción política y, como dijo antes, usted se ha inspirado en hechos de crónica. ¿Lo que hemos visto en Italia en los últimos meses, con el Laziogate [el escándalo por malversación de fondos públicos en la región del Lazio] y su protagonista, Franco Fiorito [ex tesorero arrestado por robo de dinero del partido para su uso personal], superó todo eso?
-Como nevó en Roma en febrero y nevó mucho, y como es claro que la nieve en Roma es un hecho extraordinario, me pareció genial que Fiorito se hubiera comprado una 4x4 para la nieve, como salió a la luz... Ahí, mi fantasía no llega a tanto, ¿entiende? Uno se queda desarmado ante semejante realidad. Si lo hubiera escrito, me habrían dicho: "No exageres Camilleri, vamos".
-Usted siempre fue una persona muy comprometida en política: ¿qué le parece el hecho de que falten seis meses para las elecciones generales y que todavía no se sepa quiénes son los candidatos?
-¿Usted no estaría asustada? Bueno, yo estoy aterrado. De hecho, la idea de un Monti-bis [N. de la R.: que el actual primer ministro técnico, Mario Monti, pueda tener un segundo mandato, con el respaldo del Parlamento] no me desagrada. También tendría críticas para hacerle a Monti, pero con respecto a la nada que hay en la otra parte y en una época en que la crisis es lo que es, usted me entiende...
-Entonces usted también estaría a favor de un Monti-bis.
-O mangi questa minestra o ti butti dalla finestra ("O te comes esta sopa o te tiras por la ventana"). Y sí, me como esta sopa. Sí, un Monti-bis, quizás apoyado seriamente por algún partido político, para que no muera la política. Pero me parece terrible que en Italia no puedan ponerse de acuerdo sobre una ley anticorrupción.
-Usted que vivió la Segunda Guerra Mundial, el posterior miracolo económico, el escándalo de Tangentópoli, etcétera, ¿se hubiera imaginado una degeneración política como la que sale a flote ahora?
-No hasta este punto. Yo he visto de todo y sólo sé que después de las grandes destrucciones de la guerra existen dos cosas: ganas de pacificación y ganas de reconstrucción, que ahora no veo. Es decir, el posfranquismo o el posfascismo fueron vividos de algún modo como una necesidad de renovación y de reencuentro, eran una señal positiva. Aquí el posberlusconismo todavía no existe, porque Berlusconi sigue estando... Todavía existe una ley que intenta salvarlo del proceso Ruby [N. de la R.: por prostitución de menores y abuso de poder]. Su inmanencia es continua aún en Italia y hasta que no desaparezca ese tumor purulento, no habrá una política posible en Italia.
-¿Pero para usted Berlusconi es el único culpable de esta situación?
-Buena parte es culpa de los italianos, porque Berlusconi no se ha impuesto por la fuerza. Berlusconi ha sido libremente electo por parte de los italianos. Es decir, la culpa es de los italianos que lo han votado. Si después él llevó agua a su molino una vez llegado al poder, no hizo otra cosa que su oficio. Espero que los italianos se den cuenta del error cometido.
-¿Cómo ve la literatura italiana en este momento?

 
''Estuve en la Argentina quince días, en Buenos Aires. Tuve el placer de pasar una noche inolvidable con el entonces presidente Raúl Alfonsín, con quien enseguida simpatizamos: parecíamos dos hermanos separados que se reencuentran''. Foto: Antonello Nusca
-Bien. Contrariamente a todo el resto, afortunadamente hay muchos buenos escritores dando vueltas. No quiero dar nombres, pero hay óptimos escritores. Y después hay jóvenes que escriben, que tienen muchas ganas de expresarse. Yo ya leo poco porque mis ojos están en condiciones terminales, pero debo decir con sinceridad que por lo poco que logro leer, hay un fermento narrativo muy fuerte y muy vivo en Italia. Se ve a través de los premios literarios, el último Campiello o el último Strega, con todas las polémicas que promovieron, son libros de gran valor.
-¿Sus autores preferidos no italianos?
-Yo adoraba a Manolo Vázquez Montalbán, lo amaba como hombre y como escritor. Extraño su ironía y sus irónicos llamados telefónicos.
-¿Conoció a Borges?
-No, nunca estuve con él, pero para mí Borges es un señor que, una vez que uno lo encuentra, se lo lleva consigo toda su vida. Borges a veces es tu padre, a veces es tu amigo, a veces es tu pariente, otras veces es un sutilísimo adversario tuyo. Pero una vez que uno lo ha leído, se vuelve una presencia constante, no en tu literatura sino en tu vida. Y naturalmente como tal nunca ha tenido el premio Nobel.
-¿Cuánto tiempo estuvo en la Argentina?
-Estuve quince días en la Argentina, en Buenos Aires. Tuve el placer de pasar una noche inolvidable con el entonces presidente Raúl Alfonsín, con quien enseguida simpatizamos: parecíamos dos hermanos separados que se reencuentran. Fui a la Argentina hace muchos años, cuando llevé al Teatro Cervantes un espectáculo que se llamaba Il trucco e l'anima ("El maquillaje y el alma"), sobre tres poemas de Maiakovski. Alfonsín nos concedió el honor de recibirnos, a mí y a tres actores.
-¿En la Casa Rosada?
-Sí. Un encuentro que tenía que durar diez minutos al final duró tres horas porque el presidente y yo fraternizamos en forma increíble. De hecho, nos preguntaban si nos conocíamos, pero no... Era como si nos hubiéramos conocido desde siempre y nos estuviéramos reencontrando quizá de una vida anterior. Fue inolvidable. Todavía recuerdo los tanques sin cañones, a los lados de la Casa Rosada, donde jugaban los niños. Ese período en la Argentina fue maravilloso, me enamoré de la ciudad, que es espléndida.
-Se habrá encontrado en casa, como les pasa a todos los italianos que van a la Argentina.
-Me pasó algo peor. En el hotel donde me hospedaba había un congreso de representantes de la minería y una vez, cuando bajé al lobby con un actor, había tres señores que hablaban en español y tenían en su solapa la tarjeta del congreso. Por casualidad, un actor me preguntó de dónde era yo exactamente y le contesté: "Soy de Porto Empedocle, en la provincia de Agrigento". Entonces, uno de los tres argentinos se dio vuelta repentinamente y me dijo: "¡Mi madre era de Porto Empedocle!".
-¿Qué más recuerda de la Argentina?
-Tengo un recuerdo extraordinario también del público argentino, de cómo funcionaba el teatro, de las maravillas que hacían los técnicos... De hecho, se lo dije hasta al presidente, que era muy entusiasta. Sí, ese período en la Argentina fue realmente maravilloso.

La edad de la duda

Andrea Camilleri
Salamandra
El hallazgo de un cadáver en un bote y la llegada de un lujoso velero al puerto de Vigàta enfrentan a Salvo Montalbano con un nuevo enigma. Pero esta vez, una pasión crepuscular será el principal motivo de los desvelos del comisario. La novela se publica en la Argentina en noviembre.

Aventuras otoñales del comisario Montalbano

La forma del agua


Andrea Camilleri
Salamandra
Volumen que da inicio a la serie. El autor sopesaba dos nombres posibles para su héroe, y no estaba satisfecho con la ficción que iba tramando. Sobre el final, cayó en sus manos un libro iluminador de Vázquez Montalbán. En agradecimiento, bautizó a su personaje Montalbano.

26.10.12

Banville: "Lo siento, la escritura es mucho más interesante que la vida"

El Irlandés John Banville habla sobre su última novela, Antigua luz, que cuenta la historia de un adolescente enamorado de la madre de su mejor amigo

El escritor John Banville fotografiado en Madrid. / Samuel Sánchez./elpais.com
Hace unos días —no recuerda con precisión cuántos porque para John Banville el tiempo es una zigzagueante sucesión de aconteceres— comprobó que los cristales de su estudio estaban hechos un asco. “Hacía por lo menos 10 años que no los limpiaba porque cuando trabajo nunca miro a la calle”. También comprobó que el único objeto realmente desgastado del lugar que acoge sus encierros es la alfombra que conduce de su escritorio hasta la cocina. Alrededor, no le avergüenza admitir, “todo está lleno de polvo”.
Menos las palabras… A las palabras, John Banville (Wexford, Irlanda, 1945), autor insólito, sugerente, les saca brillo. Así lo demuestra de nuevo en Antigua luz (Alfaguara y Bromera, en catalán), su nueva novela. Cuenta la historia de un adolescente fascinado y enamorado de una diosa: la madre de su mejor amigo.
Banville es un escritor puro. Una rara avis en su propia lengua. “Sí, creo que lo soy”, admite, obsesionado por la pulcritud desnuda del lenguaje más que por el relato. Un prosista en verso. Un introvertido buceador que luce corbata e ironía, que seduce con sus historias pegadas a la nostalgia de los elementos por un lado y a la novela negra, por otro, cuando se viste de Benjamin Black. Esa esquizofrenia que ahondaba al publicar en España en dos editoriales —Anagrama y Alfaguara— ha sido ya resuelta en uno de los contratos de la temporada editorial. Ahora las novelas que firma como Banville también pasan al sello Alfaguara.
"El mundo en sí es para mí redondo y las palabras, cuadradas"
Dice que en Antigua luz está todo él. Como hombre y como mujer. Pero sobre todo como amante. “La imagen que uno crea del amor es intensa, todo se basa en esa idealización. Cuando te enamoras inventas una diosa pese a que sabes que es de carne y hueso. Lo malo es que eso no dura más de tres meses, siempre depende de la diosa que se alargue un poco más…”. Nadie puede soportar tanta tensión ensalzadora: “El amor es una feliz angustia”, define. Permanente. Lo supo desde que vivió su primer amor. Fue a tiempo parcial. En verano. “Estuve loco por ella entre los 11 y los 17 años”.
Banville se revela como un estajanovista de su oficio. Sin muchos planes previos cada vez que se adentra en un libro. “Una frase lleva a la siguiente y así hasta que te das cuenta de que has terminado”. Los planes en sus obras marcan poco. “Lo importante es dejarse llevar, perderse en uno mismo, es entonces cuando te das cuenta de que no penetran en ti ni las influencias”.
Aunque eso no quiere decir que nos las tenga. “Los hay que insisten en mis semejanzas con Samuel Beckett, pero yo le debo más al atrevimiento de un poeta como Yeats y a la cirugía en las motivaciones de la gente que observo en Henry James”. La escritura que practica Banville tiene mucho de semiinconsciencia, de viaje interior, de desprecio al acopio de experiencias ajenas, aun cuando lamenta a veces haber perdido tiempo en dejar pasar los días encomendándose a su obra. “Lo siento, para mí, la escritura es mucho más interesante que la vida”. Lucha por crear un mundo en cada frase. Esa construcción en línea es su obsesión.
"La imagen que uno crea del amor es intensa, todo se basa en la idealización"
El lenguaje tiene sus designios, sus caprichos y en él, cada mañana, a las 9.30, se embarca. “La frase es el mayor invento del hombre”, comenta. Desconfía radicalmente de que la novela sea un reflejo de la realidad. La lucha por encajar ambas cosas le resulta una geometría imposible: “El mundo en sí es para mí redondo y las palabras, cuadradas, adaptar ambos es muy complicado”. La existencia es un presente continuo que se desvanece creando confusión. “Un libro es sólo un objeto, con principio y final, en el que a veces podemos convencernos de que cabe algo parecido a lo que es la vida”.
A veces le salen experimentos extraños. Como su anterior novela, Los infinitos, una arriesgadísima batalla de abstracción constante que tenía lugar entre dos mundos paralelos pero ajenos entre los dioses y los hombres. “Espero que a esa novela le haga justicia el tiempo…”, comenta un tanto despistado ante la incomprensión que sufrió.
Antigua luz es diferente: “Aquí pasan bastantes más cosas”. La novela llega en plena fiebre por la literatura erótica. Perdón… “De libros eróticos”, puntualiza, pensando en el boom de Cincuenta sombras de Grey. “Pero esto no tiene nada que ver con dicho fenómeno. No calculo lo que escribo, simplemente lo hago”. Sólo hay que mencionar una casualidad. La protagonista de Antigua luz se llama Gray. “Y me hubiese encantado que fuera mi madre”. ¿Edipo sobrevolando? “No, en absoluto”.