21.5.13

Contra la tiranía del presente

El escritor español Javier Cercas, autor de Soldados de Salamina, entre otras obras, habló de literatura, de su pasión por Borges y de su última novela, Las leyes de la frontera

EN BUENOS AIRES. Javier Cercas habla de su obra, de su oficio de escritor./Revista Ñ
Cuando aún no había escrito Soldados de Salamina, el libro que lo consagró en 2001, el español Javier Cercas volvió a su ciudad, Gerona, “a morirme, sinceramente, a enterrarme. Ese es el sentimiento con el que yo escribí esa novela, nunca volvería a ser escritor”. A partir del éxito de ese libro –vendió más de un millón de ejemplares– Cercas se ganó un lugar en el mundo de las letras. Invitado a la Feria del Libro, habló  de su oficio, de aquel éxito y de su último libro, Las leyes de la frontera (Mondadori).

En esta obra, publicada en 2012, Cercas se asoma a los años de la transición española pero no desde la política sino a través de la vida de tres adolescentes marginales, inmersos en el mundo del delito, a fines de los años 70, y la deriva posterior de sus vidas, donde la fantasía del ascenso social resulta casi una farsa.

-Usted ha hablado de la influencia de Borges en su formación.
-En Wikipedia dice que yo me hice escritor cuando leí a los 15 años a Borges, y es verdad pero a la vez es falso. Es verdad que leí a Borges muy pequeño, no sé qué entendía pero me fascinó. Aunque eso no hizo más que retrasar mi dedicación a la escritura, porque Borges era demasiado grande. Y eso te inhibe, te aplasta. Necesitas alguien más a tu medida. Yo empecé a escribir a los 19, 20 años, y los libros que tenía, Borges, Kaf-ka, eran demasiado grandes.

-¿Cuáles son sus otras raíces literarias?
-Yo no me siento un escritor español sino un escritor en español, y un escritor tiene dos tradiciones, la universal y la de su propia lengua. Yo tengo la fortuna, toda la gente de mi edad, que la tradición de nuestra lengua, y en particular la narrativa, se ha enriquecido y ensanchado extraordinariamente. Es decir, el español crea la novela, la crea Cervantes, en un movimiento enloquecido y genial, pero la pierde. No es la española la gran tradición de la novela ni la gran tradición literaria. Quienes aprenden la tradición de Cervantes son los escritores ingleses, sobre todo, y los franceses los que nos roban la novela. Y han sido los escritores latinoamericanos los que, en mi opinión, en este siglo que pasó, no sólo han provocado un terremoto en la narrativa sino que han devuelto la novela al centro del canon occidental, y eso es maravilloso. Somos herederos de esa tradición, así que no tenemos excusas para escribir mal.

-En las notas usted aparece hablando más de política que de literatura. Pero la literatura como tema aparece mucho en sus libros. ¿Por qué esa diferencia?
-¿Hablo más de política que de literatura? ¡Qué horror! Mira, en un momento determinado, yo cuando empiezo a ser un escritor quiero ser un escritor posmoderno. Depende de lo que entiendas pero el posmodernismo, su origen remoto es la segunda parte de El Quijote, en narrativa; el origen inmediato es la obra de Borges, y además no pierdes de vista aquellas recomendaciones de Calvino en Seis propuestas para el próximo milenio; entonces yo me siento un escritor posmodernista. Y yo empecé así, quería ser un escritor posmodernista, quería ser un escritor norteamericano posmodernista. Y por eso me fui a Estados Unidos. Y mis libros eran libros ultraintelectuales, humorísticos, irónicos, metaliterarios, del presente. Lo que ocurre es que, en un momento determinado, en torno a Soldados de Salamina, se produce como un cambio que no es un cambio, es un complemento, es como si se ensanchase mi campo de intereses, y aparecen dos cosas fundamentales. Aparece por un lado el pasado. Cuando me dicen que escribo novelas históricas me enfado mucho. Yo escribo novelas sobre la relación entre el pasado y el presente, es decir, tendemos a creer que el pasado es una cosa que ya ha pasado, que no tiene nada que ver con nosotros, que está allá, fuera, al margen. Es falso. El pasado forma parte del presente, no pasa nunca, Entonces, yo hablo de la relación entre el pasado y el presente, de ese presente ampliado. Vivimos como una especie de dictadura del presente. Creemos que el presente por sí solo se explica, es falso. Sin el pasado no se explica. Y de esa relación entre el pasado y el presente hablan, a partir de Soldados de Salamina, mis libros. De hecho, uno de los temas fundamentales de ese libro es la historia de un hombre de unos 40 años, como tenía yo entonces, que cree, como toda mi generación, que la guerra civil era algo tan ajeno y remoto como la Batalla de Salamina. Y a medida que investiga un minúsculo episodio ocurrido hace 60 años en la guerra civil descubre que no, que el pasado es el presente, que sin ese pasado ni él ni nada a su alrededor se explica. Y por otro lado también descubre que lo colectivo es una dimensión de lo individual. Entonces es verdad que yo me sigo sintiendo un escritor posmodernista, sólo que aparece la política.

-¿Qué peso tiene ese componente político en sus libros?
-No es más que una dimensión de mis libros, yo no soy un escritor político. Es verdad, pero esa sería otra cuestión, que yo escribo en los periódicos y como simple ciudadano opino sobre política, porque la política es de todos. Yo no soy un político, ni me siento un político, ni intervengo en política, ni jamás he tenido ninguna vinculación con la política, pero pago mis impuestos, tengo un hijo de 18 años. Yo escribo en un periódico que lee mucha gente, ¿por qué no voy a hablar de una cosa que me interesa, que me importa? Me preocupa mucho eso que dices que hablo más de política que de literatura. Yo soy un escritor antes que nada. Pero me preguntan sobre política y yo contesto.

-¿Existe en todas sus novelas esa fusión entre el presente y el pasado?
-Anatomía de un instante habla del presente, pero de un presente ensanchado, que contiene al pasado, de algún modo. Soldados de Salamina habla de la guerra civil pero no es lo esencial del libro, en absoluto. Las leyes de la frontera está ambientada en los últimos 40 años de la historia española pero no habla de España. De hecho, van a filmar una película en Bélgica, en Bruselas, porque lo que hace la literatura es convertir lo particular en universal. Es decir, Joyce no nos interesa porque habla de Dublin, nos interesa porque ahí plantea cosas que nos interesan a todos. Cervantes no sólo le interesa a los que viven en La Mancha. ¿Por qué? Porque a través de un tipo que vivió en La Mancha se plantean otras cosas... Y eso es la literatura.

-En algunos de sus libros aparece muy fuerte el tema del padre, eso de reconciliarse con el padre después de la adolescencia.
-Sí, es el tema de Soldados de Salamina, no es el de la guerra civil. Como el tema de Guerra y Paz no es la guerra de Rusia.

-Y también aparece el tema del héroe, la necesidad de buscar siempre un héroe.
-Ese es otro de los temas fundamentales. Yo creo que Soldados de Salamina, La velocidad de la luz y Anatomía de un instante son una exploración del tema del heroísmo, desde distintos ángulos, y de distintos tipos de heroísmo. Hace poco Le Monde nos pidió a una serie de escritores de todo el mundo que respondiéramos a una pregunta muy curiosa: ¿cuál era la palabra más importante para nosotros? Una pregunta muy rara, pero cuando me la hicieron supe inmediatamente cuál era. ¿Sabes cuál era la palabra? La palabra es “no”. Citando un texto de Camus que dice ¿qué es un hombre rebelde?, es un hombre que dice “no”. Y los personajes de –creo– todos mis libros son tipos que dicen “no” o tipos que lo intentan. En Soldados de Salamina es clarísimo, es un tipo que tiene que matar a otro y decide no matarlo. En Anatomía de un instante es un tipo que tiene que tirarse al suelo porque lo obligan, pero no se tira. Dice Cavafis en un poema que a todo el mundo le llega el momento del gran “sí” o del gran “no”, y yo añado: el que dice “sí” parece salvarse pero en realidad se condena, y el que dice “no” parece condenarse pero en realidad se salva. Bueno, mis héroes son los tipos que dicen “no” y mis antihéroes los tipos que dicen “sí”. Así que lo mejor en esta vida es aprender a decir “no”, y aprender a decirlo cuanto antes.

-¿El tema del heroísmo sería una constante también?
-Yo creo que esos tres libros son una exploración del heroísmo desde perspectivas diversas. Miralles, uno de los protagonistas de Soldados de Salamina, es un héroe clásico, un héroe homérico. Rod-ney Falk, el protagonista de La velocidad de la luz, es un hombre normal, un antihéroe absoluto, un hombre culto que en el momento esencial en vez de decir “no” dice “sí”, y se condena. Y Anatomía de un instante habla de un nuevo tipo de héroe, de lo que llamo los héroes de la traición. Nosotros estamos acostumbrados a pensar que la lealtad es una virtud, y puede serlo, pero lo cierto es que hay determinados momentos en la vida de la gente y de los países, de las colectividades, en que es más valiente, más honesto y más virtuoso, en suma, la traición que la lealtad. Y Anatomía de un instante habla de uno de esos momentos.

-Usted dijo que, antes del éxito de “Soldados de Salamina”, pensó que no iba a llegar a ser un escritor, a pesar de que ya tenía otros libros. ¿Esa consagración tuvo que ver con el éxito de ventas o con ese libro le pasó algo que con otros no?
-Yo antes de Soldados de Salamina era un escritor que escribía, y nunca me quejé de los lectores que tenía, nunca aspiré a ser un escritor profesional.

-Ni a vivir de la literatura.
-Jamás, no entraba en mis planes. Yo era un profesor de la universidad que se ganaba la vida en la universidad, no un profesor que de vez en cuando escribía novelas. Pero nunca pensé que iba a ser un escritor profesional, no conocía el mundo literario, creía que tenía el número de lectores que tenía que tener: mi mamá, algunas de mis hermanas, algún amigo, y basta. Lo que ocurre es que antes de Soldados de Salamina yo pasé el peor momento que tuve como escritor. Volví a Gerona, mi ciudad, yo vivía en Barcelona, y volví un poco como a morirme, sinceramente, a enterrarme. Ese es el sentimiento con el que yo escribí esa novela, que nunca volvería a ser escritor. No es que no fuese a tener éxito, nunca aspiré al éxito, porque no entraba en mis expectativas. Pero aspiraba a escribir buenos libros, y pensé que se había acabado la literatura para mí. Y bueno, la verdad es que en ese momento Bolaño me ayudó mucho, él estaba pasando por su mejor momento, era mi único amigo, y yo era casi su único amigo. Y el creyó en mí, él era mayor que yo, y me apoyó moralmente, fue mi entrenador.

-¿Tuvo al comienzo de su carrera un maestro de escritura, alguien que viera sus textos y le hiciera alguna corrección?
-Sí, lo tuve antes, Juan Ferraté se llamaba, que fue quien recomendó mis primeros libros. Pero yo me movía en un ámbito de poetas catalanes, no conocía el mundo literario español ni en español, nada. Para mí era algo completamente desconocido y cuando lo he conocido, la verdad, se me han quitado las ganas de conocerlo.

-¿Cuáles son sus escritores preferidos, los que relee?
-Hay muchos, hay escritores que releo. A Borges lo releo siempre.

-¿Y Vargas Llosa?
-Vargas Llosa es un escritor al que le debo mucho, personalmente y literariamente. Kafka es un escritor que siempre he releído. Bioy ha sido un escritor muy importante para mí. Conrad es un escritor que jamás me decepciona, casi nunca me decepciona, y luego ha habido escritores que son útiles para mí en determinado momento y luego dejan de serlo. Dino Buzzati es un escritor al que adoro. Calvino fue un escritor muy importante para mí, hay muchos... Cervantes, yo no sé cuantas veces he leído El Quijote pero es un libro que me parece milagroso, la primera parte es obra de un genio, la segunda parte parece que la ha escrito Dios, y era español el tipo, parece mentira, eso me asombra, me asombra una y otra vez, que este tipo escribiera lo que escribió, crease la novela y luego la botase, prácticamente. Es un libro milagroso, que no entiendo, y por eso me fascina. Me fascinan los escritores que no acabo de entender del todo, a Kafka nunca acabo de entenderlo, siempre hay algo que se me escapa. Borges, siempre hay algo que se me escapa. Zola es un escritor incalculablemente rico, siempre se me escapa. Esos son los escritores que me gustan, los que siempre se me escapan.

-En su última novela, “Las leyes de la frontera”, aparecen personajes adolescentes.
-Sí, la primera parte de la novela es sobre adolescentes, es una novela extraña ésta, una novela de aprendizaje en la cual un chico madura. Nunca había escrito sobre adolescentes y me fascina ese género, la novela de aprendizaje.

-¿Aprendió con su propio hijo sobre la adolescencia?
-Algo de eso hay. En el libro alguien dice “a los hijos es fácil quererlos, lo difícil es ponerse en su piel”. Y a lo mejor este libro, que sólo en su primera parte habla de adolescentes, ha sido mi intento de ponerme en su piel.

-¿Y él lo leyó?
-No, no lo leyó, no lee mis libros, por supuesto. Ya los leerá. Lo que pasa es que la segunda parte del libro demuestra que eso de la madurez es una de las tantas estafas que nos creemos y que le damos tanta importancia. La madurez, la normalidad, todas estas cosas que son estafas, que no son verdades. Pero yo sé qué sería mucho más tonto de lo que soy si no tuviera un hijo, eso si lo sé, estoy seguro.

-¿Terminará sobreviviendo la literatura y el hábito de la lectura a las nuevas tecnologías?
-La cultura no se destruye, sólo se transforma. Y es posible que haya cosas que nosotros no entendamos, pero es natural. Un hombre del siglo XIX no entendería las novelas que se hacen hoy o las películas, no entendería nada, pero eso no significa que se vaya a acabar. Lo que hay que hacer es estar lo más joven y abierto posible. Cuando alguien dice que se ha acabado la literatura, yo lo que creo es que el que está acabado es él. Leerán cosas distintas, de otra manera, mejores, peores, quién lo sabe. Pero la literatura va a sobrevivir, estoy seguro.

20.5.13

El hombre que no amaba a los fanáticos

Quizás en pocos sitios como en Cuba la relación entre literatura y política sigue siendo tan intensamente marcada por los últimos treinta años de historia latinoamericana, por los avatares de la izquierda, el comunismo y hasta los cambios del siglo veintiuno en la región. Y Leonardo Padura, el autor de exitosos policiales que deleitan a sus lectores cubanos y también de la reciente novela sobre León Trotsky, El hombre que amaba a los perros, acepta contestar cada uno de los puntos más ásperos de ese núcleo central, dramático y aun utópico llamado Cuba. Por qué se quedó, por qué es crítico de ciertas políticas y apoya otras, en qué consiste ser un escritor cubano, son algunos de los interrogantes que responde en esta entrevista realizada en Buenos Aires durante su paso por la Feria del Libro

Leonardo Padura Fuentes, autor de El hombre que amaba los perros./pagina12.com.ar
El tipo es tranquilo pero algún “qué coño” se le escapa, sobre todo cuando habla de la libertad crítica, y en ese momento la mirada se le hace más enérgica. A Leonardo Padura (La Habana, 1955) los cubanos se le acercan para preguntarle por Mario Conde, su personaje de policial negro, como si fuera alguien de carne y hueso. Otros, dentro y fuera de Cuba, siguen intrigados por El hombre que amaba a los perros, publicada por Tusquets en 2009. El hilo es la persecución de León Trotsky hasta su asesinato en México, pero la novela excede largamente el magnicidio cometido por José Stalin.
Uno de los grandes temas de la novela es el fanatismo. El de José Stalin, que manda asesinar a León Trotsky. El de Kotov, encargado por la KGB de concebir el plan y ejecutarlo. Y el de Ramón Mercader, que lo asesina. ¿Qué es un fanático?
–La exacerbación de una idea, de un sentimiento o de una preferencia. El fanatismo deportivo es el primero que viene a la mente. Es el más masivo, pero puede ser el menos problemático. En cambio el fanatismo político sí puede ser muy dañino. Creo que las personas tienen el derecho de tener una creencia política siempre y cuando esa idea política no sea agresiva, perjudicial. Tampoco lesiva de la dignidad, de la libertad o de la integridad de otra persona. Tú puedes ser de izquierda o de derecha, o más comunista o menos comunista, pero no tienes derecho a imponerte a los demás y desde tu fanatismo, desde tu creencia absoluta, concebir que los demás deben pensar igual que tú.

¿La izquierda tiene una forma propia de fanatismo?
–Hay una forma de fanatismo socialista o comunista que es muy complicada: la idea de que por tu bien tienes que ser obediente y tienes que aceptar la opinión de la mayoría. Eso va contra la libertad de opción. En la novela, Trotsky también es otro fanático.
¿Por qué?
–Hasta el final de su vida tuvo una sola convicción y no la cambió. Incluso fue capaz de sacrificar a su familia. Estaba tan convencido de que el socialismo era la solución para los problemas de la humanidad, que ni siquiera cuando pudo comprobar que la práctica socialista a la manera de Stalin, que fue la única que se puso en práctica, podía llevar a los desastres y los crímenes que llevó, cambió de idea. Era antistalinista, pero nunca dejó de ser un comunista convencido y lo escribió y lo expresó.
Me pongo en abogado del diablo y digo: “Stalin fue la deformación monstruosa de una esencia noble”. Y puedo decirlo del propio Lenin.
También se puede decir, y tenés razón al decirlo. Lo que pasa es que toda la razón y todas las verdades pueden ser relativas, discutidas. Y la posición de abogado del diablo te da la ventaja de poder encontrar el ángulo desde el cual una verdad puede parecer absoluta o una afirmación puede ser rebatida. Pero sí, creo que en esencia, Trotsky fue también un fanático y que Stalin no fue solo una idea sino una práctica.
–Uno sabe el final de El hombre que amaba a los perros. Trotsky será asesinado. Pero incluso sabiéndolo, el efecto es desesperante para el lector: es la novela de una víctima perpetua.
¿Y cómo serían los fanatismos de Stalin, de Kotov y de Mercader?
–El de Stalin, enfermizo. Era un hombre enfermo de poder que se creía predestinado. El de Kotov es un fanatismo cínico: sabía lo que estaba haciendo, por qué lo estaba haciendo. Obedecía, pero siempre con una posición en la cual sabía que estaba transgrediendo determinados principios. Ramón ostenta un fanatismo obediente, casi perruno, y que los perros me perdonen. El de Ramón es un fanatismo simple, tanto que al final de la novela Iván duda de si sentir compasión por él o no. Se pregunta si este hombre no había sido tan víctima como el propio Trotsky, al que él había victimizado. Esa fue también mi duda.
¿Todavía lo es?
–Mira, no tengo una respuesta definitiva a pesar de haber convivido con este personaje cinco años, investigando y escribiendo. Creo que eso hace más interesante al personaje. Humanamente, la opción de Mercader no tiene perdón. Uno puede compadecerse de un pecador, de un asesino, pero también tiene que tener un análisis diferente cuando está frente a culpas, ¿no?
Hablabas recién de la investigación.
–La novela me obligó a un estudio muy profundo de fenómenos históricos que se revisaron a partir de los años ’90. Además, el hecho de que Ramón Mercader fuera un personaje histórico sin historia, me obligó a completar la imagen de Ramón leyendo por los alrededores para tener una idea de dónde estaba, de cómo podía comportarse, de qué cosa había ocurrido con ello... Y cerré el período de investigación en el momento en que Ramón asesina a Trotsky. El trotskismo es un fenómeno que en sus orígenes, incluso, no existía. Era una invención de Stalin, que lo necesitaba para convertir a Trotsky en el enemigo.
¿En qué medida el fanatismo de Stalin, que definías como enfermizo, era enfermedad o era sistema?
–Era las dos cosas. Stalin desde su convicción, su experiencia, su fanatismo y su creencia, y desde la situación histórica en que llega a tener la posibilidad de hacerse con el poder en la URSS, crea un sistema que no sólo tiene un fundamento filosófico en el marxismo o en los aportes del leninismo. Es prácticamente construido por el pensamiento y la obra de Stalin. Son claves todos los procesos que comienzan a ocurrir desde 1929, la colectivización, la propia persecución de Trotsky y de todos los viejos bolcheviques, estuvieran o no en su pensamiento más cercanos a Trotsky o a Stalin. También asesinó a los stalinistas. Stalin no era para nada un pensador. Quería serlo: escribía libros, y filosofaba, y hacía teorías, estudiaba la lingüística. Buscaba ser como Lenin y Trotsky, quería ser culto. Pero la cultura se le negaba desde la fanatización y la criminalización a la que sometió a la sociedad soviética.
O sea que Stalin no sentía culpa ni esgrimía una actitud cínica.
–El cinismo supone una mirada un poco distante de las cosas. Kotov la tenía. Y al mismo tiempo era una de esas criaturas que asumen la función de verdugos sociales con una tranquilidad y una ligereza tremendas. Hubo muchos como él. Orlov, por ejemplo. Es interesante que Kotov entra en la proto KGB de los primeros tiempos porque le daban una cuota adicional de cigarrillos y un par de botas y porque además le concedían licencia para matar. Luego va a trabajar al extranjero y se cultiva. Es un hombre de gran inteligencia. El plan para asesinar a Trotsky fue uno de los más elaborados y más rebuscados que se puedan imaginar. Cuando a la muerte de Stalin lo encarcelan, vive doce años en una especie de gulag para agentes de la KGB. Nunca perdió el cinismo y tampoco perdió algo que tal vez sea lo único que lo humaniza: su deseo de seguir viviendo. Hay un elemento histórico real y es que en un campo de concentración fue operado a sangre fría, sin anestesia, de cáncer de colon. Y sobrevivió.
Queda claro que El hombre que amaba a los perros no es una libro de historia. ¿Cómo te juega eso a vos? ¿Qué chirrido te produce la tensión entre la Historia y la historia que contás? Hablando de Tinissima, su libro sobre Tina Modotti, Elena Poniatowska me dijo en una entrevista que ella primero investigaba mucho porque era un hábito periodístico del que no podía desprenderse.

–A mí la investigación es una disciplina que me atrae muchísimo y cada vez más disfruto tanto de la investigación como de la escritura. En la escritura, si quieres, tengo absoluta libertad. En la investigación tienes la libertad de escoger lo que otros te proponen. En la investigación los descubrimientos tienen un atractivo muy grande y uno va cambiando los preconceptos gracias a las evidencias. En esta historia específica, igual que en el caso de la historia de Tina, ocurre algo que complica la relación del investigador con los hechos. Mientras leía autores y testigos, yo tenía la convicción de que podían estar mintiendo. El asesinato de Trotsky y sus alrededores están llenos de mentiras. Tantas que se escribió una historia, que luego se ha reescrito, y se seguirá reescribiendo, y se podrá volver a reescribir en la medida en que aparezcan documentos y evidencias, y análisis, que permitan tener otra perspectiva. Por eso en este caso uno siempre tenía que sospechar de la fuente, y eso hacía todo más atractivo.
Al momento de escribir, ¿cómo hacés para despegarte de la investigación?
–Es difícil. Debes despegarte de la investigación y empezar a tener una mirada desde fuera para hacer tu ejercicio como novelista. De todas maneras, hay un proceso en mi escritura que me lleva a hacerlo, y es que la primera versión que yo escribo de mi novela está muy apegada a la investigación. Pero a partir de ahí, yo prescindo de la investigación. Ya sé que tengo fechas que coinciden históricamente, lugares en los que están los personajes que coinciden con la realidad, y tengo armada una trama que históricamente se sustenta. Pero a partir de ahí empiezo a reescribir el libro, a hacer versiones de la novela, y al final llega el punto en que estoy tan lejos que incluso me cuesta saber si lo que estoy diciendo es una verdad históricamente comprobada o si es una verdad novelesca.
En ese punto terminaste.
–No, las novelas nunca se terminan. Se abandonan. Llega un punto en que estás tan harto de esa historia, que te dices “hasta aquí llegué”.
Volviendo al gran tema del fanatismo, ¿en qué fanatismo pensaste antes de escribir?
–He pensado mucho en los fanatismos religiosos. ¿Cómo una persona por una creencia religiosa puede llegar a hacer lo mismo que hace Ramón Mercader? Hay gente que por creer en Dios o por creer en el mundo mejor es capaz de asesinar a otros. Inevitablemente el fanatismo nos conduce al fundamentalismo. Un fundamentalista es alguien que cree que es dueño de la verdad, y por esa verdad es capaz de hacer cualquier cosa, incluso las que la mayoría de las personas consideramos éticamente reprobables.
Matar.
–Entre otras cosas.
¿Y morir?
–La cultura de la muerte es mucho más complicada y es también parte del fanatismo. En el caso específico cubano, por ejemplo, en el himno nacional se le canta a la muerte. Morir por la patria es vivir.
Pero allí hay una concepción romántica.
–Claro, es la época. Tal vez la decisión del individuo, de la inmolación, puede tener un elemento, como tú dices, perfectamente romántico, en el sentido histórico, pero en el sentido contemporáneo también, que lo hace menos agresivo. No es lo mismo tú decidiendo por tu vida que si tú decides por las vidas de los otros.
Al hablar del comportamiento perruno de Mercader les pediste perdón a los perros. ¿Cómo son tus perros? Los reales, digo.

–He tenido tantos perros en mi vida... Unos me han durado muchos años, otros han durado menos. Unos han llegado pequeños, otros han llegado adultos. Unos los hemos recogido de las calles, otros han decidido que la casa donde quieren vivir es mi casa. Casi ninguno de alguna raza legítima. Todos perros bastardos. Mientras escribía esta novela tenía dos. Una perra que murió hace cinco meses, Natalia. Y no por Natalia Sedova, la mujer de Trotsky. Era una señora gorda que dormía todo el tiempo en el sofá, muy apaciblemente. Y, desde antes de Natalia, tenemos un perro que tiene dieciséis años ahora, que se llama “Chorizo” y que ha sido como un niño en mi casa, y ahora es un niño que se nos ha vuelto un anciano, y es un anciano en todo, pero hemos tratado de darles la mejor vida posible a nuestros perros.
Cuba es el escenario fijo sobre el que pivotea la novela. ¿Cómo es tu Cuba real?
–Soy esencialmente crítico con respecto a la realidad cubana. Esto significa que tengo una responsabilidad porque puedo usar la palabra, y que la palabra mía sea leída. Tengo que cumplir con esa responsabilidad civil, intelectual y ciudadana. Supuestamente, si Cuba es un país socialista, el derecho a la palabra es fundamental. En el caso cubano todos, queriéndolo o no, hemos tenido que participar en los avatares de la vida cubana. Yo, con 16 años, estaba en un campo de caña, cortando caña para el gran salto económico del país. Cumplí mis 30 años en Angola, en la guerra, como corresponsal civil. Al lado de mi cama tenía un AK-47 con cuatro cargadores por si en algún momento pasaba cualquier cosa. En los cinco años del período especial, hasta 1995, en que dejé de trabajar en la revista y ya me quedé trabajando en la casa, iba y venía del trabajo en bicicleta, con lluvia, sol, calor o frío, 20 kilómetros a la ida y 20 a la vuelta. Todos esos sacrificios hicimos durante todos esos años, y decidimos permanecer en Cuba. Si los sacrificios no me dan derecho a hablar sobre Cuba, ¿qué coño me puede dar derecho a hablar sobre mi país? Por lo tanto, creo que uno puede hacer esa crítica e incluso uno puede ser muy duro en esa crítica. Los gobiernos no son infalibles, sean socialistas, comunistas, se llame Fidel Castro, Raúl Castro, o como se llame, y uno tiene que tener derecho a esa opinión, y yo la practico.
Acabás de contar esto: “Decidimos permanecer”.
–Sí, porque fue una decisión pensada. A principios de los años noventa, la situación en Cuba estaba en unas condiciones que lo más lógico era tú desaparecer del país. No sabíamos si al día siguiente íbamos a comer algo, si íbamos a tener electricidad, qué iba a pasar con la vida y con todo lo que constituye la existencia de las personas. Y yo, racionalmente, decidí permanecer en Cuba. Estuve en Estados Unidos, en Francia, en España, en Italia. Dije: “No, yo me quedo aquí porque soy un escritor cubano y quiero escribir sobre Cuba, y quiero hacer mi carrera aquí a pesar de estas dificultades”. A partir de un cierto momento, he tenido unas posibilidades económicas muy superiores al resto de la sociedad cubana, pero fue resultado de mi trabajo. No fue algo que me haya caído del cielo. A mi hermano de Miami le tengo que mandar dinero, no es mi hermano quien me manda a mí. Y todo eso hace que a pesar de que mi situación económica cambie, mi posición civil sigue siendo la misma y mi posición política también. No milito ni milité nunca en un partido. No soy militante de ningún partido, ni oficial ni de la disidencia, porque, sobre todo, he luchado por mi independencia, y desde esa independencia quiero expresar mi crítica con respecto a la realidad cubana e incluso al gobierno cubano.
¿Por qué la realidad cubana tiene aspectos a tu juicio tan críticos y realidades como la formación de médicos muy competentes? No solo Bolivia y Venezuela apelan a los médicos cubanos. Brasil acaba de firmar un acuerdo para recibir a seis mil médicos en planes de ayuda.
–Sin duda Cuba es un país muy peculiar, desde sus orígenes. Y la revolución potenció esa peculiaridad cubana. Es cierto que en Cuba existen planes sociales que han permitido que la pobreza, aunque generalizada, no sea miseria. En Cuba no se muere nadie de hambre. Ha logrado que la medicina sea universal y gratuita. A veces te cuesta más trabajo conseguir una aspirina que una resonancia magnética. Esas contradicciones en Cuba son muy visibles. Y no se puede discutir que ha habido una gran cantidad de progresos sociales con respecto a la mujer, al negro, aunque el tema del negro sigue siendo un asunto que no se ha resuelto del todo en Cuba. No hay discriminación racial, pero el racismo es algo que está en la mente de las personas. Se superaron, afortunadamente, políticas restrictivas a los homosexuales, a los creyentes. Yo recuerdo que hace muchos años había un jugador de béisbol que es católico y cuando iba a batear hacía un movimiento raro. Era que se estaba persignando porque no podía hacerlo abiertamente. Ya no. Ahora los deportistas se persignan comúnmente. Todos andan con su collar en el cuello, o la pulsera. Y los homosexuales hacen su vida, de la manera que quieren.
Es decir que no hay sanción del Estado pero sí social.
–Con respecto a la homosexualidad, sí. En un país donde el pensamiento religioso es muy heterodoxo, pero cuya base es católica, y además en un país machista, son complicados los temas de homosexualidad o racismo. Pero todo eso debería acompañarse o tiene que acompañarse con una mayor libertad individual. Ahora, por suerte, se aprobó la ley que autoriza a los cubanos a viajar libremente. También uno puede venderle la casa a quien quiere. Pero todavía faltan espacios de expresión, de libertad. La palabra “disidencia” se ha cargado de un significado muy peyorativo. Uno de los vacíos fundamentales es el que produce la inexistencia de una prensa normal. No alcanza con ciertos blogs.
¿Existe alguna encuesta que indique tendencias de voto para Raúl Castro si las elecciones fueran como en otros países de América latina?
–No. Pero creo que el consenso en torno de Raúl Castro es hoy mayor que hace cinco o seis años. Eliminó restricciones y reconoció que quienes ejercen el poder no deben ser eternos. A una edad bastante avanzada descubrió, pero al menos lo descubrió, que solamente haya dos períodos de cinco años. Como está en el segundo mandato, Cuba está empezando a vivir un último período de un Castro en el gobierno. Así que tendremos un futuro un poco difuso, un poco difícil de poder dibujar frente a nosotros. El actual vicepresidente cubano, que se supone que sea el primer presidente post-Castro, Miguel Díaz-Canel, últimamente ha hecho tres o cuatro declaraciones muy esperanzadoras: ha hablado por ejemplo del tema de la prensa y de la necesidad de luchar contra el silencio. Porque en Cuba todo se cocina de manera misteriosa, a nivel de gobierno. No se hace política. Y yo no creo que hacer política sea sólo salir por los barrios regalando gorras y banderitas sino también convencer a las personas de un programa de gobierno con el cual se sientan identificadas. El hecho de que una persona como Joani Sánchez haya salido de Cuba, haya hecho su gira por el mundo y, espero yo, pueda regresar a Cuba normalmente, es un cambio social y político inimaginable. Y creo que eso es importante, porque significa la posibilidad de que cada cubano tenga su espacio. Hay algo que siempre está en el fondo de la cuestión del futuro de Cuba y es la relación con los Estados Unidos. Ese es un punto álgido que no se puede desestimar, porque es una relación traumática desde el siglo XIX. Y la política norteamericana ha sido, y es en estos momentos, muy torpe. Un gobierno norteamericano con un mínimo de inteligencia lo que debería hacer es levantar el embargo y decir: “Vamos a ver qué pasa”. Ese es un tema que está gravitando sobre la realidad de Cuba y que va a definir mucho cómo es el futuro cubano.
¿Cuál es tu relación con los lectores cubanos?
–Muy intensa. Debo haber sido el escritor que más veces ha ganado el premio de los lectores que se da en las bibliotecas públicas de Cuba por conteo. Con respecto a las novelas de Mario Conde, hay una identificación absoluta, tanto que Conde ha dejado de ser un personaje para convertirse en una persona. Me preguntan por Mario Conde como si fuera alguien que vive conmigo. ¿Se casó? ¿No se casó? ¿Sigue vendiendo libros viejos? ¿Y cuándo regresa Conde? Con El hombre que amaba a los perros pasó algo diferente: fue una relación más cerebral. Tengo en la casa varios mensajes que me llegaron por mail que me agradecían por haber escrito la novela. Me decían que gracias al libro habían tenido idea no solamente de lo que había pasado fuera de Cuba sino de lo que había pasado con sus propias vidas sin ellos saber. Ese sentimiento de gratitud es la mayor recompensa que uno puede recibir por parte de los lectores.

¿Los ayudaste a vivir?
–Los ayudé a entender.

16.5.13

Houellebecq: "Escribo por vanidad"

El escritor francés se revela ahora en el volumen Poesías, traducido al español, como un vate a quien le gusta cantar la derrota del ser humano

"La sociedad en la que vivimos quiere destruirnos", dice con amargura el autor de Plataforma./Revista Ñ
Con aspecto algo desaliñado –una mancha de pintura blanca en su camisa amarilla–, tocándose el flequillo, encadenando un cigarrillo tras otro, Michel Houellebecq, uno de los más grandes escritores vivos de nuestro tiempo, habló –intercalando sus ya míticos silencios entre frase y frase–, sobre todo, de Poesía , el volumen en el que la editorial Anagrama recoge –en edición bilingüe castellano-francés– sus cuatro obras poéticas: el manifiesto “Sobrevivir” (1991), y los poemarios El sentido de la lucha (1996), La búsqueda de la felicidad (1997) y Renacimiento (1999).
En este libro el autor de Las partículas elementales y Plataforma se revela como una lúcida voz que canta la derrota de los seres humanos en un sistema extraño, identificado como ‘liberal’, que los hace sufrir. Es el poeta de los desvalidos del siglo XXI: los feos, los raros, los parados, los que no ligan... y aborda también el paso del tiempo, el mundo laboral, la belleza, el amor o la vida sexual.
La expectación mediática que usted levanta tal vez solo sea comparable a la de Salman Rushdie. ¿Cómo la aguanta?
Uno se acostumbra a todo. No sé por qué la gente se interesa tanto por mí. La única explicación que puedo encontrar es que, al ser tan imprevisible, transmito una sensación de libertad, muy rara en el mundo actual, y eso me convierte en alguien interesante.
Como Rushdie, usted fue víctima del fanatismo islamista.
Menos. A mí no me condenaron a muerte, solamente me hicieron un juicio.
Dice en su libro algo así como que no hace falta tolerancia con ciertas cosas, porque ya conocemos qué es el bien y qué es el mal.
Tal vez suene algo extremo, pero el islam no ha cambiado en Francia. No me arrepiento de lo que dije, pero tampoco lo voy a repetir. Diré algo nuevo cuando cambie la situación.
“Sobrevivir” es un manifiesto, declaración de intenciones sobre la base de su poesía, pero también sirve para sus novelas. La base de todo es el sufrimiento.
Sí. Sufro. Hay una incompatibilidad entre sentirse bien en el mundo y escribir sobre él. Escribir requiere un alejamiento. No hay escritores felices. Sufrimiento es dolor pero también esa sensación de extrañeza, sentirse ajeno a todo. Todos los vivos sufrimos de muchas maneras.
Pero, ¿sufre tanto como antes?
Siempre tengo un sentimiento negativo hacia las cosas. El sufrimiento me comería crudo si no le pusiera una estructura, si articulo ese dolor en un poema estoy salvado. El poeta bascula entre la amargura y la angustia, y a veces experimenta un momento de remisión que le permite crear.
¿Dónde se encuentra usted ahora?
Soy ciclotímico. En un mismo día atravieso lo más alto y lo más bajo. Puedo pasar de un estado a su contrario en menos de una hora, así que esa pregunta no tiene sentido para mí.
Dice que el poeta es el niño que se caga encima cuando su madre se ha puesto guapa para una cita nocturna...
Llora con los pañales sucios y exaspera a esa madre, que al final se pone a gritar también y lo abandona. Las experiencias traumáticas ayudan al escritor, que suele tener la conciencia precoz de vivir en un entorno desagradable. Hombre, yo también intento, como todo el mundo, agarrarme a sucedáneos de felicidad pero sé que, en el fondo, la felicidad no es para mí.
Reivindica la culpabilidad y la timidez como fuerzas extraordinariamente fecundas.
U otras como el resentimiento, sí. La culpabilidad la sentía sobre todo de joven, es algo que permite un gran conocimiento de uno mismo. Quieres a tu padre pero tienes ganas de que se muera y te sientes mal por ello.
¿Y la timidez?
Es una gran fuente de enriquecimiento interior, un desfase entre la voluntad y el acto que desencadena unos procesos mentales interesantes. Sin ese desfase, seríamos animales. La timidez es ideal para un poeta.
No sé si conoce a Leopoldo María Panero, pero es inevitable pensar en él cuando habla de que el poeta hace equilibrios en el límite de la cordura.
No lo conozco. Pero yo mismo no estoy muy lejos de perder la cabeza, me siento en el límite de ciertas cosas. No soy capaz de hacer vida social, aunque haciendo un esfuerzo consigo un poco integrarme, sin dejar de parecer raro. Y la psiquiatría es peligrosa porque puede embrutecerte también.
Usted, aunque no ejerza como tal, es un crítico demoledor de la sociedad y de todas las taras del sistema, como una especie de portavoz de los damnificados, con los que nos hace empatizar.
La sociedad en que vivimos quiere destruirnos. El arma que emplea es la indiferencia, y hay que pasar al ataque, poner el dedo en la llaga y apretar bien fuerte. Hablar de lo abyecto: la enfermedad, la ausencia de amor, la fealdad... pero sin adherirse a ninguna idea ni profesar ninguna militancia. La militancia es para la gente feliz.
En cuanto a las formas métricas, es usted bastante clásico ¿no?
Un poco de todo; métrica estricta, prosa poética... Una forma versificada me permite decir aquello que no sabía que iba a decir, me libera el subconsciente. La rima es una ventaja extraordinaria para librarse de la razón, y del discurso racional. Una estructura compacta y firme desata mi vida interior. Y me gusta mucho la repetición, me repito enormemente.
Pero, entonces, ¿qué métrica prefiere?
Depende de la energía que necesite. Tal vez la de los alejandrinos me viene más naturalmente. El francés es una lengua sin ritmo, al contrario que el inglés. El francés es una melodía, algo armonioso, difícilmente cae en el hiato.
“El poeta es un parásito sagrado”, dice usted.
Es una frase injustificable. Lo dice todo. No quiero estropearla con una glosa.
Lo veíamos como un novelista que hacía incursiones en el cine, en la música... pero tras leer su libro vemos que la poesía no es una afición de domingos ni un experimento, sino que es usted tan poeta como novelista. ¿Estamos en lo cierto?
Sí. Al principio la poesía me parecía más natural que las novelas. En la poesía expresamos percepciones que tenemos sobre el mundo en un momento dado, sin contexto, es más cercana a la fotografía o la pintura que a la novela. Es fundamentalmente no narrativa. En un poema no hay personajes, sino un ente perceptivo indefinido. Saltar a la narración fue un acontecimiento inesperado en mi vida. Fíjese que en varias de mis novelas el personaje central es alguien que en principio no hace nada, más un observador que un personaje de novela. Y la poesía es una observación.
¿Se acerca más a la belleza?
No. Hay belleza en la narrativa también, pero la poesía se adapta mejor a la extrañeza y a la incongruencia, a las situaciones en que no comprendemos lo que sucede. Un poema es un momento preciso, aislado, de una historia que desconocemos. Esa historia completa sería la novela, que puede verse, en este sentido, como una nota a pie de página del poema. En una novela no hay lagunas.
¿Quiere más a sus poemas o a sus narraciones?
La poesía es difícil de editar y, del mismo modo que los padres quieren más a sus niños minusválidos que a los hermanos sanos, la dificultad de conseguir que te la publiquen te hace amarla más. Y la novela es más fácil de escribir: únicamente pide trabajo. La poesía, por muchas horas que le pongas, puede no salirte. Pide inspiración, llega cuando no la esperas, es como una secreción, ajena a tu voluntad.
Sus novelas y poemas tienen una atmósfera parecida, pero en los segundos no hay humor.
El humor no casa bien con la poesía. Estoy de acuerdo en que hay climas compartidos, que encontramos también en mis novelas. Pero hay un plus que no puede expresarse en una novela. La poesía supone siempre una interrupción de la narración. Cuando, en las novelas de espionaje, no llega el contacto en un aeropuerto, ese momento de incertidumbre, en que se corta la base de la narración, es un momento poético. De hecho, las novelas poéticas suelen ser novelas mal escritas.
¿En qué trabaja?
En otro poemario. Y en un cómic basado en Plataforma , mi primera incursión en la historieta.
Ha hecho música, cine... ¿Y un día ópera? ¿O teatro?
Jamás. Mi única relación con la cultura clásica es la literatura. El cómic o el cine me son cercanos, pero no tengo idea de cómo funciona una buena obra de teatro, y mucho menos la ópera.
Usted llegó a actuar como músico en el FIB de Benicàssim [Festival en la Costa del Azahar]. ¿Se acabó aquello?
No. Puedo escribir canciones sin problema. Las canciones son la forma actual que toma la poesía. De hecho, desde principios del siglo XX no hay poetas que me interesen, pero sí cantantes.
Sobre su última novela, “El mapa y el territorio”, dicen que está usted más domesticado.
Antes era extremadamente insolente, lo sacrificaba todo a la energía; en ese libro, lo sacrifiqué todo a la armonía. Antes echaba cubos de agua helada a los lectores, ahora mi deseo era que el lector se endormiscara dulcemente. Antes sonaba como un conjunto punk y ahora soy más Pink Floyd.
¿Podría vivir sin escribir?
Perfectamente. Escribo por vanidad y, si no me van a publicar, pues ¿para qué? Tengo una tendencia muy fuerte a la inactividad. En cambio, no podría vivir sin leer novelas.
¿Tiende últimamente a lo autobiográfico?
Eso carece de interés. Yo invento mi vida, como me la inventaba cuando iba al psiquiatra, porque lo que me interesaba era conseguir la baja médica. La realidad es secundaria, si rasca usted un poco en mis datos biográficos verá que son inventados. Miento.
© La vanguardia

Brown: "No hay nada más difícil que escribir un libro fácil de leer"

Desde que El código Da Vinci se convirtió en la novela más vendida de la historia, Dan Brown también tiene sus propios códigos. Religión y arte se vuelven a ver las caras bajo la audaz mirada de Robert Langdon en Inferno, pero el autor reivindica la compatibilidad entre complejidad y bestseller

 
"No hay nada más difícil que escribir un libro fácil de leer", asegura Dan Brown./lainformacion.com
"No hay nada más difícil que escribir un libro fácil de leer", asegura Brown en una entrevista con Efe. "Por el contrario, es muy fácil escribir un libro difícil de leer. El truco para que las páginas vuelen tiene mucho que ver con enseñar algo nuevo en cada página", añade.
Brown, experto en tejer tramas que no dejan respiro al lector, escudriña esta vez la matemática y complejísima estructura de la obra magna de Dante Alighieri, "La divina comedia", y toma de su primera parte (reservándose "El purgatorio" y "El paraíso") la inspiración para pasear y reinterpretar las calles de Florencia, donde despierta amnésico su personaje fetiche: el catedrático de Simbología de la universidad de Harvard, Robert Langdon.
Intrigas de poder que unen las corrupciones del siglo XIV con las del XXI surgen de este "Inferno" que llegó ayer a las librerías de Estados Unidos, y mañana a las de Latinoamérica y España, donde se publica con Planeta.
Brown leyó a Dante en la adolescencia, pero no fue hasta hace poco cuando entendió la influencia definitiva que había tenido para la modernidad ese paseo de Virgilio por los nueve círculos que conducen al reino de Satanás.
Fue entonces cuando decidió investigar qué podría encontrar allí su alter ego Langdon, al ver tan claramente reunidos todos los elementos de su mágica ecuación: arte, religión y conspiración.
"El arte imita a la vida y la vida imita al arte. El arte funciona como un reflejo de lo que realmente estamos pensando y, en muchos casos, la religión funciona de la misma manera. Es un reflejo de preguntas para los que seguimos clamando respuestas", reflexiona Brown.
Las respuestas a esas preguntas son la especialidad de Langdon, que vuelve a las andadas por cuarta vez en este libro.
Después de convencer con su análisis de "La última cena" de Leonardo Da Vinci a la cifra récord de 81 millones de lectores, de debutar en "Ángeles y demonios" y mantener el nivel en "El símbolo perdido", llega todavía más audaz a esta mefistofélica trama.
"Me encanta este personaje, cada vez tiene más inteligencia y mejor entendimiento del mundo que le rodea. Además, creo que a los lectores les gusta volver a encontrarse con personajes que ya conocen. No tengo miedo a encasillarme", explica Brown.
Convertido en millonario (con su éxito presente editó obras del pasado como "La fortaleza digital" y "La conspiración"), no tiene a la crítica de su parte, pero tampoco le preocupa. "Escribo el libro que me gustaría leer. Solo espero que el lector tenga mi mismo gusto", dice entre risas.
Y, tras la rentabilidad comercial de las adaptaciones cinematográficas de "El código Da Vinci" y "Ángeles y Demonios", dirigidas por Ron Howard y protagonizadas por Tom Hanks, espera ya que "Inferno" se traduzca en la tercera película basada en su obra.
"Estoy seguro de que habrá una película de 'Inferno'. Estos libros son muy cinematográficos y en ellos suceden muchas cosas que se desarrollan en escenarios espectaculares que funcionan muy bien en el cine", asegura.
Él, por el momento, ya tiene aura de estrella de Hollywood. Para la promoción de "Inferno" concede las entrevistas sin entrar en contacto con el periodista, sino enviándole las respuestas a sus preguntas en un vídeo a través de internet. Tampoco facilita el libro a los medios de comunicación.
Eso sí, le encanta hablar ese español que aprendió en Sevilla, cuando todavía no era un célebre escritor e intentaba triunfar en el mundo de la música.

14.5.13

Talese:"Una buena historia nunca muere"

Escritor. Sin adjetivos. Pero también uno de los padres del nuevo periodismo. El legendario reportero nos recibe en Nueva York para hablar sobre el arte de contar la vida

Gay Talese. /Pascal Perich/elpais.com
El periodismo deportivo, género en el que Gay Talese (Ocean City, Nueva Jersey, 1932) brilla a la altura de los más grandes, no es más que una de sus facetas, pero la verdad es que en él se encierra el ADN de su escritura: “En el Estado de Nueva York, a unos noventa kilómetros de Manhattan en dirección norte, al pie de una montaña, hay un antiguo club social abandonado. La pista de baile está cubierta de polvo; los taburetes del bar, patas arriba, y nadie recuerda cuándo fue la última vez que se afinó el piano…”. Así comienza El perdedor, uno de los 37 artículos que escribió Gay Talese sobre Floyd Patterson y recoge El silencio del héroe, la antología de crónicas deportivas de este autor que ahora publica en español Alfaguara. Al escritor no le interesan los momentos de gloria que aureolan el pasado del campeón mundial de los pesos pesados más joven de la historia, sino las heridas que dejó en su alma el sabor de la derrota. “El deporte”, dejó escrito Talese, “trata de gente que pierde, vuelve a perder y pierde una vez más. Se pierden encuentros; después se pierde el trabajo. Puede resultar muy intrigante”. Sí, ya lo sabemos, fue uno de los padres del nuevo periodismo. No es que la etiqueta esté gastada, sino que no vale a la hora de calibrar la estatura de este italo-americano de 81 años, autor de crónicas y libros memorables sobre la más diversa variedad de temas que quepa imaginar (las interioridades de la redacción de The New York Times, la Mafia, los estándares sexuales de los estadounidenses, la construcción del puente de Verrazano o las Torres Gemelas, la grandeza del anonimato en contraste con las pequeñeces de la fama). Vital, generoso, de conversación amena y desbordante, antes de iniciar la charla, Talese insiste en bajar unos momentos al búnker, como denomina al sótano plagado de cajas de cartón donde conserva las decenas de millares de notas y documentos que integran su archivo. Hijo de un sastre y una modista, obsesionado por los trajes de otra época, casado con Nan Talese, una de las editoras más reconocidas del mundo literario neoyorquino, con quien tiene dos hijas, si hay una palabra que resume todo lo que Gay Talese es y representa, basta con decir que es escritor. Sin adjetivos.
¿Cuál fue su primer trabajo?
Chico de los recados en la sede de The New York Times, en la calle 43. Mi trabajo consistía en llevar café y sándwiches a los redactores y en llevar mensajes de un despacho a otro. Es el trabajo más importante que he tenido jamás, porque me permitía ver los entresijos del periódico sin que nadie reparara en mí. Era un edificio de 14 plantas que yo subía y bajaba sin cesar. Tenía acceso a todas las secciones: circulación, ventas, anuncios clasificados, el suplemento dominical, la revista de libros. La torre de marfil estaba en el último piso. Allí tenían sus suites los altos cargos y los propietarios, la familia Sulzberger. Conocí a todo el mundo: editores, redactores jefes, operarios, linotipistas, impresores, los conductores de los camiones de reparto. Fui testigo de rivalidades, de luchas por el poder, huelgas, piquetes, todos los cambios que experimentó el periódico a lo largo de una década.
Sus años en The New York Times quedaron reflejados en El reino y el poder. ¿Cómo fue el proceso de gestación del libro?

"Este presidente y todos mienten. siempre encuentran excusa para ello"
Hay un momento imborrable que lo cifra todo, la primera vez que puse un pie en la redacción, en 1953. Ante mí se abría el espacio gigantesco de la tercera planta, más de 400 personas, hombres y mujeres, tecleando frenéticamente en sus máquinas de escribir, fumando sin parar, en medio de los timbrazos de docenas y docenas de teléfonos. Lo primero que pensé fue que aquel era el lugar con menos mentirosos por metro cuadrado de todo Nueva York. En Wall Street, en la Junta de Educación, en el Ayuntamiento, en la Iglesia hay mentirosos a patadas, pensé, pero aquí no. Dos años después, cuando se cumplió mi sueño de ser reportero, sentí que pasaba a engrosar las filas de una profesión noble cuya máxima aspiración es ser fiel a la verdad. No digo que siempre se consiga, pero ese es el ideal que da sentido a una institución como el Times. El periodismo es una profesión honorable, y no estoy de acuerdo con quienes nos pronostican un futuro tenebroso, porque no hay nada más importante que la verdad. ¿Y quién se ocupa de decirla? Los Gobiernos no, ciertamente. El presidente miente; no este, todos. Siempre encuentran excusas para hacerlo: la seguridad ciudadana, la defensa nacional; no podemos decir qué estamos haciendo. Resulta irónico ver a Obama compungido porque el Senado no ha aprobado una ley que limite el uso de armas, cuando al mismo tiempo se dedica a enviar drones que sueltan bombas que causan la muerte de niños en numerosas partes del planeta. Si los periódicos no vigilan las acciones del Gobierno, ¿quién lo va a hacer?
¿Por qué dejó The New York Times?
Sigo sintiéndome parte del periódico. Tengo allí muchos amigos, tanto de los viejos tiempos, aunque muchos han muerto, como entre los más jóvenes. Dejé de trabajar allí al cabo de más de una década, porque había llegado al máximo de mis posibilidades como reportero de plantilla. Lo que yo quería escribir necesitaba más espacio y más tiempo, y eso es algo que no es posible hacer en un periódico. El tipo de reportaje que me interesaba escribir solo se podía realizar en cierto tipo de revistas, y así fue como empecé a colaborar con Esquire, aunque irónicamente el primer trabajo que hice para ellos tenía que ver con The New York Times. Escribí un perfil sobre el periodista encargado de redactar los obituarios, un personaje anónimo, que son los que más me han atraído siempre. El artículo se titulaba Mr. Bad News. Por aquel entonces también colaboraba con Esquire Tom Wolfe. Fueron nuestros primeros pasos en una nueva forma de entender el periodismo.

La elegancia del hijo del sastre

Gay Talese (Ocean City, Nueva Jersey, 1932), el hijo de Joseph y Catharine (en la imagen), un sastre y una modista, es una leyenda viva del periodismo. Empezó en el oficio como chico de los recados en la sede de The New York Times. Asegura que aquel fue el trabajo más importante que ha tenido jamás, pues mientras llevaba cafés y sándwiches a los redactores, así como mensajes de un despacho a otro, pudo conocer los entresijos del periódico sin que nadie reparara en él.
De ese modo, silencioso y observador, capaz de encontrar grandes historias en las pequeñas cosas, se convirtió en uno de los padres del nuevo periodismo. Entre sus textos memorables hay perfiles como Alí en La Habana o Frank Sinatra está resfriado, así como libros de la talla de La mujer de tu prójimo y Honrarás a tu padre.
Otra gran institución neoyorquina para la que nunca ha dejado de escribir es The New Yorker.
Publican cosas que ninguna otra revista se atrevería a sacar. Siempre he colaborado con ellos. Cuando hace años nombraron a su director actual, David Remnick, un joven periodista a quien profeso un enorme respeto, me llamó para decirme que contaba conmigo. Escribí un reportaje sobre los trabajadores que habían participado en la construcción del puente Verrazano, que une Brooklyn con Staten Island.
¿Qué le llevó a volver sobre un asunto al que había dedicado un libro hacía casi 40 años?
En mi opinión, aunque se publique, nunca se llega a cerrar realmente ninguna historia. Siempre quedan resquicios que desembocan en otras historias. Si uno vuelve a algo escrito hace 10, 20, 30 años, siempre descubre cosas sorprendentes, y eso es lo que me ocurrió con esta historia. Publiqué El puente en 1964, cuando todavía trabajaba para el Times. Tenía dos días libres a la semana y los dedicaba a recopilar material para el libro. Iba al lugar donde se estaban llevando a cabo los trabajos de construcción, muchas veces por la noche. Usted ha visto cómo es el búnker, como llamo a mi estudio. Ahí lo tengo todo archivado en cajas. Una tarde, sería el año 2002, me fijé en la etiqueta que dice El puente y me pregunté qué habría sido de los trabajadores que construyeron el Verrazano, con quienes me había entrevistado tantas veces. Abrí la caja, me puse a repasar las notas y decidí hacer algunas llamadas telefónicas. ¿Qué habían hecho una vez concluida la construcción? Resulta que a muchos los habían contratado para la construcción del World Trade Center. Estoy hablando de especialistas en la construcción de estructuras metálicas a grandes alturas. Pertenecen a un sindicato que se ocupa de su contratación en obras públicas de gran envergadura. ¿Y qué sintieron cuando vieron que el resultado de su trabajo se había desvanecido en apenas unas horas cuando tuvieron lugar los atentados de septiembre de 2001? Su respuesta me desarmó. La destrucción no les había causado la menor sorpresa. ¿Pero cómo es posible?, les pregunté. ¿Qué quieren decir con eso? Sabíamos que aquello no valía para nada, no era una estructura sólida, las torres estaban hechas de aire, eran jaulas para pájaros. Nada que ver con la estructura formidable del Verrazano o de rascacielos como los de antes, el Empire State por ejemplo. Esas estructuras habrían aguantado el impacto de un avión, pero cuando erigimos las Torres Gemelas sabíamos que aquello era muy distinto. No se trata solo de que el arquitecto no fuera muy bueno, sino de la filosofía sobre la que se sustentaba la idea del World Trade Center. Lo único que querían hacer los promotores era maximizar el espacio, rentabilizándolo a fin de obtener el mayor margen de beneficio, alquilando la mayor cantidad de superficie posible. Así que cuando los aviones se estrellaron contra las torres, las atravesaron de lado a lado y antes de ponerse el sol se habían derrumbado, convertidas en columnas de ceniza y humo.


Gay Talese, en el sótano donde escribe y conserva su archivo de notas en cajas de cartón. /Pascal Perich
Ahora que lo dice, es cierto que en una ocasión se estrelló un avión contra el Empire State.
Exacto, y rebotó.
¿Cuál es su estilo ideal?
Me gustan las frases largas, melodiosas, de estructura compleja, con elementos subordi­­na­­dos, como las que escribían Scott Fitzgerald o John Fowles, un gran escritor, hoy olvidado. Mi modelo son los grandes maestros de la frase larga.
Lo que usted hace no es ficción, pero su visión de la escritura no está muy alejada de la del novelista.
Creo que es legítimo escribir reportajes con las armas propias del contador de historias. Yo aspiro a ser un buen contador de historias, con un matiz importante, y es que no me aparto de los hechos y solo utilizo nombres reales. Hay grandes novelistas que han sido magníficos reporteros, como Graham Greene, John O’Hara o Hemingway. Yo escribo reportajes, y un reportaje no es ficción. Hay que poner mucho cuidado en no imaginar absolutamente nada. Que imagine el novelista. El escritor de no ficción tiene que trabajar el interior del personaje, su entorno, la atmósfera en que existe. Todo eso le da a la crónica un aire de ficción, pero hay diferencias y matices. En un buen reportaje, los hechos se han de subordinar al personaje, no al revés.
¿En qué está trabajando ahora mismo?
Estoy haciendo un perfil para The New Yorker que cuenta la historia de un voyeur. En 1980, poco después de la publicación de La mujer de tu prójimo, mi libro sobre las costumbres sexuales de los americanos, recibí una carta anónima, remitida desde un apartado de correos de Denver, Colorado. Lástima no haberle conocido antes, decía, le habría contado algo de interés para su libro. Si alguna vez pasa por Denver, póngase en contacto conmigo. Todavía estaba haciendo la promoción del libro y le dije que podía hacer escala en la ciudad camino de California. Nos citamos en el aeropuerto. Si dispone de unas horas, me gustaría que viera algo. Decidí coger otro vuelo y me subí a su coche. Durante el camino me explicó que era millonario y que tenía muchos bienes raíces en Denver. Llegamos a un motel de su propiedad, donde me presentó a su mujer y me explicó que había 21 habitaciones, de las cuales 12 tenían un techo falso. Puedo ver y oír todo lo que hacen y dicen los clientes, dijo. Santo cielo, ¿y si se dan cuenta? No es posible, venga conmigo, quiero que lo vea por sí mismo. Me dijo que llevaba 15 años haciendo aquello. Tomaba notas de todo lo que veía y las conservaba en un archivo que puso a mi disposición. La única condición es que no podía decir su nombre, porque lo llevarían a los tribunales. Le dije que se lo agradecía, pero no podía hacer nada, porque en mis historias tenían que figurar los nombres reales de los personajes. A lo largo de los años, nunca hemos perdido el contacto. Nos escribíamos, hablábamos por teléfono. Su mujer falleció, se volvió a casar, y su segunda mujer se involucró aún más en la cuestión del voyeurismo, hasta el punto de que cuando llegaban nuevos clientes decidían en qué habitación alojarlos, como si fuera un casting. Por fin, el año pasado le dije: “Usted tiene 79 años y yo 80. No nos queda mucho tiempo. Si no me da permiso para utilizar su nombre, esta historia jamás saldrá. Se mostró de acuerdo y me autoriza a revelar su nombre cuando el artículo esté listo.

"Si los periódicos no vigilan las acciones del gobierno, ¿quién lo hará?"
¿Cuándo será eso?
No lo sé.
Creo que lo que procede ahora sería hablar del libro que dio lugar a la historia que me acaba de contar, La mujer de tu prójimo.
Ese libro estuvo a punto de costarme mi matrimonio. Surgió como una indagación acerca de la percepción que se tiene en la sociedad de lo que es obsceno, pornográfico o pecaminoso, asunto que puede tener consecuencias legales. Cuando aún trabajaba para The New York Times, tuve que cubrir algunos juicios por obscenidad. Recuerdo cuando un juez invalidó la acusación de obscenidad que pesa­­ba sobre El amante de lady Chatterley, de D. H. Lawrence. De repente podía publicarse legalmen­­te. También recuerdo cuan­­do la homosexualidad era un delito que se podía castigar con la cárcel. En algunos Estados también se penaba con prisión el adulterio o si alguien de raza blanca mantenía relaciones sexuales con una persona de raza negra. Una noche, después de cenar con mi mujer en P. J. Clarke’s, un restaurante que queda a unas manzanas de aquí, vi que habían puesto un letrero luminoso que decía “Modelos desnudas”, y le propuse a mi mujer que subiéramos a investigar. Vete tú, me dijo. Estaban cerrando, pero volví al día siguiente. Las chicas que trabajaban allí eran muy jóvenes y casi todas tenían estudios universitarios. Me puse a indagar en sus vidas y a través de aquello vi lo mucho que había cambiado la actitud de mis compatriotas hacia el sexo. Era un negocio totalmente abierto al público y legal. Me puse de acuerdo con el dueño y durante un tiempo hice de mánager de aquel local. Las chicas trabajaban para mí, obteniendo información de los clientes y escribiéndola. Alguna escribía muy bien. Hice eso en varios locales. Completé mi estudio pasando una temporada en Sandstone, una colonia donde se practicaba el sexo libre en California. Los fines de semana podía haber hasta 200 matrimonios que participaban en fiestas donde se practicaba el intercambio de pareja. Cuando por fin publiqué el libro, no solo había puesto en peligro mi matrimonio, sino que mi reputación cayó por los suelos. No es que las reseñas fueran negativas; eran venenosas, salvo dos, una de un catedrático de Harvard y otra de Virginia Johnson, una de las autoras del famoso informe sobre la sexualidad de Masters y Johnson. Viví una situación con muchas facetas: por una parte, el libro tuvo ventas millonarias; por otra, tardé mucho en recuperar la respetabilidad. 
Se presenta ahora en español El silencio del héroe, recopilación de sus mejores crónicas de periodismo deportivo. ¿Qué representa ese libro en su carrera?
Es un recorrido histórico por una de las facetas más relevantes de mi trayectoria como reportero. Hay piezas de cuando estaba en secundaria, de cuando estaba en la universidad y de mis primeros años como periodista deportivo en The New York Times hasta mis trabajos más recientes, como el perfil sobre Joe Girardi, el mánager de los Yankees, que es mi última colaboración para The New Yorker y que no estaba en la edición americana y yo he querido que se incluya en la española.
El libro recoge perfiles y reportajes que no se habían publicado anteriormente en ninguna revista.
Pasa a veces. En eso, el escritor comparte el destino del atleta: a veces se gana, pero también hay muchas veces que se pierde. Lo importante es no amilanarse nunca. He escrito historias que los editores después han rechazado, y luego las recupero en libros como este.
¿De qué piezas guarda mejor recuerdo entre las antologadas en este volumen?
Yo diría que Alí en La Habana. Muchas veces me han dicho que esa crónica y Frank Sinatra está resfriado, que no es un reportaje deportivo, obviamente, son mis mejores trabajos. Tuve muchos problemas para publicar Alí en La Habana. Fue un encargo que me hizo The Nation, que tenía mucho interés porque cubriera el viaje de Alí a Cuba. Cuando lo entregué, me dijeron que habían decidido no publicarlo porque era demasiado largo. Entonces se lo ofrecí a The New Yorker, pero también lo rechazó. Pensándolo bien, la lista de rechazos es espectacular: Rolling Stone, G.Q., Esquire y Commentary tampoco lo quisieron. El problema era que lo que contaba en el artículo no era noticia. La noticia era que yo seguía los pasos de Mohamed Alí. Pero luego hubo un acto de justicia poética, y es que el artículo fue elegido entre los mejores ensayos del año 1997. Fue una pequeña venganza. En ese sentido encaja perfectamente con el espíritu de El silencio del héroe. Los protagonistas son ídolos caídos, héroes que han dejado de serlo. Floyd Patterson, disfrazándose para que nadie lo reconozca después de que lo dejaran fuera de combate, arrebatándole la corona mundial. Joe Di Maggio, el mejor jugador de béisbol de todos los tiempos, entrado en años y hundido para siempre en el recuerdo de Marilyn Monroe, tratando de agarrar con precisión un bate. Creo que las mejores crónicas del libro son la de Di Maggio y la de Patterson.

"El escritor comparte el destino del atleta. a veces gana; muchas, pierde"
¿Y el retrato que hace de Joe Louis cuando es ya un hombre de mediana edad?
Según dicen, cuando Tom Wolfe leyó esa crónica, acuñó la expresión nuevo periodismo. No sé. Según Tom, la lectura de esa pieza le permitió descubrir los engranajes de mi técnica, pero la verdad es que yo ya llevaba años escribiendo así.
Da la sensación de que la idea que sustenta su forma de entender el reportaje es la de permanencia. Le repugna la idea de escribir cosas destinadas al olvido. Se niega a que sus textos acaben en la papelera al día siguiente de ser publicados.
En mi opinión, una buena historia nunca muere.
¿Se mantiene en contacto con Tom Wolfe?
Cené con él hace un par de semanas. Por cierto, vamos a aparecer juntos en una recopilación de artículos sobre el asesinato de John Fitzgerald Kennedy que va a publicar Life Books. La historia es muy interesante. El día en que asesinaron al presidente Kennedy me encargaron que saliera a la calle para observar las reacciones de la gente. Me puse a dar vueltas por la ciudad y al cabo de no mucho tiempo me di de narices con Tom Wolfe. ¡Tom! ¿Qué haces? El reportero jefe me ha pedido que me dé una vuelta por Manhattan para ver cómo reacciona la gente al atentado de Dallas. Pues a mí me han pedido la misma historia. ¿Qué te parece si cogemos un taxi a medias y compartimos gastos? Estuvimos cuatro o cinco horas juntos. Fuimos a Chinatown, Little Italy, Wall Street, el Upper West Side, Broadway, y en ningún lugar vimos nada digno de mención. Nadie saltó por la ventana, no había gente tirada en el asfalto llorando. El ambiente de la calle era de total normalidad. Nos despedimos. Cuando volví al periódico, le dije a mi editor que me gustaría escribir acerca de la falta de emoción de la gente ante una noticia de tal calibre. Mejor déjalo, me respondió. Al día siguiente, lo primero que hice nada más levantarme fue comprar el Herald Tribune para ver qué había escrito Tom. Miré el periódico de arriba abajo y tampoco encontré nada. Ni rastro de nuestro paseo por la ciudad el día anterior. De modo que a los supuestos gigantes del llamado nuevo periodismo les habían encargado escribir acerca de algo tan potente como el asesinato de JFK y ninguno de los dos consiguió colocar su reportaje. El otro día, cenando con él, lo recordamos. Dos viejos sabuesos evocando los tiempos en que éramos unos jovenzuelos pletóricos de energía que cuando entregaron su crónica sobre el magnicidio de Dallas se la tumbaron. Y ahora que Life va a publicar un volumen con motivo del 50º aniversario del crimen, por fin van a ver la luz.
Mirando hacia atrás, ¿se arrepiente de algo?
No.
¿Quién ha sido su mejor amigo?
David Halberstam [premio Pulitzer de periodismo en 1964]. Tuvo mucho éxito en vida, pero lo que le envidio es el éxito que tuvo en la muerte. Murió en 2007 en un accidente de coche, en California, cuando se dirigía a hacer una entrevista. Ojalá yo tenga una muerte así. No quisiera acabar mis días tirado en la cama de un hospital o en una silla de ruedas o con alzhéimer. Si supiera que me espera una muerte así, me saltaría la tapa de los sesos.

7.5.13

Guelfenbein: "Para ser escritor habría que estudiarlo todo"

La escritora chilena habló del amplio imaginario que le dieron su formación en ciencia y diseño antes de dedicarse a la escritura. Y también de su novela más reciente, Nadar desnudas, que retrata el triángulo amoroso entre dos amigas y el padre de una de ellas

La escritora chilena Carla Guelfenbein./ Revista Ñ
En la mitad de nuestra entrevista con Carla Guelfenbein –este viernes pasado en las oficinas de su editorial en Buenos Aires– nos atrevimos a hacerle una pregunta bastante cholula y no relacionada directamente ni con la literatura ni con la novela que presenta en esta edición de la Feria del Libro, Nadar desnudas. Es que en la contratapa de este libro, que retrata un triángulo amoroso entre dos amigas y el padre de una de ellas, en el marco de los dos 11 de septiembre (el chileno de 1973 y el estadounidense de 2001), hay una recomendación de nada menos que J.M. Coetzee. Dice, escuetamente, nada más que: "Sutil, lúcida y compasiva…".

"Ahem… disculpas. Pero te queremos preguntar sobre la contratapa…" Interrumpimos la escritora chilena que, junto a su familia –y cerca del fin de su adolescencia– se tuvo que exiliar de Chile por el golpe militar. Nos explicó que lo había conocido a Coetzee en un festival literario en Reykjavik y que, simplemente, él le preguntó si algunas de sus novelas estaban traducidas al inglés. En ese momento no lo estaban. Pero el sudafricano, Premio Nobel, le dijo que le gustaría leer una cuando así fuera. Y así fue…

Cholulismo aparte, podemos reportar que la nueva novela de Guelfenbein nos interesó y agradó mucho. La mayoría de la novela transcurre durante el brevísimo gobierno de Salvador Allende (incluyendo los meses después del golpe de Pinochet). Diego es un apuesto politólogo de 45 años que, tras estudiar en París (y casarse allí y tener una hija) vuelve a Santiago para participar directamente con Allende. Trae a su hija, Sophie, que es una hermosa chica de 18 años, introvertida, sensible y artística, con un episodio de depresión en su pasado (usa muñequeras grandes para ocultar su intento de suicidio). Vive con su padre, a quien le dice "Diego" directamente, en una torre moderna con vista al Cerro San Cristóbal. Unos pisos más arriba que ellos vive una bella mujer de 22 años llamado Morgana. Hija de diplomáticos, es más frontal y sensual que Sophie, con quien se hace, inmediatamente muy buen amiga. Pero… siempre hay un pero, se enamora de Diego.
Este redactor encontró ciertas semejanzas de esta novela con la bella y melancólica película Los soñadores de Bernardo Bertolucci. Porque es una historia de amor prohibido en el contexto de un país totalmente desenvuelto por una explosiva y violenta crisis política.

Esta es la cuarta novela de Carla Guelfenben, que publicó su primera novela a los 40 años. Antes estudió biología en Essex y diseño gráfico en el St. Martins School of Art. Trabajó en varias ocupaciones, entre otras como directora de arte y editora de la revista de moda Elle. No es un mal modelo de vida para ser novelista. Uno llega al oficio con una comprensión más equilibrada de la existencia que en la primera juventud. Es más difícil ser engañado tanto por el fracaso como por el éxito.

-La primera pregunta es un poco zonza. ¿A cuál de los dos personajes principales se parece más: a Sophie o a Morgana?
-Creo que me parezco un poco a las dos. Es increíble esa gran, gran frase de Flaubert que dice "Madame Bovary se moi". Bueno, la verdad es que es así. Uno es todos los personajes, incluso los masculinos muchas veces hay aspectos de uno.

-En Sophie, hay esa necesidad de vivir en su mundo, de creación, un poco despegada de la realidad. Y con una depresión en el fondo de su ser, oculto de los demás…
-Claro, pero esa parte justamente no. Esa es la parte que yo no tengo. Y allí está la cosa, porque por un lado tengo una lucha constante para proteger mi mundo interior –no me interesa tanto el mundo exterior, no soy muy tecnológica, no estoy al tanto de la prensa… Porque necesito resguardar ese espacio de donde yo sé que surge mi creatividad… Llevo una vida bastante solitaria y en ese sentido me parezco mucho a Sophie. Pero por otro lado, no tengo la depresión de Sophie. Soy una gran gozadora de la vida, de la sensualidad de la vida, de la comida… Siempre pienso que mi gran regalo, que quizás me dieron mis padres, es que siempre tengo una posición súper-positiva frente a la vida. Creo, creo en mí, creo en la gente que me rodea, y soy capaz de vivir bastante feliz. Y en ese sentido no me parezco a Sophie… Morgana tiene más sensualidad, es más abierta a la vida…

-Pero eso le termina complicando, ¿No?
-Claro. Pero tiene una valentía. Yo creo que tengo esa valentía. De dar saltos, de construir mi propia vida –a veces sin medir las consecuencias..

-Antes de encender el grabador me contó que escribe sin saber hacía donde va. He leído autores que hacen esto decir que para ellos saber lo todo lo que escribir les parecería muy aburrido…
-Pero por supuesto. ¡Exactamente! Si yo no soy capaz de sorprenderme, si la historia no es capaz de sorprenderme a mí… A ver, en el fondo yo considero que si tu tienes la historia trazada de antemano, de alguna manera estás reproduciendo algo que tu sabías de antemano. Y el punto es ir sabiendo mientras que tu vas construyendo la historia.

Por otro lado, hay un símil con la vida. Porque la vida uno va haciéndola, va construyéndola. No puedes predecir nada, ni el más mínimo gesto que tu hagas en la vida puedes predecir cuales van a ser sus consecuencias. Y eso le da, siento yo, a la literatura, a lo que uno esta escribiendo, un parecido con la vida. Esa imprevisibilidad en cual las consecuencias no son lógicas. Si tu construyes una historia, básicamente la construyes con la mente, con la racionalidad. Y en esta forma, un poco, casi biológica, en el sentido de que se va produciendo de acuerdo con lo que va ocurriendo…

-¿Hay mucha ficción contemporánea en Chile sobre el golpe y los años de la dictadura? ¿Es un género?
-Yo no diría que es un género. Se han escrito muchas novelas, pero estoy segura que se van a seguir escribiendo muchas más… Fue un momento histórico del país que va ser revisitado una y otra y otra y otra vez... El golpe militar en Chile separó a Chile de una tradición democrática; desde que se creó la república hasta el año 73 era una democracia bien sólida. Y lo que produjo, el descalabro, todo lo que fue, el caos, la barbarie…

-Y el contexto latinoamericano, que estaba pasando lo mismo en muchos de nuestros países…
-Claro. Cuando yo me exilié con mi familia, estaba lleno de argentinos, de uruguayos, de brasileños… Era un momento histórico en que muchos países estaban construyendo algo y no resultó. Entonces, son momentos históricos que se van a revisitar por generaciones. Las que vengan también.

-El personaje de Diego es un personaje muy interesante en la novela, tanto por quien es, pero también por cómo funciona dentro de la estructura de la novela. Se presenta a través de las miradas de los otros no más, pero por otro lado, une los personajes…
-El es el pivote. Pero estaba la opción –y son opciones literarias que se toman– de entrar en su conciencia. De hecho, mis otras novelas están contadas desde dos o tres puntos de vista. Entonces, perfectamente podría haber entrado en la conciencia de Diego. De hecho, una de mis novelas está cotada a través de un hombre. Pero en este caso no quise entrar en la conciencia de Diego. Para mí no era importante lo que él pensara en esta historia, sino lo que era importante era el cruce de estas dos chicas y este hombre como pivote de este conflicto…

-Hay una macabra ironía en la novela de que el miedo de Darío es "desaparecer" pero antes que ese término tuviera el peso que después tuvo…
-Eso surgió antes… Al principio yo tenía la idea de que ocurriera en esa época. Tenía la idea de que quería que fuera la amistad de dos amigas. Y de que una se enamorara del padre de otra. Y tenía otra imagen que era muy importante. Mi suegro era el hombre más buscado de Chile para el golpe. Después de Allende era él –que era Carlos Altamirano; Santiago estaba lleno de carteles que decía "Se busca..." de hecho. El estuvo tres meses clandestino yendo de casa en casa, incluso dormía en tarros de basura, porque entraban a allanar las poblaciones donde estaba alojado y tenía que esconderse de cualquiera manera… Y sale de Chile tres meses después en un auto de la embajada de Alemania del Este; atraviesa la cordillera hasta Argentina. Y esa historia que él me la ha contado con detalles que son muy particulares, yo quería que fuera parte de la novela. Por lo tanto, mi objetivo era salvar a Diego. Pero no se salvó. Y eso no es algo que yo haya decidido.

-Y por fin… Una vez que comenzó a publicar, a los 40 años de edad ¿No se arrepintió de no haber empezado antes?
-No, nunca. Ni un milímetro. Ni un milímetro.

-¿No siente que perdió tiempo?
-No. ¿Y qué? ¿Tendría tres novelas más, y ya? Eso sería todo. Y, sin embargo, lo que yo viví, mi formación científica me sirve muchísimo. Pero también es como que tengo adentro de la cabeza un imaginario muy amplio. No es que yo me acuerde exactamente cómo se produce la mitosis y la meiosis, por ejemplo, pero sí tengo una noción del mundo que es muy amplia. Estudié diseño también, entonces tengo una manera de observar, por mi formación, que va más allá de lo narrativo. Creo que eso me permite usar distintos elementos en la narración. Mientras más instrumentos tengas, mientras más amplio que seas, mejor. Yo creo que para ser escritor habría que estudiarlo todo. Mientras más conocimiento tengas y más mundo conozcas, de la naturaleza humana, científico, de todo, mejor va ser tu trabajo de escritor.