21.11.14

Cercas: "Todos somos como Enric Marco, incapaces de mirarnos al espejo"

El autor de Soldados de Salamina publica ahora El impostor, sobre la figura del hombre que se hizo pasar durante años como víctima de los nazis

Javier Cercas, el pasado jueves, en la terraza de un bar de Sarrià./ Kim Manresa./lavanguardia.com
La prodigiosa historia de Enric Marco (Barcelona, 1921), el hombre que se inventó un pasado como prisionero en los campos de concentración –y muchas otras cosas– es el eje de 'El impostor' (Random House), el nuevo libro de Javier Cercas (Ibahernando, 1962), que se pone a la venta en librerías. El autor ha realizado una exhaustiva investigación, que ha incluido largas sesiones con el propio Marco, y, sobre todo, aprovecha el tema para hablarnos de todos nosotros, de las mentiras con que construimos nuestra identidad y con las que se construye la historia. En una mesa del Bar Escocés, Cercas sonríe y apunta: "Déjeme adivinar, su primera pregunta va a ser: ¿Marco ha leído el libro?".
¡Es lo que estaba pensando! ¿Y cuál será su respuesta?
Que sí. Para mí era importante que lo leyese. Y añado que lo ha entendido muy bien. Pero lo que opina se lo tendrá que decir el propio Marco. Es un libro que aparentemente trata de él y subrayo lo de aparentemente. Como en todo lo que he escrito, tomo un personaje para hablar de otra cosa. 'Soldados de Salamina' no habla de Sánchez Mazas; 'Anatomía de un instante' no habla de Adolfo Suárez...

¿Eso es lo que justifica que usted hable del libro como novela sin ficción? ¿Que lo que importa no son las revelaciones que hace?
Creo que, aunque estamos en el siglo XXI, manejamos una idea de novela un poco estrecha, ni siquiera del XX, sino del XIX. La vemos como una ficción en prosa en la que se cuenta una serie de dramas con la máxima rapidez y eficacia posible. Casi todo el mundo trabaja con ese modelo, que a mí me parece estrecho, y que sobre todo no es el único. Antes había otro, más flexible, libre y plural, el de Cervantes o Sterne, que se impuso hasta el XIX. En vez de una carrera de bólidos, era un banquete con muchos platos, en el que cabía todo. Podías meter crónicas, ensayos, cualquier cosa. Hay gente que escribe como en el XIX, Kazuo Ishiguro, por ejemplo, y lo hace muy bien. Pero no veo por qué tenemos que renunciar al otro modelo, ni sobre todo a combinar los dos. Mi libro es crónica, biografía, autobiografía, ensayo... Y el resultado es una novela.

Pero ¿cómo le explica a alguien que ha hecho una novela si no hay ficción en ella?
¿Y quién ha dicho que la novela tenga que ser ficción? Es la idea convencional, pero yo no me resigno a ella. Este es un libro esencialmente irónico, donde todo significa al menos dos cosas, y eso es lo que define a la novela: Don Quijote es heroico y ridículo; está como una cabra y es el hombre más sensato del mundo. Frente a un ensayo o a una biografía, el novelista tiene la certeza de que a través de la forma se puede llegar a una verdad a la que no se puede acceder de ninguna otra manera. Con Anatomía de un instante no quise usar la palabra novela, porque todos la asociamos a la ficción; pero era una novela. Como El impostor.

Solo introduce un diálogo de ficción, entre Marco y usted, donde este le pone, por cierto, de vuelta y media. Le acusa de cínico, de escribir el libro para que le quieran y le admiren, de hacer exactamente lo mismo que él, y de hacer pasar mentiras por verdades.
Bueno, está en su derecho de decirme todo eso y de insultarme ¿verdad? Pero no es Marco, es un Marco fantaseado. Eso no lo dice ni él ni yo, lo dice tal vez mi subconsciente, o mi mala conciencia. Lo importante es que es el lector quien debe decidir si salva a Marco o no (y si me salva a mí; y, en última instancia, si se salva él). La novela lo que hace es plantear preguntas sin respuesta, o sin una respuesta clara y taxativa. A Umberto Eco le preguntaron un día: 'Usted ¿por qué escribe novelas?', él, que había sido ensayista y profesor de éxito hasta los 50 años. Y respondió: "Para no concluir". Porque en un ensayo tienes que decir: esto es lo que yo digo. En la novela, no.

Una vez citó usted la frase del actor Hugh Grant, a quien, unos días después de ser detenido en EE.UU. por mantener sexo oral con una prostituta en el coche, los periodistas le preguntaron: '¿Se ha sometido a terapia?'. Y él respondió: 'No. En Inglaterra leemos novelas'.
¿Quiere decir que, en vez de someterme a terapia, he escrito esto?

Bueno, al principio del libro envía usted al cuerno a su psicoanalista, y aparece con serios problemas de ansiedad y ataques de pánico.
Excelente: yo abandono la terapia y me pongo a escribir. Tiene razón, sí... Está el cliché de que la escritura es terapéutica, pero los clichés lo son porque tienen una parte de razón. Es verdad: si no escribiera, sería todavía más peligroso de lo que soy.

Este libro produce un efecto curioso en el lector, que empieza a preguntarse por cosas de su propia vida, diciéndose, no sé, por ejemplo: tal vez he mentido a la gente sobre aquella relación de pareja que tuve, a lo mejor doy una imagen de mí que no es del todo honesta, he hecho más daño del que reconozco, enmascaro mis bajezas...
Me encanta lo que dice. Este libro no habla de Enric Marco; él es sólo la excusa, el tema visible. El tema invisible es: Marco no es más que lo que todos somos pero a lo grande: es como si colocaras sobre la naturaleza humana una monstruosa lente de aumento a través de la cual nos vemos todos, monstruosamente. Este libro habla de nuestra humillante y angustiosa necesidad de que nos acepten, nos quieran y admiren, de nuestra incapacidad total de aceptarnos tal como somos, de nuestra facilidad para disfrazarnos, ante la gente y ante nosotros mismos. Todos somos como Marco porque somos incapaces de mirarnos al espejo. Si nos miramos, nos morimos, como Narciso, porque somos muy poquita cosa. El libro habla de nuestra capacidad fastuosa para decir Sí a todo, y nuestra incapacidad para decir No cuando hay que decirlo. Este libro habla de usted, de mí y también de usted, lector de La vanguardia.

Utiliza el recurso del investigador como personaje y, como al Laurent Binet de 'HHhH' o al Emmanuel Carrère de tantos libros, le vemos en pleno proceso, como un detective: haciendo los viajes, las entrevistas, consultando archivos, comiendo con su familia... Vemos hasta las tretas que usa.
Marco es el Picasso, el Maradona de los impostores, pero todos tenemos algo de él; y el primero yo: reconocerlo me parece el grado cero de la decencia, porque la crítica empieza por la autocrítica. Además, es el único mecanismo posible para que el lector se dé por aludido.

Hace gracia cuando usted le confiesa al propio Marco que, para seducir a la que hoy es su esposa, le dijo que era escritor "y luego, para mantenerla, me lo tuve que hacer".
Es la pura verdad: la escritura es un elemento de seducción, como para Marco lo era su pasado heroico. Marco conquistó a la mujer que sería su esposa con ese pasado; yo conquisté a la mía con lo único que tenía: no soy George Clooney, ni alto ni rubio ni rico, pues algo tenía que hacer. Así que, en cuanto la conocí, le metí en el buzón los manuscritos de mis primeros cuentos, todos malísimos e inéditos. Luego, para mantener la impostura, tuve que hacerme escritor y empezar a publicar. En esta vida hay que espabilarse, ¿no?

Elabora usted una tesis sobre la memoria histórica convertida en marketing.
La parte digamos ensayística está ahí porque estas cuestiones forman parte de la historia, con el mismo derecho que los personajes o la trama. Marco es, para mí, un imán que atrae los asuntos que más me importan. La historia heroica que se inventa Marco es la que nos hemos inventado todos en este país: una mentira como una casa. Su historia verdadera es, como la de este país, una cosa gris, sucia, desagradable y cobardona. Esa es la verdad: Franco se murió en la cama porque la gente lo aceptó, nadie o casi nadie dijo No, tampoco Marco. Y, a la muerte del dictador, Marco se inventa un pasado de resistente, como también se lo inventa España: como sabe usted y saben todos los lectores de 'La Vanguardia', aquí todos fuimos valientes opositores a Franco... El caso es que, durante la Transición, casi todo el mundo se construyó una biografía falsa; y Marco, a los cincuenta años -la edad que tenía Alonso Quijano cuando se convirtió en Don Quijote-, hace lo mismo: inventarse una vida y un personaje. Alonso Quijano se pasó la vida encerrado en un poblachón leyendo libros hasta que, un día, se dijo: ya no puedo más, mi vida es una porquería, voy a vivir la vida que he leído en los libros; y vive todas las aventuras que no había podido vivir. Lo mismo hace Marco: se había pasado la vida trabajando en un taller en Collblanc, junto al campo del Barça, y se inventa un pasado de héroe durante la guerra civil, de víctima de los campos nazis, de paladín de la resistencia antifranquista... Pero a Don Quijote no se lo creyó nadie y a Marco todo el mundo, hasta el punto de que acaba presidiendo la Amical de Mauthausen, la asociación de ex deportados, y es nada menos que secretario general de la CNT durante la transición, cuando se creía que la CNT iba a mandar mucho en este país. Vive la vida de héroe que había soñado.

Volvamos a la memoria histórica...
Fue un movimiento totalmente justo. Se trataba de algo tan sencillo como resarcir a las víctimas, sacar los cadáveres de las cunetas y restituir la dignidad a aquellos que sufrieron injusticia. ¿Qué pasó? Que se convirtió en una industria. Adorno y Horkheimer nos enseñaron que la industria del entretenimiento provoca el kitsch, la falsa literatura, el falso arte. Pues el resultado de la industria de la memoria fue la falsa memoria, la falsificación de la historia. Y Marco es el emblema de eso, él era una falsedad viviente, la encarnación del kitsch de la historia, con todo su sentimentalismo y su heroísmo de pacotilla. Y por eso se acabó la memoria histórica y los muertos siguen en las cunetas. No necesitábamos ninguna ley de memoria histórica, sino simplemente que el Estado cumpliera con su obligación y resarciera a las víctimas.

Usted también critica a Marco varios elementos kitsch de su relato, como la partida de ajedrez que le gana a un carcelero del campo nazi, arriesgando con ello su vida. Lo ve muy melodramático.
Lo de la partida de ajedrez es apoteósico, una cima de Marco. Él es un novelista de sí mismo, como todos, pero su novela es monstruosa, barata y sentimentaloide; es decir: falsa. Me temo que por eso la aceptó todo el mundo.

Ha descubierto muchas mentiras nuevas de Marco. Y lo hace sin haber roto nunca el contacto con él. Desmenuza todas sus imposturas como nunca nadie había hecho, pero, cuando parece a punto de rematarlo tras tantas indignidades, no le condena ni absuelve, deja el juicio final al lector.
Por eso es una novela: una novela formula preguntas, cuanto más complejas mejor, pero la respuesta la tiene siempre el lector. Por lo demás, en estos casos se plantea siempre un dilema moral: ¿qué derecho tengo yo a escribir sobre este hombre, a revelar aspectos de la vida de alguien que incluso su propia familia ignora?

Y usted ¿qué hizo? ¿Fue como Truman Capote, que traicionó la confianza de sus asesinos y llegó a desear sus ejecuciones, o como Dickens, que cambió cosas de su libro para no molestar a una señora?. Por citarle dos ejemplos que aparecen en su libro.
Yo no podía ser Dickens, que cambió un personaje de la novela que estaba publicando por entregas para no perjudicar a una señora de provincias con quien la gente empezaba a meterse por su culpa. Mi libro es una novela sin ficción, así que no podía alterar la realidad. Obviamente, estoy más cerca de Capote o de Carrère. Hay una perversión que asumí, que en realidad me torturó. Por eso aparezco en el libro y muestro mi relación con Marco, no me escondo, como Capote, que desaparece de su novela. Además, convierto este problema en uno de los temas del libro. Si me salvo o no, si salvo a Marco o no, eso lo tiene que decidir el lector.
Hay un enfoque del caso que usted ni se plantea, que sería ver lo que le pasa a Marco como una patología. Y haber hablado con psiquiatras, psicólogos, explicar lo que es un mentiroso compulsivo...
Leí mucho sobre ese asunto. Pero Marco no está loco, no es un enfermo. Eso es lo que solemos decir para tranquilizarnos: nosotros no somos así, ese está chalado... Contra esa idea, justamente, he escrito el libro. Ha habido incluso gente inteligente, como Claudio Magris, que sostuvo que las mentiras de Marco eran justificables porque, tras ellas, latía la verdad. Para mí todo lo que hizo Marco es totalmente in-jus-ti-fi-ca-ble. Además, lo que él contaba no era la verdad: no sólo cometía errores factuales; lo peor es que daba una versión kitsch, sentimental, falsamente heroica y romanticoide de la historia, falsificándola por completo. Pero este gran maldito no estaba loco; en el fondo, es igual que nosotros.

Al final, le entendemos, sí, aunque no le justifiquemos.
De eso se trataba: entender no es justificar; es lo contrario. La literatura muestra lo increíblemente complicados que somos, y consigue que sintamos compasión por Raskólnikov, el asesino de 'Crimen y castigo', o por un psicópata como Ricardo III.

"La realidad mata, la ficción nos salva" es un mantra de este libro.
No podemos vivir solo con la realidad. Nos salva la ficción porque somos feos, mediocres, pobres, cobardes... ¡Eso es lo que somos! Los que saben decir No son muy pocos, y además los escondemos, porque nos hacen quedar fatal a los demás. Como los chicos de la UJA, la Unión de Juventudes Antifascistas, unos héroes que deberían estar en el Panteón y que nadie conoce. Todos creamos ficciones para poder sobrevivir. Pero Cervantes salva finalmente al Quijote reconciliándolo con la realidad: el bachiller Sansón Carrasco lo envía para casa con la verdad, y muere como Alonso Quijano. Es lo que yo he intentado con Marco: salvarle con la verdad, quizá para salvarme a mí.

No hemos hablado de política, y...
(Imitando la voz de Francisco Umbral) ¡Yo he venido aquí a hablar de mi libro!
Pero, cuando uno lee lo que dicen en las redes sociales de usted, se sorprende mucho. Por un lado, algunos le identifican con fanáticos españolistas, y, por el otro, le pintan como un perseguido en Catalunya por sus ideas. Los que le conocemos un poco sabemos que las dos imágenes son falsas.
Da risa, si no diera pena también. ¿Qué puedo hacer, aparte de callarme, cosa que no pienso hacer? ¿Repetir cosas que he dicho siempre, como que no hay ningún nacionalismo peor que el español (bueno, salvo el alemán)? ¿Pedirles a los tipos que escriben burradas sobre mí que se lo piensen dos veces antes de hacerlo, porque las abuelas, las mujeres y los niños las leen, y a veces se echan a llorar? Soy de aquí, en casa, con mi mujer, hablo catalán, pero el momento en que empiezas a corromperte es cuando das la razón a los tuyos en todo, por el hecho de que son los tuyos, o cuando te callas por miedo, o para que no te malinterpreten. Hay una caverna catalana, como hay una caverna española: ¿o es que aquí todos somos buenos? Mucho más importante que la dependencia o independencia es la democracia, que se basa en la libertad de expresión. Mucha gente tiene un despiste muy grande en cuanto a la democracia.

Hay un episodio que usted no ha contado sobre eso.
Ahora voy a ir a Holanda para promocionar 'Las leyes de la frontera'. Como parte de ese viaje, me habían invitado a la conferencia Spinoza, organizada entre otros por el Cervantes y la Embajada Española; es una cosa muy prestigiosa, que, por cierto, pagaban muy bien. Pero, cuando me enteré de que habían prohibido un acto de Sánchez Piñol en el Cervantes, cancelé mi acto. No conozco mucho a Sánchez Piñol, pero no voy a tomar la palabra en un acto organizado por alguien que se la ha quitado a un conciudadano mío. Si él pierde derechos, los pierdo yo. Es un abuso de poder, un gesto autoritario, vergonzoso. Así que voy a ir a Holanda pero sin conferencia Spinoza ni embajada de por medio.

Su postura ante el 9-N es...
...si hay una mayoría a favor de la independencia, para mí la única manera de solucionarlo, en un país civilizado, es por la vía quebequesa, con una ley de claridad y un referéndum con todas las garantías. Una vez, cuenta De Quincey, había dos caballeros ingleses charlando en un club y, en el calor de la discusión, uno de ellos arrojó el líquido de su copa a la cara del otro, que contestó, impávido: "Señor, esto es una digresión; ahora espero su argumento". Estamos viviendo una orgía de digresiones. Al Gobierno español no le interesa la vía quebequesa, porque es poner en cuestión la sagrada unidad de España; y al catalán tampoco, porque tendría que demostrar de verdad, en unas elecciones, sin trampa ni cartón, que existe una mayoría independentista. Hay una solución democrática, pero parece que nadie la quiere; preferimos las digresiones.

20.11.14

González: "No hay belleza ni armonía sin horror"

A propósito del lanzamiento de la traducción al inglés de  Primero estaba el mar  (In the Beginning Was the Sea), el autor colombiano habló sobre su vida, la literatura y sus métodos de escritura

 
Antes de ser traducida al inglés, la novela  Primero estaba el mar  de Tomás González fue adaptada al alemán y al francés. / elespectador.com
Tomás González escribió Primero estaba el mar  hace treinta años, cuando había vivido treinta y tres. Fue su primera novela. La escribió, como él mismo dice, con ese impulso de juventud que empieza a diluirse con los años, que se difumina despacio, hasta que se va del todo y no vuelve más. Ahora, cuando son pocos los rastros que quedan de ese ímpetu juvenil, pero grandes los reconocimientos entre los lectores, esa obra, que marcó el inicio de todo, fue finalmente traducida al inglés. El lanzamiento del libro, publicado bajo el sello editorial Pushkin Press y traducido por el estadounidense Frank Wynne, se organizó en el Consulado de Colombia en Inglaterra y el autor viajó a Londres para estar presente. Sólo por eso. Por nada más. Nunca antes se había interesado por conocer una ciudad que se imaginaba oscura y llena de humo.
A la mañana siguiente del evento, en el café de un hotel ubicado cerca de la estación de King’s Cross, Primero estaba el mar fue una excelente excusa para que el escritor hablara de su proceso creativo, de la traducción de sus obras y, por supuesto, de literatura. Después de haber tenido tantas entrevistas en inglés, se sorprendió de lo fluida que resultaba una conversación en español.
Tiene un gusto particular por García Márquez, por Rulfo y por Cortázar. ¿Qué le gusta de cada uno? ¿Siente que aparecen elementos de ellos en su literatura?
García Márquez, sobre todo, tiene una manera particular de apropiarse de los elementos nuestros, colombianos. Cuando lo leí caí en cuenta de que compartimos todas las regiones: el mismo amor por los patios, por los gallos y por los animales enjaulados. Leyéndolo me di cuenta de cómo había logrado apropiarse de todo eso y hacer una literatura universal con elementos muy locales, muy de nosotros. De Rulfo es más difícil saber. Creo que lo que más me impresionó en él es la manera como lo pequeño y lo grande tienen la misma importancia relativa. Él va hablando, por ejemplo, de la Revolución mexicana en Pedro Páramo y de pronto se para a mirar una gota que cae del alero y golpea una hoja de laurel. Esas descripciones minúsculas, mínimas, tienen tanta importancia como lo grande. En él, lo grande es muy grande y lo pequeño es muy pequeño. Y en Cortázar está el descomplique, ese aire juvenil. Todavía a los jóvenes les gusta mucho. Es como libertario y siempre va a ser.
¿Escribir a los 20, a los 30, a los 63?
Hay algo que se pierde cuando uno ya no es joven. Pues, obvio, la juventud. Ese impulso tan fuerte con que las cosas se dan. Se gana en experiencia, se gana en saber hacer, tal vez, las cosas con más calma. Pero hay una intensidad que sólo se logra cuando uno empieza y que ya después no se va a lograr.
Muchos escritores empezaron por la poesía. Usted intentó empezar a escribir poesía, pero después le funcionó más el formato de novela corta. ¿Me puede contar un poco de cómo fue ese descubrimiento creativo?
Yo empecé con poesía, como creo que empiezan casi todos. Después cuentos. Después cuentos un poco más largos y luego traté de escribir novelas. Fui pasando de una cosa a otra casi sin darme cuenta. Cuando uno tiene 20, 25 años, no lo piensa mucho. No dice “aquí voy a dejar la poesía para tratar de aprender a escribir cuento”, sino que va haciendo las cosas. Nunca he dejado de escribir los tres géneros. Es decir, todavía escribo poesía y todavía escribo cuentos.
¿Se siente, se ha sentido o se sintió vulnerable publicando un “pedacito” de su vida, o nunca lo consideró así?
No. No he sentido que me exponga de ninguna manera. Y como considero que no tengo nada que ocultar ni que esconder, termino por decirlo todo.
Pasaron treinta años para que Primero estaba el mar  fuera traducida al inglés...
Antes la habían traducido al alemán y al francés.
En esos treinta años, ¿ha cambiado su percepción sobre la novela?
Sí. Lo que pasa es que esa novela la he venido reeditando en varias ocasiones. Y cada vez que se va a editar, la vuelvo a leer y vuelvo a hacer cambios. Cada que hay una reedición, me siento en libertad de cambiar lo que quiera. Entonces vuelvo a leerla y a trabajarla.
¿Cómo es la relación entre el usted de ahora y el usted de hace 30 años, el que escribió la novela? ¿Hay puntos en que dice “qué estaba pensando cuando escribí eso” o se pregunta “quién era y quién soy ahora”?
Los cambios que hago son más de redacción, de carpintería. No intervengo en la imaginería de la novela original, porque eso le corresponde al escritor que tenía esa edad. Pero sí hago modificaciones cuando hay redacción torpe que incluso puede perjudicar lo que ese escritor —cuando yo era joven— quería decir.
¿Qué siente sobre la novela cuando la lee en inglés? ¿Siente que sigue siendo suya o que se la arrebata un lenguaje extranjero?
Creo que la siento un poquito ajena, sí. Todavía no he analizado muy bien la traducción. No he tenido tiempo, es un trabajo muy largo. Pero de lo poco que he leído, la siento como si fuera ajena.
¿Cómo fueron las comunicaciones entre Frank Wynne y usted?
La comunicación con él fue, tal vez, menos de lo que fue con otros, el traductor al alemán y la traductora al francés. A él le gusta tener la primera versión muy madura antes de mostrársela al escritor. Entonces las preguntas, que no fueron muchas tampoco, las empezó a hacer ya cuando tenía la fecha de entrega encima. No fue mucho, alguna que otra cosa. No fue mucha mi participación.
Usted se fue a Nueva York y llegó siendo un extranjero. Llegó a hablar inglés y a escribir en español. ¿Cree que esta posición afectó su escritura?
Me fui con el idioma tal como se hablaba en 1970 y estuve en Estados Unidos 16 años. Para mí era importante, por el mismo hecho de estar lejos, tratar de reconstruir lo que había perdido. Por aquello de que sentía nostalgia. Entre todo eso estaba el idioma, la manera de hablarlo, los chistes, su color. Todo eso era para mí muy importante, justamente porque estaba lejos.
¿En algún momento llegó a sentir algo parecido a la sensación del exiliado?
Sentí mucha nostalgia desde el primer día hasta el último. Siempre quise volver, desde que llegué hasta que me vine. No me devolvía por mi esposa y porque ya estaba Lucas, mi hijo. Cuando volvimos, a pesar de que fue, desgraciadamente, por la enfermedad de ella, me sentía muy feliz de levantarme en las mañanas y oír la bulla de fondo en el idioma. Una bulla que conocía y que reconocía.
Las traducciones siempre traen nuevos lectores y, por consiguiente, nuevas críticas. ¿Cómo responde usted a esas críticas? ¿Las abraza o las ignora?
Les presto mucha atención. Por ejemplo, ahora, en la traducción al inglés, me ha llamado mucho la atención que la crítica habla de que J no se hace querer por el lector. En español, al contrario, siempre ha habido una relación de afecto con ese personaje. Sigo pensando que es por los diálogos o por algo cultural. Puede ser que aquí no haya tanta paciencia para ese tipo de fracasos románticos. Acá las empresas que no funcionan, como la de J, los ofuscan. Nosotros tenemos más tolerancia al fracaso. Somos más románticos.
El mar está presente en  Primero estaba el mar,  Temporal  y  La luz difícil. En las dos primeras como un contexto, como un lugar, y en la tercera como esa luz inalcanzable. ¿Hay alguna razón para la repetición de ese motivo?
Al mar lo tengo muy presente en mi vida. Mi familia tenía una finquita en Tolú, en el golfo de Morrosquillo. Ahí pasábamos todas las vacaciones desde que tuve 7 años hasta que tuve 17. Todas las vacaciones, eso era un poco de tiempo. Los primos siempre llegaban allá. Eso de ir a pasear a fincas es muy paisa.
¿Sería correcto decir que tiene un estilo de frases cortas?
No he mirado mucho eso. Pero, por ejemplo, después de que terminé Primero estaba el mar empecé a escribir Para antes del olvido. Tiene frases mucho más articuladas y más largas. De todos modos, la literatura empieza a parecerse mucho a como uno habla. Y yo hablo cortico y poco. Entonces la literatura también termina por agarrar ese estilo.
Ahora en Cachipay no tiene televisor, y no están tan presentes en su vida las noticias como sí lo están para otros escritores. ¿Tiene alguna razón?
Yo sí me entero. Me entero por internet, porque en internet aparece todo. Pero no vivo para enterarme. Me entero de vez en cuando de las cosas que están pasando. Trato de que no se me vuelva algo obsesivo. Es que el problema de internet es ese: que uno tiene la información ahí, siempre disponible. Pero sí creo que un escritor no debe preocuparse mucho de lo que se está diciendo de él. Si lo hace, pierde su tiempo.
Usted “aprendió a mirar la vida con sus propios ojos, no con los de nadie más”. ¿Qué ven los ojos de Tomás González?
Veo el mundo que tuve que vivir. Un mundo de mucha belleza y de mucho horror al mismo tiempo. La belleza y el horror son caras de la misma moneda y eso es lo que considero que me tocó a mí. Me tocó la muerte de mis hermanos, la violencia de mi país, la belleza de mi país. Y de pronto sé que a todos los seres humanos les toca lo mismo. Que no hay belleza ni armonía sin horror, sin muerte.

19.11.14

"Nos gustan las cosas extremas"

Diálogo. Dos estrellas de la literatura británica, Amis y McEwan, presentan sus nuevos libros y confiesan cómo cambió su relación con la escritura

Martin Amis una estrella inglesa en cielo de la literatura británica actual.
 
Ian McEwan, la otra estrella del cielo de la.literatura británica actual./revista Ñ
Se conocen desde hace cuarenta años, compartieron experiencias, casas editoriales y escribieron la misma cantidad de novelas. Los escritores Martin Amis e Ian McEwan dialogaron tras la salida en Gran Bretaña de sus nuevas novelas. El libro de Amis, The zone of interest (La zona de interés), es una sátira ambientada en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, que ha provocado no poco revuelo en Europa. En tanto que en The children act (La ley de la infancia), de McEwan, una jueza de un alto tribunal con una vida tumultuosa debe decidir si un adolescente enfermo vive o muere.
–¿Qué les parece si empiezan por contarme hace cuánto se conocen y cómo fue qué se encontraron?
Ian McEwan: Bueno, eran los años setenta.
–Martin Amis: El año 1973, ¿no?
–IM: Creo que fue en una de esas fiestas de navidad en la Jonathan Cape, en esos tiempos eran algo legendario, fastuoso.
–MA: Era más similar a una profesión de aristócratas, en esos tiempos.
–IM: Tomábamos más en esos tiempos. Martin viene y me dice: “Leí tu relato, Pornografía.” Y me citó a la perfección un pasaje. Me pareció simpático desde el principio.
–¿Vos lo recordás así, Martin?
MA: Recuerdo muy bien el relato. Pero justo estaba pensando que habíamos publicado nuestros primeros libros hace más de cuarenta años. Ayer mismo leía el libro de Ian y vi en la solapa que escribió catorce novelas y dos relatos, exactamente igual que yo. En resumen, nuestras vidas fueron más o menos paralelas. Empezamos al mismo tiempo, nos casamos al mismo tiempo y ambos tuvimos un hijo –un hijo varón– al mismo tiempo y después ambos nos divorciamos al mismo tiempo.
–IM: Eso vos lo hiciste primero.
–MA: Y después nos volvimos a casar al mismo tiempo.
–IM: ¿A lo mejor nos morimos al mismo tiempo?
–MA: Sí, cierto.
–IM: Cambiemos de tema, por ahora.
–Cuenten algo de estas dos nuevas novelas y de cómo las concibieron.
–MA: La gente me pregunta por qué decidí escribir una segunda novela sobre el Holocausto, pero no estoy de acuerdo en el uso del verbo “decidir”. Es una cosa que está adentro mío: agarro un resplandor de algo, un temblor, una pulsación, y lo reconozco como el germen de una obra que puedo escribir. A veces empiezo una novela pensando que va a ser un relato, y después de unos meses me digo, “A lo mejor sale una novela breve”, y después de algunos meses más, “No, creo que con esto voy hasta el fondo”. No lograría empezar una novela simplemente a través de un acto de voluntad. No lograría avanzar sin ese momento algo mágico y misterioso en el que algo viene hacia vos, y sentís con gran intensidad la obligación de escribir la novela, porque no pasa todo el tiempo. El resplandor que tuve para The Zone of Interest
es la primera página: es una especie de amor a primera vista (aunque en realidad comienza como lujuria a primera vista) en un ambiente que parece bastante rural y anónimo hasta que se llega al “patíbulo de tres ruedas” al final de la página, enumerado entre los otros elementos del ambiente. Te sentás y a veces, para tu sorpresa, te parece que gran parte de todo esto está ahí. Después hacés muchos intentos y errores, y luego empezás a tomar decisiones.
–¿Para vos es igual, Ian? En tus libros hay algo que me hace pensar que existe el núcleo de una idea que se te presenta inesperadamente, pero tal vez no es así.
IM: No, estoy de acuerdo con Martin en esto. Adoro esa etapa en la que terminé la novela, las entrevistas y la difusión y estoy libre para seguir con lo que me interesa. En general no arranco con la idea de hacer investigación para una novela. Y en este caso, The Children Act, todo empezó una tarde en la que cenaba con unos jueces. Se hacían bromas unos a otros por las sentencias de cada quien, y eran bien duros con otros jueces que no estaban ahí. Pensé: “¡Bueno! Estos podrían pasar por novelistas”. Después en cierto momento el dueño de casa, Alan Ward, un juez muy prestigioso, se levantó y fue a buscar un volumen encuadernado con sus sentencias. Media hora después yo estaba sentado con este libro en la mano y pensaba: “Esto es un subgénero literario, injustamente relegado”. Empecé a interesarme por las sentencias y noté que muchas veces aparece en medio de todo eso la religión: católicos que se divorcian de musulmanes, judíos ortodoxos que se pelean por el futuro de sus hijos, padres católicos que no quieren que sus hijos, gemelos siameses, sean separados. Después me fijé en una sentencia de Alan sobre un adolescente testigo de Jehová que se negaba a una transfusión de sangre que era necesaria para salvarle la vida. Lo vi como una provocación, como un atajo entre el espíritu laico de la ley y una fe religiosa sincera.
–Esta idea de sistemas de creencia aparece en ambos libros, eso que la gente está dispuesta a hacer en nombre de las creencias que construyó o elaboró.
–MA: Sí, es un mundo en sí mismo, el de los sistemas de creencia. Ian habla de religión, pero también de ideología. Lo que descubrí leyendo muchísimas cosas sobre el Holocausto en los últimos veinticinco años es que, en el caso de Rusia, la ideología sigue siendo muy fuerte. Me quedé mudo cuando leí que Gorbachov, cuando el imperio se estaba hundiendo, pasaba toda la noche despierto, leyendo a Lenin, diciendo: “La respuesta tiene que estar acá”. Pero en el caso de Hitler, en el caso de Alemania, no había ninguna ideología. Había dos o tres ideas: un imperio territorial más amplio, un antisemitismo delirante, y la simple voluntad de conservar el poder. Nada más. El nazismo no atraía a las personas por su ideología: era una especie de llamamiento para sádicos y no pretendía ser otra cosa.
–IM: Sí, esas banderas negras en el norte de Irak son otro ejemplo: son un imán extraordinario para cualquier aspirante a torturador que ande dando vueltas. Los psicópatas son una minoría ínfima distribuida igualmente entre todas las poblaciones y tienen la necesidad de aprovechar su ocasión histórica.
–¿Y por qué se sienten atraídos los novelistas?
–IM: Nos gustan las cosas erradas.
–MA: Y extremas. Y los sistemas cerrados, las cosas que son un mundo en sí mismo. ¿Pero no te parece que cuando te hacés más viejo y el futuro se contrae, se vuelve una tortura leer hasta los bocetos de tu última novela?
–¿Por qué sienten el deseo de pasar a la próxima cosa?
–MA: Simplemente para ir hacia adelante; no sé si tuviste alguna etapa por el estilo, pero en los viejos tiempos, en los años setenta y ochenta, si no tenía reuniones o cosas que hacer durante la tarde, una botella de vino y cinco horas de lectura, para mí era la tarde de mis sueños.
–IM: Ahora son cinco botellas de vino y no lees nada de lo tuyo.
–MA: Pero ahora no sueño con hacer cosas por el estilo. Además, no me parece una experiencia placentera leer las cosas viejas.
–¿Por qué te sentís un novelista distinto al que eras?
MA: Se podría decir que lo que pasa es que la inspiración, la parte musical del talento, se debilita, pero la parte técnica se vuelve más fuerte: saber dónde va cada cosa, las modulaciones. Si hacés una escena de diálogo, la escena siguiente no tiene que ser de diálogo, y viceversa. Lo que escribí en este siglo no me produce casi nunca rechazo, pero si voy hacia atrás está lleno de vulgaridad y cosas inmerecidas.
–¿Vos lo pensás de la misma manera, Ian?
–IM: No me fijo, porque simplemente no me interesa.
–Pero entre tus primeros trabajos y los posteriores hay diferencias.
IM: En parte es porque estamos obligados a explicarnos todo el tiempo, y esto te vuelve insensible respecto de tu propia obra. Una vez escribí una novela, Los perros negros, en la que puse un prólogo que explicaba todos los temas del libro. Y durante tres meses, toda la fase de la difusión, tuve que explicar ese prólogo. Martin tiene razón, son cada vez menos los veranos y los inviernos que tenemos por delante y está la sensación de que en un cierto punto hay que reconocer que tu pensamiento no es tan rico como era antes.
–MA: El vocabulario se limita.
–IM: El vocabulario se limita; se limita… todo. ¡Incluso la resistencia física! Para hacer una novela se necesita mucha resistencia física, parece una maratón. Dura más o menos como un doctorado, y nosotros tenemos catorce doctorados. Pero no, la idea de meterme en un rincón a releer mis primeros libros me aterra, especialmente considerando que sobre los estantes de mi biblioteca están no sólo todos los libros que no leí, sino todos los libros que quiero releer, de otros escritores.
–¿Existe algún libro de otro que hubieses querido escribir?
–IM: La técnica excelente de Martin en Experiencia me produce una gran admiración. Trasladó a la autobiografía todo el arte del novelista. Descubrió el modo más ingenioso y perspicaz para hablar del pasado, de la familia.
–MA: Es muy amable de tu parte, pero no tendrías que haber elegido Experiencia, porque no fuiste hijo de Kingsley Amis. No creo que ningún novelista que se sienta un poco seguro de sí mismo quiera escribir la novela de otro. El ensayo de otro puede ser, puedo imaginar que se sienta envidia, deseo. Pero una novela no, es algo demasiado personal. Lo que la gente no puede entender es que cuando escribís una novela te ponés a vos mismo delante de todos; si hacés un ensayo histórico sobre el bombardeo de Dresden no es lo mismo. Una novela es profundamente personal y reveladora.
© The Independent Traducción Andrés Kusminsky

Martin Amis básico

Hijo del escritor Kingsley Amis, tras el divorcio de sus padres, cuando tenía 12 años, pasó algunos meses en España –“mi segundo país europeo”– adonde volvió reiteradamente. Se licenció en Oxford en 1971. Fue crítico de libros en el London Observer y luego encargado editorial y director de la sección de narrativa y poesía en el Times Literary Supplement. Más tarde trabajó en el New Statesman: a los 27 años era el director de la sección literaria. Se casó por primera vez con Antonia Philips, con quien tuvo dos hijos y por segunda con Isabel Fonseca, con quien tuvo dos hijas. Tiene, además, otra hija, a quien conoció a los 20 años. Con su primera novela, El libro de Raquel , ganó el premio Somerset Maugham, en 1973. Con los escritores Ian McEwan, Julian Barnes, Hanif Kureishi y Kazuo Ishiguro, Amis integró una “nueva generación” de novelistas británicos. Otros libros suyos son La información y Dinero.

Ian McEwan básico 

Dice que si no fuese escritor sería la primera guitarra de una banda de blues de poca monta, o biólogo. Estudió en Sussex y recibió su Master en Literatura Inglesa en la Universidad de East Anglia. Publicó los libros de relatos Primer amor, últimos ritos y En la cama . Ha escrito catorce novelas, entre ellas: El jardín de cemento, Los perros negros, Amor perdurable, Chesil Beach, Sábado, y Expiación, varias de ellas llegaron al cine. En diálogo con esta revista recordó en 2009 sus comienzos. En 1973 la muy prestigiosa revista American Review publicó el cuento “Disfraces”, incluido en su primer libro, por entonces inédito, Primer amor, últimos ritos. “La tapa era de un rosa brillante. Y en letras blancas decía: ‘Susan Sontag, Günter Grass, Philip Roth, Ian McEwan’. Ahí fue cuando pensé ¡Voy a ser escritor!” Acompaña el recuerdo con brazos triunfales en alto, reviviendo otra vez la emoción de ese día. Tenía sólo 23 años.

Dos novelas intensas

Martin Amis vuelve, una vez más, a estar en el centro de una polémica literaria. Su nueva novela, The Zone of Interest, es una sátira en el ámbito de un campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial. El libro se publicó en agosto y septiembre en Gran Bretaña y Estados Unidos respectivamente, pero el normal proceso de traducciones que suelen tener sus libros, casi automático, esta vez estaría atravesando algunos escollos. Sucede que en Alemania no quieren publicarle el libro y su editor francés, la prestigiosa casa Gallimard, ya anunció que no quiere contar con ese título en su catálogo. ¿Cuáles son los límites del humor?, nos  podemos preguntar. ¿Hay temas que todavía la literatura no puede tocar? Los editores de Gallimard, por lo pronto, aseguraron que no publican el libro “por razones literarias”: dicen que no les parece una buena novela, simplemente. Los argumentos de su editorial alemana fueron más morales e históricos que literarios. Dijeron que había incongruencias históricas y fácticas y, sobre todo, que Golo Thomsen, un personaje oficial de las SS, es “demasiado comprensivo” con la causa nazi. Sobre este personaje, el propio escritor puntualizó: “una lectura cuidadosa del libro mostrará que nunca es un servidor del régimen, que siempre trata de frustrar diversas políticas y, a mitad de la obra, se convierte en un saboteador activo”. El asunto causó un pequeño revuelo mediático en tierras germanas. Desde el diario Die Welt, uno de los más leídos de esas tierras, criticaron a la editorial por no publicar el libro. Así lo expresaron: “Si hay un escándalo con The Zone of Interest es el hecho de que una editorial alemana piense que no debe dar a conocer la obra de uno de los autores británicos contemporáneos más importantes a los lectores alemanes”. El agente de Martin Amis, el implacable Andrew Wylie, ya está capitalizando el escándalo. Busca una nueva editorial alemana para su autor y espera que el libro se  venda más que otros.

En cuanto a su compañero de generación Ian McEwan, tiene también nuevo libro, titulado La ley de la infancia. Basada también en hechos históricos, su título refiere a una ley de 1989 que fue emblemática en el Reino Unido, que regía el bienestar de los menores. Sobre esa base histórica, la ficción despliega un dilema pesado: una jueza de un tribunal importante debe decidir si un joven enfermo vive o muere. El joven en cuestión se llama Henry y es un testigo de Jehová que se niega a recibir las transfusiones de sangre que lo podrían salvar de una leucemia. En varias entrevistas el autor confesó que varias muertes recientes de su entorno íntimo (como la de su amigo el escritor Christopher Hitchens o su agente literaria) lo golpearon y lo empujaron a pensar ficcionalmente el tema de la muerte. ¿Se puede elegir la propia muerte? ¿Hay alguien capaz de legislar sobre los cuerpos ajenos? Estas y otras son las preguntas que van apareciendo a medida que las páginas de la novela de suceden. Menos polémico que el de Martin Amis, sin dudas, no deja sin embargo de tocar un tema que está en el centro del debate contemporáneo y que se discute acaloradamente en parlamentos de nuestros países. Ambos libros se editarán en español en 2015 por Anagrama.

17.11.14

Representación de la barbarie cotidiana

Cinco novelas para narrar un siglo. Premio Clarín Novela 2014. Lo obtuvo el colombiano Daniel Ferreira con Rebelión de los oficios inútiles, una obra intensa, terrible y conmovedora que bucea en los orígenes de la violencia en su país: Colombia

Cinco novelas para narrar un siglo. “Cuando comencé a escribir –dice Ferreira– aspiraba a la novela total, pero advertí que ya no somos lectores totales, sino fragmentarios, de corta distancia. Lo que ocurrió en los 90 en Colombia me dejó destruido y desmoralizado, por eso me urge terminar esta Pentalogía. Quiero eliminar definitivamente de mi vida la cuestión de la violencia para poder escribir sobre otros temas.”/revista Ñ

Yo necesito curarme del tema de la violencia en Colombia. Necesito sanar mi infancia y mi primera juventud de la tragedia de vivir en una sociedad descosida.” Esto dice Daniel Ferreira, con una dulzura que no alcanza a encubrir el dolor que la afirmación le produce.
El proceso de sanación será largo. Dar cuenta de la violencia arraigada en la sociedad de su país le demandará la escritura de una serie de cinco novelas ­–la “Pentalogía de Colombia”–, de las cuales la tercera, Rebelión de los oficios inútiles , ha ganado la decimoséptima edición del Premio Clarín Novela y la admiración del jurado de honor.
Es que este muchacho de 33 años, oriundo de San Vicente de Chucurí (departamento de Santander), una población ubicada a unos 500 km de Bogotá, ha elaborado una obra de una calidad estilística notable y multitud de matices, que además forma parte de un proyecto de largo aliento. Algo inusual en esta época de literatura exprés.
–¿Cómo surgió la idea de la Pentalogía?
–A comienzos del año 2000, yo estaba escribiendo una novela que pensaba como un fresco donde convivirían distintos momentos de la historia no oficial de Colombia en el siglo XX. Aspiraba a la novela total pero advertí que ya no somos lectores totales, sino fragmentarios, de corta distancia. De pronto, entendí que debía separar las historias, y contar episodios correspondientes a distintas décadas.
­–Y la violencia sería el hilo conductor…
–Los “violentólogos”, que son los estudiosos de la violencia en Colombia, encuentran que el origen de la escalada de los años 80 y 90, ya con la intervención de los narcotraficantes, puede rastrearse en los conflictos de tierras de la década del 70 y la represión de los movimientos insurgentes cuyos reclamos nunca fueron escuchados. Estos a su vez están anclados en el nacimiento de las guerrillas marxistas de los años 60 que surgieron entre gente que se refugiaba en el campo porque era perseguida por la guerra del bipartidismo de los años 40 y 50, y también se puede retrotraer a la guerra de los mil días con la que empieza el siglo XX. Ninguno de estos conflictos encontró un camino de diálogo o negociación, jamás se solucionaron y la impunidad con la que se los ocultó enconó los odios. Pero mis novelas no están organizadas cronológicamente ni los personajes van a aparecer de una en otra. No hay una continuidad de personajes ni de historias, son piezas individuales.
­–¿Alguien lo aconsejó en esa decisión?
–Pues sí, lo hizo mi agente literario y editor que es el I Ching. Soy un ateo supersticioso. Y ese libro orientó muchas de mis decisiones. Lo consulté para resolver los desenlaces de mis libros, para presentarme a este concurso y para venir a la Argentina. Gracias a él interpreté que debía separar y discernir las historias para poder contarlas.

Otra manera de entender
Rebelión de los oficios inútiles entrelaza las vidas de tres personajes: Simón Alemán, un rico heredero que a fines de los años 60 hace dinamitar la cumbre de un cerro para construir allí un condominio de lujo, donde son empleados muchos trabajadores de oficios menores; Anita Larrota, una mujer de 72 años que encabeza la toma de esos terrenos cuando Alemán, ya alcohólico, quiebra y suspende la paga; y el periodista Joaquín Borja, que documenta en su pequeño periódico la represión de la revuelta, se hace amigo de Alemán y luego decide tomar las armas. Todo esto en el contexto de las fraudulentas elecciones presidenciales de abril de 1970. Se trata de una trama compleja y profunda, en la que conmueve la riqueza individual de los personajes y la intensidad de sus historias.
­–¿De dónde tomó la anécdota?
Era una historia que circulaba en mi pueblo, que referían mi familia y mis amigos. Aquellos personajes eran los héroes de mi infancia. Los recompuse a partir de testimonios, de notas en pequeños periódicos de la época: lo que se conoció en los años 70 como el periodismo revolucionario, que buscaba señalar los problemas que sufría la sociedad para movilizarla y combatirlos. Con esos indicios construí una suerte de memorial. También fui siguiendo las pistas que explicaban por qué el periodista se radicalizó. Me preguntaba: ¿Hasta dónde podemos mantenernos ajenos a lo que nuestra ética nos dice que está mal? ¿Acaso es posible aceptar que el gobierno utilice sus fuerzas de seguridad para reprimir, torturar y asesinar al pueblo que dice representar? En eso consistió la estrategia contrainsurgente colombiana y fue lo que permitió que hacia los 80 apareciera el paramilitarismo.
­–¿De qué tratan las dos novelas anteriores?
Viaje al interior de una gota de sangre es el texto embrionario y la base de todo, aunque se publicó después de La balada de los bandoleros baladíes . Está ubicada en los años 80 y narra una “incursión de objetivo múltiple”, el eufemismo que en Colombia se utiliza para referir una matanza. Una banda armada llega a un pueblo durante una festividad popular y, lista en mano, comienza a asesinar. Algo habitual en los enfrentamientos entre las fuerzas paramilitares y las guerrilleras de aquella época. Es un poco la historia del pueblo donde yo nací. La novela funciona como una bomba atómica: tiene un núcleo que se expande en cinco líneas dramáticas. Yo digo que es una crónica metafísica, en el sentido de que hay cosas que la crónica periodística no puede contar. Como dice Ricardo Piglia, la literatura es antagónica del periodismo porque mientras éste contrae y sintetiza los hechos, la literatura los expande. Y esa expansión quizá nos permita entrever algo sobre los odios de una sociedad.
–¿Y La balada de los bandoleros baladíes?
–Ese es un libro difícil, incluso para mí, porque aborda la violencia de los 90 desde el lugar de los perpetradores.
–¿Cómo construyó ese mundo?
–Oyendo muchos relatos que constan en los acervos judiciales pertenecientes a la Comisión de Verdad, Justicia y Reparación de la situación de los derechos humanos en Colombia. Ellos recogen los testimonios de asesinos ahora encarcelados, que explican los métodos de la barbarie con una naturalidad feroz. Presté mucha atención al tono de esos relatos. Por ejemplo, al narrar una masacre casi siempre eludían el momento de la ejecución, como si la mente se les fuera hacia otro lugar. No podían enfrentar de manera consciente el sufrimiento de los demás. Eso me solucionaba la cuestión narrativa porque me sentía incapaz de describir quirúrgicamente un asesinato.
–¿Qué lo intrigaba de esos testimonios?
–Cómo puede seguir viviendo alguien que ha descuartizado una persona, que ha estado en contacto con su sangre, que sabe de su olor. Supe de la obsesión de un sicario que decía que su cuerpo olía a flores podridas y por eso lo perseguían unas aves. Esas confesiones tan personales eran las que me interesaban. No los asesinatos en sí, sino los efectos que producían a posteriori en los involucrados.
–¿Obtuvo el testimonio directo de algún sicario?
–Nunca. No tengo las tripas para sentarme delante de alguien así y escucharlo. Lo que ocurrió en los 90 en Colombia me dejó destruido y desmoralizado, por eso me urge terminar la Pentalogía. Quiero eliminar definitivamente de mi vida la cuestión de la violencia para poder escribir sobre otros temas. Un sociólogo se pregunta qué descompone a la sociedad; un periodista le pregunta a un asesino por qué mata. Pero un escritor no puede hacer una cosa ni la otra. Lo que le queda es recurrir a una construcción dramática. En lugar de la explicación, tiene la representación, que es otra manera de entender lo sucedido.
La balada de los bandoleros baladíes obtuvo el Premio Latinoamericano de novela Sergio Galindo 2010. En la ceremonia de entrega estuvieron presentes algunos de los más altos representantes de la literatura latinoamericana actual como Sergio Pitol, Ernesto Cardenal y Sergio Ramírez. La novela se publicó en México y Ferreira prefiere que por el momento no se la conozca en Colombia.
­–¿Por qué?
–No hay que olvidar que fuimos los colombianos los que nos labramos nuestra propia desgracia. La novela toca muchas fibras sensibles, heridas dolorosas y ahora estamos en un momento de sanación. No sería apropiado.
–¿Qué opinión le merece la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa?
–Es muy penoso para mí, más allá de que el proceso histórico mexicano no se compara con el colombiano y no está bien equipararlos. El origen del conflicto armado en Colombia no es el narcotráfico, sino las prácticas que convirtieron la desaparición forzada de personas en una política de Estado, motivadas por sectores económicos que han defendido sus intereses con ejércitos sin ley. En México, el fenómeno es otro. Esta masacre nos afecta a todos porque nos muestra la capacidad infinita de producir dolor y la indolencia que nos domina para no reaccionar como corresponde. La barbarie es tan cotidiana que ya poco nos conmueve.

El salto al vacío

–¿Cómo decidió ser escritor?
–Empecé a escribir muy joven, unos diarios quinceañeros llenos de amor. Cuando conseguí mi primera ficción a los 16, supe que era mi camino. Escribir es, básicamente, tomar la decisión. Una poeta colombiana, Patricia Ariza, dice que el arte es arrojarse al vacío e ir construyendo las alas a medida que uno cae. Y eso hice. Los comienzos fueron duros. Estaba estudiando Lingüística en la Universidad Nacional, pero se me volvió una trampa. Al poco tiempo gané un premio de cuento y el dinero lo invertí en seguir escribiendo. Ese premio trajo otros, y así conseguí recursos para ya no depender de los seres queridos.
–¿Cómo aprendió a escribir?
–Leyendo. Leo ocho o diez libros al mismo tiempo, y me voy quedando con lo que más me interesa. Tomás Eloy Martínez fue uno de mis maestros. La lectura de Santa Evita me ayudó a pensar cómo incorporar material heterogéneo a la realidad que estoy narrando, incluyendo la crítica a la realidad y al material de archivo. También me enseñó cómo trabajar con la figura del testigo.
–¿Algunos otros autores?
–Nellie Campobello, autora de Cartucho , pequeñas piezas sobre la revolución mexicana que ella vivió de niña, me solucionó aspectos técnicos sobre cómo narrar mi propia memoria. Otra escritora fundamental es Agota Kristof. Con su trilogía Claus y Lucas entendí cómo contar las múltiples violencias no desde el dolor.
–¿De qué manera?
–Yo tenía por delante el imperativo de narrar un siglo demencial como lo fue el siglo XX en Colombia y una sociedad que se resquebraja, se asesina, se despedaza, sin olvidarme de que todo esto lo hemos hecho nosotros. No podemos reflexionar sobre lo que nos pasó porque para eso se necesita distancia. Con mi ficción intento entenderlo desde un lugar que no es el del dolor epidérmico ni el de la denuncia. Es algo más íntimo que tiene que ver con los sentimientos, las contradicciones y las neurosis de los personajes .

Literatura y nación


–¿Qué peso tiene en la literatura colombiana actual Gabriel García Márquez?
–Es, sin dudas, una figura emblemática. Sin embargo hay toda una generación que pensamos que el realismo mágico ya no es un camino. Con él se cierra una manera de escribir. Queda el agradecimiento por habernos dado un libro portentoso como Cien años de soledad . Y una enseñanza: una novela es un léxico y el escritor tiene el compromiso de desarrollar una observación aguda, profunda, festiva sobre el uso del idioma. El cumplió como nadie con ese compromiso. Por otro lado, su figura pública me despierta una advertencia: un escritor no debe subir a estrados con presidentes.
–¿Y la de Fernando Vallejo?
–Vallejo tiene dos libros fundamentales: El desbarrancadero y la biografía de José Asunción Silva. Fue un escritor importante en su momento, que se atrevió a hablar de una manera frontal y nueva. Pero yo no admito su misoginia, ni la recriminación de que los pobres son pobres porque se reproducen y no les gusta trabajar, ni que la solución sea borrarlos, porque ésa es una de las causas del dolor y la ira en mi país. Sus declaraciones públicas acerca de su odio a la mujer son nefastas.
–¿Y cuál es su propia ubicación dentro de la literatura de su país?
–A García Márquez le tocó narrar los mitos fundacionales, el origen de las sociedades, la unión, el mestizaje. A nosotros nos tocó dar cuenta de otro mundo: la proliferación de las urbes, los éxodos, los destierros, los campos arrasados del siglo XX. Yo pertenezco a la tradición de la novela de la violencia a la que trato de darle una interpretación y un tratamiento estilístico distinto del de las décadas anteriores.

El mexicano Élmer Mendoza y el misterio en Bogotá

El escritor invitado a  Bogotá Contada, presentó su novela  El misterio de la orquídea calavera

Élmer Mendoza, autor mexicano creador del detective Édgar El Zurdo Mendieta./eltiempo.com
El misterio de la orquídea calavera de Élmer Mendoza


Doce años después de estar por primera vez a Bogotá, el escritor mexicano Élmer Mendoza volvió con una doble intención: desentrañar historias sobre la capital y al mismo tiempo lanzar su nuevo libro 'El misterio de la orquídea calavera'.
Lo primero quedará consignado en un texto que Mendoza, reconocido exponente de la llamada narcoliteratura, hará sobre la ciudad para el proyecto Bogotá Contada, de Idartes; mientras que sobre su libro, una novela negra para jóvenes, habló con EL TIEMPO como pretexto para ahondar en su trabajo enfocado en las historias sobre narcos en el norte de su país.
'El Misterio de la Orquídea Calavera' está protagonizada por 'el capi' Garay, un joven de 18 años, que debe negociar la liberación de su padre, que ha sido secuestrado en San Luis Potosí (México), pero en realidad tiene otro relato interno, el de Edward James, un fascinante escocés que existió y se gastó 5 millones de dólares en construir los jardines de Xitila donde sembraba orquídeas:
¿Cómo nace este libro cuyo eje ya no es 'el zurdo' Mendieta, personaje de su exitosa saga ('Balas de Plata', 'La prueba del ácido', 'Nombre de perro')?
Partió de una pregunta sobre qué hacía yo para descansar. Mi literatura es muy adrenalínica, siempre estoy en el filo de la navaja. Y tenía dos historias incompletas, una con el 'capi y otra con Edward James, entonces se me ocurrió juntarlas. Me interesaba contar cómo la historia de un hombre como James podía influenciar una personalidad tan endeble como la de 'el capi'.
¿Por qué una novela negra para jóvenes?
No sé si es una decisión inteligente, digamos que es el medio el que me condiciona. En mi país ha subido mucho el secuestro, que es un delito tan inhumano, eso de apoderarse de la vida de alguien por dinero, no consigo entenderlo, entonces quise poner un delito así de definitivo para ayudarme a levantar a la personalidad de 'el capi', que es el hijo tonto de una familia y que a sus 18 años vive esta situación en la que puede convertirse en un perdedor o hacer algo con su vida. La circunstancia del secuestro le ayuda a conocerse, espero que mis jóvenes lectores pesquen esa punta de la madeja.
¿Es más difícil escribir novela para jóvenes?

Si hay que pensar a quién va dirigido un libro, pero a mí ambas se me hacen difícíles, lo cual es bueno, porque el día que a un escritor se le hace fácil es porque ya terminó. Yo trato de que mis novelas se parezcan pero no sean iguales y esta tenía que ser completamente distinta. Algunas veces estaba trabajando y advertía que estaba escribiendo como si mi personaje fuera 'el zurdo' Mendieta, entonces lo eliminaba sin piedad.
¿Cómo logra el tono de un adolescente como el de 'el capi' Garay?

Fue un proceso de casi tres años. Yo siempre escribo dos novelas a la vez y en esta lo que hice fue escuchar a los jóvenes de Tijuana, de Guadalajara, que hablan muy parecido.
En sus novelas prima el lenguaje coloquial y alguna vez dijo que empezó a escribir porque le interesaba el lenguaje...

Es muy importante. Es el lenguaje que me sale del corazón y eso me permite hacer un discurso diferente. Tengo antecedentes de maestros poderosos que tuvieron el valor de usar el lenguaje de la calle. Ejemplos como el Artistófanes que en su obra 'La asamblea de las mujeres', puso a un personaje a defecar en público, para eso se necesita un lenguaje; Shakespeare que cortaba las palabras pero entendía el poder oral para llegar al público; Cervantes, que es la mezcla del lenguaje y ritmos narrativos. Dante, a quien sus amigos le decían que cómo se le ocurría escribir 'La divina comedia' en toscano, que lo hiciera en latín que era el lenguaje de los hombres cultos. Al final, después de doce años la publicó en el lenguaje de la gente.
Y en autores modernos...

Sí, en todos los idiomas hay registro callejeros. No hay ninguna literatura que describa la palabra güevón como los autores colombianos. Yo la leo, veo el contexto y digo qué bonito, pero no lo podría hacer. Es una palabra que no me pertenece que es lo que yo hago con el lenguaje de mi región.
¿Qué opina de que lo llamen exponente de la narcoliteratura. ¿Qué es eso?

No me importa la etiqueta, soy el jefe o el creador y eso algún mérito tiene. Hablamos de una literatura que ha tenido que definir su estética y tiene que ver con la creación de atmósferas de violencia, de corrupción, que tienen que ver con los vasos comunicantes entre la gente que vive al margen de la ley con los que están dentro de la ley. Es también incorporar un lenguaje, un cierto grado de emotividad e historias muy fuertes.
¿Y en eso hay relación con Colombia?

Yo digo que mientras aquí escribían sobre sicarios, nosotros escribíamos sobre narcos pasando la frontera, negociando cargamentos de millones, no sobre el control de las vidas, que se supone que es el tema de los sicarios, sino del mercado de los adictos y eso implica ciertas diferencias. En Estados Unidos hay una narrativa sobre el mundo de los adictos que a nosotros nos falta, yo digo que nosotros (mexicanos)escribimos de todo lo que tiene que pasar para que ellos tengan esos personajes y escriban sobre ellos.
¿Es más fácil hacer novela negra en países como estos?
Hace 30 años se decía que en América Latina no podía haber novela policíaca porque no teníamos ni policías decentes, pero se ha demostrado que se puede y hay ejemplos invaluables. Los territorios narrativos que daban prestigio acá no eran los policíacos, se tendía al 'boom', al planteamiento de lo maravilloso que ocurría en regiones pequeñas, pero creo que estamos impulsando una posibilidad de hacer novela policíaca que va a reventar muy bien en América y en Colombia.
¿Es 'el' momento de la novela negra en América Latina?

Fue tan intenso lo del boom que creo que estamos buscando cómo sacudirlo. Aquí siempre hay un delito y una historia, además de la posibilidad de mezclar: historias de amor, de corrupción, de lo que quieras, con una investigación policíaca.
Creo que se fortalecerá y tendrá que ver con que los autores están demostrando que la novela policiaca no es mediocre, que no se escribe en tres meses como se pensaba, sino que lleva años. También tiene que ver con las propuestas desacomplejadas de la neopolicíaca latinoamericana cuyos ejemplos son Leonardo Padura, Paco Ignacio Taibo II, Ramón Díaz, Roberto Ampuero y Juan Sasturain
Sobre Bogotá

"Llegué con dos historias de hechos que ocurrieron antes del siglo 19 y sobre dos sitios, pero me han salido tantas más que decidiré lo que escriba una hora antes de sentarme frente al computador. He visto una ciudad más hermosa y más limpia que hace doce años, con gente más relajada".

15.11.14

Gimferrer: "El castellano ha perdido eficacia poética"

Pere Gimferrer lanza dos nuevos poemarios, uno escrito en italiano

Pere Gimferrer durante la presentación en Madrid de sus libros  El castillo de la pureza y  Per riguardo. / Luca Piergiovanni ./elpais.com
Parece sorprendido Pere Gimferrer (Barcelona, 1945) de que se le haga notar que aparece cuatro veces la palabra muerte en ocho estrofas de uno de sus recientes poemas. Coge el volumen y lee por encima de las gafas. A los dos segundos, murmura: “Ay, estaba mirándolo en castellano, voy al original italiano…”. Sí, el último libro del académico se titula Per riguardo (Fundación José Manuel Lara) y está escrito directamente en esa lengua (versión española de Justo Navarro). Y acompaña en el mercado a El castillo de la pureza (Tusquets), versión castellana (de José María Micó) de su último poemario en catalán El castell de la puresa, de principios de este año.
La sombra de la muerte y cierta añoranza por la juventud marcan el tono del más profundo y personal Per riguardo, temas que también aparecen en El castillo… si bien el cordón umbilical más fuerte es un trasunto crítico con la situación política y social, de una violencia latente --“nella città dei fiamme in rivoltelle” (“en la ciudad de llamas en revólveres”)-- y una vida aparente: --“Així vivim, com viuen els follets / o els focs follets, com la calamarsada / que només sap que és la voluntat cega / d’escampar el foc o l’aigua destructiva” ("Así es como vivimos, como duendes / o como fuegos fatuos, o granizo / que solo sabe del designio ciego / de esparcir fuego o agua destructiva”).
Pere Gimferrer, en el ascensor del edificio del Grupo Planeta. / Enric Vives-Rubio
La culpa de los versos italianos la podría tener Dante, cuya Divina comedia ha leído seis veces (“por encima de Proust, al que he leído cinco”, constata como sorprendido de sí mismo), pero el hecho es que publicó por vez primera en castellano en 1966; en catalán, en 1970 y ahora en italiano. “No dejan de ser variables del latín. En una misma semana he escrito en los tres idiomas; también tengo alguna cosa en francés, pero no lo muestro porque es una lengua en la que es fácil hacer un pastiche”.
Lo dice con naturalidad abrumadora. “Hace años que no leo traducciones y eso ayuda, quizá de algún ruso u oriental sí, pero pienso y leo en diversos idiomas aunque no los hable”. Y repasa la génesis de los que le son propios: “El castellano es el idioma de mi formación, aunque en la escuela no aprendí nada de idiomas, solo latín; escribir en catalán en los 60 tenía un significado político, pero para mí era una cosa más: yo aprendí a nombrar las cosas en catalán y eso había de salir en algún momento; y del italiano he visto mucho cine, he estado muchas veces... El italiano es una lengua mía”.
A las causas terrenales hay que añadirle las poéticas, las que le permiten versificar directamente “Tutto questo azzardandosi all’esistere / la morte consisteva nell’insistere” (“Todo esto arriesgándose a existir: / la muerte consistía en insistir”). “Las palabras nacen como un núcleo rítmico que se concreta en unos sonidos que me llevan a un idioma determinado… Pero los poetas no pensamos en ningún idioma sino en imágenes e ideas. Las ideas no están formuladas en lengua alguna”.
Los poetas no pensamos en idiomas sino en imágenes e ideas
Pessoa, que escribía en portugués, inglés o francés; Carles Riba, Francisco Aldana y Rodolfo Wilcock, que lo hacían amén de en catalán o castellano, en italiano… La erudición de Gimferrer saca precedentes como de una chistera, la misma magia con la que explica que la culpa de todo la tienen las propias palabras. “Cada idioma tiene palabras que determinan la poesía; las palabras en un idioma tienen una eficacia poética que no tienen en otro. Fíjese en la sonoridad de morte: en italiano manda mucho, para empezar son las mismas sílabas que notte, son casi sinónimas…”. Redobla su didáctica: “Las palabras determinan en parte las temáticas y otras han dejado de ser poéticas por el abuso que se ha hecho de ellas; por ejemplo: ‘Unos labios rojos’ ya no funciona poéticamente, se ha de decir de otra forma. Hay muchas palabras catalanas del XV que no han envejecido, que se han preservado por su no uso, y en cambio otras del XIX y del XX, por la necesidad de construcción del lenguaje poético, han quedado totalmente inutilizadas para ello”. ¿También ocurre en castellano? “Claro: hay muchas palabras gastadas por la misma Generación del 27, recuperadas de Rubén Darío, Góngora o Garcilaso, que no funcionan sino como del 27. Fuera de ahí, no van. El castellano ha perdido eficacia poética por su alta actividad…”.
Admite Gimferrer que sus poemas en italiano “quizá son más oscuros porque el vocabulario me lleva a concentrar más lo que quiero decir; es la suma de Dante y Ungaretti y Montale… El catalán de El castell de la puresa también lleva a ello, pero el estilo lo camufla”. De joven, tras una primera redacción, Gimferrer eliminaba nexos de asociación de ideas de sus composiciones. “Ahora lo hago automáticamente durante el proceso de escritura mismo; hoy tengo más confianza de que el lector me siga”. ¿Y si no lo hace? “La poesía consiste en la asociación de palabras y sonidos que sólo existen en el poema. Querer entenderla como se entiende el argumento de una novela eso está descartado en poesía. Nadie va a leer las Soledades de Góngora para enterarse de lo que hacen los cazadores y pescadores; se lee por otro motivo: uno busca la asociación de imágenes y palabras que hace Góngora con el pretexto de esos cazadores y pescadores”.
Lo ideal para España sería la confederación; pero da miedo decirlo”
Hay en Per riguardo y en El castillo de la pureza una notable presencia de la parca (“está también ya en Arde el mar o en Hora foscant; puedo morir mañana o en 10 años pero esa presencia de la muerte ya la tenía a los 20 años”, arguye) y una notable nostalgia de una juventud (“La bella addormentata”) añorada: “Ens fan mal les estelles del temps adolescent: / s’han esberlat els vidres de tanta primavera” (“Nos duelen las astillas del tiempo adolescente: / se ha quebrado el cristal de tanta primavera”)… “También estaba en Arde el mar, en Rapsodia y en Alma Venus, y en unos poemas castellanos inéditos… Veía esa juventud como si no la viviera de muy chico: a los 13 años, en 1958, había leído a Blas de Otero, que acababa de publicar Ancia, donde había una angustia existencial que quizá no me marchó”.
Hay nostalgia camuflada, pero en cualquier caso con una exuberancia de colores muy visible. “Lo aprendí de Joao Cabral de Melo, que en 1967 mantenía que un poeta no puede decir una cosa que no sea visualizable; puede formular cosas que no sean aceptables en el terreno de la realidad; tiene razón: Gonzalo de Berceo habla sobre la Virgen en un prado y puedes no creerlo pero lo puedes visualizar y eso me lleva a una poesía de imágenes y colores…”.
Es difícil que domine bien el catalán o el castellano quien no ha aprendido sólidamente latín
Pero la realidad es más sucia: ambos libros y su predecesor, Alma Venus, están escritos entre 2012 y hoy, momentos de ebullición política y baja catadura moral en el imperio de lo material. “Si per tant de dolor i per tantes gemmes / no hem sabut viure més que de biaix..” (“Si por tanto dolor y tantas gemas / hemos sabido solo vivir de refilón…”). La sociedad y la gente está manchada (“Si tots nosaltres som una mascara –“Si todos nosotros somos solo un tizne”) y el nacionalismo exacerbado, el fascismo y el terrorismo hacen aflorar versos en los que cita desde la marcha sobre Roma de Mussolini a las Brigadas Rojas. “De la situación política ya he hablado claramente en Alma Venus: ahí ya salían Paesa e, indirectamente, Urdangarin. No creo que éstos sean años más graves que otros ya vividos: Roldán, los GAL y, antes, la matanza de Atocha… Hay mucho de eso en la historia reciente”. ¿Y le afecta como poeta? “Como persona más bien y, a veces, como poeta, pero la persona es el poeta, ¿no?”.
La consulta popular soberanista del lunes en Cataluña es “una jugada más de una partida de ajedrez que no sabemos cómo evolucionará”, pero que a diferencia de otros movimientos nacionalistas en Europa, llega con el factor de “una crisis económica que también explica la subida de Podemos”. Pero la clave vuelve a estar en una palabra: “Nadie quiere pronunciarla: confederalismo. Da miedo a todos. Sería lo mejor, pero es más fácil pedir federalismo o, incluso, independencia”. En El castillo… recoge: “Tants homes morts per l’or d’una senyera /per una llum apócrifa potser” (“Tantos muertos por el oro de una bandera/ por una luz apócrifa quizá”).
Cualquier libro que llega de América está mejor escrito que el que llega de España; el castellano de aquí vive una degradación extraordinaria
Pero la preocupación mayor de Gimferrer es la lengua. Sobre el catalán, cree que ha de optar entre un uso extensivo o de prestigio: “El uso de prestigio es importante porque si no parece que estés defendiendo una lengua secundaria. Pero el solo uso de prestigio nos podría llevar a chino mandarín. A la inversa, el uso en los mass-media nos lleva a un catalán xaró” (chabacano). También le inquieta el castellano: “El que se usa en la península no muy bueno; es mucho mejor en México, Colombia o Buenos Aires”. Y no es bueno por un tema escolar: “Es difícil que domine bien el catalán o el castellano quien no ha aprendido sólidamente latín; suena reaccionario pero estoy absolutamente convencido de ello; cualquier libro que llega de América está mejor escrito que el que llega de España, el castellano de aquí vive una degradación extraordinaria, pero también veo faltas de ortografía en diarios franceses como nunca antes…”.
La escritora alemana Charlotte Grasnick dijo en uno de sus más conocidos poemas ‘Autorretrato de frente y de perfil’: “Dos yoes/ hacen dos sombras/ dos yoes/ son dos sueños/ los ojos dos espejos/ van empañándose/ de la respiración del tiempo”. A fuerza de no interpretar arbitrariamente, este poema bien podría retratar la experiencia de una nación dividida.

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La escritora alemana Charlotte Grasnick dijo en uno de sus más conocidos poemas ‘Autorretrato de frente y de perfil’: “Dos yoes/ hacen dos sombras/ dos yoes/ son dos sueños/ los ojos dos espejos/ van empañándose/ de la respiración del tiempo”. A fuerza de no interpretar arbitrariamente, este poema bien podría retratar la experiencia de una nación dividida.

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La escritora alemana Charlotte Grasnick dijo en uno de sus más conocidos poemas ‘Autorretrato de frente y de perfil’: “Dos yoes/ hacen dos sombras/ dos yoes/ son dos sueños/ los ojos dos espejos/ van empañándose/ de la respiración del tiempo”. A fuerza de no interpretar arbitrariamente, este poema bien podría retratar la experiencia de una nación dividida. Para Alemania, un país con la misma historia e idioma, el ­Muro de Berlín -además de todo su peso político- también ­marcó a distintas generaciones en su manera de ver el mundo. La literatura no deja de reflejar las transformaciones de quienes vivieron tanto en la ­República Federal Alemana (RFA, Oeste) y la República Democrática Alemana (RDA, Este). Autores clásicos como Günter Grass o Krista Wolf volcaron a sus obras los cambios que dejó la caída del muro. No obstante, generaciones más jóvenes de escritores, entre los que cuentan Ingo Schulze (1962) o la berlinesa de origen turco Yadé Kara (1965) también hicieron suya la experiencia de la escisión en libros como ‘Adam y Evelyn’, de Schulze, o ‘Selam Berlin’, de Kara. Ambas novelas muestran las consecuencias personales que ha tenido la caída en sus personajes. Quien lo trata desde una mirada que abarca consigo más años, haciendo a su vez una perspectiva histórica que se remonta al nacimiento del Imperio Alemán a finales del siglo XIX, es Grass con su novela ‘Es cuento largo’. En ella, se parte de la caída del Muro para mirar los cambios que ha dejado cada acontecimiento en la historia alemana. Esta novela es considerada una de las más polémicas del autor, debido a sus críticas a la reunificación de la RDA y la RFA. Pero hay muchas otras historias. Por ejemplo, en ‘Algún día nos lo contaremos todo’ de Daniela Krien (1975), la joven María vive en la casa de la familia de su novio. Sin embargo, la vida campesina tranquila que le ofrece dicha estancia se fractura cuando conoce a Henner, un hombre mucho mayor a ella. El lenguaje descriptivo de Krien no resta la fuerza que seduce y devasta al momento de las grandes rupturas, tanto en la vida de María como en la del pueblo alemán. Así, a modo de metáfora, son más palpables los efectos de la reunificación tras décadas de encierro. En cambio, en ‘La Torre’, de Uwe Tellkamp, los personajes centrales viven en un barrio residencial de Dresden (ciudad al norte de la RDA). Tellkamp dibuja a los protagonistas como seres reflexivos, negativos y distantes, aficionados a la poesía, la música y las artes plásticas. Con ese tratamiento, a la psicología de la familia Hoffmann y el familiar cercano Meno Rohde, el autor muestra las contradicciones en el discurso de esa parte de Alemania. Y ‘Zona de tránsito’, de Julia Franck, reúne a cuatro personajes en uno de los edificios destinados a los refugiados que huían de los regímenes afines a la República Soviética. Con humor descarnado y sutileza, la escritora pone de relieve el desasosiego al que estaban ­expuestos los exiliados no solo de la RDA sino también de Polonia u otros países. Por su lado, aunque no prometa mucho por su título poco creativo, ‘La caída del Muro de Berlín’, de los franceses Jean-Marc Gonin y Olivier Guez, compila una serie de relatos y testimonios de periodistas, políticos, militares, artistas y manifestantes alrededor de los 35 últimos días del derrumbe definitivo del muro que dividió Berlín. Según críticos y académicos alemanes, como Britta Lange, la ‘literatura de la reunificación’ -como se la ha llamado- todavía tiene mucho que dar a los lectores.

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