1.12.14

Magris reivindica la escritura que da voz a la tragedia y las injusticias

El autor italiano, Premio FIL 2014, inaugura la cita literaria de Guadalajara que estuvo marcada por constantes referencias a la tragedia de Iguala. La feria concluye el 7 de diciembre

 
El escritor italiano Claudio Magris recibiendo el premio en Guadalajara / Saúl Ruiz./elpais.com
Llegó Claudio Magris a la 28ª Feria Internacional del Libro de Guadalajara con ese aire de escritor melancólico que arrastra desde su natal Trieste y estableció un puente imaginario a lo que ha ocurrido durante siglos en aquella parte del mundo, encapsulado en lo que podemos llamar el Universo Magris, y lo que está pasando aquí y ahora en México. En la cita literaria hispanobablante más importante del mundo, el italiano triestino de Magris cayó como una verdad a la que no había nada que objetar: “Hay tantas escrituras: las que dan voz a la tragedia y al horror de la vida y aquellas que dan voz a su encanto; las que se obsesionan con la verdad y aquellas que pretenden reinventar el mundo”.
El autor italiano, de 75 años, y autor de libros como El Danubio, recibió el premio FIL de Literatura en Lenguas Romances y con sus palabras dio inicio a una feria que durante nueve días se convierte en el epicentro del idioma español.
Durante la inauguración de la cita literaria, dedicada este año por segunda vez a Argentina, hubo constantes referencias a la desaparición de los 43 estudiantes mexicanos en Iguala a manos de unos policías, un caso que ha provocado la indignación de la sociedad mexicana y una crisis sin precedentes en los dos años que lleva en el cargo el presidente Enrique Peña Nieto. “Estamos convencidos de que el Gobierno hallará a los culpables”, expresó el canciller argentino, Héctor Timerman. En la entrada al recinto había colgada una pancarta de solidaridad con los familiares de los desaparecidos que acababa con un recordatorio del poder de lo escrito: “Hoy más que nunca impulsemos la palabra como el mejor recurso que tiene el ser humano”.
Magris —con el pelo alborotado y los pantalones de un traje que le quedaba ligeramente largo— no hizo ninguna referencia directa a la tragedia de Ayotzinapa, la escuela de estudiantes de magisterio a la que pertenecían los desaparecidos, pero con su discurso, ante un abarrotado auditorio, puso de manifiesto la necesidad de escribir para contar la verdad, la importancia de buscar la justicia a través de las palabras. El quinto no hispanohablante que se hace con el premio dotado con 150.000 euros tras el poeta francés Yves Bonnefoy, ha escrito durante 47 años en el periódico Il Corriere della Sera sobre asuntos éticos y políticos. Ha tocado todos los palos. Más que una obligación, enfrentarse a los problemas, propios o ajenos, es para Magris una obsesión.
“La escritura es a la vez un agente de aduana y un contrabandista; establece fronteras y las trasgrede”
Tan cómodo como si estuviera en la mesa de su cuarto en el café San Marcos de Trieste, donde suele escribir, el literato italiano hizo referencia al escritor mexicano Fernando del Paso (México DF, 1935) y la influencia invisible que su obra Noticias del Imperio había tenido sobre A Ciegas, una novela suya en la que un hombre encerrado en un sanatorio mental rememora su azarosa vida a lo largo del aún más azaroso siglo XX europeo. La mención sobrevoló como un abrazo (italiano) hacia un Del Paso sentado en silla de ruedas. El mexicano, uno de los últimos escritores vivos de su generación, es uno de los personajes más aclamados año tras año en la FIL.
¿Por qué escribe Magris, el feroz europeísta, el lector empeñado en que lo más importante se aprende sin que se enseñe? “Por tantas razones: por amor, por odio, como protesta, para distraerse ante la imposibilidad de vivir, para exorcizar un vacío, para buscarle un sentido a la vida. Para luchar contra el olvido, con el deseo de proteger, de salvar las cosas, y sobre todo de los rostros amados, de la abrasión del tiempo: de la muerte”.
Si Magris, como ha defendido a lo largo de su trayectoria, ha hecho de su escritura una protesta, el europeísmo y la lucha contra las fronteras es una constante. “La escritura es a la vez un agente de aduana y un contrabandista; establece fronteras y las trasgrede”. Los mexicanos en la sala sonrieron. Algo de fronteras saben. México y Estados Unidos comparten una línea de 3.185 kilómetros y el corredor fronterizo más grande del mundo.
Escribir, reconoció el el escritor “ es también un intento de construir un Arca de Noé para salvar todo lo que amamos, para salvar —deseo vano e imposible, quijotesco pero inextirpable— cada vida”.
Claudio Magris había comenzado su discurso señalando que la escritura tiene colores, uno para cada uno de sus planos, como la paleta de un pintor. “No sé qué color tenga este grácil y maltrecho barquito de papel que podemos construir con nuestras palabras; sabemos que está destinado a hundirse pero no por eso dejamos de escribir. Y si se hunde, su escritura no será de color negro, que es ausencia de color, sino blanco, o sea la unión de todos los colores”. El italiano de Magris, en la gran cita literaria del español, mantuvo a flote ese barquito.

 Claudio Magris: "Un escritor no es un sacerdote laico" 

 El autor italiano, premiado por la Feria de Guadalajara, será el encargado de inaugurarla hoy. Aquí, un diálogo sobre sus nuevos libros y sus dos fascinaciones: la literatura y la política.
Tiene una voz profunda, Claudio Magris (¿barítono o bajo?). Cada tanto se ríe, haciéndola sonar como monedas o llaves o diapasones sueltos en los bolsillos con la simpleza de quien chapotea en el mar. Es amable al teléfono, pero está apurado. Las agendas de algunos escritores –hablamos de uno que figura en todas las quinielas previas al Nobel– se parecen cada vez más a las de las estrellas de rock (con viajes transa–tlánticos y lectores groupies ) y él acaba de ubicarse al tope de la lista de hits al ganar –después del Príncipe de Asturias 2004 y el Strega 1997– el premio FIL de Literatura en Lenguas romances 2014, que recibirá en la apertura de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, a desarrollarse entre el 29 de noviembre y el 7 de diciembre.
Conversamos pocos días antes de su viaje a México para abrir la FIL, después de cruzar correos electrónicos con asistentes, editores y jefes de prensa (todo en plural), para definir cuándo, cómo y de qué modo (él no habla inglés; la cronista no sabe italiano) puede darse este encuentro telefónico de media hora, que terminará con un “perdone, pero tengo que irme ahoora ”.
Especialista en literatura germánica, traductor entre otros de Ibsen, Von Kleist y Schnitzler, viudo de la escritora Marisa Madieri, bromista telefónico (su editor español, Jorge Herralde, pondera su sentido del humor y la costumbre de iniciar toda conversación con un chiste) y ex senador por una coalición de centroizquierda, Magris (1939) es profesor emérito de la universidad de su Trieste natal. Su obra se asocia con el concepto de Mitteleuropa , que rescata la riqueza y el legado de la cultura centroeuropea, desarrollado entre otros libros en su magistral ensayo-río El Danubio (1986). No usa computadora (“escribir a mano me permite sentir la música de las palabras”) ni teléfono celular y, según define en esta entrevista, la literatura tiene para él mucho de “relato oral” y de “alegría fraternal”. Razón que explica, en parte, por qué prefiere escribir en los cafés, rodeado del murmullo del mundo, y no en una oficina.
El premio de la FIL coincide con la salida en español de tres libros suyos.
La literatura es mi venganza (que Anagrama distribuye por estos días en la Argentina) recoge un debate literario con Mario Vargas Llosa; El conde y otros relatos (publicado por la mexicana Sexto Piso) incluye cuatro relatos cortos y será presentado en la Feria de Guadalajara, en tanto que Stadelmann (que Alfabia ha publicado en España y que tardaremos en leer) es una narración inspirada en el secretario de Goethe, que vuelve a uno de sus usos narrativos más felices: hacer pie en personajes reales para darle vuelo a una escritura que no cree en las fronteras y mezcla ensayo, ficción, historia y autobiografía.
Viajero incansable y humanista profundo que ha intentado “abrazar el mundo” en sus escritos, el autor de A ciegas retoma en este diálogo algunos de sus temas –la herencia cultural centroeuropea, la simbología del agua, las relaciones entre memoria y literatura– y ahonda en otros, como los efectos de la “política pop” y las diversas formas de soledad que nuestro tiempo esconde entre la multitud.
–Su diálogo con Mario Vargas Llosa tiene un título intrigante: “La literatura es mi venganza”. ¿De qué o de quiénes permite vengarse la literatura y por qué sería necesario hacerlo?

–El nombre nació de la conversación misma y alude a que un escritor tiene como arma sólo la literatura para hacer frente a las cosas que no acepta del mundo. Vive la escritura “como una enfermedad incurable”, como dice Vargas Llosa, en el sentido de que la literatura permite contar cómo a veces sentimos la crisis como si fuera insalvable. Se genera entonces una especie de cortocircuito: por un lado, la sensación de una absoluta negatividad. Y por otro, el deseo y la necesidad de luchar por hacer del mundo algo un poco mejor. Y hacerlo con las armas de la literatura que aspira a hacer sentir la necesidad aventurera de crear un mundo nuevo.
–¿Qué puede decir un escritor sobre la política, que la política no es capaz de ver de sí misma?
–Es un debate muy amplio porque abre la discusión sobre lo que se entiende por compromiso. Yo no creo que los escritores tengan una comprensión o un compromiso mayor al de otros hombres, porque la cualidad de la vida que te circunda, la polis, la ciudad, la lucha contra la miseria, el dolor, la injusticia, la violencia forman parte de la comunidad de hombres. Si usted piensa que en el siglo XX algunos escritores que amamos fueron fascistas, nazis, estalinistas… Pirandello, que manda el telegrama de solidaridad a Mussolini, después del asesinato de Matteotti o Knut Hamsun y su apología de Hitler o los escritores franceses que iban a Moscú, para asistir devotamente a la ejecución de sus compañeros comunistas muertos por Stalin. Un escritor no es una especie de sacerdote laico que entiende la vida mejor que otros. La existencia de autores que han cometido errores catastróficos nos alerta contra el hecho de atribuir de por sí al ejercicio de la literatura una profunda comprensión de lo político. Muchos escritores no comprendieron nada de política; mi amigo Isaac Bashevis Singer cuando hablaba de los EE. UU., por ejemplo. Otros, sí: Thomas Mann, Brecht. Yo, de hecho, cuando hay manifiestos firmados por escritores por razones políticas, digo siempre que firmo sólo si todos pueden firmar, incluso mi madre, que jamás escribió un libro. Porque un llamado contra la condena a muerte de las mujeres embarazadas fuera del matrimonio en ciertos países no concierne sólo a los escritores sino a todos los hombres. La participación, el derecho, es uno solo. Del mismo modo que cada uno tiene un voto. Yo tengo un voto, como Faulkner tenía un voto, aunque Faulkner era cien mil veces más genial que yo.
–Uno de los tonos que sobrevuela su nuevo libro, “El conde y otros relatos”, es cierto alivio por dejarle el presente a otros. Retomo el título de uno de sus ensayos: ¿cree que el desencanto le ganó decididamente a la utopía?
–Hay algo de eso en “Haber sido”. No es solamente un relato, si bien posee toda la ironía, la deformación, el grotesco, la fantasía de un relato. Y es, ciertamente, uno en el que la vida es sentida como sufrimiento, como desencanto. Existe el deseo de que ya haya pasado y que haga menos daño, como los golpes recibidos hacen menos daño cuando se recuerdan que cuando se reciben. Alude a Mitteleuropa , heredera de lo que fue el imperio austrohúngaro, desgajado tras la Primera Guerra Mundial, porque es experta en la necesidad, en el sufrimiento; es una gran cultura que se ha confrontado con la nada, con el nihilismo. De tal modo que ahora existe casi una deseada renuncia a la felicidad, por no sufrir demasiado o por el hecho de que nunca se la alcanza. Todo esto es expresado, en ese relato de manera irónica, como un billete que expiró, como una caja fuerte en la que los ladrones no pueden poner nada, y de algún modo, es una forma de escaparse de la vida. Naturalmente no pretendo crear ninguna filosofía. Un escritor da testimonio de momentos. Puede escribir hoy un relato feliz y mañana un relato infeliz, trágico, ¿no? La vida es ambas cosas, utopía y desencanto. La derrota de la utopía, de cada utopía, ayuda entender que el mundo necesita ser mejorado, que es indispensable hacerlo.
–Hay algo de esa ironía también en “La portería”, otro relato del libro.
–Sí, se relaciona con “Haber sido”. De algún modo es una búsqueda de huir en la sombra, ¿no? El protagonista es un hombre ya mayor que se presenta al puesto vacante de encargado de un edificio que le pertenece. Es un relato muy irónico. Sin embargo, tiene que ver con ese tema muy borgeano el de la sombra. Un elogio de la sombra, que quizás es menos bella que el sol, pero que hace menos daño. Y aun el hecho de que hace ver más confusas las cosas, quizá da un momento de respiro, de paz. Es pesimista porque el hombre que podría ser el patrón de toda la casa se vuelve justamente el siervo. Es este gran tema del servir, del disimularse, de no tener la obligación de vencer, de afirmarse, de cambiar. Sino de estar autorizado a la infelicidad. O al menos a la posición subalterna, que entonces da esta serenidad, esta libertad, de alguna manera.
–Mientras hablaba, recordé a Siddhartha, el príncipe que elige ser la persona que cruza a los demás en bote al otro lado del río. Y cómo esa posición, en apariencia menor, puede dar plenitud.
–Cierto, pero creo que hay una profunda diferencia. Porque en Siddhartha , de Hesse, existe un sentido místico y de identificación con el todo. En Siddhartha están la juventud, la vejez, los valles, el bosque, el río, los arroyos grandes y chicos. Hay un fondo sereno y quizá feliz de identificación con la vida; un sentido de serenidad de quien se percibe, de algún modo, en un absoluto. La posición de relatos como “La portería” o “Haber sido” es la de quien, en cambio, se siente extremadamente solo. Se siente él y sólo él. El protagonista de “La portería” no podría ser los otros. Hay una soledad que siente cierta melancolía por la falta de un sentido religioso.
Siddhartha tiene el espíritu de aquel maravilloso poema de Goethe que amo tanto, en El diván de Oriente y Occidente , cuando la bellísima mujer Suleika dice “todo es eterno ante los ojos de Dios. Amalo” es decir “Ama a Dios en mí, por esta vía.” Besar a Suleika es besar toda la vida. El portero voluntario o el hombre que vive en el haber sido no pueden hacerlo.
–¿Cree usted que ese sentimiento de aislamiento, de desconexión tiene que ver con una clave de esta época? ¿Es ese el tipo de soledad que caracteriza a la actualidad?
–En muchos de mis relatos se trata de esta soledad. Pero en otros se ahonda en la fraternidad. Piense en Microcosmos , por ejemplo. Incluso en El Danubio , en el fondo, existe esa sensación de abrazar el mundo. El mundo que huye, que pasa, que envejece, que muere y que deja sin embargo, en el fondo, una sensación de alegría fraternal. Creo que esto, indirectamente, tiene que ver con la soledad de nuestra época. Que es la soledad no de quien está solo, sino de quien está siempre en medio de una multitud, de quien siempre debe hablar; en suma, la soledad del Facebook, en donde todos hablan con todos, pero nadie habla con nadie. Todos cuentan qué cosa comieron por la mañana pero eso no es comunicarse, como tampoco lo es lo que le pasa al protagonista de “Las voces”, otro relato incluido en El conde...: un telefonista que sólo puede sentir pasión por los mensajes de mujeres grabados en ciertos contestadores telefónicos. Aquí hay soledades, digamos, diferentes.
–¿Y por qué lo impacta tanto?
–El hecho de que yo sienta mucho esta soledad, es un reflejo de cierta falta de satisfacción de una necesidad de comunión, de comunicación, que existe en el mundo de hoy y que yo siento fuertemente, porque vivo mucho en los otros. Con mi familia, con mis amigos, pero no sólo con ellos, tengo la sensación de ser como una rama del mismo árbol. Incluso con los muertos, a quienes siento muy presentes. Hablo de ellos siempre en presente. De la misma manera que se dice que Shakespeare es un poeta. Que haya muerto hace cuatro siglos no tiene importancia. Es un poeta. Lo que fue cercano es cercano.
–En su debate con Vargas Llosa se define la función política y moral de la literatura como “decir el mundo, contar el mundo”. ¿Qué rasgos adquiere esa misión ante la potencia de Internet y el lenguaje audiovisual?
–Son consideraciones sobre el medio, pero creo que va más allá. El punto es cómo se siente la vida, ahora, con los otros. Yo, por ejemplo, escribo sólo a mano, porque no soy capaz de escribir a máquina, y menos, de escribir en computadora. No es una afectación, es sólo un asunto personal. Creo que relatar, contar algo a los otros, es una cosa fundamental. Mi sentido de la literatura es oral. Para mí la literatura es precisamente eso. Voy a Guadalajara, regreso, voy a mi café, el San Marco, cuento lo que hice, lo que vi, las personas que encontré, las experiencias significativas. Y estas historias se vuelven también historias de viajes. Se pasa de boca en boca, de mano en mano. La gran tradición hebraica oriental –que estoy estudiando mucho– la tradición jasídica, consideraba que relatar historias vivifica un significado religioso, –porque religión deriva del latín religio , ligar– porque une, religa a las personas. Yo creo mucho en relatar como instaurar relaciones con los otros. De hecho, las personas con las que tengo una verdadera relación, no son tanto las personas con las que, por ejemplo, discuto de política o discuto qué hacer, sino más bien las personas a quienes les relato. Cuento lo que me sucedió, las cosas ridículas, tristes. Y esto establece, además de la cercanía, la afinidad.
–En su búsqueda de cercanía ha trabajado la noción de frontera y se ha empeñado en cruzarlas. ¿Por qué?
–La frontera para mí fue una experiencia fundamental, de hecho la frontera que yo veía cuando era chico, muy cercana, era la Cortina de Hierro. Partía en dos un mundo que, en cambio, cuando era niño yo veía unido. Trieste es una ciudad de frontera, una ciudad de mezcla, de fronteras muy inciertas. Patriotas italianos de nombre eslavo o alemán pueblan su historia. La frontera es algunas veces un lugar de encuentro; otras, un lugar de clausura; algunas veces, un espacio de mezcla; otras, un sitio que crea obsesiones de identidad. Habría que hablar de fronteras en plural, porque no está sólo la frontera nacional. Está la política. Yo, por ejemplo, estoy más cerca de un liberal de Argentina que de un fascista de Trieste.
–En relación con la política ha sido usted muy crítico de lo que llama “política pop”. ¿Cómo la caracteriza y cuáles son sus efectos sociales?
–Es una política que va hacia la dimensión indistinta. Se parece un poco al hecho de que en la cultura pop no hay diferencia entre una verdadera obra de arte y su imitación; no hay diferencia entre una cosa que es vivida a fondo –ciertos valores– o una cosa superficial –la mera imagen–; no hay diferencia entre la realidad y su parodia. Hoy la realidad, también la política, algunas veces, parece ser su propia caricatura. Como si ya no hubiese diferencia entre la política y la sátira que los cómicos hacen de la política. Como si la política fuese ya una sátira de sí misma.
–Me está hablando de Latinoamérica…
–También, pero no sólo de Latinoamérica. Estoy hablando de Europa y ciertamente de Italia, mucho. Creo que en Inglaterra y Alemania esto se da en menor grado, que hay menos “política pop”. Menos política en la cual la vida privada se vuelve un argumento de vida política, etcétera. Sin embargo, ciertamente, en este sentido, también Italia se parece a América Latina. Hay un grosero parecido.
Le pregunto ahora cómo se lleva con la idea de envejecer; Magris tiene 75 años y muchos personajes de los relatos que presentará en Guadalajara se refieren directa o tangencialmente al tema. Pero no entiende la pregunta (hay ruido en la línea) o prefiere no contestarla. Y habla, en cambio, de lo que permanece, de lo que no cambia en su vida ni en su obra: “En El Danubio manda la idea de viaje, un viaje de la mente, nosotros dentro de nuestra cabeza recuperando lo que somos. Hay una suerte de contemporaneidad de todo lo que tuvo significado y coexiste nebeneinander , uno al lado de otro, como decía Joyce, en el Ulises . Pero creo que sería un error gravísimo vivir eso como nostalgia. El pasado fue horrible porque estuvo más lleno de crueldad, de injusticia, con categorías humanas, sexuales, religiosas y étnicas íntegras a las que no se les reconocía siquiera la dignidad. No creo en ninguna nostalgia en el sentido patético, sentimental del pasado. Creo en el eterno presente de nuestra mente, del corazón, de todo lo que continúa teniendo significado. Pero cuidado con hablar de ayer para no ocuparse del hoy. Sería una falta de conciencia. Y una literatura engañosa; una literatura, en suma, opio de los pueblos.”
–Cuando murió Borges usted escribió un texto en el que recordaba esa cualidad suya de disociarse, de decir por ejemplo: “Al otro, a Borges, es a quien le ocurren esas cosas.” ¿Entre 1994 y 1996, cuando fue senador en el Parlamento italiano por una coalición de centroizquierda, sintió algo parecido? ¿Lo que le ocurría al Magris político, no le ocurría al Magris escritor?
–Creo que Borges se referiría a la relación de un hombre consigo mismo en tanto que hombre y en tanto que autor. Como si el hombre que ama el mar, convirtiéndose en el hombre que escribe sobre su amor al mar, se volviese un poco un falsificador. En lo que concierne a mí y a la experiencia política, la lógica es distinta. En política se necesita que lo que se dice sea verdad y corresponda a la realidad, mientras que en literatura se debe metaforizar. Hablar de una cosa, para decir otra. Se puede y se debe inventar la realidad. Mientras que haciendo política, ocupándose del trabajo, la desocupación, no se puede inventar una realidad. Sin embargo, la persona es una. Yo me sentí absolutamente involucrado en todo mi ser, mi ser político, mi ser escritor, mi ser hombre. Fue una experiencia muy unitaria.
–Sé que cuando era niño, le gustaba crear historias. ¿Hay algún hilo conductor desde aquel pequeño narrador al Magris actual?
–Hay mucho (ríe). Mire, yo siempre estuve fascinado por la realidad. La vida, decía Italo Svevo, es original. Y otro gran escritor, Mark Twain, afirmaba “ Truth is stranger than fiction ”. La verdad, lo que le sucede a las personas es más extraño e increíble que cualquier ficción. Cuando yo era chico, me gustaba leer enciclopedias. Leía, por ejemplo: Trichechus . ¿Sabe lo que es un trichechus ? Es una foca enorme, con grandes dientes, una “vaca marina”. Y escribía un cuentito en el que era muy fiel a su descripción, hábitos, colores. Después inventaba la lucha con el oso blanco, el trichechus bajo el agua, en la ronda de aves marinas. Trabajo siempre igual, como si hiciese un mosaico en el cual cada fragmento individual corresponde a un fragmento de realidad pero luego el todo se convierte en una cosa fantástica. Hay muchos relatos de animales, relatos de aventuras. Y agua. Somos agua en un 70%. El mar en Trieste está muy cerca. De mayo a noviembre, cada día veo el mar. En un cuarto de hora estoy sobre una playa libre, bella, pulida. Y no me canso nunca de ver el mar, de escucharlo, de sentir su olor. Es el símbolo de un gran abandono a la vida. Y por eso está ligado al amor. En mi fantasía es impensable el amor sin el mar.
Traducción de Andrés Kusminsky.
Fuentes:elpais.com,revista Ñ 

28.11.14

Lapalabra

Un aire solemne y anacrónico suele acompañar la voz de algunos escritores al referirse a la materia prima de su oficio. La autora acude a otras fuentes para hacer justicia a la vitalidad de la escritura

Lapalabra, según Leila Guerriero./Ilustración Bea Crespo./elmalpensante.com
Salí a correr y volví pensando en la palabra lapalabra. La he escuchado en simposios, seminarios, entregas de premios, congresos, todos sitios repletos de escritores, editores, periodistas, o sea, gente relacionada, de una manera o de otra, con la escritura, con sus dificultades, sus encabritamientos, sus epifanías, sus lacios prados de pastura cuando todo sale bien y sus tormentas solares cuando nada se acomoda. En esos sitios, antes o después, alguien siempre sube al estrado y habla de esto que hacemos –escribir– y dice, por ejemplo, “el maravilloso mundo de lapalabra”. O “ustedes, que se entregan por completo a lapalabra”. O “el reino de lapalabra”. O “nosotros, devotos de lapalabra”. O “fulano, que ardió y vivió en el mundo inigualable y mágico de lapalabra”. Y yo me siento pésimo –me siento pésimo, de hecho, escribiendo esto–, porque no pocas veces la persona que dice cosas como esas es una persona a quien admiro, de quien he aprendido y sigo aprendiendo cosas, a quien respeto. Pero, cuando escucho la palabra lapalabra, me digo “Ay”, y siento lo mismo que siento cuando los políticos dicen “el pueblo”, o “la gente”, o pronuncian frases como “los destinos de nuestra nación”: desánimo, abatimiento sin fin.
A lo mejor, la palabra lapalabra fue una genialidad cuando alguien la pronunció por primera vez. Como aquello de los dientes como perlas, los labios como rubíes, las mejillas como manzanas: todas gemas que, ahora, no alcanzan el rango de bijouterie barata porque, a estas alturas, son construcciones vaciadas de sentido. Así, la palabra lapalabra no dice –o ya no dice– nada de la conmoción, ni de la asfixia, ni del trance, ni de la soledad, ni de la entrega que implican la escritura y la vocación de la escritura. No habla del fango peligroso del lenguaje. De la médula floja de la duda. De la alegría salvaje del acierto. De que siempre, cada vez, toda la vida, es como empezar enloquecedoramente desde cero: disponerse a ser, ante cada texto, el mismo guiñapo de carne dudosa, el mismo sarcoma de impaciencia, la misma curiosidad idiota incandescente. Cuando mengano dice que fulano se entregó en cuerpo y alma a lapalabra, yo no logro ver la crucifixión agraciada de fulano. Más bien, me entran ganas de huir, y siento un escozor que se parece a la vergüenza ajena.
Quizás soy yo. Quizás es mi problema. Quizás desarrollé una alergia exagerada por el lugar común. Porque quienes mentan la palabra lapalabra suelen ser personas abocadas a la escritura, gente que tiene alta conciencia de lo que puede hacer un adjetivo bien puesto. Gente, en fin, que sabe lo que hace.
El poeta francés Bertrand Noël dijo algo sencillo. Dijo: “Escribir es como abrazar un cuerpo que no se ve”. La escritora brasileña Clarice Lispector dijo que escribir es una maldición, “pero una maldición que salva”. Su compatriota, Rubem Fonseca, que “el objetivo honrado de un escritor es henchir los corazones de miedo”. Comparada con cualquiera de esas frases, la palabra lapalabra tiene la potencia de un aforismo de póster: ninguna.
Hace unos meses vi una película de Wim Wenders, Pina. Es un documental sobre la coreógrafa y bailarina alemana Pina Bausch, basado en testimonios de muchos integrantes de su compañía. Tiene dos momentos brutales, epifánicos, que producen esa clase de sobresalto o de revelación que solo acontece cuando el arte hace bien su trabajo, cuando duele de manera gozosa. El segundo no viene a cuento, pero el primero de esos momentos es este: uno de los bailarines de la compañía, un hombre rubio y pálido, de apariencia intacta, como si lo hubieran restregado hasta los huesos, cuenta que, durante el último ensayo de la obra Ifigenia, él bailó pésimo. El día del estreno, Pina Bausch entró a su camarín y él, después de semejante ensayo, esperaba, con cierto temor, recibir alguna frase, alguna recomendación. Pero ella solo lo saludó y le deseó suerte. Ya estaba por irse cuando, desde la puerta, se dio vuelta y le dijo: “Recuerda: tienes que asustarme”. El hombre bailó como nunca había bailado antes. Lo que intento decir, con toda modestia, es que la palabra lapalabra no hará que bailemos como nunca hemos bailado antes. Que no es allí donde se bebe el fuego crudo que se necesita para escribir alguna cosa. Que la palabra lapalabra ya no asusta a nadie.

27.11.14

Muñoz Molina y la transparencia de la escritura

El escritor publica  Como la sombra que se va, una novela sobre el asesinato de Martin Luther King y la vida de su asesino. Entrevista

  El escritor Antonio Muñoz Molina./Bernardo Pérez.
El escritor Antonio Muñoz Molina en el estudio de su casa, en Madrid. En las manos tiene un ejemplar del número de la revista Life  dedicado al asesino de Martin Luther King en mayo de 1968. / Bernardo Pérez./elpais.com

Este miércoles, Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956) salió de su casa rumbo a la Residencia de Estudiantes de Madrid para presentar su nueva novela ante la prensa, Como la sombra que se va (Seix Barral), y en el camino no pudo evitar detenerse ante el escaparate de una tienda de electrodomésticos. Durante unos instantes, clavó la mirada en un lavavajillas transparente que exhibía con descaro el mecanismo de su funcionamiento. “Me quedé pensando en que, si pudiéramos ver todo lo que ocurre en la cosa publica, tendríamos otra sociedad. Y en que yo pude escribir este libro gracias a que, en Estados Unidos, logré acceder a mucha documentación acerca del asesinato de Martin Luhther King. No estoy muy seguro de haber podido hacerlo aquí, sobre un caso español”, reflexionó más tarde, ante una mesa cuadrada llena de periodistas.
Quizá por eso, el autor galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2013 quiso enarbolar la transparencia durante la charla y contó que su novela tenía originalmente otro título: El pájaro de Lisboa. “Pero se lo dije a Elvira [Lindo], mi mujer, y me contestó: `no puede llamarse así. ¿Otra vez la palabra Lisboa en el título de uno de tus libros? ¿Acaso eres el novelista de Lisboa?` Bueno, pues como buen marido le hice caso y me puse a buscar otro titulo.” En eso estaba el hombre que antes de dedicarse de lleno a la literatura fue funcionario en Granada cuando, no hace mucho, cogió la Biblia y, en un salmo, encontró la frase definitiva para la historia del hombre que mató al pastor estadounidense que encabezó la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos: Como la sombra que se va.
“No sólo el título, sino toda la novela quedó así porque dejé que todo surgiera al azar. Me gusta la libertad de contar sin planes rígidos, de metamorfosear la voz narrativa cuando es preciso, de rescatar datos que puedan dar un giro a la historia. Esa es la libertad plena de la escritura. La verdad es que me gustan los libros que no paran de modificarse ante mí”, dijo Muñoz Molina —el pelo y la barba gris, el acento de Jaén— antes de subrayar que entregó el manuscrito del libro a su editora el pasado 9 de agosto, día en que un policía de Ferguson (Missouri) mató a un joven afroamericano desarmado, y que la publicación de la novela coincide con la absolución del policía y las protestas de la comunidad afroamericana que no se ha librado por completo del racismo. “El sello de la esclavitud es muy difícil de quitar. Ha habido un enorme progreso, no podemos negarlo pero, por ejemplo, en la actualidad más del 50% de la población carcelaria de Estados Unidos es negra. El sistema judicial y penitenciario sigue, es clasista y vengativo. Y la mayoría de los pobres de ese país también siguen siendo negros. Porque la sociedad americana sigue teniendo una desigualdad galopante. Eso es así”, afirmó.
En este libro, Muñoz Molina ha jugado con la ficción y la realidad. Aclara que siempre partió de lo recabado en su investigación (“datos comprobables y de fácil acceso para cualquiera”), pero que rellenó los huecos con su imaginación. “Por ejemplo: hay una escena en la que el asesino se encuentra una foto suya en la portada de la revista Life. Eso es real. Pero yo inventé que este hombre iba caminando por Lisboa y, de pronto, ve la revista en un quiosco de prensa. No sé si fue así, pero lo puse. Otro ejemplo: de Luhther King se sabe mucho, hay biografías muy documentadas, sabemos hasta la marca de su crema de afeitar, pero no con exactitud lo que pensaba. Así que yo inventé el flujo de su conciencia.” No obstante, reconoce que no tuvo que inventar demasiado. “Porque mucho de lo que ocurrió en realidad es mejor.”
El también autor de El viento de la luna (Seix Barral, 2006) agradeció el trabajo de su editora y de los correctores de estilo de la editorial. “Este es un oficio en el que participa mucha gente. Hay una idea romántica de la creación. Pero aquí, creación, ¡poca! Han sido fundamentales las surgencias de mi editora y la revisión de los correctores, palabra por palabra, línea por línea, para detectar las carencias del libro y así poder mejorarlo.”
En 1987, Muñoz Molina publicó El invierno de Lisboa (Seix Barral), obtuvo el Premio Nacional de Narrativa y comenzó a captar la atención continua de de la critica y de los lectores. 27 años después, con otra historia lisboeta, siente que es “mucho más concienzudo” en lo que escribe. “Porque ya no me dejo llevar sólo por lo que suena bien. Y soy más austero. Y transparente.”

 Muñoz Molina, libre de pudor 

El novelista explora en su intimidad mientras narra la huida del asesino de Luther King en Lisboa. "He aprendido que se puede escribir con franqueza de la propia vida" 
"Pocas veces me he visto tan arrastrado por una historia”, dice Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) en su casa de Madrid. “Ha sido un año de intensidad”. El año es lo que ha tardado en escribir su nuevo libro, Como la sombra que se va (Seix Barral), que se publica el martes que viene. La historia es, resumiendo mucho, esta: 4 de abril de 1968. James Earl Ray, de 40 años, asesina en Memphis a Martin Luther King y huye. Entre el 8 y el 17 de mayo se esconde en Lisboa, donde trata de hacerse con un visado para Angola, para Rodesia, para donde sea.
Diciembre de 2012. Muñoz Molina espera en un café del Chiado a su hijo, que vive en la capital portuguesa. El muchacho cumple 26 años y el padre recuerda las dos noches que él mismo pasó solo en la ciudad en enero de 1987, cuando el niño tenía un mes. Sobreponiéndose a la mala conciencia de dejar atrás a la familia, iba buscando inspiración para una novela que empezó llamándose El invierno en Florencia y terminó siendo El invierno en Lisboa. Galardonado con el Premio de la Crítica y el Nacional de Literatura, fue el libro que cambió la vida a su autor, que por entonces era un funcionario raso del Ayuntamiento de Granada dividido entre la vocación literaria y las ataduras domésticas, y hoy es académico de la RAE y premio Príncipe de Asturias de las Letras. El catedrático de historia contemporánea Justo Serna acaba de dedicar un libro a su obra: Antonio Muñoz Molina. El tiempo en nuestras manos (Fórcola).
Octubre de 2013. Muñoz Molina y Elvira Lindo, su segunda esposa, pasan un mes en Lisboa. Él va a trabajar en una novela de la que lleva escritas 120 páginas y que nada tiene que ver con todo lo anterior. Sin embargo, cuando se pone a ello, la memoria y la imaginación se desatan. La obsesión por Ray —pisar las calles que pisó, leer las novelas baratas que leyó, fatigar los archivos del FBI— se cruza con su propio pasado y se lanza a escribir. El resultado es una absorbente reconstrucción de los días del asesino en Lisboa y, paralelamente, el descarnado examen de conciencia de un autor que habla crudamente del hombre que era hace casi tres décadas: un “adolescente tardío”, un novelista que “tocaba de oído”. Elvira Lindo —cuya presencia atraviesa todo el relato— fotografió durante meses los escenarios de esa escritura. Algunas de sus instantáneas, comentadas por ella misma, forman ahora parte del volumen Memphis-Lisboa, publicado por Oficio Ediciones.
¿Cuenta con que el lector puede sentir empatía con el asesino? Aislado y perseguido, a veces uno casi desea que se vaya a Rodesia y lo dejen tranquilo.
Eso no se calcula. Cuando eliges escribir sobre un personaje así es porque hay algo que te atrae, claro, aunque sea algo no sé si morboso. Existe ese dicho francés de “tout comprendre c’est tout pardonner”, y aunque no es exactamente así, tú quieres comprender. Sobre todo cuando se trata de gente de la que tienes mucha información, pero de la que te falta la información fundamental. Porque Ray nunca confesó. Los testimonios que hay sobre su racismo vienen de terceros. Si te acercas mucho a una vida ves que es muy compleja y que no puede resumirse en una caricatura. Sientes un profundo rechazo a lo que hizo, pero si comparas la infancia de este hombre con la de Martin Luther King, la de King es bastante mejor. La novela como arte tiene la pasión por mostrar, quiere mostrarlo todo desde todos los puntos de vista.

James Earl Ray, asesino de Martin Luther King. / Reuters
Hay quien piensa que comprender es justificar.
Yo creo que no. Tenemos el instinto de querer comprender lo que sucede en la mente de los demás. Es uno de nuestros rasgos fundamentales como especie, pero eso no puede llevarte al relativismo de decir: sufrió tanto...
Visto tan de cerca, el asesino es un tipo maniático pero educado. También Martin Luther King era normal. El malo no es el demonio y el bueno no es un ángel.
El bueno es una persona extraordinaria que se ha visto llevado por las circunstancias. Y eso lo hace más interesante. Lo curioso de King es que se convirtió en un héroe porque lo mataron. En 1968 estaba siendo muy contestado. En esos meses es un hombre cansado y asediado. Por la izquierda, por los Panteras Negras; por el lado más templado, debido a su evolución hacia la reivindicación de la justicia social —no solo de los derechos civiles— y contra la guerra de Vietnam. Para unos es un burgués traidor; para otros, un extremista peligroso.
¿Al escribir pensaba en un hipotético lector americano? Martin Luther King no significa lo mismo para un europeo que para un estadounidense.
Es un ejercicio mental complejo. Por una parte, no puedes escribir pensando en un tipo determinado de lector porque el proceso de escribir tiene que ser soberano. Por otra, es inevitable. Ya me pasó con La noche de los tiempos. Tenía que escribir pensando que había lectores que necesitaban más información que otros. Tenías que tener esa astucia en la cabeza, pero eso no podía llevarte a simplificaciones pedagógicas. Hay una cosa que he aprendido y es que el lector de literatura se parece mucho universalmente. Dejando aparte el grado de información que se tenga, el lector es bastante homogéneo. Uno alemán se parece bastante a uno español o inglés. El texto final lo sometí a un lector cualificado americano para evitar meter la pata en cosas que son mucho más delicadas para un americano que para un español. Cuestiones raciales, por ejemplo. Nosotros somos mucho más laxos.
¿Y había acertado con el tono?
En algunos casos se me había ido un poco la mano. Aquí todo el mundo se ríe de la corrección política, pero en sitios donde la gente conserva la memoria de la discriminación hay que ser más cuidadoso.
Otra de las precauciones que toma es usar iniciales para un personaje, la prostituta que conoce a Ray.
Esta mujer fue prostituta y muy probablemente todavía vive. Te mueves en la tensión entre contar con naturalidad y no invadir la vida de otros.
Las iniciales son un recurso de la no ficción, pero usted habla de novela. Todos los personajes son reales, ¿por qué no es un libro de no ficción?
"Ficción no es solo inventar, ficción es organizar de una cierta manera. Muchos rasgos que se dice que son de la novela de ahora han estado ahí desde el Quijote"
Pues no lo sé. De lo que estoy seguro es de que cualquier elemento de ficción colocado en un texto lo convierte todo en ficción. ¿Por qué esto es ficción? Porque me atrevo a hablar desde el interior de la conciencia de los personajes. Lo que cuento está muy contrastado, pero no sé si estaban pensando lo que yo digo que estaban pensando. ¿Y sabes lo que es más ficción? El todo. Ficción no es solo inventar, ficción es organizar de una cierta manera. Muchos rasgos que se dice que son de la novela de ahora han estado ahí desde el Quijote. El límite borroso entre lo inventado y lo no inventado, por ejemplo. El Lazarillo se presenta como una autobiografía. Paco Rico lo dice siempre: el Lazarillo no es anónimo, es apócrifo. Esa es una intuición admirable.
Quizá se piensa en la novela del XIX.
Cuando se habla de la novela del XIX me quedo estupefacto. Hay tantas novelas distintas en el siglo XIX, tan radicalmente experimentales en muchos casos. Oyes eso y te imaginas una novela robot, convencional, costumbrista. ¿Dónde está esa novela? Porque La educación sentimental no es así.
Tal vez novela es lo que leemos como novela. Su libro cambia si el lector sabe mucho de Martin Luther King o de usted.
En el mundo anglosajón está más claro porque se presta mucha más atención a la veracidad comprobable de los hechos. Hay un pacto. La no ficción tiene muy limitada su libertad. Tienes libertades formales, pero no con los hechos.
¿Y no sucede que el autor quiere que lean su libro como novela porque el lector le da más valor? En la presentación de Lo que me queda por vivir, usted recordó haberle dicho a Elvira Lindo que no hablara de los capítulos como de cuentos porque la gente lo iba a valorar menos.
Es que somos así de simples, sobre todo en un país como el nuestro en el que todo el mundo está buscando siempre motivos para no leer. La gente dice: “¿Cuentos? No me interesa”. ¿Cómo puedes, hablando de literatura, decir “no me interesa”?
Para mucha gente no es lo mismo una novela de Muñoz Molina que un libro sobre el asesino de Martin Luther King.
Claro. En España hay mucho menos respeto a la no ficción porque parece que no es literatura. Tenemos muy enraizado que en el fondo lo que es literatura es la novela. Parece que la no ficción tiene siempre una categoría menor. Eso en un país en el que han escrito Josep Pla y Chaves Nogales.
El libro tiene mucho de examen de conciencia cuando habla de 1987. Queda usted bastante mal en su autorretrato. “Ahora es cuando siento vergüenza”, llega a decir.
Es que es así. La novela surgió de esa contraposición repentina. Me dije: estuve aquí hace muchos años, en un viaje medio furtivo con este niño, que ahora tiene 26 años, recién nacido. Al principio eso iba a tener un sentido estrictamente literario: ver cómo cambia la idea que uno tiene sobre la ficción. Pero empiezo a escribir y me acuerdo del día en que nació mi hijo y del disco que estaba escuchando en ese momento. Eso desató algo que yo no tenía previsto y me puse a explorar por ahí, con mucho desconcierto. No quería hacer un juego metaliterario. Fue saliendo esa parte y muchas veces era difícil, pero si quieres ser honrado hay cosas que tienes que contar. Para que tenga sentido la construcción total.

Fotografía de Lisboa tomada por la escritora Elvira Lindo. Forma parte del libro 'Memphis-Lisboa', publicado por Oficio Ediciones.
¿No es arriesgar mucho?
 No. Una de las cosas que he aprendido en Estados Unidos es que se puede escribir con franqueza sobre la propia vida, y que ese ejercicio puede ser valioso. Nosotros somos muy pudibundos. Lo que yo he contado en comparación con las memorias de un americano o de un inglés... No es que ellos sean desvergonzados, es que tienen una integridad y esa idea de que las cosas tienen que ser contadas. Eso me ha alentado mucho. En un capítulo cuento que de repente me suceden cosas que no me hubieran sucedido si no hubiera escrito El invierno en Lisboa y que cambian mi vida. Ya alguna vez había contado que había visitado a Onetti, pero es que no solo había visitado a Onetti, es que la noche antes había tenido un deslumbramiento amoroso. Tú cuentas lo de Onetti y estás en un territorio seguro, porque es literario, pero las personas no somos solo literatura. ¿Que eso tiene ciertos riesgos? Tiene un riesgo literario no ya por cómo será juzgado, sino porque puede no sostenerse.
 Y personal, ¿no? Uno va leyendo y se pregunta: ¿qué pensarán sus hijos?
 Eso también está muy medido. Ahí es donde tienes que tener más cuidado. Lo que no voy a hacer es arriesgarme a hacer daño a las personas que más quiero. Pero también las personas adultas tienen que enfrentarse a las cosas. Qué le vamos a hacer, hemos sido así. Somos así.
Del autor de El invierno en Lisboa dice que “escribía de oídas”.
 No creo que una verdad contada honradamente haga daño. Queda dañada una visión edulcorada y romántica del escritor, pero no tenemos ninguna necesidad de ella.
¿Y ahora cómo toca? ¿Se aprende a tocar?
Aprendes a considerar cada cosa que pones con mucho más cuidado, aprendes una especie de integridad.

¿Ha releído El invierno en Lisboa?
 No way. La leí por última vez por obligación hará como 15 o 16 años, para revisar una traducción. No puedes arreglar un libro como no puedes arreglar el pasado.
¿Y qué impresión le dio hace 15 años?
 [Sonríe. Silencio] No sé… Había demasiado humo. En muchos sentidos.
Es curioso releer las crónicas de 1987: la presentación del libro en un bar, la expectación después del éxito de Beatus Ille…
Un éxito muy relativo, retrospectivo sobre todo.
Bueno, publicar en Seix Barral después de pagarse usted la edición de su primer libro…
"No he vuelto a leer 'El invierno en Lisboa'. No puedes arreglar un libro como no puedes arreglar el pasado"
Es un salto tremendo, sí. En esa época hubo una serie de éxitos repentinos de libros literarios de gente desconocida. Había empezado con El misterio de la cripta embrujada. Mendoza había publicado antes el Savolta, pero su éxito vino con La cripta. Aparecieron Ferrero, Llamazares, Marías llegó a más lectores, Soledad Puértolas, Martínez de Pisón, García Sánchez…Cuando publiqué El invierno en Lisboa pasé por Madrid y fui a la Feria del Libro con la ilusión de ver mi novela. No estaba. De pronto la gente empezó a leerla. Luego dicen que todo está planificado. Había escritores, pero lo que empezaba a haber era un público. Los escritores creaban el público al hacer la novela.
En una entrevista de aquel año, dice que la narrativa joven era un invento.
 ¿Sabes lo que era un invento? Esa impaciencia por crear caracteres comunes. Me llamaba la atención que se insistiera tanto en que éramos jóvenes. ¿Qué mérito tiene serlo? Yo pensaba en la edad a la que se habían escrito grandes libros. Entonces El gran Gatsby también es narrativa joven.
El invierno en Lisboa ganó el Premio Nacional de Literatura. Luego volvió a ganarlo El jinete polaco. ¿Qué piensa de los que están renunciando a esos premios?
Que todo el mundo tiene que hacer aquello que en conciencia cree que tiene que hacer, pero también pienso que los gestos de uno tienen que ser coherentes. Pensemos en Jordi Savall. El jurado del Premio Nacional de Música es gente de primera fila, y algunos se sintieron muy ofendidos. Si tú recibes el Premio de la Generalitat y lo agradeces y, a continuación, recibes el Nacional y dices que no, ¿qué pasa? ¿Que la Generalitat tiene una gran política cultural, que no tiene recortes? Hay que protestar contra la política de este Gobierno, que es brutal y destructiva, parecida a la de otros Gobiernos y no solo centrales. Pero ¿y si recibes el premio y lo donas? Además, uno puede, honradamente, necesitar el dinero. A lo mejor a mucha gente, tal y como están los trabajos artísticos, el premio le resuelve una parte de la vida. Eso es muy respetable. Cuando yo gané el Planeta me preguntaban en qué vas a gastar el dinero. Pensaba: ¿por qué no se lo preguntan a los arquitectos? Como te dedicas a estos trabajos parece que tienes que vivir miserablemente.
"La renuncia de Jordi Savall al Premio Nacional de Música ha ofendido a algunos miembros del jurado, gente de primera fila"
 ¿Le cambió más la vida el Premio Nacional o el Planeta?
 El Nacional, vamos, el éxito comercial que desató, porque me permitió algo a lo que aspiran las personas honradamente: a mejorar de posición y a tener una temporada de desahogo. Eran dos millones y medio de pesetas, pero si trabajas de auxiliar administrativo y ganas 60.000 pesetas al mes…
Cuando el año pasado publicó Todo lo que era sólido hubo quien dijo que su crítica a la degradación de la vida pública quedaba algo desautorizada porque había ganado un premio tan rodeado de sospechas como el Planeta.
 Mira, yo hice una novela bastante poco comercial, me presenté a un premio porque en ese momento, por razones biográficas, me venía bien poder tener un poco de holgura económica, lo gané y, a lo largo de los años, de sobra he cubierto el adelanto que me pagaron.
¿No se la encargaron? Suele decirse que por política editorial y de promoción...
 Es un premio comercial, claro que sí. Yo no sé en otros casos, en el mío no tengo nada que disimular. Cuando gané ese premio hubo gente a la que yo tenía afecto que incluso me negó el saludo. Luego, curiosamente, alguno de ellos se presentó y lo ganó. Yo decía: “Esperad a leer la novela”.
Pero no es un premio cualquiera. Se presentan 500 personas y se le supone una buena fe que está muy en entredicho.
 Sí, pero imagínate una novela como El jinete polaco las posibilidades que tiene de ser una novela de encargo.
 En Todo lo que era sólido planteaba la necesidad de una rebelión cívica. ¿Se ha producido?
 Creo que se está produciendo. Lo que más esperanza me da es que la corrupción ya no es impune.
¿Y el 15M y Podemos? Al leer rebelión tiende a pensarse en ellos, no en los jueces que hacen su trabajo.
Es que eso era lo que yo decía, que cada uno hiciera lo que tenía que hacer. Esa es la parte que me interesa. Me parece cansino que se hable siempre de lo mismo. Hay aspectos de la realidad sobre los que nunca se dice nada: la educación, el medio ambiente…Hay una inflación verbal a la que no quiero sumarme.

25.11.14

Goytisolo: "Sigue vigente el canon nacionalcatólico"

El autor de  Señas de identidad  obtiene el máximo galardón de las letras españolas tras varios años en las quinielas y una reñida deliberación. En esta entrevista, un día antes del fallo, repasa su visión heterodoxa de la literatura


El escritor español Juan Goytisolo en su casa de Marrakech. / Bernardo Pérez ./elpais.com
 
“Esta casa es un desconcierto”, decía Juan Goytisolo (Barcelona, 1931) el domingo pasado en el patio de su riad de Marrakech mientras sonaba el timbre y tardaban en abrir. Allí recibió ayer la llamada que, tras una reñida deliberación, le anunciaba el premio Cervantes, el más importante de las letras en español, dotado con 125.000 euros. ¿Las razones del jurado? “Su capacidad indagatoria en el lenguaje” y su “apuesta permanente por el diálogo intercultural”.
A unos pasos de la bulliciosa plaza de Xemaá-el-Fná, el escritor recordaba el domingo que llegó a esta ciudad por primera vez en 1976 para aprender árabe dialectal, la lengua en la que se dirige a los vecinos que le saludan durante su paseo entre el Café de France de la plaza y su casa. La compró en 1981 —“cuando nadie quería vivir en la medina”— y se instaló definitivamente en ella en 1997 tras cuatro décadas en París. Meses antes había muerto su esposa, la novelista francesa Monique Lange, destinataria de algunas de las páginas más delicadamente descarnadas de En los reinos de taifa (1986), el volumen de memorias en el que Goytisolo analizaba su cambio de registro literario —del realismo crítico a la experimentación con una suerte de “verso libre narrativo”— al tiempo que asumía públicamente su homosexualidad.
El escritor convive ahora con la familia de su amigo Abdelhadi —“mi tribu”, dice él— en ese “desconcierto” con patio donde el domingo repasaba su trayectoria y ayer declaraba haber recibido la noticia del galardón con una mezcla de depresión —“no sé por qué”— y alivio —“por asegurar con el dinero del premio la educación de los chicos de la casa”—.
Su última obra, de hace dos años, es un libro de poemas, ¿era la consecuencia natural de su evolución o siempre había escrito versos y nunca los había publicado?
La novela es un género omnívoro, puede incluir la poesía, pero la poesía no puede incluir la novela. Lo que he escrito a partir del último capítulo de Señas de identidad es a la vez prosa y poesía. Libros como Makbara, Paisajes después de la batalla o Las virtudes del pájaro solitario están escritos para ser leídos en voz alta. La prosodia y el ritmo son un elemento fundamental.
¿Por qué entonces un libro de poemas tradicional?
Bueno, me jubilé de novelista. En realidad la última obra debería haber sido Telón de boca. El exiliado de aquí y allá es una prolongación tal vez innecesaria de Paisajes… Cuando uno no tiene nada nuevo que decir, se calla. He escrito poesía en los últimos años, ensayos, los artículos de EL PAÍS… Tengo algún material nuevo escrito pero no tengo ninguna prisa en publicarlo.
¿Ha releído sus primeras novelas, las realistas?
Las leo como si fueran de otro. Tal vez era necesario pasar esta etapa. Durante el franquismo escribíamos para decir lo que la prensa no decía. Había una voluntad de testimoniar y de registrar el habla popular. En mi caso, en Campos de Níjar y La Chanca, el de Almería. Fue gracias a la mili en una compañía llena de reclutas almerienses.
¿Cuándo volvió por última vez?
¿A Almería? Hará 10 años.
Primero lo declararon hijo predilecto, luego persona non grata…
Primero, durante el franquismo, me declararon persona non grata por Campos de Níjar, luego hijo predilecto en agradecimiento; luego, otra vez persona non grata por tomar partido por los inmigrantes en El Ejido.
¿Qué es más sospechoso: que te ten un honor oficial o que te lo quiten?
Cuando me dan un premio siempre sospecho de mí mismo. Cuando me nombran persona non grata sé que tengo razón.
¿Nunca pensó en volver a España cuando murió Franco?
Tanto en París como cuando daba clases en Nueva York me había acostumbrado a una sociedad heterogénea. El barrio del Sentier me procuró una educación que ninguna universidad me podía proporcionar: el contacto con inmigrantes de todas las partes del mundo. Cuando llegué a España en el año 76 solo había españoles, y me pareció terrible.
¿Cómo ve la evolución de España? Se ha abierto un debate sobre la Transición.
Es lógico que haya un hartazgo por parte de la gente joven respecto a la crisis, el paro, la corrupción, pero hay que articular alternativas creíbles. Tengo mucha simpatía por la gente de Podemos aunque por el momento no tengan un programa muy concreto, pero el hartazgo que reflejan me parece muy justo y lógico.
Usted ha dicho que en España se hizo transición política pero no cultural. ¿Por qué?
Porque sigue vigente el canon nacionalcatólico. Yo tengo fama de heterodoxo y nunca he buscado la heterodoxia sino ampliar la base del canon, es decir, incorporar lo que había sido dejado de lado por fidelidad a un relato histórico que no se corresponde con la realidad. Hay tres temas tabú en la cultura española. Uno es el carácter mudéjar de la literatura española en los tres primeros siglos: escribiendo en lengua romance pero inspirándose en modelos literarios árabes. El segundo, del problema de la limpieza de sangre: la literatura está embebida de la violencia entre cristianos viejos y cristianos nuevos, y esto se traduce en nuevas formas literarias en el siglo XV y el XVI. Tercero, el extrañamiento del tema erótico. Menéndez Pidal y Unamuno hablan de la cultura española como una cultura casta en contraposición al libertinaje de la francesa. Cuando uno conoce el Cancionero de burlas, La lozana andaluza o La Celestina se encuentra con un rotundo desmentido a esa afirmación.
La novela de su propia transición, Señas de identidad, quería poner en evidencia los grandes mitos de la España franquista. ¿Cuáles serían los de la España de hoy?
La Marca España. Reducir España a la Marca España y no ver la cruda realidad de una sociedad que está sufriendo por el paro y la marginación. Este mito de la Marca España hay que deshacerlo. Este optimismo… Si fuera caricaturista pondría a un parado sentado en la acera pidiendo para comer y alguien que viene a anunciarle que la agencia Standar & Poor's ha elevado la nota de España de A Plus a A Plus Plus. Eso es lo que nos están vendiendo.
Carlos Fuentes lo incluyó en su libro sobre la novela latinoamericana. ¿Ha tenido mejores lectores en América?
Hay lectores atentos y distraídos en todos lados, pero lo normal en el continente iberoamericano es una lengua emancipada del corsé reductivo español del lenguaje como código de delitos y faltas. Yo estaba obligado a hacer un esfuerzo para liberarme y para ellos esa libertad era natural.
Lleva 30 años viviendo en Marruecos y ha viajado y escrito mucho sobre el islam. ¿Qué no hemos entendido los occidentales sobre el mundo árabe?
Hay un malentendido fundamental: es absurdo hablar de mundo árabe. La vida social y cultural de Egipto no tiene nada que ver con la de Arabia Saudí ni esta con la que había en Iraq antes de la destrucción… Es un patchwork, un tejido único compuesto de retazos de colores distintos.
¿Y el papel de Occidente?
La frase de Roosevelt lo dice bien: “Es un hijo de puta pero es nuestro hijo de puta”. Durante la confrontación con la URSS siempre ayudaron a los disidentes de los países del Este pero a los disidentes árabes nunca les han ayudado, siempre han pactado con los dictadores o con gobiernos favorables a sus intereses.
 Juan Goytisolo gana el premio Cervantes

24.11.14

Sentir una voz

El escritor colombiano, Luis Fayad acaba de publicar  Regresos  y anuncia una nueva edición en Colombia de  Los parientes de Ester

Luis Fayad también ha publicado las novelas La caída de los puntos cardinales  y  Testamento de un hombre de negocios, entre otras. / Óscar Pérez ./ elespectador.com

Luis Fayad siente el país quizás en uno de los sentidos más literales y bellos. No es una discusión acerca de la patria, el patriotismo o demás: es un asunto de sensaciones, de sentir las palabras de un lugar que considera suyo, así lleve viviendo varias décadas en el exterior. Para Fayad, el trabajo de construir un cuento o una novela comienza con oír cómo suena su idioma en la forma particular que habita en Bogotá, principalmente.
¿Qué lo hizo decidirse por ser escritor? 
Yo escribía poesía en el colegio; poesía que escribíamos algunos. Después comencé a escribir cosas en prosa, cosas del barrio que le mostraba a mi mamá y a ella le gustaba leerlas. Luego logré armar un cuento y otros más. Publiqué mis primeros dos cuentos en una sola semana. Uno en Letras Nacionales, la revista que fundó Manuel Zapata Olivella, y en Lecturas Dominicales de El Tiempo, que eran la revista y el suplemento más leídos de ese momento. Yo sentí un gran compromiso porque, ya publicados los cuentos, me creaban una responsabilidad grande. Pero no fue en ese momento cuando sentí que me iba a dedicar a la literatura. Cuando seguí escribiendo cuentos, ahí sí fue: me pregunté si de verdad me iba a dedicar a eso o le estaba quitando el sitio de publicación a alguien más que lo fuera a hacer en serio, y entonces ya lo sentí: pasara lo que pasara lo iba a hacer lo mejor que pudiera. Y así fue que seguí escribiendo.
¿Cómo se encuentra la voz en la escritura? 
El descubrimiento se hace de forma inconsciente. Es algo que uno lucha en cada novela a la hora de hacer correcciones, y si hay algo que no me gusta es porque siento que yo no estoy ahí, yo no soy ese lenguaje, que puede estar bien, pero no me siento ahí. Puede haber cosas muy bien pensadas, pero no sentidas. A mí me hace falta sentir la literatura, sentirme en cada renglón, en cada palabra. Cuando encuentro una palabra metida en una frase que me gusta, pues me siento muy contento: con una palabra que no tiene que ser literaria ni bonita, sino mía. Por eso me hace tanta falta, cuando estoy fuera de mi país, oír el idioma. Cuando se reúnen colombianos, lo que me más me interesa no es lo que me cuentan, pero sí el acento. Las palabras que traen, la sintaxis, esto lo busco mucho. El modo de hablar de mi país, de mi barrio, de mi casa es lo que me hace escribir. No puedo trabajar jamás sin oír el diálogo de los colombianos. No me interesa tanto lo que me cuentan del país porque, además, lo conozco. Detesto esa conversación de política. No me gusta. Yo me aclaro a mi manera, me entero de estas cosas. Pero el acento sí me encanta. 
Después de que tiene la idea para un texto, ¿tiene una rutina de escritura? 
Sí. Escribo todos los días. Si puedo, por la mañana. Ahora lo digo, pero es en teoría, porque a veces tengo que hacer otras cosas de trabajo, o si alguien me interrumpe, o hay que hacer mercado. Muchas cosas. Lo digo con mucho convencimiento, ese rigor del trabajo lo engrandezco: sí, trabajo todos los días y es un trabajo uniforme, de 9:00 a.m. a 2:00 p.m., no me levanto. Lo digo así, pero no es cierto. Es lo que quisiera, entre otras cosas, para no tener nada más que hacer y sentirme tranquilo el resto del día para seguir escribiendo, pero sin esa obligación que al incumplirla lo hace sentirse mal a uno. Esto es sólo en cuanto a escritura, porque la vida sigue por muchos otros lados, claro. 
¿Relee sus libros publicados? 
No mucho. Procuro no hacerlo porque puedo encontrar errores, más que todo, y termino por reprocharme cómo no quité esta palabra o cómo pude haber pasado por alto un detalle. El editor español de la última edición de Los parientes de Ester —de hace dos años y que voy a volver a editar en Colombia— me dijo que se la ayudara a corregir, que él tenía un corrector, pero que también lo hiciera. Le contesté que le suplicaba no ponerme en esas y me dijo que no, que era necesario que yo la revisara porque a lo mejor a él se le pasaban más cosas que a mí. Fue todo lo contrario. Después me dijo: “La volví a corregir, Luis, tú no hiciste esto y esto y esto...”. Fui incapaz, la leí por encima y no, no fui capaz. Incluso en una página el apellido del personaje está cambiado. Qué martirio. Uno aprende, con esto de las sensaciones, métodos que no se pueden enseñar, sino contar, y a veces incluso no contar. Yo a veces siento algo cuando escribo: le paso la mano y alcanzo a sentir si hay algo carrasposo o si está lisa la página. Lo alcanzo a sentir. “Algo debió quedar que no está bien escrito”, me digo. Se lo conté un día a García Márquez (él hablaba con todo el mundo, no es cosa especial mía, ¿no?) y, como él también corregía mucho, le dije que para mí el tema era una maldición, el no poder seguir adelante hasta que uno cree que todo está bien. Le dije: “Yo tengo una manera de corregir, aunque nadie la crea, y no la cuento por eso: le paso la mano a las páginas y alcanzo a sentir si hay algo que no está de verdad limpio”. Yo creo que a uno le queda en el subconsciente algo que hizo mal, uno sabe que está, pero lo olvida para poder seguir adelante. 
¿Cuándo va a reeditar  Los parientes de Ester  en Colombia?
 Yo creo que ahora pronto, para principios del próximo año. Quiero que circule al tiempo con Regresos. Eso me gustaría. 
¿Cómo sabe que una idea le da para una novela o un cuento...?
Hay un momento en el que uno concibe el cuento o la novela, cuando uno siente que la tiene. Eso dura un segundo. Lo demás es el trabajo, pero cuando me doy cuenta la tengo muy clara: “Tengo este cuento”, y eso es un instante. Lo mismo me pasó con esta novela, con Regresos. Se ha escrito mucho de latinoamericanos que salen y la vida de esas personas fuera de sus países, pero yo conozco más cuentos de gente que ha vuelto y nadie ha escrito eso. Y ahí dije: “esta es mi novela”. 
¿Por qué se fue del país? 
La respuesta que doy siempre es: salí simplemente porque quería salir un rato y quería vivir en París. Son las dos únicas razones. 
Usted se llevó el manuscrito de  Los parientes de Ester…
Exactamente dicho así, porque estaba escrito a mano. La primera corrección que le hice fue al pasarlo del manuscrito a máquina, que también me la llevé de aquí, la primera máquina que tuve y que aún tengo: una Olivetti Lettera 22. 
¿Aún la usa? 
La usé hasta hace unos años para escribir cartas. Me di cuenta de que tengo que cambiarle la cinta. Tengo esta idea desde hace unos años y aún no lo he hecho, pero lo voy a hacer. 
¿Qué tan extenso fue el proceso de escritura de  Los parientes de Ester?
Duré dos años desde que la escribí por primera vez hasta que la corregí. Me he dado cuenta de que fue una novela que escribí con alegría, en el fondo porque la construí con mucho convencimiento de lo que estaba haciendo. La sentía mucho, el modo de escribirla y el lenguaje y lo que estaba escribiendo. Hay veces que pienso que hay novelas mías que me gustan más, como Testamento de un hombre de negocios, esta me gusta más. Pero me gustaría, más bien, recuperar el descanso y la fluidez espiritual (no tanto en la escritura) con que escribí Los parientes de Ester. 
¿Cómo ve la Bogotá actual en comparación con la que dejó hace años? 
Antes era más pareja en los barrios. No sea veía la miseria porque no había llegado a la ciudad. El cambio ahora se nota muchísimo en eso: en la diferencia de clases sociales, la escala de las clases sociales es demasiada, es casi un chiste. Antes había una clase media alta, los primos de uno tenían carro y uno no, pero bueno, íbamos en el mismo carro en los paseos. Uno era un poquito más que el otro, el papá de una familia ganaba más que su hermano, pero todo era más parejo. La gente del norte también iba a los barrios del sur: el Parque Nacional era para todo el mundo. No existían esas diferencias tan grandes.

Rivas : "Hay que escribir como se respira"

El autor de  Las voces bajas  afirma que su proceso creativo nace de la unión de sentir y pensar

El escritor español Manuel Rivas. / Bernardo Pérez./elpais.com

Manuel Rivas (A Coruña, 1957) escribe todos los días sin preguntarse por qué lo hace. “Hay que escribir como se respira. Y uno no se pregunta cómo funciona el sistema respiratorio”, sostiene. Pero para escribir necesita escuchar. “No podemos tener la impaciencia de no oír; la vida corre y la gente tiende a no hacerlo. El escritor puede necesitar una soledad total para escribir, pero debe escuchar, ver, saber que todo queda, que todo es importante, que nada se pierde”, comenta el Premio Nacional de Narrativa 1996.
Define su forma de escribir como orgánica: “acabas viendo que hay una forma que tiene que ver con lo vegetal: las ramas de un árbol pueden aparecer desordenadas a quien nos las contemple en su conjunto. Pero de repente ves que hay una voluntad, una armonía”. Para el autor de Las voces bajas (Alfaguara), la escritura ha de ser sentipensante, “la unión de sentir y pensar. Y tiene que ser concreta. Para mí la escritura va contra la abstracción”.

Cinco verdades sobre los escritores y las redes sociales

Tener presencia en las redes sociales es hoy imprescindible para un escritor

 
Sin duda las redes sociales son un escaparate, pero deben ser además un espejo que refleje lo mejor de nosotros mismos. Ahí radica el verdadero éxito./sinjania.com
Sobre las diferentes maneras en que debemos gestionar dicha presencia ya hemos hablado en otras ocasiones, por eso nos parece importante aclarar algunas ideas equivocadas que hemos detectado entre los escritores que han realizado nuestro curso de redes sociales.
1. Escribir es lo primero
Puede parecer evidente, pero con frecuencia lo olvidamos y nos volcamos tanto en actualizar nuestra cuenta de Twitter o publicar algo nuevo en Facebook que le robamos tiempo a la escritura para dedicárselo a las redes sociales. Con una buena organización, puede haber tiempo para todo; pero si empezamos a pasar más tiempo actualizando nuestros perfiles que escribiendo, debemos preocuparnos.
2. No hay que hacer de todo
En ocasiones nos estresa ver la intensísima actividad de otros escritores en las redes sociales: mantienen un blog, tienen miles de seguidores en Twitter y graban vídeos que suben a YouTube. Pues bien, no es necesario que hagamos todo eso. Solo tenemos que hacer aquello con lo que nos sintamos cómodos, hacer hasta allí donde nos lo permita una jornada en la que debe haber tiempo para escribir, tiempo para leer y, por supuesto, tiempo para estar con la familia y los amigos. Ahora bien, hay muchas cosas que podemos aprender de esos escritores ubicuos: podemos imitar de ellos aquellas cosas que nos parezcan interesantes, útiles o divertidas.
3. No siempre funciona
Podemos desarrollar diferentes estrategias para gestionar nuestra presencia en las redes, pero debemos tener claro que no siempre van a funcionar. Hay miles de cosas que podemos hacer y cada uno de nosotros las haremos de un modo distinto, pero a veces la que hemos elegido no da los resultados esperados. Eso no significa que debamos tirar la toalla, simplemente debemos diseñar una nueva estrategia y ponerla en funcionamiento.
4. El número de seguidores no es decisivo
El éxito de la presencia en redes sociales de un escritor no se mide por el número de sus seguidores, ni siquiera por las ventas de libros que consigamos a través de ellas. El éxito debe medirse en función de nuestra capacidad para lograr que las redes nos muestren como queremos que nuestros lectores nos conozcan: profesionales, cercanos, interesantes… Sin duda las redes sociales son un escaparate, pero deben ser además un espejo que refleje lo mejor de nosotros mismos. Ahí radica el verdadero éxito.
5. No sirven para vender
Esto es algo que repetimos a menudo, pero que parece que muchos escritores no acaban de comprender (como lo demuestra la insistencia en los mensajes del tipo “Compra ya mi libro”). Las redes sociales no son un canal de venta. Ni siquiera son un canal de promoción, o al menos no debemos usarlas como tales todo el tiempo. Las redes son una excelente herramienta para aumentar nuestra visibilidad. Es decir, que la gente sepa quiénes somos, cómo somos, cuáles son nuestros intereses y, como parte de todo ello, pero no únicamente, que hemos escrito un libro que merece ser leído.