6.12.11

Beccaria "Zero es un acto de rebeldía"

Zero, una historia en la que invita al lector "a que le crezcan las alas"
La escritora Lola Beccaria publica Zero. foto: Ernesto Caparrós. fuente:elcultural.es

Lola Beccaria quiere a Zero, su nueva novela, como a un hijo. Nerviosa está estos días pensando cómo recibirán sus lectores esta fábula concebida para el agrado y la liberación. Liberación de los "valores postizos" que nos han impuesto, de la tiranía de las virtudes estipuladas: "En la calle se palpa que este mundo ya no nos sirve y yo quiero crear otro posible". Lo hace la escritora a través de una fantasiosa alegoría en la que Zero, un niño rico pero infeliz, escapa a un mundo en el que todo orden se subvierte. En su camino, perros felices, piratas, tortugas que hablan... No es autoayuda pero quiere ayudar; no es para niños pero a ellos puede gustarle. Ella lo define así: "Es un libro de esos en los que le das la bienvenida al lector como si lo atendieras en tu casa con la mejor mesa, en el que podrá liberarse de todos los lastres que nos amargan a diario".

¿Qué motivos tenía una escritora como usted para escribir un cuento como Zero, tan distinto a sus novelas?
No es tan diferente puesto que en mis novelas siempre procuro darle la vuelta a los clichés de la sociedad, proponer otras lecturas. Con Zero quise cumplir el sueño de escribir una historia bonita, de esos libros en los que le das la bienvenida al lector como si lo recibieras en tu casa con todos los agasajos, con la mejor mesa. De esas lecturas en las que puede uno liberarse de todos los lastres que cargamos y que nos amargan a diario.

El libro desprende paroxismo y optimismo en cada página. ¿Usted también se cansó de escuchar que todo está faltal?
Vivimos un tiempo muy duro y es como si estuviéramos desvitalizados. Lo que quise fue invitar a mis lectores a un ejercicio de amor. Zero es una ofrenda para ellos y para mis amigos y familiares. Es un espacio en el que respirar, un lugar en el que se nos invita a que nos crezcan las alas, a mirarnos al espejo y a vernos guapos y llenos de virtudes, un lugar donde la imperfección es algo positivo. Es un acto de rebeldía, porque en la calle se palpa que este mundo ya no nos sirve y yo quiero proponer un mundo posible. Además de la crisis hay una razón importante para desmotivar a la gente, una serie de valores que nos impiden ir a por lo que nos importa y que son ser guapo, ser rico y tener estatus. Son valores postizos con los que nos bombardean tanto que han conseguido sepultar nuestros verdaderos sueños.

Por momentos parece que esté hablando de un libro de autoayuda. ¿Tiene este relato más relación con su formación como psicóloga que otros títulos suyos?
Mi formación es importante en relación con mi preocupación por el ser humano, por saber dónde le aprieta el zapato o qué precio hay que pagar por la felicidad o la infelicidad. Pero no es autoayuda, porque en ese tipo de libros parece que el autor se sube a un púlpito y te dice lo que tienes que hacer porque él ya conoce el camino, ya ha visto la luz... Al contrario, lo que abordo en Zero es que cada uno tiene su forma de ser feliz, no hay una fórmula que no sea la de escuchar a nuestro corazón. Por eso en el libro digo que no se debe seguir nada que no produzca emoción, porque ese no es tu sueño, sino el de otros, es un sueño postizo. La novela va contra las consignas, contra la obsesión de la sociedad de dirigir nuestros pasos y de uniformar el camino de la felicidad.

Su personaje decide huir de la adversidad hacia un mundo exótico. Tiene un punto romántico ese escapismo.
Pues no se me había ocurrido. Quise buscar un territorio simbólico y atractivo, quería que la novela fuera amena, divertida, que tuviera aventura... hay distintos niveles de lectura. La evasión, siempre y cuando sea la huida de lo convencional, me encanta. Pero no es escapismo, eso sería quedarse en el mismo sitio.

Seguramente más de un periodista le preguntará por el parecido de Zero con un indignado... si es que no lo ha hecho ya.
No es tanto un indignado como un desconcertado. El movimiento de los indignados ha tenido una fase que está muy bien y que ha supuesto un revulsivo para la sociedad, pero yo voy para otro lado. Yo diría: vale, no nos gusta el mundo en el que vivimos, pues entonces propongamos opciones alternativas. Esta es mi modesta propuesta de un cambio de vida que, además, creo que es posible. No necesitamos tantos bienes materiales para alcanzar a felicidad, se trata de buscar por otro lado, de desvestirnos de ese ropaje.

¿Y cómo dejamos de necesitar la ropa, los viajes, los pods, los pads, los phones...?
Se me ocurre el ejemplo de Adriá, que es un hombre que ha encontrado el quid de la cuestión, porque a él lo que le da energía es su pasión personal, que es la cocina. Él siempre habla de la familia, le da gran importancia a los suyos. Para mí la felicidad es eso, encontrar la pasión personal y tener un grupo que te apoye. Nos han inculcado excesivamente el individualismo, que no está mal en el sentido de ser autosuficiente, pero todo eso del mundo de los 'singles', etcétera es una forma de debilitarnos porque saben que si nos unimos podemos derrocar los modelos existentes. Ahora nos han robado la energía, los sueños, nos han metido en una espiral de insatisfacción. Y hay gente que está en situaciones terribles, que no tiene trabajo, lo sé. Y por eso en la novela se dice que todo el mundo tiene derecho a tener una vida digna. Pero si la gente se dedicara menos a amasar dinero... nos han inyectado el virus de los valores postizos.

A usted no le ha ido mal. Escribe libros, los publica, gana premios por ellos.
Yo no vivo de lo que escribo, tengo otro trabajo de lunes a viernes con un horario. Podría estar amargada porque tengo que madrugar todos los días, pero como tengo una pasión personal que es la literatura, pues voy a trabajar contenta. No soy de yates, lo que me gusta es de una sencillez que a veces me da hasta vergüenza: la música, hacer algún viaje… ¡Hay tal riqueza en la modestia!

¿Ha leído algún niño su libro? ¿Se lo recomienda a los lectores más jóvenes?
Estoy nerviosa porque aún no tengo el feedback del lector, pero algún periodista me ha pedido que se lo dedique para sus hijos. Zero está en esa línea de eso que se ha dado en llamar cross-over, para todos los públicos. La he escrito para los adultos porque somos nosotros los que estamos perdidos y desmotivados, pero los jóvenes serán los adultos del mañana y en sus manos está ser imaginativos, constructivos y darle la vuelta a los valores...

5.12.11

La hechicera de novelas de misterio

La autora se encerró con un ordenador en Normandía para escribir en tan solo 21 días El ejército furioso, el nuevo enigma del comisario Adamsberg
Fred Vargas, entre las tumbas del cementerio de Montparnasse. foto:Daniel Morzinski. fuente:elpais.com

Dicen que es una mujer difícil a la que no le gusta hablar de su trabajo. Pero la sensación dura solo un momento. Basta citar el nombre de Cesare Battisti y Fred Vargas se convierte en un torrente. Lleva años apoyando la causa de este exmilitante de la extrema izquierda italiana, que se fugó a Francia y luego a Brasil y que hace unos meses se libró de ser extraditado a Italia gracias al expresidente Lula da Silva.

Durante media hora, esta novelista de arrollador éxito mundial -seis millones de libros vendidos en 20 idiomas- cuenta cómo renunció a su vida y su rutina familiar para defender a Battisti, sus continuos viajes a Brasil, sus gestiones con abogados y políticos, su enfado con los medios que a su juicio tomaron partido contra el exterrorista, condenado en rebeldía por cuatro asesinatos en los años de plomo que siempre negó haber cometido.

Una vez zanjado el asunto -"ahora Battisti está mejor, se va a mudar a Río y publicará su libro en febrero"-, Vargas, de 54 años, sonrisa dulce y cara de niña, está lista para hablar de su último libro, El ejército furioso (Siruela), un nuevo caso que sitúa a su comisario, el ecologista y desgarbado Adamsberg, en medio de una leyenda medieval que amenaza a los habitantes de Ordebec, un pueblo ficticio situado en Calvados (Normandía), la zona donde la autora vivió de niña.

Es el último enigma urdido por Vargas, una arqueóloga especializada en zoología que se llama en realidad Frédérique Audoin-Rouzeau. El seudónimo se lo copió a su hermana gemela, Jo, que lo tomó de María Vargas (La condesa descalza) y que además de pintora es la correctora de sus novelas. "Tenemos una relación especial, como todos los gemelos. Nuestra identidad no está completa sin la otra. Juntas formamos un ocho. Yo corrijo sus cuadros, ella mis libros. Jo conoce mejor la música de mis diálogos que yo misma. Sabe lo que funciona y lo que no. Y hasta que ella no cambia las disonancias, la novela no está terminada".

La acción de El ejército furioso arranca en un París muy caluroso, con un crimen insólito -un anciano asfixia a su mujer con migas de pan- y una imagen: una paloma con las patas atadas por un alambre. Adamsberg resuelve el primer crimen en cinco minutos, pero enseguida se ve metido en una vorágine de superstición, altas finanzas y asesinatos en serie: cadáveres vivientes vuelven de la Edad Media, y los viejos fantasmas infantiles determinan el presente.

"Oí hablar de la armada furiosa en los libros y me gustó el sonido", explica Vargas. "Pero, como siempre, la novela empezó con una imagen. En este caso vi a una anciana tumbada en un camino, cruzada como un tronco de árbol. Me puse a escribir sin saber quién era. 'Mierda, ¿quién es? Ah, una condesa. No, es imposible porque es pobre como una rata...'. Ese hilo me sirvió para relacionar la aristocracia del lugar con los financieros, y me fue llevando... Al empezar tampoco sabía quién era el asesino. El 80% de las cosas que suceden en mis libros son imprevistas. No tengo mucha imaginación, pero una palabra me lleva a una imagen, y esa imagen a otras palabras... Las imágenes van pasando ante mí mientras escribo, como en el cine. Y es siempre un lío controlarlas. Por eso tengo que escribir muy deprisa, porque me da miedo olvidar las cosas que veo...".

Como por arte de magia, esa insensata mezcla de apariciones, mitos, realidad y espectros va haciéndose tangible ante el lector, a medida que lo atrapa. Ayudan unos diálogos magníficos, unos personajes dibujados con chispazos de genio, la relación entre la historia central y los enigmas colaterales... Hasta que, de repente, lo increíble se torna creíble, impepinable... Y todo encaja.

¿Cómo se las arregla para cerrar todas las historias al final? "¡Sufro lo mío! A mitad me suelo parar y me hago un mapa que me ayuda a orientarme. De pronto recupero a un personaje de un libro anterior, o escribo a un amigo pidiendo ayuda... Lo que más me cuesta es encontrar los móviles del asesino, eso es lo más difícil. Racionalizo poco, si lo hiciera no me pondría a hacer una historia de muertos vivientes. Y soy incapaz de programar un guion, porque de pronto me viene algo real que se mete en la intriga a la fuerza. El palomo con las patas atadas, por ejemplo, lo vi realmente un día desde un café mientras hablaba con una periodista. Me afectó mucho ese sadismo absoluto, tan gratuito. Ella lo recogió y lo curó en casa. Luego lo soltó, y un día volvió y tocó en su ventana con el pico...".

Estamos al lado del cementerio de Montparnasse. Las ventanas de la casa de Fred Vargas dan sobre las tumbas. La luz de París agoniza, y el fotógrafo Daniel Mordzinski sugiere dar un paseo entre los muertos. La foto parece estar hecha en Normandía. Son los misterios de Fred Vargas, que tiene cara de hada pero escribe como una hechicera. Como las anteriores, esta novela fue terminada en 21 días. Ni uno más ni uno menos, asegura: "Me fui a Normandía con una mesa y un ordenador. Y todo el tiempo escribí con la misma intensidad. No es escritura automática, para que el arte parezca verdad y no un folletón hay que trabajar mucho. Cuando acabé, 21 días justos después, lloré de lo mala que era. Los diálogos eran horribles y había salido larguísima. Por suerte, Jo me ayudó a cortar y a corregir la melodía".

25 años de carrera

- En 25 años de escritura, Fred Vargas ha publicado ensayos, obras científicas y, sobre todo, novelas. Los juegos del amor y de la muerte (1986) fue su ópera prima.

- En 1991 debutaba el comisario Adamsberg (El hombre de los círculos azules, Siruela), protagonista de 10 novelas de Vargas, siendo la última El ejército furioso.

- Su novela Huye rápido, vete lejos (Siruela) fue llevada al cine por Régis Wargnier en 2007.

- Sus obras han sido traducidas a 20 idiomas y han vendido más de seis millones de ejemplares.

3.12.11

Padilla: "Tengo una imaginación absolutamente desaforada"

En lo que iba a ser una entrevista común y corriente con el prolífico y multipremiado narrador mexicano descubrimos el secreto de su escritura. Depende, casi al borde de la neurosis, de unos blocs de nota españoles que no se fabrican más. Su futura obra, por consecuencia, parece estar en riesgo
Ignacio Padilla, autor de El daño no es de ayer. Premio La otra orilla. foto. fuente: Revista Ñ

Ignacio Padilla esta jodido. Esta en problemas en serio. Es que dentro de poco va a tener que dejar de escribir. Y no es porque ya se ha ganado todos los premios imaginables desde el Juan Rulfo hasta La otra orilla (entre los más prestigiosos de la lengua hispana). Ni tampoco es porque se le ha terminado la inspiración. Nada de esto. Con Padilla estamos hablando de un tipo que escribe novelas para descansar de escribir cuentos. Escribe relatos periodísticos, cuentos, artículos académicos, ensayos. No. Su problema no es miedo a la página en blanco.

Es que el senior Padilla es un poco neurótico. Solo escribe –solo puede escribir en unos cuadernos particulares que se fabricaban en España. Si, leyeron bien. Ya no se fabrican más. Se llaman Papyrus Extra. Cada vez que su agente viaja a Europa le busca los cuadernos en librerías viejas, pero escasean. Además, en esos cuadernos se mezcla todo. Sus novelas con sus listas de compras, su agenda, sus cuentos, apuntes varios. Todo en una letra minúscula "de loco" a dos lados del papel en tinta púrpura.

Esto no es broma. Charlando con Padilla en un café en la esquina de Reconquista y Lavalle nos asegura que no es broma. Que como Rulfo que dejo de escribir cuando se murió su abuelo ("El que me contaba todos los cuentos") cuando se terminan los cuadernos a Padilla – calcula que le quedan como para cuatro libros más- se terminó la obra.

Por supuesto que al principio no le creímos. Pero indagamos hasta el hartazgo del pobre narrador Mexicano y podemos reportar que parece que es sincero. No hay un Plan B elaborado. Mientras tanto esta nueva novela maravillosa que ganó el último Premio de Novela La otra orilla de la editorial Norma. Y es la última de verdad, porque Nora ha cerrado su división de literatura, incluyendo su prestigioso premio.

"¿Esta novela – El daño no es ayer- por ejemplo, cuantos Papyrus Extra le lleva?" le preguntamos a Padilla que fumaba feliz entre el mar de hombres de negocios y turistas de la peatonal Reconquista.

"Esa novela escrita a mano, todos los días, en un lapso de dos años, dos años y medio, más o menos en un cuaderno. Ósea cuatro borradores me entran en un cuaderno."

Es que Padilla reescribe toda la novela antes de seguir para delante. Entonces, por ejemplo, si está en el párrafo 20 del primer capitulo y decide que tiene que revisar el capítulo 19. Reescribe todo los capítulos de 1 a 20 antes de seguir al 21.

A los quien les aburren estos detalles pueden Googelear "Ignacio Padilla" y van a encontrar decenas de notas comunes y corrientes. Nosotros nos quedamos morbosamente fascinados con los Papyrus Extra.

"¿Ósea estas completamente comprometido con todo lo que va antes? ¡Porque si no, es un lío enorme reescribir!" Le insistimos a Padilla. "¡Por qué no usas una computadora no más!"

"La computadora tienta mucho ser perezoso." Nos explica. Si, al final pasa su libro a una computadora, pero no en el proceso de componer. "Tengo yo un problema de exceso de imaginación." Dice Padilla, "Tengo una imaginación absolutamente desaforada que ha necesitado siempre de una camisa de fuerza lingüística muy estricta. Soy un obseso de la forma, porque la forma –el lenguaje- permite contener los desafueros de mi imaginación. La escritura a mano me permite ser-sobretodo si estoy conciente de que tengo que repetir el capitulo entero si pongo una palabra que no es correcta. En mis cuadernos no se tacha. Se reemprende la escritura."

Sonría Padilla. Parece tranquilo. Pero se le viene el fin. Si alguien tiene un Papyrys Extra en algún cajón y le importa en futuro de un rinconcito de la literatura Mexicana, mándenselo a Padilla. En serio.

2.12.11

Cartas para navegar la novela

Vargas Llosa, Umberto Eco y Orhan Pamuk reflexionan sobre el arte de ser novelista

Orhan Pamuk. Elisenda Pons

Umberto Eco. José Luis Roca

Mario Vargas Llosa. Elisenda Pons. fuente:elperiodico.com

Cuando un novelista decide compartir sus cavilaciones sobre la génesis y el sentido de su arte suelen salir libros magros y enjundiosos. Magros por su tamaño, como si bastara un centenar y pico de páginas para encerrar (algunos) de los secretos del oficio; enjundiosos por los quilates de las reflexiones que van enhebrando. Este otoño han coincidido entre las novedades tres libros de este tipo: la reedición de las Cartas a un joven novelista (Alfaguara) de Mario Vargas Llosa (se publicaron en 1997), las Confesiones de un joven novelista (Lumen) del casi octogenario Umberto Eco y El novelista ingenuo y el sentimental (Mondadori) de Orhan Pamuk. La lectura conjunta de los tres constituye un gozoso curso intensivo sobre los mecanismos por los que los animales humanos necesitamos producir y consumir ficciones.

EL DOCENTE

El más didáctico -y ameno- de los tres es el nobel peruano Vargas Llosa, que en Cartas a un joven novelista dirige sus consejos a un aprendiz de escritor, al que empieza por advertir que no confíe en que las ventas y el reconocimiento público se derivarán del mérito: el éxito es arbitrario y a veces rehúye al que lo merece (y persigue a quien no). Hará bien el novelista bisoño en buscar su estilo, discriminando lo sobrio de lo copioso, en atender las consideraciones sobre la estructura del relato, sobre los tiempos y espacios novelescos, sobre las leyes del realismo y la ambigüedad benéfica de los hechos.

También le conviene tomar nota de las «mudas» o cambios de lugar, tiempo y voz con las que se vitaliza la perspectiva del lector, pero sin olvidar que a menudo el silencio sobre tal o cual hecho es el más sutil modo de contarlo.

EL ANALISTA

Umberto Eco, como Clark Kent, lleva bajo la indumentaria de novelista el traje de supersemiólogo y a ratos habla como autor de El nombre de la rosa y a ratos como el teórico de la comunicación que es. Así, cuando en Confesiones de un joven novelista el Eco teórico explica mediante qué resortes cognitivos los personajes novelescos (Anna Karenina o Don Quijote) nos apenan o nos conmueven, el Eco novelista acude presuroso a poner ejemplos claros y ocurrentes. La narrativa es para él un asunto cosmológico porque consiste primero en la creación de mundos y luego en el envasado lingüístico de los mismos, listos para que el lector los disfrute (los recree) en su mente. A Eco le interesa por qué los seres imaginarios que habitan esos mundos adquieren tantas veces para el lector un espesor de verdad superior al de muchas personas reales. De hecho no hay nada de lo que ocurre en una ficción -o en la cabeza del lector- que escape al interés de Eco. Y si el analista de los signos amenaza con endosarnos una lección árida, enseguida aparece el escritor socarrón para rebajarle al otro el empaque profesoral.

EL EXPLORADOR

Para el premio nobel turco Orhan Pamuk, Eco sería un perfecto novelista sentimental en su diáfana conciencia de los artificios que hacen posible que funcione una narración. Parte Pamuk, en El novelista ingenuo y el sentimental, de la famosa distinción de Friedrich Schiller entre escritores ingenuos o inconscientes, para los que la escritura brota como crecen las uñas, y los sentimentales, espíritus desasosegados y críticos ante el esfuerzo y los artificios que requiere el arte. No se decide Pamuk entre uno y otro, pues se sabe sentimental pero añora al ingenuo. Lo seguro es que detesta a los lectores que radicalizan estas actitudes, porque el ingenuo del todo tiende a leer la novela como una crónica autobiográfica encubierta, mientras que el sentimental en exceso sospecha que todo texto, incluso la autobiografía más descarada, es una ficción. Y con ellos no hay juego intelectual que valga.

El hilo que sigue Pamuk le conduce a preguntarse qué sucede en nuestra mente cuando leemos una ficción. Y mientras busca y brinda respuestas desvela cómo arma él sus propias novelas (a partir de una imagen) y cómo todo lo que se narra en ellas debe estar implicado en una telaraña de extensiones del mundo emotivo de los personajes.

El lector acude a la novela pertrechado con su archivo de experiencias, del mismo modo que el escritor se ha proyectado en todo el universo ficticio como un foco de luz en una bóveda. Y es a ese foco, lo que Pamuk llama «centro», adonde debe orientarse el lector para entender en sentido profundo de la novela y, de paso, ampliar el entendimiento de sí mismo.

1.12.11

Bonnett:"La poesía sirve para eludir el bullicio"

La poeta colombiana presenta oficialmente su libro Explicaciones no pedidas, por el que recibió el Premio Casa de América de Poesía Americana
Hoy, a las 6:00 p.m., el escritor Roberto Burgos Cantor conversará con la novelista y poeta Piedad Bonnett. foto:archivo.fuente:elespectador.com

¿Sirve de algo la poesía para lidiar con la vida?

Sí. Escribirla produce placer y pareciera darnos sentido. Y transformar la experiencia en lenguaje tiene, como tantas veces se ha dicho, un efecto catártico, liberador. También le sirve al lector, porque despierta en él emociones y lo acerca a la belleza y a los misterios del mundo y del lenguaje.


Y a la sociedad, ¿para qué le serviría hoy en día la poesía?

Para eludir cada tanto el bullicio del mundo, la trivialidad que nos abruma, y recuperar el contacto con lo medularmente humano.

¿Sienten los poetas, los escritores, una necesidad de dar explicaciones no pedidas? ¿Cómo es esa idea que subyace al título del libro?

Los poetas dedicamos la vida a escribir cosas que nadie nos demanda, que nadie echaría de menos si no existieran. En ese sentido, nuestros poemas son explicaciones no pedidas.

¿Cómo resultó el ejercicio de desterrar el impulso narrativo de este libro de poemas?

Cada libro tiene que ver con el momento vital del escritor. No tuve que desterrar ningún impulso. Quizá ahora me interesa más lo reflexivo, lo contemplativo. Y por eso he vuelto a lo puramente lírico.

Dice que el tema del sueño se coló en esta obra…

Sí, como se cuelan en el sueño los muertos y los olvidados. Es que pocas cosas hay tan sugestivas y misteriosas como lo que ocurre en esa pequeña muerte que es el sueño. La poesía y los sueños comparten el mismo lenguaje, que es el de los símbolos.

Se habla siempre de los efectos comerciales de los premios, pero ¿qué efectos trae un premio para la literatura y la persona misma del poeta?

No hay artista que no tenga siempre alguna duda sobre su talento. Los premios son empujoncitos, formas de decirnos que a otros les gusta lo que hacemos. Pero los premios no dicen la última palabra sobre nada.

Hay gente que le teme a la poesía… un verso con el que franquear ese temor…

Estos de Borges: "El arte debe ser como ese espejo/ que nos revela nuestra propia cara".

¿Recuerda cómo es que se hizo poeta?

Como los adolescentes: buscando palabras para decir el amor, el miedo, las penas.

¿Se busca siempre la belleza en un verso o a usted, como poeta, la acechan otras búsquedas formales?

Me interesa la belleza, pero sobre todo la que nace de lo disonante, de lo prosaico, de lo brutal. La que incomoda, como la de la pintura de Lucian Freud o la música rock.

Ha estado por años en la academia… ¿La escritura es, entonces, un arte que se puede aprender?

En los talleres se pueden desarrollar destrezas y aprender de los maestros, pero el talento no se enseña.

Si la obligáramos a mirar hacia atrás, ¿qué diría que ha determinado su escritura: qué temas, qué obsesiones, qué incertidumbres?

Me interesan los desencuentros, la herida, la insatisfacción. También la infancia, la familia, el amor...

¿Cómo sabe un poeta que tiene un filón para escribir un poema? ¿Pasa como cuando se tiene una anécdota para una historia?

Un poema nace de un pequeño destello, de una visión fugaz que encierra una promesa de belleza y sentido.

¿Hay algo de Piedad Bonnett que se revele más en su poesía que en su novela?

Sí: mi propia cara.

¿Qué comparten la sinfonía y la novela?


Ambas pretendieron contar el mundo y vivieron su apogeo en el siglo XIX. Hoy, en cambio, los melómanos siguen llenando auditorios, pero los novelistas reniegan de lo experimental y se refugian "en la armonía aparente del pasado", afirma el autor
DIFERENCIAS. Los novelistas se aferran al pasado y los melómanos llenan auditorios. ilustracion.fuente:Revista Ñ

Llegué tardíamente a la apreciación seria de la música seria –fuera del jazz que, en las manos de intérpretes como John Coltrane o Thelonius Monk, se eleva al nivel de la ingeniosa maestría y la expresividad autocontenida de lo mejor que tiene para ofrecer la música clásica para grupos de cámara. No obstante, llega un punto en la vida de cada uno en que es hora de guardar cosas infantiles como las guitarras eléctricas y las armónicas. Quizá porque ya pasé los 40 empecé a escuchar música sinfónica y me he acercado a esta forma musical libre de toda idea heredada sobre ella –un modo elegante de reconocer mi completa ignorancia–. Por un lado, está esto pero también la intuición de que mi práctica de novelista tenía mucho más en común con el modo en que los compositores conciben lo sinfónico que con la visión de la crítica de cómo escriben los escritores.

La búsqueda de motivos o temas, la creación de un mundo alternativo de palabras, la lucha por lograr la autenticidad de la voz narrativa, el contrapunto de las distintas miradas de los protagonistas son objetivos artísticos clave que comparten el novelista y el músico sinfónico y no en la misma medida otros artistas de la música o la literatura. Iría más lejos, en realidad: el sinfonista y el novelista tienen más en común entre sí que con otros que trabajan en sus respectivos campos artísticos. El porqué de que esto no sea reconocido, a mi modo de ver, es resultado de la falacia esencialista que espera que las palabras sobre la música hagan lo mismo que la música sola, y la música sobre las palabras lo mismo que las palabras solas.

Conforme a cualquier norma literaria, el Till Eeulenspiegel de Strauss o su Don Juan no dan demasiado en la tecla narrativa y de caracterización, ni tampoco logran estos poemas sinfónicos representar con precisión los mundos que aspiran a describir de la misma forma en que lo haría hasta una mala novela. Por su parte, y para ser justo, la hibridación que llevó a cabo Anthony Burgess en su Sinfonía napoleónica es musicalmente poco satisfactoria, mientras que como literatura es casi ilegible. En general, los novelistas, en lugar de recrear –como heroicamente intentó hacerlo Burgess– la estructura de la forma sinfónica clásica, habitualmente se limitan a describir el efecto de la música en la psiquis individual o colectiva. Esto, se me ocurre, es también un callejón sin salida: por cada lector a quien la escena del concierto en Albert Hall de Regreso a Howards End de E.M. Forster le parece un retrato incisivo de mentes transportadas por la música, hay otro que siente que no se acerca a la verdad. Aunque la invención proustiana de la sonata de Vinteuil, "la pequeña frase" que tanto cautiva a Swan en En busca del tiempo perdido, puede ser eficaz como tropo literario, su persistente recurrencia sólo despertó en este lector un petulante deseo de oír cómo sonaba la maldita cosa.

Que ambas formas hayan alcanzado su apogeo en el siglo XIX me parece resultado del hecho de que comparten el mismo propósito artístico: poner en escena el mundo-en-palabras (o el mundo-en-notas) más completo posible y, al mismo tiempo, poner en acto la personalidad creativa misma. En las cumbres gemelas de la novela y la sinfonía del siglo XIX, hay una confianza suprema en lo que pueden hacer estas formas, una conciencia de su capacidad totalizadora. En las sinfonías de Beethoven y Brahms, o las novelas de Tolstoi y George Eliot, hay poca inseguridad sobre el potencial de la forma –ninguna neurosis, ninguna ironía insinuante –. Dios se siente relativamente seguro en su mundo, y el novelista o compositor se siente seguro en su capacidad de interactuar con él al servicio de producir efectos estéticos. Naturalmente, hay problemas a la vista pero por ahora la concepción del progreso de la Ilustración va de la mano del avance de ambas formas artísticas.

Para mediados del siglo XX, la sinfonía en general ha sido abandonada ampliamente por los compositores serios, que prefieren formas que no demandan una búsqueda de unidad orgánica donde ya no creen que exista alguna.¡Ojalá se pudiera decir lo mismo de la novela! Sin duda, la literatura occidental tiene su propio y sostenido momento modernista pero, mientras que Virginia Wolf, James Joyce y otros quizá hayan reaccionado con fidelidad ante la muerte de los viejos dioses elaborando una ficción en prosa que se ocupaba del fenómeno de la conciencia individual en un mundo caótico, esta no prendió. Sea como fuere, en mi opinión Ulises se ubica en el punto preciso donde la novela y las formas sinfónicas más se acercan. Impregnado como estaba de música, Joyce saturó su magnum opus de todos los efectos de un gran sinfonista –su prosa, como la música, transcurre en un presente continuo; el escritor despliega el color como un efecto modal con coherencia sin par; el ritmo de la puntuación es esencial para el significado de las oraciones en lugar de ser un aditamento molesto; y quizá lo más significativo de todo sea que toda su obra está concebida como un grandioso ejercicio de contrapunto, mientras las mentes de Leopold Bloom y Stephen Dedalus se llaman y se responden una a la otra. Sin embargo, aunque los melómanos todavía colman los auditorios, casi nadie recorre el Ulises hoy día. Los novelistas han satisfecho el ansia de los lectores por las viejas y cómodas certezas dándole la espalda a la verdad experimental y refugiándose en la armonía aparente del pasado.

Una de las novelas de mayor venta del año pasado, Libertad de Jonathan Franzen, concientemente toma como modelo a Ana Karenina de Tolstoi y avanza con paso vacilante y realista como si el modernismo nunca hubiese existido. Es como si un compositor actual reescribiera la partitura de la Heroica haciendo las melodías más empalagosas y las armonías más sensibleras y luego la estrenara la última noche de los bailes de graduación ante los aplausos extasiados de los conocedores de la música. Para completar mi figura retórica: durante aproximadamente un siglo la sinfonía y la novela se hicieron el amor de manera muy bella. Pero ahora su partenaire artística ha muerto; la novela, en lugar de avanzar, yace allí en la oscuridad evocando placeres pasados mientras juguetea consigo misma en una orgía masturbatoria de populismo.

(c) The Guardian, 2011. Traducción de Elisa Carnelli.

30.11.11

Pequeñas acrobacias narrativas

Ana María Shua vuelve al microrrelato, ese género que hizo de la brevedad máxima su premisa, y presenta en Fenómenos de circo una galería de extravagantes personajes que desafían los límites de lo humano
Ana María Shua, escritora cuasi especializada en la denominda Minificción, publica Fenómenos de circo. foto:Eduardo Carrera.fuente:adncultura.com

Quizá todo sea circo, como lo afirma Ana María Shua en su último libro de microrrelatos, y los arduos esfuerzos por adaptarse a las exigencias sociales no sea más que la preparación para un espectáculo en el que, aunque "todos creemos ser espectadores, nada sabemos del público que nos mira divertido". Estas ideas e imágenes tan breves como generosas en sus sentidos son el espacio de juego del microrrelato, género que Shua ha abordado en varios libros. En Fenómenos de circo logró por primera vez extraer de un solo tema todas sus aristas. Un recorrido por la historia, una exhaustiva mirada a los oficios y a los animales, la más impresionante colección de freaks y una exploración por las posibilidades metafóricas del circo (escritura, mito, imagen del mundo y de la vida) forman las secciones de este conjunto de breves narraciones, que incluye, además, un apéndice en el que las biografías de los personajes que aparecen en los cuentos prueban que la literatura debe ser más tímida que la realidad para no resultar inverosímil. "Empecé el libro un poco por casualidad, como pasa siempre con la literatura. El País, de Madrid, me pidió un microrrelato y escribí sobre un mago con serrucho. El mago me llevó a un trapecista, después a un contorsionista. Hacía mucho que intentaba escribir un libro del género con un solo tema, pero no lograba reunir suficientes cuentos. En el circo encontré una veta amplia y poco explorada. Primero agoté las ideas convencionales y después empecé a investigar, a enterarme de su historia y de personajes increíbles. El libro se enriqueció mucho con la investigación."

-¿Recurriste a recuerdos personales?

-Es lo primero que aparece. Aunque, en realidad, desde chica el circo me produjo una sensación contradictoria; entre la música alegre, los brillos, las lentejuelas y el deterioro, la precariedad, el terciopelo un poco raído. Mi recuerdo de infancia más intenso es el olor: los animales encerrados, la humedad de la carpa. Son imágenes de circos pobres en los lugares de veraneo. Si uno prestaba atención, notaba que el trapecista también era el domador y el mago era el que cobraba las entradas.

-En el prólogo se expone el ansia secreta de violencia de todo espectador, que contradice la idea de que el circo es sólo un entretenimiento.

-La posibilidad del fracaso es constitutiva de la fascinación por un espectáculo riesgoso. Ahí hay un tipo de placer morboso muy fértil literariamente. En el texto imagino un circo donde todo falle: que el trapecista se caiga, que las fieras se coman al domador. El fallo es central en la literatura. La felicidad puede propiciar la lírica, pero no la narrativa. Cuando todo sale bien no hay nada que contar. Se necesita el error, la falla y, sobre todo, la conciencia de la finitud de la vida para que haya literatura.

-¿Cómo explotaste las posibilidades narrativas de los oficios circenses?

-Me detuve en la quintaesencia de cada uno. Descubrí, por ejemplo, que el núcleo de la risa del payaso es el fracaso: entonces apareció uno tan habilidoso que fracasa incluso en hacer reír. Otro hallazgo fue el drama de los tragasables, cuyo acto es verdadero, no hay truco, pero sólo pueden exhibir lo exterior de la proeza, cuando lo interesante ocurre por dentro. Tienen que inventar métodos para probar su veracidad. Muchos han muerto. Así encontré la historia del que se tragó un tubo de neón y lo encendió, con tanta mala suerte que ante la ovación del público hizo una reverencia y el tubo estalló dentro de él.

-Una de las secciones más impresionantes es la de la exhibición de freaks , siempre al límite de la corrección política. ¿Cómo los buscaste?

-Aparecieron en Internet y en un par de libros. Como la biografía de Joseph Merrick, el Hombre Elefante. Por supuesto me producen horror y fascinación. Me apena que la corrección política haya quitado a estas personas esta posibilidad de trabajo. Estudiando sus vidas me di cuenta de que gente común y corriente a la que le tocaba un envase defectuoso encontraba en exhibirse la posibilidad de ser importante, de ganar dinero y mantener a su familia. Muchas veces pudieron casarse y tener hijos, llevar vidas en cierto modo normales. La "bondad" de la corrección política les cerró esa posibilidad.

-Muchos cuentos recurren a la hipérbole de un acto circense que, en textos tan breves, permite saltar en una sola frase del realismo a la literatura fantástica.

-Más que un recurso del microrrelato es una predilección personal. También hay en el género autores realistas, como Eduardo Galeano. Los españoles suelen ser más realistas que los latinoamericanos, que tenemos una fuertísima tradición fantástica. Entre mis lecturas iniciales están la famosa antología de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, y otra maravillosa colección, la Antología del cuento extraño , de Rodolfo Walsh.

-¿Cómo te interesaste en el género?

-En 1985 trabajaba en una empresa de publicidad junto con el poeta Ramón Plaza, que me regaló una colección de la revista mexicana El Cuento , editada por Edmundo Valadés. Tenía muchos relatos brevísimos de escritores latinoamericanos de entonces. Valadés era un cultor del microrrelato y organizaba un concurso permanente. En esa época no era un género distinto del cuento, sino una posibilidad más que habían empleado muchos de nuestros maestros: Borges, Cortázar, Denevi, Bioy Casares, Anderson Imbert. Me pareció natural escribir algunos y los envié con una carta al concurso. No me publicaron ninguno, pero sí publicaron la carta.

-Ahora no sólo se lo considera un género sino que hay congresos y encuentros de sus promotores. ¿A qué se debe esta popularidad?

-Hace unos veinte años la crítica lo definió como género aparte del cuento. Ese casillero propio lo transformó en un terreno inexplorado para los trabajos académicos. En varias universidades iberoamericanas se empezó a escribir sobre él. Internet también fue un espacio de difusión adecuado, porque es ideal para leer en pantalla. Este auge es más importante en España, donde las editoriales lo acompañan. En América latina yo soy una de los poquísimos escritores que tienen libros de microrrelatos. Hoy reina la novela y tanto el cuento tradicional como el cuento corto tienen dificultades. Se dice que el cuento breve es ideal para esta época en la que nadie tiene tiempo de leer textos extensos, pero las listas de best sellers lo desmienten. La literatura más popular es la novela de más de quinientas páginas. Paradójicamente, es más fácil leer novelas, en las que uno se familiariza con los códigos y los personajes, y luego puede entrar y salir con cierta facilidad. Cada microrrelato, en cambio, es un pequeño mundo con sus reglas. Tan pronto como se descifran el cuento terminó. Estos libros no son para leer de una sentada. Como la poesía, requieren de mucha atención.

Fenómenos de circo

Ana María Shua

Emecé

204 páginas

$ 79