23.12.11

Mejor libro de 2011: Los enamoramientos, de Marías

En el listado tradicional de los Diez Mejores de Babelia

foto.fuente:elpais.com


Javier Marías desvela en este vídeo parte del proceso de creación de su novela Los enamoramientos (Alfaguara), elegida, por Babelia, como el mejor libro de 2011. La elección es el resultado de una encuesta con 57 críticos y colaboradores de la revista cultural de EL PAÍS. La edición anual y especial de Babelia con los mejores libros del año y los cinco más destacados en ocho géneros y categorías saldrá mañana, y no el sábado como es habitual, debido a las fiestas navideñas. Tras Los enamoramientos, las obras más votadas son (cada una tiene un enlace a una entrevista o crítica publicada este año en Babelia:

2- Libertad, de Jonathan Franzen (Salamandra)

3- Némesis, de Philip Roth (Mondadori)

4- El mapa y el territorio, de Michel Houellebecq (Anagrama)

5- El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez (Alfaguara)

6- Caligrafía de los sueños, de Juan Marsé (Lumen)

7- La obsolescencia del hombre, de Günther Anders (Pre-Textos)

8- Historia de la literatura española 7. Derrota y restitución de la modernidad (1939-2010), de Jordi Gracia y José Domingo Ródenas (Crítica). Coordinación de José-Carlos Mainer

9- La gruta de las palabras, de Vladimir Holan (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores)

10- Deshielo a mediodía, de Tomas Tranströmer (Nórdica Libros)

Seis novelas, dos ensayos y dos poemarios. La lista completa y lo que votó cada uno de los críticos la publicaré mañana en este mismo blog, como complemento a la edición impresa de Babelia que tendrá un artículo sobre cada uno de los diez libros más votados (por ejemplo, de Los enamoramientos escribe Eduardo Mendoza), la lista de los 25 títulos con más puntuación y un análisis de la encuesta.

Como adelanto publicó hoy la entrevista en vídeo que he realizado al gran escritor español y académico Javier Marías (Madrid, 1951). Desde su casa madrileña, el autor lee el comienzo y algunos fragmentos de la novela ganadora, da claves sobre la concepción del libro, como el tratamiento de la voz femenina que narra la historia, y reflexiona sobre los 40 años de su trayectoria literaria iniciada con la publicación de la novela Los dominios del lobo (1971). El autor madrileño también confiesa su inseguridad y su estado dubitativo constante ante cada nueva escritura. Incluso ha llegado a dos conclusiones: "Cuanto más ha escrito uno, más difícil resulta escribir y cuanto más ha escrito uno, menos claro tiene el juicio sobre lo que hace".

En Los enamoramientos, Marías utiliza por primera vez una voz femenina para narrar una novela, que al final resulta ser una especie de prima de sus anteriores narradores masculinos, según sus propias palabras. En cuanto al proceso de creación general, el autor de obras como Tu rostro mañana, Corazón tan blanco, Cuando fui mortal y Mañana en la batalla piensa en mí, dice que hay dos tipos de escritores: los que escriben con mapa, es decir con todo planificado, y los que lo hacen con brújula, como él, con apenas una idea sobre la cual van cambiando e improvisando cosas porque de lo contrario sería "un mero ejercicio de redacción y hay que darle una sorpresa a la novela. Si supiera toda la historia de antemano probablemente no la escribiría".

21.12.11

Cortázar y la Vía Láctea

El revés de la realidad escudriñado desde la física y el principio del azar distinguen la obra del escritor argentino, analizada en este artículo, publicada en exclusiva

Es infinito el universo que atraviesa la Vía Láctea y el universo infinito somos nosotros, nos dice Cortázar. foto. fuente:Revista Ñ

En las primeras páginas de La fascinación de las palabras, un extraordinario libro-entrevista con su amigo Omar Prego (una entrevista que duró dos años, de 1982 a 1984, año de su muerte), Julio Cortázar hace una afirmación asombrosa. Omar lo interroga sobre el sentido de la escritura (es la típica pregunta estilo "¿Por qué escribís?") y Cortázar evoca su infancia confesando que de niño (esto, dice, le sucedía hacia los siete años) había vivido una especie de "diferenciación" entre las palabras y los objetos que éstas designan: "Entré en una etapa que habría podido ser peligrosa y desembocado en la locura: quiero decir, que para mí las palabras empezaron a ser más importantes que las cosas mismas". Omar le pregunta si no era una suerte de sustitución de la realidad. Y Cortázar: "La fascinación que me producía una palabra (...) Yo estiraba el dedo y escribía las palabras, las veía armarse en el aire, palabras que eran, muchas de ellas, palabras fetiches, palabras mágicas (...) Y en ese momento en que empecé a jugar con las palabras (...). Cuando descubrí los palíndromos (yo no sabía que existieran pero en un libro encontré el primero, el clásico, ese que dice "Dábale arroz a la zorra el abad" que es una frase muy larga) cuando la escribí en el papel o en el aire me di cuenta de que decía la misma cosa, me sentí instalado en una situación de relación mágica con el lenguaje".

Este niño que corrió el riesgo de la locura y que había entrado en una relación mágica con el lenguaje conoció una diferenciación lógico-lingüística que lo llevó a un mundo meta-empírico, un mundo donde el significante se había separado del significado yéndose por su lado o adquiriendo una vida misteriosa que se desarrollaba en otra dimensión lingüística, como si el pequeño Julio hubiera llegado al conocimiento de una lengua auroral e inefable. Como si pensase en minoico o por jeroglíficos.

Otras realidades

De la diferenciación semántica a la distancia ontológica, de un significante autónomo y paralelo a un universo de significados igualmente autónomos y paralelos, el pasaje parece ineluctable. Y Omar Prego lo capta de inmediato: "En tus cuentos siempre se produce un deslizamiento, a veces casi imperceptible, que nos lleva a otra realidad, se dobla una esquina peligrosa y se ingresa a un mundo otro". Y Cortázar responde de manera incomparable, evitando explicar su literatura y limitándose a la evocación de la infancia. "Se daría como una consecuencia fatal de esta toma de posición frente a la realidad que yo advertí en mí desde muy pequeño y que además asumí contrariamente al caso de otros niños. Yo recuerdo a compañeros de mi edad que en un principio eran capaces de participar un poco en esa visión diferente que yo tenía. Cuando éramos muy amigos yo me atrevía a hablarles en confianza, a trasmitirles, un poco, esas reacciones mías ante las cosas y ante el idioma, ante las palabras. Pero muy pronto advertí que a medida que pasaban los meses –el tiempo va rápido en la infancia–, a lo sumo un año, ellos finalmente habían optado quedarse 'de este lado' (el subrayado es mío).

Hay una palabra fuertemente ambigua sobre la cual debemos entendernos para hablar de Cortázar: lo fantástico. Por convención, Cortázar pertenece a la "literatura fantástica", definición que significa todo y nada y que nace sólo de la necesidad de poner orden en algo que orden no tiene, la literatura, clasificándola por géneros, especie y familias como se hace en el reino natural.

La clasificación de Linneo es fundamental para la botánica pero en literatura resulta insensata: puede aceptarse su criterio por la comodidad de la comprensión inmediata ("literatura de viajes", "literatura policial", "literatura rosa", "literatura de horror", etcétera) pero a nadie se le ocurriría incluir a Anna Karenina en la "literatura rosa", La línea de sombra en la "literatura de viajes" o El pozo y el péndulo en la "literatura de horror". Por otra parte, si quisiéramos incluir la obra de Cortázar en la llamada "literatura fantástica", la presunta biblioteca de lo "fantástico" resultaría infinita, empezando por la noche de los tiempos con Gilgamesh, la Odisea, El asno de oro, hasta Orwell y Kafka.

Hace unos años, Tzvetan Todorov publicó un ensayo brillante sobre la "literatura fantástica" lleno de clasificaciones y subdivisiones especiosas. Nadie niega la buena utilidad del manual universitario, pero es un trabajo totalmente insuficiente cuando del problema del orden clasificatorio y nomenclador, el verdadero problema, como sucede en Cortázar y los grandes escritores de su nivel, pasa al orden puramente filosófico: ¿la realidad en la que vivimos es de verdad real o es solamente la cara visible de una realidad "otra"? La pregunta se relaciona con todos los escritores que se plantearon el interrogante, desde Pirandello y Pessoa, hasta Borges, obviamente hasta Kafka, y más arriba, hasta Shakespeare, Calderón y Cervantes.

Quienes eventualmente pueden arrojar algunas luces sobre lo que por convención definimos "literatura fantástica", son los filósofos que investigaron la literatura. Roger Caillois, por ejemplo ( Au coeur du fantastique , 1965), define lo fantástico como "un escándalo, un desgarramiento, una irrupción insólita, casi insoportable en el mundo real" o una definición todavía más cortante, como "una ruptura del orden reconocido, una irrupción de lo inadmisible en el interior de la inalterable legalidad cotidiana".

Y en referencia a ciertos textos pirandellianos donde el límite entre real y fantástico es fragilísimo y superable con una desviación lógica, Remo Bodei habla de un sentimiento palíndromo que nos recuerda las afirmaciones de Cortázar: no sólo la realidad es reversible, sino también el sueño, para acomodarse una al otro, ambos en su "revés": "Los protagonistas de Rimedio: la geografia y de otra novela breve, La carriola no se reconocen en su vida y ven la realidad como un sueño invertido; dudan, efectivamente, de lo que es empírica y lógicamente más cierto y consideran en cambio verdadera la 'rêverie' de los deseos insatisfechos", dice Bodei. "Contando un viaje en tren, la voz narradora de La carriola expresa con precisión el vago sentimiento del atractivo imprevisto de una vida no vivida, la nostalgia punzante por todas las posibilidades no realizadas".

Si para el personaje pirandelliano la vida no vivida que por un instante sustituye la vida real del protagonista y la expulsa es el ' phantasma ' (en el sentido etimológico del griego antiguo del término), la aparición extranatural de una vida que nunca se condensó o transustanció en lo real y permaneció en la dimensión de lo posible, la literatura de Cortázar indaga análogamente 'más allá' de lo real, en el misterio de las cosas, como en busca de su esencia, en una suerte de caverna de Platón al revés: no son los objetos que gracias a la luz proyectan sobre las paredes de la cueva sombras ilusorias que nosotros creemos reales, son las sombras, los ' phantasma ', las esencias de las cosas las que proyectan sobre la pantalla del mundo todo lo que nos rodea y que llamamos real.

Juegos combinatorios

Vuelvo a la "confesión" de Cortázar sobre el extraño fenómeno que le ocurrió en la infancia: las palabras que se "diferencian" de las cosas que designan para formar una realidad independiente y autónoma que difiere de la realidad visible. Y pienso en cuántos personajes infantiles pueblan sus cuentos. O personajes adultos que ponen en práctica la misma estrategia, una suerte de "brujería" que les permite fijar la mirada en la realidad del ' pragma ' y abrir allí fisuras abismales.

En esas palabras que vagan en el aire formando una realidad totalmente suya, hay algo de Plotino, obviamente, y también ciertas alusiones a la metafísica de Spinoza, como un enjambre de pensamientos que de entidad colectiva se convierte en entidad individual y se condensa en una criatura. En Cortázar, una criatura que se llama "una historia para contar".

Y siempre a propósito de la infancia, de cierta manera de superar los confines de lo real; me viene a la mente Françoise Dolto y su expresión de " génie propre à l'enfant " (genio propio del niño), algo que para el niño es un juego pero más que un juego: un desdoblamiento, una inversión, un modo inconsciente de eludir el obstáculo que tenemos delante de los ojos para mirarlo desde la otra parte.

A Cortázar le gustaban los juegos combinatorios, el cálculo de probabilidades, las infinitas posibilidades de la matemática. Pero su universo narrativo no se limita al juego del Oulipo (Taller de Literatura Potencial) o a los mecanismos de composición de las gramáticas narrativas estructuralistas.

Lo que le interesa es la magia que está por debajo de las combinaciones; no los números, sino el álgebra misteriosa de la Cábala. Algunos de sus cuentos son una zambullida vertiginosa en las matemáticas que hacen pensar en Pico, en Gerolamo Cardano o en las hipótesis de la física moderna, en la posibilidad de otra realidad paralela a la realidad que vivimos y de la que ésta es un doble que difiere de aquella por un " presque rien ", una insignificancia que además es el revés de la realidad tangible, quizás especular respecto de ésta pero capaz de engullirnos como un abismo.

Por lo tanto, no el azar que deriva de arrojar los dados como querría Mallarmé, sino el principio del azar, como si hubiera una estructura previa insondable inherente a todo lo que es, en cada elección, en cada gesto que hacemos cada día. No es el destino el que guía los cuentos de Cortázar, es un predestino, un algo superior que lo precede y que determina el destino mismo.

En este inquietante anillo de Moebius se desarrolla toda su literatura, ya sea la narrativa "mayor", la novelesca o incluso estructurada en el cuento, ya sea aquella aparentemente menos estructurada, volcada al intermezzo, al capriccio (pienso en La vuelta al día en ochenta mundos), a la rareza (Historias de cronopios y de famas), al acorde tocado en sordina en la noche, como las pocas notas de un enamorado escondido en el jardín que desaparece apenas se enciende la ventana de la amada (los textos sobre los admirados Keats y Lezama Lima).

Y entonces empezamos a sospechar que esa "insignificancia", ese intervalo entre lo que somos y lo que quizá seamos, ese intervalo infinitesimal en el aparente fluir sin solución de continuidad de nuestra vida, justamente eso es nuestra verdadera vida. "La verdadera vida está en otra parte", escribió Rimbaud, pero esa "otra parte" está junto a nosotros, a un milímetro de donde nos encontramos, pero paralelo a nuestra mirada. O está detrás. Y lo que es paralelo a nuestra mirada o está detrás de nosotros no es visible: para percibirlo hace falta una mirada oblicua o "los ojos en la nuca", como Cortázar.

No sé si él es un microscopio o un binocular girado al revés: en general las dos cosas juntas, en el mismo cuento, en la misma página, y por eso crea un Unheimlich inédito, un híper-Perturbante: lo que era infinitamente pequeño adquiere dimensiones inusitadas, lo que estorbaba nuestro espacio con su mole se aleja a una distancia estelar.

Esperaba con impaciencia los 'Papeles inesperados' en el planetario de Cortázar que el editor Einaudi ha dado a conocer prácticamente en su totalidad al lector italiano. Son como la cola del cometa que vuelve más cometa a la estrella o la Vía Láctea que irrumpe de improviso en el cielo nocturno volviéndolo más luminoso.

Pequeño es nuestro tiempo y angosto nuestro espacio, pero es infinito el universo que atraviesa la Vía Láctea y el universo infinito somos nosotros, nos dice Cortázar, nuestra capacidad de imaginar el infinito.

© Antonio Tabucchi y Clarin, 2011. Traducción de Cristina Sardoy

Pamuk: "Convertir palabras en imágenes es esencial para escribir y leer"

El autor turco, premio Nobel de Literatura, presentó en Buenos Aires sus reflexiones sobre la novela
El novelista turco firma una dedicatoria la semana pasada, durante una visita a Chile. foto. fuente: Revista Ñ

Orhan Pamuk, el escritor turco y Premio Nobel de Literatura en 2006, presentó en el MALBA su libro de ensayos El novelista ingenuo y el sentimental (Random House) La obra es el resultado de las ponencias Charles Eliot Norton que Pamuk dio en la Universidad de Harvard en 2009, un prestigioso evento anual que se inauguró en 1925. Se trata de una confesión íntima y técnica del autor sobre el arte de la novela y –también– sobre el arte de leer novelas. Un puñado de convicciones claro pero sorprendente guía el desarrollo de los seis ensayos. Pamuk cree que "las novelas son segundas vidas" y que el objetivo supremo al escribir y leer es "alcanzar una inmensa felicidad". El primer ensayo declara: "Cuando nos sumergimos en una novela...tenemos la sensación de que el mundo ficticio que descubrimos es más real que el propio mundo real". En manos de un pensador liviano esto podría ser el prólogo de la charla patética de un filósofo de café, pero en manos de Pamuk terminamos recordando cuán extraordinaria es la novela. Clarín dialogó por teléfono con Pamuk antes de su viaje a Buenos Aries. No estaba en su Estambul natal —donde siempre lo custodian guardaespaldas por sus declaraciones sobre el genocidio armenio en Turquía durante la Primera Guerra Mundial— sino en Manhattan, donde enseña literatura un semestre por año en la Universidad de Columbia. Contó que esperaba el viaje ansioso porque para él la ciudad es un mito. La forma de hablar de Pamuk emula su apariencia física: es pragmático, un poco severo, inteligente y abierto pero no muy cálido.

¿Al escribir este libro descubrió algo nuevo sobre el arte de la novela que no estaba explícito antes?
Las ideas toman su forma final cuando las escribís. Yo tenía información, experiencia y una historia de lecturas, pero no conformaban un libro. Cuando Harvard me pidió preparar estas ponencias mi primera sensación fue: "Esta puede ser la única oportunidad en mi vida para juntar todos mis pensamientos, todo lo que aprendí de leer y todo lo que experimenté en treinta y cinco años de escribir novelas". De manera naíf, todos los pensamientos del libro ya estaban en mi mente. Pero necesitaba ser sentimental, calculador, pensante al considerar mis ideas mientras las escribía. De alguna manera, esto es mi declaración sobre la literatura. Pero también es un libro muy personal. No soy ni quiero ser un teórico, sino que presento qué es lo importante para mí cuando uno lee una novela y cuando uno la escribe.

¿Cómo se imagina este libro en manos de un joven de 22 años que decidió ser novelista?
Creo que el libro se trata más de la experiencia de ser novelista y menos de una reconsideración sobre todas las teorías sobre la novela. Por otro lado, también se trata de ideas sobre la novela que no son muy populares o muy obvias, que no están en discusión. Por ejemplo, creo que al leer una novela uno convierte palabras en imágenes. Siempre hacemos esto y se olvida demasiadas veces: que primero hay fotos o imágenes en la mente del escritor, que las convierte en palabras; y después el lector lo revisa y reinventa esas imágenes en su imaginación. Esta capacidad, esta alegría de convertir palabras en imágenes es esencial para escribir y leer una novela. Por supuesto, al fin, este es un libro –pensé– que sería accesible y disfrutable para todos los que leen novelas. Pero también uno quiere que la nueva generación lo lea en todo el mundo. Se está traduciendo a varios idiomas, pero quiero ser modesto: es como yo veo la novela. Es mi forma de entenderla.

¿Cómo cambió su relación con la lectura a través del curso de su vida? ¿Por ejemplo, con su novela favorita, "Anna Karenina"?
Muy pocos libros son tan grandiosos y buenos como Anna Karenina . Semanas atrás la estuve enseñando en mi curso en la universidad de Columbia. La leí cuando tenía 21, en Turquía, hace ya casi 40 años. La conoco de memoria. . Tal vez sea la más grande de todas. Pero, en fin: ¿podrías repetir la pregunta?

Leer de joven es distinto a leer de viejo. ¿Qué dice eso sobre la novela?
Bueno, cuando releés te vas dando cuenta de que la mayoría de las cosas que leés en una novela te las olvidás. Pero recordás una impresión: la alegría, el gozo. La sensación de descubrimiento que esa novela te dio. Muchos de los detalles se olvidan. La segunda vez que leés la novela, prestás atención a otros detalles. En una primera lectura uno presta atención a datos como quién se va a casar con quién. En las lecturas subsiguientes comenzamos a charlar con el libro. Me importa mucho la relectura porque redescubrís el libro, pero también porque te das cuenta de que cambiaste. En mi juventud leía como un animal hambriento que se devoraba todo. Sólo para tener una idea de lo que estaba pasando en el mundo. Ahora, más tarde en la vida, leo más lento y le presto atención a detalles mínimos, pequeñas coincidencias; le presto más atención a objetos y colores.

14.12.11

Parra: "Yo me debilité con la academia"

El Premio Cervantes le llegó recién a los 97 años. En esta charla, una de las pocas que concedió en los últimos tiempos, habla de su idea de la poesía
El poeta con su hermana Violeta en la Carpa de La Reina, donde ella se suicidó.foto.fuente: Revista Ñ

El encuentro había quedado pactado para el mediodía. A las doce en punto, junto con el poeta chileno Raúl Zurita, arribamos a Las Cruces, un pequeño pueblo sobre el Pacífico, a una hora y media de Santiago. No bien entramos, preguntamos a un lugareño por la dirección que teníamos apuntada. "¿Van a lo de Nicanor?", recibimos inmediatamente como respuesta. "Pues hubieran empezado por ahí". En Las Cruces no hay quien no sepa dónde vive. Su casa, ubicada debajo del nivel de la calle y como colgada de un barranco, tiene en la puerta de entrada un sello inconfundible: un grafiti con la leyenda "antipoesía". El creador de los antipoemas nos invita a la terraza con una espectacular vista al océano. La charla se ambienta. El grabador va a entrar en escena. "No", dice cortante. "No quiero que me graben ni tampoco fotos; tome apuntes, apele a la memoria". Así, a la vieja usanza, se desarrolló esta entrevista realizada en 2006.

-Me gustaría saber cómo de una familia semirrural de Chillán, con pocos recursos, surgieron integrantes tan creativos, que lograron trascender las fronteras de su clase.
-Ya alguna vez mi abuelo contestó esa pregunta: "Más discurre un hambriento que cien letrados". ¿Qué quiso decir con eso? Que debimos estudiar y trabajar harto. ¡Teníamos hambre! (estira la última vocal, algo muy suyo; lo repite en varias ocasiones durante esta charla).

-Cuénteme de su abuelo.
-Mi abuelo Parra era un hombre muy inteligente. Un tinterillo. Así les llaman a quienes no han concluido sus estudios de abogacía, pero que de todas formas trabajan como tales. En su tiempo llegó a hacer una pequeña fortuna: tenía, además de su casa, varias propiedades ¡Era un archiduque! (vuelve a estirar la última vocal).

-¿Y qué pasó luego? Por lo que sé usted y sus hermanos pasaron una infancia con algunas necesidades.
-Los hijos del abuelo (entre ellos mi padre) se "farrearon" toda aquella pequeña fortuna. En este tipo de historias, que a veces suelen darse, no debemos olvidar a Thomas Mann cuando decía algo así: "Una generación trabaja; la segunda acumula fortuna; la tercera lleva esa fortuna al máximo; y la cuarta la dilapida. Y así todo vuelve a cero".

-O sea que Violeta y usted, a posteriori los personajes centrales de la familia, no tenían más que perder – y no me refiero sólo a lo económico –; toda actividad que emprendieran estaba destinada al crecimiento.
-Un momento. El personaje central de la familia es Roberto. El ha sido el más … el más … auténtico … sí, auténtico, esa es la palabra apropiada. La Violeta se debilitó con la academia, de eso yo tuve la culpa. Yo mismo también me debilité con la academia: Perdí el idioma patrio…

-¿El idioma patrio? ¿Qué quiere decir con eso?
-El idioma patrio era el idioma de los barrios bravos de Chillán. Perdí ese idioma cuando fui al liceo del pueblo. Yo era el niño pobre de aquel liceo en el que había que hablar como hablaban los "chilenos", los descendientes de españoles. En cambio en la periferia, donde nosotros vivíamos, se hablaba como hablan los mapuches, ¡estábamos como en un gueto! Y no fue ese el único idioma que dejé por el camino. Más tarde, cuando fui al internado Barros Arana de Santiago, perdí el idioma del liceo; cuando me vinculé a la Sociedad de Escritores, perdí el idioma del internado; y finalmente perdí todos esos idiomas cuando fui a Oxford. En cambio Roberto jamás perdió el idioma patrio, aquel del barrio Villa Alegre, en los suburbios de Chillán.

-Seguramente que ese barrio chillanejo, además de la manera de hablar, tendría códigos muy propios, ¿verdad?
-En Villa Alegre, barrio que pocos saben que es un verdadero gueto, hay una cuestión que es básica y que vine a descubrir muchos años después. Para poder graficar lo que es el barrio, paso a contarle la siguiente historia: Hace unos diez años, cuando ya era un viejo, volví a Chillán, a aquel barrio que está prácticamente igual que cuando lo dejé en la adolescencia. Fui a "olfatear", quería ver qué pasaba ¿ah? Y mientras lo caminaba me encontré con un minimercado, que no existía en mi época. Decidí entrar a husmear y lo que enseguida me llamó la atención fueron unos sachets de leche, que no había en ese momento en Santiago, y que estaban acomodados de manera tal que formaban una especie de pirámide. A raíz de eso decidí dirigirle la palabra a la dueña del lugar. ¡Error! ¡Ahí advertí que en esos barrios no pueden hacerse determinado tipo de preguntas! A la señora la abordé con la siguiente cuestión: "¿Podría decirme de dónde viene esa leche?". Lo primero que me dijo fue: "¡Qué pregunta!". E inmediatamente me respondió: "De la vaca pues, porque no vamos a decir que viene del toro ¿ah?". La respuesta es típica de ese barrio, te responden así porque tú has transgredido el código. Y el código dice que no pueden hacerse determinadas preguntas. Al recibir esa respuesta me dije a mí mismo lo siguiente: pobre señora, no sabe que yo también soy chillanejo, entonces voy a contestarle como chillanejo, de ese barrio: "Señora, parece que usted fuera chillaneja", lo que significaba una agresión espantosa. "Y usted parece que no fuera de aquí (de Villa Alegre)", me refutó. Después de esa situación, por primera vez supe de donde venían Violeta, Roberto y toda la familia Parra.

-¿Usted nunca había reparado antes en ese tipo de conductas?
-La cuestión fundamental ahí es el contacto humano: no hay manual de urbanidad, siempre es como un encuentro de dos primeros hombres, se trata de ver quién es Caín y quién Abel. En cada diálogo hay un Abel que vuelve a caer, que es el que queda marginado, y el otro es el que queda de amo … En aquel barrio mapuche de Chillán eso se presenta de una manera absoluta, descarnada. Ese comportamiento de la gente de Villa Alegre es algo que no está estudiado por nadie.

Estas cosas que conté son para ilustrar que toda pregunta es una agresión. Esa es una de las cuestiones básicas en el barrio Villa Alegre. Lo que allí rige es la sintaxis mapuche, la cultura mapuche.

-Llama la atención que usted, observador agudo según cuentan quienes mejor lo conocen, viene a descubrir y a interesarse por estas conductas después de tantos años.
-Es que uno cuando joven no tiene mucha capacidad crítica, cree que todo el mundo es así, como uno lo ve, pero la verdad que no es así. Fíjese que en Santiago yo a veces hago estas preguntas y el interlocutor me las responde, a lo sumo puede decirme que no sabe, pero siempre con el manual de urbanidad en la mano. Y ahí me vine a dar cuenta de esos códigos a los 80 años. Porque antes a los 30, a los 40, no los advertía, sufría nomás. De ese sufrimiento surgen los antipoemas.

-Yo creía haber leído que nacieron por oposición a algo o a alguien, ¿no habló usted en alguna oportunidad que eran como una oposición a la poesía de Neruda?
-Me gustaría decirle que la antipoesía en último término es no a algo: primero es no al establecimiento mapuche, y después es no al establecimiento total, porque en ese establecimiento se reproducen las mismas situaciones que en Villa Alegre, en otros planos. Siempre se está decidiendo quién es quién (aparece esa puja de Caín y Abel), de una manera más disimulada o más elegantosa, pero de eso se trata … En cuanto a lo que me dice usted de que eran versos para oponerse a la poesía de Neruda, le contesto que eso es lo que hablan los críticos. Yo fui un gran admirador de Neruda (N. del A.: Uno de los libros que se asoma desperdigado en el living es, justamente, una Antología de Neruda). Me gustaba su poesía.

-¿Qué tipo de relación tenía con él?
-Optima. Fíjese usted que el primero en captar y entender los antipoemas fue Neruda. ¿Quiere saber cómo fue esto? Una vez, mientras paseábamos por debajo de unos árboles en su casa de Los Guindos, él me tomó de un brazo (El siempre "pescaba" del brazo al interlocutor porque había encontrado esa manera para seducirlo, porque él era un gran seductor, ¿ah?) y me susurró al oído: 'Vamos a hacer una revista de poesía y los directores van a ser los poetas chilenos, o sea tú y yo. ¡Yo que era un poco el diablo, iba a ser uno de los directores!, pensaba para mis adentros. Y enseguida me preguntó: "¿Qué nombre le pondrías tú? ¿'Autobombo'?". Y antes de que pudiera decirle algo me dijo: "No … 'Bombo mutuo'."

-¿Recuerda en qué circunstancias Neruda se topó con los antipoemas?
-Fue en otra oportunidad que en los mismos términos se acercó y me dijo: "Vamos a hacer un recital de poesía en mi casa donde van a participar los tres poetas chilenos, o sea: Juvencio Valle, tú y yo, nadie más. Y el recital se hizo nomás. Había un living en la casa, con una docena de sillas, una mesa al frente y los tres poetas, el Pablo al medio. Cada uno leyó sus cosas hasta que me tocó a mí: allí por primera vez leí en público tres antipoemas ("La viuda", "La trampa" y "Los vicios del mundo moderno") en presencia de "el poeta de Chile", que es Pablo. Recuerdo que varios de los concurrentes se reían; me sentí incomprendido y entonces me aparté. El Pablo, en tanto, quedó ahí con su séquito de admiradores, pero al rato me doy cuenta de lo siguiente: frente a mí hay alguien que se está paseando como un oso enjaulado, era él, rascándose la nariz (un gesto muy suyo, significaba que estaba preocupado) hasta que se detuvo. "Nicanor", me dijo, en eso era muy cariñoso, me trataba por el nombre, cuando en general en esa época todos nos tratábamos por el apellido. "Tengo que hacerte una pregunta: ¿Cómo escribiste esos poemas que acabas de leer? Porque tú no eras poeta". Me sorprendí. "Esta es la segunda vez que me pasa algo así", él siguió hablando. "Yo no suelo equivocarme en estas cosas, antes me equivoqué con Jorge Adoum, que yo pensé que no era poeta, pero resulta que hoy es el mejor poeta de Ecuador. Nicanor, luego tienes que decirme como los has hecho, si piensas hacer un libro entero con estos poemas no va a quedar títere con cabeza". Fue, como le dije, el primero que captó la cosa, ¡y tuvo esa manera de reaccionar!

-En el primer libro suyo hay una presencia importante de García Lorca, de Whitman. ¿Cómo se da la ruptura y pasa de ese libro a los famosos antipoemas?
-Cuando en la década del 30 escribí mi primer libro con claro sello garcialorquiano, yo no sabía bien lo que se esperaba de un poeta. En esa época todo el mundo hablaba maravillas de García Lorca y de Rafael Alberti. Fue por eso que me decidí a escribir poesía. Me dije: "¡Y por qué no puedo yo publicar si puedo hacer cosas parecidas a éstas y tan buenas como éstas!". Así escribí aquel primer libro creyendo que era lícito hacer las cosas tal como las había hecho García Lorca, aunque con variaciones menores. Pero cuando el libro salió vinieron las críticas: varios "entendidos" me apuntaron diciendo, fundamentalmente, que tenía una fuerte influencia garcialorquiana, y no sé cuántas cosas más. Fue en ese momento que me convencí de que lo que había que hacer era algo que no existía antes, el mito de lo nuevo, ¿ah? ¿Así que se trata de eso?, me dije. Bueno, aquí tienen. Ahí surgieron los antipoemas.

-En gran parte de su antipoesía se percibe un lenguaje de prosa, a punto tal que mientras preparaba esta entrevista y cuando le leí a un crítico una parte del poema "Cambio de nombre" me dijo: "Pero ese es un prólogo de un libro". ¿Cuáles son los límites de la poesía para no invadir otro género? Porque en su obra parece haber un límite difuso.
-Hay una definición de Dylan Thomas que me encantó y aún suscribo: "poesía es lo que está bien dicho, nada más". Pero para que esté bien dicho hay condiciones acústicas. No basta con estar sólo bien escrito, tiene también que estar bien pronunciado, hay que pensar que es algo que se va a leer. Entonces entra en órbita también el sonido, y aquí viene el problema de la música. Aquí entra a jugar lo que se llama pentámetro yámbico. Cualquier cosa que usted diga con ese metro va a sonar bien … Ahí entonces tenemos que si un insulto en la calle está bien dicho es poesía popular. Los grafitis también entran en el género de la poesía, pero siempre y cuando estén bien hechos, porque hay grafitis muy malos también, ¿ah? ... Alguien dijo alguna vez: "Las grandes verdades del siglo XX no están en los libros, están en las paredes de los baños públicos". Vox populi, vox dei. Me surge lo que alguna vez leí en un baño: "La caca se come. Un millón de moscas no pueden estar equivocadas". ¡Esa frase! ¡Yaaaa! Fíjese como del pentámetro yámbico pasé a la frase hecha.

-¿A qué poetas admira?
-En estos momentos a quien más admiro es a Lina Paia.

-Disculpe mi ignorancia, ¿a quién?
-Lina Paia es mi nieta (la hija de Juan de Dios, uno de sus hijos). Cuando tenía un año y medio, y aún era poco lo que hablaba, estábamos en una reunión familiar y pidió la palabra: "Yo, Lina Paia ...". Su nombre es Josefa Cristalina Parra. Desde entonces presto mucha atención a ella y en general a los niños cuando hablan, por cómo enfrentan el problema del lenguaje. A pesar de que yo ya era Premio Nacional de Literatura, Premio Juan Rulfo y varias veces candidato al Nobel, por primera vez en aquella oportunidad entré a fondo en el estudio del lenguaje, escuchando hablar a la Lina Paia, observando cómo compone sus frases. Eso es lo que pasa con la Lina Paia. Ella dice lo que siente, y eso es la maravilla total. Porque cuando se dice lo que se siente, se está en el Ser, con mayúsculas.

-Y en su poesía, ¿logra usted expresar lo que siente?
-No siempre, no siempre. Le diría que el uno por mil. Ella, en cambio, lo hace todo el tiempo. Lo que sí intento y tengo claro es que hay que expresar lo que uno quiere decir con el mínimo de palabras.

-Hay algún hecho específico que lo lleva a introducir signos no poéticos en su poesía, porque no es simple incluirlos y que suenen poéticos, es todo un riesgo.
-Esas son las huellas de la Lina Paia, que habla por necesidad y no por vanidad. La antipoesía es una asociación por necesidad; sin embargo, nunca he podido lograr el grado de necesidad que tiene un niño. Es que uno, hasta hoy, sigue hablando por vanidad.

12.12.11

Cornwell: "Nadie debe vivir en el miedo"

Cornwell traslada el marco de su nueva novela -que acaba de estrenarse en España como Premio RBA de Novela Negra- a la ciudad sureña de Savannah (Georgia) para someter a su heroína a la máxima presión
La escritora Patricia Cornwell. foto:Toni Albir. fuente:elpais.com

La entrada de Patricia Cornwell en la habitación de un hotel londinense se ajusta, de la cabeza a los pies, a la imagen que la reina del thriller forense viene proyectando a lo largo de dos décadas de éxito. Tan profesional como distante, la mirada fría de los ojos azules destaca en un físico delgado y fibroso, embutido en pantalones, botas y cinturón vaqueros. Como en todos sus desplazamientos, un guardaespaldas le ha escoltado hasta la entrevista de promoción de su último libro, Niebla roja, la entrega número 19 de la saga que protagoniza la doctora Kay Scarpetta. "Nunca me aburro de mi personaje", asegura una de las autoras más vendidas del género de intriga, "porque va cambiando a la par que nuestro mundo, y creo que la forma en que se enfrenta a diferentes situaciones es lo que atrapa al lector, por encima de la trama".

Cornwell traslada el marco de su nueva novela -que acaba de estrenarse en España como Premio RBA de Novela Negra- a la ciudad sureña de Savannah (Georgia) para someter a su heroína a la máxima presión. La patóloga forense afronta una cadena de asesinatos, en la que víctimas y verdugos son mujeres, lejos de los adelantos científicos y tecnológicos que le brinda su habitual laboratorio de Massachusetts. Si la saga de Scarpetta fue precursora de productos tan populares como la serie televisiva CSI, centrada en sofisticadas técnicas forenses para resolver casos criminales, la protagonista de Niebla roja deberá guiarse ahora principalmente por su intuición.

Las concomitancias entre la escritora y su criatura no solo se traducen en el pelo rubio, el color de los ojos o esa seguridad que nace de la convicción en la propia valía profesional. Ambas nacieron en Miami con solo dos años de diferencia (Cornwell, en 1956) y arrastran una biografía difícil que definió sus respectivas singladuras. El lento declive de un padre aquejado por la leucemia marca la infancia de Scarpetta, que acaba convirtiendo la muerte en materia de su oficio. En el caso de Patricia Cornwell, el abandono de su progenitor a temprana edad, la depresión de la madre y la niñez infeliz en otros hogares de acogida, que incluyó la declaración ante un gran jurado contra un guardia que había abusado de ella, forjaron todo un carácter. Ejerció de periodista de sucesos y de analista en la oficina del jefe médico forense de Virginia, para debutar con el primer caso de la patóloga, Postmortem, en 1990.

"Scarpetta es una médica forense que colabora con el estamento militar, y yo soy solo una escritora. Hay la suficiente distancia entre nosotras como para mantenerme interesada en ella, aunque sí tenemos los mismo valores sobre la naturaleza humana", concede. ¿Comparte la autora, cuya fascinación por las armas es bien conocida, el tajante rechazo de su personaje a la pena de muerte? "Es una forma inapropiada de castigar el crimen. Las ejecuciones no lo detienen, son incivilizadas y además el sistema condena a falsos culpables".

Antigua contribuyente del Partido Republicano y otrora amiga de la familia Bush, la evolución de Cornwell hacia postulados más progresistas en lo social ha ido pareja con su exposición a la luz pública como gay en años recientes. Hoy reniega de la agenda conservadora sobre las opciones sexuales o el control de la natalidad, porque "nadie debería imponer a la gente cómo debe ser", y confirma su apoyo al presidente Barack Obama. Cuando ya contaba con millones de seguidores, sacó del armario a uno de los personajes fijos de la saga, la sobrina de la forense (Lucy), sin importarle el impacto que ello pudiera tener. "Ni ella ni nadie debe vivir en el miedo", apostilla la autora, casada desde 2005 con una neuropsicóloga tras el matrimonio fallido con un antiguo profesor suyo.

Cornwell aclara que esa Lucy bisexual, aficionada como ella a los helicópteros, las motos de alta cilindrada y los deportes de riesgo, no ejerce de su alter ego, sino más bien al contrario. "Aprendí a volar y a bucear para que ella pudiera hacerlo en mis novelas. Quiero escribir con autenticidad", subraya una novelista que planea minuciosamente la idea general de sus libros, pero luego se deja "llevar sobre la marcha porque funciona mejor para el suspense". Hasta las últimas páginas, ni ella misma sabe cuál va a ser el desenlace. El éxito comercial de la doctora Scarpetta va a trasladarse a la gran pantalla con los rasgos de la actriz Angelina Jolie, una elección sorprendente (para empezar ambas se llevan 20 años) que, según Cornwell, "aportará una nueva dimensión al personaje". Hollywood ha llamado finalmente a la puerta de una autora que publica un título cada año, es presencia habitual en la televisión como experta en temas forenses y se sienta en el consejo directivo de varios hospitales psiquiátricos. Aunque famosa y muy rica, Cornwell nunca da el éxito por sentado: "Incluso si eres una autora superventas, siempre te sientes insegura y sufres con el nuevo libro".

10.12.11

Cómo leer novelas

"A pesar de haberlo hecho sin parar durante treinta años, a pesar de vivir rodeado de gente que lo hace todo el tiempo, sigo pensando que hay pocas actividades tan intrigantes como la lectura de novelas"
"Leer una novela es salir de la comprensión cartesiana del mundo". foto:archivo. fuente:elespectador.com

Sigo preguntándome por qué lo hacemos: por qué una persona adulta puede dedicar su tiempo, sus energías mentales y su inteligencia moral a leer sobre cosas que nunca han sucedido a gente que nunca ha existido, y por qué esa actividad puede ser tan importante, o tan necesaria, que esta persona se retirará voluntariamente de la vida real para llevarla a cabo. Las respuestas las he encontrado con los años en conversaciones con otros lectores enviciados, pero sobre todo en libros desperdigados por ahí. Pues bien, el último de esos libros es una verdadera maravilla. El novelista ingenuo y el sentimental contiene seis ensayos en los que Orhan Pamuk intenta contestar a una pregunta cardinal: ¿qué nos ocurre cuando leemos (y escribimos) novelas? Es el libro más iluminador, estimulante y generoso que he leído en los últimos años sobre este asunto difícil, y no puedo menos que lanzar esta convocatoria de urgencia a los lectores.

"Mi propia experiencia me ha enseñado que hay muchas maneras de leer novelas", dice Pamuk. "A veces leemos lógicamente, a veces con los ojos, a veces con la imaginación, a veces con una pequeña parte de la mente, a veces como queremos, a veces como quiere el libro y a veces con cada fibra de nuestro ser". En otras palabras: no hay dos lectores iguales de la misma novela, pero ni siquiera dos lecturas. Esto, que parece tan evidente, es lo que explica los efectos, íntimos e impredecibles, que la novela tiene sobre nosotros. ¿Y en qué consisten esos efectos? Dice Pamuk que somos como alguien que maneja un carro y hunde pedales y mueve palancas mientras atiende a las señales, al tráfico y al paisaje que lo rodea: mil y un movimientos de nuestra inteligencia operan en todo momento. Con una parte de la mente hacemos lo más sencillo: seguir la historia. Pero los lectores de novelas "serias" hacen algo más: buscan constantemente el centro secreto de la novela, esa revelación que la novela trata de sacar a la luz y que no puede resumirse, sólo expresarse tal como lo hace la novela. Alguna vez le preguntaron a Sábato qué había querido decir con Sobre héroes y tumbas. Sábato respondió: "Si lo hubiera podido decir de otra manera, nunca habría escrito el libro".

Leer una novela es salir de la comprensión cartesiana del mundo. Sabemos que esas cosas no ocurrieron, pero creemos en ellas como si hubieran ocurrido; sabemos que son producto de la imaginación ajena, pero las vivimos como si se tratara de la experiencia propia. "La habilidad de creer simultáneamente en ideas contradictorias", dice Pamuk, es una característica esencial del lector de novelas; también lo es el afán de entender, no de juzgar, a los personajes. "En el corazón del oficio de novelista yace un optimismo", dice Pamuk: "que el conocimiento que obtenemos de nuestra experiencia cotidiana puede, si se le da la forma correcta, convertirse en un valioso conocimiento sobre la realidad". Como lectores, compartimos esa creencia: que una buena novela es una manera de dar un poco de orden al caos que reina allá fuera, y de lograr entender algo al respecto. Y eso no es poca cosa.

9.12.11

Danza con monos

Desde Samuel Johnson hasta Góngora, el autor diserta sobre la larga serie de escritores que escribieron por encargo. Y también cita a Luca Prodan con sus reclamos de deuda para terminar de construir así un catálogo sobre la siempre difícil relación entre el dinero y la supervivencia artística
Las obras por encargo están mal reputadas. fotoilustración. fuente: Revista Ñ

La plata por la que el mono baila es la misma para los demás primates, incluida la especie que damos en considerar, en detrimento de cualquier nobleza sentimental, la cumbre de su evolución. Hace años que no encuentro el reclamo de Góngora (al Conde de Villamediana): "Debe de estar usted haciendo experimentos costosos con mi persona, tratando de probar mi aspecto angélico, pues me deja tantos días sin comer..." A pesar de su austeridad ceñuda, que retrató Velázquez, el príncipe de los venablos reclamaba hogazas para su mesa y tal vez una copa de vino. Rocinante se animaba a justificar las razones de su flacura con frugalidad de endecasílabo: "Metafísico estáis. Es que no como". Los escritores, los poetas, los traductores necesitan "alimentos terrestres". Y a menudo se ven obligados a reclamar el pago. En el territorio de la urgencia, la misión cumplida alcanza a recompensar a un tercero. "Cuando llueve, todos se mojan", le gusta contar a Miguel de Torre que repetía el tío Georgie en la circunstancia feliz de cobrar una colaboración.

Las obras por encargo están a veces mal reputadas, pero gran parte de libros que hoy admiramos fueron producto de la exigencia y la cara de hereje con que la necesidad gusta de enmascararse. Las vidas de los poetas de Johnson nacieron de una deuda, no de amor, como exige Steiner en Tolstoi o Dostoievski, sino lisa y llanamente económica. Proliferaban en el siglo dieciocho las ediciones piratas de poetas, de modo que el educado y constante señor Bell tuvo la feliz idea de canonizarlos. La autoridad más competente era el Doctor Johnson. De modo que él escribió la totalidad que hoy conocemos en forma de libro como prefacios a las antologías de Congreve, Savage o Milton, sin privarse de tercerizar en Herbert Croft alguna, por un salario aún más exiguo. Incorporemos en su honor el neologismo "salagros".

Thomas de Quincey vivió toda su vida acorralado por acreedores. Es difícil imaginar que su modulado estilo suntuoso y reptante obedece a una urgencia material, pero así se desarrolló, entre velas consumidas y plumas de ganso al borde de la extinción. Dylan Thomas y Julian Maclaren-Ross compartieron la experiencia más cerca de nosotros. Al último, esa circunstancia le transfiere un sabor inigualable, algo de lo que en nuestros mitos de preferencia pensamos que es la motivación de los detectives y los sicarios de muchas de sus narraciones. "Su motivación es su salario", le contestó con cordura habitual Hitchcock a uno de esos actores que andan preguntando esas cosas mientras acarician objetos transicionales.

Acá, en la patria, Eduardo Gutiérrez pasó privaciones parecidas mientras despilfarraba la tinta de sus folletines, algunos de los cuales –como los de los ladrones de guante blanco–pueden leerse hoy con el mismo excitado placer con que él consumía, en una cadena perpetua, la sentencia de asfixia dictada por sus cigarrillos egipcios. José Juan Tablada, el modernista mexicano acusado de alquilar sus escrúpulos, se encargó de convertir cualquier inversión en una estafa y de practicar a diario la operación designada "masacre del ahorro". Uno se asombra de la plata que ganaban los intelectuales mexicanos. Y de lo poco que duraba esa riqueza con los cambios políticos. Como cuenta Guillermo Sheridan: "Cuando se derrumba la dictadura de Victoriano Huerta, Tablada tendría que exiliarse en los Estados Unidos. Con ella se colapsó lo que restaba del ancien régime al que Tablada había sido fiel durante lustros a cambio de una riqueza más que adecuada. Los zapatistas no tardarían en arrasar con su casa y hacer ceviche con los koi sagrados de su estanque". Los koi, esas carpas irisadas de las aguas de los jardines.

Luca Prodan cantando en Einstein, gritando "quiero dinero, quiero dinero", como lo recuerdo, y pronunciando con claridad mediterránea los nombres de quienes (Sergio, Omar, Helmut) se lo debían, extiende el arco cuyo punto de partida fue, menos directo, Góngora. Porque el dinero se reclama a quien se sabe que lo tiene –y puede y debe, en la medida en que pagar consiente reciprocidad– dárnoslo. La reflexión no quiere ir lejos en ese sentido, por eso para terminar se impone una nota luminosa. Me gusta la parábola de Hammett, a fin de cuentas, porque disipa la exigencia perpetua de dinero, la diluye en un juego de atribuciones distinto. Después de ganar bastante con algún libro, Dash Hammett decidió gastarlo en un objeto preciado: una ballesta. Era tan cara que en cuanto la pagó fue tan pobre como antes de escribir el libro. Un día, con motivo de la visita de unos amigos, decidió prestársela al hijo de éstos, que le dio un uso digno de Guillermo Tell. Antes de que se despidieran, Dash la guardó en el baúl del auto de los padres. Lilian Hellman, entonces la musa de Hammett, lo miró de manera significativa. "Las cosas son de quienes más las desean", se limitó a decir el ex detective de la Pinkerton.