9.4.13

Irving: "Combato contra la rigidez de mi país, EE UU, ante la sexualidad"

John Irving habla de su nueva novela: Personas como yo, sobre la libertad sexual. Una de sus obras de máxima calidad y más políticas y comprometidas

El escritor estadounidense John Irving, en la presentación de su novela Personas como yo. / Toni Albir/elpais.com
Bill es un chico de 13 años que descubre al mismo tiempo su pasión por la lectura, su encaprichamiento por personas que no le convienen y su voluntad de ser escritor. Pronto se dará cuenta de que siente el mismo deseo por la señorita Frost, la bibliotecaria de un pueblo de Vermont (Nueva Inglaterra, EEE UU), que por Richard, el atractivo novio de su madre. Le gustan tanto los hombres como las mujeres. Es bisexual, una minoría a la que miran con desconfianza tanto los heterosexuales como los homosexuales.
Pero Personas como yo (Tusquets, Edicions 62 en catalán), la nueva novela, la número 13, de John Irving, no es solo los recuerdos de Bill, cerca de los 70 años, de su complicada adolescencia y vida, sino, sobre todo, un duro y brillante alegato de Irving (Exeter, Estados Unidos, 1942) a favor de la libertad sexual. De la lucha de homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales, travestis porque se les reconozcan su derechos, durante casi 60 años de la historia de Estados Unidos, desde mediados de los cincuenta del siglo XX hasta 2010.
“Quería cubrir en esta novela toda la trayectoria de los movimientos para la liberación sexual bajo el prisma de la plaga del sida y hasta la situación posplaga. Desde la edad oscura de los años cincuenta, los inicios de la liberación en los sesenta, los alegres setenta, hasta que se estrellan con la epidemia en los ochenta y noventa, para resurgir en el nuevo siglo con los movimientos organizados en los campus universitarios y ahora con el debate sobre los matrimonios homosexuales”.
Irving dice que es pura casualidad que la publicación de Personas como yo haya coincidido en Estados Unidos con el debate sobre los matrimonios homosexuales. “Tardo entre cinco y 15 años en pensar una novela y empiezo siempre por el final. Desde ahí hago una hoja de ruta hasta el principio. Cuando las escribo tengo ya toda la arquitectura en la cabeza. Esta me llevó nueve o diez y empecé a escribirla en 2009, cuando no tenía ni idea de cómo iban a ir las cosas. Cuando la planeé, mi tercer hijo tenía 10 años. A los 19 me dijo con orgullo que era homosexual, lo que considero una suerte. Si no interesa a nadie, pensé, al menos tendré un lector”, bromea.
Personas como yo es una de las novelas políticas y comprometidas de Irving, al nivel excelente de El mundo según Garp, Una mujer difícil o la fantástica Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra, otra historia combativa sobre el derecho al aborto.
Como en otras novelas del escritor estadounidense, aparecen temas autobiográficos y recurrentes: el protagonista y narrador es un escritor, el padre ausente, la lucha grecorromana o Viena como uno de los escenarios europeos. También Madrid juega un papel esencial en la vida de Bill.
La iniciación de ese muchacho en un internado masculino de un pequeño municipio y su entorno, desde su increíble familia hasta sus amigos... todo está contado en clave de tragicomedia.
Cuando aparece la “enfermedad” el tono cambia radicalmente. Los estragos del sida, contados por Irving, resultan dramáticos, emotivos, dolorosos. El escritor se pone muy serio. “La liberación sexual y la homosexual florecieron durante cinco minutos. La larga epidemia fue una injusticia tremenda. Murieron miles y miles de jóvenes que empezaban a vivir y lo peor fue la visión de los homófobos que lo consideraron un castigo divino comprensible y justificado. Por no hablar del silencio del presidente Ronald Reagan que, durante los siete años que estuvo en el poder, no mencionó ni una sola vez la palabra sida. ¡Había sido presidente del sindicato de actores! Murieron muchos de sus examigos y colegas. Es imperdonable. Ese mal actor pasará a la Historia como el presidente más incompetente y jamás será perdonado”.
“Fue tan duro, que por eso describí el autodescubrimiento sexual de Bill y su inocencia como algo cómico, alegre y divertido y lo corté de raíz, de forma abrupta, al hablar de la epidemia. Los lectores se dan cuenta a medida que avanza el libro de que eso va a ocurrir, que van a morir muchos amigos de Bill, pero quise que él fuera un superviviente. Tampoco quise que muriera la señorita Frost. Ella es asesinada por el odio sexual, es una víctima de la intolerancia”.
Los marginados y la intolerancia aparecen en varias novelas de John Irving, pero Personas como yo es de una contundencia impresionante. “Combato contra la rigidez de mi país, Estados Unidos, ante la sexualidad”.
La novela se inicia con el enamoramiento de Bill de la señorita Frost, la madura bibliotecaria que tenía los pechos como una chica de 14 años. “Ella es transexual, aunque Bill no lo sabe al principio y la historia acaba con otra transexual, George, que asegura que se convertirá en Georgia y que de momento se hace llamar Gee. Bill, ya mayor, profesor de la escuela adonde acudió de pequeño, la apoya y protege. Las circunstancias han cambiado. Ella, a diferencia de cuando Bill era adolescente, es aceptada en la comunidad”.
También ha cambiado el lenguaje. La señorita Frost es transexual; Gee es transgénero. “En una charla en universidad me referí a la señorita Frost como transexual. Un joven estudiante frunció el ceño y me dijo que el término exacto es transgénero. Es más correcto políticamente, pero a Bill no le gusta lo políticamente correcto”.
Las cosas han mejorado, pero el fantasma de la intolerancia sigue al acecho. “También al final de la novela, surge una voz del pasado, el hijo de Kittredge, que critica las novelas de Bill y le hace responsable de los problemas de su padre. Vuelve la intolerancia y también el propio padre biológico de Bill es intolerante”.

3.4.13

Diálogo con Sergio Álvarez

"Nuestra sociedad es muy violenta y la muerte está siempre presente. Eso provoca que se viva de manera muy intensa, como si el mundo terminara mañana mismo. Quería transmitir el vitalismo desde la violencia y una intensidad irracional, porque así vivimos", Álvarez

Sergio Álvarez, autor de  35 muertos/ Lucho Mariño./revistadeletras.net
Es jueves por la mañana y me preparo para entrevistar a Sergio Álvarez, autor colombiano que ha retratado un largo trecho de Historia de su país en 35 muertos (Alfaguara), ambiciosa novela, cascada de situaciones y vivencias que debería ser una de las novedades más deslumbrantes del año por su endiablada capacidad narrativa y la virtud de contar los caprichos de Clío desde la superficie, sabiendo que la épica acaece en lo cotidiano.
Llego al hotel de turno, espero unos segundos y aparece Sergio con una sonrisa. Nos damos la mano, intercambiamos pocas palabras, nos sentamos al lado de la ventana que ha contemplado mil entrevistas y procedemos a iniciar la nuestra. Enciendo la grabadora.

Cuéntame el proceso de elaboración del libro. Por su extensión deduzco que fue largo y supuso mucha preparación.
Primero se me ocurrió el libro. En Colombia vemos demasiado en corto, nunca en perspectiva, como si lleváramos siempre anteojos, como si evitáramos lo real y nos inventáramos excusas. A España le pasó lo mismo con Aznar, que decía aquello de España va bien cuando en realidad la estaba destrozando. En Latinoamérica sucede un poco lo mismo, siempre contándonos historias para no vernos.
Como si el realismo mágico fuera una tapadera.
Eso es, tal cual. Me parecía importante construir una perspectiva clara de lo que había pasado durante estos años. Primero porque la sociedad colombiana necesitaba este tipo de perspectiva, y segundo porque en un país tan violento como el nuestro uno carga con esta violencia. Quería saber cómo cargaba ese poso de manera personal, no sólo colectiva.
En algún momento de la novela se lo dicen al pelao, que se le leen todos los muertos que carga en los ojos.
Sí, esa frase resume bien el hecho de que la novela también fue un proceso personal, que no asumí con afán, sin prisas. Era una catarsis. Cuando empecé con el trabajo me di cuenta que por mi carácter y mi forma de ser nunca me ha gustado la Academia. No encontraría el libro que quería en universidades ni periódicos. Por aquel entonces vivía en Barcelona, así que decidí volver a Colombia algunos meses, recorrer sus pueblos e intentar entender mi país desde la superficie, porque lo de arriba sólo son cifras e ideologías que se cruzan. Los intelectuales viven pensando en cosas demasiado alejadas de la calle. Hice un proceso de investigación lento, complicado y caro.
Tardaste nueve años.
Casi diez. Una vez terminó el proceso me puse a escribir, y finalmente encontré lo que quería contar. En ese momento no estaba bien económicamente, así que tocó el proceso de ir escribiendo y buscar financiación para mi supervivencia personal. Atravesé muchas crisis personales y familiares que afectaron en el desarrollo de la novela. Me cansé. Dejaba el libro dos meses, lo retomaba, leía lo que había escrito y me animaba de nuevo: debía terminarlo.
Eso es lo que nunca sale en las páginas del libro, esas pausas que nadie sabe, pero que son importantes en la elaboración.
El libro se salvó a sí mismo. Merecía ser terminado.
¿Esa elaboración tan larga ha incidido en la sensación de vértigo que transmite 35 muertos?
No, eso es más una cuestión de estilo.
Entiendo que el estilo parte de lo que me has dicho, que esta historia no podía ser contada de modo académico.
Esto corresponde a una cuestión colombiana. Nuestra sociedad es muy violenta y la muerte está siempre presente. Eso provoca que se viva de manera muy intensa, como si el mundo terminara mañana mismo. Quería transmitir el vitalismo desde la violencia y una intensidad irracional, porque así vivimos.
Se percibe una alegría subterránea por el sexo y la música.
Nadie sabe lo que es la muerte. La gente contrapone la vida ante eso. Hay que echar todos los polvos posibles.
Aquí en Europa a veces pecamos de no hacer eso, como si no tuviéramos prisa.
García Márquez refleja muy bien lo que digo con lo de “polvo que no echas, se pierde para siempre”. Las cosas hay que hacerlas ya, porque de otro modo desaparecen.
Carpe diem.
Eso es, y aquí entra un aspecto formal que me parecía fundamental: quería que cada capítulo fuera como un instante completo, como si cada uno fuera un puño.
Ráfagas de vida.
Exactamente, por eso si te fijas casi no hay puntos y aparte.
Y de hecho la estructura respira a partir de que cada sección está dividida por un verso musical. ¿Lo pensaste desde el inicio?
Eso lo encontré caminando el país. Al vivir mucho tiempo en Europa me había habituado a la memoria escrita, y en Colombia construimos los recuerdos a partir de la oralidad y los recuerdos sentimentales, que casi siempre tienen algo que ver con la música. Te cuentan una historia y la vehiculan con una canción. Me empecé a dar cuenta que la música como vehículo de la memoria es fundamental en Colombia. Al principio titulaba los capítulos, pero a medida que avanzaba tuve claro que la música hilvanaba mejor la estructura.
Puedes entenderlo desde un doble sentido: el libro como una gran canción y las canciones para mostrar cómo evoluciona la sociedad.
Sí, porque las canciones suenan en la época que está contando el libro.
35 muertos, 35 años.
Exactamente.
35 muertos 

Los europeos conocemos la situación colombiana desde una profunda superficialidad. ¿El pelao es un personaje prototípico de tu país?
Sí, lo es. Los colombianos que emigraron a España pensaron que habían encontrado la estabilidad, y por desgracia no es así. Colombia es un país desestructurado donde la gente al final sobrevive con lo indispensable, y para encontrarlo se hace de todo, desde moverse hasta trabajar de cualquier cosa. Hay mil historias, y lo que le pasa al pelao no es lo que a todos los colombianos, pero sí a muchos.
Tiene una capacidad de adaptación increíble.
Y además somos un país de desplazados, en Colombia hablamos de dos o tres millones de desplazados internos.
De ahí ese perpetuo vagabundeo del pelao, un errar continuo.
Porque es un país en guerra que al pobre lo desplaza y lo mata. Todo esto, que te puede parecer raro, en realidad es normal. Cuando te acuestas con una prostituta en Bogotá ella te cuenta que ha estado en mil países. Son nómadas de su profesión. En lo paramilitar es lo mismo. Los soldados se cambian de chaqueta para mantener un trabajo y un sueldo.
El pelao es comunista, pero no tiene problema en cambiar de chaqueta, porque de la hoz y el martillo viaja por mil y un oficios, y hasta flirtea con el fascismo, baila al son de lo que le pongan.
No hay ideología, hay necesidad.
Cuando veo al pelao con los fascistas alucino, porque como lector europeo me parece sorprendente. La novela ya me había generado una empatía con el personaje, no sé si por entender el contexto o por el hecho de asimilar esa necesidad fundamental de sobrevivir.
Ser aceptado, el sentido de pertenencia porque se siente rechazado y es un huérfano eterno. En las mujeres busca una madre que nunca tuvo. Las circunstancias de la vida en una sociedad de este tipo provocan equívocos. Crees buscar una cosa cuando en realidad estás a la búsqueda de otra.
Su historia es como un tobogán.
Me ayudó mucho a estructurar el libro la forma en que Colombia vive las elecciones. Llegas en ese momento al país y hay una euforia de cambio que desaparece tras las votaciones. Llega la depresión y luego retorna la falsa ilusión de nuestra democracia, llena de esperanza. No construimos la ilusión a partir de la realidad, sólo a partir de la misma ilusión. Un poco pasó lo mismo en España con Europa.
El pelao se metamorfosea y no aprende.
Es que es un mito eso de que golpeándote aprendes. El conocimiento es otra cosa, no tiene nada que ver con ir por el mundo tropezándote, tiene que ver con otros factores que no son la mera supervivencia. Por eso, entre otras cosas, el país no ha resuelto sus conflictos en doscientos años, no se solucionan las cosas matándose.
Pero si fuera un personaje normal no podría reflejar ni la historia del país ni concebir ese vértigo que transmite.
Sin el pelao tendría una de sus novelas que abundan ahora sobre América Latina donde todo es estable y maravilloso, algo que nunca haré.
La novela tiene un sinfín de episodios con gran polifonía de voces.
Esto tiene que ver con algo real: en un país inestable las relaciones son fugaces. Me aterró al llegar a Barcelona eso de saber que mucha gente tiene los amigos desde su época escolar.
No te creas, yo soy de aquí y también me aterra.
Si eres un personaje en eterno exilio construyes relaciones muy efímeras. No son intensas ni profundas. El pelao emprende un largo viaje y por lo tanto se cruza con muchos personajes.
En Europa lo efímero puede verse con otros matices, en cambio en tu novela la polifonía inicialmente te descoloca, pero claro, el errar genera un encuentro de trotamundos. A partir de las voces configuras un mosaico.
Me interesa mucho la narración como tal, contar historias y que sean interesantes. El personaje del policía aparece tres párrafos, pero para mí es uno de los grandes personajes.
Y hay personajes femeninos que llenan mucho el texto, como Cristinita o Natalia, que cuando desaparece del relato parece que deba volver sí o sí.
Los personajes van y vienen, muchos secundarios tienen una novela en su cuerpo. El titiritero me encanta, un viejo comunista que finalmente se convierte en traficante de armas.
La apariencia como valor de confusión.
Las peores personas posibles son las personas asustadas. Talía, la hija del titiritero, se traiciona por el miedo, carga el miedo con la dimensión de la inseguridad, que lleva a la traición. Una de las historias más metafóricas del libro es la del narco: con la oportunidad que le dan paga con su dignidad.
En 35 muertos no podemos olvidar la importancia que tienen el sinfín de mujeres que aparecen, que en realidad son la misma de distintas formas.
Exactamente. Las relaciones entre hombres y mujeres están basadas en el equívoco y la incomunicación. Distintas búsquedas que conducen a desastres. Las necesidades afectivas de cada persona difícilmente encajan con las de los otros. Al pelao le ocurre, no hay una coincidencia de búsqueda.
La mujer como esperanza por la belleza.
Y el mito católico de la salvación a través de la pareja.
La presencia de Dios en el libro es casi nula.
La religión en Colombia es un espacio refugio. Una vez cometes todos los errores toca rezar. No importa la religión porque no es trascendental salvo si cargas demasiadas culpas.
Pero la novela tiene algo de parábola que remite indirectamente al catolicismo.
Aunque nosotros parezcamos occidentales tenemos profundas raíces atávicas y la influencia negra que llegó con los esclavos. En apariencia somos esclavos, pero las cargas espirituales que nos mueven van por otro lado. La relación de los colombianos con la iglesia es, en verdad, muy superficial.
La literatura latinoamericana ha puesto filtros a la realidad, en cambio tú apuestas por un texto descarnado. Su estructura e intención huelen más a literatura europea.
La novela en su esencia y origen es algo europeo. Me parecía entrar en esa tradición porque, entre otras cosas, el Quijote sigue siendo un referente. La estructura de la novela es occidental y racional, pero no quería entrar en lo que ahora en narrativa se considera correcto, desde el lenguaje plano hasta una supuesta sofisticación que nunca terminé de entender.
Antes me decías que en Colombia prevalece la oralidad.
El aparato es occidental, pero quería que lo demás reflejara la realidad de la cual surgía. La gente no va con sutilezas en la calle. El lenguaje es coloquial porque recupero el punto de vista popular. Los personajes no reflexionan, no se dedican a hacer ensayos sobre su condición. El ritmo narrativo es otro. Vestí la novela en correspondencia con la realidad que retraté.

2.4.13

Muñoz Molina: "Una sociedad cínica está enferma"

El escritor español acaba de publicar en su país el ensayo Todo lo que era sólido, un lúcido análisis sobre las causas y las consecuencias de la crisis. Además, habla de populismo, de nacionalismo, y también avisa: La literatura no salva

ESCRITOR EN TRANCE. “Escribo dejándome llevar”, dice Muñoz Molina. /Revista Ñ
La madre del guionista Rafael Azcona decía, cada vez que escuchaba risas en casa en los terribles años de la posguerra española, que algún día pagaríamos esa fiesta. Hace treinta años empezó en España un jolgorio que estamos pagando ahora. La fiesta de la burbuja inmobiliaria, junto a otras fiestas acumuladas por la riqueza engañosa que se empezó a vivir al calor de la política, está en el principio del presente malestar español.

Antonio Muñoz Molina, escritor, académico, nacido en Ubeda en 1956, publicó sus primeros libros cuando la transición hizo boom y parecía que en España todo iba a ser sólido y para siempre, y el optimismo rompió los diques de cualquier sosiego político o administrativo. La inundación ha sido equivalente a las puertas construidas para guardar tesoros que luego resultarían de barro, igual que muchos de los monumentos que nacieron al amparo de la riqueza de papel que ahora ya está tachado o diluido.

Ahora, más de treinta años después de aquel resplandor, Muñoz Molina ha visitado la historia de estos escombros y ha descrito, con sosiego pero también con estupor, los argumentos de ese desastre. El libro en el que refleja sus conclusiones personales sobre esta crisis colectiva que padece su país es Todo lo que era sólido.

La lectura del libro es sobrecogedora; para el que vive aquí y para quien nos visita. Refleja un ruido interior que ahora es clamor; suspende el aliento a veces, refresca la memoria con la más inclemente de las aguas, las de la culpa compartida: estábamos viéndolo pero no lo decíamos, o lo decíamos mientras lo aceptábamos e incluso lo aplaudíamos. Ahora el libro nos sume “en un estado de atónita incredulidad”. ¿Eso pasó, eso estaba pasando?

Como en la mayor parte de sus libros, los más narrativos, los más poéticos o los más periodísticos, para hacer este Todo lo que era sólido, Muñoz Molina ha mantenido la esencia de su estilo, que combina memoria, y por tanto melancolía, y vigor, obligación personal de decir lo que piensa a riesgo de ser llamado “aguafiestas”. Pero su estilo es él, inconfundible. “Escribo dejándome llevar”, dice. “El propio acto de escribir desata a la vez los argumentos y los recuerdos. La urgencia de comprender y de intentar explicarme a mí mismo el presente me devuelve fragmentos del pasado”.

Esa es la esencia de su modo de decir, y en Todo lo que era sólido reaparece Muñoz Molina como el pensador, el narrador, el poeta que ha dedicado toda su vida a fijarse con una mirada que es tan personal que ya no se puede decir que haya frontera entre lo que siente y lo que escribe. El es sus libros, y en grado sumo Antonio Muñoz Molina es el ciudadano que ha escrito este libro perturbador e imprescindible.

A partir de este libro he conversado por mail (él está en Nueva York, donde pasa temporadas) con el lúcido autor de Sefarad, días después de que recibiera en Israel el prestigioso Premio Jerusalén.

-En los 80 del siglo XX parece que España anuncia una explosión de entusiasmo. Pronto regresa la aspereza civil, la violencia verbal. ¿Es una condena que padece este país?
-No hay condenas a nada, igual que no hay garantías de nada. El entusiasmo de los ochenta, mezclado con la inexperiencia de los que construían la democracia, ocultó errores que se estaban cometiendo, y que desde el principio lastraron el sistema, incluso cuando se estaban haciendo reformas de importancia histórica. Visto a distancia, tres errores fundamentales fueron: descuido de la educación, politización de las administraciones públicas y entrega de un poder excesivo a los aparatos de los partidos políticos.

-Dices que la lectura de lo que pasó en 1936 es como un calco virtual de lo que estaba pasando en 2006. “El presente era una niebla de palabras arcaicas”. ¿Esa sensación produce hastío, miedo? ¿En qué sensaciones te has movido escribiendo esta desolada carta a tus compatriotas (y a los que no lo son)?
-Una puntualización: no hay ninguna semejanza entre 1936 y 2006, ninguna, salvo la violencia del lenguaje político, que en cualquier caso en 2006 era mucho menor, a pesar de todo. Lo que había, en 2006, era una obsesión por 1936 que impedía ver en muchos casos lo que estaba pasando precisamente en 2006. Que se usaran entonces términos del pasado lejano –rojo, fascista– era una prueba del estado de alucinación política en que se vivía.

-La evidencia de la que parte este libro podría ser: “Todo lo que era sólido se desvanece en el aire”. En algún momento recuperas la fe, cierta ilusión contemporánea. ¿Qué queda en pie? ¿Instituciones, proyectos, personas? ¿Las artes?
-Quedan en pie, por ahora, muchas más cosas de las que parece, justo aquellas que se hicieron bien, sobre todo el sistema público de salud. Un país que logra eso, que logra un sistema nacional de transplantes líder en el mundo, no es un país condenado a la corrupción o la ineficiencia. Queda la educación universal, que además de universal tiene que ser mejor. Queda el trabajo decente de millones de personas, en el campo público y privado, que hacen bastante bien lo que tienen que hacer. Es importante no dejarse llevar ni por el esencialismo ni por el pesimismo incondicional, que son hábitos mentales muy frecuentes en nuestro país. Estoy convencido de que hay posibilidades formidables que ahora mismo no salen a la luz ni se desarrollan porque el ambiente las malogra: por el recelo hacia el mérito, por ejemplo.

-España desembocó “en la edad del delirio”, conducida por gente que no era experta en economía “sino en brujería”. Se empobreció el país, y nos quedamos “en un estado de atónita incredulidad”. La pesadilla continúa. ¿Es un fracaso irreversible?
-Los expertos en brujería han actuado y actúan en todo el mundo, y en los sitios más prestigiosos. Alan Greenspan, el que fue presidente de la Reserva Federal, era tratado, más que como un economista, como un brujo omnisciente, una especie de papá infalible y enigmático. Y vuelvo a insistir: no hay fracaso irreversible, no hay fracaso total. Nos hace falta ponernos de acuerdo, cambiar cosas fundamentales en el sistema político, dotarnos de una administración profesional, austera y eficiente, por ejemplo en campos tan decisivos y tan abandonados como el de la justicia. Pero hacer las cosas bien a veces es incluso menos trabajoso que hacerlas mal.

-Narras una visita a La Moncloa, al núcleo del poder. Tu sensación allí es que el poder se desmigaja. Y es hablando del exilio con el presidente de entonces, Zapatero, donde percibes que el poder no entiende el poder intelectual, político, sociológico, del exilio. ¿España desaprovechó esa energía?
-La España democrática no ha sido generosa con los exiliados ni con muchos de los damnificados por el franquismo. La afición por la memoria llegó un poco tarde: cuando la mayor parte de las personas que podrían haberse beneficiado del reconocimiento ya estaban muertas. Y la gran cultura republicana, con su insistencia en la instrucción pública, fue arrinconada casi completamente, ignorada, por la superstición de modernidad a toda costa que imperó en los ochenta.

-En ese marco de la política que se desarrolla en España se inscribe esta consideración: “En una sociedad sólida los méritos están muy repartidos y el protagonismo de lo que sale bien casi nunca corresponde a quien ostenta un cargo público”.
-Es que hay que tener mucho cuidado con el populismo, esa enfermedad a la que parecen tan proclives las sociedades hispánicas. Te descuidas y tienes a un salvador de la patria arengando a la multitud desde un balcón, y presentándose como el enviado de la Providencia, sea ésta de derechas o de izquierdas.

-Deploras la falta de receptividad que la crítica, o el desacuerdo, recibe en España. Al que discrepa se le llama “aguafiestas”, y se le despacha. Es evidente que has sentido en ti mismo esa reacción. ¿Qué efecto tiene esta actitud en el ánimo general del país?
-Crea conformidad y doble lenguaje. Uno se calla para no meterse en líos, para no ser señalado. Y si habla no le hacen caso. ¿Alguien hizo caso a las pocas personas que se atrevían a disentir de las obras faraónicas? Y por otra parte, mucha gente dice en privado en España lo contrario de lo que dice en público. Eso es cinismo, claro. Una sociedad cínica está enferma.

-Tu mirada sobre el nacionalismo, los nacionalismos, es especialmente crítica. ¿Pudo haberse hecho de otro modo el Estado que nació de 1978?
-Se hizo bastante bien una parte: el reconocimiento explícito de la singularidad nacional del País Vasco, Cataluña y Galicia, aunque a mí el régimen de recaudación propia del País Vasco no me parece solidario. Se hizo mal en generalizar y en no marcar límites. Y sobre todo en resaltar a cualquier precio las diferencias y las pertenencias esencialistas, sin compensarlas con la defensa de un proyecto común, que no es nada místico, ni patriótico, sino solidario: España como un ámbito de libertades y solidaridad entre unos y otros, entre los que tienen más y los que tienen menos.

-Dices, citando a Borges, y hablando del nacionalismo, que los irlandeses vivían “dominados por la extraña pasión de ser incesantemente irlandeses”. El nacionalismo español (y los nacionalismos españoles) es especialmente irritante. ¿Y retardatario?
-Es muy cansino, sobre todo. Estar siempre buscando esencias invariables que se remontan al paleolítico o al neolítico, buscando enemigos exteriores, celebrando lo propio a toda costa, echando las culpas de todo lo que va mal al enemigo... Es como una negativa permanente a aceptar la responsabilidad adulta.

-“2007 es un país salvaje”. 2013 parece que no le va a la zaga. ¿Somos una sociedad condenada?
-En 2007, España era un país salvaje en un sentido muy concreto: la proliferación de la burbuja en la construcción era tan exagerada que lo arrasaba todo a su paso. Campos de golf, urbanizaciones, destrucción de paisajes, corrupción descarada. Leer el periódico de esa época es una lección tremenda. Pero insisto en que me niego a los esencialismos, a las condenas, a los destinos irremediables. Las cosas pueden hacerse mejor o peor. En España, incluso en lo peor del delirio, había gente extraordinaria haciendo muy bien lo que le tocaba. Aprendamos de ellos y busquemos con atención qué es lo que está mal y cómo puede arreglarse.

-“El principal trabajo de la memoria es olvidar”, dices citando a William James. ¿Olvidar, se puede olvidar?
-Claro que se puede olvidar. Se está olvidando siempre. Mucho más de lo que parece. Se olvida lo que ocurrió hace treinta años y lo que ocurrió el año pasado. ¿Se acuerda alguien ahora de cuando el terrorismo era el problema más importante para los españoles? ¿Se acuerda alguien del último asesinado por la ETA? Como el olvido es tan fácil, hay que elegir qué recordamos, y hay que asegurarse que se recuerda la verdad y uno una mentira consoladora.

-“Ha terminado el simulacro”. ¿Cabe esperar algo? ¿La literatura nos puede salvar, como alguna vez nos recuerdas que dice Saul Bellow?
-Cabe esperar que un número suficiente de personas, en ámbitos públicos y privados, opten por la racionalidad y no por la locura. La literatura no salva. Tan sólo sirve para aprender algo sobre el lugar de las personas en el mundo, sobre las vidas individuales, sobre el valor de las palabras. Ya es bastante. En tiempos de corrupción del lenguaje, la literatura es un servicio público.

1.4.13

Antología de farsantes

El escritor colombiano Luis Noriega, radicado en Barcelona, cuenta el proceso de creación del libro, Donde mueren los payasos, que examina la política desde la ironía

Luis Noriega, autor de Donde mueren los payasos./elespectador.com
Plaza de la Virreina en pleno centro del barrio de Gràcia en Barcelona. Cuatro de la tarde. El mundo entero sigue con expectativa el inicio del cónclave mediante el cual se elegirá un nuevo papa. Sin embargo, Luis Noriega, escritor colombiano radicado en Barcelona, va para su cuarta o tal vez quinta entrevista del día. Y todo gracias al Payaso Cucaracho y al eco y la repercusión que éste ha tenido, no sólo en Colombia sino también en España.
Una novela muy colombiana, ¿no?
Sí, colombianísima...
¿Cómo es que un autor colombiano termina publicando una novela sobre Colombia fuera del país y en una editorial española?
Yo fui el primer sorprendido por el interés de Blackie Books. La novela no es sólo colombiana por el tema o las referencias sino por el lenguaje. Ahí hay un trabajo que para otros lectores pasa desapercibido. Por ejemplo, un corrector no entendía por qué se hablaba de “horrible noche” cuando Cucaracho va a Palacio si la cita es a las seis de la tarde.
¿Cómo nació la novela?
Escribí la primera versión a comienzos de 2010, en apenas un mes, mientras esperábamos el fallo de la Corte sobre el segundo referendo reeleccionista, y eso de algún modo determinó el tema, la idea de la farsa electoral: una carrera de ratas en pos de la Presidencia. Quería meter a un payaso en Palacio para que, como en la canción de Toreros Muertos, se tirara a la historia por detrás.
¿Y el tono satírico?
El tono es producto de la despreocupación con que escribí esa versión inicial. En todo lo que he escrito siempre hay una gran dosis de humor e ironía, pero en Donde mueren los payasos el humor es mucho más directo y, por así decirlo, descarado. Además, no quería que fuera sólo una farsa política sino también una farsa literaria, de ahí las figuras del editor y el autor. El primero es muy campechano y el segundo, un auténtico pusilánime.
Hablando del autor, ¿de dónde sale la idea de que el lector pueda espiar al autor y al editor tras bambalinas y enterarse de sus triquiñuelas, triquiñuelas que después se reflejarán en el argumento de la historia? Una farsa que recuerda el esperpento de Valle-Inclán y que también es muy unamuniana.
Sí, ambos recursos están relacionados. La política se presta con facilidad a la sátira, pero también a la moralina. Lo vemos en muchas columnas que se convierten en púlpitos. El riesgo de escribir una “farsa electoral” era terminar lanzando una candidatura al curubito moral. Introducir al autor y el editor me permitía burlarme también de esa pretensión de superioridad tan común en el mundillo cultural. En Payasos, la construcción misma de la novela es un proceso que no es ajeno a la corrupción, la ambición y la vanidad que advertimos en la política, si bien con consecuencias menos cruentas.
La interacción entre el autor y el editor desarrolla una crítica de la novela paralela a la trama. ¿Usted la comparte?
Los exabruptos que el editor suelta a lo largo del libro, desde la teoría de que la novela es un género arribista hasta la tesis sobre la función de los malos polvos, tienen, todos, fundamento o, digamos, bibliografía: nadie pasa por un departamento de literatura sin leerse una tonelada de teoría literaria (risas).
Y eso de que la novela moderna nos enseñó que la infelicidad vende...
La idea de que la infelicidad vende, de que lo que el lector busca en la novela es la confirmación de que nadie es feliz y todo el mundo fracasa, forma parte de esa perversión de los tópicos críticos, en este caso el de la derrota del héroe. Según el editor, lo que la novela ofrece al lector es el consuelo de que todos somos igual de infelices.
En los últimos años se han publicado varias novelas que se ocupan de la historia colombiana reciente. ¿Es una coincidencia? ¿A qué se debe esta explosión de novelas con visiones tan diferentes entre sí?
Esa explosión puede ser una ilusión óptica. Es claro que la literatura colombiana está viviendo un momento feliz, en el sentido de que se publican muchos más títulos que hace veinte o treinta años, pero ese fenómeno probablemente se enmarca en uno más amplio, común a todo el mundo editorial: cada vez se publica más sobre cualquier cosa. Eso ha permitido que tengamos hoy más escritores profesionales que nunca. Escritores muy diferentes entre sí, lo que es muy importante. Aunque, habría que aclarar, yo estoy lejos de ser un escritor profesional: yo apenas soy un tipo que de vez en cuando escribe un cuento y se lo publican.
¿Y por qué revisar la historia reciente?
Bueno, todos rondamos los cuarenta. Supongo que es una buena edad para revisar cosas (risas). Ahora bien, en el caso concreto de Payasos no sé si pueda hablarse de “revisión”. Escribir la novela fue más una forma de sacarme el clavo con una época que no acabo de entender. No es una novela de tesis que pretenda explicar por qué estamos donde estamos. De hecho, es una novela que explícitamente descree de que esa sea la función de la novela.
¿Hubiera podido escribir esta novela estando en Colombia?
Probablemente no. Cuando vivía en Colombia, escribir era una especie de descarga, una forma de dar salida a toda la mala leche que uno acumulaba en la calle. Las historias que escribía en esa época eran sobre personajes que vivían rodeados por una violencia cotidiana que no entendían y ante la que no sabían cómo reaccionar. Eran básicamente espectadores o, como decía alguno, extras destinados a recibir las balas perdidas. Mis historias se nutrían de lo que veía no tanto en las noticias como en la calle: el miedo, el desconcierto, el odio gratuito, la intolerancia. Cuando me vine a España, eso cambió. Y el humor tétrico de mis primeros cuentos dio paso a un humor más tranquilo. Creo que esa distancia fue clave para Payasos: el humor negro sigue ahí, pero el envoltorio es mucho más festivo y alegre.
El coronel Monroy dice: “Habrá segunda parte”. Usted qué dice: ¿habrá segunda parte o, mejor, segunda vuelta?
(Risas) Ojalá.

Plata manchada

Tras la repercusión que tuvo El pasado (Premio Herralde 2003 y después adaptada al cine por Héctor Babenco), Alan Pauls se propuso un proyecto que pudiera abordar la década de los 70 desde una perspectiva íntima, en el que la Historia entrara de golpe por los intersticios más inesperados

Alan Pauls, autor de El pasado./Xavier Martin./pagina12.com.ar

 

 Ahora, tras Historia del llanto e Historia del pelo, publica Historia del dinero, una novela construida alrededor de la misteriosa muerte de un industrial y la desaparición de una valija llena de dólares, con la que cierra la trilogía sobre esa década discutida, contada, testimoniada, y que sin embargo encuentra en sus detalles, obsesiones y vicisitudes cotidianas una poderosa caja de resonancia que la hace reverberar en el presente.

Convengamos en que la plata es algo sucio. No por nada se hacen intercambios secretos en los callejones, se cierran transacciones luego de bajar escaleras que llevan directo a antros sin aire o, frente a cada acto delictivo mencionado en televisión o radio, se insiste en la cantidad de dinero manejada por tal o cual delincuente, sea un profesional o apenas un amateur tentado por la posibilidad de “ensuciarse” un poco, sólo con el objetivo de que podamos medir de alguna manera la moral del responsable (siempre inversamente proporcional a ese número, claro). Se mata por plata, se trafica, se lastima: la plata muy bien podría ser nuestra representación más genuina del mal. Pero claro, no toda suciedad es siempre tan metafórica: en la última novela de Alan Pauls, Historia del dinero, obra que cierra una trilogía acerca de la década del setenta iniciada con Historia del llanto y continuada en Historia del pelo, se insiste en que el billete, el papelito en sí, es terriblemente sucio, físicamente acumula tanta mugre como su lógico, siniestro hermano: el libro.

¿Plata sucia, entonces? En las páginas de Historia del dinero seguimos los derroteros de un personaje innominado, obsesionado por la guita: la que no está, la que se tiene y se exhibe, la que se esconde, de la que se desconoce el cuánto. Tal como en las otras novelas del ciclo, Pauls construye una prosa distante, quirúrgica, que desarma una de las décadas más públicas, más “sociales” de nuestra historia para convertirla en una entrada personal.

¿Una vez terminada la trilogía, cómo ves esa intención de abordar los setenta desde los detalles de la subjetividad? En un momento hablaste de entrar en la historia por la puerta de servicio.
–Bueno, sirvió para llevar a buen puerto el proyecto, quiero decir, hacerlo. No es fácil, no es obvio que uno se plantee escribir tres novelas sobre algo y finalmente haga lo que se propone. De hecho, las pocas veces que yo había tenido un proyecto de esa naturaleza, escribir un libro que se tratara sobre tal cosa, siempre al segundo o tercer texto ya medio que me cansaba. Es muy difícil mantener vivas esas ideas originales. En mi caso, me parece que funcionaron bien en el sentido de que sostuvieron el deseo de escribirlas. Las novelas se escribieron de una manera muy improvisada: más allá de ese pequeño conjunto de reglas iniciales que me fijé, no había nada más programático. Las novelas fueron muy libres dentro de ese marco de reglas, nunca hubo historia, argumento, nada. Creo que esa idea inicial de literatura y política, de accesos laterales varios, me parece que se mantiene y sostiene las tres novelas. Estoy contento con eso, con el modo en que esos tres núcleos literarios –llanto, pelo y dinero– sostuvieron la narración y le dieron a la novela un carácter bastante extraño. Son novelas que despliegan fantasmas y obsesiones antes que contar historias. Esos tres núcleos funcionaron como máquinas de producir obsesiones. No me interesaba hacer un fresco ni dar un panorama ni recorrer la época, no me interesaban ninguna de las operaciones equilibradas y justas de la memoria. Me interesaba más bien trabajar con una memoria que entraba en la época medio a lo bestia, empujada por pasiones, rencores, lo contrario de la literatura de vocación que pone las cosas en su lugar.

¿Cuál es el nexo que encontraste como para armar desde allí la trilogía en base al llanto, el pelo y el dinero?
–Me pareció de entrada que lo que tenían en común era que las tres son cosas que se pierden y, en tanto que se pierden, son cosas muy valiosas. Y, por lo tanto, al ser cosas que se pierden y son cosas muy valiosas, son cosas que se pueden falsificar. Esa era un poco la idea, no que tenía al principio sino que fui teniendo a medida que iba haciendo los libros. Algo que les daba una especie de aire de familia. Creo que lo que hacen esos elementos es primero funcionar como prisma, como una especie de ángulo de visión, en el sentido en que alguien puede concentrarse en el mundo, leerlo a través del llanto, a través del pelo, a través del dinero y efectivamente llegar a una especie de retrato del mundo y, a su vez, funcionan como cosas alrededor de las cuales se despliega una serie de escenas, situaciones, peripecias que tienen que ver con un funcionamiento más bien psicótico-delirante. Mi idea fue siempre llenar de llanto el primer libro, de pelo el segundo y de dinero el tercero.

¿Qué características del dinero te interesaba abordar en esta última novela?
–El dinero es menos fetiche y, a la vez, es el colmo de los fetiches. Es más social, es más un problema, es más verosímil concebir la historia del dinero que la del llanto o el pelo. Pero, al mismo tiempo, yo creo que está puesto en el mismo plano que estos dos, el dinero está pensado como una especie de excrecencia corporal. Digamos, está pensado de muchas maneras en la novela: desde la perspectiva de la economía de un país, de una sociedad, pero también en términos de la materialidad del dinero, lo que tienen de corporal los billetes. Para mí, Historia del dinero es una novela muy porno en ese sentido: se habla solamente de cash, de efectivo, que me interesa porque es la dimensión obscena del dinero y, a la vez, me parece que eso, que plantea relaciones muy específicas entre los personajes y el dinero, plantea también una cuestión más general o, si querés, más de cultura o de imaginario económico nacional, que es la idea de la plata ya. El ser de la plata es muy espeso, todo lo demás es mentira, todo lo demás es ficción, todo lo demás es engaño. De modo que el dinero me parece que encarna mucho esos dos planos que hay en todas las novelas: un plano muy íntimo, casi orgánico, y a la vez un plano completamente abierto, social (eso que siempre aparece cuando se habla de inflación, dólar paralelo, nuevas medidas económicas), algo que tiene que ver con el funcionamiento del dinero como sociedad. El personaje niño de Historia del dinero, cuando ve a su padre sacar del bolsillo el toco de guita para pagar el taxi de Mar del Plata a Gesell, bueno, eso es una escena casi sexual, y todas las referencias que hay en la novela al efectivo, al billete, al toco de dinero, el culto del dinero, son referencias muy porno para mí. Pesa mucho la dimensión que tiene el dinero: todavía hoy, pese a que el dinero se desmaterializa todo el tiempo, me gusta mucho esa especie de resistencia arcaica del billete, digo, de lo material. A la vez, creo que plantea una serie de cuestiones más locales, argentinas, como la capacidad de pensar la economía en términos temporales: confianza, crédito, esperar contra la urgencia.

LOS SETENTA A FULL


Hay una fuerte impronta de la mirada infantil en las novelas.
–El personaje de las tres novelas tiene muchas edades a lo largo del libro. No está fijado en ninguna edad, ninguna de las tres novelas está anclada en la infancia. La infancia es uno más de los estados por los que atraviesa el personaje y, de hecho, ésa era una de las reglas formales que yo me había propuesto desde el principio: las novelas no iban a ir al pasado para instalarse en él, sino más bien que el tiempo iba a tener una lógica de rebote, que incluso en una misma frase el personaje podía tener al principio cuatro años, a la mitad treinta y al final quince. No hay ningún momento del pasado que las novelas fetichicen, que digan, bueno, aquí está la verdad, aquí es cuando sucedieron los hechos, aquí es cuando el personaje se constituyó. De modo que el personaje es niño, pero también adolescente y adulto. Lo que sí me parece es que, cuando escribía los libros, había una novela familiar rondándome siempre, pero que esa novela familiar no necesariamente habla sobre la infancia. Historia del dinero es más bien una historia familiar en la que el personaje va creciendo, yendo y viniendo de la edad adulta periódicamente a lo largo del libro. De hecho, más bien es como si se barriera la vida de un sujeto a partir de su relación con el dinero. Además, el dinero es como una máquina de fabulación. Por eso invita a conjeturar todo el tiempo: cómo se hace, cómo circula, quién le da valor a ese pedazo de papel, qué hace que ese papel tenga el poder de ser canjeado por un triciclo, un televisor, un viaje. O bien, los otros tarifarios de la novela: ¿cuánto se pide por un secuestrado? ¿Por qué cuarenta millones por los Born y no diez o doscientos? ¿Tenían los Born cuarenta y no tenían doscientos? Ahí hay algo que para mí es muy interrogable, esa especie de correspondencia de cuadros y precios, de vidas y valores.

Si bien no hay ninguna afirmación en torno de si el personaje protagonista en las tres novelas es el mismo, sí hay una sensación de que hay detalles que se repiten. ¿Qué buscabas con esa repetición?
–Mi idea era que hubiera un aire de familia entre las tres novelas, pero que no tuvieran una relación de orden o continuidad. Me interesa que las novelas puedan ser leídas en cualquier orden. Pero me interesa también que se sepa que las tres novelas estaban en el mismo mundo, que las tres novelas comparten ciertas coordenadas, ciertos marcos. Me importa que se piense rápidamente que el personaje es el mismo, no me importa que no tenga nombre ni que los padres estén nombrados, pero sí me importa que se esté en el mismo espacio, un espacio familiar y de ficción que es el mismo, por eso repetía o trabajaba con ciertas resonancias. Buscaba que fueran tres elaboraciones diferentes de la misma escena, de un mismo escenario.

¿Y esa estrategia de tus novelas no es una forma de plantear la relación de nuestro presente con los setenta, digamos, como déjà vu?
–Sí, de hecho yo empecé a escribir esta serie de novelas cuando me di cuenta de que los setenta no eran el pasado, de que los setenta estaban presentes hoy y acá, de modo más fantasmal o menos, pero que era un error hablar de los años setenta como si fueran el pasado reciente. Había un retorno. Eso parecía ser simple, pese a que el modo de los tiempos históricos es de una complejidad total: todo vuelve pero de un modo diferente, todo cae pero en otra posición. Para mí estas novelas son lo contrario de revisiones del pasado, son más bien novelas escritas en tiempo presente.

SINFONIA DE UN SENTIMIENTO


Afirmaste que los tres núcleos te eran útiles para ver desde allí los setenta: ¿cuál es esa visión personal de la época?
–Para mí los setenta son años totalmente decisivos en términos de formación: yo tengo once años en los setenta y veintiuno al momento en que comienzan los ochenta, es decir, para mí los setenta son todo. Es una década en donde se supone que pasé de ser un sujeto absolutamente poroso y vulnerable, alguien que absorbía cualquier cosa, las cosas que me hacían bien y las cosas que me hacían mal, las cosas que me daban potencia y las cosas que me debilitaban y de ahí pasé a un momento en donde yo empecé a elegir, es decir, empecé a autoesculpirme intelectualmente, eróticamente, afectivamente. Yo quería que eso estuviera en la novela: no es exactamente la historia de un sujeto, no, lo biográfico es lo más convencional, pero sí hay algo de cómo se formó mi sensibilidad en esa época. Después, está el dato más absolutamente biográfico: yo tuve una relación muy fuerte con la época y a la vez una relación de mucha distancia. No participé activamente del proceso en el cual todos los jóvenes tenían que participar, la militancia, ser revolucionario, etc. No participé en parte por edad y en parte por temperamento, aunque hay gente de mi misma edad que ya militaba. Sin embargo, tuve una experiencia de la época en términos de lector, leía todo lo que se escribía acerca de lo que sucedía, leía toda la prensa guerrillera sobre la época, todo sobre los órganos de los partidos políticos de izquierda, era una especie de groupie de la época. A la vez, tenía una relación de distancia: no participaba, no actuaba. Las tres novelas reflexionan sobre eso, digamos, qué clase de participación en una época es esa participación.

La política siempre aparece de golpe, por ejemplo, en una escena captada por las cámaras de televisión, como en Historia del llanto.
–Sí, ése es el modo en que yo puedo lidiar con lo político, ahí me interesa la relación con lo político, en la inmediatez, en la referencialidad, en la ilustración, en la bajada de línea, todos los comportamientos que la ficción puede tener respecto de lo real político. Me parece que el único comportamiento que me interesa es ese comportamiento mediado, oblicuo, discontinuo, disruptivo, me parece que ahí puede pasar algo en la relación entre literatura y política. Por eso no privilegio particularmente el pasado, no son novelas de vocación, esa forma de “tenía ocho años cuando...”. No hay ninguna verdad que intente construir, lo que quería hacer era desplegar las reglas de formación de una cierta sensibilidad, algo muy confuso y a la vez muy complejo. Me parece que el registro de la sensibilidad está totalmente entrelazado con la experiencia: el amor, la política, las ideas.
¿Notás que hay una relación entre tus novelas anteriores, en especial El pasado, y esta trilogía?
–Recuerdo mucho haber sentido después de El pasado, que es una novela que tuvo cierta repercusión, que lo primero que se borraba era que era una novela con cierto espesor literario, que era un artefacto, algo construido, que tenía capas. Era como si la novela hubiera abierto una especie de ventana a algún tipo de experiencia. Yo tenía la sensación de que había escrito una novela muy literaria, me impresionó la manera en cómo se borraba eso, cómo desaparecía. Con estas tres novelas quise volver a la literatura, hacer visible eso que, con El pasado, se había usurpado y a mí me incomodaba. Me parece que eso pasa con cualquier libro que tiene una mínima repercusión: lo primero que desaparece es la literatura. Para mí El pasado sigue siendo una novela literaria, no se presenta diciendo “esto es el amor”: cuando la literatura funciona mínimamente ya no es literatura, es cultura, es opinión.

¿Pasaste, entonces, de hacer una novela sensible a escribir tres novelas en donde reflexionás casi ensayísticamente acerca de la sensibilidad?
–No, no es así. En El pasado hay un nivel de ensayismo que es casi insoportable. Es una novela muy escrita, no es una historia de amor, la historia de amor es una huevada. Por eso la película no funciona, porque Babenco se interesó en la historia cuando la historia es el aspecto más banal. Ese equívoco es el secreto de la repercusión de ciertos libros que no están llamados a funcionar así necesariamente. Yo no estaba llamado a escribir ese libro, un libro que funcionara. Pero al mismo tiempo esas cosas que me parecían aburridas y tediosas eran las mismas que hacían que el libro funcionara. ¿500 páginas? Sí, 500 páginas, la gente quiere leer novelas que duren 500 páginas. La literatura es eso para las personas para las cuales la literatura no es nada, quiero decir, que no es una materia de dedicación, quiere leer novelas de 500 páginas.

¿Y sentías que estabas discutiendo con vos mismo en esta y en las otras dos novelas?
–No, tenía la impresión de estar escribiendo sobre algo que era para mí a la vez muy abyecto y muy sublime y, en ese sentido, había como un cierto malestar en el proceso de escribir esas novelas. Para mí el ejemplo de eso es la escena del cantautor de protesta en Historia del llanto, que no es una escena en la que la novela se burla porque es superior a aquello que evoca, digamos, esa necesidad de expresar. Esa figura abyecta es constitutiva de la figura que está describiéndola: hasta qué punto una persona que está describiendo la abyección está formada por esa misma abyección, ésa es la pregunta que me interesaba. Ahí yo creo que había en las tres novelas una suerte de conflicto, de tensión total. No me parece que esté discutiendo conmigo en el sentido de mi propia carrera, de mi propio trabajo. No tengo problemas en ese sentido: me parece que hago lo que quiero y estoy contento en el modo en que voy siendo un escritor. No me arrepiento de nada, no haría de otra manera nada. El pasado funcionó bien en un momento en que hacía mucho tiempo que escribía: siempre pensé que las cosas funcionaban con un buen ritmo para mí, que esa novela haya funcionado y que fuese tan grande, y que después me haya puesto a escribir otras cosas, y que esas cosas funcionaran de otra manera, menos, pero restableciendo ciertos problemas que me interesaban en sentido literario. En definitiva, me parece que está bien lo que pasa.

28.3.13

Doce preguntas a J.M. Coetzee

Invitado por la Universidad Central, el Nobel de Literatura sudafricano estará en Bogotá del 8 al 10 de abril para participar en un seminario sobre su obra. Antes de su llegada respondió doce preguntas

John Maxwell Coetzee adoptó la nacionalidad australiana en 2006 y actualmente vive en Adelaida./semana.com
Obras de J.M. Coetzee
Obras de J.M. Coetzee

El Premio Nobel de Literatura otorgado a John Maxwell Coetzee en 2003 no fue polémico. El reconocimiento a su obra era unánime y sigue siéndolo: cada nuevo libro suyo despierta interés y anima el debate intelectual.El escritor sudafricano actualmente vive en Adelaida –adoptó la nacionalidad australiana en 2006– ya retirado de la enseñanza: durante muchos años fue profesor de Pensamiento Social en la Universidad de Illinois.
También dio clases de Lengua y Literatura Inglesas en la Universidad Estatal de Nueva York, en Búfalo, y en Ciudad del Cabo, donde nació en 1940. Coetzee proviene de un núcleo afrikáner –holandeses afincados en Sudáfrica– aunque fue educado en la comunidad inglesa a la que nunca se integró del todo. Las relaciones con su país natal no han sido las mejores. Siempre se sintió un exiliado. Desaprobaba el apartheid y al Partido Nacionalista, pero tampoco se identificaba con los negros, su sed de venganza y consignas como “los vamos a tirar al mar”.
En Infancia: escenas de la vida en provincia, su autobiografía en tercera persona, lo único que recuerda con agrado de su país es la granja familiar. Tan pronto como pudo se fue al extranjero: a Londres; a Austin, Texas, en un primer exilio de diez años. En Juventud, el segundo tomo de sus memorias, escribió lo siguiente: “Le desconcierta advertir que aún escribe de Sudáfrica. Le gustaría dejar atrás su identidad sudafricana del mismo modo en que dejó atrás a la propia Sudáfrica. Sudáfrica fue un mal comienzo, una desventaja”.
Sin embargo, por más que intente escapar, su país lo persigue y es el tema obsesivo de gran parte de su obra. Tal vez por eso el racismo, el odio, la venganza, la miseria, la injusticia y la violencia atroz –los temas propios de la sociedad del apartheid y el postapartheid– los ha abordado de una manera indirecta, muy distinta a la forma en que lo hace su compatriota, la escritora Nadine Gordimer. 
Luis Fernando Afanador: No puedo, entonces, dejar de hacerle la siguiente pregunta. ¿Quién lee Desgracia queda con la impresión de que Sudáfrica no es una sociedad viable? Sin embargo, esta novela es de 1999. ¿Sigue pensando lo mismo en 2013?

John Maxwell Coetzee: No estoy muy seguro de qué quiere decir ‘una sociedad viable’. Sudáfrica es un país considerablemente desarrollado y potencialmente rico con una población de más de 40 millones de habitantes. No veo por qué sus ciudadanos no puedan tener un futuro próspero, a pesar de las diferencias del pasado.
L. F. A.: Pero lo cierto es que no quiso más hacer parte de ese “futuro próspero”. Le pregunto de qué manera ha enriquecido su obra el hecho de convertirse en un ciudadano australiano y vivir en ese país:

J. M. C.: He vivido en Australia durante los últimos 11 años, e inevitablemente mi orientación mental ha girado de África hacia Australia. Así por ejemplo, los tres personajes principales de tres de mis recientes novelas –‘Elizabeth Costello’, ‘El hombre lento’, y ‘Diario de un mal año’– son todos australianos.
L. F. A.: La novela actual ha dejado de lado la reflexión, que parece de mal gusto o asunto del pasado. Ahora parece más preocupada por contar historias que por hacer preguntas. Quien lee a Coetzee se sorprende de ver cómo conviven, sin problemas, las ideas con las historias. Sus novelas son también ensayos que fluyen igual a una narración. Le pregunto si es difícil mantener ese equilibrio. 

J. M. C.: Este comentario se aplica menos a mi trabajo más temprano que al más reciente, el cual ha estado caracterizado por la mezcla de géneros que usted menciona. Por ejemplo, ‘Elizabeth Costello’ tiene el subtítulo ‘Ocho lecciones’, y a primera vista no es claro si se deben leer como historias o como ensayos. Uso la palabra ‘lección’ en el mismo sentido que Bertolt Brecht usa la palabra ‘Lehrstück’, esto es, una acción dramatizada con un propósito didáctico implícito.
L. F. A.: ¿No cree en la división de los géneros? 

J. M. C.: La respuesta corta es no. No creo que la división de los géneros sea don de Dios. 
L. F. A.: ¿Y en la experimentación? Diario de un mal año es una novela de ‘tres pisos’ que cuenta simultáneamente tres historias.

J. M. C.: Yo siempre he experimentado con la forma y espero continuar haciéndolo. Si la forma de la novela no es permanentemente interrogada y renovada, esta se anquilosa y muere. 
L. F. A.: Y, para continuar hablando de las convivencias poco comunes, siempre me ha llamado la atención que sus dos autores favoritos sean Tolstoi y Dostoievski, dos autores disímiles, irreconciliables. "¿Tolstoi o Dostoievski?", dijo George Steiner. ¿Cómo ha hecho usted para reconciliarlos?

J. M. C.: No he reconciliado a estos dos genios sobresalientes ni lo he intentado hacer. Ciertamente he recibido la influencia de ambos en varios momentos de mi carrera. Mi novela ‘El maestro de Petesburgo’ es sobre Dostoievski. 
L. F. A.: Coetzee es un solitario de vida austera que se somete a una rígida autodisciplina. No bebe, no fuma y es vegetariano. Proyecta la imagen de un severo académico más que de un artista. Pero eso es lo que ha sido durante muchos años, un juicioso profesor que escribe novelas con trascendencia más allá del mundo académico. ¿Qué tanto le debe el novelista Coetzee al profesor Coetzee? 

J. M. C.: Fui profesor de literatura por más de 30 años, desde 1968 hasta mi retiro de la vida académica en 2004. No hay duda que el contacto diario con la gran literatura del pasado ha dejado una marca en mi ficción. 
L. F. A.: ¿Y en su vida? Se sabe poco de su vida –es separado, tiene una hija– porque poco le interesa hablar de ella. A no ser como tema literario. En el tercer tomo de sus memorias, Verano, cuatro mujeres y un hombre que lo conocieron –él supuestamente ha fallecido– hacen su semblanza ante un filólogo que está escribiendo su biografía. No queda muy bien librado el señor Coetzee en esos testimonios. Dice Adriana Nascimento, una de las mujeres que lo conoció: “Porque de semejante hombre no podía salir nada bueno. El amor: ¿cómo puede ser un gran escritor cuando no sabe nada del amor”. Por supuesto que se trata de una frase irónica para decir que todos somos creadores de ficciones, sobre todo cuando contamos la historia de nuestra vida. No obstante, ¿por qué se trata con tanta dureza? ¿Acaso le quiso cerrar el camino a sus futuros biógrafos? 

J. M. C.: Dado que no aparezco en persona en Verano, no puedo ser –estrictamente hablando– duro respecto a mí mismo en el libro. Los comentarios fuertes acerca del personaje llamado John Coetzee provienen de varios personajes ficticios en el libro. En relación con futuros biógrafos, una biografía extensa de John Kannemeyer, un sudafricano, se publicó hace unos pocos meses con el título ‘J. M. Coetzee: A Life in Writing’. 
En febrero de 2006 Coetzee publicó en The New York Review of Boooks una reseña sobre Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez, titulada La bella durmiente. Allí, el escritor sudafricano abordaba el tema de la paidofilia –el deseo de un hombre mayor por niñas menores de edad– presente en la mencionada novela del escritor colombiano y en otra anterior, El amor en los tiempos del cólera. Coetzee celebraba la valentía de García Márquez al defender la paidofilia –aunque no la comparta– y mostrar que esta no tiene que ser “un callejón sin salida para el amante y la amada”. A juicio de Coetzee, el gran logro del escritor colombiano en Memoria de mis putas tristes consistió en haber demolido el muro que se levantaba entre la pasión erótica y la pasión de la veneración o culto de la virgen, sincretismo de gran arraigo en los países de tradición cristiana y en especial en el sur de Europa y en América Latina. 
L. F. A.: Lo cierto es que el tema de la atracción de un hombre mayor por una mujer joven también aparece en varias novelas de Coetzee. ¿Ese es uno de sus demonios de escritor u otra provocación contra la corrección política? 

J. M. C.: Siempre celebro cuando un escritor tiene el coraje para escribir en contra de la ortodoxia política o moral. No tengo familiaridad con el concepto de ‘demonios’. No pienso en mí como alguien impulsado por demonios.
L. F. A.: En su visita a Bogotá Coetzee leerá un texto sobre la censura. No sobra recordar que ese es un tema de su interés. Varios de sus libros fueron prohibidos durante el apartheid y, además, publicó una célebre colección de artículos –Contra la censura– donde se ocupa, entre otros, de casos de censura en el arte, en los medios de comunicación y en la vida sexual. “Bajo la censura no florece la literatura”, dice en uno de ellos. Al clausurar el seminario sobre su obra, leerá otro texto literario, inédito. Le pedimos un adelanto.

J. M. C.: El texto es una historia titulada La vieja señora y los gatos. La vieja señora es Elizabeth Costello. 
Para quienes no la conocen esta “vieja señora” es un álter ego –y a veces mala conciencia– de Coetzee, que ya ha sido un personaje de dos obras anteriores. Tiene 66 años y es autora de varias novelas, libros de poesía, ensayos y artículos periodísticos. Sin embargo, la obra que la lanzó a la fama y generó “una pequeña industria crítica” alrededor de ella fue su cuarta novela, La casa de Eccles Street, cuyo personaje es Marion Bloom, la esposa de Leopold Bloom en Ulises, de James Joyce. Terca, obsesiva, indomable, esta señora casi septuagenaria –a la manera de un Quijote que lucha con molinos de viento– defiende sus ideas ante auditorios adversos. Bueno saber que la señora Costello seguirá dando lora. 
L. F. A.: Coetzee no parece un escritor muy viajero. ¿Qué lo motivo a venir a Colombia?

J. M. C.: De hecho viajo muchísimo. El año pasado tuve el placer de conocer por primera vez al profesor Isaías Peña Gutiérrez, que estaba de visita en Australia y quien amablemente me invitó a Bogotá para participar en una conferencia académica dedicada a mi obra. Estoy contento de haber aceptado su invitación.
L. F. A.: Finalmente, quiero satisfacer una curiosidad. En Diario de un mal año hay un escritor mundialmente reconocido que nació en Sudáfrica, se llama John, vive en Australia y escribió un libro titulado Esperando a los bárbaros. Sin embargo, su vecina, la señora Sanders, cree de verdad que él es un escritor colombiano. ¿Para quién es ese guiño?

J. M. C.: Me temo que no me acuerdo por qué la vecina cree (equivocadamente) que el señor C es de Colombia. Lo que sí recuerdo es que hay un certificado o diploma colgando en la pared de sus estudios de un idioma que ella no puede leer, tal vez español, tal vez latín.
No ha sido muy prolífico en sus respuestas el maestro Coetzee. No esperaba nada distinto. Así es él. Así es su prosa: cortante y precisa. De un lirismo lacónico en el que solo importa lo esencial.

25.3.13

El mundo íntimo de Paul Auster y Siri Hustvedt

Los novelistas y ensayistas abrieron su casa de Brooklyn para compartir su universo

 La pareja de escritores en su residencia de Park Slope. Ari Maldonado Espay./eltiempo.com
– ¿Quieres una copa de vino?
Paul Auster abre la puerta de su casa en Brooklyn –que en 1892 nació como una mansión de ladrillos y ventanas angostas– y camina hacia la alacena. Deposita la botella de Sancerre blanco sobre su mesa de laca bermeja. No espera la respuesta: la descorcha, sin sonreír. Auster es alto, apuesto, con ojos de gato que penetran al interlocutor sin piedad. Un hombre que irradia fuerza, como su escritura, traducida hoy a más de 40 idiomas. ('Me sentí libre cuando supe que iba a fracasar': Paul Auster)
Por la antigua escalera, se escuchan los pasos de su mujer desde hace 32 años, premiada con el Gabarrón 2012. Muy rubia, estilizada como una gacela, Siri Hustvedt, descendiente de noruegos, ensayista y escritora y, últimamente, cotizada conferencista en seminarios científicos, sonríe desde el rellano.
Son las cuatro de la tarde en Park Slope, Brooklyn. Afuera cae la nieve y el aire se congela a 11 grados bajo cero.
Muy pocas veces los Auster han accedido a conversar juntos. Brillantes ambos, activos en su ping-pong intelectual y emocional, a veces ácidos y otras, militantes, el discurso de los dos escritores se entremezcla, compite, colisiona o se deja llevar, plácido, frente a alguna materia en que por fin están de acuerdo.
Y es ella la que, al principio de esta tarde, da la clave:
– Estamos chocando continuamente. Es parte del encanto de nuestro matrimonio. Muchas mujeres, abrumadas, dicen: “Quisiera tener un esposo que me cuide”. ¡Pero yo no quiero eso! ¡Quiero a alguien que me desafíe, que me lleve la contra! Muchas veces con Paul hemos vivido conflictos, pero jamás nos han paralizado. Estar en desacuerdo y polemizar es lo que ha hecho entretenido este matrimonio, ¡y ya son 32 años!
Paul Auster, escritor prolífico –casi un centenar de títulos entre novelas, ensayos, guiones de cine, libretos de teatro, memorias, relatos y poemarios–, multipremiado internacionalmente y cineasta de culto, uno de los grandes nombres de la novela estadounidense del siglo XX, va más lejos:
– Una vez dije que conocer a Siri me salvó. Salvó mi vida, porque descubrí a la mujer que amaba. Ella me dio, por primera vez, un sentimiento de unión con otro ser humano. Para mí estos 32 años han sido una aventura permanente.
Golpea tres veces con sus nudillos en la mesa roja y bebe el Sancerre en su vaso vidriado. No toma en copa, no usa computador, no tiene e-mail. Mira a Siri con sus ojos de gato y dice:
– Es verdad, Siri, nunca he tenido un mejor amigo que tú.
Hubo un día en que Siri Hustvedt y Paul Auster no vivían en esta casa de techos altos, caobas y alfombras persas. No existía la lámpara Tiffany ni la colección de porcelanas antiguas que hoy preside el comedor en un aparador que alguien instaló hace más de cien años. Tal vez, y a lo sumo, a Paul lo acompañaba su fiel hilera de máquinas de escribir en miniatura que hoy se desperdiga en cada rincón de los tres o cuatro pisos que la pareja habita.
Eran tiempos duros. Tiempos de pobreza. El novelista, que acumula una docena de premios internacionales, entre ellos, el Médicis de Francia y el Príncipe de Asturias, recuerda esos brutales días de carencia:
– Yo fui pobre y pasé apreturas demasiados años. Cuando me casé con Siri y después nació, en 1987, nuestra hija Sophie, vivíamos en un departamento diminuto. A veces me preguntan qué es para mí el éxito. Es una pregunta difícil, que me obliga a plantearme al frente de mi obra como escritor, a mirarla desde afuera. Porque el éxito refleja cómo los demás te ven, no cómo uno se siente.
Uno solo hace su trabajo. Mi primera novela fue rechazada por 17 editores y ahora está publicada en 43 idiomas. Fueron 17 editores que no la entendieron –porque nadie la entendía–, pero yo sabía que ahí había algo. Tenía razón.
Ahora la encuentran genial. No sé cómo se mide el éxito, porque, si te miden, te conviertes en objeto y yo me resisto. Para mí el éxito es contestarme estas preguntas: ¿Puedo hoy ganar suficiente dinero para seguir trabajando? ¿Gano para poder escribir? Eso es todo lo que me interesa, por eso para mí el dinero fue un gran tema durante años. Más de una vez despaché rápido un texto para poder conseguir unos dólares y comer o pagar el arriendo. Puedo decirte que, cuando no se tiene dinero, sólo se piensa en él. Hasta que tuve 40 o 41 años, luché para sobrevivir y, por eso, los últimos 25 años de mi vida han sido mucho mejores que los 40 anteriores.
Época dura los 80. Ella evoca: “Éramos dos escritores oscuros que nadie conocía en Estados Unidos”. La autora de La mujer temblorosa y El verano sin hombres –con media docena de novelas traducidas a 30 idiomas, además de ensayos y poemarios– también era pobre: había llegado desde Minnesota a Nueva York para estudiar en Columbia. Sobrevivía con pequeños trabajos:
– En la universidad trabajé muy duro para subsistir. Fue difícil, hacía mil trabajitos, lo que llegara. O no comía. No olvido mi pasado y por eso sé que el éxito sirve para ser libre. Hoy tengo independencia financiera gracias a mi trabajo y eso me otorga libertad. El éxito me ha hecho independiente y libre, también de Paul. Por primera vez, los dos trabajamos tranquilos, sin sobresaltos.
Al nacer Sophie, quien hoy es cantante y actriz y vive en Tribeca, al sur de Manhattan, Auster emigró de su casa para poder escribir. Mantiene el hábito:
– Era tan diminuto nuestro departamento que, ahora que éramos tres, ya no cabía yo cuando escribía. Era imposible concentrarme por falta de espacio, entonces arrendé un pequeño estudio para poder trabajar. Escribí ahí varios años y, cuando nos pudimos comprar esta casa, me trasladé con mi máquina de escribir al subterráneo. Pero cuando la hermana arquitecta de Siri le remodeló su propio estudio de trabajo, creo que sentí envidia. ¡Era tanta la luz, tan claro el espacio, algo fascinante!
Con Siri Hustvedt instalada en el piso superior –un estudio tapizado de libros con una luz brillante que rompe el invierno– Auster abandonó su subterráneo y el comedor, en cuya mesa trabajó por años, y arrendó un estudio vecino. Se convirtió en su espacio. Desde allí captó la atmósfera multirracial de Brooklyn que, junto a Manhattan, constituye uno de los nervios centrales de su obra.
Auster pertenece a Nueva York. Hoy se toma largas pausas entre libro y libro, lo que no hace su mujer. En ellas sale poco, se ha vuelto muy casero, dice su mujer con una carcajada. Él la interrumpe. Alega que no tanto, que no ha visitado su estudio porque, desde Navidad, no han parado de viajar. No están de acuerdo una vez más. Se ríen, cómplices.
– José Donoso y Roberto Bolaño fueron dos ejemplos de escritores que arrendaban estudios para escribir. ¿Es una cosa de hombres?
Siri Hustvedt salta. Responde con ojos flameantes:
– ¡No! ¡Te olvidas de Virginia Woolf! Ella fue la primera escritora que identificó la necesidad de un cuarto propio y lo defendió en A Room of One’s Own. Dejó establecido que los hombres se sienten con el derecho natural a tener su propio espacio para crear, mientras que las mujeres tenemos que pedir permiso y perdón. Virginia nos enseñó que, para una escritora o pintora o escultora, tomarse el espacio y el tiempo necesario para la creación es un derecho fundamental.
A Siri Hustvedt el feminismo le brota. No es novedad; como escritora y charlista, ha sido casi militante:
– Nos han preguntado –sobre todo al principio, ahora mucho menos– si, a pesar de nuestro sólido matrimonio, hemos sido una pareja de creadores afectada por celos profesionales. El caso es que, íntimamente, somos muy buenos amigos y nos apoyamos en esencia. Fue así desde el principio. La irritación que a veces siento no proviene de nuestra relación, sino de afuera, por comparaciones de nuestra obra, de nuestra fama o por presunciones sexistas, visiones que nos ponen como antagonistas. Hay algo claro: Paul era un escritor absolutamente oscuro cuando lo conocí. Nunca fui una mujer que se impresionara con su éxito o celebridad, simplemente porque en esa época ni siquiera lo conocían en Estados Unidos. Durante años escuché lo contrario y siempre me indignó, era una presunción sexista. Yo nunca fui la pobre estudiante que se encandiló con el escritor famoso.
Paul Auster:
– Cuando nos conocimos, en los inicios de los 80, yo solo había publicado poemas, ninguna novela aún y, a lo sumo, tenía cien lectores en el mundo. Después de años de traducciones y poesía, terminaba mi primer trabajo en prosa: La invención de la soledad. Como Nathaniel Hawthorne dijo antes de publicar La letra escarlata en 1850, yo era “el más oscuro escritor de las letras norteamericanas”.
Son las 18:30. La botella de Sancerre está vacía. En un rato los escritores comerán en el Pen Club de Manhattan. Para prolongar la conversación, que la oscuridad de la ventana ha vuelto más íntima, ella canceló una cita. Espontánea y suelta, esta nórdica criada en Estados Unidos sube, con risas, al baño. Al regreso dice:
– Hay algo en lo que ambos coincidimos profundamente. Ningún creador escribe porque lo eligió; la escritura te ha elegido. Es una urgencia, una necesidad en tu vida. Si no escribieras, te faltaría algo desesperadamente esencial. Por eso, compartir 32 años ha sido tan gratificante para Paul y para mí, porque tú sabes en qué está el otro, aunque no te lo diga. Hay una comunicación real y espontánea.
Paul concuerda. “Me han preguntado cien veces si ser ambos escritores me dificulta o facilita vivir con Siri. Siempre respondo igual: no veo lados negativos, jamás ha sido un problema, al contrario. Tengo la suerte de vivir con alguien que comprende lo que hago, y por qué lo hago. Y tengo a la lectora más inteligente a que podría aspirar en mi propia casa. Ni una sola línea mía sale de aquí sin la venia de Siri. Es la crítica de mis libros que más respeto en el mundo”.
La sorpresa en la vida diaria es un ingrediente fundamental para los Auster. Es con los ojos llenos de entusiasmo que el escritor de 66 años ahonda en el tema:
– Uno de los grandes placeres que vivimos es que continuamente nos sorprendemos con nuestra escritura. ¡Es un proceso fascinante! Leo algo de ella y quedo desconcertado; tengo que correr a preguntarle: “¿De dónde sacaste esto, cómo se te ocurrió?”.
Siri, con 57 años recién cumplidos, explica esta sorpresa a través de la mente humana. En los últimos años, su interés por la ciencia y el cerebro, además de ser un motivo en sus novelas, la ha llevado a reinventarse como conferencista científica. Recibe invitaciones de grupos de psiquiatras, psicólogos y médicos que requieren su palabra.
“No tengo dudas de que en el trabajo literario aflora la parte subliminal de una persona, como si la personalidad y los pensamientos se volvieran material de literatura. Es por esto que Paul y yo nos sorprendemos tan seguido, porque no conocíamos esa parte de nosotros mismos”.
– ¿Puede ser que uno no se conozca después de 32 años?
– ¡Claro! Hay que tomar en cuenta que no solo la otra persona es un extranjero en nuestras vidas, también lo somos para nosotros mismos. Esa dualidad no puede olvidarse. Todo trabajo creativo emerge a veces como algo totalmente ajeno a su creador. La mente trabaja en forma secreta e independiente. Es fascinante y es la causa de nuestra sorpresa. Particularmente, y esto es muy importante, porque solo nos leemos al final de nuestra escritura, cuando el libro está terminado.
Paul Auster detalla la fórmula que inventaron para calibrar su producción literaria:
– Jamás nos mostramos ni discutimos un libro antes de terminarlo. Es un misterio que se revela solo al final; es mucho más interesante. Nos hemos acostumbrado a respetar el silencio y la total privacidad del otro en su acto de creación. Esta es una actividad tremendamente solitaria y, si no te gusta estar solo, dedícate a otra cosa.
Siri, atenta a que no se desvirtúe su propia visión de los hechos –actitud que preside toda su conversación–, interrumpe: “Es verdad. Pero también es cierto, y creo que Paul concordará, que cuando ambos cerramos el lapicero, la máquina de escribir y el computador y nos preparamos para disfrutar nuestra noche –la comida, nuestra conversación, etc,–, dejamos de ser escritores, ya no trabajamos. Admito que, a veces, los personajes de una novela siguen danzando alrededor mío y me hablan en la cama. Pero hemos aprendido a hacer un corte”.
– Tienes que hacerlo. He aprendido con los años que, una vez que cierras la puerta de tu estudio, no debes pensar más en ese libro. Ahí es cuando se pone a trabajar tu inconsciente. Él trabaja mientras tú comes, ajeno a todo. Es una maravilla y funciona como reloj, dice Paul.
– ¿Su mente sigue trabajando en su novela?
– (sonríe) Estoy convencido de que el inconsciente soluciona muchos problemas en la creación. Muchas veces dejo mi estudio en la noche, bien complicado, sin saber cómo resolveré la situación. Cierro la puerta y me pongo a hacer otra cosa: como o hablo con un amigo. Después me voy a la cama con la mente en blanco. Al otro día, en el 80 por ciento de los casos, sé exactamente cómo salir del embrollo. Con Siri, quien habló de esto en La mujer temblorosa, sabemos que el trabajo subliminal no para en la vida de un escritor.
Siri interviene: “No solo el sueño resuelve problemas creativos, también ayuda a calmarse: el relax tiene una función aclaradora. Moverse es también importante. No hablo de correr cien metros planos, sino de subir una escalera, dar vueltas en una pieza, prepararse un café. La actividad motora suelta las ideas. Cuando yo estoy atrapada en mi escritura, bajo y me pongo a doblar la ropa recién lavada.
Mientras la tarde se hace noche, coinciden en que no tienen ceremonia especial ni amuleto antes de empezar un nuevo libro. Ni pulsan la primera tecla vestidos con un suéter azul ni observan una fecha, como hace, por ejemplo, Isabel Allende, para quien el 8 de enero es sagrado. Auster irrumpe con una precisión:
– Mis dos últimas obras fueron comenzadas, por casualidad, un 3 de enero. Diario de invierno, el 3 de enero del 2011, y Report from the Interior, que será publicado este año, el 3 de enero del 2012. Son trabajos gemelos. Diario de invierno habla de cosas y hechos físicos que me ocurrieron o me ocurren. Este nuevo es sobre aspectos espirituales, emocionales e intelectuales. Ambas obras se complementan.
Paul dice que sus libros mellizos retratan el despertar de la conciencia cuando niño y, después, como adulto joven. “Por ejemplo, ¿cuándo fue la primera vez que me di cuenta de que era un estadounidense? ¿Cómo respondí en mi infancia a la conciencia de que era judío? ¿Cómo evolucionó mi pensamiento? Tiene que ver con el despertar de la conciencia, mis ideas políticas, mis ideas morales”. Curiosamente, el premiado novelista no los ve como autobiográficos.
– De ninguna manera y es extraño. No son autobiográficos en el sentido clásico. Primero, están escritos en segunda persona y, segundo, pueden tratarse de la vida mía o de la de cualquier persona. Quise retratar y compartir mi experiencia de los hechos más banales en la vida de un hombre, como un ejemplo de lo que se siente al estar vivo. Eso es todo. Creo que un lector puede identificarse o usar estos libros como un catalizador para reflexionar sobre su vida y sí mismo.
– ¿La memoria y la imaginación son importantes?
– ¿Acaso hay alguna otra cosa? Son fundamentales. No solo para un escritor, para cualquier persona. La memoria es la que nos hace ser quienes somos, tener conciencia de existir.
Siri Hustvedt también inicia el 2013 con un libro nuevo. Se llama The Blazing World (El mundo ardiente o abrasador). Tiene muchos personajes que hablan en primera persona y se centra en una artista visual muerta. Igual que su marido, la escritora y ensayista lo entregó al editor en Navidad.
Cuando se habla de creatividad, a Paul Auster no le alcanzan las palabras. Comenzó escribiendo prosa a los 15, pasó a la traducción y a la poesía. En algún minuto se sintió atrapado en sus poemas y retornó a la prosa. Ahí encontró su verdadera vocación. Siri Hustvedt también comenzó en la poesía y fue derivando a la prosa. Su marido explica:
– En un momento supe que ya no podría escribir poesía, era un terreno limitado. Comencé a repetirme, lo peor que le puede pasar a un escritor. Me tomé una pausa de un año –creo que escribí una novelita de detectives porque necesitaba desesperadamente el dinero– y, cuando volví, fue en prosa. Ya no pude parar.
Reconozco que a veces digo que la escritura es una enfermedad, porque el arte puede ser y es un proceso doloroso. Es contradictorio, te da inmenso placer, pero, para hacerlo bien, tienes que invertir mucho y tener una gran fuerza emocional.
Siri Hustvedt redondea la idea y aclara:
– Para convertirte en artista es fundamental aferrarte a la idea de una grandeza adaptada, sentirla adentro, en tu corazón y en tu mente. Significa tener un sentido muy firme y claro de que hay algo adentro tuyo que es valioso y que vale la pena compartir con los demás. Ese es tu impulso creativo, el que te hace perseverar. Paul siempre recuerda a Ingmar Bergman, cuando decía: “Mi trabajo como director de cine es convencer a mis actores de que su trabajo importa. Porque todo lo que hacemos es de mentira, no existe”.
Si Hustvedt se ha reinventado como conferencista científica, Auster se concentra en la escritura. Pero añora hacer películas y es considerado un cineasta de culto, después de sus incursiones de los últimos 15 años.
– Adoro filmar. Pero hacer cine es muy caro: necesitas un millón de dólares para una película. Y el tipo de cine que me interesa –obras pequeñas, modestas, fuera del mainstream– no encuentran financiamiento. No me cierro a la idea de volver a tomar una cámara. Solo que escribir es mucho más razonable, porque también me encanta hacer novelas, se distribuyen rápido y llegan a millones de lectores, después las traducen a 40 o 50 idiomas... entonces el esfuerzo creativo ha valido la pena. Pero con Siri decimos siempre que uno nunca sabe a dónde lo llevará la vida. Si tú nos hubieras conocido hace 25 años, sabrías que hoy somos los mismos, pero también somos otros.