16.5.13

Brown: "No hay nada más difícil que escribir un libro fácil de leer"

Desde que El código Da Vinci se convirtió en la novela más vendida de la historia, Dan Brown también tiene sus propios códigos. Religión y arte se vuelven a ver las caras bajo la audaz mirada de Robert Langdon en Inferno, pero el autor reivindica la compatibilidad entre complejidad y bestseller

 
"No hay nada más difícil que escribir un libro fácil de leer", asegura Dan Brown./lainformacion.com
"No hay nada más difícil que escribir un libro fácil de leer", asegura Brown en una entrevista con Efe. "Por el contrario, es muy fácil escribir un libro difícil de leer. El truco para que las páginas vuelen tiene mucho que ver con enseñar algo nuevo en cada página", añade.
Brown, experto en tejer tramas que no dejan respiro al lector, escudriña esta vez la matemática y complejísima estructura de la obra magna de Dante Alighieri, "La divina comedia", y toma de su primera parte (reservándose "El purgatorio" y "El paraíso") la inspiración para pasear y reinterpretar las calles de Florencia, donde despierta amnésico su personaje fetiche: el catedrático de Simbología de la universidad de Harvard, Robert Langdon.
Intrigas de poder que unen las corrupciones del siglo XIV con las del XXI surgen de este "Inferno" que llegó ayer a las librerías de Estados Unidos, y mañana a las de Latinoamérica y España, donde se publica con Planeta.
Brown leyó a Dante en la adolescencia, pero no fue hasta hace poco cuando entendió la influencia definitiva que había tenido para la modernidad ese paseo de Virgilio por los nueve círculos que conducen al reino de Satanás.
Fue entonces cuando decidió investigar qué podría encontrar allí su alter ego Langdon, al ver tan claramente reunidos todos los elementos de su mágica ecuación: arte, religión y conspiración.
"El arte imita a la vida y la vida imita al arte. El arte funciona como un reflejo de lo que realmente estamos pensando y, en muchos casos, la religión funciona de la misma manera. Es un reflejo de preguntas para los que seguimos clamando respuestas", reflexiona Brown.
Las respuestas a esas preguntas son la especialidad de Langdon, que vuelve a las andadas por cuarta vez en este libro.
Después de convencer con su análisis de "La última cena" de Leonardo Da Vinci a la cifra récord de 81 millones de lectores, de debutar en "Ángeles y demonios" y mantener el nivel en "El símbolo perdido", llega todavía más audaz a esta mefistofélica trama.
"Me encanta este personaje, cada vez tiene más inteligencia y mejor entendimiento del mundo que le rodea. Además, creo que a los lectores les gusta volver a encontrarse con personajes que ya conocen. No tengo miedo a encasillarme", explica Brown.
Convertido en millonario (con su éxito presente editó obras del pasado como "La fortaleza digital" y "La conspiración"), no tiene a la crítica de su parte, pero tampoco le preocupa. "Escribo el libro que me gustaría leer. Solo espero que el lector tenga mi mismo gusto", dice entre risas.
Y, tras la rentabilidad comercial de las adaptaciones cinematográficas de "El código Da Vinci" y "Ángeles y Demonios", dirigidas por Ron Howard y protagonizadas por Tom Hanks, espera ya que "Inferno" se traduzca en la tercera película basada en su obra.
"Estoy seguro de que habrá una película de 'Inferno'. Estos libros son muy cinematográficos y en ellos suceden muchas cosas que se desarrollan en escenarios espectaculares que funcionan muy bien en el cine", asegura.
Él, por el momento, ya tiene aura de estrella de Hollywood. Para la promoción de "Inferno" concede las entrevistas sin entrar en contacto con el periodista, sino enviándole las respuestas a sus preguntas en un vídeo a través de internet. Tampoco facilita el libro a los medios de comunicación.
Eso sí, le encanta hablar ese español que aprendió en Sevilla, cuando todavía no era un célebre escritor e intentaba triunfar en el mundo de la música.

14.5.13

Talese:"Una buena historia nunca muere"

Escritor. Sin adjetivos. Pero también uno de los padres del nuevo periodismo. El legendario reportero nos recibe en Nueva York para hablar sobre el arte de contar la vida

Gay Talese. /Pascal Perich/elpais.com
El periodismo deportivo, género en el que Gay Talese (Ocean City, Nueva Jersey, 1932) brilla a la altura de los más grandes, no es más que una de sus facetas, pero la verdad es que en él se encierra el ADN de su escritura: “En el Estado de Nueva York, a unos noventa kilómetros de Manhattan en dirección norte, al pie de una montaña, hay un antiguo club social abandonado. La pista de baile está cubierta de polvo; los taburetes del bar, patas arriba, y nadie recuerda cuándo fue la última vez que se afinó el piano…”. Así comienza El perdedor, uno de los 37 artículos que escribió Gay Talese sobre Floyd Patterson y recoge El silencio del héroe, la antología de crónicas deportivas de este autor que ahora publica en español Alfaguara. Al escritor no le interesan los momentos de gloria que aureolan el pasado del campeón mundial de los pesos pesados más joven de la historia, sino las heridas que dejó en su alma el sabor de la derrota. “El deporte”, dejó escrito Talese, “trata de gente que pierde, vuelve a perder y pierde una vez más. Se pierden encuentros; después se pierde el trabajo. Puede resultar muy intrigante”. Sí, ya lo sabemos, fue uno de los padres del nuevo periodismo. No es que la etiqueta esté gastada, sino que no vale a la hora de calibrar la estatura de este italo-americano de 81 años, autor de crónicas y libros memorables sobre la más diversa variedad de temas que quepa imaginar (las interioridades de la redacción de The New York Times, la Mafia, los estándares sexuales de los estadounidenses, la construcción del puente de Verrazano o las Torres Gemelas, la grandeza del anonimato en contraste con las pequeñeces de la fama). Vital, generoso, de conversación amena y desbordante, antes de iniciar la charla, Talese insiste en bajar unos momentos al búnker, como denomina al sótano plagado de cajas de cartón donde conserva las decenas de millares de notas y documentos que integran su archivo. Hijo de un sastre y una modista, obsesionado por los trajes de otra época, casado con Nan Talese, una de las editoras más reconocidas del mundo literario neoyorquino, con quien tiene dos hijas, si hay una palabra que resume todo lo que Gay Talese es y representa, basta con decir que es escritor. Sin adjetivos.
¿Cuál fue su primer trabajo?
Chico de los recados en la sede de The New York Times, en la calle 43. Mi trabajo consistía en llevar café y sándwiches a los redactores y en llevar mensajes de un despacho a otro. Es el trabajo más importante que he tenido jamás, porque me permitía ver los entresijos del periódico sin que nadie reparara en mí. Era un edificio de 14 plantas que yo subía y bajaba sin cesar. Tenía acceso a todas las secciones: circulación, ventas, anuncios clasificados, el suplemento dominical, la revista de libros. La torre de marfil estaba en el último piso. Allí tenían sus suites los altos cargos y los propietarios, la familia Sulzberger. Conocí a todo el mundo: editores, redactores jefes, operarios, linotipistas, impresores, los conductores de los camiones de reparto. Fui testigo de rivalidades, de luchas por el poder, huelgas, piquetes, todos los cambios que experimentó el periódico a lo largo de una década.
Sus años en The New York Times quedaron reflejados en El reino y el poder. ¿Cómo fue el proceso de gestación del libro?

"Este presidente y todos mienten. siempre encuentran excusa para ello"
Hay un momento imborrable que lo cifra todo, la primera vez que puse un pie en la redacción, en 1953. Ante mí se abría el espacio gigantesco de la tercera planta, más de 400 personas, hombres y mujeres, tecleando frenéticamente en sus máquinas de escribir, fumando sin parar, en medio de los timbrazos de docenas y docenas de teléfonos. Lo primero que pensé fue que aquel era el lugar con menos mentirosos por metro cuadrado de todo Nueva York. En Wall Street, en la Junta de Educación, en el Ayuntamiento, en la Iglesia hay mentirosos a patadas, pensé, pero aquí no. Dos años después, cuando se cumplió mi sueño de ser reportero, sentí que pasaba a engrosar las filas de una profesión noble cuya máxima aspiración es ser fiel a la verdad. No digo que siempre se consiga, pero ese es el ideal que da sentido a una institución como el Times. El periodismo es una profesión honorable, y no estoy de acuerdo con quienes nos pronostican un futuro tenebroso, porque no hay nada más importante que la verdad. ¿Y quién se ocupa de decirla? Los Gobiernos no, ciertamente. El presidente miente; no este, todos. Siempre encuentran excusas para hacerlo: la seguridad ciudadana, la defensa nacional; no podemos decir qué estamos haciendo. Resulta irónico ver a Obama compungido porque el Senado no ha aprobado una ley que limite el uso de armas, cuando al mismo tiempo se dedica a enviar drones que sueltan bombas que causan la muerte de niños en numerosas partes del planeta. Si los periódicos no vigilan las acciones del Gobierno, ¿quién lo va a hacer?
¿Por qué dejó The New York Times?
Sigo sintiéndome parte del periódico. Tengo allí muchos amigos, tanto de los viejos tiempos, aunque muchos han muerto, como entre los más jóvenes. Dejé de trabajar allí al cabo de más de una década, porque había llegado al máximo de mis posibilidades como reportero de plantilla. Lo que yo quería escribir necesitaba más espacio y más tiempo, y eso es algo que no es posible hacer en un periódico. El tipo de reportaje que me interesaba escribir solo se podía realizar en cierto tipo de revistas, y así fue como empecé a colaborar con Esquire, aunque irónicamente el primer trabajo que hice para ellos tenía que ver con The New York Times. Escribí un perfil sobre el periodista encargado de redactar los obituarios, un personaje anónimo, que son los que más me han atraído siempre. El artículo se titulaba Mr. Bad News. Por aquel entonces también colaboraba con Esquire Tom Wolfe. Fueron nuestros primeros pasos en una nueva forma de entender el periodismo.

La elegancia del hijo del sastre

Gay Talese (Ocean City, Nueva Jersey, 1932), el hijo de Joseph y Catharine (en la imagen), un sastre y una modista, es una leyenda viva del periodismo. Empezó en el oficio como chico de los recados en la sede de The New York Times. Asegura que aquel fue el trabajo más importante que ha tenido jamás, pues mientras llevaba cafés y sándwiches a los redactores, así como mensajes de un despacho a otro, pudo conocer los entresijos del periódico sin que nadie reparara en él.
De ese modo, silencioso y observador, capaz de encontrar grandes historias en las pequeñas cosas, se convirtió en uno de los padres del nuevo periodismo. Entre sus textos memorables hay perfiles como Alí en La Habana o Frank Sinatra está resfriado, así como libros de la talla de La mujer de tu prójimo y Honrarás a tu padre.
Otra gran institución neoyorquina para la que nunca ha dejado de escribir es The New Yorker.
Publican cosas que ninguna otra revista se atrevería a sacar. Siempre he colaborado con ellos. Cuando hace años nombraron a su director actual, David Remnick, un joven periodista a quien profeso un enorme respeto, me llamó para decirme que contaba conmigo. Escribí un reportaje sobre los trabajadores que habían participado en la construcción del puente Verrazano, que une Brooklyn con Staten Island.
¿Qué le llevó a volver sobre un asunto al que había dedicado un libro hacía casi 40 años?
En mi opinión, aunque se publique, nunca se llega a cerrar realmente ninguna historia. Siempre quedan resquicios que desembocan en otras historias. Si uno vuelve a algo escrito hace 10, 20, 30 años, siempre descubre cosas sorprendentes, y eso es lo que me ocurrió con esta historia. Publiqué El puente en 1964, cuando todavía trabajaba para el Times. Tenía dos días libres a la semana y los dedicaba a recopilar material para el libro. Iba al lugar donde se estaban llevando a cabo los trabajos de construcción, muchas veces por la noche. Usted ha visto cómo es el búnker, como llamo a mi estudio. Ahí lo tengo todo archivado en cajas. Una tarde, sería el año 2002, me fijé en la etiqueta que dice El puente y me pregunté qué habría sido de los trabajadores que construyeron el Verrazano, con quienes me había entrevistado tantas veces. Abrí la caja, me puse a repasar las notas y decidí hacer algunas llamadas telefónicas. ¿Qué habían hecho una vez concluida la construcción? Resulta que a muchos los habían contratado para la construcción del World Trade Center. Estoy hablando de especialistas en la construcción de estructuras metálicas a grandes alturas. Pertenecen a un sindicato que se ocupa de su contratación en obras públicas de gran envergadura. ¿Y qué sintieron cuando vieron que el resultado de su trabajo se había desvanecido en apenas unas horas cuando tuvieron lugar los atentados de septiembre de 2001? Su respuesta me desarmó. La destrucción no les había causado la menor sorpresa. ¿Pero cómo es posible?, les pregunté. ¿Qué quieren decir con eso? Sabíamos que aquello no valía para nada, no era una estructura sólida, las torres estaban hechas de aire, eran jaulas para pájaros. Nada que ver con la estructura formidable del Verrazano o de rascacielos como los de antes, el Empire State por ejemplo. Esas estructuras habrían aguantado el impacto de un avión, pero cuando erigimos las Torres Gemelas sabíamos que aquello era muy distinto. No se trata solo de que el arquitecto no fuera muy bueno, sino de la filosofía sobre la que se sustentaba la idea del World Trade Center. Lo único que querían hacer los promotores era maximizar el espacio, rentabilizándolo a fin de obtener el mayor margen de beneficio, alquilando la mayor cantidad de superficie posible. Así que cuando los aviones se estrellaron contra las torres, las atravesaron de lado a lado y antes de ponerse el sol se habían derrumbado, convertidas en columnas de ceniza y humo.


Gay Talese, en el sótano donde escribe y conserva su archivo de notas en cajas de cartón. /Pascal Perich
Ahora que lo dice, es cierto que en una ocasión se estrelló un avión contra el Empire State.
Exacto, y rebotó.
¿Cuál es su estilo ideal?
Me gustan las frases largas, melodiosas, de estructura compleja, con elementos subordi­­na­­dos, como las que escribían Scott Fitzgerald o John Fowles, un gran escritor, hoy olvidado. Mi modelo son los grandes maestros de la frase larga.
Lo que usted hace no es ficción, pero su visión de la escritura no está muy alejada de la del novelista.
Creo que es legítimo escribir reportajes con las armas propias del contador de historias. Yo aspiro a ser un buen contador de historias, con un matiz importante, y es que no me aparto de los hechos y solo utilizo nombres reales. Hay grandes novelistas que han sido magníficos reporteros, como Graham Greene, John O’Hara o Hemingway. Yo escribo reportajes, y un reportaje no es ficción. Hay que poner mucho cuidado en no imaginar absolutamente nada. Que imagine el novelista. El escritor de no ficción tiene que trabajar el interior del personaje, su entorno, la atmósfera en que existe. Todo eso le da a la crónica un aire de ficción, pero hay diferencias y matices. En un buen reportaje, los hechos se han de subordinar al personaje, no al revés.
¿En qué está trabajando ahora mismo?
Estoy haciendo un perfil para The New Yorker que cuenta la historia de un voyeur. En 1980, poco después de la publicación de La mujer de tu prójimo, mi libro sobre las costumbres sexuales de los americanos, recibí una carta anónima, remitida desde un apartado de correos de Denver, Colorado. Lástima no haberle conocido antes, decía, le habría contado algo de interés para su libro. Si alguna vez pasa por Denver, póngase en contacto conmigo. Todavía estaba haciendo la promoción del libro y le dije que podía hacer escala en la ciudad camino de California. Nos citamos en el aeropuerto. Si dispone de unas horas, me gustaría que viera algo. Decidí coger otro vuelo y me subí a su coche. Durante el camino me explicó que era millonario y que tenía muchos bienes raíces en Denver. Llegamos a un motel de su propiedad, donde me presentó a su mujer y me explicó que había 21 habitaciones, de las cuales 12 tenían un techo falso. Puedo ver y oír todo lo que hacen y dicen los clientes, dijo. Santo cielo, ¿y si se dan cuenta? No es posible, venga conmigo, quiero que lo vea por sí mismo. Me dijo que llevaba 15 años haciendo aquello. Tomaba notas de todo lo que veía y las conservaba en un archivo que puso a mi disposición. La única condición es que no podía decir su nombre, porque lo llevarían a los tribunales. Le dije que se lo agradecía, pero no podía hacer nada, porque en mis historias tenían que figurar los nombres reales de los personajes. A lo largo de los años, nunca hemos perdido el contacto. Nos escribíamos, hablábamos por teléfono. Su mujer falleció, se volvió a casar, y su segunda mujer se involucró aún más en la cuestión del voyeurismo, hasta el punto de que cuando llegaban nuevos clientes decidían en qué habitación alojarlos, como si fuera un casting. Por fin, el año pasado le dije: “Usted tiene 79 años y yo 80. No nos queda mucho tiempo. Si no me da permiso para utilizar su nombre, esta historia jamás saldrá. Se mostró de acuerdo y me autoriza a revelar su nombre cuando el artículo esté listo.

"Si los periódicos no vigilan las acciones del gobierno, ¿quién lo hará?"
¿Cuándo será eso?
No lo sé.
Creo que lo que procede ahora sería hablar del libro que dio lugar a la historia que me acaba de contar, La mujer de tu prójimo.
Ese libro estuvo a punto de costarme mi matrimonio. Surgió como una indagación acerca de la percepción que se tiene en la sociedad de lo que es obsceno, pornográfico o pecaminoso, asunto que puede tener consecuencias legales. Cuando aún trabajaba para The New York Times, tuve que cubrir algunos juicios por obscenidad. Recuerdo cuando un juez invalidó la acusación de obscenidad que pesa­­ba sobre El amante de lady Chatterley, de D. H. Lawrence. De repente podía publicarse legalmen­­te. También recuerdo cuan­­do la homosexualidad era un delito que se podía castigar con la cárcel. En algunos Estados también se penaba con prisión el adulterio o si alguien de raza blanca mantenía relaciones sexuales con una persona de raza negra. Una noche, después de cenar con mi mujer en P. J. Clarke’s, un restaurante que queda a unas manzanas de aquí, vi que habían puesto un letrero luminoso que decía “Modelos desnudas”, y le propuse a mi mujer que subiéramos a investigar. Vete tú, me dijo. Estaban cerrando, pero volví al día siguiente. Las chicas que trabajaban allí eran muy jóvenes y casi todas tenían estudios universitarios. Me puse a indagar en sus vidas y a través de aquello vi lo mucho que había cambiado la actitud de mis compatriotas hacia el sexo. Era un negocio totalmente abierto al público y legal. Me puse de acuerdo con el dueño y durante un tiempo hice de mánager de aquel local. Las chicas trabajaban para mí, obteniendo información de los clientes y escribiéndola. Alguna escribía muy bien. Hice eso en varios locales. Completé mi estudio pasando una temporada en Sandstone, una colonia donde se practicaba el sexo libre en California. Los fines de semana podía haber hasta 200 matrimonios que participaban en fiestas donde se practicaba el intercambio de pareja. Cuando por fin publiqué el libro, no solo había puesto en peligro mi matrimonio, sino que mi reputación cayó por los suelos. No es que las reseñas fueran negativas; eran venenosas, salvo dos, una de un catedrático de Harvard y otra de Virginia Johnson, una de las autoras del famoso informe sobre la sexualidad de Masters y Johnson. Viví una situación con muchas facetas: por una parte, el libro tuvo ventas millonarias; por otra, tardé mucho en recuperar la respetabilidad. 
Se presenta ahora en español El silencio del héroe, recopilación de sus mejores crónicas de periodismo deportivo. ¿Qué representa ese libro en su carrera?
Es un recorrido histórico por una de las facetas más relevantes de mi trayectoria como reportero. Hay piezas de cuando estaba en secundaria, de cuando estaba en la universidad y de mis primeros años como periodista deportivo en The New York Times hasta mis trabajos más recientes, como el perfil sobre Joe Girardi, el mánager de los Yankees, que es mi última colaboración para The New Yorker y que no estaba en la edición americana y yo he querido que se incluya en la española.
El libro recoge perfiles y reportajes que no se habían publicado anteriormente en ninguna revista.
Pasa a veces. En eso, el escritor comparte el destino del atleta: a veces se gana, pero también hay muchas veces que se pierde. Lo importante es no amilanarse nunca. He escrito historias que los editores después han rechazado, y luego las recupero en libros como este.
¿De qué piezas guarda mejor recuerdo entre las antologadas en este volumen?
Yo diría que Alí en La Habana. Muchas veces me han dicho que esa crónica y Frank Sinatra está resfriado, que no es un reportaje deportivo, obviamente, son mis mejores trabajos. Tuve muchos problemas para publicar Alí en La Habana. Fue un encargo que me hizo The Nation, que tenía mucho interés porque cubriera el viaje de Alí a Cuba. Cuando lo entregué, me dijeron que habían decidido no publicarlo porque era demasiado largo. Entonces se lo ofrecí a The New Yorker, pero también lo rechazó. Pensándolo bien, la lista de rechazos es espectacular: Rolling Stone, G.Q., Esquire y Commentary tampoco lo quisieron. El problema era que lo que contaba en el artículo no era noticia. La noticia era que yo seguía los pasos de Mohamed Alí. Pero luego hubo un acto de justicia poética, y es que el artículo fue elegido entre los mejores ensayos del año 1997. Fue una pequeña venganza. En ese sentido encaja perfectamente con el espíritu de El silencio del héroe. Los protagonistas son ídolos caídos, héroes que han dejado de serlo. Floyd Patterson, disfrazándose para que nadie lo reconozca después de que lo dejaran fuera de combate, arrebatándole la corona mundial. Joe Di Maggio, el mejor jugador de béisbol de todos los tiempos, entrado en años y hundido para siempre en el recuerdo de Marilyn Monroe, tratando de agarrar con precisión un bate. Creo que las mejores crónicas del libro son la de Di Maggio y la de Patterson.

"El escritor comparte el destino del atleta. a veces gana; muchas, pierde"
¿Y el retrato que hace de Joe Louis cuando es ya un hombre de mediana edad?
Según dicen, cuando Tom Wolfe leyó esa crónica, acuñó la expresión nuevo periodismo. No sé. Según Tom, la lectura de esa pieza le permitió descubrir los engranajes de mi técnica, pero la verdad es que yo ya llevaba años escribiendo así.
Da la sensación de que la idea que sustenta su forma de entender el reportaje es la de permanencia. Le repugna la idea de escribir cosas destinadas al olvido. Se niega a que sus textos acaben en la papelera al día siguiente de ser publicados.
En mi opinión, una buena historia nunca muere.
¿Se mantiene en contacto con Tom Wolfe?
Cené con él hace un par de semanas. Por cierto, vamos a aparecer juntos en una recopilación de artículos sobre el asesinato de John Fitzgerald Kennedy que va a publicar Life Books. La historia es muy interesante. El día en que asesinaron al presidente Kennedy me encargaron que saliera a la calle para observar las reacciones de la gente. Me puse a dar vueltas por la ciudad y al cabo de no mucho tiempo me di de narices con Tom Wolfe. ¡Tom! ¿Qué haces? El reportero jefe me ha pedido que me dé una vuelta por Manhattan para ver cómo reacciona la gente al atentado de Dallas. Pues a mí me han pedido la misma historia. ¿Qué te parece si cogemos un taxi a medias y compartimos gastos? Estuvimos cuatro o cinco horas juntos. Fuimos a Chinatown, Little Italy, Wall Street, el Upper West Side, Broadway, y en ningún lugar vimos nada digno de mención. Nadie saltó por la ventana, no había gente tirada en el asfalto llorando. El ambiente de la calle era de total normalidad. Nos despedimos. Cuando volví al periódico, le dije a mi editor que me gustaría escribir acerca de la falta de emoción de la gente ante una noticia de tal calibre. Mejor déjalo, me respondió. Al día siguiente, lo primero que hice nada más levantarme fue comprar el Herald Tribune para ver qué había escrito Tom. Miré el periódico de arriba abajo y tampoco encontré nada. Ni rastro de nuestro paseo por la ciudad el día anterior. De modo que a los supuestos gigantes del llamado nuevo periodismo les habían encargado escribir acerca de algo tan potente como el asesinato de JFK y ninguno de los dos consiguió colocar su reportaje. El otro día, cenando con él, lo recordamos. Dos viejos sabuesos evocando los tiempos en que éramos unos jovenzuelos pletóricos de energía que cuando entregaron su crónica sobre el magnicidio de Dallas se la tumbaron. Y ahora que Life va a publicar un volumen con motivo del 50º aniversario del crimen, por fin van a ver la luz.
Mirando hacia atrás, ¿se arrepiente de algo?
No.
¿Quién ha sido su mejor amigo?
David Halberstam [premio Pulitzer de periodismo en 1964]. Tuvo mucho éxito en vida, pero lo que le envidio es el éxito que tuvo en la muerte. Murió en 2007 en un accidente de coche, en California, cuando se dirigía a hacer una entrevista. Ojalá yo tenga una muerte así. No quisiera acabar mis días tirado en la cama de un hospital o en una silla de ruedas o con alzhéimer. Si supiera que me espera una muerte así, me saltaría la tapa de los sesos.

7.5.13

Guelfenbein: "Para ser escritor habría que estudiarlo todo"

La escritora chilena habló del amplio imaginario que le dieron su formación en ciencia y diseño antes de dedicarse a la escritura. Y también de su novela más reciente, Nadar desnudas, que retrata el triángulo amoroso entre dos amigas y el padre de una de ellas

La escritora chilena Carla Guelfenbein./ Revista Ñ
En la mitad de nuestra entrevista con Carla Guelfenbein –este viernes pasado en las oficinas de su editorial en Buenos Aires– nos atrevimos a hacerle una pregunta bastante cholula y no relacionada directamente ni con la literatura ni con la novela que presenta en esta edición de la Feria del Libro, Nadar desnudas. Es que en la contratapa de este libro, que retrata un triángulo amoroso entre dos amigas y el padre de una de ellas, en el marco de los dos 11 de septiembre (el chileno de 1973 y el estadounidense de 2001), hay una recomendación de nada menos que J.M. Coetzee. Dice, escuetamente, nada más que: "Sutil, lúcida y compasiva…".

"Ahem… disculpas. Pero te queremos preguntar sobre la contratapa…" Interrumpimos la escritora chilena que, junto a su familia –y cerca del fin de su adolescencia– se tuvo que exiliar de Chile por el golpe militar. Nos explicó que lo había conocido a Coetzee en un festival literario en Reykjavik y que, simplemente, él le preguntó si algunas de sus novelas estaban traducidas al inglés. En ese momento no lo estaban. Pero el sudafricano, Premio Nobel, le dijo que le gustaría leer una cuando así fuera. Y así fue…

Cholulismo aparte, podemos reportar que la nueva novela de Guelfenbein nos interesó y agradó mucho. La mayoría de la novela transcurre durante el brevísimo gobierno de Salvador Allende (incluyendo los meses después del golpe de Pinochet). Diego es un apuesto politólogo de 45 años que, tras estudiar en París (y casarse allí y tener una hija) vuelve a Santiago para participar directamente con Allende. Trae a su hija, Sophie, que es una hermosa chica de 18 años, introvertida, sensible y artística, con un episodio de depresión en su pasado (usa muñequeras grandes para ocultar su intento de suicidio). Vive con su padre, a quien le dice "Diego" directamente, en una torre moderna con vista al Cerro San Cristóbal. Unos pisos más arriba que ellos vive una bella mujer de 22 años llamado Morgana. Hija de diplomáticos, es más frontal y sensual que Sophie, con quien se hace, inmediatamente muy buen amiga. Pero… siempre hay un pero, se enamora de Diego.
Este redactor encontró ciertas semejanzas de esta novela con la bella y melancólica película Los soñadores de Bernardo Bertolucci. Porque es una historia de amor prohibido en el contexto de un país totalmente desenvuelto por una explosiva y violenta crisis política.

Esta es la cuarta novela de Carla Guelfenben, que publicó su primera novela a los 40 años. Antes estudió biología en Essex y diseño gráfico en el St. Martins School of Art. Trabajó en varias ocupaciones, entre otras como directora de arte y editora de la revista de moda Elle. No es un mal modelo de vida para ser novelista. Uno llega al oficio con una comprensión más equilibrada de la existencia que en la primera juventud. Es más difícil ser engañado tanto por el fracaso como por el éxito.

-La primera pregunta es un poco zonza. ¿A cuál de los dos personajes principales se parece más: a Sophie o a Morgana?
-Creo que me parezco un poco a las dos. Es increíble esa gran, gran frase de Flaubert que dice "Madame Bovary se moi". Bueno, la verdad es que es así. Uno es todos los personajes, incluso los masculinos muchas veces hay aspectos de uno.

-En Sophie, hay esa necesidad de vivir en su mundo, de creación, un poco despegada de la realidad. Y con una depresión en el fondo de su ser, oculto de los demás…
-Claro, pero esa parte justamente no. Esa es la parte que yo no tengo. Y allí está la cosa, porque por un lado tengo una lucha constante para proteger mi mundo interior –no me interesa tanto el mundo exterior, no soy muy tecnológica, no estoy al tanto de la prensa… Porque necesito resguardar ese espacio de donde yo sé que surge mi creatividad… Llevo una vida bastante solitaria y en ese sentido me parezco mucho a Sophie. Pero por otro lado, no tengo la depresión de Sophie. Soy una gran gozadora de la vida, de la sensualidad de la vida, de la comida… Siempre pienso que mi gran regalo, que quizás me dieron mis padres, es que siempre tengo una posición súper-positiva frente a la vida. Creo, creo en mí, creo en la gente que me rodea, y soy capaz de vivir bastante feliz. Y en ese sentido no me parezco a Sophie… Morgana tiene más sensualidad, es más abierta a la vida…

-Pero eso le termina complicando, ¿No?
-Claro. Pero tiene una valentía. Yo creo que tengo esa valentía. De dar saltos, de construir mi propia vida –a veces sin medir las consecuencias..

-Antes de encender el grabador me contó que escribe sin saber hacía donde va. He leído autores que hacen esto decir que para ellos saber lo todo lo que escribir les parecería muy aburrido…
-Pero por supuesto. ¡Exactamente! Si yo no soy capaz de sorprenderme, si la historia no es capaz de sorprenderme a mí… A ver, en el fondo yo considero que si tu tienes la historia trazada de antemano, de alguna manera estás reproduciendo algo que tu sabías de antemano. Y el punto es ir sabiendo mientras que tu vas construyendo la historia.

Por otro lado, hay un símil con la vida. Porque la vida uno va haciéndola, va construyéndola. No puedes predecir nada, ni el más mínimo gesto que tu hagas en la vida puedes predecir cuales van a ser sus consecuencias. Y eso le da, siento yo, a la literatura, a lo que uno esta escribiendo, un parecido con la vida. Esa imprevisibilidad en cual las consecuencias no son lógicas. Si tu construyes una historia, básicamente la construyes con la mente, con la racionalidad. Y en esta forma, un poco, casi biológica, en el sentido de que se va produciendo de acuerdo con lo que va ocurriendo…

-¿Hay mucha ficción contemporánea en Chile sobre el golpe y los años de la dictadura? ¿Es un género?
-Yo no diría que es un género. Se han escrito muchas novelas, pero estoy segura que se van a seguir escribiendo muchas más… Fue un momento histórico del país que va ser revisitado una y otra y otra y otra vez... El golpe militar en Chile separó a Chile de una tradición democrática; desde que se creó la república hasta el año 73 era una democracia bien sólida. Y lo que produjo, el descalabro, todo lo que fue, el caos, la barbarie…

-Y el contexto latinoamericano, que estaba pasando lo mismo en muchos de nuestros países…
-Claro. Cuando yo me exilié con mi familia, estaba lleno de argentinos, de uruguayos, de brasileños… Era un momento histórico en que muchos países estaban construyendo algo y no resultó. Entonces, son momentos históricos que se van a revisitar por generaciones. Las que vengan también.

-El personaje de Diego es un personaje muy interesante en la novela, tanto por quien es, pero también por cómo funciona dentro de la estructura de la novela. Se presenta a través de las miradas de los otros no más, pero por otro lado, une los personajes…
-El es el pivote. Pero estaba la opción –y son opciones literarias que se toman– de entrar en su conciencia. De hecho, mis otras novelas están contadas desde dos o tres puntos de vista. Entonces, perfectamente podría haber entrado en la conciencia de Diego. De hecho, una de mis novelas está cotada a través de un hombre. Pero en este caso no quise entrar en la conciencia de Diego. Para mí no era importante lo que él pensara en esta historia, sino lo que era importante era el cruce de estas dos chicas y este hombre como pivote de este conflicto…

-Hay una macabra ironía en la novela de que el miedo de Darío es "desaparecer" pero antes que ese término tuviera el peso que después tuvo…
-Eso surgió antes… Al principio yo tenía la idea de que ocurriera en esa época. Tenía la idea de que quería que fuera la amistad de dos amigas. Y de que una se enamorara del padre de otra. Y tenía otra imagen que era muy importante. Mi suegro era el hombre más buscado de Chile para el golpe. Después de Allende era él –que era Carlos Altamirano; Santiago estaba lleno de carteles que decía "Se busca..." de hecho. El estuvo tres meses clandestino yendo de casa en casa, incluso dormía en tarros de basura, porque entraban a allanar las poblaciones donde estaba alojado y tenía que esconderse de cualquiera manera… Y sale de Chile tres meses después en un auto de la embajada de Alemania del Este; atraviesa la cordillera hasta Argentina. Y esa historia que él me la ha contado con detalles que son muy particulares, yo quería que fuera parte de la novela. Por lo tanto, mi objetivo era salvar a Diego. Pero no se salvó. Y eso no es algo que yo haya decidido.

-Y por fin… Una vez que comenzó a publicar, a los 40 años de edad ¿No se arrepintió de no haber empezado antes?
-No, nunca. Ni un milímetro. Ni un milímetro.

-¿No siente que perdió tiempo?
-No. ¿Y qué? ¿Tendría tres novelas más, y ya? Eso sería todo. Y, sin embargo, lo que yo viví, mi formación científica me sirve muchísimo. Pero también es como que tengo adentro de la cabeza un imaginario muy amplio. No es que yo me acuerde exactamente cómo se produce la mitosis y la meiosis, por ejemplo, pero sí tengo una noción del mundo que es muy amplia. Estudié diseño también, entonces tengo una manera de observar, por mi formación, que va más allá de lo narrativo. Creo que eso me permite usar distintos elementos en la narración. Mientras más instrumentos tengas, mientras más amplio que seas, mejor. Yo creo que para ser escritor habría que estudiarlo todo. Mientras más conocimiento tengas y más mundo conozcas, de la naturaleza humana, científico, de todo, mejor va ser tu trabajo de escritor.

La novela policial

Confieso de inmediato mi absoluta debilidad por ese género que no sólo me ha proporcionado momentos memorables, sino que como escritor mi deuda es inmensa. Pienso que si un día tuviese que dirigir un taller de narrativa, sugeriría a los alumnos estudiar con atención los procedimientos específicos inventados por los autores de ese género, con la seguridad de que eso les ayudaría a construir una novela con más eficacia que todos los libros de narratología

 
Sergio Pitol en su casa en Xalapa.
/Marco Peláez/jornada.unam.mx

En un encuentro de escritores franceses y mexicanos, organizado en agosto de 1977 por el Instituto Francés de la América Latina, sobre las literaturas del secreto, observé que todas las sesiones, salvo una, mencionaban en sus títulos a la novela policial. Confieso de inmediato mi absoluta debilidad por ese género que no sólo me ha proporcionado momentos memorables, sino que como escritor mi deuda es inmensa. Pienso que si un día tuviese que dirigir un taller de narrativa, sugeriría a los alumnos estudiar con atención los procedimientos específicos inventados por los autores de ese género, con la seguridad de que eso les ayudaría a construir una novela con más eficacia que todos los libros de narratología.
En la primera edición del Diccionario de la lengua castellana publicado por la Real Academia Española, una acepción de secreto es: “ lo que cuidadosamente se tiene reservado y oculto”, o “cosa arcana que no se puede concretar o explicar”. Misterio es, pues, en terrenos literarios una palabra fundamental, una referencia obligatoria. No por nada aparece de modo tan abundante en los títulos de novelas policiales: El misterio de Edwin Drood, de Charles Dickens; El misterio de la carretera de Cintra, de Eça de Queiroz; El misterio de Glenith, de Wilkie Collins; El misterio de Cloomber, de Arthur Conan Doyle; El misterio del tren azul, de Agatha Christie y varios más.
Los estudiosos que han rastreado con minucia las fuentes y trazado el árbol genealógico de la literatura policial, han encontrado remotos antepasados de asombroso prestigio; algunas historias bíblicas, el Edipo rey de Sófocles, entre otros.
Durante el siglo XIX, el período de mayor esplendor de la novela, surge el género policial con sus propios atributos y sus procedimientos esenciales. Y desde su nacimiento, apenas desprendido del seno materno, su potencia fue tal que empezó a establecer una presión sobre la novela madre, la oficial, para usar ese adjetivo que alude exclusivamente a la narración no policial. Al hurgar en los orígenes descubrimos que ya antes de La piedra lunar, de Wilkie Collins, considerada por todos como la primera novela del género, hay tramas que contienen los elementos esenciales del relato policial: un crimen, una investigación, el descubrimiento y la captura del criminal, sin afiliarse ortodoxamente al tipo de novela que nos ocupa. Son claros antecedentes del género, sí, pero su intención, sus metas, su atmósfera, se orientan hacia regiones que rebasan con mucho lo policial. El crimen resulta un accidente para transportarnos a reflexiones éticas surgidas del corazón de la novela. Crimen y castigo y Los hermanos Karamazov son los ejemplos que de inmediato acuden a la memoria.
Hay una novela anterior a las de Dostoievsky, sin crímenes aparatosos, que me parece ya un preludio de lo que está por venir: Las almas muertas, de otro ruso genial, Nikolai Gogol. En ella, un extraño personaje, de nombre Chíchikov, hace su aparición en una pequeña ciudad de la Rusia profunda. Los primeros días de estancia en aquel lugar los emplea en enterarse del carácter, costumbres, fortuna y circunstancias de los terratenientes más opulentos de la región. Poco después, inicia una ronda de visitas. La descripción de esos encuentros constituye la parte magistral de la novela. Gogol nos sitúa frente a un mundo gris, degradado, y a la vez inmensamente paródico. El humor es siempre desbordante y esperpéntico; el lenguaje portentoso y la trama de una originalidad absoluta. El propósito de Chíchikov al visitar a los hacendados es el de comprar almas muertas. En el lenguaje administrativo de la vieja Rusia un alma significaba un siervo. Una propiedad comprendía el número de decietinas de bosques o de tierras cultivables, de animales de tiro o de pastoreo, y también el preciso y detallado de almas con que contaba el propietario. Desde la llegada del fascinante Chíchikov a la región se genera un misterio que va en aumento a medida que proceden sus visitas. ¿Por qué razón invierte su dinero en la compra de siervos ya fenecidos?, ¿qué provecho podría alguien obtener de aquellos difuntos?, ¿cómo podría transportarse ese ejército de seres inexistentes a las propiedades del comprador? No es menester señalar que los primeros sorprendidos fueran los propietarios. La transacción los tienta y a la vez los atemoriza. ¿No había en el hecho de contar a los siervos muertos a partir del último censo, de hacer listas pormenorizadas con sus nombres, sus fechas de nacimiento, estado de salud, tipo de trabajo realizado en la hacienda, un tufillo diabólico? Sin embargo, las artes del melifluo Chíchikov logran siempre estimular la codicia de los terratenientes, quienes terminan irremisiblemente por vender a sus muertos.
La sucesiva intensificación del misterio y de la demora por aclararlo es el procedimiento que se convertirá más tarde en esencial para estructurar una novela policial. Ante el avance del misterio, el lector tratará de asirse a cualquier detalle para descifrar los designios de los protagonistas, para orientarse un poco, al menos. Por más caricaturescos que sean los retratos de los personajes, el planteamiento de las situaciones, el avance preciso y detallado de la narración y lo disparatado de los diálogos, Gogol nos coloca siempre en la realidad, aunque se trate de una realidad deformada, estilizada, martirizada; una realidad enemiga de lo que conocemos como tal; nada en esa estructura nos hace pensar que nos movemos en los dominios de la literatura fantástica. Al final, nos enteramos de que Chíchikov es un impostor con antecedentes delictuosos que pretende hacer una magna estafa hipotecando como seres vivientes las almas muertas que ha comprado.

Más cercano a la literatura policial se encuentra Dickens. En efecto, el inglés tiene un pie clavado en esa novedosa forma narrativa. Su último libro, por desgracia inconcluso, El misterio de Edwin Drood, desarrolla una trama tenebrosa estructurada de acuerdo con las novedosas reglas creadas por el género policial. Víktor Sklovsky señala en Teoría de la prosa, ese libro capital del formalismo ruso, que buena parte de sus novelas, en especial La pequeña Dorrit, están compuestas a base de varias líneas temáticas que contienen uno o varios misterios, para luego, antes de llegar al final, hacerlas convergir en un cauce general, llegar a una apoteosis y resolver todos los enigmas.
Según Sklovski, los dos procedimientos fundamentales de la novela de misterio consisten en un retardamiento voluntario de las soluciones y en un “extrañamiento” radical que al distanciarnos de los acontecimientos narrados atenúa cualquier emoción. El pathos desmedido que había devastado zonas inmensas del Dickens juvenil aparece en su último período siempre contenido. Lo asesinatos no nos alteran, sino que sólo acrecientan nuestro interés en la lectura; sus crímenes, como los de Las mil y una noches, carecen de sangre verdadera, al grado que una novela policial con un único asesinato no resulta tan apetecible como la que contiene dos o más crímenes subsidiarios. Por otra parte, la voluntaria detención de la acción, su parsimonia, derivará en un refuerzo de la atención, en esa espera nerviosa de soluciones que se conoce con el nombre de suspense.
Decimonónica de origen
Las dos fechas fundacionales de esta literatura son: 1841, año en que Edgar Allan Poe publicó Los crímenes de la calle Morgue, donde aparecen con toda precisión algunos mecanismos del género, y 1868, en que se publicó La piedra lunar, de Wilkie Collins, la primera novela policial reconocida como tal, la más extraordinaria según T. S. Elliot, Chesterton y Borges, donde el enigma es resuelto por un inspector, personaje que iba a constituirse en un elemento distintivo e indispensable a estas narraciones.
Poe, lo sabemos todos, fue un escritor genial. El relato de investigación policial no habría podido surgir de mejores manos. El autor estadunidense aprovecha el vasto acervo de misterios madurado y difuso en la literatura anterior y los somete a un deslumbrante método de investigación especulativa. El género nace, pues, con una aureola de alta intelectualidad. Poe crea los mecanismos adecuados para detectar las motivaciones que han llevado a alguien a cometer un crimen y descubrir al culpable por medio de razonamientos meramente intelectuales. Con él nace un método y también una figura esencial para la literatura del futuro: el investigador privado. El protagonista de los relatos de Poe es el elegante caballero Auguste Dupin, un dandy refinado, que a sus diversos placeres añade el estudio de la mentalidad criminal. Dupin es el primero de una larga fila de gentlemen necesarios para la investigación del crimen. Durante cien años o más permanecerá viva esa estirpe de personajes excepcionalmente bien vestidos, refinados gourmets, conocedores de la buena literatura, coleccionistas de obras de arte. Su educación perfecta los aleja de la vulgaridad del entorno policíaco y les permite, en cambio, acceder al humor, ese don que los dioses administran sólo a sus predilectos. Algunos poseen títulos de nobleza y se mueven como peces en el agua en los salones más inaccesibles, como Lord Whimsey, el detective de Dorothy l. Sayers; otros proceden de la vida académica –Oxford o Cambridge–, como Nigel Strangeweays, el de Nicholas Blake, o son poseedores de fortunas familiares como Sherlock Holmes, el de Conan Doyle; Poirot, el de la Christie, o Nero Wolfe, el de Rex Stout. De un modo u otro todos ellos se solazan en la excentricidad, les deleita derrotar a los inspectores de la policía, ponerlos en ridículo, demostrar la ineficacia de sus métodos, su carencia de imaginación, la falta tanto de cultura como de maneras; parecería que se empeñan en su labor detectivesca sólo para poner en evidencia a aquellos pobres diablos a sueldo del Estado.
En ese punto –pero sólo en ése–, puesto que en lo demás son del todo antitéticos, coinciden con una corriente de detectives privados, surgidos, varias décadas después de las experiencias del refinado Auguste Dupin, de los estratos más desapacibles de la sociedad estadunidense, representados, sobre todo, por el Sam Spade de Dashiell Hammett, o el Philip Marlowe de Raymond Chandler, los héroes duros de los años treinta o cuarenta.
En la escena es frecuente que un cómico famoso emplee a un personaje de aspecto por lo general insignificante, cuya única función consiste en hacer preguntas un tanto extravagantes o comentarios insensatos para darle pie a la estrella de contradecirlo y así realzar su talento. A más boba o absurda la pregunta, más brillante y sarcástica será la respuesta del cómico. En México a esa figura escénica secundaria se le llama “patiño”. Dupin, el personaje de Poe, nace a las letras con un patiño cuya función es narrar con exaltada admiración las hazañas de su maestro. Sherlock Holmes cuenta con el suyo, el Dr. Watson, el más famoso y querible de esos papanatas, nacidos sólo para el mayor lustre de sus superiores. Poirot cuenta con Hastings; Nero Wolfe con Archie Goodwing. Son parejas que repiten la del caballero del teatro clásico español y su leal y socarrón escudero. Son también la encarnación de todos nosotros, los lectores, que ante los enigmas de la trama hacemos las mismas preguntas, y al igual que ellos deseamos con ansiedad conocer los secretos que el detective nos oculta.
El género policial surgió bajo los mejores auspicios. Algunos narradores de inmenso prestigio se sintieron tentados por los atractivos de esa nueva narrativa, sobre todo los ingleses: Charles Dickens, amigo cercano de Wilkie Collins, emprendió El misterio de Edwin Drood, que aun inconclusa resultó una novela magistral; Joseph Conrad, Bajo las miradas de Occidente y El agente secreto; Stevenson, La caja equivocada, la primera parodia de este género. Henry James, por su parte, empleó los recursos de la novela policial para escribir relatos soberbios: La vuelta de tuerca y Los papeles de Aspern, entre otros. Y aun en países donde las corrientes literarias llegaban con evidente parsimonia el género logró abrirse paso. El joven Anton Chéjov escribió en Rusia Un drama de caza y Benito Pérez Galdós, en España, una de las más insólitas novelas de la literatura de nuestra lengua: La incógnita. Se trata de una historia en torno a un crimen donde al final no conocemos nada preciso; somos testigos de un abundante movimiento de influencias, dinero y presiones de toda especie para que el misterio jamás llegue a esclarecerse. Nada se logra saber sobre el asesino, si acaso se trata de un asesinato y no un suicidio, mucho menos sobre las virtuales motivaciones del crimen. El lector cuenta con infinidad de indicios; con ellos puede armar un rompecabezas, cuyo resultado será sólo conjetural.
La multiplicación del misterio
La novela policial se hizo inmensamente popular. Los autores se multiplicaron por centenares. En la mayoría de los casos los resultados fueron mediocres: meras adivinanzas encapsuladas en tediosos volúmenes.

Sergio Pitol en la Feria Internacional del Libro
de Guadalajara, 6 de diciembre de 2003.
Foto: Carlos Cisneros/ archivo La Jornada
En el mundo anglosajón dos corrientes sobrevivieron al marasmo, la novela culta inglesa y el género negro de Estados Unidos. En la tradicional novela inglesa todo deberá ocurrir como en un juego de ajedrez, los contendientes son el criminal y su perseguidor (detective privado, inspector oficial o mero aficionado), quien a la postre descubrirá al culpable y lo conducirá hasta los tribunales. Su marco suele ser una casa de campo señorial, un prestigioso club londinense, un hotel elegante y respetable, los dormitorios de una acreditada universidad, un sanatorio, un yate, un vagón de ferrocarril, es decir, círculos cerrados donde suelen moverse damas y caballeros de amplios recursos económicos, modales excelentes y acento perfecto. Los autores dan por supuesto que la sociedad es por naturaleza buena. De pronto, en su seno se produce una anomalía: un acto irregular, un robo, un asesinato y el consecuente clima de zozobra. Aparecen varios presuntos culpables, casi todos con un pasado que oculta circunstancias oprobiosas: los sepulcros blanqueados de siempre. El investigador se pierde en una maraña de pistas falsas. Al final, el criminal por un instante se descuida y es atrapado y castigado. Una tormenta contenida en un vaso; se remansan las aguas, la vida puede seguir su ritmo. Sus mayores cultivadores fueron ingleses. Nicholas Blake, Anthony Berkeley, Michell Innes, entre los cultos; Agatha Christie, con un registro popular.
La siguiente transfiguración del género desemboca en la novela negra estadunidense. En ella los términos se han invertido: la sociedad es en esencia culpable; está enraizada en el crimen y en el crimen prospera. El investigador se interna en una obscura selva donde dominan los rapaces, los inescrupulosos, los corruptos. A lo largo de una acción que desconoce por entero el reposo, el héroe recibe y asesta golpes a granel. Tiene poca o ninguna confianza en la ley, a la que oficialmente apoya. Su mayor triunfo consiste en lograr que los malvados entren en conflicto entre sí, se combatan y terminen destruyéndose unos a otros. En las últimas páginas nos quedamos con la convicción de que esa vez el mal ha sido derrotado, pero de ningún modo erradicado; nuevas alimañas aparecerán en el horizonte. En la mente del lector queda flotando la convicción de que la enfermedad que corroe al organismo social es endémica. Si no se transforma volverá a repetirse una y otra vez con sordidez creciente el ciclo de la violencia. Los notables expositores de esa corriente fueron Dashiell Hammett y Raymond Chandler.
En los últimos años han surgido nuevas corrientes: el thriller, la novela de espionaje, cuya figura más notoria es John Le Carré; más otras sobre la violencia étnica, religiosa y sexual.
La más clara prueba de la vitalidad de esta literatura nos la proporciona la intensa presión que ha ejercido sobre la otra novela, la canónicamente culta. De igual modo que la policial se ha nutrido y enriquecido con las técnicas antiguas y modernas que le proporcionó la tradición narrativa, ella también ha logrado penetrar en el corazón de cuerpos y entidades que en rigor parecerían no pertenecerle. Si contemplamos el panorama narrativo de nuestro siglo nos resulta asombrosa la simbiosis producida. Citaré algunos casos en los que el canon de excelencia ha decidido renovarse aprovechando los recursos, atmósferas y personajes que en el pasado parecían pertenecer exclusivamente al campo policial. Veamos:
Chesterton en El hombre que fue jueves y en las historias del Padre Brown, Graham Greene en El factor humano, además de sus novelas estrictamente policiales, entre los ingleses. Carlo Emilio Gadda en Aquel horrible escándalo de la Via Merulana, Umberto Eco en El nombre de la rosa, Leonardo Sciacia en Todo modo y Una historia sencilla y Antonio Tabucchi en La cabeza perdida de Damasceno Monteiro, entre los italianos. Witold Gombrowicz en Cosmos, Andrzej Kusniewicz en El rey de las dos Sicilias, entre los polacos. Ernest Jünger en Un encuentro peligroso, entre los alemanes. Y una buena parte de la obra de Leo Perutz y Alexander Lernet-Olenia, entre los austríacos. Flann O’Brien en El tercer policía, entre los irlandeses. William Faulkner en Gambito de caballo e Intruso en el polvo y Paul Auster en Leviatán, entre los estadounidenses. Rubem Fonseca en Agosto y El gran arte, entre los brasileños. Rodolfo Usigli en Ensayo de un crimen, Jorge Ibargüengoitia en Dos crímenes y Fernando del Paso en Linda sesenta y siete, entre los mexicanos. Jorge Luis Borges en una docena de relatos perdurables, entre los argentinos.
La lista no pretende ser exhaustiva. Registra sólo unos cuantos títulos de obras admirables. La influencia que el género policial tuvo en ellas comprueba su intensa contribución a la literatura universal.

4.5.13

Desmontar el amor

Jeffrey Eugenides escribe novelas cada nueve años y de propuestas muy distintas En La trama nupcial no reivindica la novela decimonónica, pero sí algunos aspectos de la tradición

El escritor estadounidense Jeffrey Eugenides. / Pascal Perich./elpais.com
Nacido en 1960 en Detroit, urbe que durante décadas fue el corazón de la industria automovilística más poderosa del planeta, a lo largo de su infancia y juventud Jeffrey Eugenides vivió de cerca el dramático proceso de deterioro que sufrió su ciudad natal desde el punto de observación privilegiado de Grosse Point, zona residencial situada en las orillas del lago Michigan. Estos dos enclaves, el centro urbano de Detroit y las áreas limítrofes a la metrópolis, constituyen el escenario de sus dos primeras creaciones novelísticas. Las vírgenes suicidas (1993) refiere la historia de cinco hermanas que ponen fin de manera consecutiva a sus vidas tras asomarse al terror primordial del sexo. Contada en primera persona del plural, la narración reproduce las fluctuaciones del coro de voces masculinas configurado por los antiguos pretendientes de las hermanas. La novela sorprendió por su frescura y originalidad y fue llevada al cine por Sofia Coppola. Nueve años después, en 2002, el escritor americano de origen griego publicaba una fábula si cabe más audaz y sorprendente que la anterior. Middlesex es una obra de considerable complejidad y ambición, diestramente contada por alguien (Calíope o Cal Stephanides, según el momento de la historia en que nos encontremos) que cambia de sexo durante el transcurso de la narración. La novela efectúa un recorrido por varias fases de la historia de una familia que se muda de continente, a la vez que da cuenta de diversos episodios históricos con la crónica convulsa de Detroit como trasfondo. Middlesex fue galardonada con el Premio Pulitzer en 2007. Con misteriosa regularidad, tras otros nueve años exactos de silencio narrativo, en 2011, Eugenides publicó en Estados Unidos una obra muy distinta de sus dos apuestas narrativas anteriores. La trama nupcial, que ahora edita Anagrama, es una luminosa meditación acerca de la distancia que media entre la vida y la literatura cuando esta última trata de atrapar el misterio inasible de la pasión amorosa. Con enorme agilidad, la acción da cuenta de las peripecias de un triángulo sentimental en el que se ven envueltos tres jóvenes que cursan estudios universitarios en un campus de élite de la Costa Este de Estados Unidos. En La trama nupcial Jeffrey Eugenides se adentra en un mundo ficcional tan alejado de los que había explorado en sus dos entregas anteriores que el lector tiene la sensación de estar frente a un escritor radicalmente nuevo. La conversación tiene lugar en un café senegalés de la Avenida Madison, en Manhattan. Jeffrey Eugenides transmite una impresión de inmediatez, claridad, sencillez y autenticidad que son reflejo fiel de los sentimientos que transmite su prosa.
Resulta intrigante saber que el motor de su última novela fue una frase que acababa de escribir.
Rigurosamente cierto. La protagonista de La trama nupcial estudia semiótica en la universidad, aunque lo que le gusta de verdad son las novelas a la antigua usanza, como las de Jane Austen. La frase que usted dice es: “Los problemas amorosos de Madeleine empezaron cuando sus lecturas de teoría literaria desconstruyeron la idea que tenía del amor”. En el momento en que escribí eso comprendí que tenía que empezar una novela distinta.
¿Qué papel juega en todo esto la semiótica?
Madeleine lee con fruición los Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes, libro que le sirve para articular una postura intelectual acerca de la experiencia del amor, que la realidad se encarga de desmontar con suma facilidad, porque a la hora de la verdad se enamora perdidamente sin que ninguna teoría le sirva de ayuda.
Usted es autor de tres novelas que llaman la atención por lo distintas que son entre sí. ¿Cómo ve los cambios que le han llevado de un título a otro?
"Cuando escribo un guion siento que estoy ante un enorme vacío. Echo de menos los matices de que es capaz la prosa"
En Las vírgenes suicidas prima el lenguaje. No tenía aún mucha experiencia como novelista de modo que no pensaba demasiado en cuestiones como el argumento, que desvelo en el primer párrafo. Con Middlesex la cosa cambió radicalmente. Es una novela extensa, de una complejidad infinita, con numerosas ramificaciones, un verdadero rompecabezas, de manera que era imperioso prestar atención al armazón argumental. En La trama nupcial los personajes lo son todo. Dejé que fueran ellos quienes escribieran la novela, en lugar de imponerles una historia desde fuera como autor.
Las vírgenes suicidas está narrada en la primera persona del plural, algo que los escritores suelen rehuir. ¿Fue difícil?
No. Me limité a confiar en la voz. Le dejé leer el manuscrito a Donald Antrim, el escritor, que es muy amigo mío y me preguntó por qué no me olvidaba de las voces individuales y formaba un coro colectivo. La voz que empecé a escuchar entonces era como un conjuro que me llegaba de las profundidades del libro. Usted es escritor y sabe que en ficción lo más importante es dar con la voz que ha de conducir la narración. Cuando se da con ella, se trata de seguir sus indicaciones.
Te descubre cosas.
Te descubre cosas porque conecta con algo que hay dentro de ti. Te dice cosas que no sabías, es casi como si te diera permiso para adentrarte en el mundo que te has propuesto explorar. De repente se oye una voz que te dice qué debes hacer. Muchas veces el escritor está sumido en la incertidumbre, sin saber bien qué dirección tomar, hasta que una voz le señala el camino a seguir.
Usted fue alumno de John Hawkes.
Fui a la universidad para poder estudiar escritura creativa con él.
Hawkes era un experimentalista radical, pero usted parece haber evolucionado gradualmente hacia posturas más convencionales.
Si en el momento en que pusiera un pie fuera de este café me atropellara un autobús lo que dice usted sería cierto, pero tengo que decir que en estos momentos estoy escribiendo unos relatos que tienen muy poco de convencional.
¿Cree que hay una cierta tendencia a volver a la tradición entre los escritores más importantes de su generación?
No es que me haya propuesto llevar la misión retrógrada de volver a la novela decimonónica, pero es verdad que hay cosas que vale la pena preservar de la tradición. La única manera de dar nueva vida a la novela es recombinando elementos muy dispares, mecanismos posmodernos, elementos tradicionales, aspectos de la novela psicológica, mezclándolo todo. No hay por qué sacrificar los logros del pasado en aras de ningún doctrinarismo.
¿Qué libros hay en las estanterías del estudio donde escribe en su casa de Princeton?
"La manera de dar nueva vida a la novela es recombinando elementos: mecanismos posmodernos, elementos tradicionales..."
Sobre todo novelas y poesía de los grandes maestros del siglo XX, Joyce, Beckett, mucho Nabokov, bastante Philip Roth, Saul Bellow y Alice Munro, a quien cada vez leo más.
¿Qué libros le han impactado más a lo largo de su vida?
Me vienen dos a la cabeza. Uno es Pálido fuego, de Nabokov. Lo leí durante un viaje a Turquía y me pareció que el reino de Zembla del que se habla en el libro se salía de las páginas fundiéndose con la realidad circundante. Era como si en lugar de a Turquía hubiera viajado al interior del libro. Desde el punto de vista emocional, la lectura más estremecedora de toda mi vida fue la de Anna Karenina. Ningún libro me ha impactado nunca tanto.
Nueve años exactos entre novela y novela. ¿Por qué tarda tanto?
Es como preguntarle a alguien que está haciendo el amor por qué no para.
¿Es solo cuestión de placer?
En cierto modo sí, aunque hay otras cosas. Cuando escribo una novela no existe nada más. Vivo dentro de ella, me absorbe por completo. No sigo ningún plan, porque entonces se convierten en algo demasiado obvio, vivo dentro de la historia y normalmente no me siento satisfecho con lo que hago, al revés, me siento confundido y no sé en qué dirección seguir. Pero la historia avanza, voy viendo cómo se gesta milímetro a milímetro y cuando me quiero dar cuenta han pasado años.
¿Cómo se da cuenta de que ha llegado el momento de parar?
Hay un punto en que todo lo que se le hace al libro lo empeora. Se empiezan a añadir partes que no hacen falta, a reescribir pasajes que al final no quedan mejor. Cuando pasa eso es momento de parar.
La palabra suicidio no parece circunscrita a su primera novela. También surge con cierta frecuencia en La trama matrimonial.
Supongo que debería preocuparme. Martin Amis volvía con cierta insistencia a la idea del suicidio hasta que un día se dio cuenta de que alguien había plantado esa semilla en él, alguien que conocía y que acabó por suicidarse había inoculado la idea en él y se filtró a los libros. Así que encontrarme el asunto en mis libros empieza a inquietarme.
Un elemento religioso gravita ocasionalmente sobre la novela. Alusiones a La nube del no saber, los místicos españoles, el maestro Eckhart, el viaje a India…
En Las variedades de la experiencia religiosa, William James explica bien cómo opera ese instinto en la gente joven. En ese sentido hay una razón personal. Hubo un tiempo en que me interesé por cosas como la meditación zen. Pero más allá de eso, creo que el elemento de que habla es algo radicalmente ausente de la novela contemporánea, lo cual es lamentable. En Anna Karenina, Levin sostiene una lucha consigo mismo por eso, porque siente que la vida carece de sentido y cuando al final de la novela nace su hijo tiene la impresión de que ha entrado en contacto con el origen de la vida, y es un momento muy intenso. Creo que momentos como ése, presentes también en la obra de otros grandes novelistas, nos obligan a enfrentarnos con nosotros mismos, planteándonos las preguntas más radicales que se derivan del hecho de existir. ¿La vida, la suya, la mía, tiene algún sentido o no lo tiene? La pregunta brilla por su ausencia en la literatura contemporánea y creo que es legítimo volver a formularla.
"En La trama nupcial los personajes lo son todo. Dejé que fueran ellos quienes escribieran la novela, en lugar de imponerles una historia"
Su novela le da un giro muy hábil al asunto al trasladar la cuestión del sentido de la vida al plano literario, preguntándose por el sentido o el significado de los textos que leemos. Los libros de teoría literaria que lee la protagonista proclaman la muerte del autor, del texto, del significado, aunque la realidad de su vida va por otro lado.
Muy poca gente ha visto ese aspecto de mi libro. Toda la cuestión de la semiótica no es más que una envoltura tras las que se ocultan cuestiones de más largo alcance. Hay un paralelo entre la negación del sentido en la literatura y la negación del sentido en la vida.
¿Cuánto hay de autobiográfico en su novela?
Un 37%.
¿El resto se lo deja a la imaginación?
Tampoco se puede dejar todo el trabajo a la imaginación. Lo vi muy claro cuando estaba escribiendo Middlesex. Había elementos históricos, como los sucesos de 1922 en Esmirna que exigen documentarse rigurosamente.
¿Qué escritores le interesan entre sus contemporáneos?
Martin Amis, Franzen, David Wallace, Donald Antrim, George Saunders, y como le dije cuando me preguntó por mis estantes, Alice Munro. Cada vez la leo más.
En uno de los últimos números de The New York Review of Books, el artículo estrella es un análisis de Homeland por Lorrie Moore, una de las escritoras estadounidenses más respetadas. ¿Cree que los novelistas de mayor talento escriben para la televisión? ¿Que el equivalente al espíritu de Dostoievski sobrevive en series como The Wire?
David Foster Wallace fue el primero en decir cosas así, cuando confesaba que estaba enganchado a The Wire. Pronto lo comprobaré, porque me han encargado trabajar para la pantalla, aunque la verdad es que escribir novelas o escribir para televisión son actividades radicalmente distintas. Cuando escribo un guión siento que estoy ante un enorme vacío. Echo de menos los matices de que es capaz la prosa narrativa. Eso no quiere decir que no me gusten las series de televisión. Las veo, pero no sustituirán a la literatura. La idea de que la gente va a dejar libros para dedicarse exclusivamente a ver televisión es simplemente falsa. Ahora bien, hay una idea importante detrás de todo esto. Aunque como escritor no me preocupa la competencia que supuestamente se quiere hacer a la literatura desde otros medios, nunca me he avergonzado de querer atrapar la atención de la gente con un libro. Eso es algo totalmente legítimo que todos buscamos. Philip Roth no se cansó de decirlo. Nadie quiere ser tan frío e intelectual como para escribir libros que solo se enseñan en clases universitarias que son un pestiño. El escritor tiene que ser consciente de su obligación de darle algo gratificante al lector, algo que este no puede encontrar en ningún otro lugar salvo en un buen libro.

Saramago: "Niego la existencia del narrador"

El autor usa la figura del narrador, como usa la figura de un personaje. La gente que lee las novelas o las estudia tiene que decir “este es el narrador” y “este es el autor”. A veces es un problema complicado, a veces insalvable, decidir dónde está el narrador, desde su punto de vista —no desde mi punto de vista—, y dónde está la voz del autor

José Saramago niega la existencia del narrador./elespectador.com/elmagazín
Un día de invierno del año 2000 me llamó la editora y buena amiga Juana Ponce de León, para invitarme a un encuentro informal con José Saramago en un club privado de Manhattan. Tuvimos allí una tertulia entretenida durante un par de horas y cuando ya nos disponíamos a partir, mi amiga sugirió que grabáramos una entrevista con el famoso escritor portugués, y él contestó que no tenía inconvenientes. Fue así como pasamos a una salita acogedora donde, sin tener realmente un cuestionario preparado, pero recorriendo de manera rápida la trayectoria literaria del Premio Nobel de Literatura (1998), me dispuse a ampliar con él los temas que habíamos tocado en el discurrir de aquella inesperada conversación. Sin darnos cuenta, estuvimos allí encerrados durante más de una hora, sin más testigos que la grabadora y el ruido incesante del tráfico neoyorquino, hasta concluir esta amena entrevista, inédita hasta hoy, que publica El Espectador para celebrar la presencia de Portugal como país invitado de honor a la Feria Internacional del Libro de Bogotá.
Eduardo Márceles: Maestro Saramago, sus libros se caracterizan por estar escritos siguiendo unas reglas gramaticales de puntuación un tanto originales. Quisiera preguntarle qué busca usted con esa puntuación. ¿Busca de esta manera una efectividad literaria mucho más enfática?
José Saramago: Bueno, yo no diría eso. Cuando hablamos de énfasis en la descriptividad literaria, no sería de tanto provecho utilizar una puntuación determinada, normal o autorizada, y otra deliberada, digamos fría, que el autor se diga “pues ahora voy a cambiar aquí algo para lograr esto o aquello”. No creo que las cosas ocurran así. Por lo menos no en mi caso. Cuando tengo algo, y lo explico al lector o en una entrevista, creo que es claro. Cuando hablamos no usamos puntuación. Nadie está diciendo “esto y aquello”, “coma”, “signo de exclamación” o “interrogación”.
Hablamos con sonidos y pausas; igual que la música. La mejor música del mundo, y la peor, se hace con lo mismo: sonidos y pausas. Y el discurso, la página literaria o el poema más extraordinario que se pueda imaginar, se hace con lo mismo que la comunicación más trivial, más cotidiana: sonidos y pausas. Al comunicar, hacemos música con las palabras, y la acentuación, incluso cuando no es verbal, con las cuerdas vocales, nos sale del gesto, de la mirada, de la intención.
La comunicación se hace no sólo con la palabra, sino con todo lo que la rodea y lo que se lee es la expresión. Una mirada puede estar diciendo que no es verdad lo que tú estás diciendo. O al contrario, puede estar confirmando, o puede estar introduciendo una reticencia. La mirada y el gesto la completan. Entonces, a la hora de escribir, en mi caso, lo que pienso es, que si el lector es una persona atenta a lo que está leyendo, si logra escuchar la voz que está diciendo lo que él está leyendo, si logra poner en su cabeza una voz que está leyendo en voz alta, entonces el lector no necesita toda esta parafernalia de la puntuación, que ni siquiera en mi caso el punto y la coma, son señales de puntuación; son señales de pausa, una pausa breve y una pausa más breve.
Es como en una carretera: una carretera tiene todos esos cartelitos para guiar al conductor. Esa es la puntuación de la carretera. Si yo quito toda la puntuación de la carretera y no me quedo más que con la carretera, algo puede ocurrir, un desastre, un accidente o algo así. Pero una cosa es cierta: es que el chofer tendrá que conducir su coche con mucha más atención porque no tiene todo eso que le facilita el trayecto a la vez que se lo complica porque tiene que estar más atento a las señales de tránsito que al propio gusto de sentir la carretera y sentir el coche.
Quiero decir que, escribir sin puntuación, puede ocurrir, como ocurrió al principio de mi carrera de escritor. En la primera novela donde esto sucedió se titula Levantados del suelo. En ese momento los lectores quedaron un poco desconcertados. Recuerdo un amigo que me llamó para decir, “Mira, gracias por el libro, pero, lo intenté y al cabo de tres o cuatro páginas, me pierdo, y no sé qué es lo que quieres decir”.
Yo le contesté: “Mira, lo siento, puedo hacerte una sugerencia: lee una página o dos en voz alta, y luego ya me dirás”. Al día siguiente llamó para decirme: “Ya sé lo que quieres”. Y lo que quiero es que el lector lea como si estuviera hablando él. Que esté escuchando dentro de su cabeza esa voz que está diciendo en voz alta, porque al decirlo en voz alta no tiene más remedio que poner en esa página lo que aparentemente falta. Cuando escribo un artículo, lo escribo como todo el mundo, pero una novela es una novela que tiene sus reglas propias, que son éstas.
E.M.: Es como encontrar una voz personal y proyectar esa voz personal. Nos pone en el mismo dilema cuando estamos leyendo su obra, al encontrar dónde entra una voz y dónde termina otra en sus personajes, como en ‘Ensayo de la ceguera’…
J.S.: Sí, eso es cierto, pero hay algo más que llamamos el problema del narrador: ¿Quién es? ¿Dónde está ese narrador?, que no es el autor, supuestamente. Yo tengo una opinión un poco heterodoxa que, evidentemente, no tiene la aprobación de las universidades y eruditos, y es negar la existencia del narrador. Entonces, sí, acepto que existe esa entidad que llamamos el narrador, pero diría que como un personaje más de la historia que no es la suya. La historia, como tal, es de unos personajes.
El narrador, donde ocurre, es un personaje más que anda por ahí, pero esa historia no es de él. Él no hace nada más que narrarla. Cuando digo que para mí el narrador no existe, es porque considero que la única entidad que está ahí haciéndolo todo es el autor. El autor usa la figura del narrador, como usa la figura de un personaje. La gente que lee las novelas o las estudia tiene que decir “este es el narrador” y “este es el autor”. A veces es un problema complicado, a veces insalvable, decidir dónde está el narrador, desde su punto de vista —no desde mi punto de vista—, y dónde está la voz del autor.
Hay momentos en los cuales quien está hablando, comentando, escribiendo, argumentando o reflexionando, ya no es ningún personaje, porque si lo fuera estaría claro para el lector. Podría ser el narrador, eso que llaman el narrador, pero muchas veces no es ni uno ni otro, es el autor quien se introduce en la historia para decir “ahora es mi turno”. El lector atento se da cuenta del cambio, un cambio de nivel, como si se cerrara una puerta para abrirse otra, y ahí la persona, o la entidad, o la figura que el lector encuentra, es deliberadamente el autor.
Esto lleva a una mezcla en que a veces el lector se pierde un poco, porque llega un momento en que no sabe quién está comunicando. Pero al mismo tiempo introduce una dinámica muy propia, en que el flujo narrativo no es unidireccional. Al contrario, se expande y abarca la historia que seá diciendo en voz alta, porque al decirlo en voz alta no tiene más remedio que poner en esa página lo que aparentemente falta. Cuando escribo un artículo, lo escribo como todo el mundo, pero una novela es una novela que tiene sus reglas propias, que son éstas.
E.M.: Es como encontrar una voz personal y proyectar esa voz personal. Nos pone en el mismo dilema cuando estamos leyendo su obra, al encontrar dónde entra una voz y dónde termina otra en sus personajes, como en ‘Ensayo de la ceguera’…
J.S.: Sí, eso es cierto, pero hay algo más que llamamos el problema del narrador: ¿Quién es? ¿Dónde está ese narrador?, que no es el autor, supuestamente. Yo tengo una opinión un poco heterodoxa que, evidentemente, no tiene la aprobación de las universidades y eruditos, y es negar la existencia del narrador. Entonces, sí, acepto que existe esa entidad que llamamos el narrador, pero diría que como un personaje más de la historia que no es la suya. La historia, como tal, es de unos personajes.
El narrador, donde ocurre, es un personaje más que anda por ahí, pero esa historia no es de él. Él no hace nada más que narrarla. Cuando digo que para mí el narrador no existe, es porque considero que la única entidad que está ahí haciéndolo todo es el autor. El autor usa la figura del narrador, como usa la figura de un personaje. La gente que lee las novelas o las estudia tiene que decir “este es el narrador” y “este es el autor”. A veces es un problema complicado, a veces insalvable, decidir dónde está el narrador, desde su punto de vista —no desde mi punto de vista—, y dónde está la voz del autor.
Hay momentos en los cuales quien está hablando, comentando, escribiendo, argumentando o reflexionando, ya no es ningún personaje, porque si lo fuera estaría claro para el lector. Podría ser el narrador, eso que llaman el narrador, pero muchas veces no es ni uno ni otro, es el autor quien se introduce en la historia para decir “ahora es mi turno”. El lector atento se da cuenta del cambio, un cambio de nivel, como si se cerrara una puerta para abrirse otra, y ahí la persona, o la entidad, o la figura que el lector encuentra, es deliberadamente el autor.
Esto lleva a una mezcla en que a veces el lector se pierde un poco, porque llega un momento en que no sabe quién está comunicando. Pero al mismo tiempo introduce una dinámica muy propia, en que el flujo narrativo no es unidireccional. Al contrario, se expande y abarca la historia que se está contando y al mismo tiempo las cosas que están al margen. El problema está en saber si al final de la novela el flujo central de la historia y todo lo que está al lado confluyen en un punto.
E.M.: Maestro, quiero también hacerle una pregunta en relación con tres de sus libros, que considero significativos, ‘La muerte de Ricardo Reis’, ‘Ensayo sobre la ceguera’ y ‘Todos los nombres’. Ellos poseen un común denominador: los tres están envueltos en una suerte de nebulosa, pesimista y kafkiana, que algunos identifican con su propia experiencia y otros con el lado más serio de la idiosincrasia lusitana. ¿Cómo explica usted esta profunda tristeza y aislamiento que muchos de sus personajes comparten?
J.S.: Vamos a ver. Empecemos por la supuesta idiosincrasia lusitana. No existe una idiosincrasia lusitana, y estos son los tópicos de siempre: la saudade, el fado, la melancolía y todo eso. No somos ni más melancólicos, ni menos, ni más nostálgicos que cualquier otro, porque entonces tendríamos que plantear lo siguiente: ¿cuál es la idiosincrasia del pueblo de Estados Unidos? Ahí nos quedaríamos sin respuesta. Esto es cierto también para un país con la dimensión y la diversidad étnica, cultural y lingüística como Estados Unidos.
Es igual, cualitativamente, en un pequeño país como Portugal. La gente del norte se parece muy poco a la gente del sur. ¡Y no llegamos a tener cien mil kilómetros cuadrados! La diversidad, si nos ponemos a definir un pueblo por unas cuantas características, estamos olvidando a las personas, y lo que cuenta es la persona, y no vamos a imaginar ahora que la persona se multiplica en no sé cuántos millares o millones de seres más o menos iguales. No, nunca.
Si hay una tristeza, suponiendo que la haya, a mí no me parece que sea tristeza. Lo llamaría seriedad, gravedad, conciencia…, conciencia de esa cosa un poco asustadora y al mismo tiempo se puede decir magnífica, que es vivir. Mis personajes no son nunca héroes. A mí, los llamados héroes no me interesan. Tampoco son capitalistas, porque yo no los conozco. Es decir, sólo puedo hablar de lo que conozco. Entonces, mi mundo es el que cada uno tiene, por lo menos así lo pienso. No escribo libros sólo para distraerme, sí libros para el lector, donde reflexiono, donde busco que el lector me acompañe para concordar o no con lo que allí digo. Tengo claro que este mundo es una… iba a decir una palabra un poco fuerte, pero la diré de todos modos: que este mundo es una mierda, entonces, tengo que plantear las cosas como a mí me parece que son.
Claro que para muchísima gente esta es una cosa absurda y maravillosa, ¿no? Viven a la espera de una especie de esfera de cristal, de donde no lleguen ni olores ni nada que sea feo. Pero, en este mundo hay seis mil millones de personas. Y el espectáculo que aquel mundo nos ofrece es todo menos heredado: miseria, guerra, contaminación, desastre, el poder y el uso del poder que ha llegado a niveles jamás imaginados. El poder no ha sido nunca un diálogo global, y ni siquiera es el llamado poder político. El poder político no tiene ninguna importancia.
Digamos, los gobiernos no son más que comisarios del poder que sabemos dónde está: son las multinacionales, la globalización económica y todo eso. Aunque yo no trate esos temas en mis libros, salvo quizá un poco en la última novela que se titula La caverna. Hay en mis novelas, que no son nunca testimonios personales, historias con personajes que están ahí para decir lo que ellos tienen que decir, pero también están ahí para que ellos digan lo que yo quiero que digan. Esta es la única manera para que el lector sea consciente de que le estoy hablando; haciendo —podríamos llamarle— un desvío por la ficción, pero yo estoy hablando directamente sobre temas que considero que son importantes.
Si hay una tristeza, es la tristeza de vivir en un mundo como este. En El año de la muerte de Ricardo Reis, ¿dónde está Ricardo Reis? Viviendo en un país bajo una dictadura fascista, con la poesía, la censura y todo eso… En el Ensayo sobre la ceguera, también. Si hay alguna novela que alguna vez he escrito, que sea el retrato fiel del mundo, es el Ensayo sobre la ceguera. Porque, desde mi punto de vista por lo menos, nosotros estamos todos ciegos. Lo sabemos, pero hacemos de cuenta que no, pero estamos ciegos. ¿Cómo la razón humana que no sirve para defender la vida se usa para destruirla? Esto es una forma de ceguera.
No quiero decir que lo haya logrado, pero por lo menos hay que reconocer que lo intenté. En Todos los nombres ¿cuál es el problema? Uno de los problemas más serios que tenemos hoy, “el otro”. ¿Quién es “el otro”? Es tan fácil de decir: “Pues yo a ti te conozco y tú a mí me conoces”. ¡Tonterías! Seguimos sin saber quién es el otro. Por alguna cosa el epígrafe que tiene es mío, sacado de un libro que no existe. En esto yo soy un poco borgiano. En un libro que supuestamente tiene el título Libros de las evidencias%tando y al mismo tiempo las cosas que están al margen. El problema está en saber si al final de la novela el flujo central de la historia y todo lo que está al lado confluyen en un punto.
E.M.: Maestro, quiero también hacerle una pregunta en relación con tres de sus libros, que considero significativos, ‘La muerte de Ricardo Reis’, ‘Ensayo sobre la ceguera’ y ‘Todos los nombres’. Ellos poseen un común denominador: los tres están envueltos en una suerte de nebulosa, pesimista y kafkiana, que algunos identifican con su propia experiencia y otros con el lado más serio de la idiosincrasia lusitana. ¿Cómo explica usted esta profunda tristeza y aislamiento que muchos de sus personajes comparten?
J.S.: Vamos a ver. Empecemos por la supuesta idiosincrasia lusitana. No existe una idiosincrasia lusitana, y estos son los tópicos de siempre: la saudade, el fado, la melancolía y todo eso. No somos ni más melancólicos, ni menos, ni más nostálgicos que cualquier otro, porque entonces tendríamos que plantear lo siguiente: ¿cuál es la idiosincrasia del pueblo de Estados Unidos? Ahí nos quedaríamos sin respuesta. Esto es cierto también para un país con la dimensión y la diversidad étnica, cultural y lingüística como Estados Unidos.
Es igual, cualitativamente, en un pequeño país como Portugal. La gente del norte se parece muy poco a la gente del sur. ¡Y no llegamos a tener cien mil kilómetros cuadrados! La diversidad, si nos ponemos a definir un pueblo por unas cuantas características, estamos olvidando a las personas, y lo que cuenta es la persona, y no vamos a imaginar ahora que la persona se multiplica en no sé cuántos millares o millones de seres más o menos iguales. No, nunca.
Si hay una tristeza, suponiendo que la haya, a mí no me parece que sea tristeza. Lo llamaría seriedad, gravedad, conciencia…, conciencia de esa cosa un poco asustadora y al mismo tiempo se puede decir magnífica, que es vivir. Mis personajes no son nunca héroes. A mí, los llamados héroes no me interesan. Tampoco son capitalistas, porque yo no los conozco. Es decir, sólo puedo hablar de lo que conozco. Entonces, mi mundo es el que cada uno tiene, por lo menos así lo pienso. No escribo libros sólo para distraerme, sí libros para el lector, donde reflexiono, donde busco que el lector me acompañe para concordar o no con lo que allí digo. Tengo claro que este mundo es una… iba a decir una palabra un poco fuerte, pero la diré de todos modos: que este mundo es una mierda, entonces, tengo que plantear las cosas como a mí me parece que son.
Claro que para muchísima gente esta es una cosa absurda y maravillosa, ¿no? Viven a la espera de una especie de esfera de cristal, de donde no lleguen ni olores ni nada que sea feo. Pero, en este mundo hay seis mil millones de personas. Y el espectáculo que aquel mundo nos ofrece es todo menos heredado: miseria, guerra, contaminación, desastre, el poder y el uso del poder que ha llegado a niveles jamás imaginados. El poder no ha sido nunca un diálogo global, y ni siquiera es el llamado poder político. El poder político no tiene ninguna importancia.
Digamos, los gobiernos no son más que comisarios del poder que sabemos dónde está: son las multinacionales, la globalización económica y todo eso. Aunque yo no trate esos temas en mis libros, salvo quizá un poco en la última novela que se titula La caverna. Hay en mis novelas, que no son nunca testimonios personales, historias con personajes que están ahí para decir lo que ellos tienen que decir, pero también están ahí para que ellos digan lo que yo quiero que digan. Esta es la única manera para que el lector sea consciente de que le estoy hablando; haciendo —podríamos llamarle— un desvío por la ficción, pero yo estoy hablando directamente sobre temas que considero que son importantes.
Si hay una tristeza, es la tristeza de vivir en un mundo como este. En El año de la muerte de Ricardo Reis, ¿dónde está Ricardo Reis? Viviendo en un país bajo una dictadura fascista, con la poesía, la censura y todo eso… En el Ensayo sobre la ceguera, también. Si hay alguna novela que alguna vez he escrito, que sea el retrato fiel del mundo, es el Ensayo sobre la ceguera. Porque, desde mi punto de vista por lo menos, nosotros estamos todos ciegos. Lo sabemos, pero hacemos de cuenta que no, pero estamos ciegos. ¿Cómo la razón humana que no sirve para defender la vida se usa para destruirla? Esto es una forma de ceguera.
No quiero decir que lo haya logrado, pero por lo menos hay que reconocer que lo intenté. En Todos los nombres ¿cuál es el problema? Uno de los problemas más serios que tenemos hoy, “el otro”. ¿Quién es “el otro”? Es tan fácil de decir: “Pues yo a ti te conozco y tú a mí me conoces”. ¡Tonterías! Seguimos sin saber quién es el otro. Por alguna cosa el epígrafe que tiene es mío, sacado de un libro que no existe. En esto yo soy un poco borgiano. En un libro que supuestamente tiene el título Libros de las evidencias, se dice “¿Conoces el nombre que te dieron? No, conoces el nombre que tienes”.
Es decir, nosotros mismos no sabemos, creemos saber quiénes somos, pero tenemos unas cuantas ideas, supuestamente coincidentes con lo que de manera efectiva llevamos dentro, y eso es lo que decimos cuando tenemos que decir quiénes somos. Pero no creo que estemos muy seguros de eso. Fernando Pessoa lo ha demostrado, de manera clara, es decir, el “yo” no existe. Porque si el “yo” existiera, existiría siempre igual, desde que nacemos hasta que nos morimos. ¿Alguien puede decir que es hoy lo que era hace treinta años, cuarenta años? Pues, no.
Somos múltiples, somos muchos, y el problema que tenemos es ¿cómo podemos lograr dar a esta diversidad fundamental, esencial, que es la nuestra, una apariencia de unidad? Nosotros vamos por la vida haciendo todo de una forma inconsciente. Porque en el fondo estamos representando un papel, estamos representando nuestro propio papel, y hemos elegido dentro de todo lo que podríamos ser, una figura determinada, y después hacemos todos los esfuerzos para que más o menos en lo que decimos y en lo que hacemos coincidamos con esa figura. A veces esto no se logra y termina en la locura.
E.M.: Entonces, maestro, ¿dónde está la luz? Por ejemplo, usted apoya ciertas cosas, como la causa zapatista y su ideólogo Marcos, tratando de rescatar la memoria. Es el “otro”, es el “persa”, como dice usted en el prólogo que ha escrito, pero ¿dónde está la epifanía? ¿A dónde vamos? ¿Qué propone?
J.S.: Bueno, mira, yo no sé a dónde vamos ni propongo nada. No faltaría más: llegar aquí para proponer y decir a dónde vamos. Creer que yo te voy a contestar. Hay unas cuántas cosas que a mí no me gustan, como por ejemplo, la esperanza. La luz, ¿dónde está la luz?, y el camino, ¿por dónde? Yo lo resumo todo en tres o cuatro palabras: es tener y mantener un sentido ético de la existencia, y punto, se acabó. Todo lo demás es pura retórica. Y la retórica a veces tiene sus cosas buenas, pero en ella a veces nos perdemos. Pues entonces, yo lo tengo claro, si yo me pongo ahí “sentido ético de la existencia”, eso no me permite hacer unas cuantas cosas, y me obliga a hacer otras cuantas.
E.M.: Maestro, ¿será que se relaciona el espíritu con lo que usted acaba de decir sobre sus novelas? ¿Tiene algo que ver con la su elección de exiliarse prácticamente en Lanzarote? ¿Encuentra usted allí la soledad y la creatividad que explica en sus escritos? ¿Ha encontrado allí el mundo propicio para su creación?
J.S.: Mira, desde que yo estoy en Lanzarote, escribí tres libros. Todo lo que he escrito antes, no ha sido escrito en Lanzarote sino en Lisboa. El lugar donde uno vive no tiene demasiada importancia para lo que uno está haciendo. Si yo estoy viviendo en Lanzarote, no es porque buscaba un lugar tranquilo, inspirador, que no robara mi capacidad creativa (para usar en medidas pequeñas esta retórica).
Yo estoy viviendo en Lanzarote por una novela mía El evangelio según Jesucristo, que se publicó en Portugal en 1991. Su postulación al Premio Literario Europeo, candidatura esa decidida por El Tempo de Portugal y la Asociación de Críticos. Es un premio creado por la Comunidad Europea, bastante tonto, creo yo. Digo que es tonto porque es un premio donde se pueden postular teatro, poesía, ficción, ensayo, todo, y el jurado tiene que decidir, estúpidamente, si este ensayo es mejor que esta obra de teatro, o si esta novela es mejor que este libro de poemas, lo que es una imbecilidad total, pero, bueno…
Entonces, ha sido (desde el momento en que apareció e incluso, digamos, hasta ahora) una novela bastante polémica. En abril del 92 supe que el gobierno portugués de entonces la había prohibido. En consecuencia había que presentarla desde fuera. Los motivos que alegaban eran que la novela ofendía a la creencia del pueblo portugués, que mayoritariamente es católico. Si esto hubiera ocurrido antes del 74, antes de la Revolución, pues casi se puede decir que era lo normal, teníamos la censura y todo eso, por lo tanto libros prohibidos era cosa de todos los días, bastante frecuente donde no hay democracia.
Que un gobierno tenga la osadía de decir “este libro no puede representar a este país”, era insólito. Y como nosotros tenemos parientes en Lanzarote, una hermana de mi mujer y su marido que es arquitecto, entonces Pilar, mi mujer, me dijo “y si construimos una casa en Lanzarote, pasaríamos allá un tiempo y otro tiempo en Lisboa. A mí la idea no me pareció buena en ese momento, pero al día siguiente yo estaba diciendo que sí, que me parecía muy bien. Y a esto le llamo la reacción típica mezquina Nº 1, que es decir “No”, y la reacción típica mezquina Nº 2, que es, un día o dos días después, decir “¡Pues, sí! ¡Muy bien! ¡Buena idea! ¡Bueno!”.
La Nº 3 es cuando el hombre intenta apropiarse de una buena idea para decir que la idea ha sido suya. Entonces ha sido ese el motivo.
E.M.: ¿Cómo ve la influencia de internet? Ayer usted hablaba sobre la importancia de los puntos de referencia, que la universidad ha dejado de ser donde se instruye el ciudadano, en su lugar es el shopping mall, o el shopping center, como dijo. ¿Cómo analiza, desde su árida isla, la forma en que nos afectan estas tecnologías?
J.S.: Yo no uso internet. Mi mujer sí la usa, pero de manera limitada. Si pensamos que internet es un instrumento más de comunicación, no vamos a dramatizar demasiado. Creo que, hace muchos años, cuando en el apartamento de uno se ponía un teléfono, era una cosa maravillosa. Queríamos comunicarnos con todo el mundo que tenía teléfono. Pasará algo similar con internet, más allá o más acá de su utilidad, porque en el fondo si yo quiero consultar lo que sea, tomar conocimiento de esto y aquello, me ahorra el trabajo de irme de casa, entrar en una biblioteca, buscar la enciclopedia, y ya tengo todo ahí, pero al mismo tiempo quizá no sea tan bueno, porque el problema fundamental es tener o no tener la curiosidad. Claro que la internet satisface la curiosidad, satisface todas las curiosidades, incluso las nocivas. Probablemente el noventa por ciento de la comunicación por internet en este momento es pura frivolidad.
Creo que la comunicación auténtica es la comunicación de cercanía. Yo no puedo comunicarme sólo con la palabra, sino también con la mirada, tocando a la persona, gesticulando, todo eso que es, digamos, la auténtica comunión humana hasta donde ella es posible. La otra comunicación por internet, no sé. Puedo estar buscando datos, información, que son útiles, puedo incluso enviar una carta a una cantidad de personas, pero en el fondo se parece muchísimo a una situación en que un hombre y una mujer, por un anuncio en un periódico, empiezan a comunicarse, se escriben uno al otro, hasta el día en que se encuentran. Y cuando se encuentran, todo puede ocurrir.
Pero, lo que normalmente ocurre es que los que parecían entenderse antes, a la hora de llegar frente a frente, y sobre todo hablar con su propia voz, comunicarse, finalmente comunicarse, puede ocurrir que lo que parecía hecho, no lo estaba. Y cada uno se va a su propia vida, porque se da cuenta de que eso no funcionaría. Sabemos que uno puede quedarse en su casa y no moverse. Se comunica con todos, encarga todo lo que necesita por internet: libros, comida, artículos domésticos.
El problema es saber qué mentalidad humana se está formando. Antes, por las creencias, por las costumbres, por las tradiciones, la gente, los niños, encontraban un medio técnico y cultural determinado y por ahí se educaban, mal, bien, ni mal ni bien, pero bueno… Se puede decir que el mundo entonces, aunque limitando mucho la capacidad de cada uno para llegar a algo (llámese éxito o triunfo), para llegar de todos modos, el mundo o la vida era pluridireccional.
No olvido los problemas que se planteaba la gente nacida en medios pobres cuando la pluridireccionalidad no era extraordinaria. Pero, en principio, ya se veía que ocurriría cuando llegara la edad adulta. Que en la aparente diversidad que nos ofrece la vida hoy, la especialización de las actividades profesionales llegó a la pluralización. No hay más que mirar los programas de las universidades, ¿qué es lo que te proponen? Pues cantidad y cantidad de carreras, supuestas carreras.
La contradicción es que, al mismo tiempo que en el plan profesional te ofrecen una cantidad de posibilidades, en el plan de la mentalidad te envían en una única dirección, y lo que cuenta es la mentalidad, mucho más que los conocimientos que tú tienes y que puedes ampliarlos. Lo que cuenta es con qué mentalidad lo estás haciendo.
La mentalidad se está formando en los shopping centers llamados malls o centros comerciales. Éstos son la catedral de los tiempos modernos. Ayer entré en Saint Patrick’s (la catedral de NY), allí la gente estaba sentada, unos cuantos, estaban sencillamente durmiendo, descansando, es un lugar tranquilo, no tienen que estar pendientes de la policía. La creencia real, fe auténtica, eso se acabó. Todo esto es falso. Estamos representando una comedia, la comedia social, desde la política hasta la religión es una comedia, es una farsa, peor que una comedia, es una farsa trágica. Trágica porque nos está llevando a la destrucción.
Por algo se inventó el concepto de lo políticamente correcto. Lo políticamente correcto no es sólo eso, es socialmente correcto, mentalmente correcto. Y ¿quién es el que definió el tipo de corrección? A mí no me importa tanto saber quién lo definió, a mí me importaría, sobre todo, para qué lo definió. Nos estamos convirtiendo en seres sin voluntad, sin ganas de cambiar. Estuve ayer en una universidad y me dieron pena los chicos y las chicas, simpáticos, guapos, con una mirada casi inocente, que cuando les dicen unas cuantas cosas se quedan asombrados como si hasta entonces nadie las hubiera dicho. Y después te preguntan: “¿y cómo podemos cambiar esto?”. Y tú no tienes respuestas para decir cómo.
Siempre digo: “Mira, no hay más que pensar en esto: en mayo del 68, Berkeley, París, toda esa efervescencia, la juventud entonces salió a la calle para todo. No ha cambiado nada, claro”. Pero no es si ha cambiado mucho o ha cambiado poco lo que cuenta. Lo que cuenta es esto: en el 68 tenían dieciocho años, ahora tienen sesenta. ¿Dónde están? ¿Quiénes son? ¿Qué hacen? ¿Qué piensan?, ese es el problema, porque a los dieciocho años era fácil ser o parecer revolucionario. Pero el problema está en saber si todavía lo es a los sesenta. Porque entonces tendríamos que decir, como en Portugal, que quien a los dieciocho años no es revolucionario, no tiene corazón; pero aquel que a los cuarenta años lo sigue siendo, no tiene cabeza. Entonces lo que me parece es que hay que mantener el corazón y no perder la cabeza.
E.M.: Una pregunta sobre su militancia política, ya que estamos en esta coyuntura. Su militancia en el comunismo es bien conocida, como también lo es su insistencia en permanecer fiel a sus ideales políticos. ¿Cómo anticipa el futuro del marxismo en el mundo, en esta coyuntura que estamos conversando? ¿Piensa que todavía tiene algo que aportar?
J.S.: Mira: a mí no me pregunten cómo veo el futuro, porque no vale la pena. En el final del siglo diecinueve se reunieron unos cuantos filósofos, científicos, sociólogos, toda esa gente que más o menos tenía ideas sobre cómo podía ser el futuro, para preguntarse cómo sería el mundo en el final del siglo veinte. Seguramente los aciertos habrían sido mínimos. Si pudieran volver a la vida, se quedarían sorprendidos o desesperados.
Por eso, no creo que valga la pena decir cómo será el futuro, y mucho más en un tiempo como este, en que se está terminando una civilización. La civilización que era la nuestra se está acabando, acabó. Quedará algo distinto que pasa por la mentalidad esa, que tampoco sabemos cómo será. Pero tratando de contestar sin demasiadas palabras, yo le diría esto: en los libros de Marx y Engels (se llama La Sagrada Familia) hay unas cuantas palabras, frases, muy breves, que desde mi punto de vista, lo dicen todo. Sirve para entonces cuando Marx y Engels vivieron, para hoy y para mañana o para cuando sea. ¿Qué es lo que han escrito ellos? Esto: si el hombre es formado por las circunstancias, entonces hay que formar las circunstancias humanamente.
Todo lo que se pueda pensar o imaginar sobre ese deseo de felicidad, o de armonía y bienestar, algo que se podría decir inherente al ser humano, creo que lo contienen estas palabras. Y si usted me pregunta “¿y dónde se ha tratado o intentado aplicar todo esto, por ejemplo, en la Unión Soviética?”, entonces yo contestaré igual: si el hombre es formado por las circunstancias, entonces hay que formar las circunstancias humanamente.
Para concluir, diría que ni siquiera en esos países las circunstancias han sido suficientemente humanas para formar humanamente al ser humano. De aquí, tal como yo lo entiendo, no hay que salir. El modo en que estamos viviendo, las circunstancias que se están formando no son humanas. Al contrario, lo sabes bien, lo tenemos muy claro, entonces si me pregunta “¿Usted tiene una idea política y social, económica, lo que sea”, yo diré “Pues mire, la tengo pero no es mía. Es una idea de unos señores, que a lo mejor escribieron en un contexto que ni siquiera es el contexto donde yo lo pongo ahora, pero para mí lo tengo clarísimo: Si el hombre es formado por las circunstancias (y sabemos que sí, las circunstancias forman al ser humano), entonces hay que formar las circunstancias humanamente, que es la única forma, no hay otra. Decir, como se ha dicho, que nos vamos a sacrificar para que nuestros hijos sean felices. La felicidad posible es la que tiene que conquistarse cada día, día a día. La que se pueda; no es toda, no es mucha, un poquito que se pueda, pero ¿quién? Todos tenemos derecho a ella, los que vamos pasando de generación en generación, y sobre todo, no olvidar que los demás existen.
Eduardo Marceles Daconte.Escritor e investigador cultural. Sus libros más recientes son ¡’Azúcar!: La biografía de Celia Cruz’ (2006) y ‘Los recursos de la imaginación: Artes visuales de la Región Andina y la Región Caribe’ (2011).