24.12.13

Lluvia de Paz y Prosperidad

¡Feliz Navidad 2013 Próspero Año 2014 !

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Escritor por aclamación popular

Portales como EntreEscritores permiten que los lectores impulsen a autores desconocidos . Tras el éxito de la autopublicación, esta vía acerca a literatos noveles a las editoriales


Un usuario subraya un fragmento de un e-book sobre la pantalla./Doménec Umbert./elmundo.es

La escritura es una lucha contra el tiempo; una pretensión de permanencia, de inmortalidad. La escritura es, más allá, un acto de comunicación. Con uno mismo o con el prójimo. Y también es "sueño, capricho o vocación imaginaria", decía Muñoz Molina tras recibir el Premio Príncipe de Asturias. La escritura es oficio y, con suerte, beneficio. Aunque no siempre van de la mano, explicaba el autor:
"Quien escribe sabe que ha de dedicar a su oficio tantas horas y tantos años como un artesano al suyo [...]. Pero también sabe que la entrega, por sí misma, no garantiza la calidad del resultado [...]. Y sabe que lo mejor unas veces es reconocido de inmediato y otras veces es ignorado".
Excepto cuando se trata de un diario, ese 'ser ignorado' es una de las mayores preocupaciones de muchos autores. Un muro insalvable, el de la falta de atención, que dejó de serlo con la aparición de internet, y más aún con el desarrollo de plataformas para la autopublicación de libros digitales (Amazon, iBookstore). Para bien o para mal, la intermediación editorial desaparece, y son los lectores los que aúpan a los autores sin campañas de marketing mediante.
"No importa el currículum ni los contactos; si el libro merece la pena encontrará su sitio", resumen desde Tropo Editores. Amanda Hocking quizá sea el mejor ejemplo de ello: en 2010, y tras el 'no' de varias editoriales, la joven norteamericana publicó por su cuenta una saga de novelas fantásticas que logró más de un millón de descargas. El éxito se tradujo en un contrato millonario con una firma de libros, y en España ha llegado a las librerías de la mano de Destino (Planeta).
Una red social literaria
Hace menos de un año nació EntreEscritores, una comunidad que acoge a casi 200 escritores que comparten sus obras (de cualquier género y autoeditadas en formato digital) con miles de lectores (3.500 de momento) que las comentan y puntúan. La plataforma, una especie de 'Tú sí que vales' literario, trabaja con siete editoriales que en 2014 publicarán los mejores trabajos.
Idoia Soto, responsable de producto de EntreEscritores, resume las características del portal: "Los lectores saben que están leyendo obra inédita; es una oportunidad para descubrir nuevos autores; se les ayuda a difundir su obra y no olvidamos la labor editorial". Los autorespagan una cuota por cada 'ebook' que comparten (9,99 euros), y el resto de los usuarios accede de forma gratuita.
"No todos los escritores buscan publicar con una editorial", dice Idoia Soto, algunos sólo quieren lecturas, opiniones y críticas para mejorar su libro
"No todos los escritores buscan publicar con una editorial", continua Soto, "algunos sólo quieren lecturas", opiniones para testar y mejorar su libro. A las pequeñas editoriales les sirve para "comparar su punto de vista con el de los lectores, que aportan críticas más transparentes que un crítico literario de un periódico", asegura.
Para evitar que las valoraciones de los usuarios se repartan "entre amigos", cada uno de ellos tiene un 'karma' (es decir, un 'nivel de influencia' basado en el número y la calidad de sus interacciones en la comunidad). Cuando se cierre el 'ranking' (en marzo del próximo año), la página facilitará la lista a las editoriales, aunque las obras más votadas no serán necesariamente las que se publiquen.
La clasificación es orientativa, reconoce Idoia Soto, "las editoriales tienen su propio criterio". Tropo Editores publicará la mejor novela; Ediciones del Serbal lo hará en la categoría juvenil; Letra Clara, con los menores de 30 años; Mandala Ediciones se encargará del mejor libro de poesía; Salto de Página de relatos; Club Editor en catalán y Gaumin en euskera.
¿Calidad es popularidad?
Muñoz Molina proseguía en su discurso: "Escribir con el miedo a no tener lectores y con el miedo a perderlos, sobreponiéndose lo mismo a los elogios que a las heridas...". Hablábamos antes de la búsqueda de público y reconocimiento en oposición al 'ser ignorado'. Pero la pregunta que sigue es antigua: ¿La popularidad es un indicativo de calidad?
"Lo más votado es siempre lo que más calidad tiene", señala Óscar Sipán, de Tropo Editores, y ahí entra en juego "el olfato de perro trufero" del editor
"Nosotros somos también escritores y los concursos de votaciones populares nos han chirriado siempre", señala Óscar Sipán, miembro de Tropo. "El filtro del editor es imprescindible. Lo más votado no va a ser siempre lo que más calidad tenga", dice, y ahí entra en juego "el olfato de perro trufero" de los profesionales.
Tropo sigue dos líneas de trabajo: rescata libros y rastrea autores emergentes. La editorial presume de haber sido el trampolín de escritores como Sara Mesa, Sergio del Molino o Lara Moreno, que después ficharon por Anagrama, Mondadori y Lumen. La firma recibe 1.000 manuscritos al año. Entonces, ¿qué busca en este portal? "La diferencia", resuelve Sipán. "Hay que ser valientes. Cada año damos una vuelta de tuerca".
EntreEscritores no se vende como un 'sustituto' de la figura del editor; en todo caso, actúa como un agente literario. "En el sector pueden desaparecer ciertas tareas, como la distribución, pero otras se van a mantener", señala Idoia Soto. "La traducción, la corrección, el diseño...". Si un autor tiene éxito autopublicando sus libros, "tendrá que dedicarse a escribir, no a hacer de hombre orquesta", agrega.

Grossman: "La sensación de catástrofe siempre está allí merodeando"

David Grossman, autor de La vida entera y Más allá del tiempo, ha dado voz en Israel a una conciencia de los derechos de su propio pueblo y los palestinos a existir. Aquí cuenta dónde está la raíz de su literatura

El escritor David Grossman en un rincón de su casa en Jerusalén. /Lisbeth Salas./elpais.com

Hay en este hombre una delicadeza extrema, como si estuviera a punto de romperse su mirada, su cara roja. Como si el niño que fue estuviera a punto otra vez de llorar solo. A veces aflora el dolor, pero el pudor lo mitiga. Es un hombre habitado por un conflicto, como su literatura. Nada en lo que escribe, ni en un cuento infantil, es ajeno al drama que contempla.
David Grossman vive en el centro de una historia terrible, Israel. Israel y Palestina. Un diálogo imposible que él afronta con una valentía moral que está en sus libros, en su voz, en su propia biografía. Él quiere el diálogo, afronta con estupor que no sea factible todavía, quiere que su país y Palestina algún día venzan la reticencia y sean vecinos normales, Estados normales en una vida normal, lejos del fuego que ahora le quema a él, y a tantos, en las entrañas.
En agosto de 2006, su hijo militar, Uri, murió en combate en Líbano. Tenía veinte años. David Grossman escribió días después (en EL PAÍS, 21 de agosto de 2006) una carta conmovedora: “En este momento no quiero decir nada de la guerra en la que has muerto. Nosotros, nuestra familia, ya la hemos perdido”.
Estuvimos con él en México, en la Feria del Libro de Guadalajara. A su alrededor pululaba gente que vigilaba su seguridad, es un israelí acostumbrado al sonido inesperado de las armas y del miedo, y quisiera acabar con ambos ruidos. En su cara se dibuja la serenidad con la que afronta la historia, pero a veces aflora el rubor de un cansancio: contarlo otra vez.
En su diálogo con Mario Vargas Llosa en ese escenario mexicano tuvo una participación vibrante, “me salió del alma”. Dijo ante un auditorio de más de mil personas: “Nací en Israel y he vivido toda mi vida en Israel, es mi lugar y no quiero estar fuera de él”. Y añadió: “Israel fue creado para que los judíos tuvieran por primera vez en dos mil años de historia un hogar en el mundo. Para mí, una definición de judío es alguien que nunca se siente en casa en el mundo; incluso en el más habitable de los lugares, nunca nos sentimos totalmente seguros ni confiados”.


"En Israel, la gente vive con un miedo existencial brutal. Por eso es fácil manipularla".
Del mismo modo defiende “que los palestinos deben tener su propio país libre, independiente y soberano. Tienen que tener privilegios, no ya como palestinos, como seres humanos”.
No son palabras de palo, las ha vivido, las dice en los libros y en los estrados, en los cafés, y las dice ahora, con el mismo candor con que afronta el recuento de la primera enseñanza literaria que tuvo. ¿Qué hay detrás de esa mirada, y de esa rabia, qué hubo antes? La primera lección se la dio su padre. “Vino con un libro, sonriendo, y era raro en él que sonriera, él que solía ser tan autoritario”. Él tenía ocho años, y el libro era de Sholem Aleichem, escritor judío del siglo XIX. “Léelo, Davide”. Mi padre me habló muy poco sobre su infancia. Creo que, como muchos que emigraron a Israel, él quiso olvidarse del pasado e integrarse de inmediato en su nuevo país. Quiso darle la espalda a la diáspora y a la humillación. Pero los recuerdos son muy poderosos y creo que me dio a leer este libro porque se veía reflejado en él.
Trataba de un niño llamado Motl, hijo de un jazán (la persona que guía los cantos en la sinagoga)… El padre muere y Motl empieza a contar su vida. “Mi padre, como Motl, fue huérfano de padre y un niño muy solitario, pero también muy travieso. Recuerdo que lo empecé a leer y fue como una revelación. El libro contenía un mundo nuevo con códigos nuevos. Recuerdo que las páginas no estaban numeradas, sino que llevaban letras, como en la Biblia. Estaba seguro de que lo que me había dado mi padre era un libro sagrado. Cuando vi su sonrisa al entregármelo me pareció que mi padre era un niño”.
La historia de Motl absorbió a David “como hoy un niño se sentiría leyendo Harry Potter… Era como un cuento de hadas donde las personas vivían con miedo del futuro, pero no sabían de qué exactamente. Eran personajes tan distintos de los israelíes de los años de mi infancia, gente que no quería mirar hacia atrás, sino hacia el futuro, recrearse, hacerse fuertes… Porque si miras atrás, te das cuenta de lo frágil que eres. Aquella gente en algún momento se resignaba con la pérdida”.
Se hizo tan de Sholem que se convirtió en un experto al que la radiocontrató, cuando David tenía nueve años, a partir de un concurso en el que aquel niño supo más que nadie del famoso autor que marcó su infancia. “Pude colaborar en la radio y de hecho pude entrevistar a mucha gente que admiraba: jugadores de fútbol, poetas, políticos, gente del teatro. Una niñez poco común. Yo era muy bajito, claro, y cuando hacíamos un programa o una serie, nos acercábamos al mismo micrófono. A mí me ponían debajo una caja de naranjas, para estar a la altura de los adultos”.



Grossman es conocido por su compromiso como activista por la paz. Defiende una solución negociada al conflicto entre palestinos e israelíes. / L. S.
Un niño solitario y miedoso recordándose aún como niño. Hay un cuento suyo, El abrazo (Sexto Piso), que tiene esa delicadeza con la que cuenta el miedo Grossman, como si fuera una membrana interior que atraviesa desde la infancia hasta el mismo instante en que está ahora. “Siempre fui sociable; tenía amigos, pero al tiempo me sentía muy solo. Sabía que no podían llegar a conocerme realmente. Pero la gente no habla de esto, no quiere reconocer que un niño puede sentirse solo, indefenso y lleno de miedo. Pero sí lo están, tienen miedo. Uno de mis primeros recuerdos de niñez es una fiesta en casa de mis padres y yo debía de tener unos cuatro años. Recuerdo mirar a todos estos adultos y pensar: todos se van a morir. Y me di cuenta de que yo también me iba a morir algún día. Lo viví con tanta claridad… Pero esas certezas no las puede asimilar un niño de esa edad y empecé a llorar desconsoladamente. Mi madre me cogió en brazos y me preguntó qué me pasaba. Hacía unos minutos era feliz, ¿y ahora?… Pero no le quise decir qué me había ocurrido porque tenía miedo de que su muerte se hiciera realidad”.
Por la mañana, mientras le escuchaba hablar, vibrante o apesadumbrado, con su colega Vargas Llosa, sentí, le dije, que en su interior algo iba diciendo: “Ayúdame, estoy solo”. Me contestó Grossman:
–Creo que esa sensación ha cambiado en mí. Crecí pensando que el mundo era hostil y yo debía mantenerme siempre alerta. Debía sospechar de todo y no confiar… Así fue mi vida familiar y las de muchas otras familias que eran supervivientes. Mis padres no vivieron el Holocausto porque lograron escapar antes, pero la atmósfera era así, miedo a que se repitiese. La sensación de catástrofe siempre está allí merodeando.
Desde corta edad se dio cuenta “de que esa actitud no era buena. Si uno sospecha de todo, todo el tiempo se debilita. Así que empecé a escribir, algo que se consideraba peligroso según la generación de mis padres. Te exponías, te ponías en el punto de mira”. En la vida y en la guerra. Cuando David se fue a la mili, su padre le dijo: “Hay tres filas. Colócate siempre en medio. No te pongas nunca en la primera ni en la última. Así no levantarás sospechas…”. Ahí ríe Grossman: “Y mira dónde estoy… Poniéndome delante, escribiendo en primera persona con una voz muy clara que expresa opiniones que no son del gusto de muchos”. Por su país siente “un amor difícil y complicado, pero inequívoco”, y ahí es mirado con recelo por los que creen que solo hay una manera de amar a Israel y no es la de los que, como Grossman, comprenden los derechos de los palestinos…
Hay una obra suya, La vida entera (Lumen), en la que están presentes los miedos y los afectos. Está incluso lejana, pero palpable, su propia historia, su drama más íntimo… No es que lo cure su literatura: lo explica. “Cuando empecé a escribir y a hablar con mis lectores, me di cuenta de que el mundo era mucho mejor de lo que pensaba, que la vida podía ser positiva. Ellos me dicen que he contado sus historias, que les he ayudado… Gracias a mis libros pude ver con otros ojos. Empecé a caminar desarmado. No solo en el sentido exterior, sino también interior”.


"La muerte de mi hijo fue demasiado dolorosa, pero ahora es parte de quien soy".
“Cuando perdí a mi hijo… Muchos padres en Israel han perdido a sus hijos a causa de las guerras. Para poder seguir viviendo se resguardan tanto que acaban protegiéndose de la vida. Yo supe que el dolor me iba a acompañar siempre. Pero me prometí a mí mismo no protegerme de la vida”.
De ello escribió un libro poético, Más allá del tiempo (Mondadori). “La gente se preocupó por mí. Me decían: ¿Por qué te metes ahí? ¿Por qué no esperas a que se te curen las heridas? Yo les contestaba que, si acaso, el tiempo ya lo curaría. O no. Soy de los que sospechan de las recuperaciones rápidas. No quiero distraerme para lograr no estar en contacto con el dolor. Lo que me pasó fue demasiado doloroso, pero ahora es parte de quien soy. Y yo quiero ser yo”.
Llama siempre a sus padres, los va a ver con su nueva nieta. “Mi madre nunca fue lectora. Mi padre fue conductor de autobús y ni siquiera terminó el bachiller. Pero cuando empecé a escribir, él se puso a estudiar y a preguntarme cosas relacionadas con la escritura. Me decía: ‘Me han dicho que escribes en prosa. ¿Qué es la prosa?’. Se ha leído todos mis libros, se los ha leído de verdad. Él es una de las cuatro personas que leen mis libros antes de ir a la imprenta. Como tiene mal la vista, se los imprimo en un tamaño de letra 26 o 28… Cuando escribí Gramática íntima, que hablaba de una familia similar a la nuestra, se lo di a leer a los dos. Mi padre lo leyó y me dijo: ‘Muy bonito, Davide, pero ¿crees realmente que alguien que no sea de esta familia lo va a entender?’. Ahora cuando me llegan mis libros en otros idiomas se los enseño: ¿ves, padre, cómo los entienden?…”.
–¿Siente nostalgia de su país cuando está fuera?
–Cuando estoy en un país sin peligro aparente, siento que puedo respirar de otra forma. En Israel estoy en alerta permanente. Fuera siento que la gente va desarmada… Pero me resulta difícil pensar en vivir en otro lugar, porque en el fondo soy muy provinciano, me quedo con lo que conozco. Hay algo de Israel que me atrae. Estar en mi casa. No tener que hablar tanto. Echo de menos a mi hijo, a mi hija, a mi nieta. Los paseos con mi mujer cada mañana. Mis amigos. La amistad es algo muy importante en Israel. La gente sabe ser amiga allí.
El iraní Ahmadineyad “dijo que no éramos seres humanos, sino animales. Y que, por consiguiente, no había problema en exterminarnos… La gente vive con un voltaje emocional muy alto. Un miedo existencial brutal. Vivimos aterrorizados de que un día Israel deje de existir. Por eso es muy fácil manipularla, empujarla hacia un comportamiento duro y militar. Pero no es porque la gente sea mala”.
Luego firmó en el libro El abrazo, la historia de un niño que pregunta qué es la soledad, qué se siente cuando se descubre y cuando se sufre. José Hierro termina así un poema inolvidable: “No he dicho a nadie que estuve a punto de llorar”. Puede escribirse ese verso también tras escuchar a David Grossman.

Vida y memorias del Nabokov bosnio

El autor de Hombre de ninguna parte no está aún en la edad de autobiografiarse, pero ya tiene una vida lo suficientemente atractiva (y dramática) como para ser escrita

Aleksander Hemon. /Velibor Božovic / elmundo.es

Sentado ante su escritorio, en un estudio que comparte con otros colegas, Aleksandar Hemon (Sarajevo, 1964), escucha el último disco de la banda israelí Balkan Beat Box. Dice que anoche fue con su mujer a un concierto de esa misma banda y que se acostó tarde. Por eso, está tomando café. Dice que puede que el café lo despierte y consiga escribir algo, pero que si no lo hace, "lo más probable es que me pase el día leyendo". Acaba de publicar 'El libro de mis vidas' (Duomo), suerte de memorias a retazos, inventario de pasiones, recuerdos y desgracias, a la vez que oda a sus dos ciudades, Chicago y Sarajevo. Pero ya tiene en mente el siguiente. "Una montaña rusa de sexo y violencia que de momento llamo 'The making of zombie wars'", dice.
Por ahora toca hablar de 'El libro de mis vidas', lo más parecido a unas memorias que el escritor bosnio del momento ha publicado. "Para mí, las memorias son eso que escribes cuando ya eres lo suficientemente mayor para haberlo vivido casi todo, así que prefiero considerar este libro como una colección de historias basadas en hechos reales, como un puñado de ensayos personales. De hecho, las he escrito como hubiese compuesto relatos de ficción, es decir, porque necesitabas contarlas", asegura Hemon, que da fe en el libro de su pasión por el fútbol, pero también relata de una forma crudísima la muerte de su hija Isabel. "No podía no escribir sobre ella", confiesa.
Como escritor de doble nacionalidad (nació en Sarajevo, pero ha crecido como escritor en Chicago), Hemon es también un bilingüe literario, porque escribe la mayor parte de su producción en inglés, pero sigue utilizando el bosnio para algunos de sus textos. "He construido mi literatura en dos idiomas y me gusta. No trato en ningún sentido de cortar con todo lo que fue mi pasado", sentencia. "En cualquier caso, vivo en Chicago de la misma forma que vivía en Sarajevo, aunque ambas ciudades son muy distintas, para empezar, Chicago es casi tan grande como toda Bosnia. Y Sarajevo es más pobre y mucho menos diversa", añade.
Licenciado en literatura, Hemon se trasladó a Chicago en 1992 con la intención de perfeccionar su inglés. Pero una vez allí, le sorprendió la Guerra de Bosnia y no pudo regresar a su país. En 1995 empezó a publicar artículos en el 'New Yorker', en 'Esquire' y en 'The Paris Review'. Su primer libro de relatos, 'La cuestión de Bruno', no se hizo esperar, y tampoco su primera novela, 'El hombre de ninguna parte', que le valió apelativos como el de "escritor del siglo XXI" y nada menos que "el nuevo Nabokov". A menudo se ha dicho que Hemon aprendió a escribir en inglés leyendo a Nabokov, pero no es cierto. "Es cierto que cuando me decidí a empezar a escribir en inglés, leí un montón y, puesto que me encanta Nabokov, leí muchos de sus libros", asegura.
"Nabokov es uno de mis escritores favoritos y su inglés es muy rico y muy imaginativo, por eso es un modelo para muchos escritores de mi generación", apunta Hemon, para quien también son importantes, de hecho, imprescindibles, autores de la talla de Danilo Kis, que escribía en serbio pero vivía en Francia. "Esa amalgama de identidades culturales y lingüísticas enriquecen la literatura". Bruno Schultz, Michael Ondaatje, Anton Chejov y Alice Munro están también en su podio. Cuando se le pregunta por los hispanoamericanos que pueden haberle influido, menciona a dos: Jorge Luis Borges y Javier Marías.

23.12.13

Alan Hollinghurst y la irónica elegancia del paso del tiempo

Uno de los más prestigiosos novelistas de Inglaterra, recorre casi un siglo en su nueva obra: El hijo del desconocido


El escritor Allan Hollinghurst en su casa de Londres. /Ione Saizar./ELPAIS.COM

Alan Hollinghurst es reconocido como uno de los mejores novelistas de Reino Unido, aunque se le cita especialmente como un brillante exponente de la literatura gay, una etiqueta que ahora le pesa y en la que el autor dice no querer verse constreñido en su madurez: “Estoy un poco harto de ser una categoría, porque me parece reduccionista”, admite el escritor, que en sus libros ha trazado una gran panorámica de la vida de los homosexuales ingleses a lo largo de casi un siglo. Hollinghurst (Gloucestershitre, Inglaterra, 1954) dice haber entrado en una nueva fase con su último título, El hijo del desconocido (Anagrama),el primero de su producción que no es calificado estrictamente de “novela gay”, como él mismo subraya durante una entrevista en su casa de Londres.

La idea de la novela gay era más significativa en los ochenta, porque era un territorio nuevo. Pero el mundo de hoy es muy diferente, legal y socialmente, y creo que esa definición se ha acabado
“La idea de la novela gay era más significativa en los ochenta, porque era un territorio nuevo. Pero el mundo de hoy es muy diferente, legal y socialmente, y creo que esa definición se ha acabado”, sostiene el autor de La biblioteca de la piscina (1988), su exitoso debut literario, La estrella de la guarda (1994) y El hechizo (1998). Con La línea de la belleza, no solo una historia de sexo gay en la era Margaret Thatcher sino también un retrato de la burguesía anglosajona que le mereció comparaciones con Henry James, obtuvo el Man Booker en 2004 y una mayor proyección derivada del prestigioso premio literario. Solo las exigencias promocionales y su naturaleza de escritor minucioso dilataron la publicación de una nueva obra, El hijo del desconocido.
Hollinghurst asegura no haber sentido la presión de un galardón que genera grandes expectativas: “Al contrario, sentía que podía hacer lo que quería después de haber ganado un buen número de lectores”. Desmiente la sugerencia de algún crítico de que la ausencia de ese sexo explícito que tanto impactó en sus novelas, o la inclusión por primera vez de un destacado personaje femenino en El hijo del desconocido, apunten a ganar nuevas audiencias.

La novela trata del modo en que cada uno cuenta la historia para dar forma a una existencia y explicarla
Historia social y en parte también comedia de costumbres, el libro encarna una reflexión sobre el paso del tiempo y el deterioro de la memoria en los individuos y la sociedad, algo que “quizá entendemos especialmente los novelistas, porque la memoria es nuestro principal recurso, tan valioso como inseguro”. El relato pivota en torno a un aristócrata y poeta georgiano más bien mediocre (Cecil Valance), cuya muerte prematura en la I Guerra Mundial acabará convirtiendo su figura y los versos que escribió en su juventud en el mito de una generación. Trufada de acerados diálogos, la narración se despliega en cinco capítulos que corresponden a diferentes épocas, desde 1913 —vísperas de la contienda— hasta la era del iPhone, un recorrido en el tiempo donde el recuerdo de Cecil será objeto de sucesivas reinterpretaciones. Con este libro elegante, de rica prosa y lectura amena, Hollinghurst aporta una visión irónica sobre la biografía literaria, la dificultad de conocer al ser humano y “el modo en que cada uno cuenta la historia para dar forma a una existencia y explicarla”.
Como en sus otros libros, aquí destila una fascinación por la vida de las clases más favorecidas en sus magníficas casas de campo victorianas, ese mundo que se extingue de veladas musicales y lectura de poemas, y que a lo largo del siglo XX suscita reacciones tanto favorables como contrarias. Hollinghurst asegura que la recreación de ese universo exquisito reniega de la nostalgia: “Soy consciente de la seducción de aquel tiempo, pero no quiero idealizar un periodo de división de clases y mucha pobreza, donde además te podían meter en la cárcel por mantener relaciones sexuales con otro hombre”.
Además de novelista, traductor de obras de Racine al inglés y gran amante de la poesía que fue su primera vocación, ha elegido el fragmento del poema de Tenyson para titular El hijo del desconocido,porque encierra “la idea del futuro inexcrutable”. Ya no cultiva el género (en su juventud publicó un volumen de poemas, “pero en cuanto firmé el contrato del libro se me acabó la inspiración”), aunque sostiene que “haber escrito poesía te ayuda a ser un buen escritor de prosa: el sonido de lo que escribo es muy importante para mí”.

17.12.13

Panlengua

Escribiró este articlo en un langaje inesistente. Dicen que esta lengua la seminó Xul Solar, metapintor, metapoeta sureño del país plateado, y a él le parecía bono hacer un mix de idiomas más precisos que el nostro, o más ahorrativos o más sonorosos


Panlengua, antes de Babel./elespectador.com

Eso a uno le remembra de algún personaje de Eco, el Umberto sin hache, que en su Nombre de la rosa se imaginó al monje Salvatore, que hablaba entre latín macarrónico y justo, entre castellano y francés, lengua de Oc, piamontés, y hasta toscano.
Me recordaba también a García Márquez, al que le encanta poner en sus libros palabrejas italianas que se entienden y suenan bien, como decir que algo es sólito o que una mujer hermosa se quitó las mutandas. Uno, aunque no sepa lo que significan, lo imagina. Digamos que es más fácil de entender que la “lengua élfica” inventada por Tolkien para la tierra media. A Xul, el cui apellido en verità era Schultz (Oscar Agustín Alejandro Schultz Solari), pero eso no lo pronuncia ni el berraco (palabra que con be es pura panlengua, en este caso de origen antioqueño), a Xul —digo— no le gustaban los adverbios en mente. Propuso que se dijera ue, en vez de mente, o que adoptáramos de una vez el ly, del inglés, más corto. De modo que si alguien habla rápido habría que decir que habla rápidly, o léntaly, al contrario, o así. Las niñas de colegios bilingües de Medallo usan facer cosa muy similar para el gerundio, y suelen decir por ejemplo caminanding, lloranding, y cosas de esta guisa.
Me precio de ser un man que odia a los puristas de la lingua. Mi dream es una lingua-franca como aquella que se parlaba en el paradiso terrenal antes de la torre de Babel. Un esperanto antelitteram, con saludos en chino, ninjaomá, con despedidas en itálico como chiao, etcétera. Esta lingua nova, para principiar, debería adoptar la ortografía de las jotas que impulsaba el gran poeta de Piedra y Cielo, Juan Ramón, el cual escribía jesto y jemido y cojer. En realidad la G con sonido de jota es una jodencia inútil. O revivir palabras vetustas como hacía don Leo Legris, el Viking De Greiff, como eso de que “non me peta mormurio ninguno a la mi vera”.
Más que “fantástico” o “dañado” gústame a mí decir fantastisch y kaputt, como los germanos. Serendipity suena mejor que serendipia. Aquí ya es muy común que se diga man en vez de hombre, o así por lo menos dicen todos los manes de mi ciudad. Tal vez todos los idiomas tengan algo de panlengua cuando juegan y no temen la ira de los procuradores de la lengua. Así por ejemplo el Jabberwock de Lewis Carrol: “Beware the Jabberwock, my son! / he jaws that bite, the claws that catch! / Beware the Jubjub bird, and shun / The frumious Bandersnatch!”.
El Glíglico —la lengua inventada por Cortázar— algo le debe a Carrol y a Xul, en esa libertad de palabras craneadas o inexistentes que de todas maneras se entienden si el cerebro camella. Por eso finiré con una piece del capítulo 68 de Rayuela, tan jústaly célebre:
“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio…”.

16.12.13

King:"Me avergüenzo de ser estadounidense"

Convencido de que pasará a la segunda división de la historia literaria, va ganando, a su pesar, prestigio entre las élites. Entre la era Ford y la de Obama, ha trazado el fresco del miedo en el hombre medio estadiunidense y para el resto del mundo. Pero él no se da la más mínima importancia

Stephen King. /Francois Sachet./elpais.com



Stephen King ha escrito cerca de 50 novelas y ha vendido más de 300 millones de ejemplares. El autor de Carrie (1973) y El resplandor (1979), el libro que Stanley Kubrick y Jack Nicholson convirtieron en una memorable película, es seguramente el escritor vivo más popular del mundo. Símbolo y metáfora de la cultura pop estadounidense y encarnación demócrata del sueño americano, King es, sin embargo, un tipo absolutamente humilde, un histrión tierno y simpático que tiende a minimizar su talento de escritor y que se toma el pelo a sí mismo sin parar, en un ejercicio que a veces parece sano y otras parece rozar el masoquismo.
Acaba de pasar por París por tercera vez en su vida para promocionar su última novela, Doctor Sueño (Plaza & Janés), que es una especie de secuela o pieza separada de El resplandor. Alojado en el lujoso hotel Bristol, ha paseado por la ciudad, ha dado una rueda de prensa masiva, ha hecho reír a miles de lectores en el inmenso teatro Rex, donde acababa de tocar Bob Dylan, y no ha parado de firmar ejemplares y de hacer amigos contando anécdotas y riéndose de su sombra. El autor deMisery ha contado que llevaba 35 años preguntándose qué habría sido del protagonista de Doctor Sueño, que no es otro que Danny Torrance, el niño que leía el pensamiento ajeno y que sobrevivía a duras penas a los ataques violentos de su padre alcohólico y abusador, Jack Torrance, en aquel hotel triste, solitario y final donde transcurría El resplandor.
Danny tiene ahora casi 40 años, le pega al trago como papá, acude a las sesiones de Alcohólicos Anónimos y cuida a ancianos que están a punto de morir. De ahí el título de una novela que es un compendio del potente universo de King: hay vampiros que comen niños para alimentarse, gente con poderes paranormales, tiroteos, rituales satánicos y sesiones de telepatía intensiva. No se pasa un miedo cerval como en El resplandor, pero es una muy legible novela de acción.
En un reciente artículo publicado en The New Yorker, Joshua Rothman ha explicado que King es el principal canal por donde fluyen todos los subgéneros de la mitad del siglo XX: ciencia ficción, terror, fantasía, ficción histórica, libros de superhéroes, fábulas posapocalípticas, western, que luego traslada a su pequeño reducto de Maine, el remoto Estado del noreste de EE UU donde vive, poblado por 1,2 millones de personas.
La prueba de su influjo en la cultura estadounidense son el cine y la televisión, que siguen rifándose sus historias. Aunque a los 65 años King sigue insistiendo en que lo que escribe no vale gran cosa, cuatro décadas de oficio y una legión de lectores en todo el mundo han acabado convenciendo a una parte de la crítica y a algunos compañeros de profesión de que su literatura pensada para entretener a la América rural pobre tiene más interés, sentido y calidad de la que él mismo cree.
En 2003, King ganó la Medalla de la National Book Foundation por su contribución a las letras americanas, un año después de que lo hiciera Philip Roth. Aquel día, el escritor Walter Mosley destacó su “casi instintivo entendimiento de los miedos que forman la psique de la clase trabajadora estadounidense”. Y añadió: “Conoce el miedo, y no solo el miedo de las fuerzas diabólicas, sino el de la soledad y la pobreza, del hambre y de lo desconocido”.
Pero sobre todo lo demás, King es un personajazo. Fue hijo de madre soltera y pobre, mide casi dos metros, es desgarbado y muy flaco, tiene una cara enorme, habla por los codos, no para de decir tacos, se ha metido varias cosechas de “cerveza, cocaína y jarabe para la tos”, toca la guitarra en una banda de rock con amigos, tiene una mujer católica “llena de hermanos”, tres hijos, cuatro nietos, una cuenta llena de ceros, ha pedido al Gobierno que le cobre más impuestos de los que paga, adora a Obama, odia al Tea Party, hace campaña contra las armas de fuego y es una mina como entrevistado: rara vez se olvida de dejar un par de titulares por respuesta.
¿Así que no le gusta venir a Europa? Vine una vez a París con mi mujer en 1991, y otra a Venecia y a Viena en 1998 con mi hijo; esa vez pasamos una noche por París, pero fuimos a ver una película de David Cronenberg. En Europa paso vergüenza: no hablo otra lengua salvo el inglés, y no me gusta ir dándomelas de celebridad. Prefiero un perfil bajo. Yo vivo en Maine, en un pueblo pequeño donde soy uno más. Cuando vengo a París soy la novedad, nadie me ha visto antes; allí llevan viéndome toda la vida y les da igual; soy el vecino.
¿Y por qué tiende a infravalorarse? Lo contrario de eso sería llamarme Il Grande, que sería lo mismo que llamarme El Gran Gilipollas.No quiero ser eso. Quiero ser tratado como una persona normal. Los escritores tenemos que mirar a la sociedad, y no al revés. Si mis editores me dicen que venga a París, es porque quieren vender libros. En las ferias de América trabajan chicas como gancho: se ponen en las puertas de los locales de striptease y mueven un poco el culo para atraer a los clientes. Aquí yo soy el que mueve el culo. En casa estoy en mi sitio, en la silla justa, escribiendo. Es ahí donde debo estar.

¿Qué se siente al haber vendido 300 millones de libros? Lo importante es saber que la cena está pagada, el número de copias que vendes da igual mientras sean suficientes para seguir escribiendo. Adoro este trabajo.
¿No siente orgullo? No sé si es orgullo, pero me hace feliz saber que mi trabajo conecta con la gente. Crecí para contar historias y entretener. En ese sentido creo que he sido un éxito. Pero el día a día es mi mujer diciendo: “Steve, baja la basura y pon el lavaplatos”.
¿Se siente maltratado por la crítica? Al principio de mi carrera vendía tantos libros que los críticos decían: “Si eso le gusta a tanta gente, no puede ser bueno”. Pero empecé joven y he logrado sobrevivir a casi todos ellos. Muchos críticos saben que llevo años tratando de demostrar que soy un escritor popular, pero serio. A veces es verdad que lo que vende mucho es muy malo, por ejemplo 50 sombras de Grey es basura, porno para mamás. Pero La sombra del viento, de Ruiz Zafón, es bueno, y Umberto Eco ha sido muy popular y es estupendo. La popularidad no siempre significa que algo sea malo. Cuando leo una crítica muy negativa, me callo la boca para que el crítico no sepa que lloriqueo. Pero siempre las leo porque quiero aprender, y cuando una crítica está bien hecha, te ayuda a saber lo que hiciste mal. Si todos dicen que algo no funciona, te puedes fiar. En todo caso, la mejor réplica a una crítica la hizo un músico del XIX cuya ópera fue demolida. Le escribió una carta al crítico diciendo: “Estoy en la habitación más pequeña de mi casa. Tengo su crítica delante, y muy pronto la tendré detrás”.
¿Cuándo decidió ser escritor? Sabía lo que haría a los doce años. Escribir nunca ha sido un trabajo. Llevo 54 años haciéndolo y todavía no puedo creer que me sigan pagando por esto. ¡De hecho, no puedo creer que nos paguen a los dos por estar haciendo esto!
Yo tampoco. ¿Es verdad que tuvo una infancia un poco ‘Oliver Twist’? No tanto. Mi padre se fue de casa cuando yo tenía dos años y mi madre trabajó muy duro para criarnos a mí y a mi hermano. Lo que más siento es que murió de cáncer antes de que yo tuviera éxito. ¡Me habría gustado tratarla como a una reina! Mi primera novela, Carrie, se publicó en abril de 1974, y ella murió en febrero. Al menos recibí el adelanto y eso sirvió para cuidarla bien. Llegó a leerla y le gustó, dijo que era maravillosa y que tendría mucho éxito.
¿Heredó de ella la imaginación? No, el sentido del humor. La fantasía y la escritura las heredé de mi padre. Solía enviar relatos a las revistas ilustradas en los años treinta y cuarenta, aunque nunca se los publicaron. Adoraba la fantasía, la ciencia ficción, las historias de terror. De pequeño encontré en casa una caja llena de libros de Lovecraft, de Clark Ashton Smith; fue como un mensaje suyo lleno de cosas buenas.
¿Cómo es su relación con el dinero? Nunca aprendí a ser rico, no dan clases para eso, y no crecí con dinero. De pequeño solía pedir 25 centavos para ir al cine o trabajar cogiendo patatas. Nunca pensé que tendría mucha pasta. Mi madre pasó sus últimos diez años cuidando de sus padres y en casa nunca hubo liquidez. En esos casos, si de repente amasas una fortuna, puedes volverte vulgar y comprarte un enorme Cadillac, trajes de tres piezas a medida y zapatos caros. Pero yo crecí en una comunidad yanqui donde la ostentación no estaba bien vista. Luego me casé con una mujer muy pegada a la tierra que se habría reído mucho si yo hubiera vuelto a casa con un abrigo de pelo de camello. Me habría dicho: “¿Quién te crees que eres? ¿Mohamed Alí?”. Aunque me vendo como una puta por los zapatos y los coches, solo tengo un coche eléctrico. Vivimos modestamente y damos dinero a las librerías de los pueblos pequeños, a Unicef, a la Cruz Roja.… Seguimos el lema de J. P. Morgan: el hombre que muere millonario muere fracasado. El dinero sirve para pagar las cuentas, hacer tu trabajo, ayudar a mi familia y a mi suegro.
O sea, que es un hombre hecho a sí mismo, con conciencia social, que pide pagar más impuestos de los que paga. Todo el mundo debería pagar impuestos según sus ingresos. A mí me gusta pagarlos solo para buenas causas, y no para sufragar guerras en Irak, que fue la más estúpida del mundo. En ese sentido, encarno el sueño americano, aunque sin un Cadillac.
También hace campañas contra la venta libre de armas. ¿Una causa perdida? El problema no son las escopetas de caza. El 70% de EE UU es rural, y no tengo problema en que la gente cace ciervos y se los coma. Tener revólveres en casa tampoco me parece mal, yo mismo tengo uno, descargado y lejos del alcance de los niños. El gran problema, lo que me pone fuera de mí, son las armas semiautomáticas. Pegan 40, 60 u 80 tiros seguidos, como la que se empleó en la matanza de Connecticut. Es vergonzoso que se vendan, pero el lobby de la Asociación Nacional del Rifle trabaja para los fabricantes de armas y se basa en la fantasía de que EE UU es como hace 50 o 60 años. Dicen que las muertes de niños son el precio a pagar por la seguridad. La cultura pistolera forma parte de la cultura americana, pero odio eso, me repugna. Luego dicen que por qué nunca vengo a Francia o Alemania: porque son civilizados, y yo siento vergüenza de ser estadounidense. Amo a mi país, pero está lleno de basura.
¿Quién ganará la guerra entre Obama y el Tea Party? Los del Tea Party son unos idiotas y unos racistas que básicamente disparan contra Obama porque tiene la piel oscura. Cuando Bush arruinó al mundo entero en 2008 con sus ideas ultraliberales, no dijeron nada. Ahora ese alien ha crecido en el Partido Republicano y no va a parar hasta destruirlo, lo cual no me parece mal. Su única idea es bloquear al Gobierno, sin darse cuenta de que la situación económica es bastante mejor que con Bush. Son como una obstrucción intestinal. Espero que en 2014 los americanos decidan dar esos 30 escaños a 30 demócratas. Todo irá mejor. En todo caso, si están molestos con Obama, peor estarán en unos años: el próximo presidente llevará falda.
Háblenos de Danny Torrance, el niño de ‘El resplandor’, que ahora vuelve en ‘Doctor Sueño’. Al final de El resplandor, era 1977, Danny tenía cuatro o cinco años, porque escribí la novela en 1976, durante el bicentenario, cuando era presidente Ford. Al principio de Doctor Sueño tiene ocho años. Durante 33 años, ese niño ha estado en mi cabeza. Me preguntaba qué sería de él, si seguiría o no manteniendo ese talento, el resplandor de leer los pensamientos de la gente. Creció en una familia terrible. Su madre malherida sobrevivió de milagro a la paliza de la mesa del comedor, y el padre, Jack, era alcohólico, como yo… Sabía que Danny debía seguir estando rabioso con el mundo, porque su padre era un canalla que abusaba de ellos. La rabia es el centro del libro, de Jack a Danny hay una generación marcada por la rabia.
¿Usted bebía mucho entonces? Cuando escribí la novela, muchísimo. Pero ya sabe, los escritores tenemos que hablar de lo que conocemos.
…¿Qué tomaba? Tomaba mucha cerveza.
Eso no es tan duro… Es que me tomaba una caja diaria, 24 o 25 latas…
¿Con otras sustancias? No en ese momento. Luego sí, tomé todo lo que pueda imaginarse. Cocaína, Valium, Xanax, lejía, jarabe para la tos… Digamos que era multitoxicómano. Lo malo es que entonces no había programas de ayuda, e hice de Jack un alcohólico peor que yo. Se intentaba curar la adicción por las bravas y era peor. Ahora he intentado equilibrar eso en Doctor Sueño pensando qué habría pasado si Jack hubiera tenido ayuda. Así que metí a Danny en Alcohólicos Anónimos.
Aquella novela supuso que le etiquetaran como un narrador de historias de terror. ¿Le molestó? La gente, y sobre todo los críticos y los editores, adoran las etiquetas, les gusta meter en jaulas a los autores, ponerles en una carpeta. Para los editores es como vender comida: este escritor os dará judías verdes; este, terror; este, chocolate. No me parece mal. Cuando salió Carrie, tenía dos novelas más escritas, y le pregunté al editor en Nueva York cuál prefería, una de un secuestro más literaria, Blaze, u otra de terror, Salem’s lot. Y él me dijo: “La segunda será un best seller, pero si sacamos la de terror, te encasillarán”. Y yo le dije: “Me importa un carajo si paga la cuenta del supermercado. Mi mujer me llama cariño; mis hijos, papá; mis nietos, abuelito, y yo me llamo Steve. Me da igual cómo me llamen los demás”.
¿Ha pensado en qué lugar de la literatura estadounidense quedará Stephen King? Es difícil saberlo. No sé si hay vida después, aunque no creo. Pero si quedara algo similar a la conciencia, lo último que me preocuparía es saber si me lee o no la próxima generación. Dicho esto, cuando los escritores mueren, o sus libros se siguen publicando, o desaparecen. La mayoría desaparece. Quedan solo algunos, y esos son los importantes: Faulkner, Hemingway, Scott Fitzgerald, olvidado cuando murió y rescatado más tarde. En español, Cervantes, García Márquez, Roberto Bolaño, esos quedarán. Bolaño sabía tragar drogas y beber. Pero también sucede que queda la gente más rara: de Stanley Gardner, el autor de Perry Mason, quedó muy poco; pero no quedó nada de John D. McDonald, que era estupendo. Y apenas nada de John M. Cain, pero sí de Jim Thompson. Y, más extraño aún, queda Agatha Christie… Es decir, nunca sabes quién va a perdurar. Creo que los escritores de fantasía tienen más posibilidades de quedar. Y creo que, de mis libros, resistirán El misterio de Salems’ lot, El resplandor, It y quizá La danza de la muerte. Pero no Carrie. Y quizá también Misery. Esos son los imprescindibles para la gente que los leyó, pero no estoy nada seguro de que la gente siga pensando en mi trabajo cuando palme. Quién sabe. Somerset Maugham fue muy popular en su día. Ahora nadie lo lee. Escribió grandes novelas. Alguien le preguntó por su legado, y dijo: “Estaré en la primera fila del segundo rango”. Dirán eso de mí.
¿Ve cómo prefiere militar en segunda división? Cuando estás dentro del negocio, sabes bien cuál es tu nivel de talento. Cuando lees a un escritor bueno, piensas: “Si yo pudiera escribir así”, notas mucho la diferencia entre lo que haces y lo que escribe gente como Philip Roth, Cormac McCarthy, Jonathan Franzen o Anne Tyler. Hay muchos muy buenos.
¿Sigue leyendo mucho? Todo lo que puedo, cada día, aunque veo mucha tele. Y escribo todos los días, acabo de escribir una cosa sobre Kennedy para The New York Times. Este oficio es una pasión. Más que vivir de ella, me gusta practicarla. Preferiría estar escribiendo ahora en vez de estar aquí.
Ya acabamos. No, si es usted un tipo estupendo, pero es que las ideas me vienen sin querer. Esta mañana íbamos en el coche, nos paramos al lado de un autobús donde iba una mujer sentada y pensé: ¿Y si ahora sube un tipo y le corta el cuello? Será un cuento corto, aunque eso nunca se sabe; Carrie iba a ser un relato también y acabó siendo una novela. Lo importante es esa pregunta: ¿qué pasaría si…? Ese es el motor de mis historias.
Y luego acaban en el cine o en la tele. Sí, mucha gente va al cine en el mundo y eso ayuda a hacerte popular. Pero al final todo da igual, porque un día te encuentras con gente por la calle que te reconoce y te dice: “¿Eres Stephen King? Tío, me encantan tus películas”, y otro día, en un supermercado de Florida, me para una mujer y me regaña porque escribo cosas terroríficas. Dice: “Prefiero The Shawshank redemption”. Y yo: “La escribí yo”. Y ella: “No es verdad, para nada”. Y se larga.
¿El libro electrónico le ha ayudado a vender más? ¿Qué piensa de Amazon? Amazon y el libro electrónico son fantásticos para los escritores. Si antes un editor decía no, era no. Ahora puedes editar tu libro y venderlo. Para los que llevamos tiempo en esto, es un mercado más. Antes había tapa dura, tapa blanda y audio. Ahora hay también libros digitales, que son maravillosos. Todo eso es formidable para los suministradores del material, que somos nosotros: siempre van a seguir necesitando historias. Es un problema para los editores, que siempre han sido los cancerberos de la calidad, pero muchos descubren en la red nuevos talentos. Y para los lectores es ambivalente: sin librerías, el 90% de lo que inunda en Amazon es basura. Como 50 sombras de Grey. ¡Vender eso como ficción es increíble!.
Stephen King
Su padre abandonó el hogar cuando él tenía dos años, pero le dejó su clave para la supervivencia siempre en el Estado de Maine, donde aún vive. Una caja llena de historias de, entre otros, Lovecraft. Luego King empezó a escribir novelas. Entre Carrie, la primera, y Doctor Sueño, una secuela de El resplandor, han caído unas 50, además de 200 relatos que ahondan en los miedos que a todos nos acechan, entre el terror, la fantasía y la ciencia ficción. Laureado con premios de género, empieza destacar entre la crítica digamos seria y académica, que le ha reconocido, entre otras cosas, con la Medalla de la National Book Foundation, un año después de otorgársela a Philip Roth, por ejemplo.