14.8.14

Hannah Kent, o cómo hacer con tu tesis un bestseller

 La escritora australiana cuenta cómo vivió la publicación y posterior éxito mundial de su primera novela, Ritos funerarios

Hannah Kent, autora austrialiana de Ritos funerarios./elcultural.es

El caso de Hannah Kent (Adelaida, Australia, 1985) es, como poco, atípico. Su primera novela, Ritos funerarios (Alba), ha sido traducida a veinte lenguas pero, según confiesa la autora, cuando se puso con ella, hace algo más de tres años, "no tenía ni idea de cómo escribir un libro". Y no solo eso: su libro es, o fue, o sirvió como una parte (una parte sustancial, eso sí) de su tesis doctoral en Escritura Creativa. Le valió, pues, un título y una carrera de escritor: Hannah Kent es hoy, tras su primer e inesperado bestseller (lo ha sido, de momento, en el ámbito anglosajón), una de las figuras más visibles de la literatura australiana. Y esta su primera novela pronto será llevada al cine con Jennifer Lawrence en el papel de la protagonista.

En un texto que escribió en killyourdarlings.com, una publicación digital australiana, la joven autora, editora a la sazón de la revista, describió cómo fue aquello de escribir un libro. Quería reconstruir unos hechos ocurridos en la muy remota Islandia del siglo XIX, pero desconocía el camino. Tenía el qué, pero ignoraba el cómo. "Mirando atrás, puede que fuera una de las decisiones más ridículas que he tomado en vida", escribe Kent, a propósito de la idea de armar con su historia un artefacto narrativo. Y así se lo hicieron saber todos los que supieron de sus intenciones: "Decían que no era consciente de la envergadura del proyecto".

En 2002, antes de su ingreso en la Universidad, la joven Hannah (entonces contaba diecisiete años) se topó con su historia. Ocurrió durante una estancia por intercambio en el país nórdico. Se fue Hannah Kent a ver la nieve y regresó a Australia "con una obsesión". La obsesión, dice, se llamaba Agnes Magnúsdóttir, la última mujer decapitada públicamente en Islandia, en 1830, condenada por el asesinato de dos hombres. La historia es relativamente conocida en el país, y lo es por dos motivos: uno de los asesinados era un hombre de letras, poeta y amigo de pensadores llamado Natan Ketilsson y, además, después de la ejecución de Magnúsdótttir, la pena capital fue abolida en Islandia para siempre.

Los padres de acogida de Kent la llevaron a conocer el lugar donde Agnes fue ejecutada. Allí, recuerda, todavía son visibles las huellas de lo sucedido. "Aquella historia me pareció un cuento trágico", relata Kent, que se identificó pronto con un personaje al que le veía ella "matices y sombras" más allá del sota caballo y rey de los informes policiales. "Creí que seguramente había más en su interior, más aparte del monstruo estereotipado que revelaban aquellos documentos". Kent viajó en más ocasiones a Finlandia, indagó en archivos y bibliotecas, leyó los diarios de los viajeros ingleses y la literatura islandesa de la época, se empapó de algo tan ignoto como el siglo XIX islandés y trajo al libro algo así como un western helado y con un poco (o un mucho) de melodrama femenino.

La historia es la siguiente: Agnes es conducida, antes de morir, a una granja en la que permanecerá recluida hasta el día de su ejecución. En ese lugar convive con una familia que recela de su presencia, pero que nada puede hacer por evitarla. A la historia de esa difícil convivencia, le añade Kent un monólogo interior de la convicta, que va entreverándose, con sus recuerdos, en el desarrollo de la historia. Quería poner en cuestión la pena interior de Agnes, dice, y de ahí que apostara por ponerse en la piel de un personaje del que no se sabe, a lo largo de gran parte de la novela, si es inocente o culpable. Por lo demás, aquella sociedad cerrada, aquel entorno de naturaleza hostil, cuenta Kent, se reveló enseguida como un excelente vivero de materiales novelescos.

"Escribir pese a la incertidumbre"

Más allá del ingente trabajo de documentación previo, la empresa colisionaba, sobre todo, con la bisoñez de la escritora. A ella, admite, lo que más le preocupaba era pasar toda la información obtenida por las escurridizas armas de la narrativa: "Después de averiguar todo lo que me hacía falta, llegó la hora de escribir el libro", recuerda... y sintió "terror" ante semejante desafío. Hasta entonces, tirar del hilo había sido relativamente fácil; trabajoso, pero fácil: Kent conocía el país (había quedado "enamorada" tras su primera visita) y, más importante todavía, se manejaba bien en el idioma. "Cuando llegó el momento de escribir, convertí mi vestidor en una oficina, clavé mis mapas de Islandia y las fotos de la ejecución en las paredes, quité cinco años de porquería de mi teclado y coloqué una cafetera estratégicamente sobre el escritorio". Afirma que escribió el primer manuscrito en tan solo tres meses, y que fue un proceso duro y sacrificado que afrontó con disciplina: se impuso un mínimo de mil palabras al día. "Tuve que romper mi hábito de corregir todo lo del día anterior", dice.

Olvidó sus dudas y cayó la escritora en una feliz rutina durante la cual, asegura, "a través de la experimentación" pudo responder a sus propias preguntas sobre cómo ha de escribirse un libro. Pero nunca, o casi nunca, estuvo segura de los terrenos que pisaba: "Fue como caminar a ciegas en la oscuridad, y solo reconocía los callejones sin salida cuando me golpeaba contra ellos". Y añade: "Descubrí que hay que seguir escribiendo, a pesar de la incertidumbre". El relato termina con Kent llorando sobre su teclado tras escribir la última escena del libro.

Podría pensarse que, a partir de ahí, el resto vino rodado: vendió el manuscrito y, a instancias de sus editores, lo revisó durante meses; estos mismos editores le ofrecieron a la autora un importante adelanto que llamó la atención del público y de los medios. No era habitual todo aquel despliegue para alguien tan alejada de los núcleos literarios en lengua inglesa (Nueva York o Londres), así que, se pensó, una gran historia estaba por venir...

Tras su éxito, Hannah Kent lanza un consejo a los escritores, tanto a los jóvenes como a los que se hallan en una encrucijada creativa: Keep Calm and carry on. Y cita, para terminar, a la novelista irlandesa Anne Enrigh: "Solo los malos escritores piensan que su trabajo es realmente bueno".

13.8.14

Borges, harto de Borges

Entrevista inédita ralizada por Xavier Rubert de Ventós en 1992

Jorge Luis Borges, autor argentino de El Aleph./elpais.com

Éste es un fragmento del diá­logo que mantuve con Bor­ges en su casa de Buenos Ai­res, el verano de 1982, desde que me abrió la puerta su vie­ja criada hasta que vino a ce­nar con nosotros su hermana Norah, viuda de Guillermo de Torre. Pese a ser "analfabe­ta" (como precisaba Borges con cierto orgullo), la criada no ca­recía de reflejos ágiles ni de una admirable capacidad de utilizar en su provecho los acontecimientos imprevistos. En menos de 10 minutos pasó así de dialogar suspicazmente desde el resquicio de la puerta y cerrármela en las narices a entregarme a su amo, ex­plicarme que debía parar la lavadora al sonar un pitido y a esca­par de la casa para no volver hasta tres horas más tarde (luego Var­gas Llosa me ha contado que a él le pasó algo parecido). En este tiempo tuve yo que abrir la puerta, contestar al teléfono, acom­pañarle a que me enseñara sus cuadros de tigres y el vestido rosa de su madre desplegado sobre la cama... Al día siguiente me pi­dió que le acompañara al cementerio donde iban a enterrarle, y allí nos recogió María Kodama, que venía de la Universidad.
-Dice usted que nació en un suburbio de calles aventuradas y ocasos invisibles, y añade: "Pero lo cierto es que me crié en un jardín, detrás de una verja con lanzas, y con una biblioteca ilimitada de libros ingleses".
-Sí, era la biblioteca de mi padre y de mi abuelo... Sí, de mi padre, de mi abuela y de mi bisabuelo.
-¿No será eso su personal experiencia de un destino general de América? Mario Faustino dijo que lo propio de América fue "nacer adulta", con una jurisprudencia ya desarrollada, una joya arabista, una prosa ya barroca... Aun hoy mismo, en la Repú­blica Dominicana le insultan a uno en la calle llamándole "he­reje" o "sin concepto".
Creo que los americanos somo europeos desterrados. Yo no tengo nada en común, digamos, con los aborígenes
-No había pensado en eso. Pero creo que, de algún modo, todos somos europeos. Europeos en el exilio, en el destierro, ¿no? Creo que los americanos somos europeos desterrados. Y eso nos hace heredar toda la cultura occidental. No sé si lo he­mos aprovechado hasta ahora... quizá Estados Unidos lo hizo mejor que esta América. En todo caso, yo creo que no tengo nada en común, bueno, digamos con los aborígenes. Tengo una gota de sangre guaraní por ahí, pero eso no cuenta mayormen­te. Y creo que somos, sí, occidentales. Salvo que eso de occi­dentales también es falso, ya que en la cultura occidental Israel no es menos importante que Grecia. Entendida Roma como ex­tensión de Grecia, desde luego. Pero creo que sentimos eso y de­bemos tratar de merecerlo.
-Para usted Buenos Aires es "un viejo hábito"...
-Sí, yo no conozco bien la ciudad. Como casi todo el mun­do, conozco lo que se llama el centro, que topográficamente es un extremo de la ciudad.
-A mí me sorprendió que Keyserling hablara de la esencia o del carácter de Buenos Aires como el "no te metás", que se correspondería con el catalán "no t'hi emboliquis".
-Sí, pero hay también el otro adagio, "primero tira tu lanza", que sería lo con­trario.
-¿Coexisten ambos en su país? ¿Coe­xisten como en la plaza de Mayo, donde según usted se mezclan "la clara guerra contra los españoles y la oscura guerra contra el gaucho"?
-Exactamente. Aunque no sé; yo no puedo hablar con ninguna autoridad so­bre Buenos Aires. Es una ciudad que dejé de ver hacia 1950 y tantos.
-Pero sobre la que no ha dejado de escribir.
-No, he seguido escribiendo, pero siempre he pensado en aquel Buenos Ai­res pretérito, un Buenos Aires que ha desaparecido. Sin embar­go, ocurre una cosa curiosa, y es ésta: yo puedo estar en Lucer­na, puedo estar en Tokio; pero eso es durante la vigilia. Cuan­do sueño, sin embargo, siempre sigo estando en Buenos Aires. Y sobre todo en la Biblioteca Nacional, en la calle de México, o, si no, en aquel Buenos Aires de casas bajas de mi niñez. Es decir, algo mío se queda en Buenos Aires aun cuando viajo. Yo he viajado por buena parte del mundo, pero nunca sueño en es­tos lugares. ¿Cómo le diría yo?; estoy en Japón, estoy en Egip­to, estoy en Irlanda, estoy en Tejas, pero eso durante la vigilia. Cuando sueño, estoy en Buenos Aires, en un Buenos Aires que, desde luego, sólo existe en la memoria de hombres viejos como yo...
-Entonces usted sólo creería en la nacionalidad que se sueña.
Sí, tengo valor cívico, que no valor físico. Mi cirujano y mi dentista lo saben muy bien
-Sí, en una nacionalidad onírica...
-Y por tanto muy épica...
-¡Pero, desde luego! Yo creo que el nacionalismo ha traído muchos males. Ante todo, va contra la pareja distribución de los bienes espirituales y materiales; eso es una. Y la otra es que na­cionalismo da a creer que cada país es el único; que el idioma que cada uno habla es evidentemente el mejor... Mañana va a salir un poema mío, en el que hablo de eso. Hablo de lo que me parece eso de estar parcelado en países, cada uno con su mito­logía peculiar, con antiguas o recientes tradiciones, con un pa­sado sin duda heroico, con agravios, con litigios...
-Usted es muy pacífico, pero se enfrentó valientemente a los peronistas...
-Sí, tengo valor cívico, que no valor físico. Mi cirujano y mi dentista lo saben muy bien. Una vez, a mi madre la amenazaron de muerte por el teléfono, a las tres o a las cuatro de la mañana. Una voz grosera le dijo: "Yo los voy a matar, a vos y a tu hijo". "¿Por qué, señor?", dijo mi madre. "Por­que soy peronista". Ella le contestó: "Bueno, en el caso de mi hijo es muy fá­cil, está ciego; sale todas las mañanas a las diez de esta casa. En cuanto a mí, les aconsejo que se apuren, que no pierdan tiempo telefoneando, porque he cumpli­do 80 y tantos años, y a lo mejor me les muero antes".
"Me les muero". Eso no puede decir­se en otros idiomas. Sí, quizá en inglés: "I die on you". Pero no tiene tanta fuer­za, ¿no? Sí, "me les muero antes"... En­tonces el otro cortó la comunicación. Le pregunté: "¿Qué pasó, madre? ¿Sonó el teléfono?". "Sí", me dijo, "un sonso..." Y me repitió la conversación. Luego, cla­ro, no pasó nada. A veces hay un placer de la amenaza. Después quedan desaho­gados. Uno ha cumplido con su deber y no tiene por qué pasar a mayores.
-Usted decía también que el dolor más terrible es el previsto, el anticipado.
-Sí, claro. La mejor muerte para el moribundo sería un paro cardiaco, ¿no? Ser fulminado sería lo mejor. Pero para los que quedan, no. Mejor prepararse el día de la muerte.
Jorge Luis Borges, El Eterno.
-¿Por qué me ha pedido que nos acercáramos a su tumba, a su bóveda?
-La verdad es que la palabra es un poco triste, ¿no? Pero es mi bóveda...
-... Y la bóveda de sus antepasados.
-Sí. Pero curiosamente yo siento que no están aquí. Si yo pienso en mi madre, yo pienso que ella está en mi casa, y que el hecho de que sus restos estén aquí es... bueno, es verdadero, pero yo no puedo sentirlo. Y sé que está aquí mi abuela y mis abuelos... Están los parientes míos, tantos amigos... Yo sé que eso es un hecho real, pero para mí no es un hecho, digamos, emocional. Siento que realmente ellos están en otra parte; cier­tamente no encerrados aquí...murió hace seis años, está allí, en mi casa. En cambio, aquí sé que están sus restos, pero me parece que eso, emocionalmente, no es cierto. ¿No es mejor pensarlo así? Sería muy triste pensar que está aquí...
-Pero a usted le he oído iro­nizar también sobre la muerte en una milonga que dice: "No hay cosa como la muerte...".
-Sí. "... para mejorar la gen­te". Y luego tengo otra de un condenado a muerte, que es: "Manuel Flores va a morir. / Eso es moneda corriente. / Morir es una costumbre, / que suele tener la gente". Respecto a la "otra vida", no sé qué decirle: ambas cosas son igualmente increíbles. La inmortalidad personal es in­creíble, pero la muerte personal también lo es.
-Aparte de creíble o no, ¿re­sulta para usted querible? Se lo pregunto porque en algunos tex­tos parece que usted no sólo no crea, sino que tampoco quiera esta inmortalidad.
-Ah no; en mi caso personal, no. Ahora, si yo pudiera ser in­mortal en otra situación, y con el olvido total de haber sido Borges, pues bien, entonces acepto la inmortalidad. Pero no sé si tengo derecho a decir "acepto". Creo que en el budismo se niega la existencia del alma. Se supone que cada individuo, du­rante su vida, construye una suerte de organismo mental, que es el karma, y que ése es heredado por otros, no por él, ya que si no creemos en el yo no podemos creer en la muerte personal, ¿no? Buena parte del libro Las cuestiones del rey Milinda (Milinda es una evolución sánscrita del Menandro, que es un catecismo budista), buena parte de este libro está dedicada a la negación del yo. El yo como el que han negado Hume, Fernández y Schopenhauer.
-En este sentido, es usted muy poco unamuniano...
-Ah, desde luego. Unamuno estaba loco. Yo no sé cómo no estaba cansado de ser Unamuno. Y eso que no vivió tanto como yo. Yo estoy harto de Borges. Cada mañana, al despertar y en­contrarme con él, me digo...
-¿"A ése le tengo ya muy conocido..."?
-Eso, una tristeza, sí. Ya estoy harto de ese... un interlocutor permanente.
-Una actitud no tan distinta, sin embargo, de la de Kierkegaard, que deseaba lo absolutamente Otro. Esta posición radi­calmente religiosa, ¿no conecta de algún modo con una posi­ción radicalmente nihilista como la suya?
Me gustaría sobre todo leer y también ver las caras de las personas que quiero y los lugares donde estuve con amigos
-Sí, claro. Esto "otro" sería Dios, ¿no?
-No sé; Dios o la Nada. En todo caso, la no-continuidad de lo humano más allá de este mundo.
-Hay ya un exceso de lo hu­mano aquí.
-Y no desearía usted, en ningún caso, su continuación.
-No, yo no. Tengo la espe­ranza -mi padre tenía la misma- de morir enteramente, de morir en cuerpo y alma, si es que el alma existe.
-¿Y cómo comprende usted que para mucha gente eso no constituya una esperanza, sino un desasosiego?
-Yo conozco a mucha gente religiosa, y están un poco aterra­dos. Porque o esperan el paraíso -lo cual, como dijo Bernard Shaw, es un soborno- o se temen el infierno. En cambio, una per­sona que no cree en ninguna de las dos posibilidades, una perso­na como yo, que no se cree dig­na de castigos o de recompensas eternas, puede estar tranquila. Pero todo es tan raro, la verdad, que a lo mejor perseguimos este diálogo en otro mundo...
-Usted escribió: "Descreo de la democracia, ese curioso abu­so de la estadística". Y en otro lugar habló de la dictadura di­ciendo que favorece la opresión, favorece el servilismo y, lo que es peor, favorece la idiotez.
-Curiosamente, aunque yo haya dicho estas últimas pala­bras, estoy de acuerdo con ellas. En cuanto a la democracia, creo que por ahora (y ahora puede significar cien años) en este país somos indignos de ella. En cuanto a la dictadura, ya conocemos sus efectos devastadores. Pero yo, realmente, no entiendo de política. Soy un tranquilo e inofensivo anarquista spenceriano. Y de anarquismo saben ustedes, los catalanes.
-¿Conoció usted a nuestros modernistas y noucentistas: Rusiñol, Maragall, Bertrana, Ors...?
-Ah, sí, a Ors sí. ¿Vive todavía este muchacho?
-Murió hace ya algunos años. ¿Le conoció usted personal­mente?
-No, me interesaron muchísimo algunos ensayos suyos. Muy finos, muy finos... Hasta que leí una especie de novela suya, no recuerdo ahora el nombre, que me pareció intolerable. No leí nada más de él.
-¿Se refiere a La bien plantada?
-Eso, La bien plantada. Inaceptable. Las medidas del torso, la cintura y los to­billos de la protagonista eran absoluta­mente intolerables. Decidí no volver a abrir un libro suyo.
-Lo que sí ha continuado manejando fue el Diccionario etimológico de Coromines. (Cojo de la estantería una primera edición desgastada por el uso, y con el Coromines en las manos, hablamos del Cratilo platónico, del carácter representa­tivo o arbitrario de las palabras, de su historia y transformación).
-Vea cómo el término sajón bleich, que significa sin color, de­rivó de un modo contrapuesto: en castellano a blanco y en inglés a black (negro).
-¿Será por algo parecido por lo que los chistes procaces son en castellano chistes verdes y en inglés chistes azules?
-La verdad, no entiendo esta inversión por la que el verde, que debería sugerir algo natural, vino a significar en castellano todo lo contrario. Pero encontraré la solución. En cuanto la halle, le escribo enseguida. (Borges habla siempre de temas retóricos, etimológicos o incluso poéticos en términos de verdad, de solución, de exactitud).
-¿Pero tiene usted aún el Coromines en las manos?
-Sí.
-Pues busque el término jazz... Mire, en el inglés criollo de Nueva Orleans to jazz quería decir fornicar. O, más precisamente, fornicar de un modo breve, espasmódico, violento, como sugiere el sonido mismo de la palabra. Es como tango, que no viene, como creía Lugones, del tangere latino, sino de la etimología africana que veíamos antes en el Coromines. Nolli me tangere-just jazz it... Aunque tampoco estoy seguro. Si yo pudiera con­sultar... pero hace ya años que no veo.
-Tres cosas se pierden al perder de vis­ta "el mundo de la representación" -como llamaría usted al mundo físico-, el mundo de los libros y el mundo de la pro­pia escritura. Son tres pérdidas distintas.
-Cierto. -¿Cuál ha ido más dolorosa para us­ted?
-No. A mí me gustaría sobre todo leer, leer por ejemplo un ver­so erótico de Eduardo Marquina donde todo es un juego de refle­jos en espejos. Y me gustaría también ver las caras de las personas que quiero... las caras de mis amigos. Y también los lugares don­de estuve con amigos: la librería Salvat-Papasseit en Barcelona. Pero venga usted y acompáñeme a la otra habitación, donde le en­señaré los cuadros de tigres y el último vestido de mi madre.

8.8.14

Las diez dedicatorias más memorables de la historia del libro

Desde las que encierran traiciones en tiempos de nazis hasta las que esconden historias de amor, venganza o sublimes chistes

 
Hay palabras de odio, de amor, de amistad, y sobre todo de creer en algo original en una dedicatoria./elpais.com
Hasta hace poco, antes de la exposición de los autores en internet, una de las pistas con las que rastrear los amores, fobias y manías de los novelistas era la dedicatoria: casi un subgénero literario, esa generalmente críptica frase con la que un autor le da sentido a las horas que le ha llevado escribir un libro han atravesado diversas fases y modas, del panegírico barroco a página entera al chiste posmoderno, pasando por el guiño romántico y la carta de odio.
Hay dedicatorias que encierran el secreto de toda una existencia, también de una traición. Por ejemplo, la del filósofo alemán Martin Heidegger que dedicó a su Ser y tiempo a su maestro, el judío Edmund Husserl, y luego lo cambió cuando los nazis robustecieron su discurso antisemita. También sirven como venganza, como la de E. E. Cummings, que llegó a dedicar una obra a todas las editoriales que lo habían rechazado. Desde la egolatría a la búsqueda de intimidad con el lector o a la ficción absoluta con personajes inventados (como la referencia al emperador de la China en el prólogo de la segunda parte de El Quijote) o al destinatario permanente (autores que dedican siempre el libro a la misma persona, con la misma fórmula, de Nabokov a Vila-Matas o Marcos Ordóñez), he aquí cinco dedicatorias curiosas en lengua castellana y otras cinco de autores extranjeros, de antes y de ahora

Narrativa en castellano:

1.- Pero… ¿Hubo alguna vez once mil vírgenes?, de Enrique Jardiel Poncela
2.- La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela
“Dedico este libro a mis enemigos, que tanto me han ayudado en mi carrera”.
3.- La chica zombie, de Laura Fernández
4.- Don Quijote de La Mancha (segunda parte), de Miguel de Cervantes
“Dedicatoria al conde de Lemos
Enviando a Vuestra Excelencia los días pasados mis comedias, antes impresas que representadas, si bien me acuerdo, dije que don Quijote quedaba calzadas las espuelas para ir a besar las manos a Vuestra Excelencia; y ahora digo que se las ha calzado y se ha puesto en camino, y si él allá llega, me parece que habré hecho algún servicio a Vuestra Excelencia, porque es mucha la priesa que de infinitas partes me dan a que le envíe para quitar el hámago y la náusea que ha causado otro don Quijote, que, con nombre de Segunda parte, se ha disfrazado y corrido por el orbe; y el que más ha mostrado desearle ha sido el grande emperador de la China, pues en lengua chinesca habrá un mes que me escribió una carta con un propio, pidiéndome, o, por mejor decir, suplicándome se le enviase, porque quería fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana, y quería que el libro que se leyese fuese el de la historia de don Quijote. Juntamente con esto, me decía que fuese yo a ser el rector del tal colegio”.
5.- El mal de Montano, El viaje vertical, París no se acaba nunca, Bartebly y compañía, Doctor Pasavento, etcétera, de Enrique Vila-Matas
“A Paula de Parma”
5bis.- El 90% de los libros de Marcos Ordóñez
“Pepita Forever”.

Narrativa extranjera:

1.- La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski
“Esto no es para ti”.
2.- Austenland, de Shannon Hale
“Para Colin Firth, eres un gran tipo, pero estoy casada, así que creo que deberíamos ser solo amigos”.
3.- An Introduction To Algebraic Topology, de Joseph J. Rotman
“A mi esposa Marganit, y a mis hijos Ella Rose y Daniel Adams, sin los cuales habría podido acabar este libro dos años antes”.
4.- El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry
“A LEON WERTH
Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Pero tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de comprenderlo todo, incluso los libros para niños. Tengo una tercera excusa todavía: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Tiene, por consiguiente, una gran necesidad de ser consolada. Si no fueran suficientes todas esas razones, quiero entonces dedicar este libro al niño que fue hace tiempo esta persona mayor. Todas las personas mayores antes han sido niños. (Pero pocas de ellas lo recuerdan). Corrijo, por consiguiente, mi dedicatoria:
A LEÓN WERTH
cuando era niño”
5.- Cartero, de Charles Bukowski
“Esto se presenta como una obra de ficción y no está dedicado a nadie”.
6.- Los chicos de Anansi, de Neil Gaiman
“Ya sabes cómo funciona esto. Coges un libro, saltas a la dedicatoria y descubres que, una vez más, el autor ha dedicado su libro a alguien que no eres tú.
No será así esta vez.
Porque no nos hemos encontrado todavía/no hemos tenido la ocasión de echarnos una mirada/no estamos locos el uno por el otro/no es tampoco que no nos hayamos visto en mucho tiempo/ni que estemos relacionados de algún modo / quizás jamás nos veremos, pero, confío en que, a pesar de todo ello, pensamos mucho el uno en el otro…
Este es para ti.
Con lo que ya sabes y problamente ya sabes por qué”.

5.8.14

Zambra: "Todas las novelas son políticas"

Alejandro Zambra, recientemente galardonado con el premio Príncipe Claus en Holanda, habla de su trabajo literario, su apuesta por el cuento y su relación con el trabajo de Gabriel García Márquez

 
Alejandro Zambra, escritor chileno. /elespectador.com
Alejadro Zambra es uno de los escritores chilenos más jóvenes y talentosos de América Latina. Desde la publicación del libro Bonsái, en 2006, irrumpió en el campo literario occidental logrando reconocimientos de gran talla como el Premio de la Crítica en Chile (2007), el Premio Altazor (2012), el Premio del Consejo Nacional del libro a la mejor novela del año 2007 y 2012, el English Pen Award -por la edición inglesa de su libro Formas de volver a casa- y el renombrado Premio Príncipe Claus, en Holanda, por el compendio total de su obra.
Estudió literatura en la Universidad de Chile y actualmente es profesor de la Universidad Diego Portales de ese país. En entrevista con el El Espectador habló de la relación entre literatura y política, su proceso creativo y lo que opina sobre la llegada de su su libro Bonsái a la pantalla grande.
Si bien Formas de volver a casa no es una novela autobiográfica, su trabajo reconstruye la vida cotidiana de Santiago de Chile durante la dictadura desde una mirada más incisiva. ¿Cuáles fueron las motivaciones para escribir esta obra?
La motivación inicial fue principalmente dar cuenta de ciertos espacios, sobre todo Maipú (en la periferia de Santiago), y recuperar algunas imágenes, buscarlas. La novela fue saliendo de ahí. Quería hablar de la infancia, porque para las personas chilenas de mi edad hablar de la infancia es lo mismo que hablar de la dictadura. Siempre me ha interesado hurgar en el vínculo entre lo público y lo íntimo: cómo ninguna experiencia, por personal que sea, es completamente tuya. Motivaciones, en todo caso, hay muchas más. Y quizás una de las más importantes era describir esa vacilación dolorosa entre el “yo” y el “nosotros”, la diferencia entre el silencio y el silenciamiento.
Esa novela está ambientada en un contexto doloroso dentro de la historia latinoamericana como lo es la dictadura de Pinochet. ¿Cuál cree que es la relación entre política y literatura?
Todas las novelas son políticas, aunque no hablen de política. Creo que en este punto se exagera la literalidad, se le pide a las novelas que sean explícitas, no entiendo para qué. Una novela muestra complejidades, entramados, intersticios. No creo en esa idea de “mensaje”, que sigue primando entre algunos lectores, como expectativa.

Usted comezó su carrera en el mundo de la poesía y terminó en la literatura ¿Que lo llevó a la escritura de esa primera novela, Bonsái?
Los poemas no me salían bien. Mis mejores amigos escribían tan evidentemente mejor que yo que había que buscar por otro lado, a esa altura de la vida ya era evidente que no iba a ser rockero ni futbolista profesional. Pero realmente no sé qué pasó ahí. Me obsesioné con esa idea de los bonsáis, a lo mejor porque en ese tiempo sonaba mucho por acá Florecita rockera.

¿Cómo fue esa experiencia de ver una versión de Bonsai en cine?
Creo que Bonsái era una novela muy poco apta para ser convertida en película y me impresionó que Cristián Jiménez quisiera hacerla. Yo no lo conocía, pero teníamos la misma edad, y él vio algo en el libro que compartía. Pero su propósito no era “referencial”, él quería hacer algo con mi libro, algo de él. Eso me gustó: que hiciera lo que quisiera con mi libro. Mis impresiones al ver la película fueron muy complejas. Sentí que la había perdido y que eso estaba bien. Pensé que ahora el libro empezaba a pertenecerme de otra manera. Me gustó mucho la película, en todo caso. Son obras muy distintas, pero comparten el espíritu. Además, es raro que una película sea más larga que el libro. A lo mejor, para ahorrar tiempo, hay gente que prefiere leer el libro (risas).
¿Cómo es su proceso creativo? Es bastante desordenado. Más que metódico o disciplinado, soy obsesivo. Cuando estoy en algo puedo pasar horas errando, buscando y corrigiendo. Pero hay días en que escribo poco, apenas unos párrafos de un diario que llevo hace algunos años.

Una de sus obras recientes es Mis documentos, ¿qué hay detrás a la apuesta por el cuento?
Nunca tengo tan claros los porqués, pero disfruté mucho esta escritura, la forma en la que se fue armando, bastante natural. Son once relatos, ninguno demasiado parecido al otro, como los once hijos de Kafka, aunque de algún modo todos hablan sobre el deseo de pertenecer, de encontrar un lugar en el mundo.
¿Cómo ha sido su relación con el trabajo de Gabriel García Márquéz?
Para mí leerlo fue siempre importante. Me gustan todas sus obras, salvo la última, que como kawabatiano acérrimo incluso me molestó. Una de las mejores novelas que he leído en la vida es El coronel no tiene quien le escriba. No creo que haya un final más demoledor y desesperanzado que el de esa novela.

¿Cuál sería su consejo para los jóvenes poetas y novelistas latinoamericanos que aún no logran el despegue de sus carrera?
Quizás no creer demasiado ni en la palabra “despegue” ni en la palabra “carrera”. Luchar contra la claustrofobia y contra la claustrofilia con el mismo ímpetu. Y mostrar los textos a los amigos, compartirlos.
¿Y qué obras les recomendaría por considerarlas claves en la formación de un escritor?
Eso es muy subjetivo. Podrían ser Mis amigos, de Emmanuel Bove; Spoon River Anthology, de Edgar Lee Masters (que no es una novela); El libro de la almohada, de Sei Shonagon (que tampoco es exactamente una novela); los diarios de Julio Ramón Ribeyro; y la obra completa de Kafka, pero sobre todo el relato Once hijos.
¿Cuáles son las cinco novelas que no pueden faltar en la biblioteca de Alejandro Zambra?
Es difícil elegir... quizás El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati; Auto de fe, de Elias Canetti; Autobiografía de mi madre, de Jamaica Kincaid; En busca del tiempo perdido,de Marcel Proust y La montaña mágica.

4.8.14

Peligro: literatura sobre la vida

Hace un par de meses, estudiantes de varias universidades de Estados Unidos sugirieron que su material de estudio debería incluir lo que se conoce como trigger warnings: avisos explícitos de que el material en el que uno está punto de entrar, ya se trate de una novela o de una película, contiene escenas o pasajes que podrían herir nuestra sensibilidad

La vida es dolor y sufrimiento./elespectador.com

Sugerían estos estudiantes, por ejemplo, que la víctima de una violación o quien ha estado en la guerra podrían experimentar estrés postraumático al leer ciertas ficciones o ver ciertas películas; y que las universidades tienen —tendrían— la obligación de dar aviso. Los posibles puntos sensibles se han ido ampliando (no se limitaron a los que he enunciado): el New York Times contaba que una universidad de Ohio, preocupada por el aprendizaje de los estudiantes, envió a sus profesores una especie de guía en que les pedía marcar en sus programas de estudio todo lo que pudiera causar perturbación al lector. Por ejemplo, decían, cierta novela de Chinua Achebe podría molestar a quienes han experimentado las violencias del racismo o del colonialismo.
La literatura tiene que vencer constantemente prejuicios de toda índole, pero este caso, creo yo, rompe varios récords de bobería, y muestra claramente por qué a veces tenemos la sensación de que la famosa muerte de la novela está ocurriendo en los lugares donde más novelas se leen. La guía que he mencionado está redactada en términos desconsoladores: “Dense cuenta”, les dice a los profesores, “de que toda forma de violencia es traumática”. La idea es que todos los estudiantes han sufrido y que no se les puede imponer la lectura de una novela que muestre ese sufrimiento. Una soberana idiotez, sobre todo cuando nos damos cuenta de que es justamente esto lo que la gran literatura ha hecho desde la Ilíada hasta El año del pensamiento mágico o El olvido que seremos: enfrentarnos al sufrimiento, a la desgracia propia o ajena, a la insatisfacción o la pérdida. Al hacerlo, las grandes novelas nos obligan a mirar nuestros fantasmas a la cara, con la inevitable consecuencia de que acabamos enriqueciendo nuestra comprensión de ellos y acaso sobrellevándolos mejor.
La literatura es, entre muchas otras cosas, un raro sistema de conocimiento; los clásicos son estrellas de ese sistema que llevan mucho tiempo dando pruebas de su pertinencia. Se trata de un conocimiento ambiguo y contradictorio, y sin embargo (o precisamente por eso) imprescindible. ¿Qué lector serio no ha sentido una vez en su vida que tal o cual libro le ha permitido enfrentarse a una adversidad o iluminar una incertidumbre? Evitarles a los estudiantes el riesgo de toparse con sus sufrimientos no es protegerlos: es hurtarles una posibilidad de llegar a buenos términos con su propia suerte; es convertir la ficción en algo banal e inofensivo —un libro de autoayuda— con poco o ningún contacto con la vida de verdad. Y es desnaturalizar la literatura, que en sus mejores momentos siempre ha querido molestar, subvertir, incomodar, sacudir, abrir los ojos donde los demás preferiríamos cerrarlos, viajar a las oscuridades de nuestra naturaleza y darnos, enseguida, el privilegio de saber lo que sucede allí.

31.7.14

Sacheri: "Me gusta constatar que soy feliz aunque sea una situación pasajera"

Eduardo Sacheri dijo recientemente que prefiere tener sueños acotados, como por ejemplo, seguir disfrutando el trabajo

 
Eduardo Sacheri, en una calle de Miraflores, Lima. / J. F./elpais.com
Para el escritor argentino y profesor de historia Eduardo Sacheri su nueva novela Ser feliz era esto muestra el vínculo luminoso que logran una adolescente y su padre -a quien ella conoce a los 14 años-, mientras cada uno lidia con sus propias insatisfacciones. Pero es también un relato sobre la escuela, la lectura, la conversación, el Whatsapp, el Facebook y los auriculares.
El guionista de Metegol y El secreto de sus ojos fue uno de los invitados a la Feria Internacional del Libro de Lima que concluye el 3 de agosto. Al volver de Lima a Buenos Aires, Sacheri caminó unas ocho horas al Santuario de la Virgen de Luján para agradecer que Independiente, su club de fútbol, volvió a primera división en junio; su segunda peregrinación como hincha.
En una entrevista con EL PAÍS, Sacheri habla de la escuela, parte de la estructura de la novela, y comenta los cambios en las generaciones de adolescentes –testigo en 18 años de maestro- y en su experiencia docente. 
“Hay un difícil equilibrio al que aspira uno como docente entre la novedad y la tradición. Enseñar es transmitir tradiciones, pero también es conectar afectivamente con los otros: con sus propias vidas y sus propios tiempos. Negarse nostálgicamente a los cambios es una garantía de fracaso”, dice.
En la novela, la adolescente Sofía se alegra de que su padre, Lucas, no la critique por estar todo el tiempo en contacto por Whatsapp con los amigos del balneario donde siempre vivió. El escritor ha comentado que algunas de las situaciones planteadas en la obra, como el supuesto detrimento del contacto personal en favor del contacto virtual, surgieron a partir de conversaciones con su hija.
“No tiene sentido que yo les diga a mis hijos o alumnos que no usen Whatsapp o que no abran Facebook. A lo mejor, lo delicado es que hagan las dos cosas, o que se reconcilien con la complejidad de que la vida que les toca incluye esferas del contacto personales y virtuales, que mi generación tiende a no entender porque no existían. Ese es un riesgo grande de los adultos, despreciar lo que desconocemos. A veces el adulto actúa como si no hubiera sido joven”.
En Ser feliz era esto, Lucas es un escritor que ha tenido un único libro exitoso y, aunque le cuesta volver a terminar una obra, valora la lectura, lo que le sirve de vínculo con Sofía, a quien también le gusta leer.
¿Qué funciona en clase con los no atraídos por la lectura? “Hay ciertas cosas muy tradicionales exitosas para mí: explicar un tema que los chicos conocen sigue siendo una receta fenomenal. Sus tiempos de atención son breves, si esa explicación viene rociada con buenos ejemplos, bromas y apelaciones, mucho mejor. Y otra cosa esencial es la afectividad, si los chicos no sienten que uno los registra y los valora, no aprenden ¿por qué aprenderían? En relación al mundo de la lectura funciona mucho algo absolutamente antiguo y tradicional: compartir lectura en voz alta. Cuanto más marginal es la escuela en la que doy clase, peor leen, más odian leer. Y sus docentes tampoco leen”.
“Soy profesor de historia, pero me pasa con adolescentes que cuando escuchan leer un cuento, les gusta, porque hay alguien que lo sabe leer. Parece la receta del agua tibia: tengo un gran hallazgo, leerles en voz alta. Pero desafío a que lo prueben”, asegura sonriente en su sexta entrevista del día en un hotel de la zona sur de Lima.
Sacheri dijo recientemente que prefiere tener sueños acotados, como por ejemplo, seguir disfrutando el trabajo. “Pienso como los personajes en las últimas páginas: me gusta constatar que soy feliz, aunque sé que esa situación es pasajera, va a volver a pasar. Los sueños consisten en estar abierto a la posibilidad de constatar esos momentos estupendos que hay en la vida, y me parece que el peor pecado que podemos cometer es sortearlos, o detectarlos cuando ya pasaron. La nostalgia es lo peor que nos puede suceder”.
Durante y después del Mundial de Fútbol, el autor de Papeles en el viento estuvo ocupado respondiendo a invitaciones para publicar y comentar en espacios deportivos. Sobre la actuación de su selección en Brasil, lamenta que una de las lecciones que sacó Argentina –la posibilidad de cambiar– puede olvidarse pronto. “Hablo de una enseñanza exclusivamente futbolística: no cultural, ni política. Durante esas cuatro semanas Argentina aprendió a ser un equipo a partir de valores que no son frecuentes en nuestra cultura: la solidaridad, la disciplina, el orden, el compañerismo, que no se nos dan bien. Se nos da bien el brillo, el individualismo, la finta, el genio fugaz. La apuesta nacional fue que Messi nos salve, en esa cosa de caudillo que en América nos gusta, lamentablemente", explica.
“Los cambios de largo plazo no dependen del ejemplo de un grupo de muchachos en un Mundial. Un país con un sistema educativo que funciona muy mal, con las dificultades de convivencia, tolerancia y educación que tenemos, difícilmente puede aprovechar una lección así. En Argentina somos muy impacientes y torpemente grandilocuentes. Tendemos a pensar que todo depende de lo que nos toca vivir ahora y somos incapaces de confiar en que si queremos que algo suceda, apenas daremos los pasos para que algo cambie a futuro. Eso exige un nivel de humildad, de compromiso y de consenso que no tenemos”.

30.7.14

La "Universidad Desconocida en Brooklyn" y la literatura en español

La Universidad Desconocida en Brooklyn no tiene sede pero cuenta entre sus "rectores desconocidos" con Enrique Vila-Matas o Junot Díaz, y toma su nombre del libro de Roberto Bolaño para impartir cursos itinerantes de literatura en español porque se trata, precisamente, de crear en la lengua de Cervantes

 
Roberto Bolaño, autor chileno de Universidad desconocida./lainformacion.com
Un apartamento o la sede de la Unión Nacional de Escritores de Nueva York han albergado cursos de esta especial universidad, que cuenta entre sus profesores con escritores latinoamericanos -algunos ganadores de premios literarios- radicados en la Gran Manzana.
Aquí no existen las complicaciones de largas colas para el pago de matrícula ni el alto costo de una universidad en EE.UU., pese a estar en la llamada capital del mundo y, la "Universidad Desconocida", que nació el pasado septiembre en Brooklyn, puede presumir además del contenido de sus cursos.
"Hay muy buenos escritores que viven en Nueva York, tienen tiempo y ganas de dar las clases. Juntamos escritores que están en la ciudad con gente que quiere escribir y ponemos énfasis en el español", dijo  el uruguayo Javier Molea, fundador del proyecto junto a la española María Bordallo.
La inquietud de Bordallo por expresar sus sentimientos a través de la escritura le llevó a hablar con su amigo Javier, encargado de la sección en español de la librería McNally Jackson en Manhattan y fundador de DiazGrey Editorial, quien tenía el conocimiento y los contactos para echar a andar el proyecto.
"María me convenció de que era el momento, de que había demanda", agregó al recordar que había recibido propuestas antes para organizar talleres literarios, pero consideró que no era la gente ni el momento apropiado.
Bordallo agrega en conversación con Efe que hay mucha gente como ella, que trabajan, que no son escritores, pero con un deseo inmenso de escribir y que no pueden pagar el alto coste de las universidades.
"Le llamamos la Universidad Desconocida en Brooklyn" porque María y yo vivimos en Brooklyn. Nos gustó además llamarle así porque Brooklyn es un territorio inexplorado para el español. La mayoría de la cultura que se hace en Nueva York, por gente de Nueva York se hace en Brooklyn en inglés, como lecturas en casas, librerías en casas, lecturas en cafés", indicó Molea.
Pero sobre todo, los fundadores toman el nombre de La universidad desconocida, último libro de poesía del chileno Roberto Bolaño (1953-2003), publicado póstumamente en 2007.
"Le admiramos, es un homenaje a Bolaño", dicen. Su logo es una escalera "hacia lo desconocido", que también toma la idea de la portada del libro de Bolaño.
Los dos primeros cursos, de poesía y narrativa, comenzaron el pasado octubre con diez alumnos, que se enteraron "de boca a boca" de los talleres, que pueden extenderse entre cuatro y ocho semanas. El segundo nivel de los cursos en febrero aumentaron de dos a siete.
"La metodología del curso se la dejamos al profesor, lo único que le exigimos es que las personas escriban. Preferimos los cursos en español, aunque se hace alguna cosa en inglés", explicó Molea.
Al final, se publica un libro con lo que escribieron los estudiantes y se le entrega una copia en la fiesta de "graduación", explicaron Bordallo y Molea.
Los estudiantes son variopintos, en su mayoría latinoamericanos, algunos, estudiantes universitarios.
Los cursos incluyen talleres de poesía, crónica, ensayo, narrativa, teatro, guión cinematográfico, novela mexicana, tarot y poesía y 'patafísica', y seminarios de investigación literaria.
"Esto es un proyecto callejero", dice además Bodallo sobre la iniciativa, que cuenta con el apoyo de importantes escritores, como Vila-Matas, que en la biografía de su último libro se publicó que es "rector" de la Universidad Desconocida. Otros "rectores desconocidos" honoríficos son Eduardo Lago, Sylvia Molloy o Diamela Eltit.
"Los 'rectores' son escritores muy grandes, un grupo que nos promociona y ayuda", destaca Molea y agrega que "lo más importante" del proyecto "es que pasó de talleres a comunidad literaria".
"Se están creando círculos (literarios), la gente se está conociendo poco a poco, los profesores, los alumnos, nosotros. Es crear, es juntar. Había mucha demanda en Nueva York, mucha gente interesada pero desperdigada", dice por su parte Bordallo.
Aunque los cursos se ofrecen a un costo módico, también hay posibilidades de pago a plazos, descuentos y hasta becas.
"Se trata de flexibiliad porque ese es el concepto, todo lo contrario a universidades estructuradas. Queremos darle facilidad a la gente" que quiere escribir en español, destacaron.