20.2.14

Diez claves para empezar a escribir

Se acabó el miedo a la página en blanco. El periodista, escritor y profesor José Julio Perlado explica sus consejos imprescindibles para el aspirante a escritor

Consejos básicos: observación, persistencia, perseverancia, lectura a la lata.../metropoli.com
Observación. Para escribir hay que contemplar la realidad desde muchos ángulos, lanzarse a concebir las cosas desde un punto de vista diferente. Los personajes nacen así. Están en la calle, viajan en el metro y pasean con nosotros. Hay que observarlos y saber qué coger de cada uno. Por ejemplo, en Guerra y Paz, Tolstói tomó rasgos de su abuela y de su cuñada para el personaje de Natasha.
Lecturas. Un escritor debe acompañarse de buenas historias durante toda su vida. Primero se lee por curiosidad, luego por conocimiento y, ya más adelante, como escritor, analizando y descubriendo los entresijos del libro que se tiene entre manos. Hay autores inimitables como Valle Inclán a los que no se puede copiar pero a los que no se debe dejar de leer.
Selección de ideas. Virginia Woolf decía que las ideas están en el aire. Hay algunas que mueren pronto, pero son las menos. Las ideas fuertes salen por sí solas adelante. Le persiguen a uno y, al final, no hay más remedio que escribirlas, aunque luego no se publiquen.
Enfrentarse a la página en blanco. Aunque el mismo acto de escribir ayuda a redactar mejor, el escritor debe empezar su trabajo siempre fuera de la mesa, en la calle, paseando, en el autobús... Así no sentirá ese miedo a la página en blanco. Cuando se enfrente a ella, ya tendrá una idea aproximada de qué va a escribir, porque lo habrá meditado durante todo el día.
Autenticidad. Hay que ser espontáneo, original, escribir ajeno a las modas. Cada uno tiene su propia voz. Ante la Puerta del Sol, por ejemplo, cada autor ha expresado la suya propia: Baroja, Azorín, Valle Inclán... Esa visión es única. Además, tal y como decía Pla, no hay que escribir bonito, sino eficaz.
Un cuaderno de notas. Es muy importante un lugar donde apuntar nombres, apellidos u oficios y luego consultarlo a la hora de escribir. Igual que el pintor tiene ya preparados sus pinceles y no se dedica a hacer las mezclas cuando va a pintar, el escritor también debe tener su terreno preparado. Stravinski, a veces, componía, en los aviones pidiendo a las azafatas una servilleta donde anotar fragmentos de una sinfonía. Luego, las pegaba como si fueran piezas de un puzzle.
Soledad. Un escritor es un ser solitario y tiene que acostumbrarse al silencio, un silencio de concentración y de pensamiento. Debe aprender a llevar la soledad cómodamente y evitar escribir en medio del barullo. En esos momentos de alboroto se puede pensar pero no crear.
Toma de perspectiva. Volviendo al ejemplo de la pintura, si un pintor da pasos hacia atrás para contemplar su obra, el escritor también debe dar esos pasos, que pueden ser cinco horas o cinco días. Por eso no hay que corregir en caliente, porque se corrigen errores que, en realidad, no existen. Para retocar el texto hay que leerlo con frialdad. Lo ideal sería que, al final, el escritor al releerlo al cabo del tiempo pensase: ¿quién habrá escrito esto?
Guardar todo. Escribir implica un trabajo, y ese trabajo no se puede tirar a la basura porque ha costado esfuerzo, tiempo y, a veces, disgustos. Es mejor conservarlo y, meses después, el texto hablará por sí solo. Se puede corregir o rectificar, pero nunca tirarlo. Si Tomhas Mann se hubiera desprendido de las ideas que guardó en un cajón durante 18 años, jamás habría escrito una novela como Doctor Faustus.
Paciencia. El escritor no debe impacientarse por publicar. Su trabajo no tiene que llegar a ser un best seller. Los textos, al igual que las plantas, crecen solos pero necesitan tiempo. Lo mismo ocurre con los cuadros. Miró muchas veces bajaba a su estudio de Mallorca, daba unos cuantos trazos y se retiraba. No hay que escribir tenso. El tiempo es el gran aliado del escritor.

19.2.14

Carrère: "Me cuesta acabar los libros"

De niño, Emmanuel Carrère quiso ser arponero de ballenas, pero al final se dedicó a escribir. Hoy es uno de los narradores más relevantes de Francia.  Sus obras son como los relatos de un gran reportero. Novelas de no ficción que dan forma literaria a lo que ocurre a su alrededor, aventuras documentadas con el fin de ser claro para que el lector no especializado lo entienda

Emmanuel Carrère. Escritor francés. No ficción./Witi de Tera./elpais.com
Con su acercamiento a la realidad asaltada como en las ficciones, Emmanuel Carrère se ha convertido en uno de los escritores fundamentales de la Francia contemporánea. Entre la biografía, el reporterismo, la autoficción, ha desarrollado un estilo propio, que ha dejado un buen puñado de libros magistrales, hondos, emocionantes, paradójicos. Es el caso de su fascinante biografía de Philip K. Dick, Yo estoy vivo, vosotros estáis muertos (Minotauro); su gran éxito El adversario, la historia de un supuesto médico de la OMS que no era tal y que, al descubrirse el engaño, asesinó a toda su familia; De vidas ajenas, o el año pasado el gran Limonov (estos tres últimos, en Anagrama), una historia de la Rusia de los últimos 70 años a través del símbolo de un personaje excesivo, poeta maldito, combatiente con los malos en los Balcanes y líder de un partido antisistema, entre punk y nostálgico, por el que se ha convertido en todo un referente de la contracultura en su país. Su óptica desprejuiciada y curiosa, su estilo cristalino, mordaz, directo, le convierte en un grande de las letras europeas que hizo recientemente escala en el Hay Festival Cartagena (Colombia).
Viniendo hacia aquí, por las calles de Cartagena de Indias, me topé con la Alianza Francesa. Participa usted en un encuentro de inspiración británica y el territorio que pisamos tiene fuerte influencia española. ¿Ejercemos desde Europa la guerra colonial por otros medios? En lo que respecta a los franceses, estamos en situación de inferioridad. No nos encontramos en posición de ejercer mucha influencia frente a la preponderancia de la lengua inglesa. Y aquí, menos, por lo español. Somos minoría.
Pero creativamente con buena salud. ¿De verdad lo cree?
No solo lo creo, sino que se lo puedo demostrar. En los últimos años, a principios de siglo, no solo se muestran en racha, sino arriesgados. Usted, Michel Houellebecq, Jean Echenoz, nuevos valores como Laurent Binet, están encontrando nuevos caminos narrativos. Me alegro de oírlo porque generalmente a los franceses nos invade un sentimiento de complejo de inferioridad.
Ya, son ustedes llorones. ¿No lo piensa? Ahora que lo dice, veo que tiene razón.
Comparemos. ¿Cuánto tiempo hace que no le sorprende una novela anglosajona? Me impresionó mucho Canadá, de Richard Ford. No es que sea revolucionario, pero sí una gran novela. Ahora tampoco veo que nosotros los franceses innovemos tanto.
a los franceses nos invade un sentimiento de complejo de inferioridad"
¿En términos de riesgo? Bueno, quizá sí algo más. Sí, es cierto. Me alegro de estar de acuerdo con usted, pero es que pesa tanto esa sensación de que no somos nada. Tampoco es que me importe.
¿No le cabrea? Honestamente, no me lo planteo a menudo, pero ahora que me lo dice, voy a empezar a pensar en ello, de verdad.
Así que le hemos hecho feliz. Pues sí.
Usted, exactamente, ¿cómo define lo que hace? Libros, historias. Evito calificarlo como novela. Ese género lleva el peso de la ficción y lo que yo hago no es ficción puramente, aunque estén escritas como tales, con sus trucos, pero sin inventiva. No es que el material en mis libros sea la vida y en la ficción no, porque también se llenan de vida. Escribí ficción, pero lo dejé, y ahora no lo hago. Tampoco he llegado a este punto después de una reflexión teórica, no es que crea que la novela ha muerto. Las leo, me encantan, pero no me interesa abordar ese género. Ni quiero, ni puedo. Lo que me interesa en este momento se mueve fuera de la ficción. Tampoco me da mucho por la autoficción o lo autobiográfico.
Si Limonov, el protagonista de mi libro, gobernara a usted y a mí nos enviaría al Gulag"
Bueno, esparce su vida en sus libros, con nombre y apellido. Sí, lo distribuyo, pero es porque se va apareciendo naturalmente en el trabajo, cuando se combinan las cosas que me interesan en la vida con lo que estoy tratando. Pero, insisto, sin artificios.
Lo que usted tiene es instinto para saber qué historias pueden interesar a amplios públicos sin que ‘a priori’ puedan resultar atractivas. Por ejemplo, a quién se le podría ocurrir que Limonov fuera un tipo interesante. Sí, en eso estoy de acuerdo.
O simpático, después de mostrarse un ultranacionalista ruso, belicoso, combatiente en los Balcanes con Arkan, menudo angelito. Sabía que a quien se pusiera a leerlo le acabaría por atraer, pero no tenía idea de que le iba a seducir a tanta gente. Más leer un libro sobre un ruso que de entrada no te podía caer bien.
Pero ¿se trata de un libro sobre un ruso o sobre Rusia? Sobre Rusia, esa era mi intención. Un país al que he viajado a lo largo de los últimos 15 años, dedicándole largas temporadas, conociendo a mucha gente, haciendo documentales. Quería escribir algo sobre el país, pero no sabía exactamente qué ni cómo.
¿Y encontró un símbolo? No diría tanto, pero sí un personaje que me permitía contar multitud de cosas acerca de la historia reciente. Mezclé dos esferas. Nunca lo había hecho: la historia y la aventura.
¿Una posmoderna novela de aventuras? Bueno, más o menos. O clásica, con trama, con mucha acción. Estaba obsesionado con incluir ambas cosas, me estimulaba y pensé que si aquello me removía tanto a mí, también les pasaría a los lectores.
Pero existía un problema. ¿Algunas veces sintió ganas de estrangularlo? Bueno, mis sentimientos hacia él iban cambiando.
¿Y ahora? Lo mismo. Había escrito una historia larga en una revista sobre Limonov. Entre los círculos de demócratas que entrevisté, todos me hablaban con gran respeto sobre él. Me sorprendió porque yo tenía la idea de que era un fascista. Así que me intrigó. Después de pasar dos semanas con él casi todos los días, no tenía claro qué pensar. Me encontraba más confundido si cabe, pero decidí comenzar el libro precisamente porque no sabía si iba a ser más incómodo que emocionante. Y cuando terminé el libro seguía igual.
Le entiendo. Lo aprecio, lo respeto, pero es que viene a ser mi auténtico antagonista. Y me alegro de que afortunadamente no tenga posibilidad de alcanzar nunca el poder.
Escribir 'El adversario' fue una experiencia terrible que no repetiría"
Esperemos. Es que si así fuera, a usted y a mí nos enviaría al Gulag, pero, por otra parte, le respeto, porque tiene valor, ha pagado las consecuencias de sus actos. Quise llegar a una conclusión, a una síntesis, en el libro. Después de todo, quería saber si es un buen tipo o no.
Bueno, al final lo compara con Putin. Creo que eso es lo que más le disgusta del libro.
Él puede considerarlo un insulto, pero lleva usted razón. Hay una diferencia. Putin es un hombre de poder, y Limonov, un rebelde.
Pero ambos añoran la idea de la gran Rusia. Sí, ambos son nacionalistas, desprecian la democracia.
Sienten nostalgia del estalinismo… Buenas piezas. Sí, y aun así tengo la impresión de que lo lee gente de sensibilidades opuestas a eso, más como yo que como ellos. Demócratas, defensores de los derechos humanos, del Estado de bienestar, pero se interesan en un tío que cree que nuestros principios básicos son una mierda.
Que se basan en la hipocresía. Nos ve como hipócritas, lo equipara al colonialismo católico en la edad moderna, pero ¿sabe qué?, que no deja de llevar razón en algún aspecto, aunque no nos guste. El hecho de tratar de acercarnos desde nuestra perspectiva a sus posiciones es lo que hacía el reto muy interesante. Me mandó un correo hace unos meses en el que trataba de provocarme contándome que estaba preparando un ensayo sobre los que para él eran los grandes líderes de la época contemporánea: Pol Pot, Gadafi, Sadam Husein, Osama bin Laden… Hombre, trataba de quedarse conmigo, pero, por otro lado, lo decía en serio. Disfruta con esas cosas.
No creo que en Francia corra peligro el respeto a la privacidad de los políticos con el asunto de Hollande"
Así que siguen llevándose más o menos bien. Ah, sí, claro, él está encantado con el libro, le caigo bien y está bastante agradecido. Me comentó que jamás diría lo que piensa sobre ello, pero está contento. Dice que soy el típico burgués intelectual que desprecia, pero es lo suficientemente listo como para darse cuenta de que una historia sobre él firmada por un escritor acólito, a nadie le interesaría.
Desde luego. En Limonov acertó de lleno; en su perfil de Philip K. Dick, también, aunque en principio despiste. Bueno, con Limonov corría un riesgo, tuve en cierta manera que inventármelo, pero el otro personaje ya contaba con dos biografías, tenía su prestigio y seguidores. Pero en mis elecciones no solo cuenta que yo crea que le va a gustar al público, influye que me quiera apetecer pasar dos años de mi vida siguiendo sus rastros. Necesito que me sean ajenos, pero cercanos; tiene que existir un eco mío que resuene en ellos.
Sin embargo, ante Jean-Claude Romand, en cuya historia se basa su libro ‘El adversario’, lo que tuvo que sentir fue terror. Sí, desde luego, mucho, mucho miedo y psicológicamente fue muy duro. Me llevó siete años decidirme a escribirlo, fue una experiencia terrible que no repetiría. En esa historia del hombre que oculta su vida y cuando los suyos se enteran de la realidad los asesina, palpita la muerte por todas partes. En Limonov, pese a sus bajadas a los infiernos, se sobrepone una energía vital.
Lo adoras y lo detestas. Efectivamente, pero lo de Romand era muy desagradable.
¿Le pudo el morbo? Me lo pregunté muchas veces.
Una imagen de Carrère de 1993.
Tiene que haber sido así. Desde luego. En ese proceso en que dudaba si escribirlo o no, me sentía muy avergonzado. Avergonzado por el hecho de que me fascinara, y lo que me tranquilizó fue comprobar que interesaba a tanta gente y que aquello de lo que no me sentía muy orgulloso de experimentar era algo corriente que compartimos mucha gente. No solo trata de una persona que asesina a los suyos. Es la historia de alguien que pasa años mintiéndole a todo el mundo de una forma tan absurda que no puede enfrentarse al hecho de su propia verdad. Nos ocurre a muchos, a veces aunque no en esa dimensión, ni todo el tiempo. Cuando lo descubrí, me liberé.
¿Cómo fue su relación con Romand? Le escribí una carta meses después del asesinato y no me contestó. Me olvidé y me puse con una novela de ficción. Se titulaba Una semana en la nieve. Tuvo su éxito y fue publicada dos años después. Fue entonces cuando él me contestó. Me dijo que había leído esa novela, que le había gustado y que la historia le recordaba a su niñez. Que si seguía interesado, no había problema. Me sorprendió, no me lo esperaba. Le vi tres o cuatro veces, no mucho.
Cuando salió el libro, ¿qué le dijo? Se lo mandé para que lo leyera antes de imprimirlo con la condición de que no podía cambiar nada. Fui a la cárcel a verle unas semanas después. Esperaba alguna reacción suya, pero no ocurrió nada. Se mostró…
¿Frío? Educado… Elogió mucho lo escrito, aunque se mostró en desacuerdo en algunas cosas, pero le pareció honesto. Y después, nada. Eso duró 15 minutos, las dos horas siguientes –cuando vas a visitar a alguien a prisión te quedas todo el tiempo– las dedicamos a tratar cosas banales: programas de televisión, esos temas. Muy raro.
¿Qué aprendió de aquello? Lo que le comenté sobre el género humano, y quien lo niegue es estúpido.
O miente, lo prueba el éxito que tuvo. ¿Le sorprendió? Honestamente, no. Lo que me dio fue confianza y seguridad de que al escribir sobre algo tienes que sentir a priori eso, algo de reparo. Eso te identificará con tus lectores.
Lo que le une a esos personajes que busca es su espíritu contradictorio. En ‘Limonov’ cuenta usted cómo en su juventud era un buen chico de derechas y ahora se ha vuelto todo un socialdemócrata. El viaje suele hacerse al revés. Al menos en España. ¿De verdad lo cree?
Sí, hay un dicho que lo resume: “A los 20, incendiario; pero a partir de los 40, bombero”. Me dan mucho miedo esas definiciones de izquierda y derecha. Más después de mi inmersión en Rusia. Cuando eres un nostálgico del estalinismo, ¿qué te consideras? ¿De derechas o de izquierdas? Bueno, yo creía que el derechismo –no era un facha, ni mucho menos– me hacía más dandi. Lo contrario a lo que pensaba la mayoría de la gente de mi edad. Ahora no es que me considere de izquierdas. Un socialdemócrata no radical de esos a los que Limonov pegaría: soy un demócrata, creo en nuestro sistema con sus imperfecciones, pero encuentro muchas dificultades para decidir a quién votar.
Usted es todo un ‘bobo’, como dicen en Francia: un ‘bourgeois bohemian’, que es lo que en España llamaríamos ‘pijo progre’. Bueno, están por todas partes, una clase que se extendió por los barrios periféricos acomodados, que viven allí, votan a Hollande…
Aunque no tengan tanta vida exaltada en términos amorosos. ¿Y usted? Noooo. Pero, bueno, lo mejor que puedes hacer en la vida es ser consciente del cliché al que perteneces en vez de evitarlo. Mi vida es la de un típico bobo, sí, pero me siento a gusto con ella. Afortunado, vivo de lo que me gusta, un privilegio. Y ya. Con la diferencia de que me interesa mucho la existencia de aquellos que no tienen nada que ver conmigo.
Pero le costará meterse en otras pieles. Es que no creo que deba hacerlo. Debemos retratar a esa gente desde nuestro propio lugar, incluso reafirmándolo. Una vez observé a una niña a quien su madre corregía y le decía que no debía comportarse de determinada manera y aprender a ponerse en el lugar de otros. Y ella respondió: “Sí, pero si me meto en su sitio, ¿adónde van ellos?”. Me pareció muy sabio.
¿Nos ponemos en el lugar de Hollande? ¿Cómo?
Mucha gente lo critica por el hecho de que cuando se experimenta una pasión amorosa, uno no tiene la cabeza y el cuerpo como para presidir un país. Pues eso parece.
¿Cree que Francia, que siempre ha defendido la esfera íntima de sus cargos públicos, resentirá esa cualidad que les diferencia tan bien de otros? No, no lo temo. Lo que me interesa de este caso es la posición de Valérie Trierweiler, a nadie le cae bien, lo cual es terrible, porque debe de estar sufriendo muchísimo y a nadie le importa. Cuando ella irrumpió, a todo el mundo le pareció de lo más moderno que no estuvieran casados y demás. Pero ahora que ha aparecido una mujer más joven, la repudia de la manera más arcaica y de pronto la coloca en un espacio absolutamente humillante porque no goza de ninguna protección legal. Resulta tan curioso que se da la vuelta y te hace pensar que es mejor casarse. Me tiene impactado.
¿Le cae mejor ella ahora? No, igual. Nunca me llamó mucho la atención, pero es esa consecuencia paradójica del asunto la que me sorprende.
Ahí tiene una historia sin claro final. Me cuesta acabar los libros.
Es que no tienen fin. No hay final posible. Lo bueno es que los lectores sigan escribiéndolos por su cuenta. Sin duda. Pero no dejo de obsesionarme por ello.

También guionista

(París, 1957). El éxito internacional le llegó con El adversario, llevada a la gran pantalla como ya había ocurrido con Una semana en la nieve, que le valió el Premio Fémina y el Premio Especial del Jurado en Cannes en 1998 en su adaptación cinematográfica. Le siguieron Vidas ajenas y Limonov, un acercamiento a su obsesión rusa, inspirada desde muy joven por su madre, Hélène Carrère d’Encausse, reconocida sovietóloga. Ha oscilado como un péndulo entre la narrativa y el cine, como guionista y realizador. Mordaz y directo, Carrère ha tenido un brillante recorrido literario desde que debutó con L’amie du jaguar en 1983. Sus biografías sobre Werner Herzog o Philiph K. Dick revitalizaron el género.

Taiye Selasi: "No soy africana ni americana: soy ‘afropolita"

La escritora es una de las estrellas emergentes de la literatura Su primera novela, Lejos de Ghana, se publica en España

La escritora Taiye Selasi vive en Roma. /Nancy Crampton./elpais.com
Taiye Selasi es el más claro ejemplo de esa realidad bautizada por ella como “afropolitismo”: nació en Londres hace 35 años, se crió en Massachusetts, es hija de un cirujano ghanés y una pediatra nigeriana y estudió en Yale y Oxford. Con el apoyo de Toni Morrison y el empuje del poderoso agente Andrew Wylie, conocido por su ferocidad como El Chacal, se ha convertido en una estrella emergente de la literatura. Su primera novela, Lejos de Ghana (Salamandra), cuenta la historia de los Sai, una familia afroamericana rota por el abandono del padre.
En el Trastevere, el barrio de Roma donde vive desde hace tres años, la conocen como la scrittrice y en un elegante local de copas de Piazza Spagna han bautizado con su nombre un cóctel: “Lleva vodka, jengibre, ingredientes secretos y mucho amor”. En la terraza de su ático está el estudio acristalado donde escribe. Rodeado de luz, con vistas espectaculares sobre la ciudad y entre los chillidos de las gaviotas, bien podría ser un faro. Desde hace unos meses, Selasi alterna la soledad de su trabajo con el reality televisivo donde participa como jurado, Masterpiece, en el que aspirantes a escritor compiten para publicar un libro y conseguir fama y dinero.
 En el reciente Festival del Libro de Jaipur, en India, calificó de absurdo el concepto de novela africana y reivindicó otro término: afropolitismo. ¿Qué significa exactamente?
 En 2005, escribí un ensayo donde describía el origen de una noción más flexible de identidad. El afropolitismo define a jóvenes de origen africano con una identidad híbrida, como mi hermana y yo. Mi padre nació en Costa del Oro, que en 1957 se convirtió en Ghana, estudió en Escocia y terminó trabajando como cirujano en Arabia Saudí. Los abuelos de mi madre eran un misionero escocés y una mujer yoruba, ella se crio entre Londres y Lagos y conoció a mi padre cuando ambos estudiaban Medicina en Zambia. Mi hermana melliza y yo nacimos en Londres y crecimos con el sentimiento de ser de todas partes, no sólo nigerianas o británicas o americanas.
Nacida en Londres, pero residente en Roma, triunfa con ‘Lejos de Ghana’
 ¿Y esa nueva identidad no modifica la definición de ser británico o ser americano?
Sin duda. Los grandes cambios que trajo el colonialismo son especialmente visibles, no en los jóvenes países que surgieron a continuación, sino en París, Londres, Bruselas… Cuando sales al mundo y lo colonizas, a continuación el mundo entra en tu casa. Si no quieres incluir a escritores indios, nigerianos o jamaicanos en tu definición de literatura británica, no deberías haber colonizado India, Nigeria y Jamaica. Hablamos de lo británico como si solo significara té, la reina o ser blanco, y eso es absurdo. Lo británico se ha vuelto “marrón”.
 ¿Marrón?
Me niego a utilizar el término “negro”. Referirse a alguien por el color de su piel no es algo neutral e inofensivo. Al contrario: perpetúa el engaño de la existencia de una raza negra. Creo en el poder de la lengua para cambiar el pensamiento. James Baldwin decía que uno escribe para cambiar el mundo, aunque el cambio sea mínimo. Hablar de gente marrón produce cuanto menos extrañeza: ¿por qué no dice negro?
No hablo ninguna lengua como un nativo. Mi país es mi hermana melliza”
Usted, una afropolita, estudió en Estados Unidos. ¿Sintió una proximidad especial con la cultura afroamericana?
Desgraciadamente el mito de la raza es una parte dominante de la vida y de la cultura popular en Estados Unidos. Cuando llegué a Yale, entré a formar parte de la categoría de estudiantes negros de la universidad. Sin embargo, en un estudio reciente se mostraba que alrededor del 70% de esos estudiantes son inmigrantes de África o de las Indias Occidentales. Asumir que alguien que creció en Nairobi ha de congeniar con alguien que creció en Brooklyn por el color de su piel no tiene sentido. Dicho esto, sé que todo lo que han conseguido los inmigrantes africanos en EE UU ha sido posible gracias a los afroamericanos. Mi madre estudió en Harvard porque era una mujer brillante y porque trabajó muy duro, pero también porque, muchos años antes, otra persona de piel marrón consiguió entrar en esa institución en circunstancias muy duras.
Ser de todas partes y al mismo tiempo ninguna, ¿no la condena al desarraigo?
 Identificar desarraigo con inmigración resulta engañoso. El arraigo es un sentimiento que nace de lo local y no de un país en su conjunto. Yo me siento en casa cuando voy a Accra, la capital de Ghana: el olor, la comida, las calles, mis amigos, mi madre, que vive allí desde hace 13 años, mi padre, que es ghanés… Pero eso no me sucede en otra ciudad, como Kumasi. Eso es algo universal. Mi abuela vive en Málaga desde hace muchos años, es una gran bailaora de flamenco y hace unas paellas buenísimas. Para ella eso es su España.
Pero para un escritor, ¿la patria no es su lengua?
Yo no hablo ninguna lengua como un nativo del país. En Ghana, en Italia y hasta en EEUU, la gente me pregunta de dónde soy. Mi madre tiene un acento británico muy marcado y fue ella quien me enseñó a hablar. En realidad, mi auténtico país es mi hermana. Lo más hermoso de tener una melliza es que por extraño que fuese el mundo en el que nací, no llegué sola.
Entre los estereotipos que existen en torno a África está la potente sexualidad del hombre africano. Sus personajes masculinos son amantes asombrosos…
Soy Escorpio, el signo más sexual del zodiaco. El sexo es una metáfora maravillosa de la experiencia humana: el deseo de unión, la búsqueda de un hogar, la separación… Explica el resto del drama humano; me interesa mucho, pero como cuestión humana, no relacionado con un continente de forma sociológica o antropológica. Eso no quiere decir que no sea consciente de que existe una inmensa mitología retorcida acerca de la sexualidad del africano.
 Su agente literario, Andrew Wylie, es famoso por su ferocidad y su eficacia. ¿Cómo lleva trabajar con él?
 Andrew es un hombre muy dulce. Le envié las cien primeras páginas de mi novela. Estaba tan nerviosa que escribí mal su apellido en el sobre, pero lo corregí a tiempo. Él se iba a Londres y leyó el manuscrito en el avión. Eso fue un jueves y el lunes siguiente me reuní con él. Me dijo que podía vender la novela sin que yo la terminara antes y así hizo. Pero las expectativas eran tan altas que no pude seguir escribiendo. Dejé Nueva York y vine a Roma para acabar la novela. Debo mi supervivencia como creadora a esta ciudad.

17.2.14

Saviano: "Me he arruinado la vida"

 El escritor italiano, autor del aclamado libro sobre la mafia  Gomorra , regresa con  CeroCeroCero , un viaje por el negocio de la cocaína a uno y otro lado del Atlántico

Roberto Saviano, autor italiano de CeroCeroCer./elpais.com
El sueño de cualquier joven periodista de raza debe de parecerse bastante al perfil de Roberto Saviano: una mirada limpia y buen olfato para descubrir las historias, habilidad y simpatía para tratar con las fuentes, valentía para meterse en la boca del lobo y una pluma capaz de convertir cualquier reportaje en buena literatura. Si, además, con 26 años se logra escribir un libro como Gomorra, del que ya se han vendido más de 10 millones de ejemplares en todo el mundo, el sueño parece redondo. Hasta que se lee la dedicatoria de su nueva obra, CeroCeroCero, un viaje de casi 500 páginas por el negocio de la cocaína a uno y otro lado del Atlántico que en España publicará la próxima semana la editorial Anagrama: “Dedico este libro a todos los carabineros de mi escolta. A las 38.000 horas pasadas juntos. Y a las que todavía hemos de pasar. Dondequiera que sea”. Esta conversación con Roberto Saviano (Nápoles, 1979) tuvo lugar en el sótano de un hotel de Roma. Por supuesto, bajo la atenta mirada de sus guardaespaldas.
 Después de que la mafia napolitana lo condenara a muerte, obligándole a enterrarse en vida, ¿por qué ha seguido escribiendo sobre los mismos asuntos?
 Me gustaría responder a la pregunta con una frase heroica del tipo: continuo escribiendo porque creo en la verdad, porque no han conseguido amedrentarme, pero me sentiría un poco ridículo porque dentro de mí no es la verdad. O mejor, porque la verdadera respuesta es: estoy obsesionado. Estoy obsesionado porque una vez que me encontré de frente con la historia de las mafias ya no pude, físicamente incluso, resistirme a seguirla. Sabía que si continuaba escribiendo me iría peor en la vida. No solo por la cuestión de las amenazas, sino porque la mayoría de las personas citadas en el libro intentarían denunciarme por difamación. Pero es más fuerte que yo. Es una especie de adicción. Una manía. No es el pensamiento puro de: es justo luchar por la verdad. Porque estoy totalmente convencido de...
 ¿De que fue un error?
 Digámoslo todo: yo no creo que sea noble haber destruido mi propia vida y la vida de las personas a mi alrededor por buscar la verdad. Desde lejos puede parecer noble: ah, qué cosa más bella. Pero yo, que lo he hecho, no siento que sea noble. Es más, me digo: tal vez podría haber hecho lo mismo, con el mismo compromiso, con el mismo coraje, pero con prudencia, sin destruirlo todo. Pero he sido impetuoso, ambicioso, y me he arruinado la vida.
 ¿Hasta ese punto?
Hay que tener en cuenta que no puedo disponer de mi vida sin pedir autorización. Ni salir cuando quiero, ni entrar cuando quiero, ni frecuentar a las personas que quiero sin tener que esconderlas para que no sufran represalias. Yo a veces me pregunto si no terminaré en un hospital psiquiátrico. En serio, ¿eh? Yo ahora tengo necesidad de psicofármacos para seguir adelante y jamás antes los había necesitado. No abuso de ellos, pero de vez en cuando tengo necesidad. Y este asunto no me gusta nada. Por eso espero que esto termine algún día.
 ¿Ha valido entonces la pena pagar un precio tan alto?
No. Y sé que cuando lo digo alguien puede pensar: qué cobarde. Vale la pena buscar la verdad y vale la pena llenar hasta el fondo, pero protegiéndote. Mi drama interno es: podría haber hecho todo esto pero sin poner en riesgo todo. Porque, ¿cual es el problema aquí? Si tu antepones un objetivo, la verdad, la denuncia, a cualquier otra cosa de tu vida, te conviertes en un monstruo. Un monstruo. Porque todas tus relaciones humanas y profesionales están enfocadas a obtener la verdad. Tal vez el fin sea noble, una cosa generosa, pero tu vida no se convierte en generosa. Las relaciones se convierten en terribles.
 ¿Por qué?
Porque has decidido sacrificar todo sobre el altar de la verdad. Cuando he empezado a hacer esto no me he dado cuenta. Y en libro lo digo: no vale en ningún caso la pena renunciar a la propia felicidad por un objetivo que consideras superior. Vale la pena hacer lo que se debe pero buscando defenderse.
 ¿Se ha planteado volver atrás? ¿Escribir de otros asuntos?
Es difícil. Tal vez lo intentaré. Pero el problema verdadero es que cuando has llegado a este punto de notoriedad, si vuelves atrás te arriesgas a tirar por la borda todo lo que has hecho. Y aquí surge la voz de la ambición: ¿cómo voy a tirar al mar todo este trabajo, todo lo que he conseguido? Y luego surge otro debate: todo esto me aprisiona, pero a la vez da sentido a mi vida. Aunque también tengo ante mí el reto de que no solo soy un escritor de crimen. Quiero hacer literatura.
En CeroCeroCero lo ha conseguido.
Sí, creo que sí, mi objetivo es escribir de cosas reales con estilo literario. Ha sido difícil, porque cuando se habla de Latinoamérica desde aquí se tiende a ver solo la parte sangrienta, de la masacre, como si todo fuera un gran caos. Yo en cambio he intentado demostrar el orden mexicano, no el desorden mexicano. Lo científico del asunto. No ha sido fácil.
¿Qué similitudes hay entre el crimen organizado en México y en Italia?
Muchísimas. Más que entre Colombia e Italia. Porque la estructura, la gestión del territorio, es muy parecida. Por eso he empezado el libro con una lección que da el capo italiano a los latinos de Nueva York. Sustancialmente, les advierte: si vosotros queréis el poder tenéis que saber que algún día lo pagaréis. Si alguna vez habéis pensado que podéis ostentar el poder y luego salir libres, estáis equivocados. Esta es la filosofía de la infelicidad que está en la base de todas las organizaciones.
 Con motivo del libro ha regresado a Nápoles después de muchos años. ¿Qué sensación ha tenido?
Al principio tenía miedo. He intentado inventarme cualquier caso para irme. Me preocupaba molestar a la ciudad, a la gente, que dijeran basta. Y en cambio me encontré con miles de jóvenes felices de saludarme,personas que querían tocarme y acariciarme, que me cogían las manos y me decían: “Tranquilo, estás aquí”. Fue emocionante. Antes solo había vuelto para ir a los tribunales.
 ¿Cómo se ha encontrado su ciudad?
Peor. La crisis la ha golpeado todavía más. El sueño del napolitano sigue siendo sobrevivir y emigrar.
Todas las palabras de Saviano, aun las más dramáticas sobre su vida, fueron pronunciadas con una sonrisa en los labios.

15.2.14

Ramírez: "la literatura latinoamericana actual se nutre de lo normal"

La literatura trata sobre los individuos, y cuando se ven afectados por grandes fenómenos sociales que irrumpen en su vidas, adquieren categoría literaria, según señaló

  Sergio Ramírez, autor nicaragüense, se nutre de la realidad social para escribir./lainformacion.com

La literatura latinoamericana actual se nutre de la normalidad y refleja situaciones como el narcotráfico o la inmigración hacia Estados Unidos, mientras antes se inspiraba en dictaduras personales como las de Trujillo o Somoza, afirmó hoy el escritor Sergio Ramírez.
La creación literaria "siempre ha estado vinculada a la realidad latinoamericana, se ha convertido en una cámara de resonancia de esa realidad, es un mundo aparte, una realidad paralela", pero toma todos los elementos del exterior, considera el escritor, de visita en la isla española de La Palmas de Gran Canaria, invitado por la Cátedra Vargas Llosa.
La literatura trata sobre los individuos, y cuando se ven afectados por grandes fenómenos sociales que "irrumpen en su vidas, adquieren categoría literaria", según señaló el también exvicepresidente de Nicaragua durante una rueda de prensa.
Ramírez se considera a sí mismo un escritor realista, "al estilo de Flaubert". Porque, agregó: "no puedo desvincular la literatura de lo que está sucediendo a mi alrededor o de lo que ocurrió alguna vez en la Historia, de donde salta un personaje o salta algún acontecimiento novelable, se trata de vestir y desvestir a los seres humanos".
"Las pasiones humanas son siempre las mismas, el amor, la locura, los celos, la ambición de poder", y para un escritor no se trata más que de tomar sus modelos contemporáneos y traspasarlos a otras épocas.
En su obra "Margarita está linda la mar" (1998) quiso reflejar la soledad y el poder a través de dos acontecimientos históricos, el regreso de Rubén Darío a Nicaragua y la conspiración contra el dictador Anastasio Somoza.
Son hechos que en la obra literaria se alteran y algunos de ellos "están mejor en la novela que en la realidad", a juicio de Ramírez.
En cuanto al protagonismo social de los escritores, considera que "los modelos políticos han fracasado, o no son como los veíamos antes", lo que ha llevado a una crisis de compromiso por parte de los intelectuales, aunque siempre se debe defender la democracia.
Ramírez se refirió a la situación política actual de Nicaragua y la perpetuación en el poder con un régimen presidencialista que mina la democracia.
Preguntado sobre los recortes económicos que se aplican a la cultura, Ramírez cree que "es lo más débil que hay, nadie la defiende" y en Latinoamérica sufre las políticas que impone el Fondo Monetario Internacional.
A su juicio, la premisa económica según la cual "sin disciplina fiscal no puede haber desarrollo, es una gran falacia", porque en Nicaragua, por ejemplo, se mantienen los ajustes pero no hay una redistribución de la riqueza y en los últimos años han crecido las grandes fortunas mientras que la pobreza ha aumentado
"No hay cambios estructurales, eso de que los planes de ajuste automáticamente van a producir bienestar es una gran falacia", aseguró el escritor.

13.2.14

Álvarez Gardeazábal: "Escribí esta novela para poder morir tranquilo"

No sólo tuve que leer de muchos temas desconocidos para mí, sino que llegó un punto en que contraté un par de teólogos para que me hicieran unas investigaciones fundamentales y poder abordar el tema. Mientras la escribía mataron al par de curas de Bogotá y Ratzinger renunció, así tuve que cambiar la estructura una y otra vez

Gustavo Álvarez Gardeazábal, autor colombiano de La misa ha terminado./elespectador.com




Portada La misa ha terminado.

¿Por qué ahora contra la Iglesia católica y sus curas?
Porque para poder morirme tranquilo me hacía falta cerrar mi ciclo novelístico de radiografiar las distintas manifestaciones del poder tocando el tema de la Iglesia... la intocable.
¿Cómo surgió la idea de escribir  La misa ha terminado?
Siempre dije que me faltaba la novela de la Iglesia, y tuve necesidad de dejar pasar el tiempo y que surgieran elementos y me nutriera de muchas cosas que no sabía. No sólo tuve que leer de muchos temas desconocidos para mí, sino que llegó un punto en que contraté un par de teólogos para que me hicieran unas investigaciones fundamentales y poder abordar el tema. Mientras la escribía mataron al par de curas de Bogotá y Ratzinger renunció, así tuve que cambiar la estructura una y otra vez.
¿Cuánto tiempo te tomó el proceso de redacción y corrección de la misma?
Si fuera como las señoras de ‘La Luciérnaga’, para decir verdad diría que toda la vida...
¿Para poder vender una novela como esta hay que recurrir al escándalo?
El problema para mí no ha sido vender novelas, el problema para los escritores colombianos es que alguien se atreva a editar más de 300 ejemplares con sólo leer los originales y un editor serio como la Universidad Autónoma Latinoamericana no escoge los textos por escandalosos sino por vibrantes, por contemporáneos y por interesantes. El tema gay de la iglesia no lo escogí yo para hacer escándalo. El escándalo lo está haciendo la iglesia por estos días destapando sus entrañas gay.
¿Fernando Vallejo —dicen por ahí— hace uso de sus peroratas para vender más sus libros?
Yo edité una perorata cuando quise ser gobernador del Valle. Ahora no tengo que ir a hablar a ninguna parte, físicamente no puedo pararme en una esquina como arte ni ponerme detrás de un micrófono para dictar más de 15 minutos seguidos de conferencia... me ahogo y se me va la vida.
¿Por qué ha habido sacerdotes que han apoyado su novela?
Porque hay un grupo cada vez más creciente de curas católicos que creen que el cáncer de la corrompisiña que carcome la Iglesia con el lobby gay sólo se extirpa radiografiándolo, como hago yo en La misa ha terminado.
¿Cuáles han sido las primeras reacciones de otros clérigos al respecto?
De todo tipo. Hay uno que me está escribiendo todos los días enviándome fragmentos del Evangelio para aplicar a mi redención.
¿La novela quiere desnudar un poco la Iglesia que la gente no conoce?
Nooo... desnuda la Iglesia que todo el mundo sabe que existe pero nadie se había atrevido a mostrar.
¿Puede ser considerada una novela de denuncia contra la Iglesia y sus sacerdotes?
No hay la menor duda.
¿Todos los personajes, aunque son ficciosos, vienen de una realidad cercana a usted?
En todas mis novelas he confundido la ficción con la realidad y me pego unas trasteadas de padre y señor mío.
¿Es verdad que ya ‘piratearon’ la novela en Medellín?
A los cuatro días de salida ya la estaban vendiendo en Junín con La Playa.
Nota bene. Aquí en Bogotá, ya se consigue. Como dice una gran amiga, en el ágachese.

1.2.14

Cómo saber si eres escritor

¿Quién se puede llamar escritor? ¿El que escribe a diario? ¿El que ha sido publicado? ¿El que tiene lectores? Si contestas Sí al menos a ocho preguntas del siguiente cuestionario, sabrás que puedes considerarte escritor



Simplemente, siéntate a escribir./sinjania.es


1. ¿Está sucia tu casa porque el tiempo de la limpieza lo dedicas a escribir?
2. ¿Renuncias a salir con tus amigos por quedarte en casa escribiendo?
3. ¿Apagas la televisión para ponerte a escribir?
4. ¿Prefieres recibir críticas útiles que elogios?
5. ¿Dedicas tus vacaciones a visitar lugares donde documentarte para tu novela o a acudir a congresos de escritores o cursos de escritura?
6. ¿Prefieres chatear sobre temas de escritura con otro escritor a una charla con un buen amigo?
7. ¿Has aceptado alguna vez un trabajo solo porque, a pesar de ganar menos, te dejaba tiempo libre para escribir?
8. ¿Estás dispuesto a renunciar a todas las cosas (una buena casa, un coche mejor, vacaciones exóticas) que sabes que podrías tener si empleases el tiempo que dedicas a la escritura a una carrera más lucrativa?
9. ¿Estás dispuesto a vivir sabiendo que tal vez nunca alcanzarás tu meta, pero no piensas renunciar a ella jamás?
10. ¿Has hecho todas o alguna de estas cosas durante al menos cinco años?