13.2.15

Marsé: "Me habría encantado descender de piratas"

Se publica el 18 de febrero la biografía del narrador barcelonés . "Estoy harto de explicar por qué no escribo en catalán", asegura el escritor . Josep Maria Cuenca no cejó hasta que Juan Marsé accedió a que fuera su biógrafo

Juan Marsé, Joan de Sagarra y Josep Maria Cuenca./ Pilar Aymerich./lavanguardia.com

La editorial Anagrama, es decir, Jorge Herralde, publica en su colección Biblioteca de la memoria Mientras llega la felicidad. Una biografía de Juan Marsé de la que es autor Josep Maria Cuenca. Un volumen de 749 páginas, 87 de las cuales son notas, e ilustrada con 40 fotografías, muchas inéditas. Seis años de investigación, por una parte, en archivos y hemerotecas y consultando la cuantiosa y reveladora documentación inédita conservada por el biografiado; centenares de horas de conversación con Marsé, familiares y amigos y con personas que en un momento fugaz o duradero tuvieron algún vínculo con él.
El autor, Josep Maria Cuenca Flores (Barcelona, 1966), historiador y periodista, que compagina la docencia y la escritura en sus dos lenguas, español y catalán, escribe en el prólogo que “consideraba un absoluto escándalo cultural que un narrador de la talla de Marsé no contara con una biografía”. Marsé no sólo no lo comparte, sino que opina que su vida carece de interés. Cuando en el verano del 2008 Cuenca se puso en contacto con Marsé para manifestarle el deseo de escribir su biografía, este le dijo que se lo pensaría y que le diría algo. Pero no le dijo nada. Y Cuenca, que es un chico muy tozudo, insistió hasta que Marsé dio su consentimiento. Leídas las 749 páginas –es una biografía de investigación, que no de divulgación, “en cuyo caso”, dice Cuenca, “la hubiese escrito en nueve meses y no excedería las 150 páginas”–, la vida de Juan Marsé resulta, contrariamente a lo que él sostiene, de un gran interés. Y no por lo que afirma su colega y amigo Enrique Vila-Matas –quien sostiene, muy vilamatamente, que, en el supuesto de que la vida de Marsé no tuviese el menor interés, esto, por sí solo, ya sería del máximo interés– sino por lo que la escritora Paulina Crusat, en uno de los capítulos más sorprendentes y reveladores, le escribe al joven Marsé. “Su vida privada y su historia, tal como la describe, ¡literariamente es una mina!”. Y añade: “Hay muchos que le comprarían a usted a peso de oro toda esa experiencia de primera mano”. En el despacho de Marsé, rodeados de sus libros, del retrato de su amigo, el añorado Jaime Gil de Biedma, de las fotos de Ava Gardner y de Rita Hayworth, de su querida Betty Boop, de las caricaturas que dibuja el comecuras de Marsé, y ante una botella de Jameson –su whisky y el mío– el biógrafo y el biografiado hablan del libro.
Señor Cuenca, ¿qué ha descubierto sobre aquella historia del taxista, el padre biológico de Juan Marsé, que se encuentra con un cliente, el padre adoptivo de Marsé, cuya mujer acaba de perder un hijo en el parto, etcétera; aquella historia rocambolesca sobre la criatura Joan Marsé o, mejor, Joan Faneca?
Josep Maria Cuenca: Pues que la historia, tal como se la contó Berta Carbó Borrell, la madre adoptiva de Marsé, al niño Joan, no es del todo cierta. No es que Berta mintiese; lo que hizo fue novelar la historia. En primer lugar, no había ningún niño muerto en el parto. En segundo lugar, no había ningún taxi, y por lo tanto ningún taxista. El padre biológico de Marsé, Domingo, Mingo Faneca Santacreu, ejercía entonces de chófer. Sí es cierto que la madre biológica de Marsé, Rosa Roca Arans, había fallecido un mes después (1 de febrero de 1933) que naciese Joan (9 de enero). Pero la escena del encuentro de los dos padres, el biológico y el adoptivo, Pep Marsé Palau, en un taxi, es un invento. En realidad, los dos padres ya se conocían: ambos estaban afiliados a Estat Català. O sea que, más que un taxi, es el independentismo lo que está presente en la conversión –que no se legalizará hasta 1961, cuando Marsé tiene que sacarse el pasaporte para viajar con una beca a París– del niño Joan Faneca Roca en Joan Marsé Carbó.
Juan Marsé: Lo que en cierto modo me entristece, porque, como he dicho varias veces, me habría encantado descubrir algún día que mis antepasados pertenecían a un clan de intrépidos piratas. Pero, por otra parte, el descubrir que mis dos padres se conocieron en las filas del Estat Català quiere decir que estoy lo suficientemente vacunado como para resistir a cualquier desagradable ataque de independentismo.
Señor Cuenca, ¿qué ha descubierto entre los papeles que guardaba Marsé?
J.M.C.: Pues, entre otras muchas cosas, la primera versión de Viaje al Sur, un libro que le encargó la editorial parisina Ruedo Ibérico. Marsé lo escribió a su regreso de París, en julio de 1962, en un viaje por Andalucía con su amigo Antonio Pérez y el fotógrafo Guspi. El libro no llegó a publicarse. No se trata de un borrador, y pese a ser una primera versión creo que debería publicarse –Marsé podría revisarlo y completarlo–. Las descripciones, los retratos que hace de los muchachos endomingados del barrio sevillano del Cerro del Águila son estupendos. Allí asoma ya el Pijoaparte. Además, las fotografías de Guspi son excelentes. Sería una lástima enterrarlo definitivamente.
¿Y qué piensa Marsé?
J.M.: Pues eso, que se trata de una primera versión, que han pasado muchos años y que, en mi opinión, no debería publicarse.
El capítulo dedicado a Paulina Crusat, una dama elegante y generosa, es una preciosidad...
J.M.C.: Paulina Crusat está completamente olvidada, pese a que hay una tesis inédita sobre ella, de María Carmen González, La memoria en las novelas de Paulina Crusat: una lectura en clave autobiográfica; una tesis presentada en 2005 en la Ohio State University, y que se puede hallar en internet. Es una gran injusticia. Marsé se puso en contacto con la escritora, que entonces residía en Sevilla, a través de su madre, una anciana de la que cuidaba Berta, la madre de Marsé. Fue ella quien le dio la dirección de su hija.Esto ocurría en 1956. Y Marsé le escribió, y la señora Crusat, nacida con el siglo, le contestó, concretamente el 15 de enero de 1957. Marsé, un autodidacta que trabajaba en un taller de joyería, empezaba a escribir y Paulina le fue de una gran ayuda. Su generosidad con él es encomiable. La correspondencia entre ambos es un gran descubrimiento pues nos permite ver cómo se gesta el Marsé escritor. Es una correspondencia, la de Paulina, en la que se mezclan palos y caricias. Marsé se duele de que tiene que entrevistar a Lola Flores y ella le responde: “No se queje, Marsé. ¡Qué más quisiera yo que entrevistar a Lola Flores!”. Le dice lo que tiene que leer, le descubre a Camus…
J.M.: Sobre todo tengo que agradecerle que me descubriese a los novelistas del XIX…
J.M.C.: La carta en que le dice que debe leer Guerra y paz es una delicia…
J.M.: Era una persona muy atractiva, muy fina, muy elegante y generosa, como reza el título del capítulo (La última novela de Marsé, Noticias felices en aviones de papel, está dedicada a Paulina Crusat, “que me abrió la puerta”).
Dice usted en su libro, señor Cuenca, que el escritor Juan Marsé “era (y sigue siendo) directa e intensamente detestado desde las instancias oficiales del catalanismo”. Y cuenta usted una anécdota ocurrida cuando se gestaba el Pacte Cultural que aupaba el conseller de Cultural, Joan Rigol, y que acabó fracasando “porque no le gustaba nada a Jordi Pujol”. Al parecer, alguien sugirió el nombre de Marsé para las reuniones previas al pacto, y el conseller respondió: “No puedo llamar a Marsé, a él no, porque si lo hago, los míos me devoran”.
J.M.C.: Marsé nunca ha ignorado la aversión que le ha tenido y le sigue teniendo el nacionalismo oficial. A fin de cuentas, se lo ha ganado a pulso no sometiéndose a la omertà de la que participan muchas gentes de la cultura en Catalunya, silentes en la vida pública y al mismo tiempo locuaces y críticos en reuniones reducidas sin micrófonos ni cámaras por medio.
¿Señor Marsé...?
J.M.: Sin comentarios. Detesto los escritores mediáticos y estoy harto de explicar por qué no escribo en catalán. Cuando era joven me planteé si debía firmar mis libros Joan o Juan. Como escribía en castellano, decidí firmar Juan. Como el amigo Cuenca, creo que sólo hay una cultura catalana, la que se realiza en catalán y en castellano, la que realizan los ciudadanos de Catalunya.
Señor Cuenca, me pareció muy interesante el capítulo que dedica al fallecido proyecto de que Víctor Erice acabase dirigiendo la versión cinematográfica de El embrujo de Shanghai, la novela de Marsé que dirigió Fernando Trueba, y en cuyo guion Erice había estado trabajando durante cuatro años.
J.M.C.: Más que interesante, se me antoja un acto de justicia que Víctor se merecía. Al publicar parte de la correspondencia entre Erice y Marsé, creo que queda bien claro que Víctor fue una víctima del productor, Andrés Vicente Gómez, cuyas declaraciones al diario ABC, después de que Víctor publicase su espléndido guión, son dignas de figurar en el mejor manual de la historia cósmica de la infamia. (Refiriéndose a dicho guión, Andrés Vicente Gómez dijo: “Erice, que no tiene notoriedad por lo que hace, quiere tenerla por lo que no hace”). Víctor se merecía ese capítulo y mucho más. Me consta que le ha resultado doloroso remover ese episodio.
J.M.: Yo siempre he dicho que el guion de Víctor es mucho mejor que mi novela. Me duele que Víctor, el mayor talento del cine español actual, como le dije a Andrés Vicente Gómez en su día y a quien propuse para dirigir la adaptación de mi novela, no acabase dirigiéndola. La película de Fernando Trueba me parece una birria (salvo Fernando Fernán Gómez encarnando al capitán Blai).
Señor Marsé, en su diario de 2004 decía que le gustaría que en su lápida pusiera: “Por fin soy el escritor invisible”. ¿Todavía lo piensa?
J.M.: Ya he dicho que detesto los escritores mediáticos, pero no me refería al escritor, sino a la escritura, a la escritura invisible: cuando leo una novela no me gusta pensar en el autor.

11.2.15

Hacer escritores

Las escuelas de escritura se reinventan en internet mientras aguardan su homologación

 
"El destino normal del lector fanático es transformarse en escritor": Rubem Fonseca./elpais.com
"¿El escritor nace o se hace?". La pregunta, ya clásica, no ha tenido mejor respuesta que la dada en su día por Augusto Monterroso: "No recuerdo a ningún escritor que no haya nacido". Más allá de la anécdota, que Clara Obligado recuperaba semanas atrás en su repaso a la historia de los talleres literarios en España, el debate vuelve a estar de actualidad: por la muerte de José Manuel Lara, un 'hacedor' de escritores que encontraron en su modelo el camino hacia la profesionalidad; por los innumerables reportajes que ha propiciado el boom de la enseñanza de la escritura (el último, en La 2 de TVE bajo el título Aprender a escribir); por la diversificación de internet, que ha permitido que la red pretenda formar a escritores mediante blogs, vídeos, podcasts, app's e incluso perfiles de Twitter y Facebook... Desde el año 2005, en el que Andrés Ibáñez dictaminaba desde un debatido análisis en Revista de Letras que "suponer que los escritores no tienen que aprender su oficio es, en el fondo, suponer que los escritores no tienen oficio", las cosas han cambiado.
Las escuelas de escritura se expanden como la pólvora en su dimensión virtual y aguardan su homologación
En sólo una década, la denominación original de 'taller literario' se ha ido restringiendo a la oferta de ciertos profesores, muchos de ellos autores (como la veterana Obligado, que importó el modelo desde Argentina), y ha dado paso a la más ambiciosa 'escuela de escritura', buena parte de la cual se ha expandido como la pólvora en su dimensión virtual. Así, referentes tan sonados en España como la Escuela de Escritura del Ateneo Barcelonés (la más grande de Europa y la segunda del mundo, con más de 2.000 alumnos el último curso, la mayoría en el itinerario de narrativa) y la madrileña Escuela de Escritores (hermanada con la primera y creadora de un conocido máster de narrativa) no han dejado en los últimos tiempos de potenciar sus cursos a distancia, creando prestigiosos itinerarios on line que, además, se promocionan sin cesar en las redes (por ejemplo, con clips como este en Youtube).
En la misma línea, casos intermedios como los de Fuentetaja, Hotel Kafka o el máster en creación literaria de la Universitat Pompeu Fabra (admitido, como las escuelas barcelonesa y madrileña, en la European Association of Creative Writing Programmes) suponen hoy la punta de un iceberg que jamás ha tenido parangón en nuestro país, y que reclama con fuerza estudios reglados u homologados como en los países anglosajones (en Estados Unidos hay ejemplos como el MFA de Ana Merino en Iowa).
Mientras, en Latinoamérica, cuna del fenómeno en los 70, la proliferación de alternativas no impide que la mexicana Escuela de SOGEM, vinculada a la sociedad de autores del país, y la argentina Casa de Letras, también con aula virtual, se alcen como insoslayables. Es el momento de navegar y explorar, si les gusta escribir; como dice Alessandro Baricco, creador de la exitosa Scuola Holden, sólo hacen falta dos cosas: saberse hacedor de historias, en el formato que sea, y aceptar que vivimos malos tiempos. Los buenos para escribir, para aprender a hacerlo.

9.2.15

Adiós a Pedro Lemebel: el aullido de las minorías

El escritor fue gran favorito al Premio Nacional de Literatura de su país en 2014, pero no se lo dieron. Fue un renovador de la crónica latinoamericana y un audaz performer

 Lemebel, a la derecha, en fotos de estudio. (Gentileza Mario Vivanco)

Lemebel como Frida. También personificó cuadros de Kahlo.

Izquierda y libertad sexual. Con una escritura deliciosa y contundente. Yeguas del Apocalipsis en 1990./revista Ñ

Murió el escritor Pedro Lemebel, a los 62 años, en Santiago de Chile. En los últimos días desafió la gravedad de su estado yéndose a ver el mar. “El maldito cáncer me robó la voz, aunque tampoco era tan afinado”, había dicho en su página de Facebook en diciembre el narrador, actor y dramaturgo. Padecía un tumor de laringe. De él dijeron –y era verdad– que su literatura y su militancia eran inescindibles.
Sonaron las alertas cuando esta carta apareció en su muro: “Les dejo estas letras en este último día de este mísero y próspero año, el reloj sigue girando. No hace frío ni calor, y extiendo mi voz como un abrazo anticipado hacia ustedes. Los beso a todos, a quienes compartieron conmigo en alguna turbia noche. Nos vemos, dónde sea”.
Pedro hizo su último gran esfuerzo al presentarse en la apertura del Festival de Teatro “Santiago a mil”, a comienzos de mes, donde lo aplaudieron de pie. Se emocionó y se dejó abrazar por todos; fue la última declaración de amor a un artista inclasificable, salvo porque sus textos –salidos siempre de las entrañas– lo convirtieron en el cronista de los márgenes de Chile y uno de los más agudos de América latina: “Aunque tengo la voz muerta, estoy enferma de vida”, decía en 2011 tras varias operaciones.
Lemebel estuvo nominado al Premio Nacional de Literatura en 2014, pero no lo ganó. Ayer, al saber de la muerte del escritor, la ministra de Cultura de Chile, Claudia Berattini, señaló que se lo había merecido pero “se fue antes de tiempo”. Lo cierto es que hubo una verdadera campaña para que se quedase con el reconocimiento: más de 10.000 personas lo pidieron en Facebook.
Los inicios de Lemebel estuvieon marcados por la performance. Solía presentarse con un grupo llamado “Yeguas del Apocalipsis”; en los 80 irrumpió en una calle, con un amigo, desnudos a caballo. En plena dictadura fue a un encuentro de partidos opositores con tacos altos y una hoz pintada en el rostro. Allí leyó su muy conocido manifiesto Hablo por la diferencia, donde hablaba de cómo era ser homosexual, pobre y de izquierda: “Porque ser pobre y maricón es peor/Hay que ser ácido para soportarlo/Es darle un rodeo a los machitos de la esquina/Es un padre que te odia/Porque al hijo se le dobla la patita.”  Sus textos abordan cuestiones relativas a las minorías, la sexualidad o la violencia, y sacuden al lector con una prosa barroca. Y no lo hizo cómodamente desde la democracia, sino cuando ser homosexual en el Chile de Pinochet era tomar un enorme riesgo.
Loco afán, Adiós, mariquita linda, o Háblame de amores, entre otros volúmenes, no son sólo crónicas en las que arrasa con todo: son espejos donde mirarse sin poder torcer la vista.

 Lemebel, el cuerpo es el mensaje  El poeta chileno hizo belleza con la carne viva y actuó sus palabras en performances

Quizás su frase más dolorosa sea esa donde habla de la risa: “Tengo cicatrices de risas en la espalda” Era 1986, Chile, era Pinochet, era la resistencia a la dictadura y había que ser duro en esa resistencia y ahí, en una reunión de la izquierda en la Estación Mapocho, se apareció Pedro Lemebel, de tacos altos y con la hoz y el martillo pintados en la cara.
Sabía que lo personal es político, que ese mundo mejor que se urdía en su partido, el Partido Comunista, no lo sería sin sus tacos y sus pinturas y sus velos calados y sus uñas con brillitos. Fue ahí a decir eso, a militar por todo, por el socialismo y por la libre sexualidad, y el cuerpo libérrimo, fue a mostrar las cicatrices de risas que los amigos le habían puesto en la espalda.
Y era con el cuerpo que se mostraba eso. Con la palabra, con palabras que hacen belleza con la carne viva, pero también con el bamboleo de las piernas sobre los tacos y las pestañas postizas. También esa, la de escribir con el cuerpo, la de travestirse en escritura y sentido, esa fue su diferencia.
Su manifiesto se ha citado tanto y es imposible no tentarse y escribirlo de nuevo: “No soy un marica disfrazado de poeta/No necesito disfraz/Aquí está mi cara” , decía, como presentación. Y si alguien se tranquilizaba con la democracia en ciernes, porque ahí vendría el socialismo y cambiaría todo, Pedro aguaba esa calma:  “Sospecho de esta cueca democrática/ Pero no me hable del proletariado/ Porque ser pobre y maricón es peor/ Hay que ser ácido para soportarlo/ Es darle un rodeo a los machitos de la esquina/ Es un padre que te odia/ Porque al hijo se le dobla la patita”.
Eso decía Pedro Lemebel, en una reunión de izquierda, en plena dictadura. Qué loco, qué puto loco, venir con esas cosas en estos momentos. Qué inoportuno este tipo que dice que va a venir el socialismo y entonces: “¿Qué harán con nosotros compañero?/ ¿Nos amarrarán de las trenzas en fardos/ con destino a un sidario cubano?”
Lemebel ponía esto como un problema concreto por si estaba ahí, acá nomás, el socialismo. Pero para quién, ¿no? : ¿No habrá un maricón en alguna esquina/  desequilibrando el futuro de su hombre nuevo/ ¿Van a dejarnos bordar de pájaros/ las banderas de la patria libre?
No se soñaba por entonces con cosas como el matrimonio gay o la unión civil, ese premio consuelo para ciudadanos de segunda que se acaba de aprobar en Chile. Se iba por más, por la revolución. A las puertas de ese mundo nuevo golpeaba Lemebel con tacos y hoz y martillo y su cuerpo de hombre niña.
Para hacer ese mundo es que azotaba con dulzura a sus camaradas: “Usted cree que pienso con el poto/ Y que al primer parrillazo de la CNI/ Lo iba a soltar todo
De su hombría, les hablaba: “Mi hombría no la recibí del partido”. “Mi hombría es aceptarme diferente/ Ser cobarde es mucho más duro/ Yo no pongo la otra mejilla/ Pongo el culo compañero”
“Soy más subversivo que usted”, les decía a sus compañeros, y pedía eso que se escribió tantas veces y que quizás ya haya ganado Pedro para todos nosotros, si un día el cielo se pone rojo de una buena vez.
“Yo estoy viejo
Y su utopía es para las generaciones futuras
Hay tantos niños que van a nacer
Con una alita rota
Y yo quiero que vuelen compañero
Que su revolución
Les dé un pedazo de cielo rojo
Para que puedan volar.”

 "Siempre primas en la nación paria"  El autor es poeta y dramaturgo. Ha escrito “Dentelladas” y “El poder de nombrar”, entre otros

Durante mi larga vida he conocido seres  fabulosos como deidades encarnadas, pero sin dudas, el hechizo mayor lo vivo cuando pienso, leo o estoy con Pedro Lemebel en esta o cualquier dimensión que las realidades oníricas abran como un laberinto prodigandose a sí mismo para crecer siempre, sin límites ni fronteras por nuestra patria paria.
Pedro me resulta incluso aún más fascinante que las deidades prohibidas del lisérgico, el opio, los umbrales mágicos donde aparecen esas presencias que siempre están detrás del velo de la simple realidad. Ninguna como mi prima compartiendo desde niñas el misterio andino de los límites con ese cordón umbílico-astral unidas, yo criándome a sus espaldas al sur de Río Negro en Ingeniero Jacobacci, y Pedro, a la vuelta del mismo espejo, antípoda en Chile. Desde que nos reencontramos en Cemento, decadas atrás, con su grupo “Yeguas del apocalipsis” siempre estamos conectados en una especie de ritual imprevisible pero perpetuo de nuestras aparentes soledades. Y digo prima porque, según Pedro, ser hermana habría sido un lugar común, arguyéndolo con ese tono irónico y sonrisa hipnotizante inquisidora capaz de arrebatar dragones dormidos en tu sangre. Primor, le replicaba yo, y él asentía extasiado, fascinado ante el póquer de palabras que eran y siempre seran nuestras joyas más preciadas. Tesoro fulgurante como marabunta de hormigas amaestradas y además el poema de existir no en vana presencia sino como en los libros, el ritual, la perfomance o esos paisajes siempre venerados, más allá del tren y del mar.
Yo no entro en palacios, están como el oro endemoniados, ve tú me rogó cierta vez en Buenos aires, cuando fue llamado para cobrar su participación en un evento literario, en el Teatro San Martín, mientras todos brindaban en la Secretaría de Cultura, en Avenida de Mayo. Tampoco quiso entrar en La Moneda y, según aseveran, la propia presidenta Michelle Bachelet tuvo que salir a saludarlo en los jardines. Una furia ante tanto salvajismo escrito en la memoria, tinta de ira imperdonable por todos sus mártires sagrados, le impedían dar un paso en dirección a los lugares nefastos contaminados por horrores del pasado, aún simpatizando con la mandataria.
Quizás ese rasgo resentido, que la propia Eva Perón detectaba en sí misma, forme parte de su propia raíz encantatoria excepcional, jardín sacro profano donde crecen seres tan fabulosos, fuera de serie. El poema militante eterno, la poesía con tacos maquillada de auroras, siempre radiante, sentada sobre su regazo para violar a Rimbaud.
Esa vez en Buenos Aires, era 2006, tuve que ir a buscar el sobre con su paga. Estábamos en el City Hotel, crucé de un salto. Nos quedamos sin salir del hotel hasta el amanecer, cuando sería su vuelo. Ah cuántas refulgentes vastedades pudimos visitar sin movernos de los mullidos sillones. Brindando y fumando hierba exquisita con Ivana Skarmeta, la suplicona acompañante que nos miraba como leyendo una novela donde Scherezade lograba multiplicarse al infinito. Una Scherezade india, mapuche,vikinga, extraterrestre, verdadera, fantasmal, alucinógena.Ya en el aeropuerto fue imposible negarme porque su eficacia en incrustar sobres como puñales dentro de mi bolsillo me hizo ver que la  mitad de su cachet había sido para mí. Nos saludamos con señas, yo algo azorado y él, muerto de risa desde la frontera ya inabordable del check-in. Seguimos. Siempre juntas, hasta que ninguna muerte nos separe.
F.Noy es poeta y dramaturgo. Ha Es autor de “Dentelladas” y “El poder de nombrar”, entre otros.

5.2.15

Kerr: "Si escribes sobre fútbol has de escribir sobre sexo"

Philip Kerr pasa de la Segunda Guerra Mundial a la Premier con Mercado de invierno

El escritor escocés Philip Kerr, autor de  Mercado de invierno. / Alberto Estévez./elpais.com

Philip Kerr (Edimburgo, 1956) ha desembarcado en la alineación de BcNegra en plena forma y con gran dominio del balón. Llega al festival de novela policiaca tras el regate que ha supuesto su cambio de registro a una nueva serie criminal ambientada en el mundo del fútbol y que arranca con Mercado de invierno (RBA). Así, Kerr pasa del noir histórico al thriller deportivo, de la Segunda Guerra Mundial a la Premier (League), del detective berlinés Bernie Gunther, reclutado por los servicios de seguridad del III Reich, al investigador amateur escocés Scott Manson, segundo entrenador del ficticio equipo de fútbol London City (¡y exaprendiz con Guardiola!), que ha de resolver el asesinato de un mister portugués (!) de la liga inglesa, una muerte de la que son sospechosos aficionados enfadados, jugadores cabreados, magnates del fútbol mafiosos, intermediarios y un árbitro.
La novela explica muchas interioridades del mundo del fútbol y abunda en humor, intrigas, sexo y palabrotas, todo ello consustancial a ese deporte, según subraya Kerr. El pasaje en el que el protagonista explica que su juego erótico favorito consiste en que su novia disfrazada de enfermera le haga una felación después de beberse la chica un Martini muy frío es de los que dejan poso.
Kerr empieza por tranquilizar (nos) a los fans de Gunther: la nueva novela de la serie del investigador alemán, la décima, aparecerá en mayo en inglés, se titula The lady from Zagreb y en ella Goebbels encarga a Bernie que investigue acerca de una bella actriz de la UFA —la materia preferida del doctor después de la propaganda—. La trama lleva a nuestro hombre a Croacia, y a encontrarse con todo el horror de la ocupación nazi y los crímenes de los ustachas. El autor se resigna a hablar del tema, pese a que hoy toca fútbol: “Siempre me preguntan cuántos libros más escribiré de Gunther. Si eres un escritor riguroso no dejas de plantearte cuándo has de acabar, si has escrito ya demasiados. Hay una cuestión añadida y es que las novelas de Gunther son difíciles de escribir, requieren mucha documentación y cuidado por la parte histórica, cuesta mucho no cometer errores y anacronismos. Tienes ganas de salir y escribir libremente de algo contemporáneo. En todo caso, creo que nos acercamos al límite de la serie”.
“El fútbol es como la pesca: dejas de pensar en todo lo demás"
El protagonista de la nueva serie, Scott Manson, exfutbolista, licenciado en Lenguas (y no hablamos de su novia) y acusado falsamente de violación, tiene sangre negra, un abuelo afroamericano. “Es cosa mía. Soy escocés pero nunca me dejaron sentir que lo era. Tengo la piel muy oscura y me apodaban Paki. Eso te da perspectiva sobre cómo deben sentirse los mal vistos por razones raciales. Por otro lado, hay muchos negros en el mundo del fútbol”. El entrenador del London City asesinado, Joao Zarco, está claramente inspirado en José Mourinho. “Posee algunos de sus rasgos, tiene glamour, es polémico, dice cosas controvertidas, pero no es él. Hay otros entrenadores que son figuras, como Guardiola, pero Mourinho tiene algo más: es una estrella”. ¿Se sintió popular Kerr en el Camp Nou, donde disfrutó el partido con el Villarreal, con una novela en la que asesinan a un sosias de Mourinho? El novelista ríe. “Sé que no es muy querido aquí, pero ¡cuidado!, no tiene sentido odiar a alguien que puede regresar; como ha hecho Mourinho al Chelsea. La gente tiene la memoria muy corta en el mundo del fútbol”.
Uno de los aspectos más complejos de la novela es el difícil equilibrio entre ficción y realidad, nombres verdaderos e inventados. A algunos puede chirriarles oír que en el London City juegan dos jugadores llamados Xavier Pepe (!) y Juan Luis Dominguín (!!). “Cuando quieres escribir sobre el deporte moderno y tienes un equipo que es irreal, lo que era necesario para no perder a los fans de ningún equipo —nadie del Arsenal leería una novela centrada en el Tottenham, y viceversa—, lo que has de hacer es jugar con equipos reales y contra jugadores reales. He intentado que cuando un jugador hace algo sucio sea inventado y si hace algo heroico le pongo un nombre real”. Pues nos está descubriendo que el asesino no es Messi… Kerr ríe. “Eso puedo revelarlo”.
“Con la nueva serie quiero contribuir a que los hombres vuelvan a leer”
¿Hay mucho sexo en el fútbol? Por lo que se lee en Mercado de invierno… “Bueno, ¿hasta qué punto es importante el sexo para hombres jóvenes y sanos con muchísimo dinero y adoración pública? Sí, la mayoría de los jugadores están hipersexuados y tienen más oportunidades de practicar sexo que la mayoría, era importante recalcar ese aspecto. Si escribes sobre fútbol has de escribir sobre sexo, al igual que tienes que mencionar Twitter, que es otra forma de los futbolistas de meterse en problemas, expresando sus opiniones”.
¿Está justificado el peso que tiene el fútbol en nuestra sociedad? “No lo sé, pero es verdad que tiene un peso inmenso. A menudo la gente lo ve como un antídoto de todo lo demás. En esos noventa minutos dejas de pensar en la Jihad siria o cualquier otra cosa. El fútbol es como ir a pescar, es una forma de exiliarte del mundo, una forma de escapar”.
Con la nueva serie futbolística Kerr acomete una misión. “Hacer que los hombres vuelvan a leer; los editores se han olvidado de los hombres, muchos quieren leer pero no encuentran el libro apropiado. Quiero hacer con los hombres lo que J. K. Rowling hizo para los adolescentes”.

3.2.15

Cermák: "Cuando decimos Praga decimos Kafka"

Considerado uno de los más importantes especialistas en el escritor checo, desenmascara los falsos lugares comunes de las biografías que se han escrito sobre el autor de La metamorfosis, al que la ocupación soviética veía como un "arma ideológica de los imperialistas occidentales"

 
Franz Kafka, autor checo de La metamorfosis./adncultura.com
Praga."No sólo en el mundo, sino también en la República Checa Kafka fue por mucho tiempo un autor casi olvidado. Esa falta de conocimiento sobre su biografía dio lugar a un cúmulo de fabulaciones", confirma con la seguridad de años de investigación Josef Cermák al saludar a adncultura. Considerado uno de los especialistas en Franz Kafka más importantes, y quien supo develar muchos enigmas en la constante investigación e interpretación de su obra, Cermák es especialista en literatura comparada, cofundador de la Sociedad Franz Kafka en Praga y autor de varios estudios sobre el célebre creador de La metamorfosis. Su fundamental Kafka, ficciones y mistificaciones permite descubrir varios falsos lugares comunes en otras biografías escritas sobre el novelista checo. Este libro, que tiene una edición en español con prólogo de María Kodama, se centra en dos aparente impostores: Michal Mares y Gustav Janouch quienes, en efecto, conocieron a Kafka, pero no tanto como sus biografías pretendieron demostrar después. Encontrar a Josef Cermák en Praga es una doble satisfacción para cualquier visitante porque permite comprender la plena identificación del autor checo más famoso con esa ciudad casi hasta la mitificación: "Cuando decimos Praga decimos Kafka", dice con seguridad el "kafkólogo", antes de perderse por las calles de la ciudad vieja que tan bien conoce.
-¿Cómo se vinculó con la obra de Kafka?
-La primera vez que me encontré con su nombre fue todavía en la escuela secundaria, cuando en la biblioteca del colegio descubrí los artículos del ensayista y traductor praguense, y checo-alemán, Pavel Eisner. Desde finales del siglo XX Eisner trataba de generar interés por el escritor en la cultura checa y publicarlo, aunque lamentablemente en vano. El segundo impulso me lo dio el libro checo de Peter Demetz, Kafka y Praga. Era el primer compilado kafkiano en Europa y, además de los trabajos de cuatro germanistas, contenía 32 fotografías, las primeras en su género, que luego dieron vueltas por todo el mundo. Me lo compré por dos monedas en un anticuario checo; hoy es una rareza de colección. El tercer y decisivo impulso fue una feliz casualidad: en aquel entonces estaba trabajando como joven asistente en la editorial más grande de Praga con el traductor E. A. Saudek, cuya esposa Vera era sobrina de Kafka, hija de su hermana menor Ottla. Pasaba mucho tiempo en la casa de ellos, donde se respiraba Kafka por todos lados.
-¿Cómo era esa cotidianidad?
-Para dar un ejemplo, nos sentábamos en la mesa donde él trabajaba. En ese lugar presencié visitas de expertos e interesados en Kafka de toda Europa Occidental; varios de ellos pasaron a ser conocidos míos y, con el tiempo, trabajamos juntos. Esta etapa tuvo su auge cuando la sucesora de Kafka me confió la preparación de la edición de Cartas a Ottla y a la familia, para hacerla con un conocido investigador sobre Kafka, Klaus Wagenbach, de origen alemán. En esa ocasión, le dicté todas las cartas a la tía de mi futura esposa. La confianza de la familia de Vera fue tal que pude tener en mi departamento de juventud, y por varios meses, más de cien cartas que se estaban vendiendo en Berlín por sumas gigantescas. Mi participación en la publicación del libro fue desbaratada por el fin de la Primavera de Praga y la ocupación soviética, momento en el cual Kafka pasó a ser un autor político no deseado, enemigo del Estado y "arma ideológica de los imperialistas occidentales".
-¿Por qué cree que Kafka tuvo tanto impacto en el exterior y, sin embargo, tardó tantos años en ser reconocido por la propia cultura checa?
-Para interpretar su obra, el supuesto indispensable era llevar a cabo una investigación seria sobre la base de una biografía segura basada en hechos. Praga siempre fue y sigue siendo el lugar que ofrecía y sigue ofreciendo las mejores condiciones para esto. A partir del boom kafkiano mundial, los investigadores extranjeros de Kafka se dieron cuenta de esto antes que nosotros, los checos. Ellos fueron quienes luego explotaron con vocación las fuentes praguenses. Y yo también quise formar parte de esto con mi modesta participación.
-Se sabe que Kafka escribía en alemán. ¿Contribuyó eso a su desconocimiento por parte de los lectores checos?
-Es necesario tomar conciencia de que el nacionalismo que iba ganando poder complicaba la convivencia entre las etnias praguenses (checos y alemanes cuya gran mayoría eran judíos germanoparlantes, entre ellos, Kafka). Ambas culturas locales vivían por separado, en el mejor de los casos se ignoraban correctamente. Había una gran cantidad de intermediarios, la mayoría judíos, ya que, entre otras razones, solían dominar ambos idiomas. En la generación de Brod, Kafka y Werfel hubo un intento de mejorar esta situación, aunque se frustró con la Primera Guerra Mundial y el surgimiento del Estado checoslovaco. Por mucho tiempo, la literatura de los alemanes praguenses, salvo algunas excepciones, no tuvo gran repercusión en el extranjero. Tampoco Kafka era demasiado conocido, sólo lo era en círculos distinguidos de las ciudades de Viena, Múnich, Leipzig, Dresden, Berlín. Durante el transcurso de su vida, fueron publicados un total de seis compilados delgados de cuentos y lo esencial de su obra se publicó póstumamente a partir de mediados de los años 20.
-¿Y quiénes fueron los primeros interesados en su obra?
-En el año 1913, cuando Kafka aún vivía, el escritor y dramaturgo Frantisek Langer y Rudolfillový, compañero de secundario de Kafka, lo presentaron por primera vez, y de forma escueta, en el ámbito checo. La primera persona relevante en hacer conocido a Kafka fue su enamorada, Milena Jesenská, quien en 1920 publicó la traducción de El fogonero, también conocida como América, la primera traducción de Kafka a un idioma extranjero. Además, brindó un homenaje en su partida leyendo su necrológica. La muerte de Kafka en aquel entonces fue recordada con siete necrológicas cortitas en la prensa checa de izquierda. La mayoría de ellas tenía datos falsos y una vulgar connotación marxista. Se lo mencionaba, por ejemplo, como un doctor que por entrar en contacto con el proletariado se transformó en un crítico despiadado de la burguesía. Luego, a fines de los años 20, el editor católico Josef Florián, un descubridor de muchos otros autores extranjeros, publicó aproximadamente veinte de sus cuentos en un pueblito perdido de Moravia. Eisner, a quien ya mencioné, descubrió a Kafka también a finales de los años 20, luego de que se publicaran sus novelas y cuentos póstumos. Sin embargo, la mayor traba era que en aquel entonces no lo registraba ningún germanista académico reconocido, como Otokar Fischer o Vojtech Jirát. Mientras, a mediados de los años 30 se publicaban -luego del exilio obligado del editor de Kafka, Schocken, de Berlín- los dos últimos ejemplares de la edición de los compilados de Kafka.
-En ese contexto también estaba Max Brod, su mejor amigo.
-Antes del nazismo, y hasta su emigración, en Praga vivía su mejor amigo y quien llevó a cabo su obra póstuma: Max Brod. En su departamento, Brod guardaba la obra literaria de Kafka, y además invitaba públicamente a los checos a leer Kafka. Ya en aquel entonces anticipaba su fama mundial. Y así fue: los checos descubrieron a Kafka desde Francia, primero desde el surrealismo por los patrones de André Breton, quien en esos años también daba clases en Praga. Cabe mencionar que el crítico checo más importante de esa época, F. X. Valda, recomendaba a Kafka, a quien seguramente conocía de las calles praguenses como el autor "que ahora es muy valorado en Francia". En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, por el boom mundial de Kafka, los checos conquistaron por poco tiempo al mundo anglosajón y a Francia. Con excepción de los demenciales años 60 de la Primavera de Praga, a Kafka le esperaron largos años de censura. Debido a razones ideológicas, por quince años estuvo prohibido publicarlo.
-¿Y cómo cree que finalmente consiguió notoriedad mundial?
-Es difícil resumir en intensidad y alcance las causas del enorme interés por Kafka a nivel mundial. Hubo varios momentos inminentes: el exilio en la posguerra del editor de Kafka, Schocken, a Estados Unidos, y una nueva publicación de su obra ampliada. Asimismo, la emigración europea a Estados Unidos, principalmente de origen judío, entre los cuales había muchos germanistas y conocedores de Kafka. Los emigrantes judíos, sobre todo, hallaron en la obra de Kafka la expresión de sus sentimientos vitales y sus destinos dramáticos, el horror de la persecusión antisemita y el holocausto, las inseguridades existenciales, la pérdida del hogar y otras experiencias traumáticas.
-¿Cuando comenzó a sospechar que buena parte de las aproximaciones biográficas no eran verdaderas?
-Michal Mares y Gustav Janouch participaron en el mismo juego de modo diferente, y tanto sus objetivos como el resultado de sus aportes en los temas kafkianos fueron muy diversos. Ambos tuvieron en la vida de Kafka un rol comprobable, aunque también episódico. Mares era un conocido de Kafka de la calle; Kafka en su material lo nombra unas pocas veces y sin ser elogioso. Janouch se encontró con Kafka en más ocasiones. A veces lo visitaba, iba sólo y exclusivamente a la compañía de seguros, donde Kafka era empleado, al igual que el padre de Janouch. Éste fue quien se acercó a Kafka para pedirle su opinión sobre los versos del joven Janouch. No obstante, Mares y Janouch empezaron a tener interés en Kafka recién después de veinte años, cuando explotó el boom kafkiano en el mundo. Ambos tenían el mismo objetivo: garantizar que conocían a Kafka personalmente y que sabían de él, y demostrárselo con un toque de color a quienes lo ansiaban; en el caso de Janouch, exclusivamente al público extranjero. Janouch publicaba sus textos kafkianos en alemán, y en el extranjero. Indudablemente temía que en la República Checa lo culparan por fabular. Ambos confiesan simultáneamente que casi no leyeron la obra de Kafka. Para Mare?, Kafka estaba más allá de "lo checo". Janouch, que tomó prestada la historia de Mares y la mejoró, afirma que a él Kafka no le interesaba como escritor, sino como un sabio gurú. Mares era en esencia un fabulador, desarrollaba sus experiencias mediocres y a cambio de su respectivo óbolo tenía principalmente como clientela a la prensa de alemanes curiosos. En la República Checa publicó un solo texto corto, en muchas versiones, cada una de ellas con mayor intensidad de incoherencias.
-¿Y en el caso de Janouch, otro de sus famosos biógrafos?
-Janouch, quien en cuestiones literarias era indudablemente más talentoso, optó por elaborar sus experiencias con Kafka de forma más compleja, con una reproducción textual de sus conversaciones con él, que hasta fueron publicadas independientemente en un libro. Con sus Conversaciones con Kafka buscaba un objetivo más amplio: imprimirle un sello de autenticidad a las conversaciones para hacerlas formar parte de la obra de Kafka, lo que logró en un sector de la comunidad especializada en Kafka. Para tal fin tuvo que inventar una historia sobre el origen de un libro de supuestas anotaciones de su diario, que aparentemente más tarde se perdió de manera misteriosa. Las conversaciones, que se presentaban con la exactitud de un grabador, que en aquel entonces no existía, son una realización literaria admirable. Sin embargo, la capacidad de guardar en la memoria tal magnitud de información con precisión textual por más de veinte años es irreal. Janouch tiene buen conocimiento del uso del idioma y el estilo de Kafka, así que no hay por qué sorprenderse de que durante unos quince años su mistificación haya embaucado a gran parte de los investigadores kafkianos. Cometió, sin embargo, un error fatal: a finales de los años 60 agrandó la primera versión de su libro de 1951 (que contenía pasajes muy valiosos, ya que no sentía la necesidad de dejar fluir su fantasía). En concreto, la triplicó en cuanto a su dimensión pero con esta versión perdió la confianza de la mayoría de los especialistas en Kafka.
-¿Eso incluye la siempre discutida participación en la política de Franz Kafka?
-En su honor, en los años 60 ambos crearon en Alemania la leyenda de que Franz Kafka había participado de las actividades de los anarquistas praguenses. Mares, que concurría a actividades anarquistas, fue quien impulsó la leyenda; Janouch la tomó y la mejoró. En Alemania fue usada como un argumento relevante en la discusión kafkeana. A finales de los años 50 y en los 60, en la polémica sobre la interpretación académica de Kafka, fundamentalmente filosófica, surgió una imagen antagónica de un Kafka de izquierda y "rojo". Esta idea se fundamentaba, por ejemplo, en el interés de Kafka por el socialismo en sus años de estudio y en sus actividades sociales para la Compañía Obrera de Seguros contra Accidentes. Esta imagen daba pie a la supuesta participación de Kafka en las actividades anarquistas praguenses (la minoría alemana en Praga no contaba con ningún movimiento anarquista). En los años 60, revisé toda la agenda de anarquistas en el archivo policial de Praga, así como sus respectivas reuniones y actividades, pero el nombre de Kafka no aparecía en ningún lado. Por otra parte, Frantisek Langer, un participante activo del movimiento, que conocía personalmente a Kafka, afirmó en los años 60 en la televisión que nunca lo había visto entre los anarquistas. También es significativo el hecho de que Kafka en repetidas ocasiones pidió, y obtuvo, un certificado de buena conducta. La administración de la policía de la época austrohúngara era muy detallista; hasta la menor infracción quedaba asentada en el expediente de cada ciudadano. Lo corroboré, por ejemplo, con el registro del padre de Kafka. La investigación que yo mismo realicé en el archivo confirmó luego mi opinión sobre esa mistificación tan extendida en el tiempo.
(Con la colaboración de Mariana Gil Herrera).

2.2.15

La otra patria

Después de los ecos polémicos de su monumental obra sobre las nuevas generaciones literarias, Los prisioneros de la torre, Elsa Drucaroff vuelve por estos días con la publicación de la que fuera su primera novela, La patria de las mujeres, que conoció una primera edición por Sudamericana y ahora se reedita por editorial Marea


Elsa Drucaroff, dice sus verdades de escritora contestataria./pagina12.com.ar
 En esta entrevista, la autora revisita el mundo de las mujeres en la Guerra Gaucha y los avances y retrocesos de género, además de reflexionar sobre su trabajo crítico al ritmo de las novedades de estos últimos años.
En el marco de la Guerra Gaucha, las mujeres salteñas cuyos hijos, maridos y hermanos libraban la pelea en los ejércitos patriotas se las ingeniaban para realizar numerosas operaciones de espionaje a favor del general Güemes: desde su infiltración en los ejércitos realistas para seducir y averiguar hasta la redacción de mensajes en clave que ocultaban en los huecos de los árboles o en el ruedo de sus polleras. Un verdadero movimiento transversal que estaba integrado por representantes de encumbrada posición social –la propia hermana de Güemes y Doña María Loreto Sánchez Peón de Frías, por ejemplo–, pero también por mujeres del pueblo, mestizas y hasta esclavas. Esas mujeres que durante tanto tiempo fueron ignoradas en el discurso de la historia oficial son parte fundamental de la primera novela de Elsa Drucaroff, La patria de las mujeres, que acaba de ser reeditada por Marea.
En todo caso, el gran tema de La patria de las mujeres es la rebeldía: no sólo la de las rebeldes como Loreto, que se desempeñó como jefa de Inteligencia de la vanguardia del Ejército del Norte desde 1812 hasta 1822, sino también la de algunas mujeres que prefirieron oponerse, por ejemplo, al matrimonio por conveniencia. Es el caso de Mariana Mercedes Molina, otra de las grandes protagonistas del libro, que no sólo se niega a casarse con el acaudalado comerciante de Lima que había pautado con su padre sino que incluso se enamora de Gabriel Mamaní, un mestizo con un extraordinario talento para tallar. Gabriel corresponde el amor de Mariana, rebelándose, a su vez, contra el destino que había decidido para él su protector Fray Hernando, párroco de la Iglesia de San Francisco.
“Cuando era muy joven viajé a Ouro Preto (Minas Gerais, Brasil) de mochilera y descubrí las esculturas de Aleijadinho, un esclavo del Brasil colonial que se me filtró en la creación del personaje de Mamaní porque noté algo impresionante: sus esculturas, aunque eran religiosas, tenían sutilísimas marcas personales inconscientes que la Iglesia no advertía. Recuerdo por ejemplo unos angelitos que exhibían un tremendo agobio, y ahí estaba la marca de su clase, ahí estaba el artista”, revela Elsa Drucaroff, desde una mesa alejada, en un café de San Cristóbal.
Mientras algunos escritores sienten vergüenza de su primera obra, o directamente la sacan de circulación, vos reeditás la tuya.
–Y... es lindo, además fue el comienzo de una saga y yo sigo pensando que la continuación de este libro, La conspiración de Güemes, es mi mejor novela. Más allá de que algunos de los personajes cambian, y la historia y la época histórica son distintas, no pudo haber existido sin La patria de las mujeres, también por eso le tengo mucho cariño. No hubo corrección, la verdad es que la releí y siento que la novela se la banca.
Una de las columnas que la sostienen es, precisamente, el rigor de la investigación histórica.
–Es una novela histórica tradicional. Y es una novela histórica cruzada con espionaje y policial, que son géneros mucho más cercanos en el tiempo. Me gusta mucho jugar con los géneros masivos y populares. Me encanta investigar el teatro histórico real y armarlo como un tinglado donde poder incluir personajes imaginarios, me gusta mucho porque es como jugar a dios.

Güemes enamorado

El título, la trama y hasta la dedicatoria (“Para Alejandro Horowicz, para Ignacio Apolo, varones de una patria de mujeres que está por construirse”) de la primera novela de Drucaroff, que salió originalmente en 1999, apuntan a destacar la importancia y el rol de mujeres con diferentes grados de protagonismo pero intensa identidad: desde la sabia Loreto hasta la esclava negra Benita –quien, en su momento, será blanco de sospechas de traición cuando el grupo de las bomberas pierde a una de sus integrantes, y logra revertir cualquier estigmatización en su contra–. Personajes femeninos complejos que parecen sobreponerse a la misoginia de hombres tan planos como el párroco Fray Hernando y la tremenda asfixia del clima católico.
“Ninguna de las religiones tiene una posición interesante con las mujeres, por supuesto tampoco el cristianismo, que logró que todas las mujeres del mundo estén en falta por hacer aquello que es necesario para ser madres, tener sexo. Todo porque inventó una madre que no tuvo sexo: pocas operaciones más perversas y más brillantes para constituirnos inmediatamente a todas en infames”, concluye Drucaroff.
Subyace en la novela una posición feminista poco ortodoxa.
–El feminismo es los feminismos, un cuerpo teórico fascinante y lleno de debates. Yo no me caso con ningún dogmatismo, a mí me parece que construir una sociedad con relaciones democráticas de género no se puede hacer sin tener también como aliados a los varones. La tarea de las mujeres es conseguir aliados varones, aunque hay muchos casos perdidos porque están los que no quieren ceder su lugar de poder y los que sí pero son cagones, y no están dispuestos a revisar nada porque les tiembla mucho el piso.
¿Qué cambios percibís, en ese sentido, en estos quince años que pasaron desde la primera publicación de La patria de las mujeres?
–Bueno, tenemos una mujer presidenta pero también hubo cosas que empeoraron, por ejemplo el aumento de casos de violencia de género. Yo no estoy de acuerdo en muchas cosas con ella, pero la vez pasada leí un libro de Andrea D’Atri, fundadora de la agrupación Pan y Rosas, y algunos datos que maneja me abrieron la cabeza: en un momento donde para ciertas mujeres hay derechos democratizados, más del 70 por ciento de la clase obrera planetaria son mujeres, y de esa cifra un porcentaje más alto aún trabaja en condiciones de semiesclavitud.
Incluso libres, independientes y combativas, las mujeres de esta novela no dejan de tener una referencia masculina: la del general Martín Güemes quien, no obstante, tiene una aparición tan fugaz como extraña: “Era un hombre alto y fornido, usaba una chaqueta punzó con alamares dorados, pantalones blanquísimos, un sombrero militar con plumas y una capa corta de caballería, también color grana”.
En ese imprevisible encuentro que mantiene con Loreto, Güemes no sólo la convence de rodearla de hombres para protegerla, porque “un ejército debe cuidar a toda costa a su jefa de Inteligencia” sino que además le explica por qué decidió utilizar un atuendo tan ridículo: “Lo hago cada tanto. Me visto como para desfile, me interno por los matorrales, cabalgo por el camino... hay que forjar leyenda para generaciones futuras”.
¿Cómo se te ocurrió la construcción de un Güemes tan especial?
–Se la debo a Paula Viale, mi editora de ese entonces de Sudamericana que, ante mi negativa de incorporarlo como personaje, me recomendó que hubiera, aunque sea, algún resplandor de él. Buena parte de la novela la escribí durante seis días que pasé en La Plata, donde fui a refugiarme a una pensión para estudiantes. Trabajaba hasta nueve horas por día, almorzaba en un comedor con mesas colectivas llenas de gente aunque no hablaba con nadie. Estaba muy metida en el mundo creativo, y me agotaba porque eran todas aventuras las que vivía. En un momento me estaba dando una ducha y empecé a cantar, y me di cuenta de que había usado las cuerdas vocales por primera vez en tres días. Bueno, una de esas noches me fui sola a ver Shakespeare in Love, una peliculita muy linda donde la reina Isabel aparece totalmente lejana, distante, casi en joda, todopoderosa, como un deus ex machina. Así pensé la aparición de este Güemes omnisciente y casi ridículo. Además hay un chiste: no hay retratos sobre Güemes, nadie sabe cómo era físicamente y la única descripción documentada que hay es la del general Paz que, por obvias razones, no lo quería y se burlaba de que era gangoso. Después está lo que dice la aristocracia salteña que, más allá de que después intentaría mitificarlo, tiene amplia responsabilidad en su asesinato.

Como viene la mano

“Las generaciones de la posdictadura cargan con la angustia y con la lucidez de que estar arriba de la torre es estar presos, y desde esa angustia y esa lucidez escriben”, se lee en Los prisioneros de la torre (2011), libro en el que Drucaroff sistematizó sus lecturas y reflexiones en torno de la literatura de escritores jóvenes o emergentes que habían publicado hasta el año 2007. Elogiado y atacado casi en dosis iguales –pero nunca tratado con indiferencia–, la obra en cuestión anticipó tanto a los lectores de las nuevas narrativas como también a sus más fervientes detractores, en tanto demostró que esas obras emergentes ya estaban en edad de merecer: de merecer una lectura seria. Casi al mismo tiempo que ponía punto final a ese libro de más de quinientas páginas, Drucaroff complementaba su labor al publicar una antología que incluía ahora cuentos, poemas, crítica, teatro y entradas de blogs de algunos de esos autores.
Teniendo en cuenta que muchas de las obras analizadas en aquel libro eran primeras novelas, ¿bajo qué parámetro de Los prisioneros de la torre habría que leer La patria de las mujeres?
–La novela tiene las marcas de su tiempo: un escepticismo propio de finales de la década del ’90. La patria de las mujeres está escrita con la vieja pasión infantil que tenía por las novelas de aventura. Durante toda mi niñez fui una gran lectora de Salgari y Verne, y siempre quise que hubiera una novela de aventuras para chicas: los personajes femeninos de las novelas que yo amaba se desmayaban en los momentos de peligro y se morían rápido para dejar a los viudos tristes y llorosos pero libres para emprender sus aventuras, y yo siempre quise hacer una novela con heroínas, escribir la novela que siempre quise leer.
¿Qué cambios pensás que hubo en las nuevas narrativas en los últimos años?
–Creo que hay una especie de cuenta que empieza a saldarse con el pasado traumático de la dictadura, y un ejemplo de eso podría ser La apropiación, de Ignacio Apolo, donde la dictadura y la culpa aparecen, pero como un mambo absolutamente extemporáneo. Estoy fascinada con El rey de los espinos, de Marcelo Figueras, porque ahí se lee un imaginario político que junta dos Argentinas que antes eran inconciliables para la generación de Figueras: la Argentina escalofriante de la dictadura y la de una democracia corrupta, protagonista de un nuevo genocidio, el de los pobres. La conciencia histórica en El muchacho peronista es fuerte, pero es la conciencia de no tener conciencia, la falta de raíces, y ahora es todo lo contrario: Figueras puede hacer ese coágulo ficcional tan lúcido porque entiende de dónde vendría un mundo como el que protagoniza la Argentina futurista de la novela, buceando en las raíces de la dictadura, y puede entender la guerrilla, a la vez, con lo bueno y con lo malo.
¿Hay algo de lo escrito en Los prisioneros de la torre de lo que quizá te arrepientas?
–En el libro planteaba también la existencia de un movimiento que fue muy importante para la nueva narrativa y que consiguió muchas cosas, sobre todo visibilizarla. Mi libro quiso acompañar ese movimiento, pero quizá se entusiasmó más de la cuenta. No me arrepiento porque prefiero equivocarme por entusiasmarme más de lo aconsejable que por ser uno de esos forros escépticos que ven pasar el tren de la historia por sus narices mientras pronuncian una frasecita divina de Puán 460. Quizá podría haber sido un poco más prudente, pero prefiero seguir siendo joven.

28.1.15

Paz Soldán: "Ha surgido una generación muy potente en la narrativa boliviana"

Edmundo Paz Soldán. Amable y de buen humor, el autor habla de la situación actual de la literatura en su país de origen y de cómo su vida en Estados Unidos marca su obra

Edmundo Paz Soldán, escritor boliviano./adncultura.com
Se lo nota cansado, y para colmo una nueva entrevista promete atragantarle la digestión. Sin embargo, no debe resultar nada sencillo hacerle perder al autor de novelas como El delirio de Turing, Palacio Quemado y Norte, su natural buen humor y amabilidad. Apenas hemos cruzado el mediodía en Buenos Aires; Edmundo Paz Soldán sonríe como si no le esperara un día interminable, y se presta a la charla sobre su literatura, pero también la de un país que ha sido, desde siempre, víctima del prejuicio, la ignorancia o el desinterés.
-¿A qué se debe que la literatura de Bolivia se haya vuelto últimamente más visible?
-Creo que hay una coincidencia de factores macro y micro. En los últimos años ha habido un proceso muy interesante de transformaciones sociales en Bolivia, que ha hecho que para tratarse de un país tan pequeño concite tanta expectativa. Al mismo tiempo, creo que ha surgido una generación muy potente en la narrativa boliviana, unos siete u ocho o diez escritores que de pronto le están dando una dinámica que quizás antes no tenía. Quizás a causa de las redes sociales, las conexiones entre las editoriales pequeñas a través de América Latina son mucho más fáciles, entonces ha sido posible articular una red que permite que estos escritores jóvenes que han surgido puedan circular. Y eso trae la atención sobre lo que había antes, con lo que nos beneficiamos todos.
-Cuando se habla de literatura boliviana se suele usar el adjetivo "andino", como si se tratase de sinónimos, olvidando que en Bolivia conviven otros paisajes y otros imaginarios. ¿Cómo tomás esa reducción, producto del desconocimiento o la indiferencia?
-Pero eso comenzó con nosotros. Porque nosotros también, en nuestra "autoidentidad" como país a lo largo de nuestra historia, hasta hace poco nos veíamos como un país andino, por la influencia de La Paz como sede de gobierno y su imaginario tan fuerte en la literatura. Santa Cruz era como el otro extremo, un lugar olvidado, hasta que comenzó a tener un gran crecimiento económico a partir de los años 70. Lo que ha pasado es que con los años Santa Cruz se ha convertido en un polo muy fuerte de migración interna del país, y hoy yo lo veo como la condensación o el resumen de lo que es Bolivia. Por eso ahora cuando a mí me preguntan, digo: es un país andino-amazónico.
-Hace algo más de veinte años que vivís en Estados Unidos. ¿En Bolivia te consideran "uno de los suyos", o siempre hay algo de recelo respecto del que vive y le va bien afuera?
-Lo más chistoso de todo es que yo creo que hubo mucha desconfianza hacia mí hasta que dejé de escribir directamente sobre Bolivia. Antes, la reacción era: "¿Este tipo, que vive hace veinte años afuera, cree que sabe más sobre Bolivia que nosotros?" Pero desde las últimas narraciones, que ambienté en Estados Unidos, o Iris, hubo una suerte de encono que desapareció, y mi intuición me dice que tiene que ver con ese cambio.
-A propósito de Iris, y de su lugar dentro del género de la ciencia ficción, entiendo que en principio iba a ser otra cosa, muy distinta. ¿Cómo fue esa transición?
-Iba a ser una novela realista? Comencé con un proyecto que, en mi cabeza, yo llamaba "trilogía de la violencia", y eran tres novelas ambientadas en los Estados Unidos. Con Los vivos y los muertos comencé con la violencia en los colegios. En Norte era la violencia de las fronteras. La tercera era lo más obvio: la violencia de la guerra, de las aventuras imperiales posteriores al 11 de septiembre de 2001. Había leído un reportaje en la revista Rolling Stone de unos soldados psicópatas, en Afganistán, que se pusieron a matar civiles, y entonces lo elegí como tema. Y lo que pasó fue que en ese mismo momento en que comenzaba a investigar todo el tiempo veía noticias de Afganistán e Irak en CNN, en el periódico, y el tema me saturó. Y un amigo me dijo, bromeando: "¿Por qué no ambientas la novela en Marte?" La idea era tan descabellada que me sonó bien; si me hubiese dicho una cosa más racional, probablemente lo habría ignorado. Obviamente Marte no, pero podía ser una región propia, y ahí apareció Iris. Y en lugar de ser el final de una trilogía, se convirtió en el comienzo de algo diferente.
-Hace algunos años señalabas, en una entrevista, que parecía que la tecnología y la ciencia ficción eran patrimonio de los norteamericanos. ¿Sigue siendo así? ¿Hay una cierta incomodidad o extrañeza en cuanto a que un escritor latinoamericano escriba una novela como la tuya?
-Lo que pasa es que hay mucho trabajo en América Latina con lo fantástico, pero con la ciencia ficción mucho menos, y creo que tiene que ver con que más que "productores de ciencia" hemos sido receptores. Hay una curiosidad, sólo que no tenemos tradiciones locales fuertes. Yo he notado entonces las dos cosas: el prejuicio, pero también la curiosidad y el deseo -sobre todo en las nuevas generaciones- de que haya algo local. Pero parte del problema también tiene que ver con que en los últimos veinte años la ciencia ficción se ha vuelto la cosa del escapismo, del entretenimiento grandilocuente, de los efectos especiales, cuando la ciencia ficción es un género muy político, si piensas en 2001 o en las grandes distopías del siglo XX como Un mundo feliz o 1984. Ahí hay una desconexión contra la cual hay que luchar, porque se han creado muchos prejuicios.
-Un aspecto muy interesante en Iris es el trabajo minucioso con el lenguaje, en el que te apropiás de muchas palabras o las resignificás. ¿Cuáles fueron, en este sentido, tus textos de referencia?
-Cuando empecé a escribirla, había algo que no funcionaba, pero no sabía exactamente qué era. Y un día tuve algo así como una epifanía: si estoy hablando de cambios sociales y tecnológicos, me dije, no puedo narrar esos cambios sin mostrar algún tipo de distorsión en el lenguaje. Y ahí sí comencé a buscar modelos. Leí La naranja mecánica, que me pareció fascinante, pero para lo que yo estaba buscando era demasiado. Curiosamente la pista me la dieron autores que no tienen nada que ver con la ciencia ficción, como Roa Bastos, que tenía este cruce con el guaraní, o José María Arguedas con el quechua, que en sus cuentos o novelas jugaban mucho con el quiebre de la sintaxis del español, interviniéndolo con otro lenguaje, añadiendo otras palabras, y sin glosario, sin explicarlo.
-Hace poco salió también una antología de cuentos tuyos, Las dos ciudades, y la mayoría son textos muy breves. ¿Qué posibilidades específicas encontrás en ese subgénero?
-Mis dos primeros libros eran de cuentos bien breves. Yo comencé siendo muy lector de Borges y Cortázar, de la literatura fantástica, pero cuando escribía novela no podía sostener la mentira durante muchas páginas? Entonces poco a poco la novela se convertía en algo más realista. Los cuentos eran, también, una forma de llevar una suerte de diario de lecturas, porque leía un texto de Onetti, o una novela de Nabokov, y en vez de escribir el comentario de esa novela lo que hacía era tratar de apoderarme de esa lectura a través de un cuento breve, de una o dos páginas. Y también había una limitación: yo quería escribir cuentos clásicos, pero todavía no tenía el bagaje como para sostener la introspección psicológica de un personaje durante diez páginas..