Camilla
Läckberg, autora sueca de la exitosa saga de novela negra Los crímenes de
Fjällbacka en cuya novena entrega está trabajando, confiesa que cada
vez que empieza un libro tiene que hacer una limpieza a fondo de su
casa
Camilla Läckberg, autora sueca de las saga Los crímenes de
Fjällbacka./lainformacion.com
Camilla Läckberg se siente así renovada y puede centrarse en
escribir novelas, un oficio que compagina con los de guionista o
diseñadora, lo que le obliga a planificar y estructurar su trabajo,
organización que para ella es crucial, asegura en una entrevista con
Efe.
Nacida en 1974 en Fjällbacka, la autora publicó en 2003 su
primera novela, "La princesa de hielo", ambientada en esta región
costera de Suecia en la que nació y creció.
Un
exitoso debut al que han seguido ocho libros protagonizados por la
escritora Erica Falck y su marido, el comisario Patrik Hedström, una
pareja que se ha enfrentado ya a numerosos enigmas policíacos desde ese
pequeño pueblo de pescadores.
Y así lo vuelven a hacer en su última novela publicada en España,
"La mirada de los ángeles" (Maeva), una historia que transcurre en tres
planos temporales: a principios de 1900, 1970 y en la actualidad.
Con
más de doce millones de ejemplares vendidos de esta serie policíaca en
más de cincuenta países, los seguidores de Erica y Patrick son muchos y,
por eso, la escritora tranquiliza a sus lectores respecto a la
continuidad de la pareja y asegura que no ha pensado en poner fin a esta
saga.
"Continuaré escribiendo sobre Fjällbacka y estos personajes
mientras tenga historias que contar y mientras me siga gustando
hacerlo", asegura la autora, que dice sentirse encantada de cómo sus
lectores están implicados con esta pareja y le trasladan su inquietud
por la posibilidad de que deje de escribir sobre ellos: "es maravilloso
experimentar como autor este vínculo".
La autora se encuentra
escribiendo en la actualidad la novela novena de la serie, que llevará
por título "The lion tamer" ("El domador de leones") y adelanta que
habrá mucho más drama doméstico en la vida de Erica y Patrick, aunque
asegura que no puede decir más de su argumento.
Además de la trama
de investigación, Läckberg considera que la parte de la vida doméstica
de sus personajes da un toque interesante a sus novelas y les dota de
una mayor profundidad: "explorar las relaciones de los personajes, sus
creencias y sentimientos más destacados hace que los lectores tengan un
vínculo con ellos", dice.
La receta del éxito de sus novelas es
para esta autora la combinación de "una gran trama, personajes
interesantes y un giros inesperados".
Su relación con Erica, la
protagonista de sus novelas es, después de tantos libros "muy especial":
"Ella tiene el 50 por ciento de mí y el otro 50 por ciento de ella
misma", asegura Läckberg, que explica que escribir sobre este personaje
ha supuesto para ella una forma de explorarse a sí misma y de encontrar
nuevas perspectivas.
En "La mirada de los ángeles" rescata
varios episodios de la Segunda Guerra Mundial, algunos protagonizados
por Hermann Göring, un destacado político y militar alemán que fue una
figura prominente del Partido Nazi, y en la trama de la actualidad
aparecen algunos personajes vinculados al partido nacionalista en
Suecia.
Se
trata de un asunto muy importante para Läckberg, que considera que la
Segunda Guerra Mundial "está todavía presente en la memoria de mucha
gente".
Como en anteriores novelas, la autora sueca aborda también
la vulnerabilidad de la infancia y reflexiona sobre la violencia y sus
efectos en las personas: "como madre es un tema muy importante para mí y
mi mayor temor es que algo pudiera pasarle a mis hijos", asegura.
Camilla
Läckberg escucha mucho las opiniones de los lectores porque es
consciente de que hay que ser receptiva, pero aunque aprecia estas
aportaciones y que su público se vea involucrado en sus novelas, dice
que es fiel a su propio estilo e ideas.
La publicación de los diarios que el
gran escritor argentino viene componiendo desde hace décadas y cuyo
primer volumen llega a las librerías la próxima semana es uno de los
acontecimientos literarios del año. En este diálogo exclusivo, el autor
de Crónica de un iniciado habla de su vida, de sus pasiones literarias y de su relación con Sábato y Marechal
Abelardo Castillo, autor argentino de Crónica de un iniciado./adncultura.com
En estos días, Abelardo Castillo publica el primer volumen de sus Diarios
(Alfaguara), que va de 1954 a 1991. ¿Qué lector argentino puede quedar
indiferente ante esa noticia? Castillo es uno de los escritores
nacionales más importantes, que abordó todos los géneros: poesía,
ensayo, cuento, novela y ahora los diarios. Se trata de un testigo de
excepción. Él subraya la distinción entre los diarios y las memorias. En
el diario, uno escribe lo que pasa en el momento, aunque lo haga
después de un lapso relativamente breve, y lo hace para sí mismo, sin
pensar demasiado en la publicación. Se trata de anotaciones en las que, a
menudo, falta la continuidad del relato. A diferencia de las memorias,
los diarios no están escritos en lo alto de una cima desde donde se
contempla el pasado. En ellos, lo que se anota está visto desde la
llanura de la actualidad. Hay grandes omisiones. También las hay en las
memorias, pero éstas son deliberadas y responden a un plan literario y
vital.
Castillo nació en 1935. Pertenece a una generación en la
que el compromiso político y el literario estaban muy unidos. Como todo
joven de inclinaciones progresistas, leyó a Marx, a Engels, a Lenin. Fue
y es socialista, nunca fue comunista, nunca fue peronista, siempre
mantuvo una actitud independiente desde el punto de vista político.
Fundó tres revistas que reunieron a varios de los escritores más
notables de las generaciones posteriores a la caída del peronismo en
1955 y que debieron soportar las dictaduras militares: El grillo de papel, El escarabajo de oro, y El ornitorrinco (bajo
el Proceso) Sin embargo, Castillo siempre separó el valor literario de
un texto de ficción o de poesía del contenido ideológico. El compromiso
de un escritor de ficción o de un poeta se revela en sus actos, no se
despliega en su obra, según él. Esa actitud lo enfrentó a David Viñas en
una célebre polémica que Castillo reproduce en una de las secciones del
diario. La ideología, las reivindicaciones, la justicia no hacen para
él la bondad de un libro. Los autores argentinos que admira son Borges,
Bioy Casares, Leopoldo Marechal (al que lo une un gran afecto), pero
también Manuel Mujica Lainez, a quien considera uno de los grandes
escritores nacionales injustamente relegados. La relación conflictiva
que tuvo con Ernesto Sabato aparece en los Diarios casi como un folletín por entregas. Quizás a nadie le dedica tanto espacio.
Tan
interesado en la literatura como en la filosofía y la justicia social,
Castillo se formó bajo la influencia de Jean-Paul Sartre (sobre todo) y
de Albert Camus. La obra literaria del autor de Crónica de un iniciado
responde a los intereses variados y a la vida, por momentos turbulenta,
del escritor. Desde muy chico, leía con voracidad. Su pasión de lector
es equivalente en intensidad a su pasión de ajedrecista. En los Diarios,
las reflexiones sobre Hesse, Platón, Aristóteles y Nietzsche alternan
con la preocupación por los torneos de ajedrez. Tampoco hay que olvidar
que practicaba boxeo, que tuvo grandes amores, salpimentados con
numerosas aventuras, y que alcanzó un reconocimiento considerable cuando
aún no había cumplido los treinta años. Desde muy temprano, estuvo
nimbado por un halo de líder literario; un papel que se consolidó cuando
se puso al frente de las revistas ya mencionadas. El éxito
extraordinario que obtuvo en teatro con Israfel hizo de él un autor popular y le dio cierta fugaz holgura económica.
Las entradas de los primeros años de los Diarios,
cuando vivía en San Pedro, son casi una novela de iniciación, la del
precoz escritor de provincias que termina por irse a Buenos Aires en
busca de un mundo más amplio y más libre. Esas primeras anotaciones
fueron realizadas en una serie de cuadernos manuscritos. En 1992,
Castillo empezó a llevar el diario en la computadora.
La principal
preocupación de los Diarios es la literatura y la filosofía. Abundan
los balances que hace Castillo de su propia obra, las entradas sobre las
mujeres que amó y sobre sus amigos. Apenas si dedica algunos pasajes a
su servicio militar que, sin embargo, lo marcó. En cuanto a la política,
de un modo deliberado, asoma poco en estas páginas, aunque hay una
larga entrada consagrada al Cordobazo y otras que se ocupan del Proceso y
de la guerra de Las Malvinas. La política y la violencia se cuelan
sobre todo en los silencios y en los sobreentendidos: como ocurrió
siempre en la literatura argentina.
Abelardo Castillo, en su casa, con los primeros cuadernos en que fue registrando sus diarios. Foto: MARTIN FELIPE / AFV
-Conservaste los cuadernos de tus diarios durante muchos años. ¿Los escribiste pensando en publicarlos en algún momento?
-Nunca
pensé en publicarlos hasta hace cuatro o cinco años. Un día, me puse a
leerlos y se me ocurrió que les podían servir a chicos y a gente que
escriben. Hablé con Julia Saltzman, de Alfaguara, se llevó los cuadernos
para leerlos y, una vez que lo hizo, me dijo que los quería publicar de
inmediato. Van a ser dos volúmenes. Llegaremos hasta 2006. Tuve que
hacer la transcripción de los primeros cuadernos, manuscritos, a la
computadora. Hay muchas cosas que están en el diario, pero que sólo yo
sé a qué se refieren. Están escritas en una especie de código. Me
acuerdo muy bien de qué designo en ese código e incluso podría detectar
páginas enteras que he escrito en absoluto estado de ebriedad. Sin
embargo, mi borrachera no se nota. También pude detectar mi malicia en
todas esas entradas, porque casi no hablo del alcohol. Y yo era muy
alcohólico. No hace mucho, estaba hablando con Sylvia (Iparraguirre), mi
mujer, y ella me dijo: "Encontré una descripción muy linda de una
ardilla en tus cuadernos". Y no era una ardilla, era una chica, a la que
yo no podía nombrar. La convertí en una ardilla. Una metamorfosis.
Anotaba cierto tipo de cosas y las mezclaba en el diario con ficciones y
con poemas. A los poemas, los eliminé. Por supuesto, algún día voy a
publicarlos. Ese libro de poemas se llamará La fiesta secreta, porque la
poesía fue para mí mi fiesta secreta. Empecé a escribir los Diarios en
San Pedro. No tenía 18 años. Esas entradas, las cartas que escribí a mis
novias, sobre todo a Bettina, mi primera compañera, son mi taller de
escritor.
-A Bettina, no la mencionás con nombre y apellido. ¿Por qué?
-Porque
está viva, es madre de hijos. Ignoro si los hijos saben que ella fue un
gran amor en mi vida. Además, nadie sabe lo que siente el otro. Yo
describo nuestra relación como si fuéramos la parejita ideal. Y no sé si
fue así. He vivido desde la adolescencia en un mundo personal
imaginario. Para mí, lo que llamamos realidad no es lo que sucede, sino
muchas veces la interpretación posterior de lo que ha sucedido. A veces,
he comparado estos Diarios con otros. Por ejemplo, traté de leer el
diario de Thomas Mann, pero no terminé esa lectura porque me pareció que
no me iba a gustar y yo tengo una gran veneración por el Thomas Mann de
La montaña mágica, del Doktor Faustus, de las Confesiones del estafador
Felix Krull. Esa última novela es un ejemplo de lo que debe ser un
escritor. Es una de las primeras que escribe, pero la última que
publica, después de haber compuesto nada menos que Doktor Faustus, una
de las obras fundamentales del siglo XX. Termina su producción con Felix
Krull, esa especie de ópera bufa, divertidísima, con una alegría y una
juventud increíbles. En los Diarios, hay una frase dirigida a Ernesto
Sabato, pero en la que no lo menciono. Digo que existe una frivolidad de
la pasión que es el énfasis. Sabato era enfático. Para mí, el escritor
es alguien que se toma la literatura en serio, pero que no se toma a sí
mismo en serio.
-Algo que llama la atención es que desde el
principio de los Diarios, te observás, te estudiás y te retratás
escribiendo el diario, preguntándote la legitimidad de escribirlo,
cuestionándote si la sinceridad es posible en ese género. Parece la
actitud de un creyente católico que va a confesarse y teme que se le
olvide el último pecado que acaba de cometer. ¿No hay allí un resto de
tu pasado religioso?
-Es muy probable. A los doce, a los trece
y hasta los catorce años, estuve a un paso de entrar en el seminario.
Es el momento en que sitúo la pérdida de la fe. Yo había estudiado con
los salesianos y después iba a entrar en el seminario, pero me di cuenta
de que ése no era mi mundo. Mi relación con el cristianismo es muy
fuerte. Hoy, incluso, pienso que se puede ser cristiano sin creer en
Dios, siendo agnóstico. Lo esencial del cristianismo no es Dios, sino el
otro.
-La relación con Sabato es uno de los temas más
frecuentes en tu libro. Al principio, en la juventud, sentías por él y
por su obra una gran admiración.
El Sabato que descubrí cuando
yo tenía catorce años, cuando él publicó Uno y el universo, escribía
muy bien. Para mí, era un modelo de escritura. Descubrí la literatura
argentina con Uno y el universo, de Sabato (mucho antes de conocerlo) y
con El jardín de senderos que se bifurcan de Borges. Más tarde leí a
Cortázar. Los tres me hicieron comprender que era posible la literatura
nacional. El tipo de prosa de Uno y el universo, que va unida en mí a la
lectura de Bertrand Russell, esa prosa nítida, es la misma que yo
admiraba en el Poe de Marginalia, no en el de los cuentos. Yo era muy
bueno en matemáticas, cuando era chico. Pensaba estudiar física y
filosofía. Siempre me gustó todo lo que fuera conciso y preciso. Uno y
el universo influyó en mí porque Sabato estaba todavía muy cerca del
físico. Cuando leí El túnel, en una de las primeras ediciones, los
personajes Juan Pablo Castel y María Iribarne se trataban de tú. Ésa fue
la primera pregunta que le hice a Sabato cuando lo conocí. ¿Por qué
había utilizado el tuteo en El túnel, Arlt y el mismo Borges usaban el
vos. Ernesto dudó un segundo y me dijo: "La clase alta." Y yo pensé que
no estaba en lo cierto. La clase alta usaba el vos. Mucho después
Ernesto hizo una corrección de El túnel y cambió el tuteo por el voseo.
Pero no reflexionó nunca sobre los problemas del lenguaje. Lo que lo
perjudicaba a Ernesto eran los adjetivos, los "abismos", la "lejanía".
Tenía un sentido del humor notable. Una vez que lo visitamos con Sylvia,
nos reímos tanto que ella le dijo a Ernesto: "Nunca me reí tanto como
hoy". Y él le contestó: "Sí, pero la procesión va por dentro."
Foto: LA NACION
-No podía abandonar el personaje dramático que se había forjado.
-La
parte de "torturado" no se la toleraba. La inteligencia crítica y
paródica de Ernesto era formidable. Y eso era lo que no quería usar.
Prefería aparecer ante el mundo como el dueño universal del dolor. El
éxito de Sobre héroes y tumbas le hizo mucho mal. Mientras dudó sobre sí
mismo fue un hombre excepcional. Además, al año de publicar Sobre
héroes. aparece Rayuela, y eso lo destruyó. Dejé de ser amigo de verdad
de Ernesto en la década de 1960. Después nuestra amistad siguió
formalmente. En una ocasión, me encontré con Mujica Lainez en la Feria
del Libro y nos pusimos a caminar por esos largos pasillos y, de pronto,
vimos una gran foto de Sabato, Manucho dijo: "Ése sufre, sufre., pero
nos va a enterrar a todos". Y fue cierto, al menos respecto de Mujica
Lainez. Por eso, cuando Ernesto llegó a los 90, yo me acordé de lo que
había dicho Manucho y dejé de fumar.
-Casi no hablás de política en tu libro, ni de la dictadura de los años 70.
-No
quería que el miedo entrara en mi diario. En esa época, yo publicaba El
ornitorrinco, una revista que entrañaba riesgos. Mi pensamiento
político estaba allí, no necesitaba volcarlo en mi diario. Siempre tuve
muy clara la frase de Sartre que me mantuvo con salud mental durante la
dictadura: "Nunca fuimos más libres que bajo la ocupación alemana". Así
empieza Sartre "La república del silencio". Hoy podemos salir al balcón y
decir lo que se nos ocurra y, en el fondo, a nadie le importa nada. La
libertad se pone a prueba en acto. Cuando uno no puede hacer ciertas
cosas, cuando ir a visitar a un preso es peligroso, cuando sacar una
revista literaria también lo es, entonces comprendés qué es la libertad.
Tampoco quería contaminar El ornitorrinco conmigo. Por algo, la revista
tenía ese nombre; porque como el ornitorrinco estaba hecha de parches;
la hacíamos hombres y mujeres con formaciones y pensamientos distintos.
Lo que nos unía era la reacción contra la dictadura.
Foto: LA NACION
-Ya
que hablaste de humor, hay dos o tres escenas en los Diarios, muy
graciosas. Tienen que ver con Egle Martin y su esposo Eduardo Palacios
Costa de Bruyn, Lalo. Formaban una de las parejas más hermosas de Buenos
Aires en la década de 1960.
-Egle fue tal vez una de las
mujeres más lindas de la Argentina. La primera vez que la vi, fue en un
cóctel literario al que habían invitado a Lalo. Él se retrasó; ella
llegó antes. El centro de la reunión era María Rosa Oliver, sentada en
su silla de ruedas. También estaban Pepe Bianco y Sabato. Las otras
señoras miraron a Egle casi escandalizadas. ¿Qué hacía esa mujer allí?
Los hombres la miraron, pero no se escandalizaron tanto. Egle se quedó
sola, por un momento. De pronto, se puso a hablar conmigo porque era el
único al que podía aferrarse, era el más joven, pero una mujer me vino a
buscar, como si me rescatara quién sabe de qué peligro. A la media
hora, no sé cómo ocurrió, todos los hombres presentes, incluidos los
homosexuales, estaban alrededor de Egle, tendida en un diván, que
explicaba cómo se prende un fósforo contra el viento. La segunda vez que
vi a Egle, yo tomaba mucho en esa época y me acerqué a ella llevando
una botella de whisky colgando de un dedo. Ella me dijo: "Parecés Samuel
Bennet, el personaje de Dylan Thomas en Con distinta piel". Ésas eran
sus referencias. Al poco tiempo, nos hicimos muy amigos con ella y Lalo,
su esposo. Lalo se jactaba más de tener un libro autografiado por
Richard Wright, el escritor negro, que de sus innumerables hectáreas, de
su amistad con el Shah de Persia, de haber sido campeón de natación o
de haber tenido relaciones muy estrechas con Ava Gardner. La primera
hija de Lalo y Egle fue Alejandra. Ellos le pusieron ese nombre por el
personaje de Sobre héroes y tumbas. El padrino de Alejandra fue Ernesto
Sabato. Ernesto le prometió a Alejandra, cuando era chica, que la iba a
llevar alguna vez al Zoológico. Nunca la llevó, pero cuando Alejandra
cumplió ocho años, le regaló una foto de él, de Sabato, en la tumba de
Lavalle (!!!). Cuando quiero acordarme bien de Sabato, me acuerdo de Uno
y el universo, de ciertos pasajes de Sobre héroes y tumbas, el "Informe
sobre ciegos", y del hecho de que integró la Conadep.
-En 1956 decías que querías escribir una novela desmesurada. Supongo que era Crónica de un iniciado.
-De
todo eso me di cuenta mucho después. Pasando en limpio los Diarios,
encontré una entrada muy temprana donde decía que quería hacer una
novela que pudiera leerse como si fuera un mazo de naipes, no importaba
el orden en que se leyeran los capítulos, y eso lo dije mucho antes de
Rayuela. Buscaba escribir una novela que me tomara toda la vida. Crónica
de un iniciado me llevó treinta años, no de escritura, pero sí de
trabajo y maduración. Esa novela la tenía escrita en los años 70, cuando
la conocí a Sylvia, pero se publicó en 1991. En el medio, escribí El
que tiene sed, mi novela catártica sobre el alcoholismo. Mis modelos
eran La casa de Mujica Lainez, Borges, Sabato y la literatura europea.
Toda la vida leí poetas. Si tengo que pensar en un libro modélico,
citaría Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, de Rilke. No sé de dónde
me vino la idea de escribir un diario. Porque el Diario de Kafka lo leí
después de empezar a escribir el mío. Los cuadernos y las poesías de
André Walter, de André Gide, tuvieron una influencia enorme en mí.
-Sin embargo, no citás mucho a Gide.
-Al
principio, lo cito bastante. Hay muchas cosas importantes que no
menciono, me lo hizo notar Sylvia. Por ejemplo, mi encuentro con Nicolás
Guillén, que vivía en Buenos Aires, fue decisivo. Yo tenía 22 años, le
conté entero El otro Judas; él me dijo: "Ésa es una gran obra teatral". Y
entonces la escribí. Cuando eso ocurrió, no lo registré en el diario,
lo escribí posteriormente. Necesito un tiempo para saber si los hechos
fueron reales o no, esenciales o no, y a veces, me olvido.
-En
tus diarios, aparecen los grandes nombres de la literatura y de la
música, otra de tus pasiones: Thomas Mann, Beethoven, Platón, Sartre,
Camus, Brahms y Mahler. Los dos últimos con cierta reticencia. No hay
compositores franceses, salvo Saint-Saëns. Hay pocos creadores menores.
-Y
sin embargo, me encanta la música francesa, Albert Roussel (El festín
de la araña), Debussy. Hay cosas que me gustan y, como dije, no
menciono. No sé si cito a Marcel Schwob. Es uno de mis escritores
preferidos. El libro de Monelle me parece más interesante que Los
alimentos terrestres de Gide. Me paso leyendo los Diarios de Gide y no
lo cito. Siempre me impresionó su sinceridad como religioso, como
esposo, como homosexual. Otro autor que me fascina, pero a ése lo cito
mucho, es Tolstoi.
-Le dedicás un capítulo a Borges, otro a
Cortázar, pero uno de los escritores por quien demostrás más cariño y
admiración en tus diarios es Leopoldo Marechal. A pesar de eso, no le
consagrás un capítulo especial. ¿Por qué?
-En el volumen
siguiente de los Diarios, hay un capítulo sobre Marechal. Fue uno de los
hombres que más quise, a pesar de que pensábamos de un modo muy
distinto. Marechal era peronista, yo no lo era. Al principio, Marechal
era católico, después dejó de serlo. Marechal me decía: "Vos sos un ateo
que cree que es ateo. En el fondo, creés". Yo le respondía: "Con ese
criterio, yo podría decir que usted es un ateo que no lo sabe, que cree
que cree". Él era un ser de una bondad extraordinaria. Le interesaban
los otros. Además, dejaba hablar a Elbia, su mujer. Cuando ella hablaba,
él se callaba. Todo eso en un escritor es rarísimo.
La polémica
Sartre-Camus marcó tu generación y, de algún modo, sigue vigente hoy.
Para Sartre, era inevitable ensuciarse las manos para cambiar el mundo.
Camus, en cambio, creía que el fin no justificaba los medios, defendía
la honestidad y la pureza.
-Yo estaba del lado de Sartre, pero
emocionalmente me encontraba del lado de Camus. El modo de encarar la
realidad de Sartre era no hacerle nunca el juego a la derecha; esa
posición era la que a mí me servía de medida; pero la honestidad de
Camus, que era como la de Gide, me resultaba muy valiosa. La ética y la
moral son dos cosas distintas. La ética es una especie de norma que
compromete a la especie. La moral tiene que ver con el individuo. Creo
que uno, a los seis o siete años, ya sabe distinguir el bien del mal, y
de algún modo es consciente de lo que se oculta hasta a sí mismo. Cuando
mis padres se separaron, me lo ocultaron, me dijeron que mi madre iba a
volver, yo sabía lo que estaba pasando, sabía lo que me estaban
ocultando, y me decía:¿cuándo me van a sacar este peso de encima?
¿Cuándo podré dejar de fingir? ¿Por qué me hacen responsable de algo de
lo que no soy responsable?
Foto: LA NACION
-¿Después de la separación viste a tu madre?
-Sólo
en dos oportunidades. La hermana de mi madre, con la que prácticamente
me crié de chico, ofició de madre. Cuando era muy chico, los sábados y
los domingos yo iba a casa de ella y eran días de fiesta. Después, a
partir de los siete años, cuando mi madre ya se había ido, viví con mi
tía hasta que ella se murió. Para mí, lo ideal hubiera sido que mi padre
y mi tía se casaran.
-¿Cómo fueron los encuentros con tu madre?
-En
una oportunidad, ella quiso verme. Yo lo consulté con papá. Me dijo que
la viera. La vi, hablamos. Pero no sucedió nada especial. Después,
mucho más tarde, volvimos a encontrarnos. Pero esa relación nunca fue
buena. En cierto sentido, yo no tuve madre. Durante mucho tiempo, me
quedé con la impresión de que ella me había abandonado. En esa época, no
era muy común que eso ocurriera. En mi barrio yo era "ése al que se le
fue la madre". El problema no era conmigo, el problema era entre ella y
papá. Las razones por las que se separaron las ignoro. Lo que yo sabía
era que ese matrimonio andaba mal, aun cuando era increíble lo bien que
se llevaban, sobre todo ante mí. Papá se iba y le daba un beso en la
frente, nunca se peleaban.
-¿Fuiste al velatorio o al sepelio de tu madre?
-No.
Tampoco fui al sepelio de mi padre ni al de Marechal. Que los muertos
entierren a los muertos. En general, no voy a esos lugares. Prefiero
imaginarme viva a la gente.
Diarios 1954-1991
Abelardo Castillo - Alfaguara
Este
primer volumen de los diarios del novelista y cuentista argentino, que
toma el período que va de 1954 a 1991, tiene un centro insoslayable, la
literatura, y otra de sus pasiones: la filosofía. También figuran sus
amores y amistades, la fascinación que experimenta por el ajedrez y la
música y, de manera más velada, los vaivenes políticos de cada etapa del
país
Luisa Valenzuela. La escritora, que
será nombrada Ciudadana Ilustre de Buenos Aires el próximo mes, pondera
la vitalidad del mundo editorial local
COMPROMISO. Luisa
Valenzuela es una de las autoras más activas con el relanzamiento del
Pen Club, que abrirá una sede local./revista Ñ
Tal vez porque vivió una buena parte de su vida en Argentina y otra
en el extranjero, la escritora Luisa Valenzuela cuenta, con orgullo, que
el 6 de junio será nombrada Ciudadana Ilustre de la Ciudad. Y que, por
estos días, fue una anfitriona activa de las reuniones de la Asociación
Mundial de Escritores, PEN, que se proponen ser la antesala de la
apertura de su sede en Buenos Aires.
–¿Para qué fueron las reuniones del PEN en Buenos Aires? –Lo
que quiere hacer este centro acá es revivir. Porque hay un importante
reconocimiento de los argentinos en el ámbito de la literatura. No se
trata de un sindicato para apoyar a los escritores individualmente, sino
que una de las grandes misiones del PEN es defender la libertad de
prensa, la libertad de escribir, la libertad de la palabra, los derechos
humanos en los escritores. El presidente actual, John Ralston Saul, es
sumamente activo. Es un politólogo canadiense que también es novelista,
muy buen novelista. Entonces aúna las dos cosas y trabaja en la defensa
los derechos humanos de los escritores, en países donde hay escritores y
periodistas muertos, perseguidos. Es una herramienta global para
defenderlos, porque aisladamente no podés hacer nada.
–¿Cree que la literatura está en crisis? –Justamente
en estos días, con la gente del PEN, reconocíamos que acá anda mucho
mejor el libro publicado en papel que en otras partes del mundo. Porque
acá hay un respeto a las pequeñas editoriales, que tienen el mismo nivel
que las grandes, en la difusión, en la librería. En los Estados Unidos
no reseñan un libro en paper . Acá hay algo mucho más democrático
y el libro sobrevive, muchas veces gracias a los pequeños editores. Y
los jóvenes escritores tienen la posibilidad de publicar.
–¿Cómo era la relación literaria con su mamá, la escritora Luisa Mercedes Levinson? –Era
unilateral. Yo estaba muy entusiasmada con las cosas de ella, ella era
más reservada con las mías. Pero a mí me encantó cuando empezó a
publicar, le hice un álbum enorme de recortes. Mi madre decía que éramos
Alejandro Dumas padre e hijo, y a mí me ofendía porque yo quería ser
Alejandro Dumas padre.
–Su hija también es artista, la pintora Ana Lisa Marjak. ¿O sea que ustedes el ADN artístico lo transmiten de madres a hijas? –Hay
una línea matrilineal muy fuerte. Mi abuela, creo que mi bisabuela
también, era hija única. A mí me interesaba mucho el ambiente que se
vivía en mi casa, a mi hija no le interesó tanto. Yo espiaba eso y
después me iba de aventuras. Me casé a los 20 años, muy joven, creo que
para escaparme de mi casa. Yo no quería ser escritora, me parecía
interesante lo que decían pero eran muy pasivos. Había tenido mucho
contacto con Borges, quien escribió un cuento en colaboración con mi
madre, y conocí a otros grandes escritores de la época: Sabato, Bioy
Casares, Mallea.
–¿Cómo se fue dando en sus textos la narración de los temas políticos? –Son
cosas que se te cuelan, que no podés evitar. Estás viviendo aquí todos
esos años tan violentos, y el tema se te impone. Porque aunque yo crecí
al lado de estos escritores que creían que era un anatema hablar de
política en la literatura, uno también es un animal político, y no podés
vivir en la torre de marfil. Entonces me invadió de a poco, y escribí
algunas cosas. Sobre todo ese libro que se llama Cuidado con el tigre
. Pero cuando aprendí realmente, fue cuando volví al país, después de
haber estado viajando un tiempo, en el 73-74. Me encontré con la
Argentina de la Triple A que no era la que yo había dejado. Entonces ahí
entendí que escribía o no podía pertenecer. Y para mí, el entender, el
escribir, hace que pueda integrarme a lo que está sucediendo, aunque sea
pésimo.
–¿Qué está escribiendo ahora? –Ah, nunca lo
había hecho, pero ahora me metí en libros por encargo. Yo escribía
novelas tranquila, alguna vez me dijeron, “bueno, la queremos rápido”.
Con La máscara sarda , por ejemplo, me apuré muchísimo, porque
pensé que el tema iba a saltar y me lo iban a robar, pero nadie se
interesó tanto, nadie quiso enterarse de esta leyenda de que Perón había
nacido en Cerdeña. Pero me apuré y en cinco meses el libro estaba
impreso. Ahí aprendí a escribir muy rápido. Entonces se me ocurrió
decirle a la gente de Alfaguara que tenía un libro sobre Cortázar y
Fuentes, y me lo pidieron. Mientras tanto tengo en la hornalla de atrás,
como dicen los ingleses, un libro de sobre máscaras que es lo que más
me apasiona en la tierra.
–¿De qué trata el libro de Fuentes y Cortázar? –Se llama Entrecruzamientos.
Yo ya había presentado muchos libros de Fuentes, y también trabajé con
textos de Cortázar, a quien conocí, y pensé que iba a encontrar tres o
cuatro entrecruzamientos, entre otros que Fuentes hizo la Cátedra
Cortázar en Guadalajara. Entonces propuse eso, Fuentes de un lado,
Cortázar del otro. Y cuando empecé a escribir, encontré millones de
momentos en los que se cruzan, de una manera u otra. Se convirtió en una
cosa exploratoria de la relación entre ellos y de los temas que tocaron
separadamente, y de sus encuentros, que eran muchos más de lo que yo
pensaba.
–¿Cómo influyeron en su carrera los diez años que
vivió en los EE.UU., cuando muchos escritores argentinos se iban a
Europa? ¿Tuvo que ver con que su obra se conociera menos acá? –Sí,
posiblemente. A mí me invitaron a Estados Unidos como escritora
residente, a Nueva York. Pero yo ya tenía un grado de amor, de
fascinación con ese país cuando escribí El gato eficaz , y conocí
por primera vez Nueva York, una ciudad a la que le tenía mucho miedo.
Yo no quería ir, extrañaba Europa, pero Nueva York me fascinó, en su
violencia, en su locura, en los aspectos más oscuros, que son tan
literarios. También creo que soy una escritora un poco incómoda. No toco
los temas de las mujeres, en general, y el ir y venir al país también
incomodó. Igual siento que hay un reconocimiento inesperado, ahora voy a
ser Ciudadana Ilustre de la Ciudad.
–¿Cómo ve el mundo literario argentino? –Lo
que me da lástima es que esté atomizado, porque es riquísimo, pero
tenemos poco contacto los unos con los otros. Y después empiezan estas
grescas de si alguien es K o no es K, y eso me parece atroz, y muy poco
conducente. Pero la riqueza es fantástica. Hay un fervor literario
extraordinario en este país, por eso me interesa también lo de rearmar
el PEN porque podríamos reagruparnos, hacer un poco una cierta
hermandad, apolítica, donde no haya intereses personales.
El hombre que arreglaba las bicicletas es la novela que ha revolucionado Amazon y las reglas del juego editorial tradicional. Ángel Gil Cheza
nos cuenta la historia de tres mujeres reunidas en la costa
mediterránea, unidas por su relación con un escritor de novela negra que
acaba de fallecer
Ángel Gil Cheza. /Lluïsa Ros./revistadeletras.net
Tras el éxito en formato electrónico la novela ha
sido publicada por Suma de Letras en marzo y ya va por
su segunda edición en papel. Con un lenguaje detallista, sencillo e
intimista, este escritor castellonense se ha colado en la literatura
pisando fuerte con una historia que remueve sentimientos a ritmo de bicicleta.
¿De dónde sale esta historia? La historia nace de una pregunta. Qué nos queda por decir
cuando morimos, de qué manera podemos transmitir cuánto nos ha importado
la gente que ha pasado por nuestra vida… A partir de aquí nos podríamos
encontrar con situaciones extrañas que sólo podrían comprenderse si nos
liberáramos de convencionalismos absurdos, que no nos van a llevar a
nada después de muertos…
Usas un lenguaje muy cercano,
sencillo, el libro ofrece una fácil lectura para explicar relaciones
complicadas entre las tres mujeres protagonistas. Pienso que es una lectura rápida, a pesar de que se lee a ritmo
de bicicleta. Ahonda en el ser humano con fotografías de un paisaje
evocador, el mediterráneo. Es un lenguaje correcto, preciso, sin
complicaciones pero certero. Y de este modo, se van presentando
interrogantes y se van despejando uno tras otro; creo que ésta es una de
las bazas de la novela.
Hay cierta nostalgia en los
personajes, nostalgia que también parece que asoma en la descripción del
lugar donde se desarrolla la historia. Sí, es un escenario para el recuerdo, una luz, un tiempo… unos
veranos que ya no vivimos exactamente del mismo modo. Es una apelación
al recuerdo, pero también un toque de atención a lo mal que se han
gestionado la costa y los recursos naturales durante los últimos veinte
años.
Es un escenario real, el Prat de Cabanes-Torreblanca, aunque invento el
nombre de la población y ajusto otros detalles a mi ficción.
Los lectores hablan de tu novela con palabras como emotiva, entrañable, sincera, poética, ¿con qué palabras la describirías? Creo que es una novela diferente. En la forma, en el punto de
vista… Un amigo del sector editorial me dijo en cierta ocasión que al
principio pensó que se trataba de una traducción del inglés. Creo que
tenía razón en la forma de presentar la acción, en la forma incluso de
embastar las palabras. Ofrece una panorámica de dos puntos de vista
diferentes, el atlántico y el mediterráneo, y ninguno de ellos se
supedita al otro. Ambos son solventes.
Y luego está mi forma de narrar, la de siempre. Intentando dar en la
diana con las palabras justas, y que sean a la vez las más apropiadas, y
me valgo para ello de todas mis armas.
El hombre que arreglaba las bicicletas es una novela que comenzó auto-publicada en Amazon como ya hiciste con tu anterior trabajo La lluvia es una canción sin letra. ¿Por qué no seguiste el camino editorial tradicional? Ofrecí El hombre que arreglaba las bicicletas a un par de editoriales literarias. Una de ellas barajó seriamente su publicación, pero al final la respuesta fue no.
El año pasado decidí revisar estos dos manuscritos. Hice un par de
llamadas y pronto comprendí que no los publicaría de otra manera que en
Amazon. Como colaborador de algunas editoriales y autores no hubo que
tantear mucho el terreno para ver que hoy en día es más difícil que
nunca llegar a publicar una obra por ella misma.
¿Qué ventajas trae auto-publicar tu obra? Creo que lo mejor es tener el control sobre todo lo referente
al libro a cualquier hora del día y de la noche. Puedes corregir
erratas, cambiar la portada, subir o bajar el precio… y en una hora se
habrá actualizado en cualquier parte del mundo. Para ello es necesario
tener conocimientos en diferentes disciplinas o rodearse de un buen
equipo (amigos o profesionales). Pero los autores tienen que tener claro
que auto-publicar no significa compartir un archivo y punto. Se debe
cuidar mucho la forma y el contenido.
Otra ventaja, puede que la más importante, es conocer a tiempo real el
alcance de tu obra; la venta por territorios cada hora, y el cobro de
regalías cada mes.
¿Cómo se dio ese paso del mundo digital a publicar en papel El hombre que arreglaba las bicicletas? Desde el mes de agosto la novela ostentaba los primeros puestos
del top 100; subía y bajaba del cuarto al décimo, a veces llegaba hasta
el veinte y vuelta a empezar. Recibí correos de otros países
solicitando los derechos, por ejemplo, al esloveno y al italiano. Y
finalmente, en diciembre, Suma de Letras se puso en contacto conmigo y
cerramos la negociación en pocos días. Lo cierto es que para mí
significó una grata sorpresa.
Tu trabajo viene avalado por el
éxito obtenido en Internet. ¿Está caducado el sistema editorial
tradicional y el escritor tiene que buscar alternativas? El escritor debe darse a conocer de cualquier modo. Si las
editoriales son infranqueables, se debe buscar el método de llegar a
ellas. Y si eso pasa por llegar primero al público, la auto-edición es
un camino. De todos modos esto no es sencillo ni es el mejor método del
mundo. En primer lugar, hay muchos otros obstáculos que salvar, y mucha
competencia. En segundo lugar, yo siempre he dicho que ser editor no es
ser lector, que hay que saber leer un manuscrito y comprender que es
necesario ver más allá de lo que hay, hay que ver el potencial, saber
qué trabajo de edición necesita antes de ser un buen libro.
¿Qué papel juegan las nuevas tecnologías en el éxito de tu novela? Desde Papel Mojado projects, la marca que utilizamos Lluïsa
Ros, su hermano David y yo para firmar nuestros trabajos editoriales y
audiovisuales hicimos una gran campaña de Facebook en cuanto apareció mi
primer libro en Amazon. Esto provocó que nuestros contactos impulsaran
las ventas, y luego ya depende todo del producto, de la suerte y de
otras variables menos exactas todavía.
Mis novelas vienen también acompañadas de sendos booktráilers muy
sugerentes que nada o poco tienen que ver con la trama. Pero sí
presentan al escritor, su mundo, y la atmósfera de la novela. Hemos
recibido críticas estupendas de cada uno de ellos. Eso es bonito.
De eso mismo te iba a preguntar
ahora. Me gustaría hablar sobre el booktráiler. Música compuesta por
LLuïsa Ros y tú, es todo muy artesano, hecho con mucho mimo, todo esto
se ve reflejado. ¿Qué quieres enseñar al lector de tu novela en casi 3
minutos para engancharlo? Sí, como te decía intentamos que el booktráiler sea un producto
cultural en sí mismo. Que alguien pueda disfrutar no en función de la
novela, sino como algo aparte. En este último hemos introducido algo
nuevo: la música también es nuestra (Lluïsa Ros y yo integramos una
formación, Bonjour Potemkin); habíamos pedido los derechos sobre una
canción y no llegaron a tiempo, ello nos obligó a componer nosotros una.
Y esto nos ha llevado a intervenir al cien por cien en todo el proceso
de realización y creación. Y el resultado está cosechando buenas
críticas.
Hablemos también de tu trabajo como compositor. Vemos en Youtube uno de tus últimas composiciones junto a Lluïsa, Naufragio;
una canción muy dulce en la que además se ve mucha complicidad y mucho
talento. Antes me hablabas de Bonjour Potemkin, ¿de qué se trata? Bonjour Potemkin somos Lluïsa y yo, en esencia. Vamos despacio,
pero algún día tendremos un repertorio, o puede que no, pero nos gusta
tocar juntos. Yo llevaba años sin componer canciones; el hecho de haber
comenzado a escribir novelas había supuesto un bloqueo musical, ya no
sabía escribir en cuatro versos, necesitaba cientos de páginas. Un amor
me llevó a un naufragio y ese naufragio me llevó a componer esa canción.
Busqué una chelista que me acompañara para grabarla y di con Lluïsa
Ros. A partir de ahí el vídeo habla por sí solo.
¿Tienes en mente futuros proyectos literarios? Estoy trabajando en una novela negra cuya acción sitúo en mi
pueblo, Vila-real. Es un género en el que nunca me he sumergido del
todo, y me está resultando muy interesante. Estoy disfrutando mucho.
Ahora estoy terminando de documentarme y retomaré la escritura que
abandoné para profundizar en algunos temas que trato en la novela.
También tengo una historia a medias, esta vez en valenciano, que espero
terminar antes de otoño.
Por último, no puedo dejar de preguntarte ¿a quién le escribirías tu última carta? Sinceramente, a muchas personas. Ya lo hago, de hecho, en casi
cada línea que escribo. A veces no soy siquiera consciente, la mayoría,
pero dejo mensajes escondidos, trozos de recuerdos que comparto con
gente que quiero y que me importa, incluso con gente que ya no recuerdo
apenas, pero que me han importado. Algunas personas me leen y encuentran
cosas escondidas para otros; las hay, también, que creen ver cosas
donde no hay nada más que imaginación y ficción. Pero es inevitable
buscar algo oculto, algo oculto en los márgenes invisibles, cuando lees
algo escrito por un amigo, o un viejo amor.
En Memorial del engaño
personajes de la historia del pasado siglo conviven con un autor
ficticio, protagonista principal del libro, que se presenta como su
responsable
Daniel López y Jorge Volpi./Óscar Romero./revistadeletras.net
El pasado mes de abril el escritor mexicano Jorge Volpi (1968) presentó en España su última novela Memorial del engaño
publicada por la editorial Alfaguara esta primavera de 2014. En este
libro el premiado autor repasa la historia económica y política del
siglo XX y principios del XXI a partir los secretos y mentiras que se fraguan en el seno de una familia estadounidense. En Memorial del engaño
personajes de la historia del pasado siglo conviven con un autor
ficticio, protagonista principal del libro, que se presenta como su
responsable. Esta entrevista con Jorge Volpi tuvo lugar
en Sevilla, tercera y última parada del escritor en nuestro país tras
Madrid y Barcelona. Óscar Romero, el fotógrafo que me acompaña, y yo nos
citamos con Volpi en el hotel en el que se hospeda. La
timidez que muestra tras el móvil mientras nosotros preparamos el set
para la charla, se convierte en confianza y cercanía una vez comenzamos
la entrevista que resuelve de manera justa y precisa, acertando cada
respuesta sin rodeos ni ambages, en un encuentro que se puede decir que
fue tan breve como intenso.
Alfaguara
Memorial del engaño
abarca un siglo, y trata sobre cuestiones políticas y económicas de
importancia que han marcado ese periodo ¿Cómo ha sido su proceso de
creación y escritura, y cuánto tiempo te ha llevado? Comencé a pensar en la novela en el año 2008, justamente cuando
tuvo lugar la caída de Lehman Brothers y todo lo que vino después.
Durante esa época estuve leyendo mucho sobre finanzas. Por otro lado,
mientras investigaba para mi novela anterior, La tejedora de sombras,
descubrí la historia de Harry Dexter White, uno de los redactores del
primer borrador del Fondo Monetario Internacional y fundador del Banco
Mundial, y me interesó mucho el tema y comencé a investigar sobre ello.
Digamos que en esos años germinó la idea del libro. Ahora, la novela la
empecé propiamente a escribir cuando viví un año en Madrid entre 2011 y
2012, y la terminé al año siguiente cuando era profesor en la
Universidad de Princeton sobre el 2012 y 2013, por lo que su proceso de
escritura me ha llevado unos dos años.
En la novela conviven elementos
de ficción con otros que provienen de la no ficción, estos últimos del
campo de la historia de la economía, las finanzas o el periodismo. ¿Qué
importancia final han tenido estos textos en el libro? Han sido muy importantes pues son los que han terminado por dar
vida a la novela, de hacerla verosímil. Que el narrador fuera un
experto en finanzas, un accionista, un bróker, luego el dueño de un
fondo de inversión, suponía crear un universo lo más verosímil posible
en relación a esas actividades. Por tanto, la introducción de algunos
textos en relación a ello, que provenían de la no ficción, conseguían
ese objetivo. Y, aunque yo no tenga ninguna formación en teoría
económica, la idea era hacerlo lo más atractivo y lo más verosímil
posible de cara al lector y, por tanto, mi dedicación a ellos debía ser
aún más exigente.
Las relaciones entre política y
economía son el eje del libro, expresados en la novela a través de la
historia de una familia en Estados Unidos. ¿Por qué te has servido de
esta relación entre los personajes y de este país? Yo quería profundizar en una doble condición. Por un lado,
quería escribir una novela cuyo contexto fuera el capitalismo, su
nacimiento moderno después de la Segunda Guerra Mundial hasta la crisis
del 2008 y un poco lo que le ha seguido. Y por otro lado, quería contar
una historia de familia, una historia de la relación difícil y de las
mentiras que siempre se suelen dar en su seno, y sobre todo en la
relación entre padres e hijos. En ese sentido, me pareció que en una
estructura familiar podía juntar estos dos temas, y que podría contar la
historia de una familia particular en el contexto de un país
capitalista como Estados Unidos, insertando a los personajes que
formaban parte de esa relación en algunos de los hechos y
acontecimientos más importantes en el desarrollo económico de ese país y
que se dan en ese periodo de tiempo.
El personaje central de su
novela, J. Volpi, muestra una fe sin reparos en el progreso económico
que le hace interesarse tan solo en el futuro. Por otro lado, se empeña
en el conocimiento de su pasado. ¿De qué le sirve esta ambivalencia que
manifiesta el personaje? Sobre esa ambivalencia que comentas quería construir la doble
condición del personaje. Por un lado es un inversionista, y por lo que
siempre ha estado preocupado es por el dinero que es por lo que están
preocupados los hombres de negocios, por cómo ganar más en el futuro,
por cómo prever cuál va a ser la situación del futuro que les permita
invertir donde tienen que invertir, sacar el dinero de donde lo tienen
que sacar, ponerlo donde lo tiene que poner. Ya incluso ese mercado lo
conocemos en el argot financiero como mercado de futuros. Por
tanto, debía mostrar una fe desmesurada en el futuro que aparecía
subrayado por ese marcado carácter de desinterés por la historia, por el
pasado. Por otro lado, ese personaje es el que se ve abocado a tratar
de entender su pasado, y ahí está esa doble relación hacia delante y
hacia atrás del personaje.
Debido a esa conexión entre
pasado y futuro a través del personaje de J. Volpi, pareciera que hechos
y sucesos del pasado explicaran lo que sucede al personaje en su
presente y le acontece en el futuro. Pues sí, esto se da sobre todo en la relación del personaje
central con su padre, en la búsqueda de querer saber su historia. J.
Volpi es un inversionista de mentalidad neoliberal, plenamente
convencido de las bondades del mercado. Cree en la verdad del egoísmo, y
conforme se ve de alguna manera interesado en la historia de su padre
tras saber que había sido acusado de ser comunista, se ve obligado a
emprender esa labor de introspección hacia atrás para tratar de saber
quién es él mismo verdaderamente. Pero este es un caso en el que saber
quién fue su padre no lo hace mejor, sino que el conocimiento de los
valores y las creencias del padre a él no lo modifican, sino que lo
afianzan en sus ideas y criterios absolutamente neoliberales. Eso sí, al
menos hay esa labor de búsqueda e interés por su pasado.
La historia de secretos y
mentiras de la familia Volpi parece que condensa la historia del engaño
económico del siglo XX. ¿Te ha servido esta historia de familia como
motor de desarrollo de la novela? Un poco el centro de la novela está en la idea de que el
egoísmo es bueno y que a partir de ahí uno puede hacer cualquier cosa,
particularmente mentir, con tal de que al final salgan bien las cosas.
Esa es la moral privada del personaje pero digamos que, de alguna
manera, revela la moral pública, y por lo tanto el personaje de J. Volpi
la aplica en idénticas dosis sin encontrar límites entre su vida
profesional, como bróker y trabajador de entidades financieras, y en su
vida personal. Es decir, si algo es J. Volpi es un mentiroso y un
canalla, pero coherente, administra su vida sentimental como si fuera un
negocio y su negocio como si fuera una relación sentimental.
J. Volpi es un personaje
caracterizado por su falta de moral y una perspectiva profundamente
egoísta. Sin embargo, en algunos momentos puede llegar a despertar
simpatías ¿Cómo fue la construcción de este personaje? Yo quería un personaje deleznable, que fuera un villano, pero
al mismo tiempo quería que resultará una voz creíble, por un lado, y,
por otro, lo suficientemente capaz de engañar al lector lo bastante como
para qué simpatizara con él en varios momentos. La forma de
justificación mayor es simplemente en los momentos en que intenta ser
simpático. Él, que intenta ser cínico todo el tiempo, decir las verdades
lo más duras y directas posible sobre todo en los temas que va tratando
en su presente, sea la vida familiar, los negocios o la política, es
alguien que no cree en nada, es un escéptico en cualquier esfera de su
vida, excepto en la creencia que tiene en sí mismo. J. Volpi es un
sobreviviente, hace todo lo posible por sobrevivir a sus propias
emociones incluso en los momentos más duros, por ejemplo en la relación
que tiene con sus hijos. Las contradicciones las intentaba encontrar
ahí, en el porqué de esa condición suya. De ahí su pasión por la música,
que es frustrada, y su condición finalmente de huérfano, de un huérfano
que tiene que construirse a sí mismo.
Jorge Volpi | Foto: Óscar Romero
La novela cuenta la relación de
Noah Volpi, padre del personaje central, con Harry Dexter White. Entre
ambos parece que vislumbran un tipo de organización económica entre las
naciones que no triunfó, basada en el bien común entre naciones. ¿Están
la buena voluntad y el entendimiento entre países abogados al fracaso en
el contexto del feroz capitalismo que relatas? Pues sí, digamos que aquí lo que relato es que ha terminado
primando la geopolítica sobre los buenos deseos. Ahora podemos escuchar
que el modelo de Keynes hubiera sido mucho mejor para el mundo, que
hubiera sido un modelo más atractivo y que tal vez hubiera funcionado
mejor, pero ahí se impuso, más que el contexto y la situación de los
diferentes países, los propios intereses políticos en el momento en que
los propios Estados Unidos deciden que ellos van a aplicar el modelo que
a ellos les conviene. Incluso White cuando ve en funcionamiento su
propia creación, el Fondo Monetario Internacional, también se decepciona
viendo que el Fondo va a ser solo un instrumento para servir a los
intereses políticos y económicos de Estados Unidos.
En el personaje de J. Volpi
parece que se manifiesta la idea de que el capitalismo no es una opción
político-económica, sino la única posible teniendo en cuenta la
naturaleza del ser humano. Esta es su convicción, y es probablemente la convicción que
termina triunfando y se privilegia en la era del capitalismo neoliberal.
Justamente se impone la idea de que todos somos egoístas, que lo somos
por naturaleza, que nuestros genes son egoístas y que entonces no
tenemos más remedio que seguir el principio natural que nos rige. Eso es
lo que él defiende pero probablemente sea falso.
A pesar de que la no ficción es
un recurso que dota de verosimilitud a la novela, el propio autor del
libro y su biografía son ficción. No estés tan seguro (risas)…
En cualquier caso, tras la
lectura de la novela, como lector, tuve la sensación de que me había
informado mejor de la historia económica del siglo XX desde una ficción
que si hubiera leído centenares de tratados e informes económicos.
¿Sirve la ficción para hacer comprensible el mundo? Pues ojalá fuera así, ojalá. Sería estupendo que tuviera esta
función para los lectores en general. Yo creo que la ficción es un
instrumento de investigación de la realidad, que utiliza la imaginación
como herramienta, pero aplicándola también a los hechos reales. Y creo
que una de las mejores maneras que tenemos de acercarnos a la realidad
es a través de la ficción, por la cual a partir de un personaje otra
persona vive una situación y podemos explorarla a través de la vida de
ese otro yo nuestro que es muy importante para entender una realidad. En
este sentido, a mí como narrador y como novelista me gustaría que el
lector tuviera la sensación que yo tuve cuando la escribía, la de ser de
pronto, por unos momentos, durante unas semanas, durante unos días, en
mi caso durante estos dos o tres años de escritura, ese otro que vive en
ese mundo del poder económico, ese otro que cree estas cosas para que
nos demos cuenta de cómo las decisiones que toman personas como J. Volpi
nos afectan a todos cotidianamente.
De la A de Abecedario - Pensamiento muy poco a poco -
a la Z de Zzz - "Onomatopeya indicativa de que el último lector se ha
quedado dormido"-, pasando por Libro - "Soledad plural"-, Andrés Neuman
reúne en Barbarismos, un millar de entradas que trazan un mapa
secreto de la literatura y el humor. Sus aforismos irreverentes
conforman un diccionario canalla que redefine "las palabras desde cero,
como hacen los poemas o los niños"
Andrés Neuman, escritor argentino español /Simon Hurst./elcultural.es
La
sonrisa de Neuman (Buenos Aires, 1977) apenas oculta hoy su cansancio.
Noctívago irreductible, no acaba de deshacer las maletas después de
haber pasado una larga temporada en Estados Unidos, donde dió clase en
Baltimore y Boston, recibió el premio Puterbaugh en Oklahoma, presentó
la traducción al inglés de su novela Hablar solos en la
Biblioteca del Congreso y participó en el PEN World Voices en Nueva
York. Ahora se va a Gales, al Festival Hay, y a la vuelta le espera la
gira de presentación de Barbarismos.
-La duda es cómo, con tanto viaje, halla la calma para escribir:
-Piglia alertaba hace poco del peligro de que los autores viajen más que
sus obras, y creo que tiene razón. Aunque, por otra parte, conocer
lugares, hablar idiomas, encontrar gente es parte de la sensación de
extranjería de la que se nutre la escritura. Tan importante me parece
salir como recluirse, tener algo de mochilero y algo de monje de
clausura. Sin esas dos experiencias radicales, quizás al lenguaje le
faltaría algo. Ahora bien, no hay nada más lamentable que un escritor
que deja de leer o escribir por estar todo el tiempo públicamente
visible. Al menos en mi caso, el método es sencillo: viajo durante una
mitad del año, y la otra mitad me encierro en mi escritorio. Seguir
viviendo en Granada me ayuda, porque las distracciones son mínimas. Si
estuviera en centros de poder como Madrid o Barcelona, tendría más
cócteles y menos libros.
Ésta no es la primera vez que Neuman escribe aforismos, ya lo hizo en El equilibrista (2005),
pero, aunque ambos libros comparten “el asombro” y “la búsqueda por un
lado del equilibrio, como necesidad de considerar los dos extremos de
una idea. Y por otro lado la pérdida de ese equilibrio, como accidente
final con el lenguaje que te revela algo”, Barbarismos es muy distinto para su autor:
-Sí, quizá lo más exacto sería decir que es un diccionario. Un
diccionario canalla. Un millar de palabras que me atraen, o que detesto,
o ambas cosas. Me pareció fascinante la posibilidad de
redefinir una palabra desde cero, como hacen los poemas o los niños
cuando se preguntan: ¿qué querrá decir esta palabra?
Sinceridad, humor
-¿Sabe ya el secreto de un buen aforismo?
-Me parece que el ingenio tiene algo de dinamita: puede ser una descarga
que abra huecos, pero también puede explotarte entre las manos. Así que
vale la pena tener cuidado con él, y no subestimar el valor de la
sinceridad, que es una forma noble de vulnerabilidad y riesgo. Otra cosa
es que, a través del humor, nos atrevamos a desafiar ciertos límites.
Eso lo encuentro valioso. Si el aforismo tuviese una fórmula, entonces dejaría de pensar. Y el pensamiento tiene como tarea desactivar el lugar común,
desautomatizar la frase hecha. Prefiero concebir el aforismo como una
contractura del lenguaje que, al tensarse, genera algún sentido.
-¿Se atrevería a ofrecer un barbarismo sobre Borges?
-Mutación de la prosa castellana.
-Literatura.
-Arte de nombrar lo que no existía.
-Tristeza.
-Virtud de segundo grado.
-Si algo tienen los aforismos es su perdurabilidad, poco compatible con los tiempos que maneja el mercado editorial actual.
-Los tiempos del mercado editorial son contingentes y, a largo plazo,
poco significativos. La lentitud de la literatura me parece más
confiable y cuenta con un cómplice milagroso: la memoria colectiva,
cuyos recuerdos son imprevisibles. Pero cuando la lentitud literaria
cumple con su cometido, no hay nadie que la alcance.
Aunque Neuman nació en Buenos Aires y a menudo ha recordado que su
infancia son recuerdos de San Telmo, vive en España desde los catorce
años, y asume feliz esa dualidad:
-Después de una vida entera de idas y vueltas, con familia y memoria en
ambas orillas, se me haría imposible separar los dos países. Porque el
asunto no es solamente haber sido educado en ambos. Sino también la
costumbre, ya inevitable, de observar a cada uno de mis países desde el
otro. Eso genera dos residencias, pero también dos extranjerías. Incluso
tengo dos acentos. El ejemplo más drástico que se me ocurre es mi
madre, que nació en Buenos Aires y murió en Granada. ¿Cómo vas a elegir
entre la cuna y la tumba de tu madre? Ambas te constituyen, ambas te
desplazan.
Coyuntura de pánico
-Hubo un tiempo en que casi bastaba con ser joven para encontrar editor:
¿qué ha cambiado para que ya no sea tan habitual buscar nuevos autores?
-No sé si tal tiempo existió realmente. Ser joven siempre ha resultado más o menos sospechoso: enseguida te salen padres o policías.
Es una reacción antropológica. El resto de la tribu te grita: “¡a la
cola, que nosotros llegamos primero!”. En cualquier caso, si tu
principal mérito es la juventud, estás condenado a decaer en lugar de
aprender. Otro problema es esta coyuntura de pánico y cortoplacismo económico, que provoca que algunas editoriales, sobre todo ligadas a grandes corporaciones, pierdan la perspectiva de su función cultural y, por tanto, la armonía entre rentabilidad y búsqueda de talento.
Eso perjudica a quienes están empezando y merecen una oportunidad.
Siento que hoy los jóvenes están hartos del discurso falaz de las
oportunidades. Han crecido escuchando que el futuro sería suyo, y ahora
resulta que el presente los suprime. Cuando se habla de la moda joven,
me temo que se confunde el reportaje con la realidad. Los entrevistan,
les hacen fotos, los felicitan, pero nadie les ofrece un trabajo y ya ni
digamos un sueldo digno. Por fortuna, existe un tejido de pequeños
sellos que, junto con la maduración de la Red como espacio intelectual y
artístico, compensan en parte estas lagunas.
Confiesa Neuman entre risas que lleva un par de años “hibernando ideas,
voces y papelitos” para su próxima novela, y que, mientras, se la
cuenta a diario “mientras camino”. Y prepara un poemario, aunque “el cuándo lo decidirán los poemas, que se las arreglan para reinventar el calendario”. Y sigue fabulando...
-Formó parte de la lista Bogotá-39, y aunque en esta orilla creemos
conocer a los mejores autores jóvenes de allí, son muchos los inéditos
en España. Y viceversa. ¿Tiene solución esa doble ignorancia?
-Quizá llamarlos “mejores” sería empezar equivocándonos. Tan ingenuo
resultaría creer que los autores que cruzan el mar son los de mayor
nivel, como simplista afirmar que solo los autores comerciales traspasan
sus fronteras. Siempre hay una mezcla de intereses, mérito y azar.
Respecto a la desconexión y los malentendidos entre ambas orillas, es
uno de los temas, por no decir frustraciones, de mi vida. Me entristecen las visiones eurocéntricas, paternalistas o coloniales de Latinoamérica que a veces se proyectan desde España.
Pero también me cansan las simplificaciones demagógicas con que, en
sentido inverso, a veces se despacha a la literatura española sin
leerla. Además hay otra cuestión urgente: si los países latinoamericanos
se leen entre sí, la lengua entera saldrá ganando”.