22.8.14

Por su primera, les conoceréis

Jesús Carrasco, Jesús Ferrero, Alberto Olmos, José Ángel Mañas y Dolores Redondo recuerdan para cómo fue y - lo que supuso- el éxito de su primera novela

Jesús Carrasco, el autor español con un ejemplar de su ópera prima de novela, Intemperie./elcultural.es
Acaba de salir de su primera reunión en una editorial importante y ni siquiera tiene claro si lo que desea en ese momento es gritar, o llamar a su esposa, o meterse en un bar, o avisar a algún amigo, o quizás, simplemente, caminar hasta que se le pase el susto.

Dos días antes, sonó el teléfono de su casa.

-¿Jesús Carrasco? Soy Elena Ramírez, de Seix Barral. He leído el manuscrito de Intemperie y me ha gustado. Nos encantaría reunirnos contigo.

Carrasco tomó entonces un avión y se presentó en Barcelona.

-Hablamos sobre el libro y la editora me dijo lo más alentador que se le puede decir a un autor novel: que quería apoyar ese libro pero, sobre todo, que quería apoyar mi carrera.

El proceso, recuerda el escritor, no había tenido nada de extraordinario: puesto el punto final a su primer libro, envió media docena de correos a distintas editoriales y una de ellas, Seix Barral, le llamó con la intención de publicarlo. A esa llamada le siguió una reunión, y a esa reunión un momento de caos interno, confusión y, por último, un entusiasmo para digerir a solas. Jesús Carrasco respiró, se quedó plantado unos minutos en plena Rambla de Cataluña y después llamó a su esposa. Estaba hecho.

El club de la lucha

Cuenta Chuck Palahniuk que el día en que un editor le dijo que publicaría El club de la lucha, sin avisar a nadie salió corriendo de su oficina, abrió el coche, entró, arrancó y se fue a conducir durante horas. “Deambulé toda la tarde, grité, golpeé el volante y luego ya, más calmado, volví”. Palahniuk pertenece, con Carrasco, al club de los que partieron el mercado con su primera novela. Cuando ocurre eso, dice este último, lo importante es no dejar que se te despeguen los pies del suelo. “No es lo mismo asimilar el éxito de un primer libro con veinte años que con cuarenta. A mí me sucedió con cuarenta y creo que eso me ha ayudado a vivirlo con cierta distancia”.

Porque después de un buen libro, la gente siempre pide uno mejor. “Existe un inconveniente, pero es relativo: el hecho de saber que los demás esperan algo de ti, que tienen alguna expectativa. Con el segundo libro uno se enfrenta a miradas que antes no tenía. Otra cosa, y por eso este factor es relativo, es la importancia que se le den a esas expectativas. Creo que el error es tratar de satisfacer a los lectores interpretando lo que uno supone que quieren. Siento más confianza que presión, pero en cualquier caso, una confianza débil. Me sigue resultando muy difícil y trabajoso escribir libros. Cuando estoy solo frente al texto, especialmente en los días en los que la escritura no fluye, no me sirve de nada saber que hay gente a la que le ha gustado mi primer libro”.

Jesús Ferrero

Bélver Yin

Si para Jesús Carrasco el primero fue, o ha sido determinante, nada hace indicar -al menos así lo afirma él- que la vida, y la carrera, de Jesús Ferrero habrían sido sustancialmente distintas de no haber dado a leer Bélver Yin a José Ramón Monreal, y de no haberle dado éste una orden tan sencilla como la que sigue: “Si escribes 50 páginas más, te la publico”.

-Dicho y hecho -recuerda el escritor-. Monreal, que era amigo mío desde mi época universitaria, se lo mostró a José Donoso, Mauricio Wacquez y Masóliver Ródenas, que aprobaron su publicación. La primera novela satisface mucho lo que Mauricio Wacquez llamaba “el narcisismo de la letra impresa”. Aunque de no haber publicado en su momento Bélver Yin, mi vida podría haber sido diferente en la forma, pero no en el fondo. Hubiese publicado lo mismo y con la misma constancia. Es mi estilo.

Alberto Olmos

A bordo del naufragio

Un escritor se puede ver condicionado, añade Ferrero, si “cree que su fantasma social es lo mismo que su persona”. Pero invita a renunciar a ese espejismo, pues “el éxito de una primera novela no siempre supone que vas a poder publicar todo lo que te plazca”. Eso fue, exactamente, lo que le ocurrió a Alberto Olmos tras quedar, con 23 años, finalista del Herralde de novela con A bordo del naufragio. Aquel éxito (o subidón) fue, para él, algo efímero, algo que como llegó se fue, pues no le garantizó otra cosa que un silencio editorial de casi diez años.

-Cualquiera que publique su primera novela a los 23 años no puede decir que fue difícil. Hay que asumir que muchos escritores se tiran años y años sufriendo rechazos hasta que ven publicado su primer libro, con treinta e incluso con cuarenta años, y eso sí que es admirable. Lo mío, amén de algo de suerte y, supongo, de talento, fue tan sencillo como enviar el libro a Anagrama. Al saber que era finalista del Herralde me puse muy contento, obviamente, pero no tanto como lo estoy ahora por haber empezado mi carrera literaria con tan buen pie, algo que sólo he sabido apreciar con el tiempo.

José Ángel Mañas

Historias del Kronen Si bien insiste en que no fue su caso, para Olmos “el éxito precoz es muy cruel, pero es éxito, o sea, reconocimiento. Muchos autores morirán sin conocerlo, de modo que, como dijo una vez Fernando Trueba sobre perder la virginidad, cuanto antes mejor”. Para éxito precoz, quizás no haya en toda la literatura contemporánea española un caso como el de José Ángel Mañas, y sus Historias del Kronen. Corría el año 1994 y el joven Mañas se encontraba en Francia, desde donde, probablemente, no había vuelto a pensar en la novela que había enviado al Nadal pocos meses antes. Cuando se enteró de que era finalista ya era demasiado tarde incluso para ir a la fiesta de la editorial, así que Mañas tuvo que atender a la prensa desde el extranjero:

-A mi padre lo llamó el entonces editor de Destino, Andreu Teixidor, pidiéndole mi teléfono. A continuación ya me llamó directamente Teixidor y me pidió permiso para dar mi teléfono a los periodistas. El primero fue Llatzer Moix, de La Vanguardia; luego siguieron ABC, El País, etcétera. Mi excitación, cada vez que sonaba el teléfono, era extraordinaria. No acababa de creérmelo. Cuando aterricé en España diez días después seguía sin creérmelo del todo. Era el primer texto que enviaba a un premio y no sé si habría llegado a publicar de otra manera. No tenía ningún contacto con el mundo editorial. Yo era licenciado en Historia, de modo que seguramente, en estos momentos, sería profesor.

Lo suyo fue un pelotazo para toda una generación de escritores, y a él, reconoce, le condicionó “enormemente”. Al éxito de Historias del Kronen le siguió una colección de libros en los que el escritor se sentía crecer dentro de ellos: notaba cómo se iba haciendo novelista, cómo tropezaba y se levantaba como si estuviera aprendiendo a caminar en público.

-Era muy joven y aquello significó que se fue publicando prácticamente todo lo que iba escribiendo. Si uno arranca con 40 años, ese proceso no se ve, no es público. Lo bueno, en cambio, de arrancar tan pronto es que he podido dedicarme exclusivamente a la novela desde entonces. Es un arte complejo, el novelar, que necesita muchos años de dedicación. (...) Hay muchos peligros [en alcanzar el éxito tan joven]. Creérselo demasiado, por ejemplo. Sentir que cualquier cosa que uno haga funcionará. Yo recuerdo que, según arrancaba, habiendo vendido 100.000 ejemplares con mi primera novela, pensaba que era lo normal. Obviamente, no lo era.

Dolores Redondo

El guardián invisible

Dolores Redondo pertenece, por último, al más habitual de los clubs, el de los escritores rechazados una y otra vez… hasta que un día su suerte cambia y dan con el editor idóneo, propicio, ese que no solo lee tu manuscrito (lo que no es poco) sino que tiene, además, el arrojo de publicarlo. La autora de El guardián invisible recuerda haber “tocado el cielo” cuando supo que su libro sería puesto a la venta por Destino. Esperaba una respuesta negativa, o el silencio, como le había ocurrido hasta entonces; así que su entusiasmo, extensible a todo autor que publica por primera vez, aún es perfectamente notable en sus palabras:

-Después de años intentándolo, de haber probado por muchos caminos, de haber llamado a muchas puertas, editoriales, concursos... cuando las cosas empezaron a funcionar casi no me podía creer que algo así me estuviese pasando a mí, es maravilloso, me siento agradecida, y elegida.

Eterno agradecimiento, pues, al editor que los descubrió o al jurado que supo valorar su primera obra. Y un recuerdo que no se irá nunca: el del día que recibieron la llamada que daba comienzo a todo, y que, con tan solo cuatro palabras (“Queremos publicar tu libro”), les daba permiso para escribir cientos, miles de palabras más.

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