30.8.10

Consejos con mucho humor para no meter la pata

'Cómo no escribir una novela' (Seix Barral)

foto:archivo.fuente:hoy.es

De los fallos se aprende, pero hay algunos que mejor sería no haberlos cometido nunca. Los escritores y profesores de Escritura Creativa Howard Mittelmark y Sandra Newman se ceban en ellos con buenas dosis de humor en un libro reciente, titulado 'Cómo no escribir una novela' (Seix Barral).

Lo primero, claro, es la trama. «Uno de los primeros escollos que debe superar un novelista es el error de creer que lo que interesa a él tiene que interesarle necesariamente a todo el mundo. Una novela es una oportunidad para dar rienda suelta a las cosas que tus compañeros de piso, amigos o tu madre ya no soportan escuchar más», señalan los autores. Insistir en ello, sobra decirlo, lleva al fracaso.
A la hora de presentar a los personajes, no hace falta contar al lector todos los detalles de su vida. Lo importante es la historia. Cuando el autor se pone pesado con sus criaturas es como cuando el informático viene a casa y, en vez limitarse a recuperar la conexión de Internet, le explica al cliente los algoritmos de la encriptación digital.
Los lugares exóticos tampoco valen por sí mismos para armar bien un relato. A nada que se abuse, al lector le puede parecer que lo que tiene delante es un pesado álbum de fotos de vacaciones. Si el protagonista «no hace nada en una isla tropical, pero describe las maravillas de estar en una isla tropical, estamos ante una sala de espera con mucho follaje; follaje que, además, nuestro lector ya conoce sobradamente por la tele, y en alta definición».
También hay que tener ojo con los detalles y, si se ponen, hay que darles un porqué. Si en una escena aparece un chicle encima de la repisa, el lector tiene que saber qué ocurre con ese chicle antes de que acabe la novela. Cuidado además con los sueños. Los autores del libro aconsejan meter uno por novela... que se eliminaría en la revisión final.

27.8.10

¡Animate a escribir un minicuento!

Los invitamos a construir un relato a partir de la consigna


foto.fuente:lanacion.com.ar

¿Qué esperás para armar tu minicuento? ¡Animate! Para esta semana les proponemos una nueva consigna. Esta consiste en la escritura de un relato que finalice: Y no tardamos más de veinte minutos?

En respuesta a las sugerencias de los miembros del foro de cuentos hemos creado este espacio con el fin de brindar una opción más completa y creativa. Podrán dejar sus relatos en el espacio al pie de la página.

Este formato permite cuentos de hasta 1000 caracteres; les pedimos que lo tengan en cuenta a la hora de ingresar sus creaciones.
Los invitamos a continuar compartiendo sus cuentos.
Si desea dejar sugerencias para nuevas consignas pueden hacerlo en participacion@lanacion.com.ar

26.8.10

La historia trágica de un escritor cómico

Uno de los cuentistas de humor más imaginativos y geniales de la literatura inglesa murió hace cien años víctima del whisky

William Sydney Porter, más conocido como O Henry.foto.fuente:revistacredencial.com

Secuestros, amenazas, robos, crímenes, duelos, estafas... Antes de naufragar en whisky y morir a los 47 años, William Sydney Porter, más conocido como O Henry, descubrió que era posible divertirse con cuentos inspirados en algunos de los más oscuros instintos humanos. Otros lo habían hecho antes que él, por supuesto, pero con la intención de estremecer o moralizar, rara vez con la de despertar carcajadas.

O Henry había nacido en 1862 -el 11 de septiembre, para más trágica coincidencia- en el estado de Carolina del Norte y se lo llevó en junio de 1910 una cirrosis hepática copiosamente alimentada desde tiempo atrás. Cuando murió en Nueva York, tras una vida llena de malos momentos, llevaba en el bolsillo veintitrés centavos de dólar. Huérfano de madre desde los tres años, heredó a medias la vocación médica de su padre. Digo a medias porque, a pesar de haber sido un alumno juicioso, un tío suyo lo indujo a ser farmaceuta y trabajar en su droguería.

Al cabo de un tiempo, sin embargo, le dio por aventurar y se hizo pastor en un rancho de ovejas texano. En la hacienda convivió con inmigrantes chicanos, aprendió a defenderse en español y descubrió el alcohol, cuyo consumo lo acompañó hasta el último día de su vida. Llamado por un amigo, se trasladó a Austin, donde se transformó en burócrata de la Oficina de Registro de Bienes. No le iba mal. Tenía un buen salario, en sus ratos libres tocaba mandolina en una orquesta y se enamoró de una jovencita rica, pero que padecía principios de tuberculosis. Cuando los padres se opusieron al matrimonio, se marcharon a vivir juntos, como cualquier pareja del siglo XXI.

Pero, cosas de la mala pata, sus amigos políticos perdieron las elecciones y con ellos se fue el cargo que ocupaba. Para peor, su primer hijo murió a los pocos meses y agregó otra nota trágica a un hombre que, a pesar de todo, siempre supo sonreír y extraer sonrisas.

El primer Rolling Stone

En 1894 -mucho antes de que existieran el rock, Mick Jagger, los Rolling Stones y la revista de ese nombre que hoy conocemos- funda un semanario de humor así titulado. Fracasa, por supuesto, como corresponde a casi todas las publicaciones satíricas. Sin embargo, un editor inteligente del Houston Post entiende que detrás de ese malhadado periodista hay un excelente escritor cómico y le encarga una columna diaria que goza de éxito inmediato.

Un poco antes de ello, O Henry había saltado de la burocracia oficial a la particular, cuando le ofrecieron ser contabilista de un importante banco y aceptó. Ojalá no lo hubiera hecho, porque el prometedor empleo se convirtió en fuente de nuevos problemas. Al cabo de unos meses, el banco lo acusó de haber desviado dineros a su propio bolsillo. Porter alegó su inocencia pero, por precaución, decidió retirarse discreta y velozmente hacia el exterior.

El 7 de julio de 1986 huye hacia Honduras y vive un tiempo escondido en un casposo hotel de Trujillo, como si eso fuera mejor que una buena celda en una prisión gringa. Allí, en la caliente, histórica y pequeña ciudad costera hondureña, Porter pule aún más su español y empieza a escribir cuentos. En uno de ellos utiliza por primera vez una expresión que se ha empleado innumerables veces en varios idiomas, pero por la cual ha recibido poco crédito: "banana republic".

Su estancia de siete meses en Centro América se manifestará después en varios cuentos donde Anchuria es un país imaginario que corresponde a Honduras y Coralio una ciudad que se parece mucho a Trujillo.

El plan era llevar la familia a Honduras, pero Athol, su esposa, enferma gravemente. Obligado a regresar para atenderla, William Sydney Porter se entrega a las autoridades poco antes de que fallezca la mujer. El juez considera que el joven viudo es culpable de desfalco y lo condena a cinco años de cárcel en la penitenciaría de Columbus, Ohio.

Es allí donde Porter recupera el seudónimo O Henry, con el que había firmado unos pocos textos cuando vivía en Austin.

¿Y esa O? ¿Y ese Henry?

¿Por qué O Henry, sin punto después de la O y sin más pistas que una inicial sobre el posible primer nombre? No está claro. Algunos dicen que lo tomó del gato de la familia y otros que lo inspiró un farmaceuta francés; no falta quien lo arma a partir de un complicadísimo juego de palabras donde aparecen el estado de Ohio y el vocablo penitenciary. El propio Porter, que era un mamagallista irreprimible, daba una versión diferente cada vez que le preguntaban por la razón de ser de su seudónimo.

Poco importa. El caso es que Austin, la ciudad que lo condena, es la que hoy conserva su memoria. La Universidad de Texas administra la Casa O Henry, un pequeño museo levantado en el lugar donde funcionó el tribunal que lo mandó a prisión. También se rinde homenaje a O Henry desde 1919 en el premio de cuento que lleva su nombre, uno de los más importantes de Estados Unidos. Entre sus ganadores figuran William Faulkner, Dorothy Parker, John Updike, Truman Capote, Saul Bellow, John Cheever, Katherine Ann Porter, Stephen King y Woody Allen.

Seamos sinceros: la vida que llevaba O Henry en la cárcel no era mala, sobre todo para un profesional de la desventura, como él. De cualquier manera, resultaba mejor que la del hotel de Trujillo. En vez de mazmorra compartida, le asignaron un cuarto cerca de la enfermería, donde trabajaba gracias a sus conocimientos de farmacia. Le sobraba tiempo para escribir y no tenía whisky a su alcance. A través de un amigo enviaba sus cuentos, de modo que las publicaciones ignoraban que se trataba de un preso. Un preso light, pero un preso. Su primer éxito fue un relato navideño que apareció en la entonces famosa McClure's Magazine en diciembre de 1899.

Un año y medio después, las autoridades, desgraciadamente, le otorgaron la libertad condicional en atención a su buena conducta y ahora sí O Henry pudo dedicarse sin cortapisas a escribir... y a beber.

En 1902, ya famoso y contratado por la revista New York World Sunday, se trasladó a Nueva York. Así como había escrito piezas deliciosas sobre la vida en la frontera y las praderas sureñas, se especializó entonces en escenas y personajes de ambiente neoyorquino. Sus historias de ficción, siempre inspiradas en la realidad, son complemento indispensable de las crónicas urbanas que han escrito después autores como Gay Talase o Joseph Mitchell.

En la Gran Manzana escribió 381 de los 600 cuentos que componen su obra narrativa y se convirtió en ídolo de la ciudad y de los lectores en lengua inglesa, que lo siguen considerando uno de los mejores cuentistas de todos los tiempos. Sus recopilaciones en forma de libro empezaron a publicarse en 1906 con éxito instantáneo, y siguieron saliendo en forma póstuma.

Pero su mala estrella no lo abandonaba. En 1907 se casó de nuevo y en 1909 lo dejó la segunda mujer, desesperada por su alcoholismo. Ya le quedaba poco tiempo de vida. El deterioro irreparable del tejido hepático, complicado con diabetes y cardiomegalia (corazón excesivamente grande), causó la muerte de O Henry el 23 de junio de 1910. Nada más peligroso que una cirrosis toreada...

Historias de maleantes

O Henry construyó una fascinante obra narrativa mediante el recurso de retorcer situaciones terribles hasta convertirlas en cómicas, como quizás le habría gustado que ocurriese en su amarga vida.

Así empieza, por ejemplo, El rescate del Cacique Rojo, uno de sus más famosos cuentos:

«La idea no parecía mala; pero espérese hasta que le cuente. Bill Driscoll y yo nos hallábamos en el sur profundo, en Alabama, cuando nos vino como un rayo la idea del secuestro. Como después explicó Bill, fue un momento de 'rapto mental temporal', pero eso sólo lo supimos más tarde».

Lo que sigue es la desopilante historia de los dos secuestradores que se encartan con un niño insoportable de diez años cuya pasión es jugar a indios y vaqueros, origen de su apodo de Cacique Rojo. Poco a poco los secuestradores se dan cuenta de que ellos son las víctimas del guámbito y no saben cómo hacer para que la familia lo reciba de nuevo.

Aún más delirante, más larga y más divertida es Rehenes de Momo, una de las más alocadas narraciones del Oeste norteamericano que se hayan escrito jamás. Allí abundan los elementos del género western, pero en función de las aventuras de dos maleantes inolvidables, uno de los cuales (juzguen por eso) se llama Caligula Polk.

Los bandidos de O Henry no suelen ser gente perversa, sino personas infortunadas, como él, que en un momento dado deciden sacudir su suerte haciendo caso omiso de la ley. Eso sí, procuran compensar su resbalón manteniendo una compostura digna de caballeros (o lo que ellos creen que es la compostura digna de los caballeros) y un lenguaje remilgado, rebuscado y de cursi elegancia que es una verdadera joya.

En Telémaco, amigo, dos viejos camaradas, Hicks y Paisley, que parecen clonados de la picaresca española, se enamoran de la misma viuda en una vereda perdida de Nuevo México. Para que la pasión no los fuerce a traicionar su amistad, acuerdan que ninguno de ellos hará avances a la señora mientras el otro se halla ausente. Son diálogos "exquisitos" entre gente vulgar, que producen risa y conmiseración.

- Oh, señor Hicks -[dice la dama en cierto momento en que está a solas con uno de los pretendientes]¿, cuando una se considera íngrima en el mundo, ¿no cree usted que hay razones para sentirse aún más agraviada en su soledad en una noche tan bella como esta?
Ante lo cual Hicks se pone en pie y se aparta del tentador rincón diciendo:
"- Perdóneme, señora, pero tendré que esperar a que Paisley venga antes de ofrecer respuesta audible a una pregunta tan importante como esa."

Otro cuento de bandidos (Asaltando un tren) ofrece las claves para robar un convoy férreo. El ladrón aconseja con adorable educación:

«La mayoría de la gente diría, si se le preguntara su opinión, que asaltar un tren es un trabajo muy duro. Bueno, pues no es así; es fácil. Yo he contribuido en alguna medida al desasosiego de los ferrocarriles y el insomnio de los trenes expresos y creo que el problema más grave que se me presentó después de un asalto fue el me hubieran timado gentes inescrupulosas a la hora de gastar el dinero del botín».

Cisco Kid, aquel célebre vaquero de cómics y películas, fue invento suyo. Aparece en 1907 en un cuento titulado, con obsesión recurrente, A la manera de un caballero (aunque ha sido traducido como La venganza de Cisco Kid).

Para que vean qué clase de caballero era este, empieza así:

«El Cisco Kid había dado de baja a seis hombres en riñas más o menos limpias, había asesinado al doble, en su mayoría mexicanos, y había dejado maltrecho a un número mucho mayor que, por pura modestia, se abstuvo de contar. Por consiguiente, una mujer lo amaba».

Dónde leerlo

La imaginación de O Henry para retorcer situaciones fue muy celebrada por los lectores, pero censurada por algunos críticos. Jorge Luis Borges señaló que la trick story (el cuento con trama y resolución de esmerada sorpresa) tiene "algo de mecánico" pero que debemos a O Henry "más de una breve y patética obra maestra".

Júzguenlo ustedes mismos. Aparecen cuentos en inglés de O Henry en http://www.literaturecollection.com/a/o_henry/ y en español en http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/henry/oh.htm.

Ignoro si los relatos de O Henry, tan desconocidos en español, podrían seducir a los lectores tanto como lo hicieron conmigo. Pero sé que si el Negro Fontanarrosa hubiera nacido en Estados Unidos hace 147 años, algunas de sus historias se parecerían mucho a las del trágico y cómico William Sydney Porter.

24.8.10

La novela negra en seis pasos, según Leonardo Padura

El escritor cubano Leonardo Padura desliza su pluma por los entresijos de la novela negra desde hace 20 años

El escritor cubano Leonardo Padura, durante la entrevista en el patio de su casa en Mantilla, cerca de La Habana.foto: JOSE GOITIA.fuente:elpais.com


Su hijo literario más conocido, el investigador cubano Mario Conde, protagoniza ya seis obras y va camino de una séptima. "Es un personaje por el que la gente me pregunta como si existiera de verdad, ¿cómo va Mario Conde?, me dicen por la calle", sostiene el escritor. Padura, que ha impartido un curso sobre novela policiaca en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, nos da las que para él son las seis claves del género.

Los clichés saltan por los aires. Mujeres fatales, atmósferas hechas de humo denso y un hombre sentado en el ángulo más oscuro del local, que siempre resuelve el caso pero, indefectiblemente, pierde en lo personal. Son ingredientes afianzados en la tradición del género que Padura aconseja utilizar con una "perspectiva posmoderna". "Yo los utilizo sabiendo que son clichés. Están en mis libros, pero no como una parte fundamental, sino como un guiño al lector; son parte del juego literario".

La novela negra tiene banda sonora. Si el jazz envolvía las cuitas de Santiago Biralbo en El invierno en Lisboa de Antonio Muñoz Molina y el Bernard Gunter de Philip Kerr rumiaba sus preocupaciones a ritmo de tango en los locales más decadentes de Buenos Aires en Esa llama misteriosa, la música no es menos relevante para Padura. "La música es importantísima en la novela policiaca", asegura. En su caso, las historias transcurren en Cuba y allí, explica el autor, "la música es una presencia constante". "Mario Conde tiene una relación nostálgica con la música de los años 60, que a Cuba llegó con retraso. En cinco de las novelas discute con su amigo el flaco sobre qué van a escuchar en un momento determinado, Beatles o Rolling Stones, al final, eligen a la Creedence".

Una forma astuta de cometer un delito no basta. No hay que quedarse en la mera anécdota. "El escritor se puede quedar en el ingenio, en la superficie, o profundizar en la vida, la sociedad y la Historia; cualquiera de los grandes asuntos de la literatura pueden abordarse desde la novela negra, que es muy dúctil". Y recuerda que su novela Pasado perfecto trata de la nostalgia y la memoria; Vientos de cuaresma, del amor, y la marginación y el engaño se abordan en Máscaras y Paisajes de otoño.

El lector se identifica con el antihéroe. "Es clave tener un personaje que exprese un punto de vista ético, social y humano, y que tenga una mirada propia sobre un contexto determinado". Y hay que conseguir que el lector se identifique con él, incluso en los aspectos de antihéroe. "Son personajes con un sentido ético peculiar". Para Padura, su Mario Conde es un nieto del Marlowe de Raymond Chandler y un hijo del Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán. El resultado, un personaje "de mirada crítica e ironía desencantada".

Romper las estructuras. El autor invita a jugar al despiste con el lector. "Hay que conocer las reglas del juego, hacer un ejercicio racional y romperlas. En casi todos los casos se cuenta la historia según el esquema del principio, desarrollo, clima y desenlace; pero a veces conviene violar esas estructuras". Como ejemplo recurre a su novela La neblina del ayer: "el crimen se comete a la mitad de la historia".

Huir de lo maniqueo. Ningún lugar físico ni ningún espacio moral está libre de albergar el delito. "Hay que mover las líneas entre buenos y malos", explica el autor, que habla de policías corruptos, y recorre en sus tramas desde los barrios marginales hasta los de clase alta. "Trato la degradación de ciertas formas de pensar y actuar de un sector de la población que debería ser representante del ideal revolucionario y que, sin embargo, se aprovecha de su posición para obtener ciertos beneficios".

Bella, humana y sentimental

La última noche en Twisted River es una vuelta a la más disfrutable de las etapas del escritor estadounidense John Irving: una novela circular con varios motivos que son característicos en su obra

OFICIO. El escritor reflexiona en el libro sobre el oficio.foto.fuente: Revista Ñ

Cualquiera que haya seguido la carrera literaria de John Irving reconocerá en este libro sus motivos, sus ritmos, sus ideas de hombre blanco estadounidense, sus personajes típicos, su manera barroca y bella de contar, su amor por la acción y los personajes. En la literatura de Irving, la acción es el centro y lo es siempre, tanto en sus primeras novelas (frías como el hielo frío) como en los libros de su segunda etapa (Oración por Owen en adelante), en la que supo abrirse a los sentimientos.

Podría decirse (y aquí hablo desde un punto de vista estrictamente personal) que La última noche en Twisted River es una vuelta a la más disfrutable de las etapas de Irving: la más bella, humana y "sentimental", en el mejor sentido de una palabra absurdamente vilipendiada.

Irving cuenta historias muy parecidas unas a otras pero ambientadas en diferentes lugares. Las cuenta con una metodología que también es siempre más o menos la misma; parte de esa metodología es describirse a sí mismo mientras cuenta. Por eso, uno de los personajes principales de La última noche, Danny Baciagalupo, es escritor y reflexiona mucho sobre su oficio. En un giro muy posmoderno y muy típico, esta novela es circular: cuando termina, está empezando de nuevo.

En sus 650 páginas, hay referencias permanentes a la escritura, se describen momentos de creación, se habla de la base de la escritura en general, de la relación entre invención y autobiografía, entre obra y vida, entre sentimientos vividos y sentimientos expresados. También hay guiños a la literatura pasada de Irving (sobre todo a Owen y a mi favorita, Las reglas de la casa de la sidra, también traducida como Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra). Y sin embargo, nada de eso convierte a La última noche en un libro para intelectuales o lectores expertos.

Eso también es Irving puro. Y lo es porque Irving sabe que las historias son poderosas, tienen una fuerza propia que es la que ordena el texto. Ella, no la reflexión sobre las leyes de la escritura.

Como en todas sus novelas, en La última noche, Irving es detallista y muy, muy cuidadoso con los momentos históricos, las épocas, las culturas y las costumbres. La acción transcurre entre los años 1954 y 2005, cincuenta años del siglo XX en Estados Unidos y Canadá. Irving no escribe libros políticos (él lo ha dicho siempre y su personaje escritor lo repite) pero reflexiona bastante sobre el genocidio de los amerindios, el capitalismo posterior a la Segunda Guerra Mundial, los hippies, la guerra de Vietnam, la caída de las Torres Gemelas, George Bush, la guerra de Irak. Su última descripción del país no admite grises: sin entrar en lo que se dice del presidente anterior a Obama, Ketchum define a Estados Unidos como "imperio en decadencia" y "la Nación Perdida".

Si algo puede reprochársele a esta historia (centrada en un cocinero italiano que trabaja en un campamento maderero de Nueva Inglaterra, en su amigo Ketchum y su hijo Danny, el escritor) es cierta repetición en la tipología de los personajes. Es cierto que esta vez el centro es la comunidad italiana (y hay que aclarar que, para los estadounidenses, los italianos son una etnia definida, muy diferente de los "blancos"), pero los motivos son los de siempre: violencia; mujeres grandes, ausentes o malvadas (el machismo de Irving tiene picos difíciles de tragar para las lectoras); la importancia de los cuerpos y lo físico; el rechazo a la militancia política (sobre todo femenina); la importancia de la amistad masculina (y la ausencia absoluta de la amistad entre mujeres); los traumas indelebles de la infancia masculina.

Por supuesto, como todo buen libro de Irving, La última noche es una novela inmensamente divertida y llena de acción, con un esquema temporal que a pesar de ser tan retorcido como el río del título (cuyo nombre yo hubiera traducido), es completamente comprensible para cualquier lector atento.

Como en todas sus novelas, hay ciertos símbolos inolvidables: un Mustang azul que se vuelve terrorífico, una mujer grande que baja, desnuda, en paracaídas, una sartén de hierro fundido. Así, la muerte, la vida, la violencia tejen una historia que atraviesa generaciones hasta convertirla en el tipo de historia que le gusta a Irving: redonda, perfecta, imprevisible sí pero absolutamente lógica.

Y es que Irving sabe que una historia, cuando está bien contada, puede tener tanta fuerza como un río. Que puede matar si se lo propone: "Toda historia era un prodigio, sencillamente era imposible detenerla", se dice en el último párrafo. Tal vez el empuje de Irving se repita un tanto pero su fuerza sigue intacta. Apenas los lectores se dejan caer en su río, el río los arrastra en sus remolinos bellos hasta el final. Perdón, hasta el final no. Hasta el principio.

Irving Básico
Irving Básico. New Hampshire,
1942.
Escritor.

Publicó su primera novela a los 26 años, "Libertad para los osos", con poca recepción crítica. El estallido de lectores y las traducciones llegaron con "El mundo según Garp", en 1978. A partir de entonces, sus libros son esperados con fervor por un vasto grupo de fanáticos. Algunas de sus novelas significativas son "Una mujer difícil", "El Hotel New Hampshire", "Oración por Owen" y "Hasta que te encuentre". Hace poco declaró que está escribiendo una nueva novela, basada en fragmentos de "Ricardo II" de Shakespeare, y que por ahora se llama "In One Person".
FRAGMENTO
"El joven canadiense, que tendría a lo sumo quince años, había vacilado más de la cuenta. Suspendido en el aire por un instante, dejó de mover los pies sobre los troncos que flotaban en el remanso situado por encima del recodo del río; antes de que alguien alcanzase a sujetar su mano extendida, ya se había hundido por completo".

Qué se dijo

"Hay muchísima evidencia de la agilidad de Irving como escritor en 'La última noche...'. Y algunos de los momentos cómicos son de lo más memorable que escribió". (Joanna Scott. New York Times Review of Books)

La última noche en Twisted River
John Irving
Tusquets
657 páginas



20.8.10

El mito fabulado

RESEÑA

A partir de la invención de un mito primigenio, se desarrolla la fabulación de una saga cosmológica, que nos lleva de la mano hasta la ciudad de Aydebarke: ciudad de ciudades, donde se condensan las formas de la arquitectura humana de las más diversas culturas. Recrea, en buena parte, el mundo de la selva, de los Iseike, la última tribu nómade primitiva cuyo descubrimiento causa sensación en un grupo de investigadores, desde periodistas hasta la propia iglesia. El relato se va contando, con una prosa clara, precisa, impregnada de un lirismo en clave cuyo narrador se desdobla en varias voces narrativas que cuentan la fusión desde los más remotos orígenes de la humanidad a los más intrincados mundos tecnológicos de la ciencia ficción, donde el mito primigenio y su naturaleza está latente como una fuerza metafísica y de conversión de los tiempos históricos de la realidad a un mundo fantástico.

Un ejemplar de esta fabulosa novela- porque realmente lo es- llegó a nuestras manos bajo una serie de episodios intrigantes para deleitarme con su lectura. El autor pareciera otro ser salido de la propia entraña del relato que ofrece al lector, "porque afirma haber nacido en la segunda mitad del siglo XX. Vivió entre las sombras, las luces, los sonidos y los olores de las selvas y las montañas donde no se conocen las fronteras trazadas por el hombre. Sin embargo, en la actualidad, es un peatón anónimo en las grandes urbes del mundo donde se solaza y sufre con la cultura global".

SACRILEGIO

Simón Jánicas

Diente de León Editor

276 páginas

49.999 pesos

www.simonjanicas-sacrilegio.blogspot.com

Puedes adquirir la novela en el Portal de la Librería de la U

19.8.10

Las defensas de un 'bestseller'

Este autor, que define sus obras como ficción comercial, aboga por el género que en estos días recauda millones en ventas

Napoleón Bonaparte, visto como uno de los grandes saqueadores de la historia, es el enfoque del nuevo libro de Steve Berry.foto.fuente:elespectador.com

Steve Berry escribe ficción comercial, literatura popular, y a pesar de la indignación de algunos críticos está convencido de que con las novelas que hace no va a ganar el Premio Nobel ni ningún premio de literatura. "Lo que yo escribo son ese tipo de historias que te permiten olvidar tu realidad y tus problemas y disfrutar y despegar de tu mundo y aterrizar en Alejandría y buscar tesoros. Yo escribo entretenimiento, es la forma más simple de ponerlo", explica, sin tapujos, este escritor norteamericano para quien en el mundo editorial hay cabida para todos, "porque no todo el mundo está en el ánimo de leer a Stendhal o Tolstoi", sentencia.

A pesar de intentar por 12 años seguidos que alguna editorial lo publicara, sólo hasta 2005 este creador de novelas fantasiosas que recogen en su mayoría a personajes históricos logró publicar su primer libro, La profecía Romanov. Desde entonces la producción ha sido frenética, más de seis libros, y la venta en librerías todo un récord. Su más reciente obra, El club de París, llega a Colombia en la Feria Internacional del Libro de Bogotá.

"El género de thriller de espías y confabulaciones internacionales se murió en los años noventa. La Guerra Fría había acabado y el Muro de Berlín había sido derrumbado, así que el género se quedó sin aires frescos y sin insumo para contar historias, de modo que muchos escritores como yo perdimos la audiencia —explica Berry—. Fue Dan Brown quien le dio nueva vida al género con El código Da Vinci".

Así, con la certeza de estar escribiendo una literatura popular —que aún así puede ufanarse de tener el 90% de datos históricos—, Berry presenta un libro que indaga a través de triquiñuelas y detectives esa faceta de Napoleón Bonaparte como el gran saqueador de la historia. "Bonaparte saqueó incalculables tesoros de Los Caballeros de Malta y del Vaticano y se murió en el exilio en 1821 sin que nadie supiera dónde había quedado siquiera una fracción de sus robos", comenta Berry. Para cumplir con la receta, por supuesto, El club de París cuenta con un investigador, el ex agente Cotton Malone, y con un grupo de conspiradores decididos a manipular la economía global.

El libro fue reseñado con buena crítica por The New York Times Book Review, sin embargo Berry, un experto en lidiar con críticos, cree que todos disfrutan sus novelas y se pierden en sus aventuras, sólo que son incapaces de reconocerlo. "No lo puedo entender, le pagamos a gente para que vuelva los libros basura. Que tal si un periódico le pagara a alguien para que se parara enfrente y le dijera a todo el que pase: 'No lean esto, porque tiene esto malo y esto otro', eso es lo que hacemos con la critica", concluye enfático este escritor, que quizá venda más a causa de esa crítica manida.