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19.8.10

Las defensas de un 'bestseller'

Este autor, que define sus obras como ficción comercial, aboga por el género que en estos días recauda millones en ventas

Napoleón Bonaparte, visto como uno de los grandes saqueadores de la historia, es el enfoque del nuevo libro de Steve Berry.foto.fuente:elespectador.com

Steve Berry escribe ficción comercial, literatura popular, y a pesar de la indignación de algunos críticos está convencido de que con las novelas que hace no va a ganar el Premio Nobel ni ningún premio de literatura. "Lo que yo escribo son ese tipo de historias que te permiten olvidar tu realidad y tus problemas y disfrutar y despegar de tu mundo y aterrizar en Alejandría y buscar tesoros. Yo escribo entretenimiento, es la forma más simple de ponerlo", explica, sin tapujos, este escritor norteamericano para quien en el mundo editorial hay cabida para todos, "porque no todo el mundo está en el ánimo de leer a Stendhal o Tolstoi", sentencia.

A pesar de intentar por 12 años seguidos que alguna editorial lo publicara, sólo hasta 2005 este creador de novelas fantasiosas que recogen en su mayoría a personajes históricos logró publicar su primer libro, La profecía Romanov. Desde entonces la producción ha sido frenética, más de seis libros, y la venta en librerías todo un récord. Su más reciente obra, El club de París, llega a Colombia en la Feria Internacional del Libro de Bogotá.

"El género de thriller de espías y confabulaciones internacionales se murió en los años noventa. La Guerra Fría había acabado y el Muro de Berlín había sido derrumbado, así que el género se quedó sin aires frescos y sin insumo para contar historias, de modo que muchos escritores como yo perdimos la audiencia —explica Berry—. Fue Dan Brown quien le dio nueva vida al género con El código Da Vinci".

Así, con la certeza de estar escribiendo una literatura popular —que aún así puede ufanarse de tener el 90% de datos históricos—, Berry presenta un libro que indaga a través de triquiñuelas y detectives esa faceta de Napoleón Bonaparte como el gran saqueador de la historia. "Bonaparte saqueó incalculables tesoros de Los Caballeros de Malta y del Vaticano y se murió en el exilio en 1821 sin que nadie supiera dónde había quedado siquiera una fracción de sus robos", comenta Berry. Para cumplir con la receta, por supuesto, El club de París cuenta con un investigador, el ex agente Cotton Malone, y con un grupo de conspiradores decididos a manipular la economía global.

El libro fue reseñado con buena crítica por The New York Times Book Review, sin embargo Berry, un experto en lidiar con críticos, cree que todos disfrutan sus novelas y se pierden en sus aventuras, sólo que son incapaces de reconocerlo. "No lo puedo entender, le pagamos a gente para que vuelva los libros basura. Que tal si un periódico le pagara a alguien para que se parara enfrente y le dijera a todo el que pase: 'No lean esto, porque tiene esto malo y esto otro', eso es lo que hacemos con la critica", concluye enfático este escritor, que quizá venda más a causa de esa crítica manida.

16.4.10

Un oficio desastroso

Juan Gabriel Vásquez, escritor colombiano, autor de Historia secreta de Costaguana.fOTO:aRCHIVO.fUENTE:elespectador.com

SE HABLA TODO EL TIEMPO DE LA recepción de la literatura latinoamericana en España, pero se habla poco, me parece, del movimiento inverso: ¿cómo son leídos los escritores españoles en Latinoamérica, cómo son recibidos?

Y es una lástima: porque en España, donde todo el mundo se queja de la literatura actual, hay sin embargo un montón de novelistas trabajando con las mismas preocupaciones que agobian a sus colegas latinoamericanos. El otro día, hablando de cuáles son esas preocupaciones, un amigo mencionó el eterno problema de cómo contar la historia. Alguien citó una frase de Los juegos feroces, de Francisco Casavella (ahí tienen, un autor de primera que en Colombia nadie conoce), y me fui a mi casa y busqué la cita. "Dos chavales aplastados por la historia que buscan sin saberlo el misterio de la eternidad en un basurero de ficciones". Ahí está, me dije: esos niños son la literatura española, de un lado, y la latinoamericana, del otro. Y perdón por la cursilería.

El tratamiento de nuestro pasado colectivo ha cambiado. Tras los grandes frescos de ambición totalizadora —uno piensa, por ejemplo, en Conversación en La Catedral—, hemos cerrado el diafragma de manera radical: es raro ya ver el mundo a través de esos narradores omniscientes, y menos a través de perspectivas múltiples. Lo mismo les ha pasado a los escritores españoles, que en un momento de finales de los ochenta empezaron a decir Yo con una consistencia y una variedad de intenciones y recursos notables. Pues es ese Yo el que ahora suele echarse encima la tarea de contar la historia, la española y también la latinoamericana. El efecto es inmediato, por supuesto: las novelas de ahora se aproximan a la historia de manera oblicua, nunca directa, y, lo que es más significativo, nunca de manera militante.

Nuestra historia es, para decirlo de alguna manera, una suerte de enemigo íntimo. "Créame", le dice un personaje importante a Javier Cercas en Soldados de Salamina, "esas historias ya no le interesan a nadie, ni siquiera a los que las vivimos". Yo me doy cuenta de que en las novelas de mis contemporáneos siempre hay una suerte de resistencia, y la labor del narrador es vencerla: torcerle el brazo a la historia para que cuente sus secretos. La Historia se convierte entonces en un misterio —sí, un misterio, tal vez como los que buscaban los chavales aquellos— que exige una investigación. (Lo mismo sucede fuera de la ficción, dicho sea de paso. Enterrar a los muertos, de Ignacio Martínez de Pisón, no es la crónica de la muerte de José Robles Pazos durante la Guerra Civil española, sino la crónica de la curiosidad (primero) y la obsesión (después) de Ignacio Martínez de Pisón).

En fin, lo que quiero decir es que la relación entre la historia y los narradores del presente es una de desconfianza, no de certeza, y de inquisición, no de narración de lo sabido. Y lo más inquietante es que este tal Javier Cercas que narra la novela de Javier Cercas está muy consciente de todo ello. En cuestión de pocas páginas dice que "uno no escribe lo que quiere, sino lo que puede", y también que "un escritor no escribe nunca acerca de lo que conoce, sino de lo que ignora", y también que "uno nunca encuentra lo que busca, sino lo que la realidad le entrega".

Supongo que queda claro: este oficio es un desastre.

19.2.10

Crueldades del oficio

LO MÁS MOLESTO DE ESCRIBIR Novelas sobre la Historia (no novelas históricas, ese género redundante y aburrido) no es la dificultad de conseguir la información para escribirlas, sino lo fácil que es conseguirla después de haberlas publicado.


Por: Juan Gabriel Vásquez

Claro, lo que le interesa a un novelista no es siempre lo que interesa a los historiadores, y uno tiene a veces que recorrer cientos de páginas para encontrar un detalle que esté vivo, que traiga la historia a la vida. "Los detalles son la sangre de la ficción", decía Nabokov; y así uno puede leer sin la más mínima emoción tomo tras tomo de análisis históricos, sesudas interpretaciones sociales o rigurosas biografías, y luego entrar en éxtasis al enterarse, por ejemplo, de que a Lucas Caballero no le gustaban los edredones de plumas, y, al reservar por telegrama su habitación en cierto hotel boyacense, solía escribir: "Solicito pieza sin globos".

Esos detalles banales son la presa mayor, por lo menos para mí, y son muy difíciles de encontrar. He contado ya los problemas que tuve para escribir Los informantes, una novela que gira alrededor de los inmigrantes alemanes en Colombia y su vida durante los años cuarenta. Salvo la conversación que dio origen a la novela —tres días de charlas con una mujer extraordinaria de no menos extraordinaria memoria—, investigar para esa novela fue un largo tormento: los testigos de esos años, los más interesantes, no querían recordarlos. Al final, acabé haciendo lo que pude con los testimonios que logré recabar… sólo para toparme, una vez publicado el libro, con decenas de personas que lo habían leído y se ofrecían a contarme la historia de su vida, "por si quiere escribir la segunda parte". La paradoja es cruel: lo que uno necesita para escribir un libro llega después de que el libro se ha publicado. Es más: llega precisamente porque el libro se ha publicado.

Me ha pasado dos veces en los últimos días con Historia secreta de Costaguana, mi novela sobre, entre otras cosas, Joseph Conrad y el canal de Panamá. Primero, el escritor francés Olivier Rolin (busquen y lean su extraordinaria novela Meroé) me mandó las poesías completas de Blaise Cendrars, a quien yo nunca había leído con atención. Abrí el libro en la página marcada y me encontré con "Panamá o las aventuras de mis siete tíos", un largo poema cuya última parte revive las experiencias de un francés en el Istmo durante la construcción del canal. ¡Qué no hubiera dado por conocer el poema mientras escribía mi libro! Pero Olivier Rolin me lo mandó, claro, porque había leído el libro publicado.

Y ahora Ricardo Bada, columnista vecino, me reenvía el correo electrónico que acaba de recibir de un amigo suyo, Hernando Jiménez Pérez. Don Hernando está comenzando a leer mi novela, pero eso no importa; lo que importa es que Santiago Pérez Triana, un personaje imprescindible en la historia que he tratado de contar, era hermano de su bisabuelo. Echo mano otra vez de mis signos de exclamación: ¡qué no hubiera dado por conocer a Hernando Jiménez y hablar con él de la familia Pérez Triana mientras metía a don Santiago en mi ficción! Pero, si alguna vez llego a conocerlo y a importunarlo con mil preguntas, será con resignación y algo de tristeza: porque ya sus respuestas no acabarán metidas en un libro que seguramente hubieran mejorado.

14.4.09

BÚSQUEDA



DEL TEMA EN EL ESCRITOR.I.

¿El amor?



Tenía que escribir un libro. Pensaba que sería una novela, porque le permitía desarrollar con hondura y amplitud el tema; pero, ¿cuál tema?
Y andaba leyendo.
Leía libros, que escogía al azar que hablaban de todo, menos de cómo escribir un libro. Le contaban sobre el egoísmo del amor, y su necesidad imperiosa en los seres humanos, porque la gente se enamora fácilmente, se fecunda proliferadamente y se reproduce infinitamente. Otro escritor, le recordó, según el heresiarca, que los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres.
Esa necesidad gregaria de estar entre varios prójimos. Serían maricones, pensó. Bueno, se consolaba, Platón filosofó que el amor no tiene sexo. Tal vez un trío de rigor para amar verdaderamente. Dos contra una, o uno contra dos, pero como el sentimiento no tiene género cabría invitar a otro y se haría un cuarteto de tres contra una. La cosa se iba complicando porque ahí habría que preguntar, como en las orgías: ¡organicémonos!
Pensaba que su libro sería una bella historia de amor entre dos amantes encontrados en su más ruidosa soledad. Una historia más bien blanquita...
Si en la tierra quedara un solo hombre en un extremo y en el otro: una sola mujer; su atracción sería tan fuerte, que se buscarían hasta encontrarse, según una antigua sentencia árabe.
Su memoria inventariaba, con los libros puestos sobre una estantería en rigor a recordar todas las bellas historias de amor: Abelardo y Eloísa, ¿Rojo y negro, es una historia de amor? Dudaba. La inolvidable Romeo y Julieta, que esquematizó los amores contrariados, los amores difíciles, los que tanto satisfacen, o con los que tanto sufre la gente carente de amor.
¿ Por qué la gente que sublima el amor es la que más desea el amor?
A veces se compran un perro y se le entregan en cuerpo y alma y otras intimidades...
Escribiría un melodrama puro, para ponerse a tono con los tiempos de la actualidad, que después se produciría con él una telenovela, donde por cualquier hendija sentimental pondría un perro...para que moviera la cola a su amo que lo odia porque le brinda más atenciones al can que al hombre que es muy perro. Recordaba que cuando era niño tuvo y cuido perros y ahora, que es ya grande sólo tiene perras!
Bueno, sigue complicándose, igualmente esquematizaría el conflicto esencial, se convertiría en un producto para las lágrimas, se transformaría en un producto parecido a la visina, que se vendería en frasquitos, y lubricaría los ojos de los televidentes tras la pantalla.
El amor es un producto que se vende bien, pensó. Pero si caía en las manos de un productor (de la telenovela, por ejemplo) comentaría, que tendría que haber un protagonista bien apuesto de origen noble (el productor carecía de palabras y trataba de referirse a que era rico, o sea que hacía el rico) pero que en el momento que se cuenta el dramón de la telenovela, él supera todas las dificultades de la pobreza de su origen, porque su padre era muy joven y a su vez sus padres no iban a permitir que el vástago de sus desvelos fuera a caer en las manos, más bien entre las piernas de la sirvienta, donde ya había estado y probó de esas rijosidades tan livianas, descubriendo la lubricidad y otras maromas con las que con ella no había futuro.
La pobre mucama pobre salió muy contrariada de esa casa de familia y regresarse, otra vez, a su pueblito y descubre que está embarazada del vástago de los patrones. El niño nace con rasgos nobles y notables entre la indiamenta del pueblo y es sobresaliente, aunque era de mal corazón y muy cruel sobre todo con los perros y los gatos, a los primeros les ponía entre los panes vidrio molido y se extasiaba viéndolos agonizar. A los gatos los metía entre bolsas y los pateaba como balones. Después se quedaba viendo las roturas de huesitos, los ojitos brotados de su orbitas. Me les reservo el resto de crueldades infantiles del heredero del ricacho de la gran ciudad.
El futuro de estos padres era, que son sus fortunas fueran enriquecidas, no importaba a qué costos sociales, en fin, era más o menos la trama del melodrama, pues si iba a escribir ya no un libro sobre el amor sino una novela de amor; quiero decir una telenovela; porque el tema del amor va a existir entre los seres humanos y su vigencia será perenne como la yerba.
Recordaba que ahora la gente ya no se muere de amor, se muere de sus consecuencias, de la enfermedad que produce el amor: el sida. Pensó en un título: El amor en los tiempos del sida.
Sufrió una larga y profunda depresión al hallar el título de su telenovela entre una antología de cuentos eróticos.
Se consoló inventariando ahora todos los títulos de los libros.
Pensaba en Un libro de autoayuda, por ejemplo. Y esos si que se venden muy bien. Casi recetarios para vidas simples que no pueden tener una visión sencilla de su tristes vidas Le hablaban del sexo y sus perversiones, que las cargamos pacientemente; pero algunos se desesperan tanto y van donde las putas para poder vivirlas, sentirlas, porque su mujer, que es católica, apostólica y bogotana, y colombiana y latinoamericana; no los deja navegar por su cuerpo con tanta sutileza de piel, y prefiere solamente una vez y eso, si no tiene dolor de cabeza...





Preocupado de la soledad del escritor. ¡PROXIMAMENTE!