6.5.11

Los libros que encontraron el canon de la mejor literatura universal

Muchos críticos han buscado un listado perfecto para compilar una memoria literaria imprescindible para los lectores venideros. Bloom fue uno de ellos. Se acercó al éxito de poder lograrlo, apartándose, eso sí, de los vaivenes ideológicos que entierran y resucitan escritores

Jorge Luis Borges, uno de los escritores universales.foto:archivo.fuente:aviondepapel.tv

La búsqueda de obras y escritores imprescindibles de la literatura universal siempre ha sido un reto para críticos y académicos. Muchos lo han intentando, pero sólo Harold Bloom, Vladimir Nabokov o Stefan Zweig se acercaron al éxito de enumerar un listado de clásicos imprescindibles.

William Shakespeare es el escritor más grande que podamos llegar a leer, dadas la originalidad y la extrañeza de su obra. No hay dos lectores que presuman de haber leído el mismo Quijote, de Cervantes, porque sus varias interpretaciones están a la altura de Hamlet. Los fundadores de la literatura latinoamericana del siglo XX fueron el laberíntico Jorge Luis Borges, Pablo Neruda –el Withman chileno- y Alejo Carpentier, cuyas literaturas superaron a las norteamericanas.

Son algunas de las afirmaciones que el crítico estadounidense Harold Bloom estableció en su ensayo El Canon Occidental (Anagrama, 1995). Es, quizás, uno de los libros de referencia que catalogan cuáles son los escritores más importantes de nuestro acervo y por qué sus obras perduraron como clásicos literarios universales.

Muchos críticos han buscado un listado perfecto para compilar una memoria literaria imprescindible para los lectores venideros. Bloom fue uno de ellos. Se acercó al éxito de poder lograrlo, apartándose, eso sí, de los vaivenes ideológicos que entierran y resucitan escritores.

El crítico estadounidense trazó en su peculiar canon un mapa geográfico por las diferentes literaturas y otorgó el pasaporte de "cruciales" a Chaucer, Shakespeare, Wordsworth y Dickens, por Inglaterra; además de Montaigne y Molière por Francia o Dante, Tolsoti y Goethe por Italia, Rusia y Alemania, respectivamente. Por España y Latinoamérica, los ya mencionados Cervantes, Borges, Neruda y Carpentier.

Obviamente, este ensayo se centra en la literatura anglosajona, sin descuidar otras lenguas. Por ello, ubica al Shakespeare como el epicentro sobre el cual se expande el resto de autores.

"Shakespeare, el más grande escritor que podremos llegar a conocer, a menudo da la impresión contraria: nos lleva a la intemperie, a tierra extraña, y nos hace sentir como en casa", detalló Bloom.

Su lista de 26 autores clave para un canon literario también se amplía hacia literatos de renombre universal, como Chéjov, Kafka, Joyce, Henry James o Dostoievski.

"Los autores han sido elegidos por su sublimidad: se puede escribir un libro sobre 26, pero no sobre 400", explicó Bloom en su prólogo.

El crítico, con cierto desdén, recomendó que El Canon Occidental no se viera como un plan de lectura "para toda una vida". Tampoco era su interés el de crear un compendio de libros para eruditos, porque -según expuso- sólo un escaso número de académicos continúa leyendo "por amor a la lectura".

"Como rama de la literatura, la crítica sobrevivirá, pero no en nuestras instituciones de enseñanza", apostilla Bloom en El Canon... Sentencias como ésta, y su particular Olimpo literario, fueron objeto de polémica en los años 90 en Estados Unidos.

Si Bloom alzó a una veintena de autores, otro crítico y escritor, Vladimir Nabokov, resucitó el canon como género ensayístico a lo largo de su vida narrativa. El creador de Lolita ejerció como profesor universitario en EE UU en las décadas de los 40 y 50. Sus clases eran lecciones magistrales de cómo escribir y a quién leer.

Sus alumnos eran unos privilegiados. Hasta que Fredson Bowers reconstruyó los apuntes de Nabokov para que se editaran en varios ensayos. Uno de ellos, Curso de Literatura Europea (RBA, 2010), definió quién es quién en la literatura indispensable del Viejo Continente.

En él, Nabokov abarcó al autor, pero también nos señaló la novela-esencia que deberíamos leer: la enunció, la destripó y nos la hizo entender de otra manera más profunda, más artística.

Jane Austen (Mansfield Park), Charles Dickens (Casa desolada), Gustave Flaubert (Madam Bovary), James Joyce (Ulises) o Frank Kafka (La metamorfosis) estaban entre sus siete magníficos. Si un escritor en ciernes busca en los clásicos su referencia, este libro le allanará el camino.

"Las novelas que hemos estudiado no os enseñarán nada que podáis aplicar a ningún problema evidente de la vida. No ayudarán en la oficina, ni en el ejército, ni en la cocina (…) Pero puede que os ayuden a sentir la pura satisfacción que transmite una obra de arte", escribió Nabokov en su ensayo.

Menos extenso, pero más subterráneo es también el tercer canon literario del crítico austriaco Stefan Zweig. En Tres maestros (Acantilado, 2007), apuntó, centró el tiro y enunció a tres figuras excepcionales de las letras. Balzac, Dickens y Dostoievski. Aquí, el canon regresa al siglo XIX y deja huérfanas las dos centurias siguientes.

Zweig eligió de Balzac la "esfera" social de sus obras. Analizó de Dickens su mundo literario que pivota sobre la familia. Del autor ruso Dostoievski, el escritor y crítico austriaco destacó su poderío para ser Uno y Todos. Zweig rescató en su ensayo sus biografías y las vinculó directamente a sus obras. Cuajó así un canon decimonónico en forma de trinidad inseparable.

Para terminar este recorrido por los ensayos que buscan un canon inigualable a ninguno, habría que regresar, de nuevo, a Harold Bloom y a una de sus sentencias en su prólogo de El Canon Occidental.

"La literatura no es simplemente lenguaje. El deseo de hacer una gran obra [literaria] es el deseo de estar en otra parte, en un tiempo y un lugar propios, en una originalidad que debe combinarse con la herencia, con la angustia de las influencias".

Nada mejor que un canon para obtener de él las influencias, o para estudiarlo y apartarse, como lectores, o como escritores.

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