28.3.13

Doce preguntas a J.M. Coetzee

Invitado por la Universidad Central, el Nobel de Literatura sudafricano estará en Bogotá del 8 al 10 de abril para participar en un seminario sobre su obra. Antes de su llegada respondió doce preguntas

John Maxwell Coetzee adoptó la nacionalidad australiana en 2006 y actualmente vive en Adelaida./semana.com
Obras de J.M. Coetzee
Obras de J.M. Coetzee

El Premio Nobel de Literatura otorgado a John Maxwell Coetzee en 2003 no fue polémico. El reconocimiento a su obra era unánime y sigue siéndolo: cada nuevo libro suyo despierta interés y anima el debate intelectual.El escritor sudafricano actualmente vive en Adelaida –adoptó la nacionalidad australiana en 2006– ya retirado de la enseñanza: durante muchos años fue profesor de Pensamiento Social en la Universidad de Illinois.
También dio clases de Lengua y Literatura Inglesas en la Universidad Estatal de Nueva York, en Búfalo, y en Ciudad del Cabo, donde nació en 1940. Coetzee proviene de un núcleo afrikáner –holandeses afincados en Sudáfrica– aunque fue educado en la comunidad inglesa a la que nunca se integró del todo. Las relaciones con su país natal no han sido las mejores. Siempre se sintió un exiliado. Desaprobaba el apartheid y al Partido Nacionalista, pero tampoco se identificaba con los negros, su sed de venganza y consignas como “los vamos a tirar al mar”.
En Infancia: escenas de la vida en provincia, su autobiografía en tercera persona, lo único que recuerda con agrado de su país es la granja familiar. Tan pronto como pudo se fue al extranjero: a Londres; a Austin, Texas, en un primer exilio de diez años. En Juventud, el segundo tomo de sus memorias, escribió lo siguiente: “Le desconcierta advertir que aún escribe de Sudáfrica. Le gustaría dejar atrás su identidad sudafricana del mismo modo en que dejó atrás a la propia Sudáfrica. Sudáfrica fue un mal comienzo, una desventaja”.
Sin embargo, por más que intente escapar, su país lo persigue y es el tema obsesivo de gran parte de su obra. Tal vez por eso el racismo, el odio, la venganza, la miseria, la injusticia y la violencia atroz –los temas propios de la sociedad del apartheid y el postapartheid– los ha abordado de una manera indirecta, muy distinta a la forma en que lo hace su compatriota, la escritora Nadine Gordimer. 
Luis Fernando Afanador: No puedo, entonces, dejar de hacerle la siguiente pregunta. ¿Quién lee Desgracia queda con la impresión de que Sudáfrica no es una sociedad viable? Sin embargo, esta novela es de 1999. ¿Sigue pensando lo mismo en 2013?

John Maxwell Coetzee: No estoy muy seguro de qué quiere decir ‘una sociedad viable’. Sudáfrica es un país considerablemente desarrollado y potencialmente rico con una población de más de 40 millones de habitantes. No veo por qué sus ciudadanos no puedan tener un futuro próspero, a pesar de las diferencias del pasado.
L. F. A.: Pero lo cierto es que no quiso más hacer parte de ese “futuro próspero”. Le pregunto de qué manera ha enriquecido su obra el hecho de convertirse en un ciudadano australiano y vivir en ese país:

J. M. C.: He vivido en Australia durante los últimos 11 años, e inevitablemente mi orientación mental ha girado de África hacia Australia. Así por ejemplo, los tres personajes principales de tres de mis recientes novelas –‘Elizabeth Costello’, ‘El hombre lento’, y ‘Diario de un mal año’– son todos australianos.
L. F. A.: La novela actual ha dejado de lado la reflexión, que parece de mal gusto o asunto del pasado. Ahora parece más preocupada por contar historias que por hacer preguntas. Quien lee a Coetzee se sorprende de ver cómo conviven, sin problemas, las ideas con las historias. Sus novelas son también ensayos que fluyen igual a una narración. Le pregunto si es difícil mantener ese equilibrio. 

J. M. C.: Este comentario se aplica menos a mi trabajo más temprano que al más reciente, el cual ha estado caracterizado por la mezcla de géneros que usted menciona. Por ejemplo, ‘Elizabeth Costello’ tiene el subtítulo ‘Ocho lecciones’, y a primera vista no es claro si se deben leer como historias o como ensayos. Uso la palabra ‘lección’ en el mismo sentido que Bertolt Brecht usa la palabra ‘Lehrstück’, esto es, una acción dramatizada con un propósito didáctico implícito.
L. F. A.: ¿No cree en la división de los géneros? 

J. M. C.: La respuesta corta es no. No creo que la división de los géneros sea don de Dios. 
L. F. A.: ¿Y en la experimentación? Diario de un mal año es una novela de ‘tres pisos’ que cuenta simultáneamente tres historias.

J. M. C.: Yo siempre he experimentado con la forma y espero continuar haciéndolo. Si la forma de la novela no es permanentemente interrogada y renovada, esta se anquilosa y muere. 
L. F. A.: Y, para continuar hablando de las convivencias poco comunes, siempre me ha llamado la atención que sus dos autores favoritos sean Tolstoi y Dostoievski, dos autores disímiles, irreconciliables. "¿Tolstoi o Dostoievski?", dijo George Steiner. ¿Cómo ha hecho usted para reconciliarlos?

J. M. C.: No he reconciliado a estos dos genios sobresalientes ni lo he intentado hacer. Ciertamente he recibido la influencia de ambos en varios momentos de mi carrera. Mi novela ‘El maestro de Petesburgo’ es sobre Dostoievski. 
L. F. A.: Coetzee es un solitario de vida austera que se somete a una rígida autodisciplina. No bebe, no fuma y es vegetariano. Proyecta la imagen de un severo académico más que de un artista. Pero eso es lo que ha sido durante muchos años, un juicioso profesor que escribe novelas con trascendencia más allá del mundo académico. ¿Qué tanto le debe el novelista Coetzee al profesor Coetzee? 

J. M. C.: Fui profesor de literatura por más de 30 años, desde 1968 hasta mi retiro de la vida académica en 2004. No hay duda que el contacto diario con la gran literatura del pasado ha dejado una marca en mi ficción. 
L. F. A.: ¿Y en su vida? Se sabe poco de su vida –es separado, tiene una hija– porque poco le interesa hablar de ella. A no ser como tema literario. En el tercer tomo de sus memorias, Verano, cuatro mujeres y un hombre que lo conocieron –él supuestamente ha fallecido– hacen su semblanza ante un filólogo que está escribiendo su biografía. No queda muy bien librado el señor Coetzee en esos testimonios. Dice Adriana Nascimento, una de las mujeres que lo conoció: “Porque de semejante hombre no podía salir nada bueno. El amor: ¿cómo puede ser un gran escritor cuando no sabe nada del amor”. Por supuesto que se trata de una frase irónica para decir que todos somos creadores de ficciones, sobre todo cuando contamos la historia de nuestra vida. No obstante, ¿por qué se trata con tanta dureza? ¿Acaso le quiso cerrar el camino a sus futuros biógrafos? 

J. M. C.: Dado que no aparezco en persona en Verano, no puedo ser –estrictamente hablando– duro respecto a mí mismo en el libro. Los comentarios fuertes acerca del personaje llamado John Coetzee provienen de varios personajes ficticios en el libro. En relación con futuros biógrafos, una biografía extensa de John Kannemeyer, un sudafricano, se publicó hace unos pocos meses con el título ‘J. M. Coetzee: A Life in Writing’. 
En febrero de 2006 Coetzee publicó en The New York Review of Boooks una reseña sobre Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez, titulada La bella durmiente. Allí, el escritor sudafricano abordaba el tema de la paidofilia –el deseo de un hombre mayor por niñas menores de edad– presente en la mencionada novela del escritor colombiano y en otra anterior, El amor en los tiempos del cólera. Coetzee celebraba la valentía de García Márquez al defender la paidofilia –aunque no la comparta– y mostrar que esta no tiene que ser “un callejón sin salida para el amante y la amada”. A juicio de Coetzee, el gran logro del escritor colombiano en Memoria de mis putas tristes consistió en haber demolido el muro que se levantaba entre la pasión erótica y la pasión de la veneración o culto de la virgen, sincretismo de gran arraigo en los países de tradición cristiana y en especial en el sur de Europa y en América Latina. 
L. F. A.: Lo cierto es que el tema de la atracción de un hombre mayor por una mujer joven también aparece en varias novelas de Coetzee. ¿Ese es uno de sus demonios de escritor u otra provocación contra la corrección política? 

J. M. C.: Siempre celebro cuando un escritor tiene el coraje para escribir en contra de la ortodoxia política o moral. No tengo familiaridad con el concepto de ‘demonios’. No pienso en mí como alguien impulsado por demonios.
L. F. A.: En su visita a Bogotá Coetzee leerá un texto sobre la censura. No sobra recordar que ese es un tema de su interés. Varios de sus libros fueron prohibidos durante el apartheid y, además, publicó una célebre colección de artículos –Contra la censura– donde se ocupa, entre otros, de casos de censura en el arte, en los medios de comunicación y en la vida sexual. “Bajo la censura no florece la literatura”, dice en uno de ellos. Al clausurar el seminario sobre su obra, leerá otro texto literario, inédito. Le pedimos un adelanto.

J. M. C.: El texto es una historia titulada La vieja señora y los gatos. La vieja señora es Elizabeth Costello. 
Para quienes no la conocen esta “vieja señora” es un álter ego –y a veces mala conciencia– de Coetzee, que ya ha sido un personaje de dos obras anteriores. Tiene 66 años y es autora de varias novelas, libros de poesía, ensayos y artículos periodísticos. Sin embargo, la obra que la lanzó a la fama y generó “una pequeña industria crítica” alrededor de ella fue su cuarta novela, La casa de Eccles Street, cuyo personaje es Marion Bloom, la esposa de Leopold Bloom en Ulises, de James Joyce. Terca, obsesiva, indomable, esta señora casi septuagenaria –a la manera de un Quijote que lucha con molinos de viento– defiende sus ideas ante auditorios adversos. Bueno saber que la señora Costello seguirá dando lora. 
L. F. A.: Coetzee no parece un escritor muy viajero. ¿Qué lo motivo a venir a Colombia?

J. M. C.: De hecho viajo muchísimo. El año pasado tuve el placer de conocer por primera vez al profesor Isaías Peña Gutiérrez, que estaba de visita en Australia y quien amablemente me invitó a Bogotá para participar en una conferencia académica dedicada a mi obra. Estoy contento de haber aceptado su invitación.
L. F. A.: Finalmente, quiero satisfacer una curiosidad. En Diario de un mal año hay un escritor mundialmente reconocido que nació en Sudáfrica, se llama John, vive en Australia y escribió un libro titulado Esperando a los bárbaros. Sin embargo, su vecina, la señora Sanders, cree de verdad que él es un escritor colombiano. ¿Para quién es ese guiño?

J. M. C.: Me temo que no me acuerdo por qué la vecina cree (equivocadamente) que el señor C es de Colombia. Lo que sí recuerdo es que hay un certificado o diploma colgando en la pared de sus estudios de un idioma que ella no puede leer, tal vez español, tal vez latín.
No ha sido muy prolífico en sus respuestas el maestro Coetzee. No esperaba nada distinto. Así es él. Así es su prosa: cortante y precisa. De un lirismo lacónico en el que solo importa lo esencial.

25.3.13

El mundo íntimo de Paul Auster y Siri Hustvedt

Los novelistas y ensayistas abrieron su casa de Brooklyn para compartir su universo

 La pareja de escritores en su residencia de Park Slope. Ari Maldonado Espay./eltiempo.com
– ¿Quieres una copa de vino?
Paul Auster abre la puerta de su casa en Brooklyn –que en 1892 nació como una mansión de ladrillos y ventanas angostas– y camina hacia la alacena. Deposita la botella de Sancerre blanco sobre su mesa de laca bermeja. No espera la respuesta: la descorcha, sin sonreír. Auster es alto, apuesto, con ojos de gato que penetran al interlocutor sin piedad. Un hombre que irradia fuerza, como su escritura, traducida hoy a más de 40 idiomas. ('Me sentí libre cuando supe que iba a fracasar': Paul Auster)
Por la antigua escalera, se escuchan los pasos de su mujer desde hace 32 años, premiada con el Gabarrón 2012. Muy rubia, estilizada como una gacela, Siri Hustvedt, descendiente de noruegos, ensayista y escritora y, últimamente, cotizada conferencista en seminarios científicos, sonríe desde el rellano.
Son las cuatro de la tarde en Park Slope, Brooklyn. Afuera cae la nieve y el aire se congela a 11 grados bajo cero.
Muy pocas veces los Auster han accedido a conversar juntos. Brillantes ambos, activos en su ping-pong intelectual y emocional, a veces ácidos y otras, militantes, el discurso de los dos escritores se entremezcla, compite, colisiona o se deja llevar, plácido, frente a alguna materia en que por fin están de acuerdo.
Y es ella la que, al principio de esta tarde, da la clave:
– Estamos chocando continuamente. Es parte del encanto de nuestro matrimonio. Muchas mujeres, abrumadas, dicen: “Quisiera tener un esposo que me cuide”. ¡Pero yo no quiero eso! ¡Quiero a alguien que me desafíe, que me lleve la contra! Muchas veces con Paul hemos vivido conflictos, pero jamás nos han paralizado. Estar en desacuerdo y polemizar es lo que ha hecho entretenido este matrimonio, ¡y ya son 32 años!
Paul Auster, escritor prolífico –casi un centenar de títulos entre novelas, ensayos, guiones de cine, libretos de teatro, memorias, relatos y poemarios–, multipremiado internacionalmente y cineasta de culto, uno de los grandes nombres de la novela estadounidense del siglo XX, va más lejos:
– Una vez dije que conocer a Siri me salvó. Salvó mi vida, porque descubrí a la mujer que amaba. Ella me dio, por primera vez, un sentimiento de unión con otro ser humano. Para mí estos 32 años han sido una aventura permanente.
Golpea tres veces con sus nudillos en la mesa roja y bebe el Sancerre en su vaso vidriado. No toma en copa, no usa computador, no tiene e-mail. Mira a Siri con sus ojos de gato y dice:
– Es verdad, Siri, nunca he tenido un mejor amigo que tú.
Hubo un día en que Siri Hustvedt y Paul Auster no vivían en esta casa de techos altos, caobas y alfombras persas. No existía la lámpara Tiffany ni la colección de porcelanas antiguas que hoy preside el comedor en un aparador que alguien instaló hace más de cien años. Tal vez, y a lo sumo, a Paul lo acompañaba su fiel hilera de máquinas de escribir en miniatura que hoy se desperdiga en cada rincón de los tres o cuatro pisos que la pareja habita.
Eran tiempos duros. Tiempos de pobreza. El novelista, que acumula una docena de premios internacionales, entre ellos, el Médicis de Francia y el Príncipe de Asturias, recuerda esos brutales días de carencia:
– Yo fui pobre y pasé apreturas demasiados años. Cuando me casé con Siri y después nació, en 1987, nuestra hija Sophie, vivíamos en un departamento diminuto. A veces me preguntan qué es para mí el éxito. Es una pregunta difícil, que me obliga a plantearme al frente de mi obra como escritor, a mirarla desde afuera. Porque el éxito refleja cómo los demás te ven, no cómo uno se siente.
Uno solo hace su trabajo. Mi primera novela fue rechazada por 17 editores y ahora está publicada en 43 idiomas. Fueron 17 editores que no la entendieron –porque nadie la entendía–, pero yo sabía que ahí había algo. Tenía razón.
Ahora la encuentran genial. No sé cómo se mide el éxito, porque, si te miden, te conviertes en objeto y yo me resisto. Para mí el éxito es contestarme estas preguntas: ¿Puedo hoy ganar suficiente dinero para seguir trabajando? ¿Gano para poder escribir? Eso es todo lo que me interesa, por eso para mí el dinero fue un gran tema durante años. Más de una vez despaché rápido un texto para poder conseguir unos dólares y comer o pagar el arriendo. Puedo decirte que, cuando no se tiene dinero, sólo se piensa en él. Hasta que tuve 40 o 41 años, luché para sobrevivir y, por eso, los últimos 25 años de mi vida han sido mucho mejores que los 40 anteriores.
Época dura los 80. Ella evoca: “Éramos dos escritores oscuros que nadie conocía en Estados Unidos”. La autora de La mujer temblorosa y El verano sin hombres –con media docena de novelas traducidas a 30 idiomas, además de ensayos y poemarios– también era pobre: había llegado desde Minnesota a Nueva York para estudiar en Columbia. Sobrevivía con pequeños trabajos:
– En la universidad trabajé muy duro para subsistir. Fue difícil, hacía mil trabajitos, lo que llegara. O no comía. No olvido mi pasado y por eso sé que el éxito sirve para ser libre. Hoy tengo independencia financiera gracias a mi trabajo y eso me otorga libertad. El éxito me ha hecho independiente y libre, también de Paul. Por primera vez, los dos trabajamos tranquilos, sin sobresaltos.
Al nacer Sophie, quien hoy es cantante y actriz y vive en Tribeca, al sur de Manhattan, Auster emigró de su casa para poder escribir. Mantiene el hábito:
– Era tan diminuto nuestro departamento que, ahora que éramos tres, ya no cabía yo cuando escribía. Era imposible concentrarme por falta de espacio, entonces arrendé un pequeño estudio para poder trabajar. Escribí ahí varios años y, cuando nos pudimos comprar esta casa, me trasladé con mi máquina de escribir al subterráneo. Pero cuando la hermana arquitecta de Siri le remodeló su propio estudio de trabajo, creo que sentí envidia. ¡Era tanta la luz, tan claro el espacio, algo fascinante!
Con Siri Hustvedt instalada en el piso superior –un estudio tapizado de libros con una luz brillante que rompe el invierno– Auster abandonó su subterráneo y el comedor, en cuya mesa trabajó por años, y arrendó un estudio vecino. Se convirtió en su espacio. Desde allí captó la atmósfera multirracial de Brooklyn que, junto a Manhattan, constituye uno de los nervios centrales de su obra.
Auster pertenece a Nueva York. Hoy se toma largas pausas entre libro y libro, lo que no hace su mujer. En ellas sale poco, se ha vuelto muy casero, dice su mujer con una carcajada. Él la interrumpe. Alega que no tanto, que no ha visitado su estudio porque, desde Navidad, no han parado de viajar. No están de acuerdo una vez más. Se ríen, cómplices.
– José Donoso y Roberto Bolaño fueron dos ejemplos de escritores que arrendaban estudios para escribir. ¿Es una cosa de hombres?
Siri Hustvedt salta. Responde con ojos flameantes:
– ¡No! ¡Te olvidas de Virginia Woolf! Ella fue la primera escritora que identificó la necesidad de un cuarto propio y lo defendió en A Room of One’s Own. Dejó establecido que los hombres se sienten con el derecho natural a tener su propio espacio para crear, mientras que las mujeres tenemos que pedir permiso y perdón. Virginia nos enseñó que, para una escritora o pintora o escultora, tomarse el espacio y el tiempo necesario para la creación es un derecho fundamental.
A Siri Hustvedt el feminismo le brota. No es novedad; como escritora y charlista, ha sido casi militante:
– Nos han preguntado –sobre todo al principio, ahora mucho menos– si, a pesar de nuestro sólido matrimonio, hemos sido una pareja de creadores afectada por celos profesionales. El caso es que, íntimamente, somos muy buenos amigos y nos apoyamos en esencia. Fue así desde el principio. La irritación que a veces siento no proviene de nuestra relación, sino de afuera, por comparaciones de nuestra obra, de nuestra fama o por presunciones sexistas, visiones que nos ponen como antagonistas. Hay algo claro: Paul era un escritor absolutamente oscuro cuando lo conocí. Nunca fui una mujer que se impresionara con su éxito o celebridad, simplemente porque en esa época ni siquiera lo conocían en Estados Unidos. Durante años escuché lo contrario y siempre me indignó, era una presunción sexista. Yo nunca fui la pobre estudiante que se encandiló con el escritor famoso.
Paul Auster:
– Cuando nos conocimos, en los inicios de los 80, yo solo había publicado poemas, ninguna novela aún y, a lo sumo, tenía cien lectores en el mundo. Después de años de traducciones y poesía, terminaba mi primer trabajo en prosa: La invención de la soledad. Como Nathaniel Hawthorne dijo antes de publicar La letra escarlata en 1850, yo era “el más oscuro escritor de las letras norteamericanas”.
Son las 18:30. La botella de Sancerre está vacía. En un rato los escritores comerán en el Pen Club de Manhattan. Para prolongar la conversación, que la oscuridad de la ventana ha vuelto más íntima, ella canceló una cita. Espontánea y suelta, esta nórdica criada en Estados Unidos sube, con risas, al baño. Al regreso dice:
– Hay algo en lo que ambos coincidimos profundamente. Ningún creador escribe porque lo eligió; la escritura te ha elegido. Es una urgencia, una necesidad en tu vida. Si no escribieras, te faltaría algo desesperadamente esencial. Por eso, compartir 32 años ha sido tan gratificante para Paul y para mí, porque tú sabes en qué está el otro, aunque no te lo diga. Hay una comunicación real y espontánea.
Paul concuerda. “Me han preguntado cien veces si ser ambos escritores me dificulta o facilita vivir con Siri. Siempre respondo igual: no veo lados negativos, jamás ha sido un problema, al contrario. Tengo la suerte de vivir con alguien que comprende lo que hago, y por qué lo hago. Y tengo a la lectora más inteligente a que podría aspirar en mi propia casa. Ni una sola línea mía sale de aquí sin la venia de Siri. Es la crítica de mis libros que más respeto en el mundo”.
La sorpresa en la vida diaria es un ingrediente fundamental para los Auster. Es con los ojos llenos de entusiasmo que el escritor de 66 años ahonda en el tema:
– Uno de los grandes placeres que vivimos es que continuamente nos sorprendemos con nuestra escritura. ¡Es un proceso fascinante! Leo algo de ella y quedo desconcertado; tengo que correr a preguntarle: “¿De dónde sacaste esto, cómo se te ocurrió?”.
Siri, con 57 años recién cumplidos, explica esta sorpresa a través de la mente humana. En los últimos años, su interés por la ciencia y el cerebro, además de ser un motivo en sus novelas, la ha llevado a reinventarse como conferencista científica. Recibe invitaciones de grupos de psiquiatras, psicólogos y médicos que requieren su palabra.
“No tengo dudas de que en el trabajo literario aflora la parte subliminal de una persona, como si la personalidad y los pensamientos se volvieran material de literatura. Es por esto que Paul y yo nos sorprendemos tan seguido, porque no conocíamos esa parte de nosotros mismos”.
– ¿Puede ser que uno no se conozca después de 32 años?
– ¡Claro! Hay que tomar en cuenta que no solo la otra persona es un extranjero en nuestras vidas, también lo somos para nosotros mismos. Esa dualidad no puede olvidarse. Todo trabajo creativo emerge a veces como algo totalmente ajeno a su creador. La mente trabaja en forma secreta e independiente. Es fascinante y es la causa de nuestra sorpresa. Particularmente, y esto es muy importante, porque solo nos leemos al final de nuestra escritura, cuando el libro está terminado.
Paul Auster detalla la fórmula que inventaron para calibrar su producción literaria:
– Jamás nos mostramos ni discutimos un libro antes de terminarlo. Es un misterio que se revela solo al final; es mucho más interesante. Nos hemos acostumbrado a respetar el silencio y la total privacidad del otro en su acto de creación. Esta es una actividad tremendamente solitaria y, si no te gusta estar solo, dedícate a otra cosa.
Siri, atenta a que no se desvirtúe su propia visión de los hechos –actitud que preside toda su conversación–, interrumpe: “Es verdad. Pero también es cierto, y creo que Paul concordará, que cuando ambos cerramos el lapicero, la máquina de escribir y el computador y nos preparamos para disfrutar nuestra noche –la comida, nuestra conversación, etc,–, dejamos de ser escritores, ya no trabajamos. Admito que, a veces, los personajes de una novela siguen danzando alrededor mío y me hablan en la cama. Pero hemos aprendido a hacer un corte”.
– Tienes que hacerlo. He aprendido con los años que, una vez que cierras la puerta de tu estudio, no debes pensar más en ese libro. Ahí es cuando se pone a trabajar tu inconsciente. Él trabaja mientras tú comes, ajeno a todo. Es una maravilla y funciona como reloj, dice Paul.
– ¿Su mente sigue trabajando en su novela?
– (sonríe) Estoy convencido de que el inconsciente soluciona muchos problemas en la creación. Muchas veces dejo mi estudio en la noche, bien complicado, sin saber cómo resolveré la situación. Cierro la puerta y me pongo a hacer otra cosa: como o hablo con un amigo. Después me voy a la cama con la mente en blanco. Al otro día, en el 80 por ciento de los casos, sé exactamente cómo salir del embrollo. Con Siri, quien habló de esto en La mujer temblorosa, sabemos que el trabajo subliminal no para en la vida de un escritor.
Siri interviene: “No solo el sueño resuelve problemas creativos, también ayuda a calmarse: el relax tiene una función aclaradora. Moverse es también importante. No hablo de correr cien metros planos, sino de subir una escalera, dar vueltas en una pieza, prepararse un café. La actividad motora suelta las ideas. Cuando yo estoy atrapada en mi escritura, bajo y me pongo a doblar la ropa recién lavada.
Mientras la tarde se hace noche, coinciden en que no tienen ceremonia especial ni amuleto antes de empezar un nuevo libro. Ni pulsan la primera tecla vestidos con un suéter azul ni observan una fecha, como hace, por ejemplo, Isabel Allende, para quien el 8 de enero es sagrado. Auster irrumpe con una precisión:
– Mis dos últimas obras fueron comenzadas, por casualidad, un 3 de enero. Diario de invierno, el 3 de enero del 2011, y Report from the Interior, que será publicado este año, el 3 de enero del 2012. Son trabajos gemelos. Diario de invierno habla de cosas y hechos físicos que me ocurrieron o me ocurren. Este nuevo es sobre aspectos espirituales, emocionales e intelectuales. Ambas obras se complementan.
Paul dice que sus libros mellizos retratan el despertar de la conciencia cuando niño y, después, como adulto joven. “Por ejemplo, ¿cuándo fue la primera vez que me di cuenta de que era un estadounidense? ¿Cómo respondí en mi infancia a la conciencia de que era judío? ¿Cómo evolucionó mi pensamiento? Tiene que ver con el despertar de la conciencia, mis ideas políticas, mis ideas morales”. Curiosamente, el premiado novelista no los ve como autobiográficos.
– De ninguna manera y es extraño. No son autobiográficos en el sentido clásico. Primero, están escritos en segunda persona y, segundo, pueden tratarse de la vida mía o de la de cualquier persona. Quise retratar y compartir mi experiencia de los hechos más banales en la vida de un hombre, como un ejemplo de lo que se siente al estar vivo. Eso es todo. Creo que un lector puede identificarse o usar estos libros como un catalizador para reflexionar sobre su vida y sí mismo.
– ¿La memoria y la imaginación son importantes?
– ¿Acaso hay alguna otra cosa? Son fundamentales. No solo para un escritor, para cualquier persona. La memoria es la que nos hace ser quienes somos, tener conciencia de existir.
Siri Hustvedt también inicia el 2013 con un libro nuevo. Se llama The Blazing World (El mundo ardiente o abrasador). Tiene muchos personajes que hablan en primera persona y se centra en una artista visual muerta. Igual que su marido, la escritora y ensayista lo entregó al editor en Navidad.
Cuando se habla de creatividad, a Paul Auster no le alcanzan las palabras. Comenzó escribiendo prosa a los 15, pasó a la traducción y a la poesía. En algún minuto se sintió atrapado en sus poemas y retornó a la prosa. Ahí encontró su verdadera vocación. Siri Hustvedt también comenzó en la poesía y fue derivando a la prosa. Su marido explica:
– En un momento supe que ya no podría escribir poesía, era un terreno limitado. Comencé a repetirme, lo peor que le puede pasar a un escritor. Me tomé una pausa de un año –creo que escribí una novelita de detectives porque necesitaba desesperadamente el dinero– y, cuando volví, fue en prosa. Ya no pude parar.
Reconozco que a veces digo que la escritura es una enfermedad, porque el arte puede ser y es un proceso doloroso. Es contradictorio, te da inmenso placer, pero, para hacerlo bien, tienes que invertir mucho y tener una gran fuerza emocional.
Siri Hustvedt redondea la idea y aclara:
– Para convertirte en artista es fundamental aferrarte a la idea de una grandeza adaptada, sentirla adentro, en tu corazón y en tu mente. Significa tener un sentido muy firme y claro de que hay algo adentro tuyo que es valioso y que vale la pena compartir con los demás. Ese es tu impulso creativo, el que te hace perseverar. Paul siempre recuerda a Ingmar Bergman, cuando decía: “Mi trabajo como director de cine es convencer a mis actores de que su trabajo importa. Porque todo lo que hacemos es de mentira, no existe”.
Si Hustvedt se ha reinventado como conferencista científica, Auster se concentra en la escritura. Pero añora hacer películas y es considerado un cineasta de culto, después de sus incursiones de los últimos 15 años.
– Adoro filmar. Pero hacer cine es muy caro: necesitas un millón de dólares para una película. Y el tipo de cine que me interesa –obras pequeñas, modestas, fuera del mainstream– no encuentran financiamiento. No me cierro a la idea de volver a tomar una cámara. Solo que escribir es mucho más razonable, porque también me encanta hacer novelas, se distribuyen rápido y llegan a millones de lectores, después las traducen a 40 o 50 idiomas... entonces el esfuerzo creativo ha valido la pena. Pero con Siri decimos siempre que uno nunca sabe a dónde lo llevará la vida. Si tú nos hubieras conocido hace 25 años, sabrías que hoy somos los mismos, pero también somos otros.

11.3.13

Ospina: "Toda realidad está fundada en mitos"

El narrador colombiano, premio Rómulo Gallegos 2009, habla de Ursúa, la novela que dio inicio a su trilogía sobre la conquista de América, y del sentido profundo de la literatura cuya función, según el autor, consiste en "recoger las preguntas de su tiempo"

La obra de Ospina invita a reflexionar sobre la relación del hombre con la naturaleza./Diego Spivacow/adncultura.com
"Nosotros desaparecemos pero las preguntas y respuestas que alcanzamos a vislumbrar quedan allí, cada quien tiene la posibilidad de formular las cosas que la historia le permitió sentir y pensar." Con la impronta de considerar la literatura como un interrogante intenso y persistente, William Ospina (Padua, Colombia, 1954) le dio forma a una notable obra poética y ensayística que le otorgó un lugar privilegiado en las letras colombianas. Fue también una pregunta lo que lo llevó a emprender su obra narrativa, casi veinte años después de su primer libro de poemas. La curiosidad por descubrir los orígenes de Colombia y su población despertó la necesidad de narrar su propia visión de la historia.
Así nació Ursúa (Mondadori), novela en la que cuenta el derrotero de Pedro de Ursúa, un conquistador y adelantado navarro del siglo XVI que fue asesinado en una de las primeras expediciones europeas al Amazonas. La descomunal historia del personaje hizo desbordar el relato, que tuvo que ser continuado en las novelas El país de la canela , ganadora del premio Rómulo Gallegos 2009, y La serpiente sin ojos . No obstante estar basadas en acontecimientos reales del pasado, las novelas escapan al fácil rótulo de "novela histórica". Su prosa parece crecer en la lectura e intentar capturar la vibración de los colores y la violencia de los actos. Un esfuerzo de escritura que, más que aportar una versión original del pasado, se propone la reconstrucción completa de un mundo perdido.
"Hace unos veinte años me encontré con la obra de un poeta del siglo XVI, Juan de Castellanos, que escribió un relato muy extenso sobre la conquista de las regiones equinocciales de América y del Caribe", contó a adncultura Ospina, de visita en Buenos Aires. "Hacía mucho tiempo que buscaba respuestas sobre los orígenes de Colombia así que el libro me apasionó. Además era un poema, no un libro de historia ni una crónica seca, sino algo lleno de vida y de detalles. Me puse a escribir Las auroras de sangre , un ensayo sobre Castellanos."
-¿Cuál fue su lectura del poema?
-La obra, escrita en octavas reales de hace cuatro siglos, tenía fama de ser farragosa y difícil de leer. Al leerla vi que más allá de las dificultades sus temas eran apasionantes y su manera de contar, muy directa, sin adornos ni demasiados artificios. Castellanos utilizó el verso porque era la manera más duradera de conservar las historias. No correspondía a la poesía de ese entonces, más hiperbólica y afín a los mitos griegos y latinos, como podría ser La araucana de Alonso de Ercilla. Esta obra era más moderna, narraba los hechos en toda su crudeza e intensidad sin intención de embellecerlos, y se animaba al mestizaje lingüístico. Aunque el español de entonces estaba en condiciones de escribir el Quijote , era una lengua que enmudecía ante América, no tenía palabras para nombrar lo que veía.
-¿Cómo pasó de la escritura del ensayo a la de Ursúa , la primera novela de su trilogía?
-Luego de terminar Las auroras de sangre sentí que había ciertas historias que yo podría contar tal vez con mayor nitidez que otros, porque me había familiarizado durante años con los detalles de la conquista. El relato escolar que nos llega casi siempre se centra en tres o cuatro hechos, pero descarta la intensidad abigarrada de ese mundo. No capta el asombro de los españoles ante un paisaje tan distinto, ni su lucha no sólo con los pueblos indígenas sino también con los climas, los ríos y las montañas. Tampoco recupera el choque que vivieron los indígenas: la crueldad de los conquistadores, los caballos que no conocían, los perros feroces que fueron una de las principales armas, la pólvora y las espadas, el cristianismo. Los españoles decían que los indios eran idólatras porque veneraban unas piedras, o al sol, pero éstos veían que los españoles adoraban a un par de leños cruzados y también los creían bárbaros.
-¿Por qué eligió narrar la historia de Pedro de Ursúa?
-Cuando tomé la decisión de escribir la novela sabía bien qué escoger de tanta profusión de hechos. Quería contar los primeros viajes europeos al Amazonas, sobre todo comparar el primero, que fue de descubrimiento, con el segundo, que fue de conquista. La primera vez no sabían que existieran la selva ni el río. Iban a buscar canela; no la encontraron pero se toparon con la selva amazónica. Fue un viaje de fuga a través de ella. El segundo viaje, que organizó Pedro de Ursúa veinte años después, fue muy distinto: ya conocían la existencia de la selva y del río y tuvieron la demencia de pensar que podían conquistarlos, cuando ni siquiera en el presente se ha logrado del todo. Es un buen símbolo de la ambiciosa sociedad española de entonces. Pero sus proyectos desmesurados dan un indicio de su grandeza. No se trata sólo de hablar de su codicia y brutalidad, que eran grandes, sino también del valor que se requirió para explorar un mundo extraño, casi un planeta desconocido.
-A Ursúa le siguieron El país de la canela y La serpiente sin ojos . ¿Cómo surgieron estas continuaciones?
-La información sobre los viajes era tan copiosa que un solo libro no iba a bastar, iban a ser como mil quinientas páginas. Para comprender las diferencias entre el primer viaje y el segundo era necesario reconstruir un mundo entero. También tenía que crear un retrato fiel de Pedro de Ursúa, el centro de esta aventura. Al investigar sobre él descubrí sus años tempranos. Llegó al territorio de lo que hoy es Colombia a los diecisiete años, con su tío, que era un juez de residencia de varios conquistadores. Partió al Amazonas recién a los treinta y tres. Su vida hasta entonces fue una historia de guerras típicamente colombiana, de esas que todavía no acaban. Con hombres armados que irrumpen en las aldeas y arrasan y masacran. Lo de siempre: una guerra eterna por la riqueza, que a veces es real y a veces es quimérica, pero siempre produce sangre. Ursúa libró cinco guerras: contra los panches, contra los chitareros; contra los musos, en la región de las esmeraldas; contra los taironas en las ciudades perdidas de la sierra nevada de Santa Marta, cerca del Caribe, y finalmente contra los cimarrones de Panamá. Cuando terminé el primer libro, todavía no había comenzado a narrar la travesía por el Amazonas. En el segundo libro conté cómo Ursúa se enteró del viaje que había hecho Francisco de Orellana. En el tercero, cuento cómo Ursúa decide emprender su propio viaje y encuentra su final en la selva, a manos de Lope de Aguirre.
-¿Cómo caracterizaría hoy a Pedro de Ursúa?
-Era un típico conquistador español, en lo que tiene de salvaje y de gallardo príncipe renacentista. Para la escritura fue importante encontrar una mirada y un tono de voz que no reprodujeran la leyenda negra de los conquistadores como monstruos de maldad, ni la leyenda rosa de que fueron civilizadores y portaestandartes de la cultura. La historia no se puede leer con parámetros tan estrechos. Hubo mucho valor y heroísmo, abnegación a veces, y sin duda también mucha barbarie y codicia. Quien me enseñó el tono fue Juan de Castellanos, que, a pesar de ser un poeta español y miembro de los ejércitos, tuvo palabras nobles y generosas para los pueblos indígenas y una curiosidad extraordinaria por sus mitologías. Se quedó setenta años en América luego de haber vivido sólo diecisiete en Europa.
-¿Cuál fue la importancia de elegir un narrador mestizo para encontrar ese tono?
-Era esencial definir quién iba narrar. El personaje narrador cambia a medida que avanza el relato. Al comienzo está lleno de admiración por su amigo Pedro de Ursúa, hace una biografía de tono europeo clásico. Él mismo en su juventud se siente muy europeo. En el segundo libro ya es un poco más consciente de su condición mestiza. Le ha tocado ya padecer el vértigo de la conquista. Mientras que Ursúa es una biografía, El país de la canela es una autobiografía. En La serpiente sin ojos , yo anhelaba que se pudiera oír la voz indígena. Algo imposible, porque los indígenas de ese entonces fueron exterminados y no pudieron contar su versión. El narrador hace esfuerzos para hablar y sentir como nativo, y a veces en la narración se cruzan voces y frases que yo mismo no sabría bien a quién atribuir. Entraron allí cuando buscaba algo que no fuera la voz del narrador sino la de la selva misma.
-Un aspecto clave de la novela es el estilo casi barroco, con un intenso ritmo que embriaga la lectura.
-Aunque quería contar una historia del siglo XVI, tenía claro que no iba a utilizar la lengua de la época. Todo lenguaje fatalmente envejecerá, no vale la pena acelerar el proceso. Lo importante era revivir esa historia y tratar de hacer reales esas selvas en nuestro lenguaje actual. Para mí es claro que ningún escritor latinoamericano puede ignorar que escribe después de Neruda, Borges, García Márquez o Rulfo, y que nuestra exploración del mundo parte de la lengua que ellos nos dejaron. Pero también entendía que contar cómo era América hace cinco siglos requería extremar los recursos verbales. Difícilmente podría hacerse con palabras neutras, desapasionadas o incoloras. Es inevitable que se imponga la exuberancia de las selvas, o el choque de dos culturas tan vistosas como la española del Renacimiento y las indígenas con sus adornos de oro, sus ritos y leyendas. Me estaba enfrentando a un relato que exigía una gran demanda de recursos literarios y un lenguaje por lo menos enfático.
-La exuberancia americana en sus novelas es, sin embargo, realista. No hay un desborde fantástico, como ocurría con el realismo mágico, sino que el mito aparece como el desconcierto en la mirada del europeo ante un mundo que no comprende.
-Toda realidad está fundada en mitos. En la nuestra, aunque no los veamos, están allí: el mito del progreso, el mito científico de la infinita posibilidad de conocer el mundo, el mito tecnológico de la transformación infinita, el mito de la industria que todo lo pone al servicio del hombre y el mito de la supremacía del ser humano sobre el planeta. Esas ideas humanistas, junto con el cristianismo, son los mitos que chocaron en América con las creencias sobre la naturaleza de los nativos: su respeto reverencial por los ríos y las selvas. Si algo diferenciaba a ambos pueblos es que el español se sentía autorizado a ser el amo del mundo. El indígena, en cambio, sabía que con la selva no se debía jugar, que era verdaderamente peligrosa y poderosa, pero que también podía ser dadivosa. Me gustó trabajar ese contraste, ver hasta dónde se podían fusionar y en qué momentos chocaban. En la tercera parte el conflicto se agudizó. A medida que Ursúa avanzaba por la selva, aumentaba la supremacía de la naturaleza y la debilidad humana. Estaba vencido de antemano: la selva no triunfa con una contundencia frontal, sino con pequeños accidentes y desalientos que nos demuestran que no todo lo podemos controlar y que cualquier descuido puede transformarse en un peligro. Aunque traté de ser ecuánime, no puedo evitar que sólo se pueda escribir sobre el pasado desde las preguntas del presente. Estos libros no podrían haberse escrito en el siglo XVI, sino a comienzos del XXI, con nuestras preguntas sobre la naturaleza y el papel que estamos jugando en el planeta, las fuerzas que estamos desatando y los demonios que tentamos.
-¿Cómo cambió la escritura su visión de la historia americana?
-Diría que el esfuerzo fue menos por crearme una opinión definitiva de la historia que preguntarme por nuestra manera actual de habitar el continente. Quizá no todos podamos militar por la naturaleza, pero al menos podremos preguntarnos qué somos con respecto a ella y si podemos relacionarnos con el mundo de un modo distinto que el puro saqueo. Posiblemente las generaciones a las que pertenecemos no puedan detener la inercia de la sociedad industrial, pero las generaciones que vienen no van a nacer en un mundo tan confortable como el nuestro, y para ellas no va a ser una opción sino un imperativo. Creo que toda literatura es la manera en que la conciencia recoge las preguntas de su tiempo, está siempre en la frontera entre los desafíos del mundo al que pertenecemos y los que comienzan para las generaciones que vienen. La aventura de escribir una novela es un esfuerzo por vivir los hechos, además de pensarlos. Yo quería sentirme lo más cerca posible de lo que ocurrió y que el lector pudiera sentir al menos una sombra de lo que fue esa experiencia vital.