15.8.14

Miedos literarios: la duda

 ¿Puede la duda paralizar a un escritor, hacerlo desviar del camino, conducirlo a otro completamente distinto? Quizá

 
Rubem Fonseca:"El objetivo honrado de un escritor es henchir los corazones de miedo"./Ilustración, Fabián Ruiz./elpais.com.co
Diálogos  con Juan Gabriel Vásquez, Ricardo Silva Romero, Andrés Felipe Solano, Piedad Bonnet, a propósito de una declaración de miedo de Héctor Abad Faciolince: ser un escritor que ya no escribe

Puede llegar a ser un miedo espantoso, paralizante. ¿Es realmente bueno lo que escribo? La duda convierte al acto de escribir en algo completamente inútil. Por eso, para un escritor, se trata de un asunto de vida o muerte.

Un comerciante que no le va bien vendiendo zapatos no tendría mayor problema en cambiar de oficio, intentar hacer pizzas o importar telas. En cambio el escritor, el que en realidad es un escritor, no tiene escapatoria. No se escribe para ganarse la vida, sino para justificarla, darle un sentido, comprenderla. El escritor nunca podrá dejar de escribir – el que sienta que pueda hacerlo es preferible que se dedique a otro asunto - y de ahí que la pregunta puede llegar a parecer tan mortal y definitiva como una pistola en la sien. ¿Es realmente bueno lo que escribo?

II


“Cuando vengo a estos encuentros de escritores, me siento como un cura que ha perdido la fe en una reunión de obispos. Desde hace tiempo lo que escribo me sabe mal. Me gusta más lo que escriben los otros. Yo he perdido la fe, yo ya no escribo”.

Era marzo, estaba en Lima en la Bienal de Novela Mario Vargas Llosa y Héctor Abad Faciolince decía que era un escritor que ya no escribía. La cronista Leila Guerriero recordó que en la sala “se escuchó un “¡ah!” aterrado, como si alguien hubiera deshecho el conjuro que mantenía cerrada la puerta de los monstruos.

Si, al decir de Rubem Fonseca, “El objetivo honrado de un escritor es henchir los corazones de miedo”, Héctor Abad logró henchir, esa tarde, mi corazón de miedo”, escribió.

Después Guerriero decía: “Allí, sentada entre decenas de escritores, recordé la voz de Pina Bausch diciendo, con una certeza nacida del horror y de los huesos, “Bailen, bailen, o estamos perdidos”. No he dejado de pensar en esas cosas. Me parecen, a la vez, bellas y tristes, quizás amenazantes. Como la fe, como el amor, como la pérdida de todo lo encontrado”.

III


La escritora Piedad Bonnet también escuchó a Héctor Abad en la misma sala. Muchos años antes, ella también sentía miedo. “La duda en mi caso se manifestó en los primeros años, en la época de la universidad. Es la época en la que las dudas son más grandes. El momento en que tienes que elegir la literatura como una opción de vida. Yo creo que ese es el momento más duro para un escritor. A menos que tenga una vocación muy firme, puede que el miedo lo haga desistir. Porque además generalmente pasa que no se abren las puertas fácilmente. Se enfrentan demasiados obstáculos. Y el escritor puede tender a pensar que es él que falla, no un sistema editorial. Entonces yo, durante mucho tiempo, tuve la idea de que probablemente no era muy buena como escritora, entre otras cosas porque en los concursos literarios sacaba siempre el segundo puesto. Y eso me parecía horrible. Pero me pudo la pasión. Pudo más la pasión por la escritura que la duda”.

Quizá la única pequeña certeza de un escritor es la aceptación de los lectores. Una diminuta certeza de la que tampoco hay que confiarse demasiado. El miedo en realidad nunca desaparece.

“A mí por ejemplo - dice Bonnet- me da mucho miedo repetirme. Me da miedo caer en los vicios literarios que yo odio: el sentimentalismo, el efectismo, el lugar común. Siempre le estoy huyendo. Aunque uno nunca sabe hasta qué punto logró sortear esos peligros”.

Mientras escuchaba a Héctor Abad, Piedad pensaba también en sí misma. Lo que estaba viviendo Faciolince – “una tragedia, yo sé que lo vive como una tragedia” - ella lo está padeciendo. Bonnet no está escribiendo. O muy poco. Y se ha planteado el problema: los momentos de esterilidad literaria.

“Sin embargo, yo encontré la manera para que no me afecte tanto. Y estoy de acuerdo con Héctor. Si a uno no le están saliendo las cosas bien, es mejor dejar de escribir. No se tiene la obligación de publicar, y menos después de un libro como el que ya publicó él, ‘El olvido que seremos’. A Héctor lo debe de estar paralizando el miedo de la acogida extraordinaria que tuvo su libro, y yo sé que a mí me amenaza algo similar, pero no estoy dispuesta a dejarme vencer por ese miedo. Se tiene que saber que el próximo libro jamás será tan exitoso. Se tiene que aceptar eso. No voy a competir conmigo misma en ese sentido. Yo voy a hacer una nueva obra diferente, que me interese, y que me parezca muy buena. Pero no me voy a preocupar porque los lectores se aburrieron. Yo voy a hacer lo que mejor pueda dentro de la nueva idea”.

IV


El escritor siempre duda, pero hay diferentes maneras de hacerlo. El novelista Juan Gabriel Vásquez lo plantea de la siguiente manera:

“Si duda de su vocación, no se dedique a esto. Un escritor de verdad seguirá escribiendo a pesar del rechazo, de la incomprensión, de la crítica destructiva y de cualquier otro obstáculo, porque no puede no escribir. Mi consejo es: si usted siente que puede vivir sin escribir, que la vocación no es tan fuerte como para organizar la vida entera en función de ella, mejor haga otra cosa. En cambio, si duda de su manuscrito, recuerde que también dudaron todos los grandes, de Melville a Vargas Llosa. Pero que la duda no lo paralice: la única manera de corregir un manuscrito es terminarlo primero.

El tiempo que dedica a dudar, dedíquelo mejor a leer y a estudiar a los maestros. Todo está allí. Lea también el lado B de la literatura: las cartas, los diarios, las entrevistas. En una carta de Flaubert, en los diarios de Kafka, en las entrevistas que la Paris Review lleva décadas haciendo, no solo hay soluciones: hay apoyo para los momentos de duda. Que son mucho más frecuentes que los otros, además”.

Dudar de lo que se escribe no solo es necesario, sino también un síntoma de que se están haciendo las cosas bien. Cierta duda, al fin y al cabo, no debería ser tan espantosa como parece. “Todavía dudo. Creo que abandonar la duda sería la muerte”, dice el cronista y novelista Andrés Felipe Solano.

Juan Gabriel Vásquez agrega: “La única manera de ser escritor es una mezcla rara de duda permanente y de confianza ridícula en uno mismo. Un escritor está preguntándose todo el tiempo si lo que escribe tiene algún valor, si es lo mejor que podría escribir o si tiene derecho a escribirlo. Al mismo tiempo, un escritor tiene siempre la convicción de que escribe porque tiene algo importante que decir. También escribe porque no puede vivir sin hacerlo, de manera que seguirá adelante pase lo que pase. Más que necesaria, la duda es indispensable. Hay que dudar de cada frase, en el sentido de cuestionarla y enjuiciarla constantemente: preguntarnos si esa frase podría ser mejor. Hay que dudar del libro entero: preguntarse por qué es necesario que ese libro vea la luz, y si se justifica exigirles a los lectores que inviertan su tiempo en él en lugar de estar leyendo, por decir algo, a Borges o a García Márquez. Cuando no hay duda, cuando escribo párrafos o páginas enteras sin ninguna incertidumbre, sé que algo va mal. Y vuelvo a empezar. Escribir ficción, en particular, es crear algo donde no había nada. No hay reglas y nadie le puede decir a uno cómo se hace. Por eso es tan difícil y por eso está uno dudando todo el tiempo”.

V


¿Cómo controlar un miedo que nunca va a desaparecer? Piedad Bonnet encontró una manera. La certeza de que si el escritor produce un texto cuyo destino será un cajón, nada más, o la papelera del computador, no suceda nada en realidad. “Si no puedo volver a escribir, ya hay una obra hecha. Pero más allá de eso, es que uno no debe considerarse tan importante. Ese es un camino para vencer el miedo. Si uno deja de hacer una obra, a nadie le importa. Mira Milan Kundera. No sé qué le sucedió. Me encantaría saber. Hace mucho tiempo, siete, ocho años, que no publica un solo libro. Y los lectores adoramos a Milan Kundera. ¿Pero qué le ha pasado? Nada. No publica y no sucede nada. El resto, pensar que uno tiene que seguir produciendo hasta el fin, es vanidad y soberbia”.

El escritor Ricardo Silva Romero encontró otro método para controlar el miedo, disipar las dudas.“Trato de descargar la responsabilidad de la lectura de una novela y eso me alivia bastante. Es decir: hay un punto en que me alcanzo a decir que mi responsabilidad es escribir lo mejor que puedo las cosas que escribo. Porque si uno también se pone la responsabilidad del editor, o de ser el lector de lo que escribe, es muy probable que nunca publique nada, que nunca llegue al otro lado. No puede haber un crítico más brutal o un editor más injusto que uno mismo. Entonces, es muy difícil estar seguro de lo que uno ha escrito, estar convencido, saber que está perfecto, que no le falta nada, que se logró lo que se quería transmitir. Pero lo que se puede tratar de alcanzar cuando se escribe es la sensación de que se hizo lo mejor que se podía y se logró poner en marcha la idea que se tenía. Creo que hasta ahí se puede llegar en términos de tranquilidad y seguridad”.

Escribir es igual que subirse a un escenario para actuar. Significa exponerse demasiado, mostrarse demasiado, arriesgarse. Ricardo Silva sabe muy bien que sería un pésimo actor. Tiene el sentido del ridículo muy desarrollado. Le preocupa en exceso la manera como se comporta con los demás, controla sus gestos. Le daría pánico subirse a un escenario a actuar. Extrañamente, mientras escribe, es distinto. Se arriesga, es inconsciente de alguna manera de sí mismo, se deja perder. Atreverse es otra manera de vencer el miedo.

“Hay gente por lo contrario que en la página 30 de una novela se pone a releerla y se da cuenta o supone que está mala, y la obra llega hasta ahí. El mundo está lleno de novelas que llegan hasta la página 30. A sus autores les entra un arranque de duda, la sensación de que están escribiendo algo innecesario o malo, y reaccionan y tratan de corregir y caen en una trampa mental que nos acosa a todos los que trabajamos escribiendo: la duda de para qué estamos haciendo esto si ya hay tantos libros y obras maestras en las librerías. Esa duda, que yo no digo que me la haya sacudido del todo – de vez en cuando me hago esa pregunta - esa duda acaba con muchas personas. Pero los entiendo. Se sienten como el actor que se está subiendo al escenario”.

VI


Un escritor joven que duda debe saber dos asuntos: la duda solo se resuelve escribiendo. Además, insiste Ricardo Silva Romero, se debe aprender a no caer en las trampas mentales, aprender desde muy temprano que su oficio como escritor no es la interpretación de lo que escribe, sino la escritura misma. El paso siguiente, que es cómo será recibido lo que se escribe, es un paso que no está del todo en las manos del escritor.

Piedad Bonnet aconseja también tener fe. El escritor que duda debe creer en él y en lo que está escribiendo. Es lo más importante. Y que persevere. El mundo editorial puede ser difícil, puede ser cruel, pero nada que sea verdaderamente bueno pasa desapercibido.

Juan Gabriel Vásquez recuerda lo siguiente:

“Si un autor bueno duda de su calidad porque no lo publican es que no ha leído lo suficiente. Ni lo suficiente como para compararse con otros y confiar en la calidad de su manuscrito, ni lo suficiente como para saber que la historia de la literatura está hecha de rechazos crueles o injustos. Basta conocer la historia de publicación de ‘Dublineses’, el libro de cuentos de Joyce, para quedar vacunado contra cualquier tipo de desconsuelo. Si el mejor libro de cuentos de la lengua inglesa tardó nueve años en encontrar editor, uno está obligado a la terquedad: trabajar más duro, leer más y tratar de mejorar el manuscrito. O meterlo en un cajón y escribir algo mejor”.

Alimentar la duda, dice Andrés Felipe Solano, conduce al escritor a luchar contra sí mismo. Y justamente en esa batalla se encuentra la razón de escribir.

VII Héctor Abad Faciolince, a propósito, escribe: “Dudo mucho. La autocrítica es necesaria, pero sigo. Estoy en Berlín, y aprovecho el tiempo, precisamente, para terminar una novela. Estoy dedicado a eso, y nada más. Es por esto que no puedo contestar entrevistas en este momento”.
El escritor que no escribía ha vuelto a hacerlo. El miedo ha sido superado. El orden, de alguna manera, se ha restablecido.

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