27.6.14

Jeanmaire: "Acá vivimos una guerra civil constante y no nos damos cuenta"

 La Guerra civil es la última novela del escritor argentino, que la describe como una  historia de amor

Obsesión. “Mi tema de fondo es la sociedad argentina: es la mía y la amo, pero también la odio” / Nestor Siera./revista Ñ
La mañana tardaba en despertarse. Culpa de la llovizna, seguro. O del viento, que llegaba del sudeste dando golpes contra las ventanas del pasillo y contra la copa de la única casuarina del jardín. También golpeaba contra las pocas ganas del hombre y la ninguna gana de la mujer que yacía junto a él, majestuosa, blanquísima, a todo lo largo del lado derecho de la cama. La relación no andaba bien entre ellos. Era inútil mentirse.” Así comienza La Guerra civil, la última novela de Federico Jeanmaire (Premio Clarín de Novela 2009 por su libro Más liviano que el aire), que la describe como “una historia de amor”, y explica que, en su opinión, todas las historias son de amor, que no cree que haya muchos libros “que no trabajen el tema del amor en alguno de sus aspectos”. Y entonces, Jeanmaire, sentado en el living de su casa, se sirve un mate, se saca los anteojos y los coloca sobre el libro que está leyendo – El arte de la guerra, de Sun Tzu– se dispone a charlar con Clarín.
El protagonista de esta historia no tiene nombre de pila, con su apellido, Schnagel, es suficiente. Trabaja como tatuador, pero es un tatuador muy especial: se dedica a cambiar los destinos de las personas. ¿Cómo? Tatuando pequeños cambios en las líneas de las manos de los “pacientes”, como él los llama, que acuden a pedirle ayuda. Pero el día en que transcurre nuestra historia, Schnagel tiene un mal día. Las consecuencias serán terribles. Al mismo tiempo, estalla en la ciudad una violenta guerra civil. ¿Será Schnagel el culpable de todo? La soledad, la incomunicación –y la violencia que provocan– vuelven a ser los temas elegidos por el autor de Las madres no les decimos esas cosas a las hijas.
–¿Por qué una novela sobre el destino? ¿Creés en el destino?
–En lo personal no, yo creo en la voluntad, pero como sociedad, el argentino tiene una relación complicada con el destino. Desde chicos nos cuentan que estamos destinados a ser grandes, y ese destino de grandeza es el que nos impide llegar a ser grandes. Es decir, que como sabemos que en algún momento, este país va a ser grandioso, no hacemos nada en el medio. Nos hace mal creer que las cosas están predeterminadas. Es una forma que tenemos de no hacernos cargo de nada. Me pareció interesante un personaje con una profesión que lo aislara mucho del resto para jugar con la idea de que un hecho aislado pudiera ser el causante de lo que sucede afuera. La idea es que todo es lo mismo, no hay ni adentro ni afuera.
-De nuevo los mismos temas que en novelas anteriores, la soledad, el aislamiento...
-En realidad mi tema de fondo es siempre la sociedad argentina. Escribo sobre ella porque es la mía y la amo, pero también la odio y me preocupa mucho. Creo que en este país somos más felices cuando hay circunstancias críticas. Las cosas no pasan porque sí, y no es común tener crisis tan seguido como tenemos nosotros. Se me ocurre que nos cuesta mucho ser felices y terminamos encontrando cierto placer en situaciones límite, porque así siempre está la sensación de que solo se puede ir a mejor. Este país tiene algo bueno que es que es fácil emprender, hacer cosas, el problema es que es igual de fácil deshacerlas.
-¿Por eso la guerra civil?
-Acá vivimos en una guerra civil constante y no nos damos cuenta. Hay mucha violencia, sólo hay que caminar un poco por la calle para verlo, las miradas, las caras duras, los insultos. Nadie dice gracias ni por favor. Se me ocurrió que una guerra civil podría estallar en cualquier momento generada por la acción de alguien que está en su casa.
-¿El aislamiento de Schnagel tiene que ver con eso?
-El aislamiento de ese personaje es como yo veo a la Argentina. No hablamos, no nos comunicamos y eso es preocupante. Escribo sobre estos temas porque tengo muchas preguntas, no entiendo nada, y la literatura me parece un lugar perfecto para hacer eso, plantearse preguntas, al menos ese el motor que a mí me lleva a escribir. Me siento, me hago preguntas y veo qué se me ocurre narrativamente. Si me pedís respuestas, la verdad es que no tengo.

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