22.8.14

Mil millones de platos vacíos

Caparrós, etnógrafo. Sus viajes de casi una década, para una serie de informes de Naciones Unidas, deparan esta crónica monumental sobre la marea de hambrientos del mundo -tan lejana de lo que aquí llamamos hambre. Sergio Chejfec, narrador de su generación y amigo desde los tiempos de la revista Babel, analiza el rompecabezas de su obra

En Bihar, uno de los estados más pobres de la India. Un hombre subalimentado y una joven esperan en una casa donde pocas horas antes había muerto un chico. Hasta allí llegó Caparrós.
Bentiú,  Sudán del Sur, al límite de la frontera con Sudán. La gente se reúne en la entrada de los campamentos donde viven los soldados en tiempo de guerra.
 
Dhaka, capital de Bangladesh. Esta imagen fue tomada en la cocina de un conventillo, donde cuatro mujeres cocinan, cada una con sus bártulos y con escasa materia prima./revista Ñ
El hambre ha sido, desde siempre, el motor de cambios sociales, progresos técnicos, revoluciones, contrarrevoluciones. Nada influyó más en la historia de la humanidad. Ninguna enfermedad, ninguna guerra mató a más gente. Todavía ninguna plaga es tan letal y, al mismo tiempo, tan evitable. Yo no lo sabía”. Quien así escribe es Martín Caparrós, que acaba de publicar un libro de más de seiscientas páginas sobre el hambre en el mundo. En este trabajo confluyen todas sus facetas: el investigador, el escritor, el viajero, el etnógrafo, el cronista. Ese cruce de disciplinas, ese borramiento de fronteras textuales, no es nuevo para él y podríamos decir incluso que está en el centro mismo de su sistema nervioso. Arrancó como periodista de muy joven y entendió rápidamente que su campo de operaciones era nada menos que el mundo entero. Participó en algunos hitos mediáticos culturales de la vuelta a la democracia, como el programa de radio “Sueños de una noche de Belgrano” y, en televisión, “El monitor argentino”, ambos con su coequiper de entonces, Jorge Dorio, con el que hacían una dupla de enfants terribles de la modernización aperturista. Fundó también con Dorio la influyente revista literaria Babel. Más adelante le llegó la hora a otro de sus proyectos de largo aliento, el libro La voluntad , en tres tomos, una historia oral de la militancia política argentina en los 70, en colaboración con Eduardo Anguita. En los ultimos años, además, ha sido una de las voces más críticas del kirchnerismo. Desde su blog “Pamplinas”, hasta hace poco absorbido en el diario El País, de España, intervino sobre debates coyunturales, como también lo hizo con su libro Argentinismos , que recoge desde su título lo que considera deformaciones nacionales. Grafómano incansable, nunca dejó que estos proyectos interrumpieran su ficción, que ya supera las tres mil páginas.
Para El hambre , Caparrós recorrió medio mundo, una vez más, para relevar ahora las estructuras de lo que quizá sea el problema clave de nuestra época. A lo largo de sus páginas, se distingue un nosotros de la reflexión (que excluye al hambriento) y un nosotros de la crónica (que a su manera y con inexorable distancia, lo incluye e interpela). Ese es el puente que erige el texto.
El volumen tiene un espíritu de denuncia, de panfleto alarmado. Así, desarma mitos o ideas arraigadas alrededor del tema. Por ejemplo, asegura que el hambre en la región de Sahel, en el centro de Africa, no es estructural. Incluso, comparando los diferentes capítulos, caemos en la cuenta de que el hambre en esos países no es consecuencia directa de la pobreza d recursos en esos países. Como enfatiza el autor, Níger (país ubicado al noreste de Nigeria) tiene, por ejemplo, grandes reservas de uranio, uno de los minerales más codiciados para la producción energética, que son explotadas por una empresa estatal francesa. El canon que pagan por ello es insignificante para el tesoro nacional e imperceptible para la población nigerina. Pero la investigación también desmiente otra creencia demasiado extendida, según la cual los países desarrollados han alcanzado la modernidad sencillamente gracias a que hacen las cosas bien... Son capaces, por ejemplo, de destruir un banco de reserva de granos para hacer a los pueblos más dependientes, a costa del hambre.
Por otra parte, este no es un libro suelto, caído del cielo justo en el interior de la biblioteca Caparrós. En los ultimos dos años viene de publicar Comí , una novela de ecos autobiográficos y hedonistas que gira en torno al placer de la gastronomía, y editó también en España Entre dientes , pequeño tratado gastronómico o de “crónicas comilonas”. Con ambos volvió a sus primeras armas en el periodismo, la crítica de delikatessen en la revista Cuisine et vins, que dirigía Miguel Brasco . Los tres juntos pueden formar, para el propio Caparrós, una especie de “trilogía perversa”.

Contanos cómo surgió este libro.
En 2005 me propusieron hacer un trabajo raro, para el Fondo de Población de Naciones Unidas. Consistía en armar una publicación sobre el estado de la población mundial. Tenía que escribir diez historias de vida de jóvenes en relación a un problema distinto cada año: Inmigración, Cultura, Cambio climático, Educación sexual y reproductiva, y otros más. Me llevó por todo el mundo. Tuvo dos efectos para mí ese laburo. Uno fue terminar de interesarme en una forma global de pensar los problemas. De ahí salió Una luna , que tiene que ver con la inmigración; Contra el cambio , sobre el cambio climático. El otro efecto que tuvo fue el de hacerme notar que detrás de todos esos casos había gente que no comía lo suficiente. Ese es el origen de este libro, que hice por mi cuenta, con independencia de ese ámbito.

Uno de los casos más dramáticos que tomás es el de Níger, en Africa central. ¿Cómo es el encuentro con esa realidad tan extrema?
A Níger fui tres o cuatro veces en los últimos años. Es un lugar que me impresionó por muchas razones. En temas de desnutrición es uno de los lugares más pesados, porque es una desnutrición totalmente regular. Todos los años, cuando llega el mes de agosto, se acaba la cosecha de mijo que han levantado en octubre, y no tienen más. Quedan esos meses que los franceses llaman soudure (la soldadura) y los ingleses hunger gap (brecha de hambre). Es una situación increíble porque se repite todos los años, en un país que por un lado es muy pobre y, por otro, tiene las segundas reservas de uranio, sólo que las explotan chinos y franceses, sin que quede nada en el propio Níger.

¿Cuál es el impacto en el escritor al ver a un semejante inmerso en esa situación límite?
Tiene algo que casi da vergüenza decir; existe una dignidad humana en la pobreza extraordinaria de esa región. No se trata de la miseria del conurbano, donde todo es dramáticamente sucio y miserable. Hablo de una pobreza tan ancestral que se sostiene con un porte distinto. Pero me gusta pensarlo como el encuentro con gente radicalmente diferente, que es uno de los grandes atractivos que tiene hacer este trabajo. Estamos demasiado acostumbrados a encontrarnos con nuestros semejantes más íntimos, y estamos totalmente desacostumbrados a encontrarnos con los distintos. El mundo está organizado para que no tengamos nunca esa experiencia, para que creamos que todo es más o menos como lo conocemos; entonces, basta con que de vez en cuando miremos un documental en la tele como para reafirmar la distancia.

Leyendo El hambre, da la impresión de que, si bien recorriste medio mundo, muchas de esas historias se repiten en su dinámica.
Sí. Lo que traté de hacer es que cada uno de los lugares pusiera de algún modo en escena algunos mecanismos de la desnutrición. Por ejemplo, el caso de Níger, donde la desnutrición parece estructural, hasta el caso de Madagascar, donde el problema es la apropiación de tierras a manos de grandes empresas provenientes de los países más ricos. Eso, pasando por todo un largo recorrido que incluye a la Argentina y las familias que viven de la basura del Ceamse, en José León Suárez, donde lo que quería poner en escena era la idea de la desnutrición en el país de la abundancia de alimentos, es decir, la distribución como razón básica.

¿Pero cuando decís “el hambre en Africa”, estás nombrando el mismo fenómeno que cuando decís “el hambre en Chaco”?
Eso es interesante, porque en general ya no existe la hambruna clásica, esa que veíamos por televisión, la imagen de un chico con el vientre inflado y flaquísimo. O existe en casos de guerra o cataclismo natural. La mayor parte tiene que ver con un proceso mucho más lento y continuado, y por eso mucho más indignante. La idea de no poder alimentarse todos los días, como es necesario. En la India, el país con más desnutrición del mundo, es aún peor porque existe una adaptación de millones de personas a una alimentación insuficiente. Quizá no se mueren pero no terminan de desarrollarse y viven toda una vida en condiciones paupérrimas.

¿Cuando en Argentina se habla de desnutrición, entonces, de qué se está hablando?
En general, se trata de un sector cada vez más afirmado que come cada vez peor. Hay un estudio de la antropóloga Patricia Aguirre que trabajó sobre las dietas de los argentinos en los últimos ochenta años. Encontró que hasta los ‘70 casi toda la población argentina comía la misma proporción de carnes, verduras, hidratos de carbono y demás. Después eso se va diferenciando y se va constituyendo una forma de alimentación de los más pobres que es cada vez más carente de todos los nutrientes necesarios, cada vez más consistente en grasas e hidratos de carbono. Alimentos que llenan y son baratos. Eso confirma que desde los ‘70 la injusticia fue creciendo.

¿A quién puede convenirle que haya 900 millones de hambrientos?
Mirá, es una de las cosas que más me sorprendieron en este trabajo: esa cifra coincide bastante ajustadamente con las personas que le sobran al capitalismo. Lo cual es un error para el propio capitalismo, pensado incluso desde su propia lógica, porque necesitás poder usar todos los recursos que tenés, y el sistema no sabe cómo usar a todas esas personas. Entonces las tiene ahí tiradas, sin rol, sin necesidad. Cualquiera que fuera un poco honesto te diría que a todos les conviene que se mueran, porque no sirven para nada pero complican las cosas. Te asustan un poco porque de tanto en tanto saltan una verja y tratan de meterse en el patio de atrás de tu casa... Y además, de vez en cuando las campañas de prensa, la culpa o el Papa molestan, y entonces les tenés que mandar una bolsa de granos, tratar de que no se te mueran demasiado en directo. Yo no creo que lo hagan a propósito, por el sólo hecho de que no les sirvan. Me parece, más bien, que es un error del sistema, y no saben qué hacer con eso.

Sos un conocido sibarita, amante de la buena comida, incluso trabajaste como crítico gastronómico. ¿No te resultó contradictorio con este libro?
Sí, y todavía no sé bien cómo resolverlo. Es obvio que para que uno se coma un buen salmón de Noruega, con alcaparras que vienen de España y un arrocito blanco de Tailandia (algo sencillo), tiene que ponerse en marcha un mecanismo económico y de mercado que es el mismo mecanismo por el cual millones de personas no comen. Si el arroz ese no se pudiera exportar en los países de origen, Tailandia o Madagascar, costaría probablemente tres veces menos. ¿Qué hacés con eso entonces? No sé. Por otro lado, es cierto que compartimos culpas, pero que esa generalización de las culpas no puede significar la dilución de los que tienen infinita más responsabilidad que uno: aquellos que se llevan miles de toneladas de granos y dejan suelos exhaustos para producir alimentos, o quienes saquean los minerales de un país extranjero y son capaces de inducir un golpe de Estado si no encuentra complicidad de quienes gobiernan esos países pobres.

Al leer este libro pensamos que podía considerarse una versión de “Los condenados de la tierra”, de Franz Fanon. En el prólogo de ese libro, Sartre se pregunta a quién le está hablando Fanon, y responde que sin duda no era a los europeos, sino que estaba llamando a la rebelión a sus compatriotas. ¿A quién le estás hablando vos?
Ojalá... Hacia el final del libro de algún modo discuto eso, porque la gente que sufre esto que yo cuento, no lo va a leer. ¿Quiénes estamos conversando sobre esta cuestión entonces? Lo que trato muy epidérmicamente es el tema de para qué sirve una vanguardia. En algún sentido son aquellos que tratan de pensar por fuera del orden establecido. Pero por otro lado, pensar por fuera del orden establecido te da un poder que es lo que hizo que se jodieran todos los movimientos políticos, desde fines del siglo XIX hasta hoy.

Un fenómeno como el hambre, ¿justifica la violencia política?
“Justificar” es una palabra tramposa, porque ¿quién es el juez? Mi problema con esta cuestión es que en general esta hambre crea más una violencia social que una violencia política. Una violencia desarticulada, sin proyecto, que se agota en sí misma. Si esa violencia fuera portadora de un proyecto que permitiera acabar con el hambre, a mí me parecería sensato.

¿Este trabajo te llevó a releer tu experiencia de los ‘70, que abordaste en los tres tomos de “La voluntad”? Viéndolo en retrospectiva, a partir de “El hambre” nos podríamos preguntar si la violencia política, con todos sus defectos, finalmente no tenía un sentido, truncado por el triunfo del neoliberalismo.
Por supuesto que tenía un sentido, pero tenía también una cantidad tan grande de errores que se desvirtuaba ese sentido. Esto que decíamos acerca de que las vanguardias políticas se creyeran portadoras de toda la verdad y se sintieran autorizadas a cualquier acción en función de eso. Eso produjo desastres por todos lados. Pero abriéndonos del tema de los años ‘70, muchas veces la violencia política tiene sentido. El problema es cómo se articula y en función de qué. Nadie vendría a decir ahora que San Martín tenía que haber ido con una banda de Hare Krishnas tocando las panderetas. Se supone que estamos todos de acuerdo con esa violencia política. No se trata de un valor absoluto.

Hace casi dos años que vivís en Barcelona. ¿Te fuiste por algún tipo de exilio cultural?
No, ¡tengo demasiado respeto para las palabras para decir que se trata de un “exilio”! Primero, me fui porque me parece que de vez en cuando hay que vivir en otros lugares. Descubrí hace unos años que puedo hacer mi trabajo desde cualquier parte del mundo. Aunque, es verdad, también me parecía que el clima en la Argentina estaba innecesariamente caliente. Y , ¡ojo!, a mí me parece bien que haya confrontaciones cuando se están jugando cosas importantes para la estructura de un país. Pero acá todo sigue muy parecido a sí mismo y parece, sin embargo, que vivimos al borde de una revolución. Es un despilfarro de energía. Vale la pena pelear cuando hay algo por lo que estás peleando. Por el contrario, solo vemos grupos de poder que se gritan unos a otros y nos hacen creer que están cambiando algo de la estructura argentina, cuando no está cambiando nada.

Como varios de tu generación, has tenido amigos que en los últimos años piensan muy distinto a como pensás vos la política. ¿Cómo te lo explicás a vos mismo? Pensemos en tus pares, como Dorio, hoy conductor de 678, o Anguita, director del diario Miradas al sur.
No me parece tan raro que uno piense cosas distintas en distintos momentos de su vida. Me puede doler en algún momento si eso me priva de pasar un buen rato con un amigo. ¿Por qué raro determinismo debería uno pensar lo mismo que hace veinte años? Por otro lado, no consigo creerme mucho las discusiones de estos últimos años. Y por eso este libro es un gesto político también frente a esto. Este libro es un modo de decir “hay problemas, como el hambre, que son mucho más pesados y urgentes que tu chicana”.

Por su primera, les conoceréis

Jesús Carrasco, Jesús Ferrero, Alberto Olmos, José Ángel Mañas y Dolores Redondo recuerdan para cómo fue y - lo que supuso- el éxito de su primera novela

Jesús Carrasco, el autor español con un ejemplar de su ópera prima de novela, Intemperie./elcultural.es
Acaba de salir de su primera reunión en una editorial importante y ni siquiera tiene claro si lo que desea en ese momento es gritar, o llamar a su esposa, o meterse en un bar, o avisar a algún amigo, o quizás, simplemente, caminar hasta que se le pase el susto.

Dos días antes, sonó el teléfono de su casa.

-¿Jesús Carrasco? Soy Elena Ramírez, de Seix Barral. He leído el manuscrito de Intemperie y me ha gustado. Nos encantaría reunirnos contigo.

Carrasco tomó entonces un avión y se presentó en Barcelona.

-Hablamos sobre el libro y la editora me dijo lo más alentador que se le puede decir a un autor novel: que quería apoyar ese libro pero, sobre todo, que quería apoyar mi carrera.

El proceso, recuerda el escritor, no había tenido nada de extraordinario: puesto el punto final a su primer libro, envió media docena de correos a distintas editoriales y una de ellas, Seix Barral, le llamó con la intención de publicarlo. A esa llamada le siguió una reunión, y a esa reunión un momento de caos interno, confusión y, por último, un entusiasmo para digerir a solas. Jesús Carrasco respiró, se quedó plantado unos minutos en plena Rambla de Cataluña y después llamó a su esposa. Estaba hecho.

El club de la lucha

Cuenta Chuck Palahniuk que el día en que un editor le dijo que publicaría El club de la lucha, sin avisar a nadie salió corriendo de su oficina, abrió el coche, entró, arrancó y se fue a conducir durante horas. “Deambulé toda la tarde, grité, golpeé el volante y luego ya, más calmado, volví”. Palahniuk pertenece, con Carrasco, al club de los que partieron el mercado con su primera novela. Cuando ocurre eso, dice este último, lo importante es no dejar que se te despeguen los pies del suelo. “No es lo mismo asimilar el éxito de un primer libro con veinte años que con cuarenta. A mí me sucedió con cuarenta y creo que eso me ha ayudado a vivirlo con cierta distancia”.

Porque después de un buen libro, la gente siempre pide uno mejor. “Existe un inconveniente, pero es relativo: el hecho de saber que los demás esperan algo de ti, que tienen alguna expectativa. Con el segundo libro uno se enfrenta a miradas que antes no tenía. Otra cosa, y por eso este factor es relativo, es la importancia que se le den a esas expectativas. Creo que el error es tratar de satisfacer a los lectores interpretando lo que uno supone que quieren. Siento más confianza que presión, pero en cualquier caso, una confianza débil. Me sigue resultando muy difícil y trabajoso escribir libros. Cuando estoy solo frente al texto, especialmente en los días en los que la escritura no fluye, no me sirve de nada saber que hay gente a la que le ha gustado mi primer libro”.

Jesús Ferrero

Bélver Yin

Si para Jesús Carrasco el primero fue, o ha sido determinante, nada hace indicar -al menos así lo afirma él- que la vida, y la carrera, de Jesús Ferrero habrían sido sustancialmente distintas de no haber dado a leer Bélver Yin a José Ramón Monreal, y de no haberle dado éste una orden tan sencilla como la que sigue: “Si escribes 50 páginas más, te la publico”.

-Dicho y hecho -recuerda el escritor-. Monreal, que era amigo mío desde mi época universitaria, se lo mostró a José Donoso, Mauricio Wacquez y Masóliver Ródenas, que aprobaron su publicación. La primera novela satisface mucho lo que Mauricio Wacquez llamaba “el narcisismo de la letra impresa”. Aunque de no haber publicado en su momento Bélver Yin, mi vida podría haber sido diferente en la forma, pero no en el fondo. Hubiese publicado lo mismo y con la misma constancia. Es mi estilo.

Alberto Olmos

A bordo del naufragio

Un escritor se puede ver condicionado, añade Ferrero, si “cree que su fantasma social es lo mismo que su persona”. Pero invita a renunciar a ese espejismo, pues “el éxito de una primera novela no siempre supone que vas a poder publicar todo lo que te plazca”. Eso fue, exactamente, lo que le ocurrió a Alberto Olmos tras quedar, con 23 años, finalista del Herralde de novela con A bordo del naufragio. Aquel éxito (o subidón) fue, para él, algo efímero, algo que como llegó se fue, pues no le garantizó otra cosa que un silencio editorial de casi diez años.

-Cualquiera que publique su primera novela a los 23 años no puede decir que fue difícil. Hay que asumir que muchos escritores se tiran años y años sufriendo rechazos hasta que ven publicado su primer libro, con treinta e incluso con cuarenta años, y eso sí que es admirable. Lo mío, amén de algo de suerte y, supongo, de talento, fue tan sencillo como enviar el libro a Anagrama. Al saber que era finalista del Herralde me puse muy contento, obviamente, pero no tanto como lo estoy ahora por haber empezado mi carrera literaria con tan buen pie, algo que sólo he sabido apreciar con el tiempo.

José Ángel Mañas

Historias del Kronen Si bien insiste en que no fue su caso, para Olmos “el éxito precoz es muy cruel, pero es éxito, o sea, reconocimiento. Muchos autores morirán sin conocerlo, de modo que, como dijo una vez Fernando Trueba sobre perder la virginidad, cuanto antes mejor”. Para éxito precoz, quizás no haya en toda la literatura contemporánea española un caso como el de José Ángel Mañas, y sus Historias del Kronen. Corría el año 1994 y el joven Mañas se encontraba en Francia, desde donde, probablemente, no había vuelto a pensar en la novela que había enviado al Nadal pocos meses antes. Cuando se enteró de que era finalista ya era demasiado tarde incluso para ir a la fiesta de la editorial, así que Mañas tuvo que atender a la prensa desde el extranjero:

-A mi padre lo llamó el entonces editor de Destino, Andreu Teixidor, pidiéndole mi teléfono. A continuación ya me llamó directamente Teixidor y me pidió permiso para dar mi teléfono a los periodistas. El primero fue Llatzer Moix, de La Vanguardia; luego siguieron ABC, El País, etcétera. Mi excitación, cada vez que sonaba el teléfono, era extraordinaria. No acababa de creérmelo. Cuando aterricé en España diez días después seguía sin creérmelo del todo. Era el primer texto que enviaba a un premio y no sé si habría llegado a publicar de otra manera. No tenía ningún contacto con el mundo editorial. Yo era licenciado en Historia, de modo que seguramente, en estos momentos, sería profesor.

Lo suyo fue un pelotazo para toda una generación de escritores, y a él, reconoce, le condicionó “enormemente”. Al éxito de Historias del Kronen le siguió una colección de libros en los que el escritor se sentía crecer dentro de ellos: notaba cómo se iba haciendo novelista, cómo tropezaba y se levantaba como si estuviera aprendiendo a caminar en público.

-Era muy joven y aquello significó que se fue publicando prácticamente todo lo que iba escribiendo. Si uno arranca con 40 años, ese proceso no se ve, no es público. Lo bueno, en cambio, de arrancar tan pronto es que he podido dedicarme exclusivamente a la novela desde entonces. Es un arte complejo, el novelar, que necesita muchos años de dedicación. (...) Hay muchos peligros [en alcanzar el éxito tan joven]. Creérselo demasiado, por ejemplo. Sentir que cualquier cosa que uno haga funcionará. Yo recuerdo que, según arrancaba, habiendo vendido 100.000 ejemplares con mi primera novela, pensaba que era lo normal. Obviamente, no lo era.

Dolores Redondo

El guardián invisible

Dolores Redondo pertenece, por último, al más habitual de los clubs, el de los escritores rechazados una y otra vez… hasta que un día su suerte cambia y dan con el editor idóneo, propicio, ese que no solo lee tu manuscrito (lo que no es poco) sino que tiene, además, el arrojo de publicarlo. La autora de El guardián invisible recuerda haber “tocado el cielo” cuando supo que su libro sería puesto a la venta por Destino. Esperaba una respuesta negativa, o el silencio, como le había ocurrido hasta entonces; así que su entusiasmo, extensible a todo autor que publica por primera vez, aún es perfectamente notable en sus palabras:

-Después de años intentándolo, de haber probado por muchos caminos, de haber llamado a muchas puertas, editoriales, concursos... cuando las cosas empezaron a funcionar casi no me podía creer que algo así me estuviese pasando a mí, es maravilloso, me siento agradecida, y elegida.

Eterno agradecimiento, pues, al editor que los descubrió o al jurado que supo valorar su primera obra. Y un recuerdo que no se irá nunca: el del día que recibieron la llamada que daba comienzo a todo, y que, con tan solo cuatro palabras (“Queremos publicar tu libro”), les daba permiso para escribir cientos, miles de palabras más.

21.8.14

El 'best seller' que se le escapó a Planeta

 Marcos Chicot quedó cuarto en el Premio Planeta con El asesinato de Pitágoras, el ebook en español más vendido

Marcos Chicot, autor español de El asesinato de Pitágoras./elmundo.es

A Marcos Chicot (Madrid, 1971) no se le puede llamar escritor independiente sin faltar a la verdad. Lo que sí se puede decir de él es que es, probablemente, uno de los más laureados entre los autores que ha conocido por fin el éxito tras autopublicarse en Amazon.
Economista y psicólogo clínico, Chicot se dedicaba a la literatura como ocupación secundaria y así escribió su primera novela -'Óscar'- en 1997. En 1998 escribió 'Diario de Gordon', con la que ganó nada menos que el Premio de Novela Francisco Umbral. "Fue el último que Umbral entregó personalmente antes de morir, eso me hizo especial ilusión", comenta en entrevista con ELMUNDO.es.
Dos años más tarde escribió una novela juvenil que fue reconocida con el Premio Internacional Literario Rotary Club. Ha quedado finalista en premios de relato y de novela como el Max Aub, el Ciudad de Badajoz, el Juan Pablo Forner y... el Premio Planeta.
Su obra 'El asesinato de Pitágoras' quedó cuarta en la terna del Planeta y los responsables de la editorial le dijeron aquella noche que, si todo iba bien, publicarían, como siempre, las cinco primeras clasificadas. La crisis, sin embargo, no perdona, y poco tiempo más tarde le llamaron para informarle de que no podían publicarla.
"La presenté al premio para que se la leyeran y mi aspiración era quedar entre las cinco primeras para que la publicaran. Fue la cuarta finalista y muchos miembros del jurado me dijeron que les gustó mucho. Al final, decidieron no publicarla por la crisis. Luego he hablado con gente de Planeta y me han dicho que me ponen como ejemplo de cuándo no han ido suficientemente rápido a la hora de fichar talentos", comenta el autor con un indisimulado orgullo.
Que la gran editorial no quisiera su obra no le hizo echarse atrás. Marcos sabía que había escrito "la mejor novela que podía escribir", así que decidió ponerla a disposición de los lectores y que fueran estos los que juzgasen su talento.

Una prueba de fuego

El año pasado editó en Kindle Direct Publishing 'El asesinato de Pitágoras' y la novela se convirtió en el ebook en español más vendido del mundo en 2013. Como él había previsto ("mi intención era llamar la atención y crear ruido mediático para que me llamasen editoriales"), rápidamente empezó a recibir ofertas de empresas españolas, pero la que más le convenció fue la del grupo italiano Duomo. "Les gustó mucho la novela y estaban muy convencidos de sus posibilidades. Apostaron por ella, se hizo mucha promoción, se publicitó en autobuses... y la convirtieron en el principal título del año en España y del semestre en Italia", explica.
Se lanzaron 30.000 ejemplares en España y "hace poco se lanzó en Latinoamérica. Dicen que va bien, pero aún no tengo cifras", comenta el autor. Marcos Chicot es muy consciente de que todo lo que ha conseguido con 'El asesinato de Pitágoras' es fruto de su esfuerzo: "Yo la convertí en la número uno en internet. Es un trabajo que tienes que hacer en los blog de lectura y con la masa de lectores que me sigue".
Lo suyo, por supuesto, no es fruto de la casualidad. Chicot es un escritor profesional que trabaja con un equipo de 15 correctores. "Ellos son el primer test que paso para saber cómo va la novela. Mi objetivo con 'El asesinato de Pitágoras' era lo máximo: una novela rigurosa y muy completa, capaz de seducir a todo tipo de lectores", dice. De momento lo ha conseguido, pero se ha colocado el listón muy alto. Sobre todo este año, que se publica 'La hermandad', la segunda parte... Marcos, sin embargo, asegura que no siente la presión: "'La hermandad' ya estaba escrita, he trabajado un año más sobre ella. Combina otros temas distintos a la historia y las dos novelas se pueden leer de forma totalmente independiente".
Esta segunda parte aparecerá en papel editada por Duomo, aunque para la versión online Marcos se ha reservado, como siempre, los derechos. Cuando le llamaron de Amazon para informarle del concurso que se convocaba con EL MUNDO, por si quería participar, "pensé presentar 'La hermandad', pero luego me di cuenta de que no tenía sentido, puesto que se trata de una segunda parte, y no me parecía justo", asegura el escritor, que destina el 10% de lo que obtiene con sus libros a ONGs para personas con discapacidad intelectual.
"En estos cinco años muchos premios han desaparecido. Si hace cinco años era difícil publicar ahora es casi imposible", añade. Y por eso considera que el concurso para autores independientes "es una oportunidad más que surge frente a las que han desaparecido. La autopublicación saca novelas de los cajones", termina.

20.8.14

Belli: "Quiero negar la muerte"

La escritora nicaragüense publica  El Intenso calor de la Luna, una novela sobre la vejez y la felicidad 

La escritora nicaragüense Gioconda Belli. / Tejederas./elpais.com

Cuando Gioconda Belli (Managua, Nicaragua, 1948) se ríe su rostro se ilumina, transmite una alegría contagiosa. Lanza una carcajada sonora, que bien puede ser una prueba irrefutable de lo que ella misa asegura: que ha vivido una vida intensa, que ha sido feliz. Es sobre la felicidad, el inevitable encuentro con la vejez y la muerte, de lo que esta mujer hermosa, de cabello salvaje y labios sensuales, habla en esta entrevista, ahora que publica una nueva novela, El intenso calor de la Luna (Seix Barral, recién publicado en Argentina; a España llegará en septiembre). Emma, la protagonista de la novela, tiene pánico de hacerse vieja y Belli afirma que también sintió ese pavor, el de arrugarse, de que se marchite la núbil belleza, aunque ahora afirma que ha superado ese miedo. “Al llegar a ser una persona adulta muchas cosas son fantásticas. A mí me gusta”, dice. La idea que no puede asimilar es la de la muerte, de acabarse para siempre. “Quiero negar la muerte. Me voy a morir, obviamente, pero quiero vivir como que voy a ser inmortal”. Es esta una mujer de espíritu joven, que ha vivido su vida como una novela: jugó un papel activo en la caída de la dictadura somocista y el triunfo de la revolución sandinista en Nicaragua, ha sido una férrea activista feminista, fuerte opositora al nuevo gobierno del exguerrillero sandinista Daniel Ortega, y hasta ha creado un partido político, el Partido de la Izquierda Erótica (PIE). Mientras tanto, ha sido madre, ha producido una vasta obra literaria, ha ganado premios internacionales (en 2008 le fue entregado el Premio Biblioteca Breve) y ha disfrutado de los placeres de la vida, del helado y de los hombres. “Los hombres me han hecho la vida muy alegre”, afirma y lanza una de sus carcajadas. ¿Qué más le queda por hacer a Gioconda Belli? “Quiero que la vida me sorprenda”, sentencia.
Su nueva novela habla del temor a la vejez, ¿por qué escribir sobre la vejez?
No es sobre la vejez. Es una novela sobre la infidelidad matrimonial, sobre la angustia a la madurez en una mujer. La protagonista se siente angustiada, porque tiene 48 años y está llegando a un momento en el que empieza a cuestionarse si va a seguir siendo bella, si va a seguir siendo atractiva, si va a seguir siendo sexualmente deseable, si se va a volver invisible. Son preguntas que mucho nos hacemos las mujeres.
¿Le espanta la vejez?
Me espantaba, ahora ya no tanto. Claro, hay todo un proceso de aceptación y de aprender cómo vas a enfrentarla. Una vez que la tienes enfrente vas dándote cuenta que no es terrible, lo que tenés que hacer es gozar la parte buena, que es la parte de la experiencia, de saber quién sos, qué es lo que querés. Hay muchas cosas que son fantásticas, de llegar uno a ser una persona adulta. A mí me gusta.
¿Cómo se enfrentó a ese ineludible proceso?
Lo descubrí por pequeñas cosas. Primero la cronología, que te va marcando etapas, biológicamente cambias. Está la menopausia, que es una cosa que nos pasa a las mujeres y te dice: “Ya se te acabó tu vida reproductora, ya pasaste a otra etapa”. A medida que una va creciendo vas dándote cuenta que el tiempo se te está acabando, que la muerte se te acerca. Creo que más que aceptar lo que uno es en el momento, lo que más cuesta es aceptar que te vas a acabar.
¿Le tiene miedo a la muerte?
Sí, no me gusta para nada. Creo que cuando me muera mi epitafio va a ser: “Yo no quería estar aquí”, porque no me gusta la idea de la muerte. Para nada.
¿Considera que ha tenido una vida feliz?
He tenido una vida intensa. Y creo que esa es la felicidad, es sentir que el potencial que tenías lo has podido desarrollar. No quiero ser tan arrogante de decir que hice todo lo que quería hacer, pero pienso que desde un punto de vista aristotélico, de sentirte que tu responsabilidad es desarrollar tu potencial, he sido bastante responsable con mi potencial, y eso me ha dado muchas satisfacciones.
 ¿Se puede ser feliz en un mundo con tantas noticias horrendas?
No. La felicidad es muy relativa en ese sentido. Claro que no podés ser humanamente empático si no tomás en cuenta todo lo que está mal en el mundo. Pero pienso que también debemos tener un sentido de relatividad, de quién somos, y si dentro de tu inmediato existir sentís que estás haciendo algo para lograr que esto se vaya mejorando, que estás cumpliendo con tu responsabilidad como ser humano de transformar tu tiempo, estaríamos un poco mejor. No hay grandes soluciones. Esa es la gran equivocación. Creo que las soluciones son todas pequeñas. Pero hay una mentalidad muy masculina de crear en eso, por eso siempre apelo a la ética femenina, en el sentido de decir: “Pensemos en pequeño”. Si comenzás a solucionar pequeñas cosas, vas a llegar a solucionar las grandes cosas.
Dentro de esa ética femenina, ¿cuál sería la fórmula de la felicidad?
En primer lugar darte cuenta que la felicidad no es estable, que está compuesta de alegría y tristeza. De que si vivís intensamente, sin miedo, si te apegás a las cosas que querés hacer y sos humilde; si te das cuenta que no vas a lograrlo todo, pero gozas lo que logras, si querés a los demás. Es casi como romántico, pero sí creo que esa es la felicidad. Es también es estar triste, porque esa idea de que la felicidad es andar pegando brincos no me parece realista.
Hay críticas a sus novelas porque en muchas de ellas se liga la felicidad de una mujer al encuentro de un hombre.
 (Ríe). Pienso que no siempre ligan su felicidad al encuentro de un hombre, pero son generalmente mujeres jóvenes, y en esa parte de la vida los hombres han jugado un papel importante para las protagonistas. Creo que eso les pasa a todas las personas, hombres y mujeres: el amor y las relaciones personales y la relación con la persona que realmente es importante en tu vida, por supuesto que tienen un enorme peso.
 ¿El amor ha condicionado su felicidad?
En algún momento sí. Cuando quería encontrar, cuando estaba buscando a mi otra mitad, que creo que es una búsqueda importante en la vida, y que todos hacemos, aun los que dicen que no la hacen. Después llegó el momento en que encontré una persona que no es perfecta, pero que es la otra mitad, y ya estoy tranquila. Tengo 28 años de estar con esa persona.
Hay un tabú en la sociedad relacionado a la sexualidad y la edad, de que a una determinada edad la mujer ya no puede vivir su sexualidad. ¿Cómo vive usted la suya?
¡Fantástica! Lo dice la ginecóloga de Emma en el libro, le da toda una charla y le dice que es la época de vivir la sexualidad sin el riesgo del embarazo, ya con madurez, con sabiduría, con toda la experiencia y con esa mezcla entre la emoción, la cabeza y el cuerpo. Todo lo que se construye alrededor de esta edad es muy negativo, y por eso quería escribir esta novela. En parte porque para mí ha sido un proceso lindo. Yo me he sentido extremadamente fortalecida, empoderada, y veo muchas mujeres a mi alrededor que igualmente se sienten floreciendo. Pero nos golpea toda esta percepción social de que a cierta edad una mujer se vuelve invisible.
 Dice que ha vivido la vida con intensidad. ¿Qué le falta todavía por hacer?
Yo siento que me faltan por hacer muchas cosas. Quiero vivir como que voy a ser inmortal. Eso lo aprendí de mi suegro, que decía: “Hay que sembrar ese árbol”. Y nosotros decíamos, ese árbol no lo va a ver porque es un señor de más de noventa años, pero vivía como si no se iba a morir. Yo quiero negar la muerte. Me voy a morir, obviamente, pero quiero vivir como si voy a seguir viviendo, no quiero estar pensando qué me falta por hacer. Quiero que la vida me sorprenda.
 ¿Qué papel han jugado los hombres en la vida de Gioconda Belli?
Me han hecho la vida muy alegre. La relación entre los sexos es muy bonita. Desde jovencita tenía muchísimos amigos hombres, después tuve más amigas mujeres. Tengo muchos amigos entrañables que son hombres y no hemos tenido relaciones amorosas, pero sí una relación de amistad muy grande. Las relaciones heterosexuales tienen mucha gracia.

18.8.14

Conversando con Dasso Saldívar

Los detalles de la biografía como género literario, los orígenes del autor y las relaciones entre la obra de  Gabriel García Márquez y de Saldívar son los temas de esta charla

El viaje a la semilla de Dasso Saldívar./elespectador.com

Dasso Saldívar, cuyo nombre es Darío Antonio Sepúlveda Ochoa [San Julián, 1951] creció en una parcela como labriego hasta los catorce años, cuando pudo mudarse a Medellín donde terminó la primaria y el bachillerato. Cuando intentó estudiar derecho, abandonó la carrera para mudarse a España en 1975 en el momento en que agonizaba la tiranía franquista y se iniciaba la transición a la democracia. Durante los años de bachillerato había caído en sus manos Cien años de soledad y desde entonces se hizo ‘gabófilo’, asombrado por el estilo y la imaginería del escritor más grande que haya dado Colombia.
Autor de su más leída y traducida biografía, Saldívar duró 20 años investigando, recorriendo los lugares donde había vivido, realizando centenares de entrevistas e indagando en archivos de varios países, hasta conseguir una respuesta a su obsesión: quién fue el que escribió Cien años de soledad, cuál fue la realidad histórica, cultural, familiar y personal que subyace en la novela. La representación que auna la biografía es que fue escrita para regresar a la casa donde nació y se crió con sus abuelos maternos hasta los diez años. Un viaje a la semilla que también es la biografía de la novela.
El otro libro que Saldívar presentó en Manizales es su primera novela, Los soles de Amalfi [2014], donde recorre la historia de Colombia a través de la vida de un niño en los Andes antioqueños cuya vida es víctima de los conflictos de una sociedad violenta a pesar de la belleza del mundo. Odios, egoísmos, trampas, ambiciones, mezquindades, promesas y desencuentros son puestos en escena con la voz de Anatolia, que se alza para señalar la injusticia, o reavivar las usanzas extraviadas y desaparecidas.
Saldívar tiene otra novela inédita, La subasta del fuego, sobre los últimos veinte años de Manuela Sáenz, donde imagina los últimos días de la heroína entre el olvido y la miseria, un final tan dramático y alucinante como el de Bolívar.
Esta conversación con Saldívar se hizo en Libélula Libros de Manizales con la ayuda de Pablo Felipe Arango.

Nació en San Julián...
Nací en las lomas cafeteras de San Julián, cerca de la vereda de Guanteros, ubicada en la cima de la montaña a la vera del camino real entre Guadalupe, mi pueblo, y Anorí. A lo largo de ese camino real había lugares, tiendas, cantinas u otras veredas de leyenda: El Alto, El Hoyo, Guanteros, Morropelón, la Cañada de Ño Arango, Guaduales, Malabrigo, El Roble, Chamuscados… Todos estos sitios eran famosos por la prestancia de sus dueños o patriarcas, por algún asesinato célebre, por los fantasmas lugareños o por las ánimas en pena que deambulaban de noche por aquellos parajes. Ciertas ánimas estaban ligadas a algún entierro, que nadie había podido sacarles, de modo que penaban por ello, pero las más cicateras, como la de Ño Arango, se aferraban a su oro y no dejaban que nadie los liberara de su atadura terrenal, hasta que, pasado el medio siglo, el Diablo tomaba posesión del entierro y lo usaba como señuelo para atrapar a los incautos caminantes de la noche.
De modo que me crié hasta los 14 años en medio de este mundo de leyendas, fantasmas, entierros, ánimas en pena, seres mágicos y misteriosos, como Palustre, el rapsoda del vinilo, Joaquín Zorro, un vegetariano enamorado del sol, Zenito, dueño de una las cantinas y de la única vitrola de Guanteros, David Madrigal, poseedor de muchos secretos y rezos mágicos, y la temerosa y sangrienta chusma de liberales y conservadores de los años cincuenta.
Como comprenderás, para mí las noches fueron ínsulas de terror, pues me acostaba a esperar que llegaran las dos chusmas, la liberal o la conservadora, las ánimas en pena, que en su mayoría eran los espíritus de los muertos de la violencia, la bruja Lila Cazuela, el fantasma de Juntas, el Gritón, el Llorón o la Barbacoa. Por suerte, la mayoría de éstos pasaba por el camino real de la cordillera, cruzando todos los pueblos y veredas de la región.
Como vivía en la zona templada de la mitad de las lomas de San Julián, por allí pasaban menos espantos, de modo que las noches sembradas de estrellas y de lunas llenas eran las menos peligrosas, pues uno podía salir al patio a orinar o a caminar por los potreros con la seguridad de que no iba a tropezar con un ánima en pena o un espanto.
En las noches de verano, especialmente las de diciembre, nos juntábamos en la casa de la finca con familiares y vecinos y recolectores de café a celebrar la cogienda, a contar cuentos aluzados por una lámpara de caperuza al son de la guitarra, el tiple o el requinto.

Hijo de una familia numerosa como todos los antioqueños de antes...
Si, era una familia de ocho hombres y una mujer. Mi padre Salvador fue un caficultor de toda la vida y el hombre más honorable y respetado de la región. Mi madre Juana murió muy joven, cuando yo tenía 2 años y 10 meses. Aun así, la recuerdo en tres instantes, y el más doloroso fue cuando murió y la llevaron en la caja mortuoria a enterrar al cementerio de Guadalupe. Así que mi primera noción de la realidad fue la tragedia de su muerte, y eso me marcó para siempre. De ella apenas recuerdo su trenza larga y negra, el perfil de su rostro pálido, sus piernas, su brazo derecho y una falda de boleros. Pero su cara, sus ojos y su mirada se me borraron por completo. La búsqueda de ese rostro, de esa mirada, a través las tinieblas de la memoria y de los meandros de la imaginación, será el motivo de una segunda novela que cerrará el tema del campo, del origen, y que tendrá como fondo la cultura del café.
Al morir mi madre, los hermanos mayores, José y Fanier, que era un gran narrador oral, se fueron de casa, se fueron a “andar”, como se decía entonces. José, el mayor y más intrépido, terminó en Venezuela, y de cuando en cuando nos mandaba alguna carta desde Valencia o desde Caracas, la ciudad donde había nacido Simón Bolívar, personaje de fondo de la novela, que llenó de mi niñez campesina fascinación. Los otros, niños y adolescentes, nos criamos en una casa sin mujeres, donde de pronto había una sirvienta o contábamos con la compañía pasajera de la Mamita, mi abuela paterna. Con algunos aspectos de su persona armé parte de la personalidad de Anatolia, mientras que el nombre y ciertos rasgos físicos, los tomé de la Anatolia de la realidad: una viuda que vivía junto al pozo de Guanteros y que yo mis hermanos veíamos todos los días al ir a la escuela, la misma que describo en la novela. Pero, para ser más franco, Anatolia soy yo, lo mismo que Talo, el niño de ocho años que remueve y dinamiza todo en Los soles de Amalfi.
Como Talo, yo era un niño muy preguntón, y cuando nadie me sabía dar una respuesta, me la inventaba. Era un niño lleno de asombro, de perplejidad. Me sentía fascinado por todas las cosas del mundo doméstico, del campo y del cosmos. El asombro de los cafetales, el misterio de las estrellas, la belleza de las flores, el mundo hedónico de los olores, el deambular de las ánimas, el misterios silencioso de los duendes, y lo que se escondía detrás de las montañas, así como lo que había al final de los ríos, eran hechos que atizaban mi imaginación día y noche.
Oyendo hablar a los mayores de las cosas de este mundo...
A mí me matricularon en la escuela como a los ocho años, y apenas vine a aprender a leer y a escribir como a los diez, con el agravante de que en ese medio campesino no había libros, ni revistas, ni tebeos para leer. De modo que fui un lector tardío, lo que me impidió leer la literatura infantil de siempre, y cuando tuve la posibilidad de hacerlo, ya no sólo no creía en ella, sino que me pareció menos interesante que las historias que yo había vivido u oído en mi niñez. Pero, de todos modos, esa carencia me causó un complejo hasta la adolescencia, pues es con esas lecturas y a esa edad como uno se va haciendo lector, para luego entrar naturalmente en la gran literatura. Ahora, cuando escribía Los soles de Amalfi, me sentí agradecido de que las cosas hubieran ocurrido de ese modo, ya que si hubiera sido un lector tempranero, tal vez no hubiera podido concebir personajes como Anatolia y Talo, Palustre y Alisio, pues la mirada y la emoción del escritor hubieran estado muy literaturizadas. En cambio, del modo en que me lo proporcionó la vida, la realidad vivida fue inmediatamente para mí literatura oral y la literatura oral fue inmediatamente la realidad vivida.

Luego Medellín...
Terminé la primaria en la escuela Ramón Ceballos, donde obtuve un pase de honor para cursar el bachillerato en el Liceo Antioqueño. Luego empecé Derecho en la Universidad, pero lo dejé para irme a Europa. Estando en segundo de bachillerato empecé a publicar poemas, comentarios y pequeños artículos en el Magazín de El Espectador. Pero también quería ser abogado, médico y astronauta. La poesía, los tratados de biología, la astronomía y la afición a los diccionarios y a las enciclopedias eran mis lecturas favoritas. Era un pésimo lector de relatos y novelas, pues me parecía que daban muchos rodeos y que utilizaban demasiadas palabras para decir muy poco. Hasta que gracias a la recomendación de un compañero de clase cayó en mis manos Cien años de soledad estando en tercero de bachillerato. Me volví un ‘gabófilo’, pero nunca pensé escribir una biografía suya ni nada por estilo.

Y el seudónimo...
Fue en segundo de bachillerato, cuando me inventé el seudónimo de Dasso Saldívar. Dasso viene de Darío Antonio Sepúlveda Ochoa, luego le agregué otra s por mi admiración a Picasso. Cuando me pregunto por qué me inventé ese seudónimo, no logro tener una respuesta clara. A veces creo que lo hice por la ingenuidad de creer que, para ser poeta (como lo había leído en Rubén Darío, Neruda y Porfirio Barba Jacob) había que tener un seudónimo. Otras veces pienso que lo hice para esconderme detrás de ese nombre. Estando ya en Madrid, un día quise dejarlo, pero como en uno de los cuentos de Machado de Assis, el juego se había vuelto tan serio que me fue imposible firmar cualquier texto con mi nombre de pila.

Ha dicho que la biografía es un género tiránico...
La biografía hace que el biógrafo tenga que hacer de historiador, psicólogo, sociólogo, antropólogo, genealogista, crítico, filólogo, geógrafo, etc... Es, pues, un género babélico, y esto, aparte de la infinita cantidad de trabajo y de paciencia que requiere, trae, grandes problemas de estructura y estilo durante su escritura, por lo que el biógrafo tiene que tener además cierto talento de novelista. Pero también es un género despótico por su misma esencia: la biografía es imperfecta, inexacta e interminable por naturaleza. Nunca se acaba la tarea de reconstrucción de una vida, por muy modesta que ésta sea, y nunca es perfecta esa reconstrucción, lo que le otorga al trabajo biográfico un carácter provisional, infinito. Por eso creo que El viaje a la semilla es menos una biografía de García Márquez que la biografía de una novela.

Ha sugerido que el éxito de García Márquez radica en haber confiado en esa otra realidad que le rodeaba al escuchar a sus abuelos y parientes, casi que la misma actitud que ejerce usted en su novela sobre su infancia en Amalfi...
En realidad, fue él quien afirmó que concibió Cien años de soledad cuando comprendió que en América Latina vivimos en una para realidad. Desde su cultura caribe, desde la formación que recibió al lado de sus abuelos maternos en la casa de Aracataca, el escritor supo que, más que la realidad racional, científica y tecnológica, lo que nos determina y conduce es todo ese sustrato mítico y mágico de miles de años que subyace en nuestra cultura. Esto le permitió ver, tras haber escrito sus primeros cuentos, que los relatos y las leyendas de sus tías y abuelos no eran supersticiones o necedades de la imaginación popular, sino expresiones de una realidad mucho más amplia y compleja que la que cabe en la razón. Fue este descubrimiento lo que hizo posible la concepción de su novela mayor. Así, el García Márquez adulto volvió a ser el niño que creyó a pie juntillas los cuentos de sus abuelos. Inventar una técnica y un lenguaje para que nosotros también nos lo creyéramos, fue su gran hazaña literaria.

Hay entonces en las narraciones de García Márquez un espíritu macondiano...
Yo diría que lo macondiano es aquella realidad local y para real trascendida. Lo macondiano borra las fronteras entre lo lógico y lo ilógico, entre la vida y la muerte, entre el sueño y la vigilia, entre la razón y la sinrazón, y el tiempo parece dar vueltas en redondo y no obedece a la medida convencional de los hombres.
Cómo entiende usted la amistad de García Márquez con Castro, usted que ha escudriñado tanto en su vida...
Álvaro Mutis, que estuvo en las antípodas del líder cubano, creía que ésa fue una amistad verdadera, llena de fraternidad y afecto, independientemente de la mucha o poca afinidad política e ideológica que pudo existir entre el escritor y el líder cubano. Por su parte, García Márquez insistía que Castro y él pocas veces hablaban de política, que sus conversaciones eran las de dos amigos que compartían la misma pasión por los libros, la culinaria, los amigos y los problemas de América Latina. Parece que García Márquez mantenía informado y surtido a Castro de las novedades literarias. Precisamente, su amistad empezó por ahí: una noche, cuando el escritor creía que su relación no tenía indicios de prosperar, Castro le confesó a García Márquez su hartazgo por la cantidad de documentos oficiales que tenía que leer antes de acostarse. Este le recomendó una serie de novelas para contrarrestar ese tedio, como Drácula, de Stoker, entre otras. Castro se entusiasmó, y a partir de ahí se fue consolidando su amistad personal, que ya duró unos veinticinco años. Ahora, dada la situación de Castro y del régimen cubano, creo que era inevitable que la amistad y la presencia permanente de García Márquez en Cuba se convirtieran de hecho en una baza política que el dirigente cubano supo aprovechar. Por su parte, García Márquez dijo en varias ocasiones que él también sacaba provecho: ahí está, por ejemplo, la larga lista de artistas y disidentes políticos que ayudó a liberar. Vargas Llosa criticó severamente esta amistad por sus implicaciones políticas, pero García Márquez fue amigo de Clinton, de Felipe González. Yo creo que lo único criticable o lamentable de todo esto es que, por hacerse amigo de los poderosos, terminó siendo un escritor acrítico y complaciente con el poder, indistintamente, como sucedió por ejemplo con Noticia de un secuestro y sus últimos artículos periodísticos.
Hablemos de Los soles de Amalfi
La novela surgió de un proyecto de libro de cuentos que empecé a escribir a comienzo de los años ochenta, basados en vivencias propias de mi infancia, que transcurrió durante la violenta década de los cincuenta en una finca de café de las lomas de San Julián, cerca de la vereda de Guanteros, donde a los seis años conocí la vitrola y escuché las primeras canciones en discos de vinilo. Tanto Guanteros como la finca de mi padre quedan frente a las montañas del municipio antioqueño de Amalfi, por donde todos los días se levantaba a la seis en punto nuestro sol de cada día. La mayoría de los nombres de los personajes, muchos de sus rasgos humanos y psicológicos, así como los espacios y sus nombres, están tomados de personas y lugares de la vida real. Pero la historia o las varias historias que se entretejen son destilaciones de la imaginación al método Marcel Schwob... El país de mi infancia lo viví dentro de otro más grande y abstracto, aunque igualmente poderoso (el país político), entonces no pude evadirme de éste, y fue inevitable que las noches y los días, los soles y las lunas, los ríos y las montañas, los silencios y los rumores, los fantasmas y los hombres y mujeres de mi niñez, se fueran conjugando con la historia, las guerras, los personajes y el oprobio del anacrónico, injusto e infame país político del bipartidismo que ha asolado a Colombia desde la muerte de Simón Bolívar. Un país que yo percibía confusamente desde mi niñez entre las montañas como un inmenso e incomprensible cuento de hadas que arrojaba muerte, miedo e injusticia sobre las vidas de los que habíamos nacido y crecido, particularmente, durante las décadas de los años cuarenta y cincuenta del siglo XX, que fueron las más violentas de la historia moderna colombiana.
¿Y la novela sobre Manuelita?
La subasta del fuego, que vengo trabajando hace ya tiempo sobre los últimos veinte años de Manuela Sáenz. A mediados de los ochenta, mientras escribía El viaje a la semilla, leí la biografía de Víctor Von Hagen, y me impresionó tanto el olvido y la miseria en que vivió en el puerto peruano de Paita, que quise saberlo todo sobre esos últimos años de su vida. Históricamente es muy poco lo que pude averiguar de más sobre este trayecto final de Manuelita, excepto que fue tan dramático y alucinante como el de Bolívar. Desde entonces he sentido la necesidad irrefrenable de imaginármelo todo. Y en esas ando todavía, con menos ventura que desventura.

15.8.14

Miedos literarios: la duda

 ¿Puede la duda paralizar a un escritor, hacerlo desviar del camino, conducirlo a otro completamente distinto? Quizá

 
Rubem Fonseca:"El objetivo honrado de un escritor es henchir los corazones de miedo"./Ilustración, Fabián Ruiz./elpais.com.co
Diálogos  con Juan Gabriel Vásquez, Ricardo Silva Romero, Andrés Felipe Solano, Piedad Bonnet, a propósito de una declaración de miedo de Héctor Abad Faciolince: ser un escritor que ya no escribe

Puede llegar a ser un miedo espantoso, paralizante. ¿Es realmente bueno lo que escribo? La duda convierte al acto de escribir en algo completamente inútil. Por eso, para un escritor, se trata de un asunto de vida o muerte.

Un comerciante que no le va bien vendiendo zapatos no tendría mayor problema en cambiar de oficio, intentar hacer pizzas o importar telas. En cambio el escritor, el que en realidad es un escritor, no tiene escapatoria. No se escribe para ganarse la vida, sino para justificarla, darle un sentido, comprenderla. El escritor nunca podrá dejar de escribir – el que sienta que pueda hacerlo es preferible que se dedique a otro asunto - y de ahí que la pregunta puede llegar a parecer tan mortal y definitiva como una pistola en la sien. ¿Es realmente bueno lo que escribo?

II


“Cuando vengo a estos encuentros de escritores, me siento como un cura que ha perdido la fe en una reunión de obispos. Desde hace tiempo lo que escribo me sabe mal. Me gusta más lo que escriben los otros. Yo he perdido la fe, yo ya no escribo”.

Era marzo, estaba en Lima en la Bienal de Novela Mario Vargas Llosa y Héctor Abad Faciolince decía que era un escritor que ya no escribía. La cronista Leila Guerriero recordó que en la sala “se escuchó un “¡ah!” aterrado, como si alguien hubiera deshecho el conjuro que mantenía cerrada la puerta de los monstruos.

Si, al decir de Rubem Fonseca, “El objetivo honrado de un escritor es henchir los corazones de miedo”, Héctor Abad logró henchir, esa tarde, mi corazón de miedo”, escribió.

Después Guerriero decía: “Allí, sentada entre decenas de escritores, recordé la voz de Pina Bausch diciendo, con una certeza nacida del horror y de los huesos, “Bailen, bailen, o estamos perdidos”. No he dejado de pensar en esas cosas. Me parecen, a la vez, bellas y tristes, quizás amenazantes. Como la fe, como el amor, como la pérdida de todo lo encontrado”.

III


La escritora Piedad Bonnet también escuchó a Héctor Abad en la misma sala. Muchos años antes, ella también sentía miedo. “La duda en mi caso se manifestó en los primeros años, en la época de la universidad. Es la época en la que las dudas son más grandes. El momento en que tienes que elegir la literatura como una opción de vida. Yo creo que ese es el momento más duro para un escritor. A menos que tenga una vocación muy firme, puede que el miedo lo haga desistir. Porque además generalmente pasa que no se abren las puertas fácilmente. Se enfrentan demasiados obstáculos. Y el escritor puede tender a pensar que es él que falla, no un sistema editorial. Entonces yo, durante mucho tiempo, tuve la idea de que probablemente no era muy buena como escritora, entre otras cosas porque en los concursos literarios sacaba siempre el segundo puesto. Y eso me parecía horrible. Pero me pudo la pasión. Pudo más la pasión por la escritura que la duda”.

Quizá la única pequeña certeza de un escritor es la aceptación de los lectores. Una diminuta certeza de la que tampoco hay que confiarse demasiado. El miedo en realidad nunca desaparece.

“A mí por ejemplo - dice Bonnet- me da mucho miedo repetirme. Me da miedo caer en los vicios literarios que yo odio: el sentimentalismo, el efectismo, el lugar común. Siempre le estoy huyendo. Aunque uno nunca sabe hasta qué punto logró sortear esos peligros”.

Mientras escuchaba a Héctor Abad, Piedad pensaba también en sí misma. Lo que estaba viviendo Faciolince – “una tragedia, yo sé que lo vive como una tragedia” - ella lo está padeciendo. Bonnet no está escribiendo. O muy poco. Y se ha planteado el problema: los momentos de esterilidad literaria.

“Sin embargo, yo encontré la manera para que no me afecte tanto. Y estoy de acuerdo con Héctor. Si a uno no le están saliendo las cosas bien, es mejor dejar de escribir. No se tiene la obligación de publicar, y menos después de un libro como el que ya publicó él, ‘El olvido que seremos’. A Héctor lo debe de estar paralizando el miedo de la acogida extraordinaria que tuvo su libro, y yo sé que a mí me amenaza algo similar, pero no estoy dispuesta a dejarme vencer por ese miedo. Se tiene que saber que el próximo libro jamás será tan exitoso. Se tiene que aceptar eso. No voy a competir conmigo misma en ese sentido. Yo voy a hacer una nueva obra diferente, que me interese, y que me parezca muy buena. Pero no me voy a preocupar porque los lectores se aburrieron. Yo voy a hacer lo que mejor pueda dentro de la nueva idea”.

IV


El escritor siempre duda, pero hay diferentes maneras de hacerlo. El novelista Juan Gabriel Vásquez lo plantea de la siguiente manera:

“Si duda de su vocación, no se dedique a esto. Un escritor de verdad seguirá escribiendo a pesar del rechazo, de la incomprensión, de la crítica destructiva y de cualquier otro obstáculo, porque no puede no escribir. Mi consejo es: si usted siente que puede vivir sin escribir, que la vocación no es tan fuerte como para organizar la vida entera en función de ella, mejor haga otra cosa. En cambio, si duda de su manuscrito, recuerde que también dudaron todos los grandes, de Melville a Vargas Llosa. Pero que la duda no lo paralice: la única manera de corregir un manuscrito es terminarlo primero.

El tiempo que dedica a dudar, dedíquelo mejor a leer y a estudiar a los maestros. Todo está allí. Lea también el lado B de la literatura: las cartas, los diarios, las entrevistas. En una carta de Flaubert, en los diarios de Kafka, en las entrevistas que la Paris Review lleva décadas haciendo, no solo hay soluciones: hay apoyo para los momentos de duda. Que son mucho más frecuentes que los otros, además”.

Dudar de lo que se escribe no solo es necesario, sino también un síntoma de que se están haciendo las cosas bien. Cierta duda, al fin y al cabo, no debería ser tan espantosa como parece. “Todavía dudo. Creo que abandonar la duda sería la muerte”, dice el cronista y novelista Andrés Felipe Solano.

Juan Gabriel Vásquez agrega: “La única manera de ser escritor es una mezcla rara de duda permanente y de confianza ridícula en uno mismo. Un escritor está preguntándose todo el tiempo si lo que escribe tiene algún valor, si es lo mejor que podría escribir o si tiene derecho a escribirlo. Al mismo tiempo, un escritor tiene siempre la convicción de que escribe porque tiene algo importante que decir. También escribe porque no puede vivir sin hacerlo, de manera que seguirá adelante pase lo que pase. Más que necesaria, la duda es indispensable. Hay que dudar de cada frase, en el sentido de cuestionarla y enjuiciarla constantemente: preguntarnos si esa frase podría ser mejor. Hay que dudar del libro entero: preguntarse por qué es necesario que ese libro vea la luz, y si se justifica exigirles a los lectores que inviertan su tiempo en él en lugar de estar leyendo, por decir algo, a Borges o a García Márquez. Cuando no hay duda, cuando escribo párrafos o páginas enteras sin ninguna incertidumbre, sé que algo va mal. Y vuelvo a empezar. Escribir ficción, en particular, es crear algo donde no había nada. No hay reglas y nadie le puede decir a uno cómo se hace. Por eso es tan difícil y por eso está uno dudando todo el tiempo”.

V


¿Cómo controlar un miedo que nunca va a desaparecer? Piedad Bonnet encontró una manera. La certeza de que si el escritor produce un texto cuyo destino será un cajón, nada más, o la papelera del computador, no suceda nada en realidad. “Si no puedo volver a escribir, ya hay una obra hecha. Pero más allá de eso, es que uno no debe considerarse tan importante. Ese es un camino para vencer el miedo. Si uno deja de hacer una obra, a nadie le importa. Mira Milan Kundera. No sé qué le sucedió. Me encantaría saber. Hace mucho tiempo, siete, ocho años, que no publica un solo libro. Y los lectores adoramos a Milan Kundera. ¿Pero qué le ha pasado? Nada. No publica y no sucede nada. El resto, pensar que uno tiene que seguir produciendo hasta el fin, es vanidad y soberbia”.

El escritor Ricardo Silva Romero encontró otro método para controlar el miedo, disipar las dudas.“Trato de descargar la responsabilidad de la lectura de una novela y eso me alivia bastante. Es decir: hay un punto en que me alcanzo a decir que mi responsabilidad es escribir lo mejor que puedo las cosas que escribo. Porque si uno también se pone la responsabilidad del editor, o de ser el lector de lo que escribe, es muy probable que nunca publique nada, que nunca llegue al otro lado. No puede haber un crítico más brutal o un editor más injusto que uno mismo. Entonces, es muy difícil estar seguro de lo que uno ha escrito, estar convencido, saber que está perfecto, que no le falta nada, que se logró lo que se quería transmitir. Pero lo que se puede tratar de alcanzar cuando se escribe es la sensación de que se hizo lo mejor que se podía y se logró poner en marcha la idea que se tenía. Creo que hasta ahí se puede llegar en términos de tranquilidad y seguridad”.

Escribir es igual que subirse a un escenario para actuar. Significa exponerse demasiado, mostrarse demasiado, arriesgarse. Ricardo Silva sabe muy bien que sería un pésimo actor. Tiene el sentido del ridículo muy desarrollado. Le preocupa en exceso la manera como se comporta con los demás, controla sus gestos. Le daría pánico subirse a un escenario a actuar. Extrañamente, mientras escribe, es distinto. Se arriesga, es inconsciente de alguna manera de sí mismo, se deja perder. Atreverse es otra manera de vencer el miedo.

“Hay gente por lo contrario que en la página 30 de una novela se pone a releerla y se da cuenta o supone que está mala, y la obra llega hasta ahí. El mundo está lleno de novelas que llegan hasta la página 30. A sus autores les entra un arranque de duda, la sensación de que están escribiendo algo innecesario o malo, y reaccionan y tratan de corregir y caen en una trampa mental que nos acosa a todos los que trabajamos escribiendo: la duda de para qué estamos haciendo esto si ya hay tantos libros y obras maestras en las librerías. Esa duda, que yo no digo que me la haya sacudido del todo – de vez en cuando me hago esa pregunta - esa duda acaba con muchas personas. Pero los entiendo. Se sienten como el actor que se está subiendo al escenario”.

VI


Un escritor joven que duda debe saber dos asuntos: la duda solo se resuelve escribiendo. Además, insiste Ricardo Silva Romero, se debe aprender a no caer en las trampas mentales, aprender desde muy temprano que su oficio como escritor no es la interpretación de lo que escribe, sino la escritura misma. El paso siguiente, que es cómo será recibido lo que se escribe, es un paso que no está del todo en las manos del escritor.

Piedad Bonnet aconseja también tener fe. El escritor que duda debe creer en él y en lo que está escribiendo. Es lo más importante. Y que persevere. El mundo editorial puede ser difícil, puede ser cruel, pero nada que sea verdaderamente bueno pasa desapercibido.

Juan Gabriel Vásquez recuerda lo siguiente:

“Si un autor bueno duda de su calidad porque no lo publican es que no ha leído lo suficiente. Ni lo suficiente como para compararse con otros y confiar en la calidad de su manuscrito, ni lo suficiente como para saber que la historia de la literatura está hecha de rechazos crueles o injustos. Basta conocer la historia de publicación de ‘Dublineses’, el libro de cuentos de Joyce, para quedar vacunado contra cualquier tipo de desconsuelo. Si el mejor libro de cuentos de la lengua inglesa tardó nueve años en encontrar editor, uno está obligado a la terquedad: trabajar más duro, leer más y tratar de mejorar el manuscrito. O meterlo en un cajón y escribir algo mejor”.

Alimentar la duda, dice Andrés Felipe Solano, conduce al escritor a luchar contra sí mismo. Y justamente en esa batalla se encuentra la razón de escribir.

VII Héctor Abad Faciolince, a propósito, escribe: “Dudo mucho. La autocrítica es necesaria, pero sigo. Estoy en Berlín, y aprovecho el tiempo, precisamente, para terminar una novela. Estoy dedicado a eso, y nada más. Es por esto que no puedo contestar entrevistas en este momento”.
El escritor que no escribía ha vuelto a hacerlo. El miedo ha sido superado. El orden, de alguna manera, se ha restablecido.

14.8.14

Hannah Kent, o cómo hacer con tu tesis un bestseller

 La escritora australiana cuenta cómo vivió la publicación y posterior éxito mundial de su primera novela, Ritos funerarios

Hannah Kent, autora austrialiana de Ritos funerarios./elcultural.es

El caso de Hannah Kent (Adelaida, Australia, 1985) es, como poco, atípico. Su primera novela, Ritos funerarios (Alba), ha sido traducida a veinte lenguas pero, según confiesa la autora, cuando se puso con ella, hace algo más de tres años, "no tenía ni idea de cómo escribir un libro". Y no solo eso: su libro es, o fue, o sirvió como una parte (una parte sustancial, eso sí) de su tesis doctoral en Escritura Creativa. Le valió, pues, un título y una carrera de escritor: Hannah Kent es hoy, tras su primer e inesperado bestseller (lo ha sido, de momento, en el ámbito anglosajón), una de las figuras más visibles de la literatura australiana. Y esta su primera novela pronto será llevada al cine con Jennifer Lawrence en el papel de la protagonista.

En un texto que escribió en killyourdarlings.com, una publicación digital australiana, la joven autora, editora a la sazón de la revista, describió cómo fue aquello de escribir un libro. Quería reconstruir unos hechos ocurridos en la muy remota Islandia del siglo XIX, pero desconocía el camino. Tenía el qué, pero ignoraba el cómo. "Mirando atrás, puede que fuera una de las decisiones más ridículas que he tomado en vida", escribe Kent, a propósito de la idea de armar con su historia un artefacto narrativo. Y así se lo hicieron saber todos los que supieron de sus intenciones: "Decían que no era consciente de la envergadura del proyecto".

En 2002, antes de su ingreso en la Universidad, la joven Hannah (entonces contaba diecisiete años) se topó con su historia. Ocurrió durante una estancia por intercambio en el país nórdico. Se fue Hannah Kent a ver la nieve y regresó a Australia "con una obsesión". La obsesión, dice, se llamaba Agnes Magnúsdóttir, la última mujer decapitada públicamente en Islandia, en 1830, condenada por el asesinato de dos hombres. La historia es relativamente conocida en el país, y lo es por dos motivos: uno de los asesinados era un hombre de letras, poeta y amigo de pensadores llamado Natan Ketilsson y, además, después de la ejecución de Magnúsdótttir, la pena capital fue abolida en Islandia para siempre.

Los padres de acogida de Kent la llevaron a conocer el lugar donde Agnes fue ejecutada. Allí, recuerda, todavía son visibles las huellas de lo sucedido. "Aquella historia me pareció un cuento trágico", relata Kent, que se identificó pronto con un personaje al que le veía ella "matices y sombras" más allá del sota caballo y rey de los informes policiales. "Creí que seguramente había más en su interior, más aparte del monstruo estereotipado que revelaban aquellos documentos". Kent viajó en más ocasiones a Finlandia, indagó en archivos y bibliotecas, leyó los diarios de los viajeros ingleses y la literatura islandesa de la época, se empapó de algo tan ignoto como el siglo XIX islandés y trajo al libro algo así como un western helado y con un poco (o un mucho) de melodrama femenino.

La historia es la siguiente: Agnes es conducida, antes de morir, a una granja en la que permanecerá recluida hasta el día de su ejecución. En ese lugar convive con una familia que recela de su presencia, pero que nada puede hacer por evitarla. A la historia de esa difícil convivencia, le añade Kent un monólogo interior de la convicta, que va entreverándose, con sus recuerdos, en el desarrollo de la historia. Quería poner en cuestión la pena interior de Agnes, dice, y de ahí que apostara por ponerse en la piel de un personaje del que no se sabe, a lo largo de gran parte de la novela, si es inocente o culpable. Por lo demás, aquella sociedad cerrada, aquel entorno de naturaleza hostil, cuenta Kent, se reveló enseguida como un excelente vivero de materiales novelescos.

"Escribir pese a la incertidumbre"

Más allá del ingente trabajo de documentación previo, la empresa colisionaba, sobre todo, con la bisoñez de la escritora. A ella, admite, lo que más le preocupaba era pasar toda la información obtenida por las escurridizas armas de la narrativa: "Después de averiguar todo lo que me hacía falta, llegó la hora de escribir el libro", recuerda... y sintió "terror" ante semejante desafío. Hasta entonces, tirar del hilo había sido relativamente fácil; trabajoso, pero fácil: Kent conocía el país (había quedado "enamorada" tras su primera visita) y, más importante todavía, se manejaba bien en el idioma. "Cuando llegó el momento de escribir, convertí mi vestidor en una oficina, clavé mis mapas de Islandia y las fotos de la ejecución en las paredes, quité cinco años de porquería de mi teclado y coloqué una cafetera estratégicamente sobre el escritorio". Afirma que escribió el primer manuscrito en tan solo tres meses, y que fue un proceso duro y sacrificado que afrontó con disciplina: se impuso un mínimo de mil palabras al día. "Tuve que romper mi hábito de corregir todo lo del día anterior", dice.

Olvidó sus dudas y cayó la escritora en una feliz rutina durante la cual, asegura, "a través de la experimentación" pudo responder a sus propias preguntas sobre cómo ha de escribirse un libro. Pero nunca, o casi nunca, estuvo segura de los terrenos que pisaba: "Fue como caminar a ciegas en la oscuridad, y solo reconocía los callejones sin salida cuando me golpeaba contra ellos". Y añade: "Descubrí que hay que seguir escribiendo, a pesar de la incertidumbre". El relato termina con Kent llorando sobre su teclado tras escribir la última escena del libro.

Podría pensarse que, a partir de ahí, el resto vino rodado: vendió el manuscrito y, a instancias de sus editores, lo revisó durante meses; estos mismos editores le ofrecieron a la autora un importante adelanto que llamó la atención del público y de los medios. No era habitual todo aquel despliegue para alguien tan alejada de los núcleos literarios en lengua inglesa (Nueva York o Londres), así que, se pensó, una gran historia estaba por venir...

Tras su éxito, Hannah Kent lanza un consejo a los escritores, tanto a los jóvenes como a los que se hallan en una encrucijada creativa: Keep Calm and carry on. Y cita, para terminar, a la novelista irlandesa Anne Enrigh: "Solo los malos escritores piensan que su trabajo es realmente bueno".