27.6.15

El método de trabajo del metódico Graham Greene

¡Como nos gusta saber las rutinas de trabajo de los escritores! Quizá creamos que si conocemos cómo ellos lo hacían, podremos emularlos algún día, aunque probablemente solo se trata de la misma curiosidad que nos hace leer sus biografías o (mejor aún) sus cartas

 

Graham Greene escribía quinientas palabras contadas./libropatas.com
En todo caso, cuantos más métodos de trabajo conocemos, más apreciamos la diversidad de sus mentes. Hay quien se deja llevar por la inspiración y quien se pone, todos los días, de tal hora a tal hora. Hay quien hace planos, y esquemas, y prepara cada escena, y quien dice que escribir no tendría ningún interés si uno ya supiera lo que va a pasar.
Y luego está Graham Greene, que contaba las palabras, para escribir todos los días la misma cantidad, ni una más ni una menos (bueno, quizás estoy exagerando). En sus propias palabras: “Durante más de 20 años he escrito de promedio 500 palabras al día durante cinco días a la semana. Puedo producir una novela en un año, incluyendo el tiempo para la revisión y la corrección del manuscrito. Siempre he sido muy metódico, y cuando cumplo con mi cuota de trabajo lo dejo, incluso aunque esté en medio de una escena. De vez en cuando, durante la mañana, paro para recontar el número de palabras y marcar el manuscrito de centenar en centenar. Cuando era joven, ni siquiera un lío amoroso alteraba mi agenda. Un lío amoroso tenía que comenzar después de comer y me acostase lo tarde que me acostase (siempre y cuando durmiese en mi cama) siempre leía lo que hubiese escrito por la mañana para consultarlo con la almohada. Y es que mucho de lo que escribe un novelista, como ya dije en otras ocasiones, tiene lugar en el subconsciente: en esas profundidades la última palabra está escrita mucho antes de que aparezca la primera palabra sobre el papel. Recordamos los detalles de nuestra historia, no los inventamos”.
Esto era lo que ocurría, por ejemplo, en 1951, mientras Graham Greene escribía ‘El final del romance’, pero no creáis que fue así toda su vida. Metódico sí, pero con los años se fue haciendo más perezoso (él lo achacaba a la edad) y se conformaba con escribir 300 palabras al día. Así lo comentaba en una entrevista, en 1970: “Odio ponerme a trabajar. Estoy ahora con una novela que no fluye fácilmente. Llevo unas 65000 palabras, pero aún me faltan otras 20.000. No trabajo mucho tiempo seguido, estoy sobre hora y media. Es todo lo que puedo manejar. Quizá uno vuelva por la noche, después de una buena cena, después de una buena bebida, y añada algún detalle, alguna escena. Eso le da a uno sensación de éxito. Ha hecho más de lo que pensaba.
Hay algunos escritores que parecen escribir como si uno tuviera diarrea – hombres como Durrell, por ejemplo-. Quizá sus intestinos se vuelvan más y más flojos con la edad. Me impresiona alguien como Conrad, que era capaz de escribir 12 horas seguidas -eso es casi superhumano.
Es como un cansancio en la vista. Creo que debo saber -incluso si no estoy escribiendo- donde está mi personaje, cuáles son sus movimientos. Es al enfocar esto, incluso si no estoy enfocando la página, que mis ojos se cansan, como si estuviera viendo algo desde demasiado cerca.
En los viejos tiempos, cuando comenzaba a escribir un libro, el objetivo era 500 palabras diarias, pero ahora pongo la marca al llegar a 300″.


 


"Prometo querer narrarlo todo y contra toda esperanza. / Prometo ser sincero en la verdad y en la mentira, y prometo contradecirme. / Prometo no ser tan "versátil" como algunos editores quisieran. / Prometo no ser nunca un escritor sin escritura. / Prometo reescribir, tachar, borrar y maldecir hasta quedar sin aliento. / Prometo todo esto, Señor, en nombre de tantos autores caídos en el campo de batalla de la página en blanco. / Prometo también algo muy sencillo. / Repetir cada mañana esta plegaria: / "Señor, no soy ávido / sólo te pido 500 palabras".

El anterior poema pertenece a Santiago Gamboa.

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