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23.6.10

Rosa Montero y el Neuregulin 1

La escritora busca entre el dolor y la alegría el motor de la creatividad en el ciclo Lecciones y maestros

Rosa Montero y, detrás, de izquierda a derecha, David Trueba, Manuel Vicent y Javier Rioyo.-foto:PABLO HOJAS.fuente:elpais.com

Después de años de discusiones bizantinas, debates y comeduras de coco estériles o no sobre esa oscura o luminosa fuerza que prueba la escritura, la ciencia parece haber dado en el clavo. Rosa Montero lo expuso ayer en el curso Lecciones y maestros, organizado por la Fundación Santillana y la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP). "La clave es el Neuregulin 1", reveló la autora de La loca de la casa. En la sala la miraban atónitos e intrigados sus compañeros de armas, Héctor Aguilar Camín y Manuel Vicent, que cierra hoy las jornadas y junto a quienes protagonizará un debate abierto en el paraninfo de la Magdalena, en Santander.

Pero ayer, en Santillana del Mar, Rosa Montero dio algunas de las razones que la ayudan a explicarse entre papeles, tintas y mundos propios o ajenos. Centrémonos en la ciencia una vez más. ¿De dónde ha salido ahora el Neuregulin 1? "Por lo visto es una mutación muy común", aseguró la autora. Es el gen de la creatividad, descubierto en la Universidad de Semmelweis, Hungría. "Algunas personas pueden poseer tres o más copias de esta alteración. Eso explicaría la genialidad de Shakespeare o de Mozart. Pero lo más fascinante es que conlleva una mayor predisposición a sufrir trastornos psíquicos, una peor memoria, ¡y una tremenda hipersensibilidad a las críticas! Es el retrato del artista perfecto", comentó Rosa Montero.

Si la escritura es delirio, como probó Cervantes y asegura Sergio Pitol, entonces no hay duda. Muchos poseen ese gen. Si la literatura trata de mitigar el dolor y buscar una luz, como cree firmemente Montero, también. Así lo vio José Manuel Fajardo en su presentación: "En los libros de Rosa uno encuentra tres temas recurrentes. La muerte, la memoria y la mentira. Pero en la misma medida aparecen la libertad, la felicidad y la verdad posible", aseguró el escritor.

Y Rosa Montero, que empezó su intervención presentándonos a un personaje ruso inventado, después confesó ese tránsito difuso entre caminos que llevan a veces a dos lugares paradójicos: "Con el paso del tiempo, a veces me es difícil diferenciar lo vivido de lo soñado y de lo inventado. Todo pertenece a la misma nebulosa".

Entre esos terrenos confusos, entre hilos y barrancos, Montero ha trotado montada encima de palabras, ideas y obsesiones. Entre niñas, amantes, enanos y territorios de leyenda se ha movido para crear Crónica del desamor, Temblor, Amado amo, La función delta, Instrucciones para salvar el mundo, Bella y oscura, El corazón del tártaro, La hija del caníbal...

Historias que fueron cociéndose en su cabeza desde niña: "Empecé a escribir con cinco años. Siempre me he definido como una escritora orgánica". Sufriente y viviente. "Escribir una novela es un trabajo de picapedrero, una carrera de larga distancia". Y un continuo laberinto de dudas que impone decisiones contundentes. "Lo explica muy bien Amos Oz cuando dice: para escribir una novela de 80.000 palabras debo tomar algo así como un cuarto de millón de decisiones. Unas son sencillas, otras burdas y sutiles. Como poner ahí, al final del párrafo, azul o azulado. O celeste. O celeste oscuro. Lo cual", sigue Montero, "si se mira con distancia, aumenta aún más la sensación de estupidez".

Pero es esa una estupidez que puede llegar a ser crucial. Aunque todo provenga del dolor, puede resultar salvador. Rosa Montero insistió mucho en ello ayer a pesar de que amigos suyos como Nativel Preciado, Alejandro Gándara, Elvira Lindo y Nuria Labari, en mesa redonda, intentaron hacer prender la luz y la alegría que, en su opinión también desprende su literatura.

Ese fue el caso del clérigo John Cluny. Allá por 1348 se empeñó en dejar constancia de la peste bubónica, que como un apocalipsis, arrasó parte de Europa: "Lo hizo para que las cosas memorables no se desvanezcan en el recuerdo de los que vendrán detrás de nosotros". Es el testimonio del cronista, del periodista útil, del fajador de valores y verdades, una raza que Rosa Montero conoce a base de bien.

22.6.10

La crisis creativa del escritor según Aguilar Camín

El autor mexicano inaugura el ciclo literario Lecciones y maestros

Manuel Vicent, Rosa Montero y Aguilar Camín, en Santillana.foto PABLO HOJAS.fuente:elpais.com

A doña Emma Camín le gustaban las frases contundentes. "El que expulsa de su vida la mentira deja la verdad afuera", podía llegar a decir. Esas sentencias son un recuerdo insuficiente para su hijo, Héctor Aguilar Camín. Prefiere su presencia. Su muerte, hace cinco años, le ha dejado inmerso en una orfandad creativa.

Así lo confesó ayer el escritor mexicano en la jornada inaugural del ciclo literario Lecciones y maestros. El curso se abrió en Santillana del Mar con él, continúa hoy con Rosa Montero y concluirá mañana con Manuel Vicent.

La muerte se llevó a Emma Camín y también a su tía Luisa, que le criaron junto a sus cuatro hermanos. Desde entonces, se ha sentido, además de profundamente desamparado, desgajado de su buen juicio: "Del tribunal invisible al que comparecía con sus libros, el tribunal fundador de su escritura", confesó el autor de La guerra de Galio.

Así corroboraba el peso de ambas en su presentación su amigo el escritor Hugo Hiriart: "Para lograr un destilado de Aguilar Camín se requieren los siguientes ingredientes esparcidos en una retorta: un poco de Chetumal, el pueblo donde nació, lugar primitivo y selvático. Una pizca de su madre y de su tía, dos mujeres que ponían a los niños a cantar para espantar sus miedos, y los jesuitas, donde estudió desde niño hasta llegar a la universidad".

El dolor está aún presente. Lo mismo que la falta de ánimo y la depresión, "cosas de la edad", dice el autor de 64 años. Para recuperar una cierta perspectiva, Aguilar Camín se refirió a sí mismo en tercera persona: "No sé qué decir del escritor que se llama como yo. Escribe sin fe en lo que escribe, lleno de fragmentos que no van a ningún lado". Por dentro se le siguen revolviendo los temas de siempre: el poder, la política, el amor, las mujeres misteriosas, el periodismo, la historia, el whisky... México trágico, pujante y violento. Un país que vive una auténtica guerra contra personas dispuestas a matar por 400 euros al mes. "¿Qué hacer con ellos? La guerra, no queda otra solución", aseguró.

Pero no solo fue contundente con su país. También consigo mismo. Había empezado tarde su carrera de fabulador. Fue historiador antes, periodista hasta hoy. Su primera novela, Morir en el golfo, apareció cuando él tenía 39 años. Lo hizo, dice, "huyendo de la literatura experimental de los años sesenta. De la epidemia verbal, del enredo estilístico. Quería escribir novelas legibles". Después tuvo que sobrevivir al éxito de La guerra de Galio, crónica desmesurada del periodismo en su país que si hoy tuviera que repetir trasladaría a una televisión.

Siguieron El soplo del río, Las mujeres de Adriano, Mandatos del corazón, El error de la luna... En ellas se mezclan guerras, guerrillas, amores excesivos, luchas de poder, los contrastes entre pueblos míticos y la ciudad moderna. ¿Y ahora? Ahora sufre terror a la hoja en blanco. Desazón, poca motivación. "El escritor del que hablo quisiera tener al menos un libro largo. Conoce el estado de gracia que es eso".

Lo ha moldeado entre sus manos. Cuenta la historia de la separación de sus padres y su familia. Pero igual que le llegó la inspiración, desapareció. "Cuando llevaba tres capítulos y 100 páginas de notas, la magia se fue. Había ido a visitar a su padre. No quería fallar ante su mirada. Menos con una historia que contaba su fracaso y la destrucción de su progenitor por su propio padre, es decir, su abuelo". En ella se mezclan la separación, el desgarro, la huida, sus ancestros. Ayer quiso conjurarlos. Ojalá el exorcismo le lleve a arrancar de nuevo desde sus páginas moribundas. A desencallar y tomar de nuevo el rumbo.