4.4.12

Una charla entre pájaros

Una conversación entre escritores no siempre tendrá como protagonistas a sus personajes. En este encuentro, el autor de Las correcciones revela entre líneas su más auténtica pasión
Jonathan Franzen, autor de Las correcciones y Libertad, en su casa en Santa Cruz, California. foto.fuente:elmalpensante.com

Las correcciones, el libro que metió a Jonathan Franzen entre los grandes novelistas de su generación, llevaba una semana en las librerías cuando dos aviones de pasajeros se estrellaron contra las Torres Gemelas de Nueva York. La publicación en castellano de su nueva novela, por una de esas magias del azar objetivo, coincidió con el décimo aniversario de los atentados. Libertad, una fiesta narrativa de más de seiscientas páginas cuyo título sencillo no debería despistar a nadie, es una novela familiar y obsesivamente privada, pero guarda en sus sótanos una buena cantidad de cargas políticas que tienen mucho que ver con los años en que fue concebida: los años posteriores al 11-S, los años de Bush y de Irak, los años en que palabras como "América", "patriotismo" y –bueno, sí– "libertad" estaban en boca de todos los norteamericanos y en particular de todos los políticos. "Una de las razones del título", me dijo Franzen cuando le hablé del asunto, "es mi intento por recuperar una bella palabra de manos de los estúpidos y volverla a poner en manos de quienes pueden apreciar su complejidad y belleza".

Pues bien, misión cumplida: Libertad explora bella y complejamente un puñado de vidas íntimas cuyo asunto, igual que sucedía en Las correcciones, es el eterno conflicto entre lo que quieren y lo que se espera de ellas. En este choque frontal se mueve la extraordinaria historia de la familia Berglund, gente de buenas intenciones e incluso de buena fortuna; gente cuya buena fortuna, junto con todo lo demás, se va al garete de manera fascinante a lo largo de unas tres décadas. Lo que Franzen nos cuenta es el auge y caída del matrimonio entre Walter, ambientalista comprometido y marido fiel, y Patty, "una alegre portadora de polen sociocultural, una abeja afable". Todos los sospechosos habituales están presentes: el dinero, los deportes, el sexo, las drogas y aun el rock-and-roll, en la persona de Richard Katz: músico postpunk que prefiere ganarse el pan arreglando techos antes que comprometer su integridad artística, hombre caótico que interfiere de maneras imprevistas y calamitosas en el matrimonio Berglund. Son todos personajes (encantadoramente) confundidos, y a todos les queda de maravilla la frase que una vecina insidiosa utiliza para referirse a los Berglund: "Creo que aún no han aprendido a vivir".

¿Cómo vivir? Libertad intenta responder a esa pregunta.

Franzen divide su calendario entre su apartamento de Manhattan, donde pasa nueve meses al año, y una casa de Santa Cruz, California, a una hora y media de San Francisco por una carretera que bordea el Pacífico. Es un paisaje de acantilados, playa y niebla al mismo tiempo –el mes de agosto, en esa zona de California, es tibio y húmedo–, pero al llegar a Santa Cruz todo eso desaparece: uno está en uno de esos centros urbanos que parecen surgir poco a poco, casi a traición, y en cuyas calles silenciosas no hay peatones. La casa de Franzen es un lugar engañoso: la puerta principal da a una de esas vías de inconfundible aire suburbano, pero uno cruza el salón –dos bibliotecas pequeñas empotradas en la pared, y en ellas libros de John Updike, Don DeLillo, Philip Roth– y en pocos pasos se encuentra al aire libre, en un porche de suelo de madera colgado al borde de un barranco profundo y cubierto de árboles donde cantan los pájaros. Los pájaros son importantes en la vida de Franzen. Cuando comenzamos a hablar, lo primero que me dijo no tenía que ver con su vida ni con sus libros, sino con el canto que sonó en ese momento. "Un chingolo punteado", dijo. "Es un hermoso pájaro".

Me contó que unos meses atrás había estado en Colombia, cerca de la Sierra Nevada de Santa Marta, en los terrenos de una reserva natural con la que trabaja su organización. "¿Qué organización?", pregunté. "La American Bird Conservancy", me dijo. "Trabajamos con ProAves, un grupo conservacionista muy dinámico de Colombia. Una de las razones por las que hemos podido comprar el terreno que tenemos allí, en la selva tropical, es que en un tiempo hubo tantos combates que los campesinos abandonaron sus tierras". El Dorado –así se llama la reserva– está a unos 1.900 metros sobre el nivel del mar. Franzen hablaba de ella y yo pensaba en Libertad y en Walter Berglund, que se pasa buena parte del libro intentando conseguir ciertos terrenos para proteger una especie en peligro de extinción: la reinita cerúlea. "En los últimos dos años", leemos, "Walter había viajado mensualmente a Colombia para comprar extensos terrenos y coordinar con las ONG locales que fomentaban el ecoturismo y ayudaban a los campesinos a sustituir sus estufas de leña por energía solar y eléctrica". Para Walter, baste decirlo, las cosas no salen tan bien como están saliendo para su inventor.

Jonathan Franzen nació en Western Springs, Illinois, en 1959, y creció en un suburbio de Saint Louis, en el estado de Missouri. Sus padres eran gente modesta que, sin ser muy educada, veía la educación como una herramienta de ascenso social, y siempre transmitieron a sus hijos la importancia de la lectura. (Mucho después Franzen escribiría en un ensayo: "No soporto la idea de que la ficción seria sea buena para uno, pues no creo que todo lo que está mal en el mundo tenga una cura". Se refiere a la noción fetichista de que leer nos hace mejores personas o soluciona nuestros problemas.) "Mi padre solía leerme con frecuencia. A. A. Milne, el autor de Winnie-the-Pooh, le gustaba mucho. También Tom Sawyer. Más tarde, una versión británica de Robinson Crusoe... Los dos eran muy trabajadores y no venían de una familia privilegiada, así que nunca tuvieron ni el hábito ni el tiempo libre para leer por placer. Me llevaban a la pequeña biblioteca pública de nuestra ciudad una vez por semana, y de allí salía yo con una nueva montaña de libros... Y los libros se volvieron para mí un mundo, y mi relación principal es con ese mundo imaginativo. Los libros eran una experiencia social alternativa o aumentada. Con el tiempo llegué a libros que me parecen objetivamente buenos. Como Las crónicas de Narnia, por ejemplo. Los libros de C. S. Lewis son moralmente muy complejos. Sus mejores personajes son los niños que hacen algo malo. Esos libros me fascinaron, y tuvieron que pasar décadas para que me diera cuenta de la razón: estos eran chicos con problemas". "¿Como usted?", le pregunté. "Sí", dijo Franzen, "como yo".

La génesis de una vocación consta de muchos momentos. Uno de ellos, en el caso de Franzen, es una obra de teatro que escribió con una amiga durante el último año de escuela. Era una obra absurda, me dijo: espías rusos en el Londres de 1666 que tratan de robarle el secreto de la gravedad a Isaac Newton. "Invitábamos al público a pensar que los rusos no tenían gravedad, o algo así", rió Franzen, "que estaban perdiendo la carrera gravitacional". Luego vinieron las primeras lecturas serias. "Si tuviera que mencionar a un escritor que realmente me haya abierto los ojos, sería Kafka. Mi primera novela fue una reescritura de El proceso, imagínese. Muchas cosas intervinieron en el tipo de escritor que yo quise ser. Por ejemplo, los seis años que pasé en unas Juventudes Cristianas, con su poderoso énfasis en el crecimiento personal. O el ejemplo de mi hermano mayor, Tom, que obtuvo un máster en dirección de cine y llevó una vida cuya autenticidad yo admiraba. Para él no era auténtica, aunque estuviera viviendo en una barriada de Chicago, comprando en tiendas de bajo coste, hurgando en la basura para vivir... En fin, yo estaba muy decidido a ser cierto tipo de escritor, ¿pero de qué viviría? Nunca quise ser el loco de la buhardilla, el hombre encerrado que escribe cosas ilegibles. Desde el comienzo sentí que mi misión era hacer justicia a esta nueva dimensión literaria que había descubierto sin renunciar a un público más amplio. Pensé, y creo que alguna vez lo dije, que no quería dejar atrás a mis padres. Quería escribir libros que ellos tuvieran oportunidad de leer y apreciar".

Pareció que iba a decir algo más, pero entonces abrió mucho los ojos, miró al vacío y dijo: "Oiga eso: es un colibrí. Hay muchos por esta zona".

Su mujer fue otra aprendiz de escritor. Habían estado saliendo desde el último semestre de universidad; cuando Franzen ganó una beca Fulbright y se marchó a la Freie Universität de Berlín, la relación se volvió epistolar. "Nos escribíamos una cantidad poco saludable de cartas", me dijo Franzen. "Como éramos tan ambiciosos, pensamos que no podíamos simplemente escribirnos esas cartitas llenas de emociones, sino que debían ser una especie de diario. Fue un mal experimento: yo pasaba días sin ver a nadie, viviendo en mi cabeza, y una vez, respondiendo a una carta especialmente perturbadora, tuve un colapso nervioso. En cualquier caso, esas cartas se convirtieron en un capítulo de mi primera novela, Ciudad veintisiete. Aunque acabé eliminando la mayor parte del capítulo".

Toda primera novela tiene una historia tormentosa, y Ciudad veintisiete no fue la excepción. Al volver de Alemania, los corresponsales se casaron; el abuelo de Franzen le había dejado un dinero para estudiar; como no quería volver a estudiar nada, se gastó ese dinero en vivir, lo cual molestó mucho a sus padres. Durante dos años escribió cuentos y trató de venderlos al New Yorker: "Este era mi plan para hacerme rico", dice. Pero siempre había algo mal con los cuentos, así que decidió embarcarse en un proyecto más ambicioso. Franzen había hecho una promesa solemne a sus padres: si no publicaba su primer libro antes de cumplir los veinticinco, se daría por vencido y entraría a estudiar derecho. Y el libro, el terco primer libro, no llegaba. "Pero de alguna manera completé las diez mil horas de trabajo que, según algunos, necesitas antes de llegar a ninguna parte", me dijo. En 1985, en un período de diez (intensos) meses, escribió el libro entero. "Y me acuerdo del día en que lo terminé: era a comienzos de noviembre, estaba trabajando en el porche de una casa que teníamos en los suburbios de Boston. Hacía un frío terrible, pero yo me había quedado afuera porque estaba fumando y mi mujer había dejado el cigarrillo recientemente. Cuando me di cuenta de que había terminado, me sentía exhausto y lleno de excitación. Puse los dieciocho capítulos en una pila y mi mujer me tomó una foto junto a ese manuscrito. Cuando llegó la foto, mi imagen era horrible. Había pasado diez meses trabajando siete días a la semana, fumando casi hasta matarme. Me veía como un hombre de sesenta años".
No tenía sesenta años: tenía veintinueve, y llegaba cuatro años tarde al compromiso con sus padres. Se puso a buscar cualquier contacto con un escritor famoso para tratar de obtener algún tipo de aval, y un amigo de la familia de su esposa, un escritor que no era particularmente conocido, lo llamó para decirle que no iba a leer su novela, pero que podía decirle inmediatamente dos cosas: la novela era demasiado larga y Franzen debía cortar la mitad. "Más vale que tenga mucho sexo", le dijo. "¿Tiene mucho sexo?". Y enseguida comenzó a maldecir –durante una hora de conversación telefónica– a la industria editorial. "Ahora reconozco la amargura, el resentimiento de lo que estaba escuchando, pero entonces quedé aterrado", me dijo Franzen. Y recordó las vociferaciones indignadas del hombre: "John le Carré puede limpiarse el culo con una hoja de papel y se la publicarían". "Ya sabemos el discurso de esta gente", me dijo Franzen. "Todo está corrupto, todo es una conspiración contra mí. Pero colgué con él y miré mi manuscrito: 1.300 páginas. Solo mecanografiarlas, en una máquina de escribir electrónica que alquilé para eso, me había costado tres semanas. Tomé el manuscrito con un lápiz en la mano y empecé a leer. Y me di cuenta de cosas que no había visto antes. Pensé: 'Alguien va a leer esto, y no le va a interesar esto tan maravilloso que estoy haciendo durante tres páginas… La gente quiere que le cuenten una historia'. Así que corregí, corregí, corregí. Y aprendí mucho".

Pero la publicación de la novela –un duro cuestionamiento de la inocencia del Medio Oeste en general y de Saint Louis en particular– fue una decepción inmensa. "La sorpresa más grande", escribió, "fue el fracaso de mi novela culturalmente comprometida a la hora de lograr que la cultura se comprometiera con ella. Mi intención había sido provocar; lo que recibí, en cambio, fueron sesenta reseñas en el vacío". Con la segunda, Movimiento fuerte, ocurrió lo mismo: el aprecio de la crítica y el ninguneo de los lectores. Y con la caída de su destino literario, su destino personal –verbigracia, su matrimonio– también se estaba cayendo a pedazos. Fue entonces cuando la revista Harper's le hizo un encargo que sería determinante. El resultado se acabaría publicando en el libro Cómo estar solo, con el título "¿Para qué molestarse?", pero todo el mundo lo conoce con su alias: "el ensayo de Harper's".

"El ensayo de Harper's comenzó siendo un encargo del New York Times Magazine", me contó Franzen. "Un reportaje sobre la disminuida autoridad cultural de la novela norteamericana. Me dieron un presupuesto, pero lo más importante es que me dieron también un pretexto para escribir a los novelistas que yo admiraba. Escribí a mucha gente: a Philip Roth, a Toni Morrison... Don DeLillo fue uno de los pocos que contestaron. Así que lo entrevisté, luego le escribí y él volvió a responder, y pronto estábamos comiendo un par de veces al año. Yo tenía (y tengo todavía) una opinión tan alta de él que al principio fue incómodo estar en su presencia. Pero lo hemos superado. Siempre me ha gustado el contacto con los mayores, saber de qué hablan, y eso fue parte de mi motivación como escritor: quería unirme a esa conversación. El ensayo no fue solo el lugar donde resolver ciertos problemas, sino la manera práctica de llegar a conocer más escritores, de entrar en contacto con DeLillo o con Donald Antrim, y escuchar que les preocupaban las mismas cosas que a mí. Terminé el ensayo sintiendo que mi maldición era menos exclusiva de lo que creía. Escribirlo me cambió, me liberó para volver a ser novelista con una noción muy distinta de lo que estaba haciendo. Terminé Las correcciones, publiqué la novela y recibí una respuesta muy diferente de la que había recibido con mis dos primeras novelas. Averigüé, en pocas palabras, qué tipo de novelista quería ser".

¿Y qué novelista es ése? En uno de los pasajes más iluminadores de ese iluminador ensayo, Franzen habla de su descubrimiento de una novela que lo marcaría de ahí en adelante: Personajes desesperados, de Paula Fox. "Ese libro era y sigue siendo el mejor ejemplo de cómo el mundo puede verse reflejado en una conciencia individual", me dijo. "Al leerlo me di cuenta de que me había enfrentado al tema de una forma equivocada. Otro gran ejemplo es Una cuestión personal, el libro de Kenzaburo Oé, otro libro dedicado a contar el funcionamiento de una conciencia bajo presión. Es muy corto, y sin embargo todo el Japón de la postguerra está en esa breve novela. Si Oé hubiera tratado de construir una trama que girara alrededor del Japón de los años sesenta, la novela habría sido un inmenso desorden y habría quedado obsoleta para cuando Oé la terminara. Lo mismo sucede con Estados Unidos en 1968 y Personajes desesperados. Yo me había educado con los maximalistas, con esas inmensas novelas que intentan contarlo todo. Pero hay mucho más sobre los Estados Unidos de 1968 en Personajes desesperados que en una novela como JR, de William Gaddis, cuya extensión es cinco veces mayor... Así que me di cuenta de que podía resolver dos problemas a la vez: uno era la obsolescencia de la novela social (me seguía preocupando lo que pasaba en el mundo, pero los métodos de la novela social ya no eran una opción viable) y el otro la posibilidad de hacer lo que llevaba mucho tiempo deseando: habitar el mundo íntimo de los personajes. Así que Paula Fox me enseñó el camino. Y me parece muy elocuente que el libro estuviera descatalogado mientras que las grandes novelas socialmente comprometidas de los postmodernos estaban ganando premios, volviendo famosos a sus autores".

El artículo de Franzen y su posterior prólogo dieron una segunda vida a Personajes desesperados. Franzen, por otra parte, es uno de los principales valedores de escritoras como Alice Munro. Y sin embargo tiene el raro honor de haber sido la víctima en una de las controversias más ridículas de los últimos años en Estados Unidos. Tras la extraordinaria reseña que la crítica Michiko Kakutani le dedicó a Libertad en el New York Times, un par de escritoras encabezaron un curioso movimiento feminista para quejarse del favoritismo que dicho diario mostraba hacia los hombres blancos. Tan notorio fue el debate –aunque llamarlo debate es una hipérbole– que una de las escritoras involucradas en la queja inventó un tag de Twitter, franzenfreude, que definió como "el dolor producido por las múltiples y copiosas reseñas que le han llovido a Franzen". A Franzen, acostumbrado desde que comenzó su éxito a los ataques de mediocres y resentidos, la cosa lo trajo sin cuidado. Y sin embargo puede encontrar razón en la queja: "El canon olvida a las mujeres. Eso molesta a mucha gente, y me molesta a mí. Suelo tratar de rescatar a escritoras que hayan sido injustamente descuidadas, pero sigo siendo el hombre blanco".
Como Las correcciones, Libertad es un examen de un momento –mejor: de un zeitgeist– a través de una familia. Para Franzen, se trata de su novela más autobiográfica precisamente porque es la más puramente inventada. "Las cosas más duras o más interesantes de la vida de una persona no deberían contarse directamente en la ficción", me dijo al respecto. "Son demasiado vergonzantes, o contarlas causaría demasiado dolor a personas que aún viven. Una de las razones por las que fue fácil terminar Las correcciones es que mis padres estaban muertos, así que no era necesario inventar tanto. En Libertad, la cosa fue distinta. Quería, en parte, contar lo que sabía, pero no quería hablar de un matrimonio que ocurrió en 1944. ¿A quién le importa 1944? Dejad que los muertos entierren a los muertos, ¿no? Así que traté de imaginar cómo serían mis padres si tuvieran mi edad. Al ponerme en esa tarea, la de contar un matrimonio que no es el mío, pude contar mi matrimonio disfrazado. En ausencia de la invención, la autobiografía más profunda no es posible. Y sin embargo, no sé por qué, la gente necesita pensar en la ficción como autobiografía disfrazada. Tal vez todo venga de un prejuicio muy protestante: que la ficción es mentira. Para esa gente es tranquilizador pensar que una novela no es mentira, sino que el autor ha cambiado los nombres y los detalles pero manteniendo la verdad de lo que le ha pasado. ¿Por qué leer mentiras? Mejor leo algo que me enseñe, piensan ellos, algo que me permita mejorar".

"En sus novelas", le dije, "no suele haber personajes que se parezcan a usted. Ahora se me ocurren muchos autores contemporáneos, y muchos de ellos muy buenos, que siempre necesitan poner a un representante, por decirlo así, en sus ficciones". "Nunca he sido capaz de crear personajes ficticios que se me parezcan", dijo Franzen. "Cuando lo intento, fracaso. A veces pienso que no me gusto, no me gusta lo que veo cuando me veo en la página. Pero he tenido la fortuna de toparme con un editor en el New Yorker que me animó a construir una voz en primera persona. Y eso me permitió, por primera vez, incluirme a mí mismo en mis relatos. Desarrollé esa persona lentamente, y terminó por ser una persona muy irónica. Me di cuenta de que era posible hacer muchas cosas interesantes si se adoptaba el modo de la confesión, si se aplicaba la actitud moralizante contra uno mismo antes que contra los demás. Si uno trata de escribir sobre el medio ambiente, por ejemplo, la única manera de tener credibilidad es hablar de sus propias hipocresías, sus propias inconsciencias. Solo así se logra esa relación amistosa con el lector. Una de las convicciones que salieron del ensayo de Harper's fue la de tratar al lector como igual".

Franzen ha reflexionado con terquedad y lucidez sobre el rol que juega la literatura de ficción en nuestras vidas, y sobre lo que perderemos cuando esa curiosa actividad (la de leer y escribir sobre gente que no existe) sea desplazada definitivamente. "Hay quienes sostienen que la no ficción nos da todo lo que la novela puede dar, así que ya no necesitamos novelas", me dijo, "pero hay ciertas cosas que la ficción hace mejor que ningún otro medio. El acceso a la vida interior de otras personas, con toda esta riqueza de gradaciones, es algo que solo la ficción puede dar. En la ficción podemos entrar en la mente de una persona y en seis palabras salir y entrar en la mente de otra. Fundamentalmente, esto estimula algo que podemos llamar 'simpatía liberal'. Jane Smiley habla de 'la novela liberal', con lo cual se refiere a la novela a secas: la posibilidad, no, la necesidad de presentar puntos de vista que no son los tuyos hace que debas abandonar cualquier absoluto moral. Así que la complejidad moral es una especie de segunda piel para un escritor de ficción".

Y los personajes de Franzen no son extraños a la literatura. Aunque a él, según dice, nunca le ha interesado escribir sobre escritores, le gusta reconocer el hecho de que los libros tienen un lugar en la vida de la gente. Así sucede en Libertad, donde Patty lee a Tolstói, y Joey, lamentablemente, no logra interesarse en Expiación. "Me supo mal, sí. Pero luego me llegó razón de que a McEwan no le había importado. Dijo que si él hubiera sido Joey en ese momento, tampoco le habría gustado su libro. Qué puedo decir: a mí me interesa el mundo de la gente que lee novelas. Sí, la tecnología seduce a muchos más jóvenes ahora que hace veinte años, y puede que se avecine un período de decadencia sostenida de la novela, pero el público es todavía muy grande. Aun si fuera pequeño, contaría con mi lealtad. Si seguimos escribiendo como si importáramos, seguiremos importando a la gente que lee novelas. La manera de conservar nuestro territorio no es darnos por vencidos y comenzar a escribir para nosotros mismos, sino tratar de escribir libros que sean relevantes". Por relevantes, al menos en el contexto de Franzen y su tradición, yo entiendo esto: libros que nos ayuden, directa o indirectamente, a contestar o por lo menos a explorar con sabiduría las grandes preguntas. Creo que aún no han aprendido cómo vivir: la declaración de los vecinos de los Berglund al comienzo de la novela me volvió a la memoria, y se la mencioné a Franzen.

"Estoy pensando en Personajes desesperados", me dijo él, "y en un personaje que allí dice: 'Ojalá alguien me dijera cómo debo vivir'. La frase que usted señala contiene el tema de la novela, y fue solo cuando la tuve que supe de qué iba a tratar la novela. Su significado es un asunto personal: la sensación que tenemos frente a los momentos de agitación o desconcierto personal o familiar: que alguien me diga cómo hay que ser, cómo debemos estar aquí. Pero también apunta a algo social, y aun político. Estamos bombardeados por la evidencia de que cualquier cosa que hagamos va a tener un efecto potente en el mundo. No hay solución buena para la mayoría de los problemas. Esa frase describe lo más profundo que hay en un ser humano y al mismo tiempo se refiere al más amplio contexto de lo que significa vivir hoy en el mundo. Gracias por notar la frase. Yo me sentí especialmente orgulloso cuando supe dónde poner la palabra "aún"... De todas formas, creo que es cierto: todavía no hemos averiguado cómo vivir. Un amigo me hablaba el otro día de cómo los seres humanos seguimos sin entender realmente el problema del sexo. Sigue siendo un asunto terriblemente difícil. Y yo le decía: 'Sí, qué problema tan grave. Pero qué buenas noticias para los novelistas'".

Franzen hizo una pausa y me dijo: "Mire, un sastrecillo. El pájaro cantor más pequeño de Norteamérica. Siempre vuelan juntos, así que ahora vendrán otros. Cuando estén todos, habrá unos quince. Una especialidad de la costa oeste. No se pueden ver en ninguna otra parte".

Franzen escribió Libertad durante el primer año de la presidencia de Obama. Pasó los años de Bush luchando con el libro, pero sin llegar a ningún lado, y no es una coincidencia que la novela solo se pusiera en marcha la semana anterior a las elecciones, cuando Estados Unidos asistía a esa sorpresa inverosímil: el candidato negro iba a ganar. "Solo entonces pude relajarme y ponerme a escribir", me dijo. Se había pasado los años de Bush asistiendo, con fascinación y repulsa, a la degradación progresiva del discurso político. "La política me parece muy tonta, muy simple: exige que uno piense que tiene la razón y que el contrario está equivocado. La mayor crítica que se le hace ahora a Obama es que piensa en las cosas de una forma muy complicada, mientras que una novela que no piense las cosas de una forma complicada simplemente no sirve. Así que hay una antítesis fundamental entre la política y la novela. Alguien debería llevar esta noticia a la Academia Sueca". Pensó un momento y añadió: "Soy una rara mezcla: alguien lleno de opiniones políticas que al mismo tiempo tiene muy poco respeto intelectual por la práctica de la política".

Varias cosas pasaron en esos años, los años de la lenta concepción de Libertad. La relación con su mujer es una de ellas. Kathryn Chetkovich tiene una colección de relatos, Friendly Fire, pero durante los últimos años ha estado dedicada de manera constante a la dramaturgia. Es, además, la autora de un bellísimo (y descarnadamente honesto) ensayo sobre su relación con Franzen: Envidia. "Esta historia trata de dos escritores", comienza el texto. "Esta historia trata, en otras palabras, de la envidia". Y luego pasa a narrar la forma en que Chetkovich conoció a Franzen: en una colonia para escritores, oyéndolo leer un cuento. Los dos son aprendices, pero pronto sus caminos y su suerte comienzan a divergir: mientras a ella la vida se la va llevando por delante (la enfermedad de su padre, las incontables y banales tareas diarias), él logra montar una vida alrededor de la novela que está escribiendo. Mientras ella escribe un cuento de quince páginas y una breve obra de teatro, él logra terminar un novelón de esos que cambian a quien los escribe. Los amigos le dicen: "Yo no podría estar con un escritor mucho más exitoso que yo". Chetkovich escribe: "La persona que amo tiene lo que yo quiero".

Pero en la vida de Franzen hay otra historia de dos escritores: su amistad con el novelista David Foster Wallace, que el 12 de septiembre de 2008 se ahorcó en el patio de su casa de Claremont, California. Franzen y Wallace habían comenzado a escribirse veinte años antes, en 1988. Dos años después del suicidio, Franzen publicó un ensayo en que trataba de lidiar con esa pérdida; yo no conocía el ensayo cuando le pregunté, precisamente, cómo lo había hecho. "Dave, Dave, Dave...", dijo Franzen entrecerrando los ojos. "Lo que hizo me enfadó mucho, pero también la forma en que lo hizo. Lo digo en el ensayo: siempre supe que él sabía que el suicidio era una movida profesional. Por supuesto que no se mató para promover su carrera, pero estaba consciente de que lo haría. Lo terrible fue el contraste entre la adulación con que la comunidad literaria recibió su suicidio y mi conocimiento de los crueles, miserables detalles de lo que había hecho, de la traición que eso implicaba, de cuán salvaje era la agresión (contra su esposa, contra quienes lo quisimos). No lo sé... La gente que lo llenaba de elogios tras su muerte era la misma que nunca lo había nominado para un premio nacional mientras estaba vivo. Y es particularmente grotesco ver que la principal reseñista del New York Times, a quien Dave detestaba, la mujer que siempre había tratado sus libros de una manera boba y mezquina, de repente se subía al tren y gritaba loas al genio".

"¿Y cómo marcó esa muerte la escritura de Libertad?", le pregunté. "Bueno, siempre fuimos competidores amistosos", me dijo Franzen. "Así que pensé: oye, todavía estoy vivo. Tan pronto pasaron las seis semanas que siguieron a su muerte, literalmente, la mañana que siguió al último servicio funerario, me enterré en Libertad. Mientras tuviera esta novela, pensaba, no tendría que lidiar con la tristeza. Libertad se convirtió en un mecanismo para diferir la tristeza".

Pensé en uno de los relatos de Wallace, "El suicidio como una especie de regalo", pero la asociación de ideas me pareció inoportuna y aun grosera, y me avergoncé de ella.

Un canto se oyó al cabo de un rato. "Muy interesante", dijo Franzen. "Oiga eso: es un chivirín de cola oscura. Es raro que esté aquí. Su canto es muy fácil de distinguir. Óigalo".

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