6.11.12

Follet:"Siempre debemos estar vigilantes y al acecho de cualquier pérdida de libertad"


Entrevista al bestsellero global Ken Follett

 Ken Follet, que vendió 150 millones, gesticula con énfasis durante la charla./Efe./Revista Ñ.
Mientras el otoño madrileño avanza, Ken Follett ha llegado a España para hablar de El invierno del mundo(Plaza Janes). La cita del escritor galés conClarín es en un lujoso hotel a la vera del Museo del Prado. A espaldas de la estatua de Goya. Follett dará unas cuantas entrevistas y luego irá a firmar libros al Corte Inglés. Todo un espectáculo. Quizá sea su alma de músico la que lo lleva de gira en gira como un rockstar, honrando sus libros y su imagen de autor superventas, como le llaman aquí algunos. Otros aquí, los indignados, preparan un rodeo al Congreso de Diputados, vallado y plagado de policías como en los días más críticos de nuestra Plaza de Mayo. Es un buen contexto para una entrevista sobre un libro centrado en la Segunda Guerra Mundial, que tiene en la Guerra Civil Española un punto de inflexión cuyas consecuencias fácilmente podrían conectarse con lo que pasa allá afuera, apenas cruzando la calle.

Volvamos a Follett. Con más de treinta títulos publicados y casi 150 millones de ejemplares vendidos, conoció el éxito que los libros le reservan a pocos tras su décima novela. Antes había sido periodista y luego subdirector de una pequeña editorial. Ahora es uno de los grandes best sellers globales. Aunque su éxito no llegue a tanto en la Argentina, aquí en España sólo uno de sus títulos, Los pilares de la tierra, lleva vendidos 6 millones de ejemplares. Desde hace unos años, Follett se enfrascó una trilogía monumental, tres volúmenes de mil páginas, sobre el corto Siglo XX, según palabras de Eric Hobsbawm, que va desde la Primera Guerra Mundial, al fin de la Guerra Fría. La caída de los gigantes fue el primero de sus títulos, y ahora llegó El invierno del mundo, sobre la Segunda Guerra, sus antecedentes y sus consecuencias, temas que pertenecen casi a nuestro presente. Es un giro para Follett, que se acostumbró a contar historias de la Edad Media, a contar andanzas de otros tiempos. Ahora debe sopesar su relato con un mundo políticamente agitado. La prueba está allá afuera. Ficción y realidad pueden mezclarse fácilmente.

-La Segunda Guerra Mundial todavía tiene un impacto emocional en muchos de sus lectores, ¿lo tuvo en cuenta a la hora de escribir el libro?

-Sí. Elegí el siglo XX por dos razones. Primero porque es el más dramático de la historia de la humanidad. Donde se produjeron la guerras más terribles, se usaron armas atómicas y murieron millones de personas. En segundo lugar porque es la historia de mi familia. Mi abuelo tenía demasiados años para pelear en la Segunda Guerra, luchó en la primera, y mi padre era demasiado joven. Pero tuvo un efecto tremendo en ellos. Absorbí ese impacto.

-¿Qué le contaron ellos de la guerra?

-Mi abuelo paterno me contó que la primera vez que hubo un ataque aéreo en Cardiff, Gales, el estaba en su negocio. Y mientras volvía a casa veía toda la destrucción, caminaba sin saber si su familia estaba viva, desesperado. Estaban vivos, de otra manera no estaría aquí contigo.

-Estamos en España, en esta tierra que iba a ser la tumba del fascismo, pero que todavía no puede juzgar los crímenes del franquismo. ¿Cree que hubiera cambiado el escenario mundial de haber triunfado la República?

-Es difícil decirlo. Le dediqué un capitulo a la guerra española porque quería mostrar cómo fue la batalla en su conjunto. Quería mostrar las luchas internas contra el fascismo en nuestro países. En Inglaterra lo ilustro con la batalla de Cable Street, en 1936. Pero hay mucha gente que opina que si aquí hubieran derrotado a Franco, Hitler hubiera dudado a la hora de invadir Austria, Checoslovaquia y Polonia.

-El Guernica de Picasso, que está aquí a unas cuadras, quizá muestre esa “preocupación”

-Es un punto interesante. Esa pintura, el Guernica, fue una respuesta del horror frente al bombardeo a una población civil. Pero 5 años después, todos estábamos bombardeando poblaciones civiles. Los británicos, los alemanes, y en 1945 los Estados Unidos bombardearon a la población civil japonesa. En un período de diez años, algo que se consideraba horriblemente inhumano, se convirtió en algo normal.

-Bueno, las nuevas generaciones tratan de explicarse cómo llegaron al nazismo, el Sonderweg, esa palabra alemana bucea en las raíces tratando de entender, y su libro arriesga explicaciones...

-La literatura siempre trata de dar explicaciones. Pensemos en Ana Karenina de Tolstoi. En mi libro, el primer capitulo explica cómo llega Hitler al poder. Es un buen punto porque mucha gente se pregunta cómo los alemanes, un pueblo culto, permitieron que este monstruo llegara a controlar el país. Por eso me esfuerzo en mostrar de manera paulatina cómo ocurrió. Lo hago a través de la lucha que tienen mis personajes para poner freno al nazismo, lucha que finalmente pierden. Busco momentos dramáticos, en los cuales las cosas podrían haber ido por otro camino. El día en el Reichstag (parlamento alemán) en el que Hitler se alza con el poder, mientras la gente buscaba ponerle freno. Es un momento decisivo, porque sentimos que las cosas podrían haber tomado otro rumbo. Siempre busco esos puntos de inflexión, esas batallas.

-Detrás de esa escena, y luego en buena parte del libro, hay mensajes: si la resistencia interna a Hitler hubiese sido más fuerte, pues entonces el nazismo no hubiera sido lo que fue...
-De hecho creo que siempre debemos estar vigilantes y al acecho de cualquier pérdida de las libertades. Porque esto siempre empieza poco a poco. En este caso con una pequeña ley que es fundamental para la seguridad nacional. Pero en mis libros no doy lecciones. Muestro lo que ocurrió, y los lectores sacan sus conclusiones. Los lectores en general son personas inteligentes.

-Aunque no le guste la palabra lecciones, quizá pueda coincidir en el hecho de que la política es el único camino para cambiar las cosas, el mundo...

-En mi vida yo he encontrado dos maneras de ayudar a mejorar el mundo. A través de la política es la primera, y la otra es a través de las organizaciones de beneficencia. Mi mujer y yo trabajamos con varias de esas organizaciones. Obviamente, la forma de producir grandes cambios es la política.

-Supongo que no por casualidad Lloyd Williams, el héroe de esta historia, es galés de nacimiento, del mismo pueblo que usted...

-Yo empatizo con este personaje. El es más guapo. Y además es un boxeador.

-Claro, usted es músico...

-Sí (ríe) En otra vida yo hubiera podido ser un joven como Lloyd. Comparto con él la mayoría de sus opiniones y valores. Algunos de sus hábitos. Pero no soy un héroe, escribo sobre héroes.

-¿Se pregunta como hubiera sido su vida de no haber sido un exitosísimo autor de best sellers?

-Lo hago. Pero es una pregunta difícil. Porque esto se me da bien, y si no me dedicara a esto, seguramente estaría haciendo algo que no se me da tan bien. Podría seguir siendo periodista, no era malo, pero no era el mejor del mundo. Sería menos feliz, me satisface mucho hacer lo que hago.

-¿No añora de una vida más anónima?

-(piensa y ríe) Admito que nada.

-Además Williams participa de la creación del Partido Laborista. Su mujer, Barbara que estuvo en el gobierno de Blair, ¿de qué manera contribuyó con el relato?

-Nos conocimos de hecho en un encuentro del Partido Laborista. Es un comienzo muy romántico para una relación (risas) Pero la política nos unió, y juntos empezamos a trabajar en campañas, y nos enamoramos. Estamos de acuerdo en casi todo lo referido a la política, en otro ámbitos no. Su participación en la política si que fue importante para mí al escribir la trilogía. Durante muchos años, el rumbo del Reino Unido era definido por mis amigos. La gente con la que yo salía de vacaciones, la gente con la que iba a cenar. Todos integraban el gobierno. Me familiaricé muchísimo con la forma en la que hablan y toman decisiones. Y con Bárbara hablábamos de qué hacer con tal o cuál situación política y veía las maneras en las que tomaban decisiones.

-Supongo que allí reforzó su idea de ser escritor...

-Absolutamente (risas).

-El libro combina datos históricos con situaciones inventadas. ¿Cómo hace para balancear estas dos corrientes de información y a la vez mantener en acción a estas cinco familias que transitan la obra? ¿Hace alguna clase de cuadro sinóptico, de árbol genealógico?

-Sí que hago un plan. Pasó mucho tiempo planificándolo, y en el caso de El Invierno del Mundo me llevó 8 meses hacerlo. Me sirve para documentarme e integrar la trama de estos individuos dentro de la historia principal. Pero tengo como norma no violar la historia.

-¿No teme que frente a tantos hechos y lugares la necesidad de remitirse a estas cinco familias vuelva los vínculos forzados, a veces insólitos?

-Es necesario producir coincidencias. Y esto yo lo llevo hasta el extremo posible. Trato de no exagerar ni abusar de ellas. Pero es un equilibrio difícil de alcanzar.

-Aquí, el mundo del best seller se cruza con el real, el del entretenimiento, el libro para todos que vende millones, con las tragedias que se tocan, se recuerdan, y siguen sin cicatrizar. ¿Cómo cree que debe leerse este libro?

-Debe ser entretenido. El lector debe quedar atrapado, no poder parar de leer. Si van leyendo en un largo viaje de avión, quiero que les de pena haber llegado. Porque si esto ocurre, ya están en manos del libro. Porque si no ocurre, tomarán el periódico, prenderán la tele o se irán al bar a tomar un par de copas. Pero ya no uso la palabra entretenimiento. Va más allá. El lector se ve absorbido por el mundo de la novela, que es más interesante y emocionante que el mundo real.

-¿Sigue cómodo con el título de autor de bestseller o le gustaría ser considerado como un autor más literariamente más elevado?

-Yo estoy feliz donde estoy.

-¿Pensó en algún momento que escribiendo este libro tendría que hablar más de política que de sus construcciones narrativas?

-Me gusta la idea de que leer el libro haga a la gente pensar sobre política. Me gustaría que tenga ese efecto en los lectores. Pero sólo quiero darles una visión.

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