8.11.12

Viajes de ida y vuelta

Luis Fayad, el autor de Los parientes de Ester y La caída de los puntos cardinales, conversa en Berlín con su sobrino sobre su reciente enfermedad, sus libros, su ascendencia libanesa y la novela urbana

Luis Fayad, autor de Los parientes de Esther./revistaarcadia.com
Como a casi todo el mundo que se recupera de una cirugía, a Luis Fayad le recomendaron guardar reposo. Cuando lo llamo a su apartamento en Berlín, donde media docena de familiares se ha reunido para visitarlo, su voz en el teléfono tiene el tono impaciente de quien ya no quiere sentirse convaleciente. Tratamos de concertar un encuentro, pero –le digo– no quiero alterar su descanso. “Qué va, ¡si descansar es lo único que hago!”. Al fondo se escuchan las risas de parientes que conozco. Pero su queja es genuina, y claramente le conforta la idea de salir de esa rutina de reposo que lo tiene ofuscado.
Luis había viajado a Bogotá días antes de la Feria del Libro para el lanzamiento de Luis Fayad. La madeja desenvuelta, un libro de ensayos sobre su obra editado por Cristo Figueroa y Carmen Elisa Acosta. Pero durante su regreso a Berlín, en pleno vuelo, lo sorprendió un ataque de peritonitis. Cuentan los parientes que ante la emergencia a bordo el avión por poco tiene que dar media vuelta, que hubo una escala en París, y que para la llegada a Berlín la cuestión se había complicado tanto que lo enviaría los dos meses siguientes a cuidados intensivos.
“Estuve totalmente aislado del mundo”, exclama en voz baja sentado frente a una taza de café negro, como casi siempre lo he visto. Sus pasos son todavía cortos y la fuerza vuelve a su cuerpo despacio, pero considerando que fue sometido a varias cirugías en menos de un mes, su recuperación ha sido de una rapidez extraordinaria.
El clima es agradable y caminamos hasta un café a dos calles de donde vive en el barrio Kreuzberg. Allí habla de esos dos meses en el hospital sin aparente preocupación por su estado de salud, sino más bien con el disgusto que le causa una interrupción que entorpece su riguroso ritmo de escritura. “Me preocupaba el hecho de no poder trabajar cuando tenía tantos planes, y sobre todo a una edad en la que ya van pasando los años?”, dice, a los sesenta y siete. “La idea era terminar la nueva novela en estos meses, pero no se pudo. Eso sí –agrega encogiendo los hombros–, no fue por falta de voluntad”.
Esa difusa raíz libanesa
El proyecto literario que da un nuevo impulso a sus días es una novela sobre “la migración hacia dentro, sobre el regreso de la gente que ha salido de Colombia”. Ya en La caída de los puntos cardinales Fayad había tratado el tema de la migración, esa migración tan particular para el país que tuvo su pico en los años veinte y que nos involucra directamente: la de los libaneses a Colombia.
“Siempre creí que la novela de la migración libanesa la iba a escribir una persona que no tuviera ascendientes libaneses –dice–. En Colombia hay muchos escritores que usan personajes de origen libanés aunque ellos mismos no lo tengan. Yo escribí La caída de los puntos cardinales cuando me di cuenta de que conocía las historias que tenían que ver con los libaneses en Colombia por charlas directas, no porque las hubiera leído en libros de historia. Yo podía reproducir detalles y diálogos literales, que están transcritos en mis novelas. Eran las historias que me contaban mis tíos, o los libaneses recién llegados que hablaban mucho de su vida allá”.
Cierto. También he escuchado las anécdotas de parientes lejanos, como personajes de novela, mitos familiares como el de un señor de bigote que bañaba su caballo en champaña y lo paseaba sobre una alfombra roja por las calles de Honda (cuando nuestros antepasados bajaron por el río desde Barranquilla y se instalaron en ese puerto del Magdalena), la confusa leyenda de una fortuna perdida amasada por un comerciante libanés durante la Segunda Guerra Mundial, las alusiones a una rama de la familia a la que en conversaciones he escuchado referir vagamente como “los Fayad de la costa”. Pero le digo a Luis que a pesar de nuestra familiaridad con la comida del Medio Oriente, del apellido y del tamaño de nuestras narices, el antecedente libanés sigue siendo muy difuso. Es un pasado del que tenemos pocas referencias, donde las segundas y terceras generaciones después de la migración ya no hablan árabe ni tienen parientes directos en el Líbano, y no tienen siquiera muy claro de qué parte del país venían o cuál era la religión de esos ancestros que llegaron de Oriente a la costa Caribe.
“Tuve que hacer mucha investigación en aspectos como las religiones, que es algo que no conocemos muy bien nosotros, los descendientes de libaneses. Algunos de los inmigrantes eran musulmanes, pero lo ocultaban para poder entrar con mayor facilidad a la sociedad que los recibía. Cuando estaba escribiendo La caída de los puntos cardinales notaba que muchos de estos aspectos estaban en el aire, y fueron temas que tuve que investigar. Sobre todo el tema de cómo fue exactamente ese desprendimiento del Líbano, qué dejaron, qué costumbres trajeron, cómo se vivía allá antes. Una parte de esa novela transcurre en el Líbano, pero esta parte anterior al viaje hacia Colombia fue escrita con información que adquirí sobre todo a través de la charla con libaneses en Europa. En Colombia no hubo una auténtica colonia libanesa. Para los que llegaron la integración fue inmediata. Los de la segunda generación, los nacidos en Colombia, ya eran colombianos. Todo el que nace en Latinoamérica es de ahí. Es distinto en Europa, donde las segundas y terceras generaciones de inmigrantes todavía no son considerados del país donde nacen, no tienen pasaporte del país que los recibe; siguen siendo del país de donde vinieron sus padres o abuelos”.
Luis fue por primera vez al Líbano en el 2010 al Primer Encuentro de Escritores Iberoamericanos en Beirut, y allí recibió la distinción de Ciudadano Predilecto del Líbano. Cuenta que se sintió honrado también cuando un profesor de literatura le dijo que por más que escribiera en español, Luis era un escritor libanés.
“Me alegró haber ido al Líbano como escritor colombiano invitado. Pero cuando estuve en Beirut, en el barrio donde habían vivido mis abuelos y las calles por donde caminaron, sentí como si ya hubiera estado allí. Una sensación muy extraña. Encontré algunas personas que podían ser parientes, descendientes de mi abuela. Aunque esa fue una búsqueda un poco accidental”.
El ciudadano
Ya para el segundo tinto en el café de Kreuzberg, Luis está animado y habla fuerte, sin relajar su característico ceño fruncido (un gesto de concentración profunda, seguramente el mismo que tiene cuando escribe, en privado). Entonces le pregunto por Los parientes de Ester, la emblemática novela urbana que desde su publicación en 1978 lo puso en el panorama de la historia de la literatura colombiana. Una novela que “relata la vida de una familia de clase media bogotana que sufre las consecuencias económicas y sociales características del período político del Frente Nacional”, según el ensayo de Clara Victoria Mejía Correa sobre la novela en La madeja desenvuelta.
“En el momento de escribirla no pensé que fuera a tener esa caracterización tan marcada como novela urbana dentro de la historia de la literatura colombiana; simplemente esa novela era algo que ya tenía que darse en mi generación”, dice Luis, como si escribirla fuera más una responsabilidad histórica que una hazaña literaria.
“En la gente de mi generación el contacto con las áreas rurales era mínimo, era de paseo, de ir a los pueblos de tierra caliente. El resto de la vida era la del ciudadano: el hombre del café, el hombre del periódico, el hombre de las calles, donde hasta los elementos de la naturaleza juegan un papel diferente. La lluvia en las ciudades es diferente a la del campo, también el viento. Muchas de las personas de mi generación no conocen el campo de verdad, no conocen las gallinas en los corrales, sino cuando se las van a comer en un restaurante. El desprendimiento de lo rural ya era completo. Por eso este salto a la novela urbana tenía que darse. En la novela urbana no hay necesidad de describir la ciudad; lo urbano se nota en el carácter de los personajes. Uno empieza a escribir con mentalidad urbana, y los personajes adquieren también esa mentalidad”.
Le pregunto si después de tantos años viviendo lejos, Bogotá sigue siendo un referente literario. “Sí, todavía, pero hay un gran cambio: en los tiempos de Los parientes de Ester la ciudad era más homogénea. Hoy en día es muy diferente; Bogotá es muchas ciudades. Este cambio en las ciudades latinoamericanas se ha dado también en la literatura, donde ya no hay novelas sobre una ciudad, sino más bien de un barrio o una zona en particular”. Agrega que en la Bogotá de hoy en día sería imposible escribir Los parientes de Ester, pues no solo la ciudad ha cambiado, sino también sus ciudadanos y su mentalidad, la forma en que se concibe la ciudad como un espacio más plural y diverso.
“Sería muy interesante una novela de alguien que conoce bien, digamos, Ciudad Bolívar, porque es un lugar y un tema aún desconocido en la literatura. Lo que se conoce de allá es el reportaje periodístico, la noticia inmediata, pero la novela puede explorar cuál es la mentalidad que el ambiente que se vive allá ha creado en las personas, cómo han llegado allí esas personas y cómo se ha ido creando esa comunidad”.
Aunque lleva ya tres décadas en Berlín, para él esta ciudad no es todavía una fuente de historias. “Lo será solo en el momento en que no viva aquí”, dice. “Me ha pasado lo contrario que con Bogotá. A pesar de tantos años de vivir aquí, no me llama la atención escribir sobre la vida de un inmigrante en Berlín. Yo ya estoy en el tema contrario, el de la gente que regresa a su país”.
No sé si habla únicamente del nuevo rumbo de su obra literaria o si se refiere también a un eventual regreso a establecerse en Bogotá. No se lo pregunto. También vivo hace años fuera del país y me incomoda sentirme presionado a volver. Entonces lo que le pregunto es si será que después de tantos viajes y migraciones se nos están cayendo poco a poco los puntos cardinales. Sonríe un poco, y me fijo por primera vez en lo delgados que son sus labios (quizá porque lo veo poco; o porque en mis primeros recuerdos él tenía bigote). Pero dice que no, que tiene un gran vínculo con el país, que viaja constantemente y que además todas sus novelas transcurren en Colombia. “Para mí, como escritor, es una suerte poder llevar los temas de las novelas conmigo, no tener que buscarlos en el exterior. Siento que vivir en la diáspora me ha servido para ver el país desde afuera, claro, pero sobre todo para ver cómo otras sociedades ven a la nuestra”.
La terapia
De vuelta a su apartamento, entra en su estudio y hojea un ejemplar de Luis Fayad. La madeja desenvuelta. Dice que más que considerarlo importante por ser un libro sobre su propia obra, lo ha dejado admirado por la calidad de sus ensayos. “Además –agrega con humildad– me causó gran asombro que mis libros puedan servir para tantas reflexiones; que puedan tener tantos enfoques literarios diferentes”. Aparte de Los parientes de Ester y La caída de los puntos cardinales, el volumen tiene textos sobre otras novelas como Compañeros de viaje y Testamento de un hombre de negocios, y sobre el libro de relatos cortos Un espejo después.
Cuando lo veo en su silla de trabajo recuerdo que hasta hace poco su rutina de escritura era estrictamente nocturna: Luis se sentaba en su escritorio a la media noche y escribía hasta el amanecer. “Pero ya no trabajo así –me dice–. Me di cuenta de que en un momento de la noche empezaba a aburrirme. Y la verdad es que yo no estoy acostumbrado a aburrirme”. Eso es lo que más lo agobia. Luis no oculta su frustración por el tiempo perdido entre cirugías y salas de cuidados intensivos, donde pasó tantos días aburrido. Me dice que ahora que recupera la salud le alegra poder volver a escribir; pero para los parientes que lo han visto recobrar las fuerzas parece claro que es al contrario: la motivación por terminar su nueva novela ha sido quizá la mejor de las terapias.

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