14.3.10

"Soy un escéptico, no creo que la lengua tenga tanto que ver con la escritura"

Kirmen Uribe habla con precisión de su novela Bilbao-NuevaYork-Bilbao fOTO: Emília Gutiérrez.fUENTE:Lavanguardia.es

Ha dicho una y otra vez que el estilo está muy trabajado y que fue muy medido, y que es el estilo lo que hace literatura. Sin embargo, la novela tiene un estilo muy fluido y escueto, sin apenas una metáfora


Risueño y relajado —dicen algunos que menos que antes— Kirmen Uribe no se anda con rodeos sobre su premio nacional de narrativa: está feliz de que le permita, aún escribiendo en euskera, acercarse a muchos más lectores. Habla con desenvoltura y es muy preciso sobre la novela que ha escrito, Bilbao-NuevaYork-Bilbao (traducción al castellano en Seix-Barral, al catalán en Edicions 62): sus poco más de doscientas páginas son un producto deliberado, horneado a fuego lento y muy consciente de su propia condición. Es ligeramente coqueto pero, a sus 39 años, su indispensable vanidad aún no lo ha lanzado a los incordios de la soberbia literaria, fatua y frecuente. Tampoco enarbola banderas que no sean la literatura. Doblemente excepcional.
Su novela contiene muchas otras. Casi cada pasaje de apenas tres párrafos es una novela en potencia.
Es cierto. Porque la esencia de la novela no está estructurada en torno a una trama. Es el estilo lo que hace las funciones de vertebrar la novela. Son microunidades que se van asociando. Cada una es autónoma y esto tiene que ver con las nuevas formas de leer, vinculadas a las nuevas tecnologías. Lecturas muy fragmentadas, como las que está habituado a leer el internauta.

Ha dicho una y otra vez que el estilo está muy trabajado y que fue muy medido, y que es el estilo lo que hace literatura. Sin embargo, la novela tiene un estilo muy fluido y escueto, sin apenas una metáfora.
Efectivamente es un estilo muy elaborado, pero quería que fuera muy transparente. He aprendido mucho de los autores norteamericanos, que siempre usan un estilo muy claro, pero a la vez muy elaborado. Cuando dices que tu estilo está muy trabajado, mucha gente lo asocia a la retórica, sin embargo no es así. En mi caso, se repite las frases cortas, con motivos recurrentes, entrelazadas entre sí y con estructuras bimembres. Todo eso es lo que define a la literatura. La literatura es estilo, y sin estilo no hay innovación.

Esa investigación de las historias de su familia, esos relatos breves de tal o cual peripecia, tiene algo de novela negra, con usted en el papel de detective, investigando materiales con los que escribir una novela.
Es una cuestión estilística. En tanto que escritor, soy también lector y como tal no me apetecía escribir una novela convencional. Pero me di cuenta de que para que fuera verosímil era necesario que la contara yo mismo, pero que no fuera una autobiografía, sino que yo participase de la ficción.

En ese sentido, la novela es un poco metaliteraria. ¿No temía alejar al lector?
Tiene una parte metaliteraria, pero creo que está presentada de forma que el lector no es consciente. Por ejemplo no es consciente cuando hablo del arquitecto Bastida y el pintor Arteta, la mayoría no los conoce, pero el lector acepta su presencia porque forma parte del entramado novelesco. Lo importante no son los nombres, el lector no se queda con ellos. Aunque sean reales hacen ficción, como yo mismo en la novela me convierto en personaje.

Y también hay mucho de saga familiar, aunque no se estructure ni detalle.
Sí, es cierto que tiene algo de saga familiar, esa sucesión de historias familiares. En ese sentido es una novela de contrastes, que empieza por la búsqueda de los abuelos y antepasados y que luego se proyecta hacia el futuro con el personaje de Nerea, la pareja de mi personaje, y su hijo.

Al referir lo que le han contado, habla de la necesidad que tenemos cuando relatamos algo de convertirlo en ficción, con elementos que no son reales. ¿En esa oposición entre la realidad de lo que ocurrió y la ficción de cómo lo contamos hay una ideología, en sentido literario, premeditada?
Sí, desde luego. Esa reflexión estaba desde el principio, forma parte de mi visión. Uno de los contrastes de la novela es ese, en cómo trabaja la memoria en la construcción de una identidad, de un yo. Y esto funciona también para las identidades colectivas. Es un proceso cambiante y por eso el título de la novela es un vuelo.

La memoria como creadora de ficción: habla usted del anillo que volvió al pescador vasco en el vientre de un pez, y luego rastrea el origen de ese relato, repetido generación tras generación desde Herodoto.
Son dos aspectos: cómo la memoria hace ficción y cómo las ficciones se repiten. Hay un pasaje en el que cuento que en mi casa, como en casi todas en Euskadi, había una reproducción del Gernika, pero barnizada por encima.

Reproducciones de cuadros famosos enmarcados que simulaban pinceladas con una capa de barniz. Sí, hace años había en todas las casas.
Yo crecí creyendo que ese era el Gernika auténtico, y aun cuando vi reproducciones en casa de mis amigos, seguí pensando que el nuestro era el auténtico, por el barniz. Lo importante es el barniz. El barniz es lo que hace literatura de una historia repetida.

Otro elemento importante en la novela es el mar, el viaje, la aventura. ¿Hay un eco barojiano?
Hay mucho Pio Baroja y Herman Melville, y también del Ignacio Aldecoa de Gran Sol. El mar es importante porque también representa ese cambio de generación. Mis antepasados, hasta mi padre, todos pertenecieron a una generación de marineros y pescadora. La nuestra es la primera generación no marítima. Me interesaba cómo se rompe una tradición tan larga, cómo se pierde casi por completo una manera de vivir. Pero no hay nostalgia, no se habla de una arcadia soñada. No hay una lectura ideológica. Lo que me interesa es el cambio.

De ahí el viaje.
No se queda en el pasado, sino que se proyecta en el futuro. Cuando viajo a Nueva York llevo todo eso conmigo, mi infancia, la tradición, pero también los mails, las lecturas, las nuevas tecnologías, mi relación con gente de distintos lugares. Me parecía que era la mejor manera de contar el momento en que vivimos, lleno de tantos discursos discontinuos. Somos una generación muy interesante porque somos la última que tiene contacto con la tradición narrativa del XIX y al mismo tiempo estamos plenamente en el XXI.

Narrativamente, el siglo XX es el siglo del cine, y su narratividad es plenamente decimonónica.
Eso es. Yo no podría escribir un guión, mejor que escriban guiones los guionistas de televisión y cine. Porque creo que la literatura va más allá. Es el arte que mejor recoge los matices del pensamiento humano. Es difícil llevar al cine las texturas de una novela.

Guerín y el documental de ficción encarnan en la pantalla algo parecido a lo que usted propone.
Cierto. O Cantet, me gustó mucho La clase, me interesa mucho ese híbrido de documental y ficción. Mi novela tira un poco de eso. Son personajes reales pero introducidos en la novela se convierten en ficción. Las ideas son un punto de fuga, hay mucho contenido, mucha ingeniería novelesca. Quería que mi novela tuviera mucho contenido, que no estuviera llena de palabras. Que le dijera algo al lector, frase a frase. Quien quiera leer este libro desde el final, la caga. Se le escapa la vida, que es lo importante.

Cuentan que no le han dado el premio Euskadi sólo porque ya tenía el Nacional de Literatura.
Consideraron que estaba suficientemente reconocido.


En la literatura vasca hay mucha tensión. Yo pienso como Milan Kundera, que decía que las literaturas pequeñas son aquellas que se sienten pequeñas, que tienen miedo a desaparecer. Yo no me siento así en absoluto: soy un autor traducido, viajo, me invitan a dar conferencias… Otros no lo ven así, y se sitúan en estado de defensa, que es lo peor que le puede pasar a una literatura.

Hace unos días una escritora china que escribe en inglés, decía que escribir en chino le obligaría a cargar con toda la tradición cultural de su país, y que inglés se siente más libre. Usted escribe en euskera.
Pero no creo que sea de una sola tradición. Forma parte de la tradición vasca, pero también y sobre todo de la tradición occidental. No creo que la lengua tenga tanto que ver con la escritura, soy un escéptico con estas cosas. Amo a la lengua en su justa medida, sin ideologizarla y sin caer en el error de convertirla en un fin.

El premio le ha dado lectores, pero también dimensión pública. ¿Cómo lo lleva?
Bien. Bueno, regular. Forma parte de mi trabajo pero me doy cuenta de que es muy difícil dar una visión completa de uno mismo. Ayer me preguntaba un compañero suyo si creía que me habían dado el premio por escribir en euskera. Tras esa pregunta ya da igual lo que digas, la entrevista ya está hecha. Cada uno ve lo que quiere ver en ti.

Eso es puro Stanislav Lem: buscamos espejos.
Yo no me reconozco en las entrevistas.

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